sábado, 14 de octubre de 2017

La triste historia feliz (¿o al revés?)

Fue hace dos años que empezó esta historia por enésima vez. Mi amiga Reichel estaba embarazada y los amigos fuimos a Alicante a darle una sorpresa. Y entre unas cosas y otras, el Ross y yo volvimos a empezar (“retomar” quizás sería más apropiado) una historia. Y como de costumbre, en lugar de ser algo bonito, algo tierno o algo simplemente “normal”, tuvimos una bronca provocada por su comportamiento, pero en la que la terminaba pegando un grito era yo. Porque toda la vida ha sido igual. Él hace las cosas por lo bajo, a la chita callando y la que termina arremetiendo como un miura soy yo. Y claro, eso viene genial. Porque así, frente a todo el mundo él es bueno y yo soy una loca desequilibrada que hace las cosas sin razón. Y claro, si yo soy una histérica, él ya tiene bula para hacer lo que sea, porque nunca es para tanto, siempre es que yo estoy pirada y me pongo fuera de sí por cualquier cosa. Y qué bien viene eso, oye. Ahora lo veo más claro que nunca.
Unos meses después, se vino a vivir a casa. Más o menos.
Pasaron los meses, uno tras otro con la misma tónica. Su desinterés por todo, la falta de ganas, la falta de comunicación. Navidades y cumpleaños sin un detalle, un regalito, un algo. No querer llevarme con sus amigos, enfadarse si, por una vez, ponía una foto o una palabra en facebook y le etiquetaba. Y yo me fui viniendo abajo. Se me fueron yendo la ilusión, la ternura, la alegría de estar juntos. Pero una vez más, si yo pegaba una voz, es que estoy loca.
Y un día llegó la mentira. Me engañó y le pillé. Y algo dentro de mí se rompió en mil pedazos y supe que ya nada volvería a ser igual. Porque la confianza es como un vaso de cristal. Una vez que le pegas un golpe y se rompe, por mucho que lo recompongas, no va a volver a estar igual. Aún así traté de arreglarlo. Porque de verdad yo quería que lo nuestro funcionara. Le quería a él y quería que me saliera algo bien. Estaba harta de fracasar en todo y separarme por segunda vez antes de los 35 me parecía el colmo. Ahora sé que no, que el fracaso era vivir así. Pero he tardado en entenderlo, soy un poco lenta para algunas cosas.
No hubo manera. Se fue un par de veces de casa. Y un poco antes del verano ya no hubo solución. Aún así yo me quedé pensando. Igual había una remota oportunidad aún. Al fin y al cabo seguíamos siendo amigos, nos llevábamos bien de forma superficial y son veinte años en la vida del otro. Así que aún tenía alguna duda, cuando hace un par de semanas me dijo que había quedado con otra chica. Qué buen momento para decidir ser sincero después de años ocultándome cosas y mintiendo si se le daba el caso.
Lo admito, cuando lo escuché tardé un par de minutos en reaccionar. Primero pensé que era una de sus bromas absurdas. Luego, creí que sólo quería hacerme daño.
Y entonces, de repente, se hizo la luz. Muchas veces había pensado que él no me quería. Que estaba conmigo por costumbre, porque era lo fácil, lo que menos problemas le daba, lo que al fin y al cabo todo el mundo esperaba que pasase. Pero que no me quería. Lo que pasa es que él me lo negaba. No me daba argumentos, no me daba ni una sola razón, no ponía mucho empeño, pero lo negaba. Y yo quería creerle. Quería pensar que sí, que me quería a su manera. Quería pensar, quería creer, quería tener fe. Y en ese momento lo tuve claro. No, no me quiere, ni me ha querido nunca. O al menos desde hace muchos, muchos años. Y no entraré en detalles para justificarlo, pero creedme que podría hacerlo.
Así que, en resumen, he invertido la mitad de mi vida en querer a alguien que no me quería. He perdido oportunidades, relaciones y toda clase de cosas por querer a alguien que no me quería.
Y me dio por reírme.
Ese pensamiento era lo más liberador que había tenido en los últimos diez años. Porque yo ya lo había intentado todo y obviamente no había conseguido nada más que pasarlo mal. Y ya era suficiente. Y he dicho más veces esto en el pasado, pero lo he dicho llena de dolor, de resentimiento, de pena, de esperanza silenciada. Lo he dicho sabiendo que al día siguiente iba a decir “no, una vez más”. Pero esta vez no. Esta vez lo decía riéndome. Esta vez era la definitiva de verdad. Porque me hacía feliz liberarme de todo lo que he arrastrado durante media vida y podría empezar de cero. De cero de verdad, de cero absoluto. Y eso me mola. Porque un mundo de posibilidades se abre ante mí. Un mundo de posibilidades sin él. Al fin.
Las últimas semanas he estado tranquila y feliz. Me he sentido mejor que en mucho, mucho tiempo. Porque ahora soy libre. He salido por fin de una relación absurda, sin futuro, sin amor, sin felicidad. Me he quitado unas cadenas que pesaban toneladas y no me dejaban caminar ligera. He soltado un lastre tremendo. Me ha costado, pero lo he hecho. Al fin. Uf.

Quiero añadir que cuento esto porque es mi blog y me lo follo cuando quiero digo lo que me parece. Pero no creo que el Ross sea mala persona. De hecho, seguiremos siendo amigos porque compartimos grupo. Y ni siquiera me arrepiento de lo que he vivido con él. Ni siquiera de lo malo. Yo he querido de verdad y uno no debe arrepentirse de haber querido. Que se arrepienta el que lo haya hecho mal. El que ha amado y se ha entregado no debe ser quien se arrepienta y se sienta avergonzado. Fue bonito en el pasado y estos dos últimos años eran necesarios para cerrar la historia de una vez por todas. Había que tocar fondo para salir adelante. Ahora sé que tenía que pasar esto. Tenía que arrastrarme durante kilómetros por el túnel de mierda para poder salir y ser libre, para poder llegar a Zihuatanejo. Y os lo digo desde ya: merece la pena. La libertad y lo que hay al otro lado lo compensan todo.  

lunes, 25 de septiembre de 2017

Mi cerebro me odia

Mi cerebro me odia. A veces me lo imagino como en la peli (maravillosa, por cierto) de Inside Out, en la que los monigotes que controlan mi cabeza no dejan de decir “vamos a putear a la imbécil ésta”. Si no, no me lo explico.
Y es que siempre ha habido una especie de lucha en mi interior. Una especie de batalla entre lo sensato, lo correcto, lo que sé que debo hacer. Y luego, lo que realmente hago porque una fuerza sobrehumana me empuja a ello. Eso que hace que dinamite por los aires todo lo que construyo, que hace que cuando todo va bien pulse el botón de autodestrucción. Esa fuerza que hace que huya de la policía, que me gusten los macarras, que me acueste a las tantas de la madrugada, que me ría en los momentos de crisis y que diga palabrotas delante de mi jefa. Ese monigote que pulsa los botones de mi cerebro y me obliga a hacer cosas mientras yo misma me digo “¿pero qué haaaaaaces mongola??”
En fin, convivo con ello, no os preocupéis por mí.
El problema últimamente es que mi cerebro ya ha mandado a la mierda casi todo lo poco que tenía y entonces se dedica a putearme con cosas más sutiles. Por ejemplo, con canciones de mierda. Hace tiempo os conté que pasé una racha totalmente obsesionada con una canción del Puma. La madre que lo parió. Semanas viviendo a ritmo de “numera... numera... viva la numeración” y escuchando “uhhh... pavo real” en bucle. Empecé a pensar seriamente en darme un par de mamporros con el rodillo de amasar. Desde entonces, mi cerebro vio que en la guerra psicológica él tenía las de ganar por razones obvias. Así que me hace la guerra de guerrillas a base de canciones de mierda.
En las últimas semanas ha habido de todo. ¿Sabéis que Marta tiene un marcapasos que le anima el corazón? Yo sí, lo tengo clarísimo. En la misma línea, también he estado alternando con Las chicas cocodrilo. Y por cierto, Laura no está, Laura se fue. Porque no es que me emocione otro amanecer, es que es el primero que me vienes a ver. Además que no, no es amor, lo que tú sientes se llama obsesión. Y yo qué sé. Uhhhh.... pavo real.
Total, que estaba a punto de nuevo a darme con el rodillo de amasar y aplanarme el cerebro. Pero el monigote de los cojones se apiadó de mí. O temió por su propia vida y dijo “vale, es evidente que voy ganando, vamos a darle un respiro a esta pobre mujer.” Y empezó a ponerme música de mejor calidad. Que no es que no me gusten los Hombres G, que me recuerdan a cuando era cría y los oía con mi madre. Y me parecen canciones graciosas. Pero cansa. Y del Puma prefiero no hacer comentarios. El caso es que empecé a escuchar canciones mejores. Y con ellas, no sé por qué porque no hay relación, vino la imagen de un actor británico que me gusta. Supongo que era mi cerebro queriendo agradarme, en plan videoclip guay, música guay y chico que te gusta. Hala maja, entente un rato. El problema es que cuando digo que me gusta quiero decir me pone cachondísima. Y cuando digo cachondísima quiero decir me derrito viva, me suben las pulsaciones y se me entrecorta la respiración cada vez que le veo sonreír. Bueno, pues ahí está, todo el día en mi cerebro. Él y las canciones que me gustan. En bucle. Que estoy en el trabajo, supuestamente escuchando al abuelo de turno hablarme sobre la operación de prótesis de rodilla mientras lo que realmente oigo es “working on our nigth moves in the summertime... oh, in the sweet summertime” y me imagino a mi hombre quitándose la camiseta y sonriéndome de medio lado. Hasta que el abuelo me dice “¿y tú qué crees, hija?” Y yo “Pues haga caso a su médico, que es el que mejor le aconseja” mientras rezo para que no haya cambiado de tema mientras yo estaba visualizando detenidamente el costado del hombre de mis sueños y pensando “madre mía, tengo que ahorrar para ir a Irlanda a frungirme algún pelirrojo”.
Y a ver, sí, mejor es mejor esto que el melenón del Puma. Pero no me concentro. Y mi cerebro ha visto un nuevo filón. Hacerme la vida más difícil, pero sutilmente, con cosas que me gustan, pero que me impiden comportarme como un ser medianamente inteligente. Y ahí está. Descojonándose de mí mientras yo me paso el día empanada con cara de boba y la mirada perdida, escuchando y viendo cosas que me sacan del mundo real. Y ya no sé si necesito un par de polvos, un reproductor de música que me meta Iron Maiden en vena todo el día o directamente un cerebro nuevo.


jueves, 21 de septiembre de 2017

Fauna subterránea

No sé si a alguien le habrá dado por calcular cuánto tiempo de nuestra vida pasamos los madrileños en transporte público. Y no quiero saberlo, me deprimiría. Sobre todo porque a eso habría que sumarle las horas de atascos mascullando improperios y clavando las uñas al volante, las de esperar al bus mientras una vieja te habla de su nieto el que es ingeniero y las de cuando metro se ha estropeado o se ha parado sin razón aparente entre dos estaciones y sientes cómo poco a poco se termina el oxígeno del vagón y te preguntas en qué orden tendrás que comerte al resto de los pasajeros.
Obviamente nadie en esta ciudad escapa al hecho de pasar una buena cantidad de tiempo metido en el coche, el bus y el metro. Tanto, que lo aprovechamos para otras cosas. Hay quien lee, cosa muy noble. Yo no puedo porque me mareo. Hay quien duerme. Los madrileños nacemos con un chip implantado en algún pliegue de nuestro cerebro que nos avisa de nuestra parada para despertarnos en el momento justo. Hay quien come. Yo no suelo hacerlo, pero el otro día fui a trabajar sentada junto a un mazas de gimnasio que engulló una tortilla de claras, una ensalada de pepino y tomate, unos espárragos a la plancha mustios y unos trozos de pollo asado, todo envasado en sus respectivos tupper. Hay quien conversa, bien con compañeros de viaje o por el móvil cuando hay cobertura, quien te deja a medias de saber si al final Fulanito la llamará el finde que viene o si el niño se quedó llorando el trigésimo cuarto día de colegio como hizo los anteriores. Por supuesto también están los directamente mal educados que llevan música sin cascos o que se dedican a ver vídeos de youtube o escuchar chistes mierdosos de cadena de wasap con el volumen puesto para todo el vagón. Y se ríen solos, mientras los demás les asesinamos con la mirada. Que no nos interesa tu audio de cinco minutos, imbécil. Que me da igual tu cuñado imitando a chiquito, el vídeo del menda con su opinión sobre cataluña o el hijo de tu prima balbuceando. Ponte unos putos cascos. Baja el volumen y pégatelo a la oreja. Haz lo que quieras, pero no nos “amenices” el viaje a los demás con tu mierda. En fin. Hay de todo.
Yo soy de las que van observando la fauna que la rodea y a veces, aprovecho a hablar por wasap o contestar algún correo. Pero sobre todo, observo. Me fijo en los zapatos de la gente. En los cortes de pelo de las chicas. En la ropa de los jóvenes. En los libros bajo el brazo de los culturetas. En los veinteañeros aún imberbes que se montan en Ciudad Universitaria y me hacen sentir una vieja depravada mientras noto cómo me crecen los colmillos.
También a veces me fijo en chicos al azar, que me gustan, me parecen guapos o me llama la atención su estilismo. El problema es que me he vuelto una solterona gruñona y a todos les encuentro defectos. Terribles defectos que imposibilitan que nuestro amor llegue a puerto. El primero, que la mayor parte de ellos ni me mira. El segundo, que se bajan en su estación o yo me bajo en la mía y obviamente, hasta nunqui, desconocido. Otras veces tienen cosas peores.
Por ejemplo, el otro día llevaba en frente a un progre con look estilo Malasaña, con pañuelo al cuello, gorra de tela y libro tipo sesudo sobre Descartes. Hubiera sido interesante si no fuera porque movía los labios al leer. A ver, hijo mío, no. De verdad que no. No se puede llevar el pack completo de cultureta de barrio hipster y luego no saber leer sin mover la boca como los niños pequeños. Es como un científico con bata blanca que cuente con los dedos. Pierde toda la seriedad.
O ese otro chico, tan guapo, con ese pelo tan brillante y los vaqueros medio caídos tan monos que llevaba el teclado del móvil con sonido. Y ahí, mirando la pantalla y sonando “tactacatacatacataca” cada vez que escribía algo. Y a ver no. Ya se me ha pasado el morbo de verte la goma de los gayumbos al oírte con el tacatacataca activado igual que mi abuelo.


De momento, me han renovado en el trabajo. Si Dios quiere, tengo otros tres meses por lo menos de seguir estudiando la fauna salvaje del metro de Madrid.  

lunes, 18 de septiembre de 2017

Cuando la impaciencia te salva el culo

Más de una vez he dicho que soy una persona impaciente. Quizás en parte por eso me cuesta mucho hacer planes a largo plazo, porque en lo relativo al tiempo, no veo más allá de mis propias narices.
Ayer quedé con dos de mis blogger preferidos que viven cerca, Álter y Chema. Y les explicaba que yo cuando escribo algún post, es para publicar en el momento. Como mucho, lo puedo retrasar un día o dos, si quiero que coincida con una fecha especial, pero no más. De hecho, si escribo y no lo publico, al final termina por ahí perdido y casi nunca llega a puerto.
Admito que ser impaciente me ha traído problemas en la vida. Quererlo todo para ya no suele ser sinónimo de hacer las cosas bien. De hecho, con los años he aprendido a ser algo más paciente, pero no mucho. Y trabajo en ello, pero se me da regular.
Cuando volvía para casa, escuchando a Nirvana después de pasar un buen rato con ellos, me acordé de una anécdota tonta en cuyo caso la impaciencia me salvó un poco el culo.
Muchas veces he dicho ya (son años en el blog y empiezo a repetirme) que en el colegio no fui feliz. Mis compañeros eran imbéciles y hoy en día se diría que sufrí bulling. Entonces simplemente era cuestión de que yo era la marginada y que eran cosas de críos. Lo pasé regular, pero a día de hoy me parece que forjó una parte de mi carácter y que en fin, que son cosas que pasan. El mundo no es de color rosa y no todo el mundo es bueno.
El caso es que a pesar del coñazo de aguantar a aquella gente durante diez largos años de mi vida, salí bastante airosa de casi todas las situaciones. No fue un caso extremo de acoso, entre otras cosas porque yo tenía una forma de ser... peculiar. Sólo de pequeños llegamos a las manos y no en demasiadas ocasiones. Ahora creo que una de las razones por las que no me pegaron más de una zurra es porque yo cogí fama de estar medio zumbada. Debía estar en primero de EGB, con cinco o seis años, y no sé por qué, discutí con un niño de la clase. Era un chulito medio tonto que con los años se convirtió en un chulo tonto entero. Me acuerdo que me dijo “a las cinco nos pegamos. Te vamos a pegar hasta que te salga sangre por los ojos”. Y yo, a caballo entre mi impaciencia y mi mala leche, le di un empujón y le dije “a las cinco no, nos pegamos ahora.” El niño me miró con cara rara, debía ser la primera vez que una chica le plantaba cara en vez de llorar y que encima no quería esperar a la salida. Yo, viendo sus dudas, me vine arriba “¿No quieres que nos peguemos? Pues vamos”. Y el otro que no, que a la salida. Y yo que no, que a la salida igual ya no tenía ganas de pegarme. Y él que no, que a las cinco me esperaba. Y yo, harta, le dije “mira, yo me quiero pegar ahora, así que o nos pegamos ya o nada, tú verás.” Y es que me indignaba el asunto. Yo estoy cabreada ahora, igual dentro de tres horas se me ha pasado. Y mientras ahí con la angustia ¿nos pegaremos o no? ¿Se acordará o no? ¿Será sólo una amenaza, un juego psicológico cruel de un pequeño idiota o realmente terminaremos a tortas? De verdad que no tengo tanta paciencia. Prefiero una paliza ahora que horas de incertidumbre sin sentido. Así que o nos pegamos ahora que estoy en caliente y con suerte te encajo un par de leches o ya nada. Y no, no nos pegamos. Por suerte, porque francamente, yo tenía las de perder. Siempre he sido poca cosa y de darse el caso, no sé si habría sangrado por los ojos como prometía el memo aquel, pero me habría llevado unos cuantos mamporros. Sin embargo, cosas de la vida, me fui de rositas. Debí parecer una auténtica loca asegurando que el momento de pegarse era ese y pocas veces más alguien me retó a lo de “a la salida nos pegamos”. Quizás, por una vez, la impaciencia fue buena consejera.
De hecho, odio decirlo, pero con los chicos tuve pocos problemas más. Fueron las niñas las que me hicieron la vida imposible y con ellas era más difícil porque jugaban con armas que yo no sabía manejar, como la manipulación, la mentira, la crítica cruel y despiadada y las bromas estúpidas. Y ahí no había manera de plantar cara. Y creedme si digo que fue mucho peor. Que hubiera preferido mil veces tener que encararme con “a la salida nos pegamos” aunque alguna de las veces mi impaciencia no me hubiera salvado y me hubieran puesto un ojo a la funerala.
¿Y vosotros? ¿También sois de todo para ya mismo o sabéis esperar?


sábado, 9 de septiembre de 2017

El tatuaje

Me he hecho un tatuaje. Otro, quiero decir, porque ya tenía. Tenía muchas ganas de hacérmelo y muy claro lo que quería y dónde. Igual un día os braseo con la historia del asunto en sí. Pero hoy el tema es otro.
Después de mucho pensarlo, me lo hice en un estudio pequeñito que hay en mi barrio. Estuve curioseando en internet algunos trabajos del tipo y pasé un día por allí para comentarle mi idea. Me dio un par de sugerencias, me lo explicó todo muy bien y me pidió un precio muy razonable. Así que pa´lante. Y he quedado encantada.
El caso es que estaba yo allí, esperando para entrar cuando aparece una madre, una abuela, un hijo y una hija pequeña. Típica familia que sale en los programas tipo ola-ola de verano haciendo el ridículo en la playa, enseñando los filetes empanaos y la ensalá tomate en el tupperware aceitoso. La abuela con su permanente y su bambo de los chinos. La madre con camiseta de tirantes y pantalones cortos luciendo lorzas con moreno Benidorm, coleta tirante y uñas con esmalte corroído. El hijo, adolescente con gorra de esas en las que caben cuatro cabezas. La niña, espelujada y con un vestido de Minnie descolorido. Estampa típica de mi barrio. La abuela se sienta en una silla. La madre se acerca al mostrador.

  • Mira, que el niño me se quiere tatuar una cruz en la mano, aquí. - se señala entre el pulgar y el índice.
  • Ya. - el tatuador levanta una ceja y mira al púber.
  • Ejque me cumple 15 la semana que viene y quiere un tatuaje. Asín que digo, pos si quieres de regalo, pero ya no hay otra cosa.
  • Hummm... - el tatuador me mira de reojo. - El tema es que un tatuaje en una mano... mira que luego eso queda un poco... que a ver, el día de mañana vas a tener que buscar un trabajo y en la mano se ve siempre. ¿No prefieres otro sitio? ¿Otra cosa?
  • Si ejque se ha enamorao. Mira, está por una niña de su clase y el tontopolla se quería hacer una frase y no sé qué mierdas en el brazo y le dije que igual luego se arrepiente y que mejor otra cosa más pequeña.
  • Pero en la mano...
  • Si es que está apollardao. ¿No te digo que se ha enamorao?
  • ¡¡Te quieres callar, que pareces Belén Esteban!! - salta enfurecido el tontopolla.
  • Anda, que te pones vergonzoso porque digo la verdad. Mira, se quería tatuar una frase de una canción que le gusta a la niña de un grupo moderno de esos...
  • ¡¡Que te calles, maruja, que eres una maruja, que te gusta mucho hablar!! ¡Que a nadie le importa mi vida! - aúlla.
  • Ay, madre la juventud. - masculla la abuela.

Miro a la novia del tatuador, una chica dulcísima que está sentada mirando todo con cara de pasmo. Pongo los ojos en blanco. Me muerdo la lengua.

  • Mira, los tatuajes pequeños son 50 euros. Me da igual que sea una cruz de dos líneas o algo un poco más trabajado. Pero piensa que en la mano es algo que marca mucho, que se ve siempre.
  • ¿50? mira, por eso te haces algo más chulo, algo como un dragón o unas letras chinas o algo de eso. - la madre de nuevo demostrando su clase y buen gusto. - Que por ese precio que con la misma aguja nos tatúe a toda la familia.
  • Yo no, que tomo sintrom y no me pueden pinchar. - la abuela, el origen de la sensatez familiar.
  • Mira, esta chica me pidió cita, voy a tardar dos horas con ella. Si queréis lo pensáis y luego volvéis.
  • Pos venga, me tomo un par de botellines donde la Mari y volvemos. - bonita forma de pensar en algo para toda la vida.

Según salieron por la puerta no lo pude evitar.

  • Madre mía, en qué barrio me ha tocado vivir.
  • ¿Pero tú eres de este barrio? - me pregunta la novia del tatuador que no sale de su estupefacción.
  • Sí hija. Al menos de nacimiento.
  • Perdona, es que no... no pareces...
  • No parezco alguien que se haga tatuajes carcelarios con quince años.


Desconozco si al final se lo hizo o no, aunque supongo que sí, porque volvían a entrar cuando yo me iba. Y claro, lo que me decía el tatuador, que si la madre no sólo consiente, si no que va, lo paga y le parece buena idea... qué va a hacer él. Puede decirles que no es la mejor idea, darles otras opciones... pero es su decisión. Su decisión estúpida y poco meditada, pero la suya al fin y al cabo. Y yo lo único que pienso es que debería implantarse el carnet de padres. Y que si dependiera de mí, lo iban a tener cuatro.

martes, 5 de septiembre de 2017

La quedada

Llevaba años buscando un trabajo medio decente. Por suerte lo encontré. Por desgracia justo al empezar el verano, por lo que me he quedado sin vacaciones. Y lo que más me jodía, lo único que me jodía, era no poder hacer quedada con mis amigos blogger también conocidos como “las cabras”. Y por más que me repetía que este año nos habíamos visto más veces, como que no era lo mismo. Porque un verano sin ellos ni es verano ni es nada.
Y ahí estaba yo, pensando que era todo un fastidio cuando se me ocurrió que podían venir a Madrid. Total, vuelvo a vivir sola y lo importante es estar juntos. Y se lo dije. Pero lo dije pensando que me iban a mandar al carajo. Porque estoy acostumbrada a que la gente no haga cosas por mí. Y no es victimismo, es que yo soy siempre la que hago cosas, la que me muevo, la que me esfuerzo, la que escucho, la que pongo el hombro, la que está bien, la que hace lo que haga falta por los demás y se deja a sí misma de lado. Y lo hago porque quiero, porque me sale, porque soy así. Pero a veces me quedo esperando algo y no llega. Porque la gente se ha acostumbrado a recibir y no le apetece dar. En fin, lo que sea.
El caso es que lo propuse, oye que si queréis, que podemos hacer la quedada en Madrid, yo pongo la casa. Y dijeron que sí. Porque hay gente, gente estupenda, que entiende que lo importante es estar juntos, pasar el tiempo haciendo nada, reírse de chorradas y tumbarnos en el suelo en pijama. Y no necesita que el sitio sea maravilloso, que haya restaurantes caros o actividades trepidantes. Así que vinieron, con sus pijamas viejos y sus ganas de que estuviéramos juntos.
Pasamos algunos días en Madrid, visitaron cosas, montaron en metro, me vinieron a buscar al trabajo, fuimos a comer fuera. Y en el fin de semana les llevé a la sierra, para que no se asfixiaran con tanto asfalto. Y nos bañamos en el río mientras los peces saltaban, comimos platos combinados, paseamos por el pueblo y subimos al campanario. Las gemelas madrugaron, se echaron sus barritas energéticas a la mochila y se fueron por ahí de excursión. Caminaron por el monte, llegaron hasta la ermita, se metieron por un camino de vacas(literalmente) y volvieron llenas de arañazos de zarzas. Yo dormí un poco más, pero disfruté mucho. El campo, el río, la muralla, el castillo y el campo. Los bocadillos enormes, los huevos fritos, las hamburguesas, las barritas energéticas para los paseos, las tiendas en las que vendían gamusinos. Los pijamas viejos y las charlas tirados en el suelo. Mi gente, la que renuncia a vacaciones en mejores sitios porque estar juntos importa más.

Lo único regular, es que Mar no pudo venir porque estuvo pachucha. Y la echamos de menos. Pero quizás en septiembre vuelva a juntar tres días libres y nos veamos. O cuando sea. Porque he descubierto que la gente que importa no pone excusas, pone medios para salvar las distancias.  Y por eso son los mejores. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Kissed by fire

Muchas veces he admitido mi fijación por los pelirrojos... y las pelirrojas. Me hipnotizan desde que era niña, no puedo dejar de mirarlos. Me parecen bellísimos.
Y es una de las muchas, muchas razones por las que me gusta Juego de Tronos. Porque hay montones de pelirrojos y todos me enamoran fuertecito. Mi preferido es Tormund. El momento en el que dice, con esa voz grave “the redheads are beautiful. We are kissed by fire.” pensé que me había quedado sin bragas para siempre. Además me acordé que lo de “kissed by fire” lo decía Ygritte, la salvaje que se frungía a Jon y madre mía, a esa pelirroja le hubiera dado lo suyo y lo de toda su tribu. Claro, que Jon no es pelirrojo y le hacía yo cosas que no se han visto ni más allá del muro. Y eso sin contar con Robb, que era así medio cobrizo y madre mía que grrrr y ñamñam que te cojo y te enseño yo a ser The Young Wolf, hermoso.
Me estoy desviando del tema.
El caso es que uno de los pelirrojos de mis entretelas es Theon Greyjoy. Al principio casi cae mal porque hace unas cuantas cosas que no debe. Es un crío perdido y estúpido que piensa que nadie le quiere y que no pertenece a ningún sitio. Y la caga, claro que sí. Pero lo paga bien caro y de por vida. Porque entre las muchas penurias que sufre, una de ellas es que le castran. A lo bestia. Ni campanillas ni badajo. Y el pobre mío se queda un poco trastornado, claro. No por eso, si no por las muchas torturas que sufre. Pero se va reponiendo. Hace cosas valientes, aunque se muera de miedo. Se va recomponiendo, aunque siga equivocándose.
En el último capítulo de la temporada, por razones que no vienen al caso y que no me apetece spoilear, se mete en una pelea. El otro tío va ganando, entre otras cosas porque Theon no es ningún guerrero ni ningún forzudo. Le da mamporros a base de bien, vamos. Pero cada vez que está en el suelo, ensangrentado y jodido, el otro le grita que si se levanta le mata y él va y se levanta. Y vuelve a recibir leches. Y el otro “que ya vale, que te quedes en el suelo o te mato, hombreya”. Y él que no, que se levanta otra vez. Y cuando ya crees que le va a terminar de hacer polvo, el otro le da un rodillazo en la entrepierna. Ahí, a dar donde más duele. Aunque no en el caso de Theon. No en el caso de alguien a quien lo que más duele le ha sido arrancado de cuajo. Así que, mientras el otro, dentro de su asombro, vuelve a golpearle en susodicho sitio, Theon sonríe. Ya no me puedes hacer daño. No así. Y ahí se crece mi pelirrojo, se le sube el fuego a la cabeza, se recompone y termina zurrando al otro y machacándole la cabeza con una piedra. Sí, en Juego de Tronos son muy sutiles.
En todo caso, mientras veía la escena me sentía un poco emocionada. Este verano he llorado varias veces con series de televisión. Soy imbécil, he estado sensible, sola y cansada. En este caso no llegué a llorar ni mucho menos, pero sí había un pellizco dentro de mí. Porque yo soy esa gilipollas que se levanta una y otra vez mientras le están zurrando la badana. Quizás por orgullo, quizás por cabezonería, quizás porque no me deja el genio estarme quietecita. Y también soy esa que cuando está ya magullada, rota y a punto de tirar la toalla, encuentra su fortaleza en medio de la debilidad. Y sonríe, pensando que ahí donde vas a hacer daño ya no duele, que ahí donde crees que hay un punto débil, ya no hay nada.
En fin, me gustan las series casi en plan obsesivo. Y las analizo más allá de las tramas. Y en próximos capítulos, por qué odio “Cómo conocí a vuestra madre” y por qué me encanta “Modern family”. Estén atentos a sus pantallas.



P.D. Si eres Tormund o te le pareces mucho, mucho, escríbeme al correo. Si estás besado por el fuego, escríbeme al correo. En realidad, si eres casi cualquiera de los actores de Juego de Tronos, escríbeme al correo.

martes, 29 de agosto de 2017

Regreso

Este verano he aprendido:
  • A los gatos les gusta tener el cacharro del agua lejos del de la comida.
  • Decir “voy a guardar esto aquí para que no se me olvide” significa no volver a encontrarlo hasta que por casualidad, buscando otra cosa, te caiga encima de la cabeza. Y ya ni recuerdes para qué lo querías.
  • La gente que merece la pena es la que te dice “la semana que viene te pego un toque”. Y te lo pega.
  • Las primeras impresiones a veces son una equivocadas. Y no pasa nada por admitir el error.
  • A veces un trabajo compensa por más cosas que nada tienen que ver con el dinero.
  • Mi carrera me sigue haciendo más feliz que ser rica. Y sigo siendo más que buena en lo mío.
  • Me gusta el turno de tarde más de lo que pensaba.
  • El relato de mi viaje de fin de curso de 8º es capaz de hacer reír a la gente a carcajadas (yo incluida) durante una noche entera.
  • Los traumas adolescentes son risibles a los 30.
  • No necesito el pelo largo para ser feliz ni para estar guapa. Ni siquiera necesito llevarlo suelto.
  • En realidad, puedo vivir sin televisión si tengo internet.
  • A todas las mujeres a veces nos duelen las piernas.
  • Las circunstancias marcan, pero el espíritu de las personas no depende de ellas. Y la felicidad tampoco.
  • Puedo desayunar fruta sin tener cagalera.
  • Los amigos de verdad entienden que lo importante es estar juntos, no dónde, no cómo, no haciendo qué.
  • Las abuelas macarras de Vallecas son las mejores.
  • Es mejor salir de cañas que limpiar la casa.
  • No soporto que la gente no sepa admitir sus errores, sus limitaciones, sus defectos. Que no sepan decir “estaba equivocado” o “tú tenías razón”.
  • Los ofendiditos de tweeter, los que se dan por aludidos siempre, los que creen que todo el mundo les odia, los de la piel tan fina que todo les cala y los que piensan que todos las indirectas son para ellos me dan toda la pereza del mundo.
  • Sigo pensando que he nacido para solterona y vivir sola con mis gatos es lo que más me gusta.
  • Una vez canté, como la ranchera, “sé que de este golpe ya no voy a levantarme”. Y me equivoqué. Y si alguna vez vuelvo a cantarla, me estaré equivocando de nuevo.

miércoles, 26 de julio de 2017

Echar la sábana

No me cunde la vida. Igual es que soy tonta, y no me organizo bien. Igual es que debería tener días de 28 horas como mínimo para que me diera tiempo a todo. Igual es que priorizo y desde hace un tiempo, el blog no está en el top five de cosas que hacer en el día. Yo qué sé.
El caso es que no escribo apenas, no comento mucho porque desde el móvil no puedo y el ordenador me da pereza máxima cuando salgo de trabajar. Y aquí está el pobre blog, que le están saliendo telarañas. Y se me ocurren cosas que contar, no creáis que no. Pero no termino de encontrar el momento. Porque muchos días digo “esta noche cuando llegue, después de cenar, actualizo”. Pero luego no lo hago. Porque ceno. Y recojo la cocina. Y doy de cenar a los gatos. Y me pongo una serie. Y me duermo un rato en el sofá. Y me despierto, medio aturdida, me veo otro capítulo, o el mismo otra vez porque me he sobado a medias y no me he enterado, me como un yogur o un poco de helado, me lavo los dientes, me doy mis potingues y me voy a la cama. Y digo “mañana a ver si llego menos cansada y actualizo” pero otra vez llego de trabajar, ceno y blablablá. Y así día tras día.
Así que para que esto no se llene de polvo, lo que voy a hacer es echar una sábana por lo alto, y tomar unas vacaciones. Si se me ocurre algo, lo escribiré y lo dejaré por ahí para ver si en el comienzo de curso me organizo mejor. O lo publicaré, según me dé el aire. En todo caso, de momento se queda esto tapadito con su sábana como hace mi madre con la casa de Pueblodelsur y así cuando vuelva lo destapo y está bien conservado.

Que sepáis que os seguiré leyendo en la sombra, desde mi móvil medio roto, durante mis viajes en metro. Y que volveré. Antes o después habrá que levantar la sábana y airear de nuevo.

miércoles, 5 de julio de 2017

Las semanas (y media)

Mi amiga Pelirroja ha pasado al club de las preñadas. Y estoy feliz porque ella es feliz, pero de alguna manera me pone triste despedirme de mi amiga, la más alocada y despreocupada de mis amigas. Porque ya no será mi Pelirroja-peligrosa nunca más. Ahora será una mamá con el pelo rojo. En fin, es ley de vida.
El caso es que hay una cosa que me cabrea de las preñadas y es su manía de hablar en semanas. Que sí, que ya sé que el ginecólogo lo cuenta así y blablá, pero de toda la vida de Dios los embarazos han sido nueve meses y punto. Pero ahora no. Ahora estás de 7 o de 15 o de 23 semanas. Y mira, no. Yo no me apaño. No sé cuántas putas semanas dura un embarazo y además no me interesa lo más mínimo.
Y es que me reconozco un poco negada para eso de cambiar de medida. Cada vez que he viajado y he tenido que cambiar de moneda he decidido desconectar y no andar convirtiendo cada precio porque me aturulla. Prefiero marcar una especie de límite, tipo “más de X moneda es caro porque pasa de los 10 euros” y con eso me apaño, clasificando las cosas en baratas y caras y punto. Ni os imagináis las que pasé cuando cambiamos de peseta a Euro, la verdad. Y eso que era jovencilla. Pero da igual, moriré de vieja echando de menos mis queridas pelas. Y eso que también tenía su cosa. Que la primera vez que fui a Pueblodelsur, bajé a comprar unas chuches con mis amigos y la tía del estanco me pidió 15 duros. Muy dignamente, le dí una moneda de 100 pesetas y esperé mi cambio, pero no tuve ni idea de cuánto me había costado aquello. En Madrid sólo se usaban los 5 duros y los 20 duros. Y jamás en una tienda o semejante. Nunca comprabas algo y te decían son 5 duros. Y mira que yo me he criado en un barrio muy barrio, eh? Que por aquí andaba poco menos que el vaquilla. Pero da igual, lo de los 5 o los 20 duros era algo puramente coloquial, entre colegas, en casa. Jamás en un comercio, por muy humilde o barriobajero que fuera. Y yo, de repente, me vi en un pueblo de mierda donde me querían cobrar en duros. Desde entonces la tía del estanco me cae mal. A día de hoy, me sigue sin resultar simpática.
En todo caso y dejando las monedas a parte, cuando el otro día hablé con Pelirroja le termine pegando una voz de las mías. Porque le pregunté de cuánto estaba y me respondió que diez semanas. ¿Diez semanas? ¿Pero quién a parte de las preñadas habla así? Nadie dice “llevo en el nuevo trabajo 13 semanas”. Nadie dice “celebro hoy con mi novio las 45 semanas”. Nadie habla así, joder. Y hay gente en el mundo que no estamos embarazadas, ni lo hemos estado, ni lo vamos a estar. Y que nos importa una mierda las semanas que dure un preño, que no sabemos desde cuándo se empieza a contar ni hasta cuándo hay que seguir haciéndolo. Así que le dije “Joder, Pelirroja, que yo en semanas sólo conozco la película de las nueve semanas y media y por cierto, es una mierda. Háblame en lenguaje de no preñi, haz el favor.” Bueno, pues lo tuvo que pensar. Tócate los cojones mariamanuela que ahora en cuanto se te instala un okupa en el útero dejas de pensar como lo has hecho toda tu vida y ya sólo sabes contar en semanas.
Eso, hasta que pares. Entonces sólo sabes contar en meses. Y de pronto tu hijo tiene 16 meses. Oiga, por el amor de Deu, diga un año y algo, diga un año y medio, diga dos años, diga lo que quiera, pero deje de hablarme en unidades inferiores a las necesarias.
Y eso añadido a la palabra bebé. Admito que esa palabra no me gusta, me parece que roza el ridículo, no sé por qué, supongo que sólo es una manía de las mías. Pero a ver, un bebé lo es hasta los 6 meses, el año si quieres. Pero no más. Con año y medio es un niño. Pequeño, pero un niño. Y con tres años, desde luego no es un bebé. Que yo entiendo que has tenido que dilatar el chumi para echarlo y que quieres que sea eternamente pequeñito para que sea tu nenuco, pero joder, no. Déjale ser una personita pequeña. Déjale tener su dignidad y no le llames bebé cuando ya va por ahí corriendo como una bala y destrozando todo a su paso como un diminuto godzilla.


En fin, yo qué sé. Si cada día entiendo menos cosas y pongo menos esfuerzo en entenderlas.  

viernes, 30 de junio de 2017

Hablar cantando

Creo que una de las mejores decisiones que he tomado en los últimos años ha sido apuntarme a la academia de inglés. Y cuando digo de las mejores, posiblemente sea la mejor. En parte porque no tomo demasiadas decisiones y en parte porque no las tomo muy bien. Pero ésta sí, ésta fue un acierto total.
Siendo honesta, ni siquiera se me ocurrió a mí. Quizás por eso fuera tan buena idea. Fue como un cúmulo de señales que me dijeron que era hora de ponerse las pilas y hacer algo que llevaba mucho tiempo ahí estancado. Primero fue mi amigo el poli. Me dijo que él iba a una escuela de inglés y que le estaba viniendo muy bien porque hablaba un english-macarrónico que para qué. Y se me encendió un poco la bombilla. Total, tenía las tardes libres y el inglés no se me da mal del todo. Y además es útil para los trabajos y siempre viene bien ir a otro país y poder preguntar por una calle o algo. Dejé ahí la idea, macerando.
Poco después, un amigo de aquí, arquitecto en paro y sin puñetera idea de inglés, se fue a Canadá con su exnovia, que por aquel entonces ya era su exnovia. Mis amigos, al parecer, tampoco con muy listos. Pensó, ingenuamente, que con ir a un país de habla inglesa aprendería en cosa de cuatro ratos. Luego se encontró en mitad de la nieve y los renos, sin entender nada, con su exnovia que se echó un novio indio de dos metros de altura y viendo la tele para ver si pillaba algo del idioma de Shakespeare por obra y gracia. Obviamente, a los pocos meses se volvió sin un duro, sin la exnovia y sin hablar ni poteito. Quedamos una tarde para tomar un café y me dijo que había estado mirando unas escuelas por el barrio para aprender algo de inglés antes de volver a aventurarse allende los mares. Y la idea volvió a mi cabeza.
Así que lo hice. El verano había acabado y el curso empezaba, así que miré varios sitios y elegí uno. Me gustaron muchas cosas de mi academia y a día de hoy sigo contenta. Mi profe australiano está loco, es divertido y hace las clases muy amenas. Yo he mejorado muchísimo, he cogido fluidez y oído y he subido de nivel en dos ocasiones. Estoy muy contenta, la verdad.
Así que ahora, cada vez que alguien me dice que no sabe muy bien qué hacer, o que tiene mucho tiempo o algo así, le recomiendo apuntarse a una academia a aprender inglés. Porque el rollo de me lo estudio en casa o de veo series en versión original, aceptémoslo, no sirve de mucho. Mi profe siempre dice que por muchas películas que alquiles en turco, no vas a aprender a hablar turco en la vida. Y si lo piensas, tiene razón. Ya puedes hacerte fan del cine de Bollywood, que no vas a ir a la india y comunicarte como un nativo. Los idiomas molan, pero requieren esfuerzo, sacrificio y aprendizaje. Que ver las series y las pelis en versión original está muy bien, os lo digo yo que no veo nada doblado, pero seamos realistas, no son el mejor método de aprender un idioma. Ni siquiera son un método. Necesitas una buena base para que sirvan de algo. Y sí, sirven para coger oído y para ir pillando expresiones, pero ya está.
El otro día le intentaba hacer entender esto a una amiga que me trataba de convencer de que otra amiga suya que vive en Barcelona y que le pedían un nivel bastante avanzado para el trabajo, estaba aprendiendo porque traducía canciones y luego las escuchaba. Eso está muy bien, pero no sirve para un carajo. Y menos si quieres hablar de verdad porque la chica en cuestión se dedica al tema del turismo. Y mira, yo soy de Madrid, pero si buscas un poco sobre métodos efectivos para aprender inglés, encuentras muchas cosas y además hay más de una academia en Barcelona. Que si lo piensas un poco, traduciendo canciones vas a terminar hablando muy raro. Imaginad alguien que trate de aprender español así y venga, vaya a un bar y diga “me gustan las mujeres, me gusta el vino y cuando tengo que olvidarlas me voy y olvido”. Igual al camarero le alegra el día echándose unas risas, pero poco más.

Total, que si no sabéis qué hacer, apuntaros a inglés. Yo me arrepiento de no haberlo hecho antes, la verdad. Y quería hacer un intensivo este verano, pero no sé si voy a poder con el tema del trabajo nuevo. Lo que es seguro es que en septiembre vuelvo. Que no quiero viajar algún día a Irlanda en busca de pelirrojos y decir “whack for my daddy, oh, there is whishkey in the jar”.

miércoles, 28 de junio de 2017

Ron y Maya

Cuando era pequeña tenía caracoles. Ya lo he contado más veces, los rescataba de la calle o del campo o de donde los pillara, los metía en un bote con lechuga, los cuidaba un tiempo y luego los volvía a soltar. Incluso una vez criaron porque nadie me había explicado el concepto de hermafroditismo. En fin. El caso es que tuve uno que fue mi favorito. Se llamaba Corretón porque era enorme, gordo y marrón y le encantaba escaparse del tarro y hacer excursiones por las paredes. Lo recogí con la concha rota, pero se le reparó poco a poco. Corretón era un caracol fantástico, salía mucho de la concha, en cuanto le ponías verdura fresca o le mojabas con agua. Me caminaba por las manos y los brazos, no parecía asustarse de nada. Comía uvas y frutas directamente de entre mis dedos. Y con él descubrí que hasta los animales más pequeños, que consideramos más simples, tienen su propio carácter. Porque hay caracoles tímidos y otros sociables, unos miedosos y otros intrépidos.
He tenido montones de animales a lo largo de mi vida y cada uno ha tenido sus peculiaridades, sus manías, sus virtudes, esas cosas por las que les he querido y esas otras por las que a veces me he tirado de los pelos con ellos. Todos me han enseñado mucho, me han dado mucho más de lo que yo he podido o sabido darles. A todos los llevo en el corazón porque en parte, igual que gracias a la familia o a los amigos, soy quien soy gracias a ellos.
Ahora miro a Ron y a Maya fascinada. Los gatos tienen unos caracteres muy marcados. Ellos son muy ellos. Ron es más dependiente de mí, más tranquilo, más bruto, más fuerte. Le gusta mucho saltar, llega muy alto, le encanta subirse a los sitios. Tiene muchísima habilidad con las patitas, casi parecen manos, él todo lo toca con su manita izquierda para cerciorarse de lo que es. Es comilón, todo le gusta y nunca rechaza nada (si lo hace corre al veterinario, le pasa algo raro). Ron es muy de costumbres, le encanta la rutina, cada día hace más o menos lo mismo, le gusta seguir horarios, ponerse en los mismos sitios, que no le cambien sus cosas. Le gusta tumbarse en la ventana para estar fresquito y mirar por el cristal del cuarto de la lavadora para ver lo que hacen los vecinos. Le gusta la gente. Cuando vienen visitas se acerca a saludar, no se asusta ni se esconde, sólo les mira, curioso. A veces se deja tocar, a veces se enamora y se sube encima de la gente, otras, simplemente les huele. Le encanta dormir conmigo en cualquier sitio, en cualquier postura, a cualquier hora. Es perezoso, casi siempre que hay que levantarse se revuelca un rato como pidiendo cinco minutos más, después de desayunar le encanta volver a la cama y dormir conmigo, tan a gusto. Ron duerme mucho desde que era cachorro, cae en los brazos de Morfeo y sueña, profundamente dormido, durante horas. Eso sí, como quiera algo, comer por lo general, es muy exigente. Te despierta a manotazos y cabezazos tan fuertes que podría despertar a un muerto. Casi siempre que me siento, viene a ponerse encima, o al lado como mínimo. Conoce perfectamente su nombre, se vuelve a mirarte cuando le llamas, entiende muchísimas cosas y es bastante obediente. Le gusta mucho que le hable, pero él maúlla muy poco. Y siempre que llego a casa, viene a recibirme a la puerta, a veces con cara soñolienta, a veces como sonriendo, a veces con un trotecillo alegre.
Maya es más inquieta, más suave, más sigilosa, más pequeña. Le encanta robar cosas, todo lo coge con la boca y lo lleva de acá para allá. Le gusta comer la comida húmeda mezclada con bolitas y el agua fresca. A Maya le encanta investigar, se mete en todas partes, lo toca todo, lo huele todo, lo coge todo. Mete su diminuta cabeza en cada hueco para ver lo que hay. Nunca sabes dónde la vas a encontrar, hace cosas inesperadas, cada día descubre algo que le fascina y a los diez minutos lo ha olvidado. Persigue a Ron a todas partes, es cabezona, no se da por aludida cuando le dices que no, es terca hasta decir basta. Le gusta que la cojas en brazos, duerme a veces conmigo, pero sobre todo, le gusta dormir abrazada a Ron, que lo acepta con resignación. También duerme mucho sola, se estira mucho, abre las patitas, ocupa más sitio del que puedes imaginar por un animal tan pequeño. Eso sí, duerme pocas horas seguidas. En seguida se aburre, se levanta, se va a investigar algo, a pasear, a jugar con sus ratoncillos. Maya sabe que se llama así, lo entiende, te mira y generalmente, pasa de ti. Le gusta que le diga cositas, pero sobre todo le gusta hablar ella. Corretea haciendo ruiditos, maúlla a todas horas, se frota mientras emite sonidos. Le hablas y te contesta. Y otras veces maúlla ella esperando respuestas de tu parte y tenemos conversaciones humano-gato. No viene a la puerta a recibirme cuando llego, aunque suele acudir si la llamo. Conoce la alarma del despertador y cuando suena salta sobre mí, abre el embozo de la cama y se frota y refrota haciendo alegrías y me hace unas carantoñas muy dulces tocándome con las patitas la cara y metiendo su cabecilla en mi cuello. A veces se cuela en la cama y anda por dentro haciéndome cosquillas. Te hace levantarte con una sonrisa. Por las noches le gusta hacer la croqueta en la alfombra, pasa mucho tiempo con la barriga para arriba, jugando o simplemente porque está a gusto así. Es muy valiente, muy intrépida, no ve el peligro nunca. Trepa por la red de la ventana del salón como un mono y cuando llega arriba, vuelve a bajar, usando manos y pies como una profesional de la escalada.
Los dos son maravillosos, son buenos, cariñosos y sociables. Jamás bufan, jamás se pelean. Juegan mucho y se roban comida el uno al otro. Se lamen, se imitan, se hacen carantoñas. Son dos ángeles que me ha prestado el cielo, espero que por muchos años. Y hoy hace seis meses que Maya llegó a mi vida para, siendo tan negra, llenarla de luz. Y ayer hizo 7 años y 10 meses que llegó Ron, que es todo para mí. Es el amor de mi vida, es lo que más quiero y he querido jamás.
Tengo suerte, soy afortunada. No tengo mucha familia, ni hermanos, ni siquiera muchos amigos. No soy una persona excesivamente sociable. No he triunfado profesionalmente, ni tengo dinero. Y es posible que no sea muy lista, ni muy especial, ni muy nada. Pero soy afortunada, de verdad que sí. Porque Dios me ha dado un montón de animalitos que me han acompañado en el camino. Siempre recuerdo alguna clase de pata encima de mi pierna, en todos los momentos de mi vida. El perro, los hámster, las cobayas, el pájaro, el cangrejo, los caracoles, los gatos. Siempre ha habido alguien ahí que sin palabras, me lo ha sabido decir todo con sus ojos. Así que gracias a todos ellos.

Y hoy en especial, gracias a mis dos amores más grandes, a mis dos gatos. Gracias por llegar a mi vida, por ser tan especiales como sois, por dejarme ser vuestra mamá humana. Os aseguro que lo hago lo mejor que puedo y que os quiero con toda mi alma. Gracias, Ron y Maya. Gracias por existir.

lunes, 26 de junio de 2017

cosas que acaban (?) y verano que empieza

Hace muchos años pensaba que si me casaba, lo haría en junio, que siempre ha sido un mes que me ha encantado. Por las fechas de San Juan. Me parecía bonito. El día más largo, el paso de la primavera al verano, una noche mágica. Qué bien todo.
Este año San Juan caía en sábado. Me di cuenta al poco de empezar a vivir con el Ross. Y pensé, ingenua, estúpida, absurdamente, que igual podía pensar en una boda para ese día. El día que me gustaba, el hombre al que siempre había querido. Qué bien, qué bonito. Qué fugaz pensamiento, pero qué bien habría quedado en una película moñas.
Hoy es ese día. Y no, no me he casado. Eso ya lo decidí hace mucho tiempo, antes de llegar ni a pensarlo en serio. Yo no soy de las que se casan. Lo que he hecho ha sido separarme. La vida tiene un sentido de la ironía tan fino que no sabes si reírte o tirarte por un puente.
Aún no sé si es definitivo, aunque le veo pocas soluciones. No creo en el amor lo suficiente para pensar que lo salvará todo. No creo que eso baste. Y a parte del hecho de quererle, no sé si tengo otra razón para luchar por esta relación. Así que no, no creo que el amor baste.

Mañana empiezo un trabajo nuevo. Hice una entrevista hace unas semanas y finalmente me llamaron para decirme que empezaba el lunes. Me alegra después de tanto tiempo buscando tener un trabajo de lo mío. No es lo ideal porque no es mi campo preferido y el horario es una mierda, pero no está mal. Así que tengo una buena razón para levantarme y tener una ilusión más.


No estoy triste. Tengo cosas más importantes que hacer que lamentarme. Al fin y al cabo, empieza el verano.  

lunes, 12 de junio de 2017

El salto

La gente a veces se queja de que por culpa de Disney espera al príncipe azul. Admito que nunca me gustaron los príncipes. Tan peripuestos, tan repipis, con esos modales tan refinados. El único un poco apañao era el de la sirenita que iba descamisado. Y ni por esas, mira. Yo es que he sido siempre de macarras. Y trato por todos los medios de evitarlos en la vida real porque ya tuve experiencias en el pasado que me demostraron que traen más problemas que otra cosa. Pero lo admito, esos personajes durísimos, con pinta de chungos y luego un tierno en el interior, hacen que se me caigan las bragas a plomo.
Yo admito que mi problema con los ideales de las películas es con los musicales. No entiendo por qué en la vida real no podemos arrancarnos todos a bailar de repente y que nos salgan unas coreografías de puta madre. Así, improvisando, como quien no quiere la cosa y montar un espectáculo que le dé gracia al asunto. Todo mejora con música y con bailes. Y la vida es una cosa que hay que intentar mejorar porque como no pongas de tu parte, pues meh. Así que yo esperaba que en algún momento, todo el mundo de mi entorno supiera bailar y yo aprendiera por obra y gracia. Entonces empezaría lo bueno. Algo así como en el baile del instituto tipo Grease o en cualquier pelea de pandillas por los tejados como en West Side Story.
Luego resulta que no. Que mis amigos no saben hacer coreografías espontáneas, que yo soy un pato mareado que se pisa sus propios pies, que en mi instituto no se hacían bailes y que las peleas en mi barrio, inexplicablemente, no eran bailando. Y qué decepción, oyes.
Y es que la vida real es un tanto decepcionante. A ver, que está bien, que merece la pena estar vivo. Pero no es una película, no es una serie, no es un musical. No siempre las cosas salen bien, no siempre el amor triunfa, no siempre los malos pagan y los buenos salen airosos. No siempre sabes bailar. Ni mucho menos. La vida es como es. Y como tal hay que tomarla.
Lo bueno que tiene es que están los sueños. Ahí siempre puedes hacer lo que te dé la gana, estar donde y con quien quieras, puedes conducir un ferrari o bailar como Ginger Rogers. Yo por lo menos soy bastante afortunada en lo que a sueños se refiere. Soy bastante capaz de controlarlos, de retomarlos si me despierto y de vivirlos muy intensamente. Lo chungo es cuando sueño con arañas y juro que las veo corriendo por mi cuerpo. Que me despierto y aún tardo un rato en dejar de rascarme y de buscarlas porque no tengo claro si estaban ahí o no. Pero eso es otra historia. El caso es que mis sueños buenos son la hostia. Yo he soñado que comía cerezas del torso desnudo de Brad Pitt. Jhonny Deep me ha mordido el cuello. He bailado con Rick (Humphrey Bogart) en Casablanca. He volado por encima de edificios, he respirado bajo el agua del mar mientras veía corales y peces. Mi cerebro a veces se porta bien, como para compensarme el coñazo que me da el resto del tiempo.
Por desgracia, no todo el mundo tiene esta suerte. Esta misma noche estaba comentando por wasap con mi amiga Mar mientras veíamos Dirty Dancing. A las dos nos encanta, somos así de pavas. Y sé perfectamente que el guión lo podría haber escrito una niña de quince años. Y que en realidad, no trata de nada. Y todo lo que quieras. Pero ay. AY. Que está Patrick Swayze como para comérselo sin patatas ni guarnición ni nada. Primer plato, principal y postre. Todo en uno. Qué guapo, qué cuerpo, qué sexy. Qué ropa negra tan ajustada. Qué tupé medio despeinado. Qué forma de moverse. Ay, zeñó. Y esos bailes, esa música, esas faldas vaporosas. Esa escena de los equilibrios en el tronco, la del lago levantando a la otra pava. Y ese salto, EL SALTO. Por el amor de Dios. Que estoy segura de que cuando el bueno de Patrick se murió y subió al cielo, llegó la virgen María a recibirle y lo primero que le dijo fue “levántame en el aire como a la de Dirty Dancing”. Porque qué mujer no ha soñado con esa escena. Con ser levantada así. Pues tengo la respuesta. Mi amiga Mar. A ver, técnicamente sí ha soñado con ello, sólo que ella corría y saltaba así, pero nadie la cogía. Y entonces se daba una tremenda leche contra el suelo y la gente se arremolinaba a mirarla. Pobre. Qué sueños más tristes. Y me lo ha contado por wasap, mientras veíamos la peli. Me he reído tanto y tan fuerte, que he despertado a Maya de sus sueños de gato.
Por cierto, ¿con qué sueñan los gatos? ¿con ratones, pájaros? ¿infinitas latas de atún? ¿un Patrick Swayze gatuno que les levante en el aire? Quién sabe.








lunes, 5 de junio de 2017

Las mimosas se han secado

Hace un año y unos meses olí las mimosas pensando en ti. Quería tener la mente positiva, quería creer en los finales felices, quería pensar que todo iba a salir bien. Quería creer en los poderes milagrosos de los buenos deseos. Quería, a pesar de que en la boca del estómago, en el mismo sitio donde a ti te descubrieron el cáncer, yo tenía una mala sensación.
Esta primavera volvieron a salir las mimosas, volví a olerlas y me acordé de esos días. De las malas noticias, del hospital, de los buenos deseos que no sirvieron de mucho. Pero las mimosas habían salido de nuevo y tú seguías aquí. Y pensé, a pesar de saber lo que ya sabíamos, que a veces la vida se resiste a la muerte. Que a veces, todo es cuestión de volver a ver cómo llega la primavera una vez más.
Ahora las mimosas se han secado y tú te has ido.

Casi nunca me han caído bien las amigas de mi madre. No sé por qué, pero es así. A algunas les he terminado tomando cariño, a fuerza del tiempo, a base de ver que eran buenas con ella o le hacían feliz. Otras me siguen cayendo fatal. Pero contigo fue distinto. Había algo en mí que te recordaba a ti misma de joven. Y había algo en ti que me hacía verme reflejada. Por eso, a parte de amiga de mi madre, también lo eras un poco mía. Cuando quedabais todas a comer y yo me apuntaba, casi siempre nos sentábamos juntas. Me divertían muchísimo tus comentarios por lo bajini. Tu finísimo sentido del humor, tu sarcasmo, tu carácter aparentemente seco. Tu manera de pasar de todo, de que te importara un pito la opinión del resto. Nos reíamos del mundo sin que nadie lo entendiera del todo.
Y nos comprendíamos. De verdad que sí. Tú te casaste jovencita y luego tuviste que echarle a la calle y poner el vestido de novia en la basura. Me lo contaste cuando yo eché al desequilibrado. Fuiste la única con la que fui honesta del todo, a la que dí detalles, con la que no me costó hablar. Porque tú me entendías, eras la única que no me ponía cara de pena, que no hacía preguntas absurdas o que me juzgaba. Tú te separaste más o menos a la misma edad que yo, pero en peores épocas, bajo peores circunstancias. Y por eso encontré tanta comprensión, tanto apoyo, tanta complicidad. Tu vestido de novia en la basura, cómo nos reímos las dos como tontas cuando me lo contaste ante la mirada atónita de otras.
A veces pensaba que eras la única que me entendía. Porque éramos las únicas que vivíamos solas, éramos las únicas “solteronas”. Tú sabías, lo hablamos mil veces, que cuando te acostumbras a la soledad, se hace casi imposible volver atrás. Que el primer día que coges el taladro te cagas de miedo, pero cuando consigues hacer el agujero te sientes invencible. Y después de eso, después de montar muebles, después de hacer lo que quieres y ser la única responsable, después de que nadie te contradiga, ni te cuide, ni te acompañe, ya no hay vuelta de hoja. Ya no vuelves a ser la misma. Y la gente te dice que eres muy dura, que tienes mala leche, que tienes demasiado carácter. Y recuerdo tu mirada cuando a alguna de las dos nos decían eso. Me mirabas, sabiendo que aunque nos separaban 30 años, éramos las únicas que lo entendíamos. Porque éramos las únicas que lo habíamos vivido. Y las mujeres fuertes, curtidas en mil batallas, apaleadas hasta los huesos y que se han recompuesto solas, nos reconocemos sólo con levantar una ceja. Por eso eras amiga de mi madre, pero también eras mi cómplice, mi camarada.
Te vi por última vez en el hospital, cuando aún te estaban haciendo pruebas. Cuando aún estabas como siempre. Tenías tu ordenador, tus libros, tus apuntes de la clase de historia del arte de mi madre. Todo desparramado por la habitación, porque te aburrías. Charlamos con naturalidad. Me diste la gracias por la visita, por el rato de conversación, por que ese rato te habías encontrado mejor. Y te di un abrazo y dos besos, en medio de bromas, porque igual que a mí, los besuqueos te ponían de mala leche. Pero esa vez nos los dimos. Y fue la última. Porque no has querido que nadie te viera demacrada por la quimio y la enfermedad. No has dejado que te visitáramos en un año entero. Y quiero que sepas, que aunque de forma egoísta me hubiera gustado verte, siempre lo he entendido. Y te he defendido, he sido la única en defender tu decisión, en pelear con todo el mundo, en darte la razón. Era tu derecho. Y yo, una vez más, lo comprendo.
Mañana tengo que ir al tanatorio. Por eso me estoy despidiendo aquí y ahora. Para llorármelo todo hoy y no hacerlo mañana. Para que quede entre nosotras, como tantas cosas. Para que una vez más, nos entendamos y le enseñemos el culo al mundo.
Te echaré de menos. Te llevo echando de menos un año. Y lo seguiré haciendo.

Ahora las mimosas se han secado y tú te has ido. Sit tibi terra levis. Que la tierra te sea leve, amiga.


sábado, 3 de junio de 2017

Being Naar

Una de las series que más me han gustado en los últimos años es una canadiense, muy poco conocida que se llama “Being Erica”. A mí me la recomendó una amiga de Twitter y no sé si se lo podré agradecer lo suficiente. Me vino muy bien cuando la vi por primera vez hace dos o tres años y ahora, que estoy esperando a que vuelva Juego de Tronos, la estoy viendo otra vez. La recomiendo encarecidamente.
El caso es que la serie va de una chica de treinta y pocos (ejem) con una vida un poco desastre (ejem, ejem) y bueno, por una serie de circunstancias que no vienen al caso, termina en una terapia muy especial en la que puede viajar en el tiempo para cambiar cosas de su pasado de las que se arrepiente. Lo que pasa es que claro, que tú puedas cambiar algo que hiciste no significa que los demás también lo vayan a hacer, por lo que generalmente, aprende de sus errores, comprende mejor su propia vida... pero no cambia gran cosa.
Es inevitable verla y no pensar en qué cambiaríamos si pudiéramos, qué haríamos diferente o qué no haríamos. Al menos así, en teoría. Yo por lo menos lo pienso muchas veces. Y después de muchas vueltas, me pregunto si realmente cambiaría algo. Y no es que no me haya equivocado, sabe Dios que en mí lo raro es acertar. Y no es que no me arrepienta de cosas, porque sé lo mucho que la he cagado y me siento muy responsable de tirar por la borda un montón de cosas buenas que podría tener en mi vida, como un trabajo, o una casa mejor, o más experiencias o más y mejores estudios. Pero a pesar de todo eso, a pesar de que mi vida es un asco muchas veces y que hay cosas que no me gustan nada, de la mayor parte de mis errores he sacado cosas buenas.
Por ejemplo, estar con el Desequilibrado fue un error. Sobre todo estar tanto tiempo. Y encima serle fiel. Pero si pudiera cambiar algo de todo aquello, seguramente sólo fuera lo último. Porque a pesar de la mierda de relación, de las consecuencias de mierda y de las otras mierdas, él trajo a Ron. Y por Ron merece la pena todo. Porque qué sería yo sin él. Sin su mirada tranquila, sin su serenidad felina, sin su calor. Ron me ha dado en estos casi ocho años mucho más de lo que pudo quitarme el Desequilibrado. Ron me ha curado muchas más heridas de las que él pudo hacerme. Así que si alguna vez consigo una terapia como la de Erica y puedo volver al pasado, lo único que haré será volver con el Desequilibrado, ponerle los cuernos todo lo que pueda y en cuanto traiga a mi Ron, dejarle plantado y huir con mi gato. Y si puedo, decirle cuatro frescas a la impertinente de su madre.
Por lo demás, obviando el efecto mariposa, sólo cambiaría pequeñas cosas.
Esa noche que justo después de dejarte en el bar encontré hueco y dudé si aparcar y volver o seguir conduciendo... pues aparcaría.
Esa vez que me propusiste quedar y no fui... pues iría.
Esa vez que me encerraste en el cuarto de los abrigos entre risas y bromas... no saldría tan rápido.
Esa vez que me pediste que me quedara un rato más pero yo tenía que madrugar... pues me quedaría.
Esa vez que me enfadé por una tontería y al final no nos vimos... pues aprovecharía tu visita a España para darte un abrazo.


Así de sencillo. Todas esas veces, con todas esas personas con las que perdí la oportunidad de compartir algo más, de hacer algo más de lo que hice. Por eso ahora, aunque me equivoco como siempre, trato de aprovechar las ocasiones al máximo. Trato de hacer caso a lo que me dicen las tripas. Trato de hacer lo que quiero, lo que realmente quiero, aunque no sea lo más correcto. Porque... ¿Qué diablos es lo correcto?  

domingo, 28 de mayo de 2017

Circle of life

Ser joven es maravilloso. Y no hablo del rollo de ser joven hasta los 40, ni los 30 siquiera. Que hoy en día se es joven hasta los 80. Y no me fastidies, porque no.
Y no es cuestión de que te sientas mejor o peor, de que realmente tú creas que eres joven. No estoy hablando de eso. Porque obviamente, yo he cumplido 34 este año y creo que los 30 son una década estupenda, pero ya no soy TAN joven. Y si alguien quiere llevarme la contraria y decirme que es súper joven con más de 30, que se vaya a una discoteca y mire a su alrededor, que se pasee por el campus universitario o que se ponga una diadema de flores y unos short a medio culo y me lo cuente. Si lo hace y no se siente un poco, aunque sólo sea un poquito mayor, pues bien por ella, pero que se lo haga mirar.
Además, la edad tiene ventajas. Empezaba diciendo, y lo mantengo, que ser joven es maravilloso. Y sería casi perfecto si no fuera porque eres idiota. Es así, la edad te quita belleza, energía, ganas de juerga... y te da experiencia. Al menos si lo haces bien.
Cuando yo tenía 20 años creía que siempre sería joven. Creía que sabía muchas cosas. Creía que siempre tendría la piel perfecta y el pelo rubio. Creía que mis amigos siempre estarían ahí. Creía que seguiría saliendo de juerga todos los viernes. Creía que mi vida no cambiaría tanto. Lo dicho, era una ingenua. Ahora me encuentro casi a la mitad de la treintena y ya no soy tan guapa, tengo manchas en la cara, me están saliendo canas y cada vez sé menos cosas. Ya no salgo apenas, mis amigos están desperdigados, casándose y siendo padres y mi vida no se parece a nada a lo que había imaginado.
Ayer hubo un torneo de rugby universitario que hace todos los años el equipo de la facultad de Ross. Allí estaba la vieja guardia, aquellos a los que yo vi jugar creyendo que ya eran mayores (tenían en aquel entonces veintimuchos o treinta) y los que éramos novatos hace más de diez años. Y también estaban los jóvenes de ahora. Tan inocentes, tan llenos de vida, tan guapos, tan imberbes. Tan monos ellos.
La verdad es que lo pasé en grande. Los abrazos sinceros con la gente que veo una vez al año, los reencuentros con aquellos que ya admiraba hace más de una década, los ojos azules del dueño de mis sábanas que siempre me transportan a otro mundo. El abrazo que me dio, levantándome del suelo. Las risas, las anécdotas, las canciones obscenas, el espíritu de los cuarentones dejándose la piel en el campo. El olor de Cantarranas, el agua de la manguera, la cantidad de recuerdos pegados al barro, perder la vista entre los árboles del fondo como tantas veces hice con veinte años.
Sentir que el tiempo ha pasado irremediablemente.
Hace unos años, cuando pasé mi crisis de los 27 aproximadamente, estas cosas me hacían pasarlo realmente mal. Saber que ya no era de las más jóvenes del garito, ver a las chicas de las nuevas generaciones mucho más guapas que yo, saber que la punta de lanza ya eran otros. Pensar que la vida universitaria ya había acabado y que nunca volvería. Pero ayer me dio igual. Porque yo estaba allí tan ricamente, compartiendo recuerdos divertidos con mis amigos de entonces, riéndome una vez más con el Lobo y la historia de la chumbera y poniéndome al día con toda la gente. Allí estaba yo, importándome un pito que todas las jovenzuelas tengan el culo más duro, que no sepan lo que es el melasma o que no les duelan los pies. Porque yo sé cosas que vosotras ni imagináis, queridas. Y todo eso que ahora os parece un problemón, a mí ni me altera el pulso. Y esas cosas que os dan miedo, yo me las paso por el forro.
Y allí, en medio de todo este torbellino, tuve una revelación. Un chaval nuevo, de veinte años escasos, con pinta de alternativo, con el pelo rizado en una especie de trenza, con los ojos claros y unas facciones casi perfectas, apareció entre la gente con una toalla atada a la cintura y sin camiseta. Vi cómo le miraban las niñas. Vi cómo se pavoneaba. Vi cómo sonreía y cómo miraba él a la gente. Vi que se creía invencible. Vi que él piensa que sabe muchas cosas, que siempre será joven y guapo y rubio. Y sonreí. Porque chaval, eres una monada, de verdad, pero no sabes nada. Tú no eres el primer chico guapo que hay en este equipo, no eres el primer pimpollo que se pasea por este campo. No eres el primero que baja bragas con la mirada, no eres el primero en hacerse peinados raros. No eres el primero en nada. Sólo eres el guapo de tu generación. Pero antes ya estuvo el dueño de mis sábanas, que se creyó lo mismo o más que tú y ahí estás, destronándole. Como él destronó a otros. Como otros te destronarán a ti. Ya lo dijo el Rey León antes de que tú nacieras, es... circle of life.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Pfffffff... qué pereza

Hace poco comenté que el mayor de mis pecados era la pereza. Y me he dado cuenta de que lo estoy llevando a un nivel muy elevado. Me dan pereza cosas absurdas. Por ejemplo, me termino una serie y tengo varias por empezar, pero me da pereza. Porque no conozco a los personajes, no sé de qué va la vaina y pffff... qué pereza. Así que vuelvo a ver las de siempre, que me sé los guiones de memoria.
También he descubierto un grado plus de pereza: la gente. La gente me da pereza. Juntarse en grupo con gente que no conozco, pfffff... Juntarse con mis amigos de siempre para hablar de niños, pfffff... Juntarse con gente inteligente para hablar de temas serios, pfffff... Juntarse con gente simple para hablar de idioteces, pfffff...
Empiezo a pesar que el momento de hacerme ermitaña, tener mi propio huerto y vivir sin más compañía que los gatos está acercándose peligrosamente. Tengo que terminar de convencer a Pimiento y Tomate de que la edad del bambo ha llegado YA.

El otro día, por ejemplo. Quedé con una amiga a la que llamaremos... Lua. Sí, eso. Lua ya me da un poco de pereza de por sí. Y no es por nada, de verdad que la quiero mucho. Pero últimamente le ha dado por unos rollos que no van conmigo, así que la pereza me ataca fuerte cuando quiere que quedemos. Pero bueno, repito que la quiero mucho, así que me obligo a mí misma a salir y verla. Y entonces, entre otras múltiples pamplinas que no vienen al caso, Lua me cuenta que se ha dado de alta en toda clase de páginas de esas para buscar “pareja” y que se está hartando a frungir. Y bueno, de entrada no me parece el mejor de los planes. Más que nada porque si me voy a dedicar a follar por follar con desconocidos, casi prefiero hacerlo cobrando, que la cosa está muy mal y tengo dos bocas gatunas que alimentar. Y segundo porque de nuevo, pffffff... la pereza a máximo nivel.
Y diréis, qué le ha pasado a esta mujer, que de repente se nos ha vuelto tan puritana. Nada más lejos. Yo he sido un poco golfa. Y no me arrepiento ni pizca. He pasado mis rachas de “vida alegre”, de amoríos, de dejarme querer, de saber que gustaba, de no pensar en el mañana. Dentro de mí aún late a veces aquel halo de misterio y de erotismo con el que sabía jugar tan bien. Aún sé mirar de reojo y notar cómo me crecen los colmillos. Pero nunca me dediqué a zumbarme a desconocidos sacados de cualquier página de mierda sin poner filtro alguno, sin buscar nada más que el pumba-pumba. Nunca me dediqué al sexo vacío de juego y de complicidad. No, porque no me aporta nada. A mí, ojo. Que por mí cada uno puede hacer lo que le venga en gana. Sólo que yo, repito que para hacerlo de ese modo frío y mecánico, prefiero cobrar una pasta gansa.
En todo caso, lo que me daba la pereza de las perezas eran las cosas que me contaba Lua, el tipo de personajes que hay en esas redes. Que habrá gente maja, gente que quiera buscar algo un poco más especial o un poco más personal o lo que sea. Que supongo que los habrá que busquen pareja de verdad. Y conste que a mí conocer gente por internet me parece genial. Una gran parte de los mejores amigos que tengo ahora los he conocido por el blog. Incluso tuve una relación maravillosa con Niño Chico, al que también conocí por aquí y al que sigo queriendo hasta la médula. Pero el rollito que se trae Lua es más tipo poner foto y pedir rollo al que sea, y si acepta, hala, barra libre de frungimiento.
Y claro, como para el punchimpún da lo mismo uno que otro y no los conoces antes ni un poco, se da el caso de ir a cepillarte a uno y descubrir toda clase de cosas desagradables. Que igual en la foto de perfil parece medio normal y luego lleva tatuada la cara de su hijo en el pecho a tamaño natural. O el escudo de su equipo de fútbol. O aún tiene el nombre de la exmujer (vamos a creernos lo de ex) en letras góticas. Y aún quitando ese tipo de regalitos, porque luego es que yo me pongo muy exquisita, están los tipos con un coche enorme y un pene diminuto. Los que te venden o intentan venderte toda clase de motos que no quieres comprar. Los que te mandan fotos de su rabo a los dos minutos de conversación. Y el típico que se ha creído lo de las 50 sombras de Grey y no llega a ser Torrente. Y a parte del pffff, puaj.
Además, para colmo de mis males y de mi bajada de líbido, me dio por pensar que ni uno de esos era capaz de escribir en condiciones. Le pregunté a Lua y me lo confirmó. Ella, que tampoco es una erudita admite que “patinan bastante”. O sea, gente que no distingue “a ver” de verbo “haber”. Y yo, lo siento mucho, pero soy una talibán de la ortografía. A mí me escribes “ola wapa” y ya se me ha cerrado el chichi como una lapa contra la roca. Es que no puedo, no lo soporto. Hoy en día, con tantas posibilidades a tu alcance, tantos libros, tantas cosas que leer, si no sabes escribir es porque no te da la puta gana. Porque pasas de todo, porque no prestas atención, porque eres de los que crees que eso son chorradas. Y esa gente no me interesa. Esa gente me da más que pereza.

Así que me da por pensar. De momento no creo que nunca más vuelva a buscar pareja (aunque por cierto, buscar, lo que se dice buscar, no la he buscado nunca, pero eso es otro tema). Y no porque me vaya bien en el tema precisamente, pero aún así lo tengo bastante claro. Y cuando veo estas cosas, más aún. Porque ya me da bastante pereza conocer a alguien y tener que pasar las primeras fases, como para encima tener que descartar al 90% de la población bien sea por tatuajes que me traumatizan, bien sea porque creen que ortografía es escribir con el orto. Que igual son manías mías, que me estoy haciendo más rara por momentos, pero madre mía qué pereza. Qué pereza más grande.  

jueves, 11 de mayo de 2017

Mr Hyde hormonado

Todo el mundo tenemos ciertas cualidades que nos hacen ser quien somos. Algunas son muy evidentes, otras más sutiles. Y muchas veces, nosotros mismos desconocemos cuales son las que nos hacen especiales. Yo últimamente, tras pasar por una racha de mierda, he llegado a varias conclusiones sobre mí misma.

He comentado alguna vez que tengo endometriosis y problemas con mis reglas y mis ovarios desde que era una cría de 16 años. Eso me ha llevado a pasar largas rachas con un anillo de hormonas metido en el mismísimo. Y tiene un lado muy positivo. Mis reglas se vuelven regulares, de duración y flujo normal, me encuentro un poco mejor físicamente, no tengo tantos dolores y cólicos. Además, se me ponen unas tetas envidiables y cojo algo de peso, por lo que parezco más saludable y los vaqueros me sientan mejor. Y encima, la ventaja de frungir a prepucio remangado, que diría mi amigo Gordito.
Y diréis, qué bien, qué de ventajas. Pues no. No son suficientes. Porque la cara oculta de todo esto es que dejo de ser quien soy. O, mejor dicho, pierdo todas las cosas buenas que me hacen ser quien soy, pero potencio lo malo, lo oscuro y horrible, convirtiéndome en una versión muy negativa de mí misma. Soy un Mr Hyde hormonado, triste y abatido al que lo único bueno que le queda son su preciosas tetas.

Hace un mes y una semana que me quité el anillo y a pesar de que muchas cosas en mi vida no funcionan como deberían, soy de nuevo una Naar a la que no me cuesta reconocer. No soy un ente que se sume día tras día en una depresión absurda, con una negatividad, un mal rollo y una capacidad autodestructiva que la hace insoportable. Vuelvo a ser yo, con mis días buenos y mis días malos, pero yo. Vuelvo a tener ganas de reírme, de escribir historias, de cantar en el coche.

Ya sabía que las hormonas me afectaban de muy mala manera, sabía que me quitaban la capacidad de reírme porque hace ya un par de años me lo dijo el Niño Chico y él me conoce más que nadie. Y es verdad, yo, que le veo la gracia a todo, me dejo de reír. Dejo de divertirme y de disfrutar. Dejo de reírme. Y lo repito, porque en la mayor parte de mi vida, ha sido lo que me ha salvado del naufragio, ha sido mi arma, mi escudo, mi fuerza, parte de mi identidad. Y lo pierdo. Y qué coño soy yo sin reírme.
Lo malo es que esta vez, que ha sido muy chungo el tema, he perdido más cosas. Había perdido la capacidad de escribir. No sólo de paridas, con humor y tal. No era capaz de juntar tres palabras seguidas. Que quien dijo eso de que en las malas rachas es cuando se escribe mejor y que la tristeza inspira mucho, se equivocaba conmigo. Porque no era capaz de escribir nada, ni alegre, ni triste, ni deprimente. Ni siquiera una nota de suicidio. Para colmo, no aparecían historias en mi cabeza, de esas que no llegan a nada, pero que me entretienen, que a lo mejor dan para un cuento o para un post o lo que sea. No daba ni para contar una anécdota. Y qué coño soy yo sin historias.

Total, que una vez más, como un ave fénix que resurge de sus hormonas, estoy reconstruyéndome de nuevo. Porque no es fácil darte cuenta de que esos demonios viven dentro de ti y que tienes que luchar con ellos. Que vas a estar toda tu vida lidiando entre tu cuerpo y tu cabeza, que tienes que elegir entre sentirte bien físicamente y ser un persona que no te gusta o pasar la mayor parte del tiempo dolorida y ser medianamente feliz. No es fácil aceptar que tienes un lado oscuro, jodido y destructivo y tu única manera de combatirlo es a fuerza de reírte de ti mismo y de todo lo que te rodea.

No es fácil asumir quién eres, pero nadie dijo que lo fuera.  

jueves, 27 de abril de 2017

Querido acosador del tranvía

El otro día nombraba a Coco por un tema más filosófico, hoy lo voy a traer de nuevo a colación porque hay gente que se ha debido perder el significado de “sí” y “no”. Igual es difícil de pillar.

El asunto es que se ha hecho viral una especie de noticia, que vaya periodismo de mierda se hace hoy en día en muchos aspectos por cierto, sobre un tipo que vio una chica en el tranvía en Murcia y ha llenado la ciudad de papelotes buscándola. Así porque sí, porque sus huevos toreros lo valen. Y vamos a desmigar el tema porque me parece lo suficientemente importante. Siento que el post vaya a ser muy largo, la ocasión lo requiere.




Primero, el tío será llamado a partir de ahora Acosador. Porque es lo que es y punto, no admito discusión al respecto.

Segundo, el acosador admite que no es la primera vez que busca una persona de la nada. Esto lo único en lo que lo convierte es en reincidente. Hay quien se ha planteado la posibilidad de que tenga alguna clase de trastorno y yo no lo descarto. En ese caso, necesita tratamiento, pero no es eximido de su culpa. Los problemas mentales son un atenuante, pero no te dejan libre de lo que haces. Es decir, si alguien con una enfermedad psiquiátrica mata a otro alguien, tendrá el correspondiente castigo a pesar de su enfermedad, no va a quedar impune, libre y paseándose por la calle para que lo vuelva a hace. Así que no, no me vale que este chico “es un pobre loco” que no merece ser acusado de lo que es, un acosador peligroso.

Tercero, aquí hay un problema de machismo. Dejando de lado si tiene un trastorno o no, que ahora mismo no es lo importante, hay un machismo subyacente en la sociedad que lleva a los hombres a pensar que ellos pueden elegir a una mujer y ésta debe ser suya porque sí, sin importar ni tener en cuenta lo que ella quiere, lo que ella opina, lo que ella siente. Sin tenerla en cuenta para nada. Ella no pinta nada en esta historia porque él ya la ha elegido. Como el que ve un par de zapatos monos y se los compra. Y NO. No es aceptable bajo ningún concepto. El tío dice que “intercambiaron miradas” eso se traduce porque él la miraba, y cuando te miran, sueles mirar. Y punto. Eso no significa nada. De hecho, es más que posible que él la mirase tanto que ella mirase varias veces en plan qué quiere este tío, por qué no me deja en paz. Todas las mujeres a veces hemos sentido eso. Y no es agradable, no gusta. Porque si te gusta, lo haces saber, sonríes, haces algún gesto, dices hola. Si sólo hay miradas, quizás es porque te está incomodando. Luego el acosador dice que le hizo gestos para que se bajara con él pero ella lo ignoró. ¿Eso no le dice nada? Si te hacen un gesto y no respondes, la comunicación se ha terminado. Que de todos modos, me parece fatal. Si ves una chica o chico que te gusta, lo normal es acercarte y decir algo. De forma educada y no invasiva, puedes probar suerte. Oye, que te he visto y me gustaría conocerte, quieres un café. Algo así. Y si te dicen que no, pues nada, gracias y adiós, lo siento si te he molestado. No lo veo mal. Sin insistir, sin dar la brasa, sin poner a la otra persona en una situación incómoda. Pero hacer gestos es confuso e irritante. Y desde luego, que un tipo te haga señales para que te bajes con él del metro, bus o lo que sea, lo único que te da es susto. Porque no le conoces, no te ha dicho ni hola y qué cojones querrá el puto psicópata. Así que, obviamente, no te bajas. Aún así lo más seguro es que la chica se fuera medio asustada o preocupada a su casa, mirando de vez en cuando a ver si el loco de la pradera la va siguiendo. Cosa que tampoco es descabellada porque pasa todos los días.

Cuarto, aunque ahondando en el tema del machismo merece un punto a parte, aquí hay un problema de educación. A los hombres se les enseña que las mujeres dicen que no cuando quieren decir que sí. Que las mujeres difíciles son las que valen la pena, que hay que luchar por ellas. Que las demostraciones de amor grandilocuentes son románticas y que pueden conseguir a cualquier chica con gestos de película mala. Y a las mujeres se nos enseña que si te gusta un chico no se lo puedes hacer saber, que hay que hacerse un poco la estrecha porque si no, pierden el interés. Que si te acuestas con un chico demasiado pronto, no te va a respetar. Y estas ideas se retroalimentan la una a la otra en un bucle infinito de estupidez. Porque el respeto, queridos y queridas, es otra cosa y no tiene que ver con lo que haces con tu entrepierna. El respeto se gana con tu actitud ante la vida y ante las circunstancias, no por llevar bragas de cuello alto que no te quitas nunca. Y si un chico te gusta, no pasa nada por decirlo, por interesarte por él, por dar un paso. Estoy harta de la idea de que las mujeres nos tenemos que dejar conquistar por caballeros de brillante armadura. Estoy hasta el coño moreno de que si no estás un tiempo prudencial mareando la perdiz para que el tío se esfuerce en conseguirte es que eres fácil, puta, guarra, zorra. Que ya basta, que ya es suficiente.

Quinto, el tío presupone que la chica parece triste y se justifica y pone en la posición de bueno alegando “que él quiere hacerla feliz y que es muy cariñoso”. Mira, puede que la chica fuera con la cara mustia. Porque se encontraba mal porque estaba con la regla, porque había discutido con su madre, porque se había muerto su hámster, porque le salía del culo estar pocha ese día. O porque había un capullo mirándola sin parar desde el otro lado del tren. No es asunto de nadie y tiene todo el derecho a ir con la cara que le dé la gana sin que nadie se sienta en la situación de tener que cambiarlo. Que el acosador se permite el lujo de decir que quería “sacarle del infierno en el que te encontrabas”, basándose en la nada, en lo que a él le gustaría, en lo que cuadraría en su loca historia. Porque el infierno, no es por nada, ya se lo está montando él con toda esta escenita. Y si es verdad que ella está triste, ya se alegrará cuando quiera, donde quiera y con quien quiera. No necesita nadie que vaya a salvarla de sus penas y menos, un desconocido. Porque el muy gilipollas encima se permite el lujo de decir que se ha enamorado de su tristeza. Y no. De la tristeza no te enamoras. La tristeza te produce ternura, compasión o afán de protección, sentimientos muy nobles si son por tu padre o por tu hermanita pequeña. Pero no por una pareja. Porque si te enamoras bajo esas circunstancias es que pretendes tener una relación de superioridad, donde la otra persona te necesita, donde tú eres el dominante, el superior, el que le otorga esas sonrisas y esa alegría que crees que necesita porque sin ti está triste, infeliz, jodida y rota, pero tú arreglas todo eso. Y de nuevo, no, no es forma de querer las cosas.

Y sexto y último. No me quiero poner en el pellejo de la chica. Que encima de que estuviera (vamos a suponer que es verdad) de bajón por lo que fuera, encima de que un pirado te ha hecho gestos en el tren y has llegado a casa asustada de ver una sombra por si el tío ese aparece de la nada... encima, vas y te encuentras a los dos días tu ciudad, que no es tan grande por cierto, llena de carteles que hablan de ti y la mitad de los medios de comunicación dando bola a un acosador bajo la bandera del amor. De un amor enfermo y mal entendido, lleno de estereotipos feos de películas baratas. Llamando amor al acoso, victimizando al acosador porque el pobre, está desesperado buscando al potencial amor de su vida, sin que nadie se plantee la situación en la que se está poniendo a la muchacha.

Como remate y a nivel personal, diré que mal, muy mal vamos por este camino. Porque yo sé lo que es que te acosen y sé la fina línea que separa esos “gestos románticos” de que el tío se cabree porque no consigue lo que quiere y te insulte, te humille, te intente asustar, chantajear o en el peor de los casos, te llegue a agredir. Y ojalá me equivoque y no sea el caso concreto, pero no se puede dar pábulo a estas actuaciones. Y luego nos ponemos el lacito morado en la solapa, nos indignamos cuando hay una mujer muerta a manos de su ex, o de su pareja. Luego decimos que cómo puede pasar en pleno siglo XXI, que es inconcebible. Luego nos solidarizamos mucho el día de la mujer. Pero sale esta historia y le vemos la gracia y le vemos el lado romántico y le vemos el lado idealizado y bonito. Y ay, ojalá se encuentren y se quieran. No se puede ser más gilipollas. Y así vamos de puto culo, os lo digo. Porque o cambiamos la forma de ver las cosas de raíz y nos damos cuenta de los problemas antes de que la siguiente aparezca apuñalada, ahogada, muerta a palos, o no dejará de ocurrir. Y debería darnos vergüenza. Porque cada mujer que muere a manos de un hombre es un fracaso de toda la sociedad. Uno grande, enorme, doloroso. Y espero que algún día dejemos de mirar para otro lado y de justificar lo injustificable.