martes, 25 de abril de 2017

Marcha atrás y sin luces

La otra noche estuve un rato hablando por wasap con mi amigo el poli. Cuando paso un rato así, charlando de gilipolleces y haciendo bromas, se me olvida que ese tío va de uniforme y lleva pistola. Casi me parece que es una persona normal.
Ahora en serio, sé que los policías son personas. O eso dicen ellos. El caso es que mis encuentros con la pasma siempre son tan surrealistas (aquí, aquí y aquí) que me hacen dudar. Uno de estos encuentros me ocurrió las pasadas Navidades.
No recuerdo exactamente qué día era, pero estaba en pleno meollo de las fiestas porque fui a hacer algo a casa de mi madre, luego tenía que ir a casa de mi prima Amai a dar de comer a los gatos y la jerba porque ella estaba de viaje con la familia y luego tenía cena-compromiso con no sé quién. Total, que toda mona yo, empecé mi periplo de quehaceres y aparqué en una calle estrecha de un solo sentido. Hice lo que fuera que tenía que hacer y al salir, me encuentro un coche de bomberos atravesado un poco más adelante y dos coches de policía en mitad de la calle aparcados al lado del mío, por lo que no me dejaban salir. Gruñí un poco y me asomé al epicentro de aquella molestia.
Al parecer una abuelilla que vive en un bajo no está muy bien de la cabeza y se había dejado un grifo abierto o algo parecido, por lo que había montado una piscina en pleno diciembre. La situación parecía más que controlada, así que me arriesgué a acercarme y pedir que me dejaran salir. Había un policía cuarentón con bigote y pinta de pocos amigos y otro jovencito y con cara de aburrido, que inmediatamente se convirtió en mi objetivo. Puse mi mejor cara de inocente y le sonreí.

  • Hola... Oye, ¿esto va para mucho rato? Es que tengo ahí mi coche y me quiero ir, tengo un poco de prisa.
  • Pues no sé.
  • Ya, es que vuestro coche está tapando el mío.

El poli joven se fue a preguntar al poli bigotudo. Hasta aquí bien. No había dicho nada incoherente, no había preguntado por los pantalones de velcro, no le había pedido que se sacara la porra. Lo estaba haciendo BIEN. Así que me confié.

  • Mira, que dice mi compañero que va aún para rato, que uno de los coches no se puede mover y los bomberos tampoco, pero si quieres saco el otro y damos marcha atrás para que salgas por el otro lado de la calle.
  • Vale.
  • ¿Te atreves a ir marcha atrás?
  • Yo me atrevo con todo.
  • ¿No te da miedo?
  • La única marcha atrás que me asusta es la que te puede dejar preñada.

Vale, ya la hemos liado. La tercera frase y ya la había cagado, a pesar de que sigo pensando que fue culpa suya por provocarme. Por eso no me gusta hablar con la policía. Por suerte el chaval se echó a reír y me dijo, que venga, que salía él antes y yo le seguía marcha atrás. Íbamos caminando hacia el coche y entonces me di cuenta de la trampa:

  • Oye, no me vas a multar por ir marcha atrás toda la calle, ¿verdad? Que los policías sois muy... - me di cuenta que por muy majo que fuera igual no era apropiado lo que estaba pensando. - muy... muy ya sabes. Muy como sois.
  • ¿Ah sí? ¿Y cómo somos?

Intenté pensar algo, pero el chaval tenía veintipocos, era guapo, tenía un cuerpazo y me estaba mirando con media sonrisa cabrona.

  • Pues ya sabes... policías.
  • Te prometo que no te multo.

Decidí no decir nada más a pesar de la de cosas que se me estaban ocurriendo porque yo otra cosa no, pero ocurrente en estas situaciones soy un rato.
Me monté en el coche, puse las luches porque al ser diciembre ya estaba oscuro, saqué el coche cuando él hubo echado hacia atrás el suyo, metí la marcha atrás y entonces me di cuenta. No me iba a multar por ir marcha atrás... me iba a multar por tener un faro trasero fundido. Valoré la posibilidad de darme cabezazos contra el volante, pero ya había demostrado mi desequilibrio mental suficiente por esa noche, así que salí de la calle rezando para que no se diera cuenta o para que siguiera pensando que era lo bastante simpática como para pasarlo por alto. Y en caso de duda, me haría la tonta. Por suerte, fuera por la razón que fuera, no me dijo nada. Cuando llegamos al principio de la calle, desde donde podía salir ya, paró, me dijo adiós con la manita y me guiñó un ojo. Pues bueno, mira, lo que sea. El caso es que me fui de rositas y por supuesto, aún no he cambiado el faro.


En fin, que sí, lo admito, hay policías majos. Los menos, pero los hay.

jueves, 20 de abril de 2017

Cerca y lejos

Yo soy de la generación de Espinete. Crecí con él, con don Pimpón y con Chema el de la panadería. Crecí con Barrio Sésamo, con el conde Draco que siempre contaba todo mientras los número iban apareciendo. Con Epi y Blas y sus charlas nocturnas. Con Gustavo, el reportero más dicharachero. Y con Coco y sus explicaciones. Me encantaban. Me siguen pareciendo geniales, de hecho.
Sin embargo llevo unos días que me ha dado por pensar. Coco se equivocaba en lo que era “cerca” y “lejos”. Son conceptos más complejos que aquí y allí.

Me he hecho una cuenta de skype. La mayor parte de la gente que quiero está lejos, aunque les sienta cerca. He aquí mi dilema con Coco. La mayor parte de la gente con la que tengo ganas de hablar, con la que comparto cosas, con la que me apetece comunicarme, está a muchos kilómetros de distancia. Mar, Pimiento, Tomate y el Niño Chico, en Granada. Key en Londres. Otros en Sevilla, en Córdoba o en Asturias. Y me jode pasar meses sin verles la cara. Porque el wasap mola, y casi cada día tengo algún mensaje que me alegra, pero no es lo mismo. Así que ando a tortas con la tecnología para poder decirles que hola, que estoy aquí, tan cerca como internet me permite. Y me gusta oír su voz en mi salón, enseñarles a mis gatos y verles gesticular. Y así, no les siento tan lejos.
Mis amigos de aquí están más o menos cerca. Cerca en el espacio. Pero siento que poco a poco nos vamos distanciando y ya no son cinco o seis paradas de metro las que nos separan. Ellos están casados. Tienen hijos o están intentando tenerlos. Y su mundo y el mío se van alejando más y más. No pasa nada, es la vida, es normal. Da pena, pero es normal. Les sigo queriendo, claro. Cómo no les voy a querer. He compartido con ellos los años más felices de mi juventud, mis mejores anécdotas, las noches que cantamos a la vida en borracheras, los partidos de rugby que saltamos de alegría y los días tristes que nos apoyamos unos a otros. Les quiero, pero les echo de menos. Y aunque suene extraño, cuando nos juntamos, cuando más cerca estamos porque compartimos salón o restaurante, más les echo de menos. Porque no son los que yo recuerdo. Son gente que conocí, pero que ya no conozco. El matiz temporal del verbo juega malas pasadas. Y es que Reichel es madre. Tiene un crío de 10 meses y está embarazada del segundo. Austri tiene dos niñas. Bombita está casado. Y Nacho está casado y buscando un niño que se resiste a llegar. El único que se mantiene más o menos como siempre es Flumi, pero trabaja tantas horas que se hace muy difícil verle sin prisa. Y yo me siento ahí, tratando de no convulsionar entre el griterío de los mocosos y me aburro soberanamente. Esa gente, que hace unos años era la más divertida que podías encontrar, ahora me resulta soporífera. Miro al infinito mientras hablan de pañales, papillas o comidas en trozos, de dientes, gateos o tipos de carritos. Y por el amor de Dios, me aburro tanto que creo que me voy a morir. Incluso cuando dejan sus temas aburridos y me preguntan, no sé qué contarles. Porque en realidad, no tengo nada que decir. Apenas saben qué hago con mi vida, no saben mis problemas cotidianos, no les interesan mis apuros para llegar a fin de mes o mis tribulaciones de no saber qué coño hago con mi vida. Porque ellos, todos, ya saben lo que hacen y lo que van a hacer en el futuro. Saben que van a seguir criando a sus hijos, que se van a casar en un año, o dos, que simplemente seguirán pagando su hipoteca y cambiarán su coche por un monovolumen para que les quepan su montón de pequeños llorones. Y yo ni quiera sé si mañana me levantaré a desayunar o me quedaré en la cama con los gatos porque la noche de antes estuve escribiendo hasta las 5 de la madrugada.
Por eso estamos lejos. Muy lejos. A años luz.
Por suerte la tecnología, con la que me une una antipatía mutua, me salva el culo. A veces me lo pone difícil, como para hablar con Key, a la que me deja bloquear pero no aceptar como amiga. Pero aún así, lo conseguimos. Y hablamos y sabe más de cómo me siento que mis amigos de Madrid. Y sabe, con la entonación de un “bien”, que no estoy tan bien y que no puedo hablar libremente del todo porque ya no estoy sola como al principio de la conversación. Y puedo hablar con Mar, y hacer planes para el verano y preguntarle por lo que hizo la semana pasada. Puedo coger el móvil y decir a mis niñas-cabras que estoy pasando una racha de mierda y reírnos de ello. Puedo decirle al Niño Chico que me apetece gritar y llamarle para desahogarme. Puedo, como tantas noches, tener alguien ahí, cerca, para no sentir que el mundo se derrumba y que no le importo a nadie. Y bendita sea la (por otra parte estúpida) tecnología.
Puedo venir aquí y contar lo que siento y saber que la distancia es algo muy relativo.


viernes, 14 de abril de 2017

Pecadora de la pradera

Siempre estuve de acuerdo con que el mejor pecado es la pereza porque te impide cometer ninguno más. Por eso tengo menos reparos en entregarme a la pereza que a ningún otro pecaminoso acto.
La verdad es que durante mis años mozos la lujuria sacudió mi vida en varios momentos. Y doy gracias por ello. También es verdad que tengo tendencias iracundas, pero se van igual que vinieron. Con la gula y el orgullo me pasa lo mismo, que no suelo cometerlos mucho, pero cuando me da, me da fuerte. Es decir, no soy de mucho comer ni le doy demasiada importancia a la comida, pero una noche igual se me cruza el cable y estoy lamiendo nocilla directamente del cuchillo hasta que veo el fondo del bote. Y no suelo ser orgullosa, no me cuesta pedir perdón, no me cuesta admitir mis errores, me gusta hacer autocrítica y soy consciente de mis muchos fallos, pero el día que digo “por ahí no paso”, no me apea del burro nadie.
Sin embargo, para mi gusto, uno de los peores pecados capitales es la envidia. Y yo, por suerte, no lo tengo. A mí me da igual la vida de todo el mundo, lo que cada uno tenga o gane o haga. Me importa un rábano que fulana sea más guapa, más alta, más delgada o más lista. Yo estoy muy ocupada con mi vida como para pensar en la de nadie ni compararme con la vecina. Y no soporto a la gente ostentosa, que le gusta mucho aparentar, que se regodea en lo bien que le va o en lo que tiene sólo para darte en las narices y para que todo el mundo le tenga envidia. Más que nada porque suele ser gente que lo hace porque ellos mismos son envidiosos y se crea una especie de carrera a ver quién gana a más imbécil. Y no lo soporto.
Total, que me ha dado por pensar en todo este rollo de los pecados porque últimamente me ha atrapado la pereza. Estoy muy vaga. No tengo ganas de nada. Todo lo dejo para la semana que viene que igual tengo más tiempo. Y es mentira, mentira podrida. Porque cuando pasa la semana, vuelvo a decir que para la siguiente y así estamos ya a mediados de abril y yo con cosas pendientes desde febrero. Diría que es la astenia primaveral, que me tiene baja de ánimos, pero tampoco es del todo cierto ya que estoy empezando ahora con alergia y a dormir mal, pero llevo haciendo lo mínimo desde hace dos meses.
Que no tengo excusa, que soy una pecadora de la pradera.
Y bueno, admito que lo mismo me pasa con el blog. Que no es que no tenga cosas que contar. Que no es que no tenga tiempo por las noches como siempre para sentarme a actualizar un rato. Que no es que me haya dejado de gustar escribir. Es sólo, pura y llanamente, que me da pereza. Y que digo “ya lo haré mañana” y el mañana nunca llega. He pensado incluso en cerrar una temporada, en tomarme vacaciones blogueriles, pero luego sé que si lo hago, al día siguiente de cerrar, me van a dar unas ganas inmensas de escribir, un deseo irrefrenable de contar chorradas y voy a escribir tres post en una noche y me voy a sentir profundamente estúpida. Así que de momento, sólo vamos a esperar a ver si me sacudo la pereza o me fundo definitivamente con el sofá y así no tengo que levantarme nunca más.



Y por cierto, el tema de los pecados es un recursos literario para contar algo. Los comentarios religiosos, metafísicos, profundos o serios se pueden ir a un sitio donde vayan a ser mejor apreciados que aquí.  

lunes, 27 de marzo de 2017

El plan

Tengo un plan. Aún no sé cuál es, pero lo tengo. Es como cuando no te sale una palabra. La conoces, la sabes, está ahí, en tu cerebro. La sientes en la punta de la lengua. Sólo que estás ofuscado y en ese momento, no das con ella. Pues igual. Yo tengo un plan, lo sé, puedo sentirlo. Sólo que aún no sé cuál es. Pero está ahí, a punto de salir.
Y con eso de momento estoy contenta. Lo único que he necesitado siempre para hacer las cosas, era la determinación de hacerlas. Cuando estudiaba, por ejemplo. Siempre fui una estudiante de mierda. Nunca llevé agenda, no me enteraba de las fechas, mis apuntes eran un desastre, no sabía cuándo ni dé qué era cada examen. Y sin embargo siempre fui sorteando bastante bien las notas. Ya no en el colegio, donde no hice el huevo. Ni en el instituto, donde hice bastante poco. En la propia universidad, pasaba de todo. Hubo asignaturas que descubrí que estaba matriculada una semana antes del examen. Y entonces, cuando al fin sabía qué asignatura era, cuándo era el examen y conseguía algo parecido a apuntes y los organizaba, sabía que iba a aprobar. Aunque fueran dos días antes. Yo sólo necesitaba el plan. Y nunca me falló.
Por eso ahora, sé que voy mejor. Porque tengo un plan. El plan es hacer un plan. Y va a funcionar.
Mientras, entre unas cosas y otras, estoy viendo Las Chicas Gilmore. Aún voy por la primera temporada, empecé hace apenas una semana. No puedo evitar sentir algo raro al verla. Recuerdo cuando veía capítulos sueltos en la tele, antes de netflix, de internet, de las descargas y los discos duros que se enchufan a la tele. Hace 17 años. Yo tenía la edad de Rory, la hija. Y ahora podría ser Lorelai, la madre. Ha pasado el tiempo, vaya que sí. Me hubiera dado tiempo a criar una hija que nunca quise tener.
El caso es que la veo, con esa moda que me encanta de principios de los 2000. El siglo XXI que dejaba atrás al grunge y el rollo raro de los 90 y su perdida generación X. El 2000, antes de que las torres gemelas se vinieran abajo envueltas en llamas, antes de tener miedo a los atentados islamistas, antes del mundo en el que vivimos ahora. Los pantalones de campana, los pañuelos en el pelo, los vestidos estampados, las camisetas ajustadas con lazo al cuello. Yo llevaba esas cosas, obviamente. Y las echo de menos. No me gustan los pantalones pitillo aunque los use. No me gustan muchas cosas. No me gusta tener la edad de la madre. Era más divertido ser la hija que siente cosquilleos ante su primer amor y su primer beso y todas esas primeras cosas tan fascinantes y que ahora son pura rutina.
Y pienso, joder, si volviera a aquel entonces, la de cosas que haría. Estudiaría más, mejor, otras cosas. Cogería aquel trabajo. Ahorraría más dinero. Viajaría más. No perdería la amistad con tal o cual. Viviría fuera de Madrid, por una temporada quizás.
Luego pienso otra vez. No lo hice porque no quise. Porque tuve razones para no hacerlo, aunque ahora no me parezcan buenas. Elegí una vida, un camino. Cada elección que haces implica renunciar a todas las demás. Y yo fui haciendo las mías, acertando y errando.
Quizás ahora, diecisiete años después de tener diecisiete, pueda volver a hacerlo. Como dije en el anterior post y como me dijo en un comentario Matt (gracias, eres un tesoro), no es tan tarde. Siempre se está a tiempo, pero es que si Dios quiere, no estoy ni a la mitad de mi vida. No sé por qué a veces tiendo a pensar que está todo hecho y que ya no hay opciones. O sí lo sé, porque soy un poco pesimista. Y bastante gilipollas.

Por eso tengo un plan. No sé cuál, pero sé que me va a venir de un momento a otro. Y el plan, de momento, es hacer un plan.  

martes, 21 de marzo de 2017

Pero algo

Reconozco que llevo unos cuantos años, sobre todo los últimos meses, con cierta sensación de haberme rendido. Como si ya no mereciese mucho la pena esforzarse y fuera mejor dejarlo correr. El año pasado, de hecho, empecé con este post en el que explicaba (o trataba de hacerlo) que llevo un tiempo esperando una especie de “game over”. Que creo que ya no me va este rollo y prefiero empezar de cero porque la he cagado demasiado. Pero claro, eso de suicidarse siendo Mario Bross es una cosa y en esta vida es otra. Porque oye, que nadie nos garantiza que vayamos a empezar otra vez. Que igual no hay nada al otro lado y para estar muerto ya está el resto de la eternidad. Que hasta donde sabemos, estas son las cartas que nos han tocado y es posible que el crupier no vaya a repartir más.
Y no es rendirme en plan “oh, abandono la vida”. Es simplemente cierta resignación a que las cosas no me gusten. A que vayan regular. A vivir con desgana. A pensar que se me han pasado las oportunidades. A aceptar que esto es lo que hay.
Curiosamente, empiezo a estar a hasta los huevos de esta sensación. Empiezo a cansarme. Empiezo a tener destellos de lucidez en los que creo que puedo cambiar las cosas. No sé qué cosas, no sé cómo. Pero algo.

Siempre he sido una persona de altibajos. De grandes tempestades y soles radiantes. De bomba a punto de estallar, de mecha corta y chispa cerca. Y llevo mucho tiempo estancada. Así que presiento una tormenta. A veces tengo miedo de la nada, por que sí. Y eso suele ser una especie de presentimiento de que algo va a cambiar. De que algo va a suceder. De que esta etapa estúpida se acaba y empieza otra.

Aún estoy quieta, agazapada. Esperando la oportunidad de saltar. De subirme al tren en marcha. De salir corriendo. No sé de qué. Pero de algo.  

viernes, 3 de marzo de 2017

Los pesaos de la nutrición

Hay muchas cosas que me indignan de hoy en día. Siempre he tenido espíritu de vieja gruñona, pero hay rachas en las que creo que el futuro me ha alcanzado antes de tiempo. Hay días que tengo que evitar ciertas redes sociales para no ponerme a escribir cartas furiosas en plan abuelo Simpson.
Una de esas cosas que me sacan de quicio últimamente es la guerra contra el azúcar. Y es que reconozco que los nutricionistas en general me ponen de mal humor. Que hay gente preparada, informada y tal, pero la mayor parte han hecho un curso de dos semanas en el herbolario de la esquina y ya se creen con superioridad moral para dar por culo a todo el mundo.
Primero, admito que no me gustan los consejos que no he pedido ni los gurús de la sabiduría que se empeñan en adoctrinar a todo petete que les quiera escuchar (o no) con sus sentencias irrevocables. Y todos los nutricionistas que conozco, tienen un poco de esto. Como si una de las asignaturas principales de lo que sea que hayan estudiado fuera “dedícate a decirle a todo el mundo lo mal que come”. Y de paso, véndele algo de lo que a mí me interesa, añado yo.
Segundo, hay algo que me escama cuando se monta una campaña insistente y en plan viral a favor o en contra de algo, sin resquicios ni tonos grises. La quinoa es buenísima, la chía es buenísima, la col rizada del himalaya es buenísima. El azúcar es malísimo, los zumos son malísimos, pegarse un tiro en el pie derecho es malísimo. Y esto, a repetirlo como martillos pilones a todas horas, dale que dale hasta aburrir al personal. Que me dan ganas de coger el saco de azúcar y metérmelo a cucharadas para acabar de una vez con mi propio sufrimiento.
Y a ver, un poco de sentido común. Claro que el azúcar no es bueno. Claro que es mejor comer una manzana que un sándwich de nocilla. Claro que sí, guapi. Pero a ver, matices para todo en la vida. Que comerse un dulce o darse un capricho no tiene nada de malo. Que el azúcar no es satán, que no pasa nada si un día te apetece y te compras la palmera de chocolate más grande que haya. Lo que no es normal es merendar todos los días un bollicao. Y si yo me estoy comiendo un donus con más gusto que si fuera pecado, no quiero que vengas a amargarme con que tiene mucho de esto y mucho de aquello. Que ya lo sé, que no soy gilipollas. Porque esa es otra. Las malditas fotos con la equivalencia en terrones de azúcar. Que sí, que mal que las cosas lleven azúcar “oculto”, pero si de verdad alguien se come un phoskito pensando que es súper sano, es que es gilipollas. Porque algo que huele dulce, sabe dulce, se vende en la sección de dulces, igual es que lleva azúcar a paladas. Y si aún así, decides comértelo o dárselo a tus hijos, es tu problema y no necesitas a ningún cansino detrás “oye, que eso es malo, que tiene azúcar, que el azúcar es lo que sale del culo del demonio”. Por favor, dos dedos de frente.
Luego están los consejitos de los nutricionistas que me sacan de quicio. Como que los zumos no son tan sanos como la fruta entera (hablo de zumos exprimidos en casa en el momento, obviamente). Y claro que es mejor comer la fruta entera por no perder la fibra de la pulpa y blablá, pero no me jodas, por mí como si quieres cortar los melones al bies, pero no me cuentes películas como si al exprimir una naranja ésta mutara en sangre de troll. Lo que es horrible es ver a niños de un año que aún no saben andar comiendo gusanitos de bolsa, no hacerles un zumo.
Además, que no hay alimentos buenos o malos per sé. Yo no puedo tomar leche, pero eso no significa que sea mala. Tampoco puedo comer ajos y las acelgas me hacen vomitar. Pero yo no soy la medida de todas las cosas. Y tú tampoco, por muy nutri-sabelotodo que seas. ¿Que tú desayunas judías con patatas? Bien por ti, pero eso no es para mí. ¿Que tú meriendas coles de bruselas hervidas? Bien por ti, pero no para mí. Y si no te he preguntado, es que no me interesa tu opinión.
Como hace no mucho, que una amiga de estas que ha hecho un curso en una empresa vende batidos de proteínas me trató de dar una charla al verme cenar ensalada de pasta porque los hidratos no sé qué. Y le dije, “mira, yo estoy sana, los análisis me salen siempre perfectos, estoy a cinco kilos de lo que sería mi peso y me encuentro estupendamente. Como de todo lo que me sienta bien y me gusta, tomo frutas, legumbres y me doy caprichos de dulce, sí... que cada uno haga lo que quiera, pero creo que no necesito charlas sobre una ensalada casera que llevo comiendo toda mi vida y que me va estupendamente.” Cojones ya. Que me vienes a dar el coñazo mientras tú te tomas un batido de sobre hecho de vete a saber qué mierdas y que te puede dejar los riñones fritos en tres días. Un poquito de sentido común, hombre ya.


Así que en resumen. Comed bien, pero disfrutad. Que la vida son dos días como pasárselos comiendo coliflor y dando la paliza a la gente.

sábado, 18 de febrero de 2017

Miau Fashion Week

El martes pasado castramos a Maya. Todo salió bien y se está recuperando estupendamente. La llevé a su veterinaria normal del barrio, donde las dos chicas que lo llevan son encantadoras y una de ellas, especialista en gatos. Les tratan genial, tienen precios asequibles y tal, pero no son cirujanas. Así que para las operaciones tienen a un cirujano externo que va allí, opera y se vuelve a ir. Y francamente, no estoy del todo contenta con él. A ver, la operación ha ido bien, así que me da igual, pero la cicatriz que le han hecho en la tripa es una chapuza. Tiene pegotes de pegamento quirúrgico que le he tenido que ir quitando. Y le han pelado muchísimo la tripa y la parte interna de los muslos para lo que era. Que un poco más y me la convierten en gato egipcio. En fin, la voy a seguir llevando a esas chicas para sus revisiones y cosas normales, pero desde luego si pasa algo o hay que hacerle cualquier cosa en el futuro (Dios no lo quiera) no pienso dejar que este tipo la toque de nuevo. La llevaré a la clínica mega-chachi-guay-hiper-cara donde me llevan a Ron, que sí que te dejas allí el sueldo, pero lo vale.

En fin, el caso es que tenía clarísimo que no le iba a poner collar isabelino tras la operación. Me niego porque me parece una tortura medieval y nunca se lo he puesto a ninguno de mis bichos. Además, creo que hay otras soluciones menos traumáticas. No es que sean una maravilla, porque los que tenéis gatos sabéis cómo son, que les gusta ir a su bola, pero mejor que la puñetera campana, sí. Yo, de hecho, ni siquiera les he puesto nunca collar. Ya ni hablamos de los cascabeles, que me llevan los demonios porque encima son malos para ellos (les estresan con el sonidito constante), es que ni collar de adorno.
Bueno, pues para que no se chupara la herida, porque la señora es un poco borrica, pensé en hacerle un body. Traté de meterla en un calcetín grande que tenía, pero no estaba por la labor de colaborar. Así que corté una camiseta vieja mía y se la puse, pero le quedaba floja y le duró un rato. Con ella estaba adorable, parecía un bebé. Pero eso a Maya le importa un comino.
Después hice un apaño con unos pantys gorditos a modo de body y una faja de camiseta. Esto le dio cierto aspecto de putilla porque era en gris y rojo en plan corpiño, pero le moló bastante más. Al parecer ha salido a su mamá y le gusta un poco el look de pilingui-cabaretera. Qué le vamos a hacer. Con este modelo andaba más cómoda, pero al ser panty, se dedicó a lamerlo hasta hacerlo trizas y de nuevo tuve que cambiar de atuendo.
Entonces llegó la que de momento es la opción definitiva, estilo camisa de fuerza de manicomio antiguo. Como sólo encontré una camiseta elástica blanca y va atado por detrás la pobre parece recién sacada de la López Ibor, pero ella no parece acomplejarse. Y está muy cómoda con ella, así que va a seguir así unos días.

El caso es que me ha dado por pensar que hay un negocio ahí. Estoy segura de que si tuviera medios para fabricarlos en tela elástica de más calidad (tipo fajas de esas muy elásticas y suaves sin costuras) y con unos velcros en lugar de nudos, la cosa tendría futuro. A nadie nos molan los collares isabelinos y un vestidito, aunque sea un poco ridículo, es mucho mejor que una pantalla de lámpara metida en la cabeza. Si lo hubiera hecho, en plan bien, yo lo compraría y no andaría por ahí difrazando a la pobre canija con trapos que me voy inventando sobre la marcha. Tengo que pensar sobre ello, lo mismo me forro y por fin dejo de ser más pobre que las ratas pobres.


Os dejo la secuencia de fotos adorable-putilla-manicomio. Espero que os gusten.



  

lunes, 6 de febrero de 2017

Ahorrar ¿es posible?

No se puede decir que yo nunca haya ido muy holgada de dinero. Más bien todo lo contrario. Además, cada vez que consigo ahorrar un poquito, muy poquito, pasa algo y se me va volando el esfuerzo de muchos meses. En fin, es mi destino ser pobre.
El caso es que desde que Ron se puso malito la cosa ya ha sido la total hecatombe. Me gasté todo lo que tenía, TODO. El Ross puso dinero, mis padres me dieron algo también... y aun así me he pasado la mitad de enero comiendo de lo que tenía congelado y cosas así porque no había más de donde sacar. Y ojo, pagaría el doble si hiciera falta para que él estuviera bien, no me estoy quejando de eso.
El problema es que el agujero negro sigue creciendo, porque claro, al no tener nada de fondo, a día dos del mes, en cuanto llegan tres facturas ya no me queda ni un duro. Y no sé qué más hacer para ahorrar, porque en el súper miro cada cosa hasta el céntimo, compro ofertas, comparto cosas con mi madre, hago mucha pasta y patatas y cosas baratas. No salimos por ahí, no voy nunca al cine, no me compro ropa ni caprichos de ninguna clase. Ni siquiera recuerdo la última vez que me tomé una caña en la calle.
El caso es que ya un poco harta, me he puesto a repasar las cosas en las que más gasto. Las ganadoras, obviamente, las facturas de la luz y del gas. Lo del gas me jode, porque con el frío que ha estado haciendo en Madrid no había más remedio que poner la calefacción y usar agua caliente, pero al menos sé que en verano se compensa pagando una cantidad mínima. Lo de la luz es otro cantar. Eso es gasto todo el puñetero año. Porque tengo que cocinar, tengo que calentar cosas en el microondas, tengo que tener puesto el frigorífico, tengo que poner la lavadora. No uso apenas el lavavajillas, tengo bombillas de bajo consumo y no pongo el aire acondicionado a no ser que sea súper imprescindible (sólo en verano a veces y poco rato). Y no sé, como no haga fuego en mitad del salón para cocer los macarrones y me lleve la ropa al río para frotarla me contaréis qué porras hago yo con mi vida y mis facturas.
El Ross, que sabe más de estas cosas por su propia profesión, ha estado investigando nuevas compañías de electricidad como Mipodo, ya que ofrecen tarifas más reducidas, pero no tienen opción del precio voluntario del pequeño consumidor (PVPC), que es el mercado regulado por el estado. Lo que te ofrecen es el mercado libre, una especie de tarifa plana de precio por el kilovatio durante todo el año, mientras que de la otra manera es variable. Tal y como están las cosas y con las subidas de las últimas semanas no tengo claro cuál es la mejor opción, francamente. Un precio fijo puede beneficiar en ciertos momentos, pero puede perjudicar en otros. De momento sólo nos estamos informando por si nos interesa esta opción y de paso huir de las grandes compañías, que reconozco que a mí me escaman. ¿Alguien tiene ideas al respecto?

En fin, a ver si llega el verano, podemos empezar a alimentarnos de ensaladas para no gastar en la vitro ni el horno y hay más horas de luz. Y de paso, para ponernos vestidos monos, que estoy hasta el moño del abrigo y los jerseys.  

Por cierto, para más información sobre la factura de la luz, lo que significa y todo eso, echad un ojo a este post de Soñadora sobre el tema, que despeja muchas dudas y es muy útil. 

jueves, 2 de febrero de 2017

La maternidad (o no) es una elección

En este blog la maternidad, o la no maternidad más bien, ha sido un tema recurrente. Mi elección personal de no ser madre influye en muchas opiniones que doy o temas de los que hablo. Y además yo no me escondo, es algo que he tratado siempre de tomar con naturalidad. Porque aún hay mucho tabú con el hecho de que una mujer decida no hacer lo que se espera de ella. Y decir que no vas a ser la esposa de nadie ni la madre de nadie es terrible. Una mujer no es nada ni nadie hasta que no la completan otros seres humanos. Hasta que no eres “de”, señora de, madre de. Y mira, no me sale del chumino.
Ahora bien, dicho esto, yo respeto mucho las maternidades ajenas. Me parece estupendo que fulanita tenga cuatro hijos con treinta años. Me parece estupendo que menganita quiera tener dieciocho vástagos y montar un equipo de rugby completo con suplentes y todo. Incluso hago un esfuerzo y consigo respetar a las que dicen que ser madre es su mayor ilusión, su mayor deseo, su mayor realización y su objetivo en la vida. Me cuesta, pero venga, va, lo respeto también.
Y yo no voy a darle la chapa con mis ideas, mis creencias y mis opiniones a nadie cuando me dice que quiere tener hijo o que se ha quedado embarazada. No voy a mis amigas y les digo “¿Como? ¿Otro niño? Pues vaya lío, con el dineral que cuesta mantener a los hijos, lo que te cortan las alas y el coñazo que dan. Y lo mal que lo pasas luego si se ponen malos o algo. Porque mira, yo esa responsabilidad ni loca, eh?”. Cosas, que por cierto la gente te dice cuando adoptas un gato o un perro. Gente que te dice que un tatuaje no, que es para toda la vida pero firman hipotecas a cuarenta años. Gente que te dice que un perro es una responsabilidad enorme pero que quiere tener hijos. Gente que hace cosas raras y encima me mira como si yo fuera la loca. Idos a pastar, por cierto.
En fin, que me desvío.
Iba a decir que el hecho de que yo no quiera tener hijos no hace que no apoye, anime y ayude a mis amigas que sí los tienen o los quieren. Porque me parece una decisión y una opción tan válida como la mía. Igual, no mejor o peor.
Yo no quiero hijos porque no me gustan los niños, me aburren, me parecen tediosos, me dan asco y me incomodan muchísimo. Un ratito pues bueno, sobre todo si no tengo que darles de comer, pero luego con tu madre. No me gustaban ni cuando yo era una de ellos, como para aguantarlos ahora. Además, no me gusta la vida que se te plantea cuando tienes hijos. Es así de simple, no me gusta la vida de padres. No me gusta tener que atenderles a todas horas, no me gusta tener que cambiar mis hábitos, no me gusta ir a parques, actuaciones, películas y toda clase de actividades infantiles. No me gusta tener que socializar con otros padres. No me gusta centrar mi vida en un mocoso. No me gusta renunciar a muchas cosas para ser una buena madre. No me gusta dejar de ser yo para ser mamá.
Por estas razones fundamentalmente (aunque hay más, como que pienso que este mundo es una mierda o que la sociedad está enferma o que simple y llanamente sobran humanos en el planeta) no quiero tener hijos. Nunca he querido porque no he sentido esa “llamada”, ese instinto o lo que sea. No es para mí, es algo ajeno a mi persona. Pero de todos modos, cuando pasé mi crisis de los 27, le di vueltas. Porque no me gusta la maternidad a edad avanzada y quería saber si realmente era lo que elegía para mi vida o si quería cambiar de idea, cosa muy lícita, por otra parte. Me estudié mucho y le dí muchas vueltas. Y es una decisión muy pensada, muy meditada que tomo profundamente convencida. Y conozco los inconvenientes, ojo. Sólo que no son el tema hoy.
Con todo este rollo patatero, quiero decir que me deja un poco con cara de ajoporro la gente que tiene hijos y luego se asombra, o se lamenta o cosas por el estilo. ¿Pero qué cojones esperabas? Que lo comprendo, pero coño, ¿no lo has pensado bien? ¿de verdad creías que iba a ser todo color de rosa? ¿es que no has visto un niño en tu puta vida?
Últimamente se ha hablado mucho del caso de Samanta Noséqué que hizo un programa y todo con el preño y el parto y la pera limonera. Cuarenta años se gasta la tía. Tratamientos de fertilidad mediante para tener a sus retoños. Y ahora dice que pierdes calidad de vida y que no es más feliz ahora que tiene hijos de lo que era antes, frases que comprendo y comparto, y me parece estupendo que alguien las diga, hasta ahí, todo mi apoyo... ¿pero cuál es la sorpresa? ¿de verdad no se te había ocurrido eso antes? ¿creías que ibas a tener un nenuco? ¿Que era uno de los programas de 21 días haciendo no sé qué parida y luego ya se acababa la experiencia? Hija, que tienes una edad como para haberte dado cuenta de todo eso antes. Digo yo, vamos.
Y sí, hay mucha mierda dulcificada en torno al tema. Que tener hijos es lo más, que es una experiencia maravillosa, que es único, que blablablá. Y mucha presión ambiental para que seas madre. Y sé que ella se quiere referir a eso y quiere desmitificar el tema, pero es que no entiendo que alguien en su sano juicio crea que de verdad tener hijos es sólo cosas buenas. Porque nada en este mundo, nada, es sólo bueno. Todo tiene una contrapartida, un precio, una cruz en la moneda. Sólo es cuestión de ponerlo en la balanza y ver qué te compensa más. Y si con cuarenta años no lo has comprendido, es que eres medio tonta. Que sé que ella ha dicho que adora a sus niños y todo el rollo, que me sigue pareciendo bien que haya hecho esas declaraciones en un mundo estúpido en el que sólo se pueden decir cosas wonderfulosas. Y no estoy de acuerdo para nada con los que la critican. Sólo me sorprende que se sorprenda, porque de verdad, repito que no sé qué esperaba. ¿No había visto a ninguna madre hacer renuncias por cuidar de su hijo? ¿No ha tenido amigas hechas polvo por la depre postparto? ¿No ha visto a veces a su madre saturada? ¿No ha escuchado a nadie decir que a veces está hasta el moño de sus hijos? ¿No? ¿En qué mundo vive esta chica?
También conozco casos de mujeres que realmente no querían ser madres y por la presión de sus parejas o de sus familias o de simplemente la sociedad, han cedido, han tenido hijos y luego se han arrepentido. No arrepentido tipo “tiro a mis hijos por puente” pero sí en plan estar amargadas porque llevan una vida de mierda y no hacen lo que realmente quieren. Y yo esto sí que no lo comprendo. Me parece un tema lo bastante serio como para no dejarte convencer. Que porque te lo dice tu tía la del pueblo te puedes cortar el pelo y arrepentirte, pero tiene solución. Pero no puedes tener hijos “porque es lo que toca” o por cosas semejantes porque la responsabilidad es enorme, descomunal, y este la vas a comer con patatas. Así que piensa bien lo que haces, las consecuencias y los cargos que ello conlleva. Que es deseándolos mucho y posiblemente haya rachas que te tires de los pelos, como para encima no quererlos. Por eso yo sé que no los tendría bajo ninguna circunstancia. Ni por mi pareja, ni por mis padres, ni por nadie. Ellos tuvieron su elección y yo tengo la mía, así de simple. Yo, elijo los gatos. Y sí, quizás muera sola, me voy a perder la experiencia y todo lo que queráis, pero es MI elección.
Y así como reflexión final dejo la idea de que hay que conocerse mucho, pensar mucho, conversar mucho con uno mismo. Que todas las decisiones tienen sus ventajas y sus inconvenientes, pero que hay que sopesarlos bien. Que uno elige su camino y que no me vale el “yo esto no lo sabía, a mí esto no me lo han contado”. Que igual es simplemente que no lo has querido ver, que no te ha dado la gana de escuchar, que has pensado que tú estabas por encima del bien y del mal y que te iba a salir todo a pedir de boca porque tú lo vales. Y no, la vida no es así. A ver si maduramos todos un poquito y somos más conscientes de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Coño ya.



domingo, 29 de enero de 2017

El secreto de la secreta

Hace un par de semanas fui a buscar a mi madre a casa para ir a hacer unas cosas de trabajo. Al llegar y aparcar el coche, veo que hay dos tipos con una pinta un tanto sospechosa en el portal. Me acerco, llamo al telefonillo, mi madre dice que ahora baja y los tíos ahí, apostados en la puerta. Mueeeg, qué poco me gusta.
Me volví al coche para mandar un mensaje a mi madre y decirle que había dos mendas en la puerta y que no me gustaban un pelo, pero no me dio tiempo. Según estaba sacando el móvil, mi madre sale del portal y estos tipos le cortan el paso. Salí del coche como impulsada por un resorte, móvil en mano y tratando de recordar en décimas de segundo cómo se las apañaba Bruce Lee para pelear con veinte malos a la vez. A la vez que llegaba al lado de mi madre y los tipejos contra los que iba a tener que pelear a machete malayo, me di cuenta de que yo no soy Bruce Lee, que peso 45 kilos, que no sé artes marciales y que ni siquiera he visto la serie de Kung Fu. Minucias. Me liaría a patadas en las espinillas si hacía falta.
Justo a la vez que saltaba a su lado a voz de “¿Qué coño pasa?” los tíos se echan mano a sendos bolsillos y nos plantan unas placas en las narices. Policía secreta. No pude evitarlo:

  • ¡Y tan secreta! ¡Como que he pensado que eran un par de delincuentes! Menudo susto me han dado. Igual deberían ser un poco menos secretos, coño. Dos tíos esperando en un portal, pues vaya, como para fiarse.

Estúpidos policías, siempre termino enfadándome con ellos. Me miraron con mala cara, pero empiezo a pensar que es la cara normal en esa profesión. Luego nos pidieron entrar al portal a comprobar una identidad en los buzones.
Y entonces me dio por pensar lo que pienso siempre de los policías: que igual eran de esos polis más majetes que se arrancan los pantalones de velcro y te enseñan la porra. Aunque claro, no iban vestidos para la ocasión. Porque yo no soy muy fan de los uniformes, pero un pantalón de bolsillos y un plumas sin mangas en plan chaleco de quinqui no ponen a nadie. Definitivamente, no me gustaban estos dos tipos, ni como policías, ni como boys.

  • ¿Y usted vive aquí? - le dice uno a mi madre.
  • Sí, desde hace 36 años.
  • ¿Conoce a los vecinos?
  • Sí, porque somos muy pocos.
  • Y ellos la conocen a usted, claro.

Mamá, por el amor de Dios, qué has hecho. Porque o has cometido un delito chungo (que conociendo a mi madre lo peor que se me ocurre que haya hecho en su vida es ir sin gafas y saludar a quien no conoce) o has contratado a los peores boys del mundo.
Para rematar el asunto, uno de ellos se sacó una hoja del bolsillo y nos enseñó una foto diminuta en blanco y negro.

  • ¿Conocen a este señor?
  • Sí, es el vecino nuevo de abajo. Compró el piso antes de verano.
  • ¿Y qué nos puede contar de él?
  • Pues que es un señor un poco raro, muy nervioso, con comportamientos extraños... - mi madre se encoje de hombros. - pero tampoco tenemos mucho trato, hola y adiós.
  • Saluda siempre, así que seguramente sea un criminal.

Los policías nunca entienden mis bromas. Qué gente con más poco sentido del humor, joder. Definitivamente no eran de los polis simpáticos que se arrancan los pantalones, esos suelen sonreír más. Estos eran de los que no me gustan, de los que hacen mucha pregunta pero no se quitan nada, no te enseñan la porra y no te ríen las gracias. Memos.
El caso es que nos hicieron unas cuantas preguntas más y nos pidieron encarecidamente que no dijéramos nada a ningún otro vecino. Que no le comentásemos nada al interfecto que andan buscando. Y que mejor si nadie se enteraba de que habían estado por allí. De ahí debe venir lo de policía secreta.




viernes, 27 de enero de 2017

Mucho sueño y poca nocilla

Yo este año me había propuesto comer sándwiches de nocilla calientes cuando me apeteciera. Así como emoción máxima. Aún no ha terminado enero y ya me he gastado una cifra de las que marean en veterinarios, he estado súper enfadada, súper disgustada, súper preocupada y bastante feliz porque al final todo ha ido saliendo adelante. Por suerte Ron está estupendo otra vez, vuelve a ser el gato enorme, sano y comilón de siempre. Vuelve a estar contento y feliz, correteando con su hermanita, tomando el sol por las mañanas y pidiendo de comer a todas horas. Pero qué mes más tonto y con menos nocilla.
Y para poner la guinda, Maya está con su primer celo. Eso significa que en febrero seguiré gastando importantes cifras en veterinarios y comiendo poca nocilla. Y luego la gente me dice que por qué no quiero hijos. Mira, antes me echo a vivir al monte.
Para colmo de los despropósitos, no sé qué me pasa últimamente que duermo como una marmota. Yo que en cuanto estoy más de cinco horas en la cama las sábanas empiezan a pincharme, estoy durmiendo una cantidad y con una profundidad que me asusta. Además que me acuesto pronto, duermo hasta las 10 porque no hay forma de despertarme antes (más si es fin de semana), me echo siesta, me caigo dormida por las esquinas después de cenar... igual me ha picado la mosca tsé-tsé. La verdad es que supongo que no es algo grave, pero estoy un poco preocupada. No es normal en mí está ingente cantidad de sueño insaciable. Además que tengo sueños, no me entero de lo que pasa a mi alrededor, no oigo el despertador del Ross, no me entero si me cae una bomba. Caigo en unos estados semi comatosos. Y eso, francamente, me quita mucho tiempo de hacer las cosas que me gustan. Entre ellas, comer nocilla.
En fin, como propósito de febrero espero dormir algo menos y poder actualizar con más regularidad, contar unas cuantas cosas absurdas que me han pasado y que tienen su gracia y de paso, comentar vuestros blogs. Os leo, pero en la sombra. No tengo tiempo ni medios para comentar porque desde el móvil a veces lo consigo, a veces no.

De todos modos, gracias por no abandonarme. Y por vuestros buenos deseos para Ron. Volveré, como Terminator .

viernes, 20 de enero de 2017

Empezando el año regular

Hemos empezado el año regular. Los reyes me trajeron un catarro que aún arrastro. Y luego Ron se puso malito. Empezó a comer un poco peor y un día ya no quiso desayunar y no tenía ganas de levantarse de su manta. Me fui corriendo a urgencias y tenía una infección del carajo. Llego a esperar un día y se me muere de sepsis. Bendita histeria mía. El caso es que le ingresaron con antibióticos y suero y estuvo dos días allí. Nadie se hace una idea de lo fría y lo poco acogedora que encuentro esta casa sin él. Tenía un vacío entre los brazos que no me llenaba la pobre Maya, que se pasó la noche lamiéndome las lágrimas.
Por suerte Ron reaccionó bien a los medicamentos y me lo pude traer a casa. Aún así ha estado una semana un poco pocho, tomando muchas medicinas y bastante apagado. Seguía comiendo mal y poco, seguía sin venir a despertarme o sin querer pasearse por la casa. Yo me he quedado las noches enteras con él para medirle la temperatura, darle de comer con una jeringuilla y ponerle pañitos húmedos cuando le subía la fiebre. Le repetimos los análisis y volvían a ser normales y la infección estaba controlada, los leucocitos volvían a estar normales. Ahí empecé a respirar un poco.
Lo bueno es que todo esto tan feo ya ha pasado. Hoy ha venido a las seis y media de la mañana a pedir de desayunar. Nunca he madrugado tanto con tanta alegría. Me levantaría el resto de los días de mi vida a esa hora si él quisiera.
Los veterinarios creen que ha sido un brote de toxoplasmosis, una prueba dio positivo y otra negativo, al parecer a veces es difícil diagnosticarla.
Por suerte ya ha pasado lo peor. Este Ron me va a matar a sustos, pero al final suele salir airoso. Y menos mal, porque le necesito. No quiero vivir sin él. Y haré siempre todo lo que pueda por que él esté bien. Todo.

En fin, esta es la pequeña actualización. No he escrito antes porque me sale contar las cosas malas, me cuesta muchísimo y no me hace sentir mejor. Además, no he tenido tiempo ni ganas, mi prioridad es él. Y no sé cuánto lo haré en los próximos días porque aún necesita un poquito de cuidado extra y yo tengo un montón de trabajo atrasado en todos los aspectos. Pero bueno, que estamos vivos gracias a Dios y que poco a poco volveremos a la normalidad.


martes, 10 de enero de 2017

Propósitos y nocilla

En estos días me ha dado por pensar en los propósitos de año nuevo y tal. Yo no suelo hacer porque el mero hecho de pensar que tengo que hacer algo ya me pone con el cable cruzao y se me quitan las ganas de hacerlo, le voy cogiendo asco y al final se me mete esa cosa por el culo y ya no la hago ni aunque me paguen. Soy así de idiota, pero no me gustan los compromisos, me agobian y me ponen a la contra. Por eso yo para el año nuevo lo único que me suelo proponer es no morir y no matar a nadie. Es asequible, pero tiene su esfuerzo, oye.
Además, me he dado cuenta de algo. Casi todos esos “buenos propósitos” no son tan buenos. No suelen ser cosas que realmente nos apetezca o nos guste hacer. Primero porque si así fuera ya los haríamos y no tendríamos que proponernos nada. Y segundo porque nunca son cosas del estilo “este año voy a comer todos los sándwiches de nocilla calientes que me apetezcan” si no más tipo “comeré verduras cuatro días a la semana y saldré a correr y cenaré sólo ensalada y pescado a la plancha” e intentaré no quitarme la vida disparándome una coliflor a la cara, añado.
La verdad es que es bueno tratar de mejorar, hacer propósito de enmienda. A todo el mundo nos va bien revisarnos y tratar de subsanar errores. Pobre de aquel que crea que lo hace todo bien. Lo que pasa es que yo creo que es más efectivo ver que la estás cagando y tratar de mejorar porque tú mismo te das cuenta que eso no está bien que porque sea uno de enero te propongas cosas que no te molan ni media sólo porque es lo que toca, lo que hace la gente o porque crees que tu vida sería mejor si comieras más judías verdes.


Ron duerme sobre mis piernas y Maya a mi derecha, recostada contra mi muslo. Ellos no hacen propósitos de año nuevo. Ni siquiera les importa qué año es. Ellos buscan calor en invierno, un sitio fresco en verano, comida, agua y cariño. El resto les da igual. Igual deberíamos plantearnos la vida un poco más así. Me voy a hacer un sándwich caliente de nocilla para celebrarlo.  

jueves, 5 de enero de 2017

La suerte de la gata negra

El cambio de año es sólo una fecha. A todo el mundo nos mola hacernos un poco la paja mental de que “año nuevo, vida nueva” y tal, pero en realidad no significa mucho. La vida te puede cambiar un día cualquiera y el uno de enero generalmente no pasa nada extraordinario.
A mí por ejemplo, me ha cambiado el 28 de diciembre. Y a ella también.
Desde hace años el Ross cuida de una colonia de gatos en su trabajo. Viven en la calle, algunos no habría manera de meterlos ya en una casa, pero él los recoge, los castra, les vuelve a soltar allí, les da de comer y si les pasa algo, les lleva al veterinario. Se gasta el dinero, pone esfuerzo, tiempo y ha tenido problemas con algunos gilipollas de su trabajo, pero le da igual. Para el Ross los gatos son lo más importante. Más que el dinero, el tiempo, el esfuerzo, lo que opinen de él y más que yo. Y me parece correcto. El caso es que hace tiempo me empezó a decir que había un gatito pequeño negro que se dejaba coger, que era muy cariñoso y blablablá. Coincidió que empezó con estos comentarios cuando estábamos muy preocupados por la salud de Ron y no tuve ganas de meterme en más líos, así que le dí largas. A veces el corazón tiene un límite y yo no podía hacerme con nada más en ese momento. A parte de que no quería que Ron pudiera empeorar o algo.
Sin embargo, en estas Navidades le acompañé un día que no trabajaba a darles de comer. Y la vi. No era un gatito, era una gatita. Muy pequeña, muy negra, muy linda. Es verdad que se dejaba coger, que se dejaba tocar, que era un pequeño paquetito de amor. Y le dije que si quería, lo intentaba. La traía a casa y veía cómo se lo tomaba Ron.
Así que el 28 de diciembre, como una broma de las que sí hacen gracia, salvamos a un inocente y la llamé Maya. Ahora está aquí, ronroneando muy fuerte, pisándome el ordenador, haciendo que tarde un siglo en escribir mi primera entrada del año. Todo lo bueno que se diga de ella es poco. Se ha adaptado de de maravilla, no pone pegas aunque la lleve a casa de mis padres o la deje aquí con Ron o la lleve al veterinario. Es buena, cariñosa, juguetona, está loca y es preciosa. Pide mucha comida y muchos mimos, le encanta la gente, le encanta estar en brazos, las caricias, le encantan todos los juguetes. Me parece muy pequeña, pero es que todos los gatos normales me lo parecen comparados con mi gordo.
Ron se lo tomó muy bien. Yo confiaba en mi chico porque sé que es un gato estupendo y que tiene un corazón enorme, pero aún así sabía que se podía poner en plan hijo único. El primer día la bufó unas cuantas veces y así comprobé por primera vez en siete años que sabe bufar. Luego la aceptó, sin más. Aún no duermen juntos, pero juegan, se dan cabezazos, se huelen mucho y a veces hasta deja que ella le lama o él le da un lametazo en la cabecita. Poco a poco serán los mejores hermanos del mundo porque en dos días ya se llevaban genial y todo lo que hacen es mejorar.
Yo ahora soy la orgullosa mamá de dos ángeles en forma de gato que me ha regalado Dios y a los que he ofrecido una vida mejor que estar en la calle. Y no puedo tener el corazón más rebosante de amor.
Lo único malo de tener un gato negro es lo difícil que es sacarle fotos. Ron sale siempre impresionante, precioso, majestuoso con sus siete kilos de gato montés. Maya es una pelotilla negra diminuta que sale borrosa, sin rasgos distinguidos. Es sólo un gurruño negro. Aún así, os la presento. Esta es Maya, la que ha cambiado y mejorado mi vida. Es una razón más para vivir y creer que hay cosas bonitas. Es otra alegría en mi día a día. Es una suerte haberla encontrado. Toda ella es una suerte.