viernes, 2 de septiembre de 2011

el fruto del amor...

Llevo una temporada de un empalagoso que no hay quien me soporte. Y es que hace tiempo que no me pasaba ninguna de las cosas que me inspiran para escribir paridas. Empezaba a pensar que mi karma había cambiado y ya no me iba a encontrar con locos. Pero estaba equivocada.
Ayer por la tarde salí a comprar algunas cosas. Mal día, por cierto. Parece que todo el mundo vuelve a estar en Madrid y todo vuelve a ser un caos. Coches, pitidos, gente por todas partes… la locura comienza de nuevo. De hecho, me asomé al mercamoñas y volví a salir tal cual, sin llegar a entrar. Estaba llenísimo de gente haciendo acopio de comida para sus vacías neveras tras las vacaciones.
Total, que pensé, ¿qué es lo que necesito con urgencia? Fruta. Y me fui a una frutería normal, de las de toda la vida, de las del señor que te atiende, donde había considerablemente menos gente. Justo delante de mí había una señora mayor. No mucho, no una anciana. Sólo una señora de las sesenta y tantos. No parecía una pordiosera, ni una loca, ni nada raro. Una abuela normalita, digamos. Con su moreno Benidorm y un bolso de paja.
El señor frutero le habla como si la conociera. Le pregunta por las vacaciones y tal.

-         Pues bien, hijo, bien. Pero bueno, ya se sabe como es todo en agosto, un asco, todo está lleno de gente. Y mucho joven, que da gusto verlos por la playa con esos cuerpos. Y por la noche, bailando y bebiendo. Qué barbaridad. Qué gusto de juventud.
-          Bueno, usted aún es joven.
-         ¿Yo? Qué más quisiera, hijo. Ser joven hoy en día es un lujo. Hacen lo que quieren tienen mucha libertad. No como en mi época, que si nos cogían de la mano ya pensábamos que iban a perdernos el respeto. Ahora sí que saben disfrutar.

El frutero se queda pensando, así como esperando que la mujer se decida y le pida unos melocotones o algo así. Yo medito un momento. En parte sé que la señora tiene razón. Mis abuelas se quejan de lo mismo. Y es cierto, ahora follamos más si es a lo que se refieren. O al menos con más gente diferente. Sólo el tiempo dirá si eso es muy positivo a largo plazo. La mujer interrumpe mis pensamientos y vuelve a la carga:

-         Que ahora sí saben. Van juntos chicos y chicas, bailan unos con otros, se besan en la calle. Bueno y eso, cuando no bajas a la playa temprano y te les encuentras en la playa… ahí, haciendo sus cosas, desnudos. Que digo, “ay, si volviera yo a tener veinte años”

Genial, la abuela quiere frincar en la playa. Menuda imagen mental. Preferiría no imaginar estas cosas.

-         Usted es joven. – repite el frutero. – seguro que ha ligado este año, con lo guapa que va y lo morena que se ha puesto.
-         Pues mira sí. Sí que tengo pretendientes. Pero todos viejos, claro. ¿Y para qué quiero un viejo? ¡Si luego no funcionan! No, no, déjate. Para eso, mejor sola.

Vaya, ya empezamos. Me pregunto por qué la gente de mi barrio habla de su vida sexual en los comercios. Igual debería abrir un consultorio. El consultorio sexual de Naar. No les iba a solucionar mucho, pero al menos les escucharía y no irían por las tiendas haciendo perder el tiempo a los que queremos un kilo de peras y otro de tomates mientras ellos exponen en público sus problemas de cama, sean por exceso (como aquella del Mariano) o por defecto, como la abuela cachonda.

-         En fin, hijo, dame un kilo de manzanas, que es la única tentación que tengo yo, manzanas, como las de Adán y Eva.

Mientras el tipo las coge ella dice:

-         Y me vas a poner un melón. Pero que esté durito ¿eh? Para melones chuchurríos ya tengo los míos… que ya no son melones ni nada…

El hombre se ríe, yo miro para otro lado, pero es inevitable: si alguien habla de sus tetas, te ves obligado a mirarlas. Sacudo la cabeza.

-         Y ponme higos, unos higos maduritos y dulces, que de lo que se come se cría. Y unas ciruelas.

Espero a ver si se le ocurre algo sexual con las ciruelas, mientras albergo el temor de que pida plátanos. Unos buenos plátanos, canarios, grandes y turgentes. Pero la mujer tiene una idea mucho mejor.

-         Ah, y dame un nabo. Un buen nabo. Uno grande y hermoso, me refiero.

¿Un nabo? ¿en serio?  Noto como un sudorcillo me baja por la espalda, pero extrañamente, la mujer no dice nada más al respecto. Qué modo de desaprovechar un nabo, después de hacer coñas erótico-festivas con media tienda. De todos modos, pienso que debe ser terrible llegar a vieja con ese furor uterino. Y me pregunto si será mi futuro.
Por cierto, al final no había nabos. Y no quiero sacar conclusiones al respecto.


4 comentarios:

  1. Bueno, es normal. Ella pidió un nabo grande y hermoso... Quizá no sea la época.

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  2. Este artículo es muy interesante ya que nos muestra información muy completa y concisa gracias y sigan publicando.

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  3. ¡Qué bueno! Pero en realidad eso es lo que pasa... el cuerpo va envejeciendo a una velocidad muy superior a la de la mente. Esa señora todavía es muy joven, por lo menos en su cabeza.

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