miércoles, 26 de julio de 2017

Echar la sábana

No me cunde la vida. Igual es que soy tonta, y no me organizo bien. Igual es que debería tener días de 28 horas como mínimo para que me diera tiempo a todo. Igual es que priorizo y desde hace un tiempo, el blog no está en el top five de cosas que hacer en el día. Yo qué sé.
El caso es que no escribo apenas, no comento mucho porque desde el móvil no puedo y el ordenador me da pereza máxima cuando salgo de trabajar. Y aquí está el pobre blog, que le están saliendo telarañas. Y se me ocurren cosas que contar, no creáis que no. Pero no termino de encontrar el momento. Porque muchos días digo “esta noche cuando llegue, después de cenar, actualizo”. Pero luego no lo hago. Porque ceno. Y recojo la cocina. Y doy de cenar a los gatos. Y me pongo una serie. Y me duermo un rato en el sofá. Y me despierto, medio aturdida, me veo otro capítulo, o el mismo otra vez porque me he sobado a medias y no me he enterado, me como un yogur o un poco de helado, me lavo los dientes, me doy mis potingues y me voy a la cama. Y digo “mañana a ver si llego menos cansada y actualizo” pero otra vez llego de trabajar, ceno y blablablá. Y así día tras día.
Así que para que esto no se llene de polvo, lo que voy a hacer es echar una sábana por lo alto, y tomar unas vacaciones. Si se me ocurre algo, lo escribiré y lo dejaré por ahí para ver si en el comienzo de curso me organizo mejor. O lo publicaré, según me dé el aire. En todo caso, de momento se queda esto tapadito con su sábana como hace mi madre con la casa de Pueblodelsur y así cuando vuelva lo destapo y está bien conservado.

Que sepáis que os seguiré leyendo en la sombra, desde mi móvil medio roto, durante mis viajes en metro. Y que volveré. Antes o después habrá que levantar la sábana y airear de nuevo.

miércoles, 5 de julio de 2017

Las semanas (y media)

Mi amiga Pelirroja ha pasado al club de las preñadas. Y estoy feliz porque ella es feliz, pero de alguna manera me pone triste despedirme de mi amiga, la más alocada y despreocupada de mis amigas. Porque ya no será mi Pelirroja-peligrosa nunca más. Ahora será una mamá con el pelo rojo. En fin, es ley de vida.
El caso es que hay una cosa que me cabrea de las preñadas y es su manía de hablar en semanas. Que sí, que ya sé que el ginecólogo lo cuenta así y blablá, pero de toda la vida de Dios los embarazos han sido nueve meses y punto. Pero ahora no. Ahora estás de 7 o de 15 o de 23 semanas. Y mira, no. Yo no me apaño. No sé cuántas putas semanas dura un embarazo y además no me interesa lo más mínimo.
Y es que me reconozco un poco negada para eso de cambiar de medida. Cada vez que he viajado y he tenido que cambiar de moneda he decidido desconectar y no andar convirtiendo cada precio porque me aturulla. Prefiero marcar una especie de límite, tipo “más de X moneda es caro porque pasa de los 10 euros” y con eso me apaño, clasificando las cosas en baratas y caras y punto. Ni os imagináis las que pasé cuando cambiamos de peseta a Euro, la verdad. Y eso que era jovencilla. Pero da igual, moriré de vieja echando de menos mis queridas pelas. Y eso que también tenía su cosa. Que la primera vez que fui a Pueblodelsur, bajé a comprar unas chuches con mis amigos y la tía del estanco me pidió 15 duros. Muy dignamente, le dí una moneda de 100 pesetas y esperé mi cambio, pero no tuve ni idea de cuánto me había costado aquello. En Madrid sólo se usaban los 5 duros y los 20 duros. Y jamás en una tienda o semejante. Nunca comprabas algo y te decían son 5 duros. Y mira que yo me he criado en un barrio muy barrio, eh? Que por aquí andaba poco menos que el vaquilla. Pero da igual, lo de los 5 o los 20 duros era algo puramente coloquial, entre colegas, en casa. Jamás en un comercio, por muy humilde o barriobajero que fuera. Y yo, de repente, me vi en un pueblo de mierda donde me querían cobrar en duros. Desde entonces la tía del estanco me cae mal. A día de hoy, me sigue sin resultar simpática.
En todo caso y dejando las monedas a parte, cuando el otro día hablé con Pelirroja le termine pegando una voz de las mías. Porque le pregunté de cuánto estaba y me respondió que diez semanas. ¿Diez semanas? ¿Pero quién a parte de las preñadas habla así? Nadie dice “llevo en el nuevo trabajo 13 semanas”. Nadie dice “celebro hoy con mi novio las 45 semanas”. Nadie habla así, joder. Y hay gente en el mundo que no estamos embarazadas, ni lo hemos estado, ni lo vamos a estar. Y que nos importa una mierda las semanas que dure un preño, que no sabemos desde cuándo se empieza a contar ni hasta cuándo hay que seguir haciéndolo. Así que le dije “Joder, Pelirroja, que yo en semanas sólo conozco la película de las nueve semanas y media y por cierto, es una mierda. Háblame en lenguaje de no preñi, haz el favor.” Bueno, pues lo tuvo que pensar. Tócate los cojones mariamanuela que ahora en cuanto se te instala un okupa en el útero dejas de pensar como lo has hecho toda tu vida y ya sólo sabes contar en semanas.
Eso, hasta que pares. Entonces sólo sabes contar en meses. Y de pronto tu hijo tiene 16 meses. Oiga, por el amor de Deu, diga un año y algo, diga un año y medio, diga dos años, diga lo que quiera, pero deje de hablarme en unidades inferiores a las necesarias.
Y eso añadido a la palabra bebé. Admito que esa palabra no me gusta, me parece que roza el ridículo, no sé por qué, supongo que sólo es una manía de las mías. Pero a ver, un bebé lo es hasta los 6 meses, el año si quieres. Pero no más. Con año y medio es un niño. Pequeño, pero un niño. Y con tres años, desde luego no es un bebé. Que yo entiendo que has tenido que dilatar el chumi para echarlo y que quieres que sea eternamente pequeñito para que sea tu nenuco, pero joder, no. Déjale ser una personita pequeña. Déjale tener su dignidad y no le llames bebé cuando ya va por ahí corriendo como una bala y destrozando todo a su paso como un diminuto godzilla.


En fin, yo qué sé. Si cada día entiendo menos cosas y pongo menos esfuerzo en entenderlas.  

viernes, 30 de junio de 2017

Hablar cantando

Creo que una de las mejores decisiones que he tomado en los últimos años ha sido apuntarme a la academia de inglés. Y cuando digo de las mejores, posiblemente sea la mejor. En parte porque no tomo demasiadas decisiones y en parte porque no las tomo muy bien. Pero ésta sí, ésta fue un acierto total.
Siendo honesta, ni siquiera se me ocurrió a mí. Quizás por eso fuera tan buena idea. Fue como un cúmulo de señales que me dijeron que era hora de ponerse las pilas y hacer algo que llevaba mucho tiempo ahí estancado. Primero fue mi amigo el poli. Me dijo que él iba a una escuela de inglés y que le estaba viniendo muy bien porque hablaba un english-macarrónico que para qué. Y se me encendió un poco la bombilla. Total, tenía las tardes libres y el inglés no se me da mal del todo. Y además es útil para los trabajos y siempre viene bien ir a otro país y poder preguntar por una calle o algo. Dejé ahí la idea, macerando.
Poco después, un amigo de aquí, arquitecto en paro y sin puñetera idea de inglés, se fue a Canadá con su exnovia, que por aquel entonces ya era su exnovia. Mis amigos, al parecer, tampoco con muy listos. Pensó, ingenuamente, que con ir a un país de habla inglesa aprendería en cosa de cuatro ratos. Luego se encontró en mitad de la nieve y los renos, sin entender nada, con su exnovia que se echó un novio indio de dos metros de altura y viendo la tele para ver si pillaba algo del idioma de Shakespeare por obra y gracia. Obviamente, a los pocos meses se volvió sin un duro, sin la exnovia y sin hablar ni poteito. Quedamos una tarde para tomar un café y me dijo que había estado mirando unas escuelas por el barrio para aprender algo de inglés antes de volver a aventurarse allende los mares. Y la idea volvió a mi cabeza.
Así que lo hice. El verano había acabado y el curso empezaba, así que miré varios sitios y elegí uno. Me gustaron muchas cosas de mi academia y a día de hoy sigo contenta. Mi profe australiano está loco, es divertido y hace las clases muy amenas. Yo he mejorado muchísimo, he cogido fluidez y oído y he subido de nivel en dos ocasiones. Estoy muy contenta, la verdad.
Así que ahora, cada vez que alguien me dice que no sabe muy bien qué hacer, o que tiene mucho tiempo o algo así, le recomiendo apuntarse a una academia a aprender inglés. Porque el rollo de me lo estudio en casa o de veo series en versión original, aceptémoslo, no sirve de mucho. Mi profe siempre dice que por muchas películas que alquiles en turco, no vas a aprender a hablar turco en la vida. Y si lo piensas, tiene razón. Ya puedes hacerte fan del cine de Bollywood, que no vas a ir a la india y comunicarte como un nativo. Los idiomas molan, pero requieren esfuerzo, sacrificio y aprendizaje. Que ver las series y las pelis en versión original está muy bien, os lo digo yo que no veo nada doblado, pero seamos realistas, no son el mejor método de aprender un idioma. Ni siquiera son un método. Necesitas una buena base para que sirvan de algo. Y sí, sirven para coger oído y para ir pillando expresiones, pero ya está.
El otro día le intentaba hacer entender esto a una amiga que me trataba de convencer de que otra amiga suya que vive en Barcelona y que le pedían un nivel bastante avanzado para el trabajo, estaba aprendiendo porque traducía canciones y luego las escuchaba. Eso está muy bien, pero no sirve para un carajo. Y menos si quieres hablar de verdad porque la chica en cuestión se dedica al tema del turismo. Y mira, yo soy de Madrid, pero si buscas un poco sobre métodos efectivos para aprender inglés, encuentras muchas cosas y además hay más de una academia en Barcelona. Que si lo piensas un poco, traduciendo canciones vas a terminar hablando muy raro. Imaginad alguien que trate de aprender español así y venga, vaya a un bar y diga “me gustan las mujeres, me gusta el vino y cuando tengo que olvidarlas me voy y olvido”. Igual al camarero le alegra el día echándose unas risas, pero poco más.

Total, que si no sabéis qué hacer, apuntaros a inglés. Yo me arrepiento de no haberlo hecho antes, la verdad. Y quería hacer un intensivo este verano, pero no sé si voy a poder con el tema del trabajo nuevo. Lo que es seguro es que en septiembre vuelvo. Que no quiero viajar algún día a Irlanda en busca de pelirrojos y decir “whack for my daddy, oh, there is whishkey in the jar”.

miércoles, 28 de junio de 2017

Ron y Maya

Cuando era pequeña tenía caracoles. Ya lo he contado más veces, los rescataba de la calle o del campo o de donde los pillara, los metía en un bote con lechuga, los cuidaba un tiempo y luego los volvía a soltar. Incluso una vez criaron porque nadie me había explicado el concepto de hermafroditismo. En fin. El caso es que tuve uno que fue mi favorito. Se llamaba Corretón porque era enorme, gordo y marrón y le encantaba escaparse del tarro y hacer excursiones por las paredes. Lo recogí con la concha rota, pero se le reparó poco a poco. Corretón era un caracol fantástico, salía mucho de la concha, en cuanto le ponías verdura fresca o le mojabas con agua. Me caminaba por las manos y los brazos, no parecía asustarse de nada. Comía uvas y frutas directamente de entre mis dedos. Y con él descubrí que hasta los animales más pequeños, que consideramos más simples, tienen su propio carácter. Porque hay caracoles tímidos y otros sociables, unos miedosos y otros intrépidos.
He tenido montones de animales a lo largo de mi vida y cada uno ha tenido sus peculiaridades, sus manías, sus virtudes, esas cosas por las que les he querido y esas otras por las que a veces me he tirado de los pelos con ellos. Todos me han enseñado mucho, me han dado mucho más de lo que yo he podido o sabido darles. A todos los llevo en el corazón porque en parte, igual que gracias a la familia o a los amigos, soy quien soy gracias a ellos.
Ahora miro a Ron y a Maya fascinada. Los gatos tienen unos caracteres muy marcados. Ellos son muy ellos. Ron es más dependiente de mí, más tranquilo, más bruto, más fuerte. Le gusta mucho saltar, llega muy alto, le encanta subirse a los sitios. Tiene muchísima habilidad con las patitas, casi parecen manos, él todo lo toca con su manita izquierda para cerciorarse de lo que es. Es comilón, todo le gusta y nunca rechaza nada (si lo hace corre al veterinario, le pasa algo raro). Ron es muy de costumbres, le encanta la rutina, cada día hace más o menos lo mismo, le gusta seguir horarios, ponerse en los mismos sitios, que no le cambien sus cosas. Le gusta tumbarse en la ventana para estar fresquito y mirar por el cristal del cuarto de la lavadora para ver lo que hacen los vecinos. Le gusta la gente. Cuando vienen visitas se acerca a saludar, no se asusta ni se esconde, sólo les mira, curioso. A veces se deja tocar, a veces se enamora y se sube encima de la gente, otras, simplemente les huele. Le encanta dormir conmigo en cualquier sitio, en cualquier postura, a cualquier hora. Es perezoso, casi siempre que hay que levantarse se revuelca un rato como pidiendo cinco minutos más, después de desayunar le encanta volver a la cama y dormir conmigo, tan a gusto. Ron duerme mucho desde que era cachorro, cae en los brazos de Morfeo y sueña, profundamente dormido, durante horas. Eso sí, como quiera algo, comer por lo general, es muy exigente. Te despierta a manotazos y cabezazos tan fuertes que podría despertar a un muerto. Casi siempre que me siento, viene a ponerse encima, o al lado como mínimo. Conoce perfectamente su nombre, se vuelve a mirarte cuando le llamas, entiende muchísimas cosas y es bastante obediente. Le gusta mucho que le hable, pero él maúlla muy poco. Y siempre que llego a casa, viene a recibirme a la puerta, a veces con cara soñolienta, a veces como sonriendo, a veces con un trotecillo alegre.
Maya es más inquieta, más suave, más sigilosa, más pequeña. Le encanta robar cosas, todo lo coge con la boca y lo lleva de acá para allá. Le gusta comer la comida húmeda mezclada con bolitas y el agua fresca. A Maya le encanta investigar, se mete en todas partes, lo toca todo, lo huele todo, lo coge todo. Mete su diminuta cabeza en cada hueco para ver lo que hay. Nunca sabes dónde la vas a encontrar, hace cosas inesperadas, cada día descubre algo que le fascina y a los diez minutos lo ha olvidado. Persigue a Ron a todas partes, es cabezona, no se da por aludida cuando le dices que no, es terca hasta decir basta. Le gusta que la cojas en brazos, duerme a veces conmigo, pero sobre todo, le gusta dormir abrazada a Ron, que lo acepta con resignación. También duerme mucho sola, se estira mucho, abre las patitas, ocupa más sitio del que puedes imaginar por un animal tan pequeño. Eso sí, duerme pocas horas seguidas. En seguida se aburre, se levanta, se va a investigar algo, a pasear, a jugar con sus ratoncillos. Maya sabe que se llama así, lo entiende, te mira y generalmente, pasa de ti. Le gusta que le diga cositas, pero sobre todo le gusta hablar ella. Corretea haciendo ruiditos, maúlla a todas horas, se frota mientras emite sonidos. Le hablas y te contesta. Y otras veces maúlla ella esperando respuestas de tu parte y tenemos conversaciones humano-gato. No viene a la puerta a recibirme cuando llego, aunque suele acudir si la llamo. Conoce la alarma del despertador y cuando suena salta sobre mí, abre el embozo de la cama y se frota y refrota haciendo alegrías y me hace unas carantoñas muy dulces tocándome con las patitas la cara y metiendo su cabecilla en mi cuello. A veces se cuela en la cama y anda por dentro haciéndome cosquillas. Te hace levantarte con una sonrisa. Por las noches le gusta hacer la croqueta en la alfombra, pasa mucho tiempo con la barriga para arriba, jugando o simplemente porque está a gusto así. Es muy valiente, muy intrépida, no ve el peligro nunca. Trepa por la red de la ventana del salón como un mono y cuando llega arriba, vuelve a bajar, usando manos y pies como una profesional de la escalada.
Los dos son maravillosos, son buenos, cariñosos y sociables. Jamás bufan, jamás se pelean. Juegan mucho y se roban comida el uno al otro. Se lamen, se imitan, se hacen carantoñas. Son dos ángeles que me ha prestado el cielo, espero que por muchos años. Y hoy hace seis meses que Maya llegó a mi vida para, siendo tan negra, llenarla de luz. Y ayer hizo 7 años y 10 meses que llegó Ron, que es todo para mí. Es el amor de mi vida, es lo que más quiero y he querido jamás.
Tengo suerte, soy afortunada. No tengo mucha familia, ni hermanos, ni siquiera muchos amigos. No soy una persona excesivamente sociable. No he triunfado profesionalmente, ni tengo dinero. Y es posible que no sea muy lista, ni muy especial, ni muy nada. Pero soy afortunada, de verdad que sí. Porque Dios me ha dado un montón de animalitos que me han acompañado en el camino. Siempre recuerdo alguna clase de pata encima de mi pierna, en todos los momentos de mi vida. El perro, los hámster, las cobayas, el pájaro, el cangrejo, los caracoles, los gatos. Siempre ha habido alguien ahí que sin palabras, me lo ha sabido decir todo con sus ojos. Así que gracias a todos ellos.

Y hoy en especial, gracias a mis dos amores más grandes, a mis dos gatos. Gracias por llegar a mi vida, por ser tan especiales como sois, por dejarme ser vuestra mamá humana. Os aseguro que lo hago lo mejor que puedo y que os quiero con toda mi alma. Gracias, Ron y Maya. Gracias por existir.

lunes, 26 de junio de 2017

cosas que acaban (?) y verano que empieza

Hace muchos años pensaba que si me casaba, lo haría en junio, que siempre ha sido un mes que me ha encantado. Por las fechas de San Juan. Me parecía bonito. El día más largo, el paso de la primavera al verano, una noche mágica. Qué bien todo.
Este año San Juan caía en sábado. Me di cuenta al poco de empezar a vivir con el Ross. Y pensé, ingenua, estúpida, absurdamente, que igual podía pensar en una boda para ese día. El día que me gustaba, el hombre al que siempre había querido. Qué bien, qué bonito. Qué fugaz pensamiento, pero qué bien habría quedado en una película moñas.
Hoy es ese día. Y no, no me he casado. Eso ya lo decidí hace mucho tiempo, antes de llegar ni a pensarlo en serio. Yo no soy de las que se casan. Lo que he hecho ha sido separarme. La vida tiene un sentido de la ironía tan fino que no sabes si reírte o tirarte por un puente.
Aún no sé si es definitivo, aunque le veo pocas soluciones. No creo en el amor lo suficiente para pensar que lo salvará todo. No creo que eso baste. Y a parte del hecho de quererle, no sé si tengo otra razón para luchar por esta relación. Así que no, no creo que el amor baste.

Mañana empiezo un trabajo nuevo. Hice una entrevista hace unas semanas y finalmente me llamaron para decirme que empezaba el lunes. Me alegra después de tanto tiempo buscando tener un trabajo de lo mío. No es lo ideal porque no es mi campo preferido y el horario es una mierda, pero no está mal. Así que tengo una buena razón para levantarme y tener una ilusión más.


No estoy triste. Tengo cosas más importantes que hacer que lamentarme. Al fin y al cabo, empieza el verano.  

lunes, 12 de junio de 2017

El salto

La gente a veces se queja de que por culpa de Disney espera al príncipe azul. Admito que nunca me gustaron los príncipes. Tan peripuestos, tan repipis, con esos modales tan refinados. El único un poco apañao era el de la sirenita que iba descamisado. Y ni por esas, mira. Yo es que he sido siempre de macarras. Y trato por todos los medios de evitarlos en la vida real porque ya tuve experiencias en el pasado que me demostraron que traen más problemas que otra cosa. Pero lo admito, esos personajes durísimos, con pinta de chungos y luego un tierno en el interior, hacen que se me caigan las bragas a plomo.
Yo admito que mi problema con los ideales de las películas es con los musicales. No entiendo por qué en la vida real no podemos arrancarnos todos a bailar de repente y que nos salgan unas coreografías de puta madre. Así, improvisando, como quien no quiere la cosa y montar un espectáculo que le dé gracia al asunto. Todo mejora con música y con bailes. Y la vida es una cosa que hay que intentar mejorar porque como no pongas de tu parte, pues meh. Así que yo esperaba que en algún momento, todo el mundo de mi entorno supiera bailar y yo aprendiera por obra y gracia. Entonces empezaría lo bueno. Algo así como en el baile del instituto tipo Grease o en cualquier pelea de pandillas por los tejados como en West Side Story.
Luego resulta que no. Que mis amigos no saben hacer coreografías espontáneas, que yo soy un pato mareado que se pisa sus propios pies, que en mi instituto no se hacían bailes y que las peleas en mi barrio, inexplicablemente, no eran bailando. Y qué decepción, oyes.
Y es que la vida real es un tanto decepcionante. A ver, que está bien, que merece la pena estar vivo. Pero no es una película, no es una serie, no es un musical. No siempre las cosas salen bien, no siempre el amor triunfa, no siempre los malos pagan y los buenos salen airosos. No siempre sabes bailar. Ni mucho menos. La vida es como es. Y como tal hay que tomarla.
Lo bueno que tiene es que están los sueños. Ahí siempre puedes hacer lo que te dé la gana, estar donde y con quien quieras, puedes conducir un ferrari o bailar como Ginger Rogers. Yo por lo menos soy bastante afortunada en lo que a sueños se refiere. Soy bastante capaz de controlarlos, de retomarlos si me despierto y de vivirlos muy intensamente. Lo chungo es cuando sueño con arañas y juro que las veo corriendo por mi cuerpo. Que me despierto y aún tardo un rato en dejar de rascarme y de buscarlas porque no tengo claro si estaban ahí o no. Pero eso es otra historia. El caso es que mis sueños buenos son la hostia. Yo he soñado que comía cerezas del torso desnudo de Brad Pitt. Jhonny Deep me ha mordido el cuello. He bailado con Rick (Humphrey Bogart) en Casablanca. He volado por encima de edificios, he respirado bajo el agua del mar mientras veía corales y peces. Mi cerebro a veces se porta bien, como para compensarme el coñazo que me da el resto del tiempo.
Por desgracia, no todo el mundo tiene esta suerte. Esta misma noche estaba comentando por wasap con mi amiga Mar mientras veíamos Dirty Dancing. A las dos nos encanta, somos así de pavas. Y sé perfectamente que el guión lo podría haber escrito una niña de quince años. Y que en realidad, no trata de nada. Y todo lo que quieras. Pero ay. AY. Que está Patrick Swayze como para comérselo sin patatas ni guarnición ni nada. Primer plato, principal y postre. Todo en uno. Qué guapo, qué cuerpo, qué sexy. Qué ropa negra tan ajustada. Qué tupé medio despeinado. Qué forma de moverse. Ay, zeñó. Y esos bailes, esa música, esas faldas vaporosas. Esa escena de los equilibrios en el tronco, la del lago levantando a la otra pava. Y ese salto, EL SALTO. Por el amor de Dios. Que estoy segura de que cuando el bueno de Patrick se murió y subió al cielo, llegó la virgen María a recibirle y lo primero que le dijo fue “levántame en el aire como a la de Dirty Dancing”. Porque qué mujer no ha soñado con esa escena. Con ser levantada así. Pues tengo la respuesta. Mi amiga Mar. A ver, técnicamente sí ha soñado con ello, sólo que ella corría y saltaba así, pero nadie la cogía. Y entonces se daba una tremenda leche contra el suelo y la gente se arremolinaba a mirarla. Pobre. Qué sueños más tristes. Y me lo ha contado por wasap, mientras veíamos la peli. Me he reído tanto y tan fuerte, que he despertado a Maya de sus sueños de gato.
Por cierto, ¿con qué sueñan los gatos? ¿con ratones, pájaros? ¿infinitas latas de atún? ¿un Patrick Swayze gatuno que les levante en el aire? Quién sabe.








lunes, 5 de junio de 2017

Las mimosas se han secado

Hace un año y unos meses olí las mimosas pensando en ti. Quería tener la mente positiva, quería creer en los finales felices, quería pensar que todo iba a salir bien. Quería creer en los poderes milagrosos de los buenos deseos. Quería, a pesar de que en la boca del estómago, en el mismo sitio donde a ti te descubrieron el cáncer, yo tenía una mala sensación.
Esta primavera volvieron a salir las mimosas, volví a olerlas y me acordé de esos días. De las malas noticias, del hospital, de los buenos deseos que no sirvieron de mucho. Pero las mimosas habían salido de nuevo y tú seguías aquí. Y pensé, a pesar de saber lo que ya sabíamos, que a veces la vida se resiste a la muerte. Que a veces, todo es cuestión de volver a ver cómo llega la primavera una vez más.
Ahora las mimosas se han secado y tú te has ido.

Casi nunca me han caído bien las amigas de mi madre. No sé por qué, pero es así. A algunas les he terminado tomando cariño, a fuerza del tiempo, a base de ver que eran buenas con ella o le hacían feliz. Otras me siguen cayendo fatal. Pero contigo fue distinto. Había algo en mí que te recordaba a ti misma de joven. Y había algo en ti que me hacía verme reflejada. Por eso, a parte de amiga de mi madre, también lo eras un poco mía. Cuando quedabais todas a comer y yo me apuntaba, casi siempre nos sentábamos juntas. Me divertían muchísimo tus comentarios por lo bajini. Tu finísimo sentido del humor, tu sarcasmo, tu carácter aparentemente seco. Tu manera de pasar de todo, de que te importara un pito la opinión del resto. Nos reíamos del mundo sin que nadie lo entendiera del todo.
Y nos comprendíamos. De verdad que sí. Tú te casaste jovencita y luego tuviste que echarle a la calle y poner el vestido de novia en la basura. Me lo contaste cuando yo eché al desequilibrado. Fuiste la única con la que fui honesta del todo, a la que dí detalles, con la que no me costó hablar. Porque tú me entendías, eras la única que no me ponía cara de pena, que no hacía preguntas absurdas o que me juzgaba. Tú te separaste más o menos a la misma edad que yo, pero en peores épocas, bajo peores circunstancias. Y por eso encontré tanta comprensión, tanto apoyo, tanta complicidad. Tu vestido de novia en la basura, cómo nos reímos las dos como tontas cuando me lo contaste ante la mirada atónita de otras.
A veces pensaba que eras la única que me entendía. Porque éramos las únicas que vivíamos solas, éramos las únicas “solteronas”. Tú sabías, lo hablamos mil veces, que cuando te acostumbras a la soledad, se hace casi imposible volver atrás. Que el primer día que coges el taladro te cagas de miedo, pero cuando consigues hacer el agujero te sientes invencible. Y después de eso, después de montar muebles, después de hacer lo que quieres y ser la única responsable, después de que nadie te contradiga, ni te cuide, ni te acompañe, ya no hay vuelta de hoja. Ya no vuelves a ser la misma. Y la gente te dice que eres muy dura, que tienes mala leche, que tienes demasiado carácter. Y recuerdo tu mirada cuando a alguna de las dos nos decían eso. Me mirabas, sabiendo que aunque nos separaban 30 años, éramos las únicas que lo entendíamos. Porque éramos las únicas que lo habíamos vivido. Y las mujeres fuertes, curtidas en mil batallas, apaleadas hasta los huesos y que se han recompuesto solas, nos reconocemos sólo con levantar una ceja. Por eso eras amiga de mi madre, pero también eras mi cómplice, mi camarada.
Te vi por última vez en el hospital, cuando aún te estaban haciendo pruebas. Cuando aún estabas como siempre. Tenías tu ordenador, tus libros, tus apuntes de la clase de historia del arte de mi madre. Todo desparramado por la habitación, porque te aburrías. Charlamos con naturalidad. Me diste la gracias por la visita, por el rato de conversación, por que ese rato te habías encontrado mejor. Y te di un abrazo y dos besos, en medio de bromas, porque igual que a mí, los besuqueos te ponían de mala leche. Pero esa vez nos los dimos. Y fue la última. Porque no has querido que nadie te viera demacrada por la quimio y la enfermedad. No has dejado que te visitáramos en un año entero. Y quiero que sepas, que aunque de forma egoísta me hubiera gustado verte, siempre lo he entendido. Y te he defendido, he sido la única en defender tu decisión, en pelear con todo el mundo, en darte la razón. Era tu derecho. Y yo, una vez más, lo comprendo.
Mañana tengo que ir al tanatorio. Por eso me estoy despidiendo aquí y ahora. Para llorármelo todo hoy y no hacerlo mañana. Para que quede entre nosotras, como tantas cosas. Para que una vez más, nos entendamos y le enseñemos el culo al mundo.
Te echaré de menos. Te llevo echando de menos un año. Y lo seguiré haciendo.

Ahora las mimosas se han secado y tú te has ido. Sit tibi terra levis. Que la tierra te sea leve, amiga.


sábado, 3 de junio de 2017

Being Naar

Una de las series que más me han gustado en los últimos años es una canadiense, muy poco conocida que se llama “Being Erica”. A mí me la recomendó una amiga de Twitter y no sé si se lo podré agradecer lo suficiente. Me vino muy bien cuando la vi por primera vez hace dos o tres años y ahora, que estoy esperando a que vuelva Juego de Tronos, la estoy viendo otra vez. La recomiendo encarecidamente.
El caso es que la serie va de una chica de treinta y pocos (ejem) con una vida un poco desastre (ejem, ejem) y bueno, por una serie de circunstancias que no vienen al caso, termina en una terapia muy especial en la que puede viajar en el tiempo para cambiar cosas de su pasado de las que se arrepiente. Lo que pasa es que claro, que tú puedas cambiar algo que hiciste no significa que los demás también lo vayan a hacer, por lo que generalmente, aprende de sus errores, comprende mejor su propia vida... pero no cambia gran cosa.
Es inevitable verla y no pensar en qué cambiaríamos si pudiéramos, qué haríamos diferente o qué no haríamos. Al menos así, en teoría. Yo por lo menos lo pienso muchas veces. Y después de muchas vueltas, me pregunto si realmente cambiaría algo. Y no es que no me haya equivocado, sabe Dios que en mí lo raro es acertar. Y no es que no me arrepienta de cosas, porque sé lo mucho que la he cagado y me siento muy responsable de tirar por la borda un montón de cosas buenas que podría tener en mi vida, como un trabajo, o una casa mejor, o más experiencias o más y mejores estudios. Pero a pesar de todo eso, a pesar de que mi vida es un asco muchas veces y que hay cosas que no me gustan nada, de la mayor parte de mis errores he sacado cosas buenas.
Por ejemplo, estar con el Desequilibrado fue un error. Sobre todo estar tanto tiempo. Y encima serle fiel. Pero si pudiera cambiar algo de todo aquello, seguramente sólo fuera lo último. Porque a pesar de la mierda de relación, de las consecuencias de mierda y de las otras mierdas, él trajo a Ron. Y por Ron merece la pena todo. Porque qué sería yo sin él. Sin su mirada tranquila, sin su serenidad felina, sin su calor. Ron me ha dado en estos casi ocho años mucho más de lo que pudo quitarme el Desequilibrado. Ron me ha curado muchas más heridas de las que él pudo hacerme. Así que si alguna vez consigo una terapia como la de Erica y puedo volver al pasado, lo único que haré será volver con el Desequilibrado, ponerle los cuernos todo lo que pueda y en cuanto traiga a mi Ron, dejarle plantado y huir con mi gato. Y si puedo, decirle cuatro frescas a la impertinente de su madre.
Por lo demás, obviando el efecto mariposa, sólo cambiaría pequeñas cosas.
Esa noche que justo después de dejarte en el bar encontré hueco y dudé si aparcar y volver o seguir conduciendo... pues aparcaría.
Esa vez que me propusiste quedar y no fui... pues iría.
Esa vez que me encerraste en el cuarto de los abrigos entre risas y bromas... no saldría tan rápido.
Esa vez que me pediste que me quedara un rato más pero yo tenía que madrugar... pues me quedaría.
Esa vez que me enfadé por una tontería y al final no nos vimos... pues aprovecharía tu visita a España para darte un abrazo.


Así de sencillo. Todas esas veces, con todas esas personas con las que perdí la oportunidad de compartir algo más, de hacer algo más de lo que hice. Por eso ahora, aunque me equivoco como siempre, trato de aprovechar las ocasiones al máximo. Trato de hacer caso a lo que me dicen las tripas. Trato de hacer lo que quiero, lo que realmente quiero, aunque no sea lo más correcto. Porque... ¿Qué diablos es lo correcto?  

domingo, 28 de mayo de 2017

Circle of life

Ser joven es maravilloso. Y no hablo del rollo de ser joven hasta los 40, ni los 30 siquiera. Que hoy en día se es joven hasta los 80. Y no me fastidies, porque no.
Y no es cuestión de que te sientas mejor o peor, de que realmente tú creas que eres joven. No estoy hablando de eso. Porque obviamente, yo he cumplido 34 este año y creo que los 30 son una década estupenda, pero ya no soy TAN joven. Y si alguien quiere llevarme la contraria y decirme que es súper joven con más de 30, que se vaya a una discoteca y mire a su alrededor, que se pasee por el campus universitario o que se ponga una diadema de flores y unos short a medio culo y me lo cuente. Si lo hace y no se siente un poco, aunque sólo sea un poquito mayor, pues bien por ella, pero que se lo haga mirar.
Además, la edad tiene ventajas. Empezaba diciendo, y lo mantengo, que ser joven es maravilloso. Y sería casi perfecto si no fuera porque eres idiota. Es así, la edad te quita belleza, energía, ganas de juerga... y te da experiencia. Al menos si lo haces bien.
Cuando yo tenía 20 años creía que siempre sería joven. Creía que sabía muchas cosas. Creía que siempre tendría la piel perfecta y el pelo rubio. Creía que mis amigos siempre estarían ahí. Creía que seguiría saliendo de juerga todos los viernes. Creía que mi vida no cambiaría tanto. Lo dicho, era una ingenua. Ahora me encuentro casi a la mitad de la treintena y ya no soy tan guapa, tengo manchas en la cara, me están saliendo canas y cada vez sé menos cosas. Ya no salgo apenas, mis amigos están desperdigados, casándose y siendo padres y mi vida no se parece a nada a lo que había imaginado.
Ayer hubo un torneo de rugby universitario que hace todos los años el equipo de la facultad de Ross. Allí estaba la vieja guardia, aquellos a los que yo vi jugar creyendo que ya eran mayores (tenían en aquel entonces veintimuchos o treinta) y los que éramos novatos hace más de diez años. Y también estaban los jóvenes de ahora. Tan inocentes, tan llenos de vida, tan guapos, tan imberbes. Tan monos ellos.
La verdad es que lo pasé en grande. Los abrazos sinceros con la gente que veo una vez al año, los reencuentros con aquellos que ya admiraba hace más de una década, los ojos azules del dueño de mis sábanas que siempre me transportan a otro mundo. El abrazo que me dio, levantándome del suelo. Las risas, las anécdotas, las canciones obscenas, el espíritu de los cuarentones dejándose la piel en el campo. El olor de Cantarranas, el agua de la manguera, la cantidad de recuerdos pegados al barro, perder la vista entre los árboles del fondo como tantas veces hice con veinte años.
Sentir que el tiempo ha pasado irremediablemente.
Hace unos años, cuando pasé mi crisis de los 27 aproximadamente, estas cosas me hacían pasarlo realmente mal. Saber que ya no era de las más jóvenes del garito, ver a las chicas de las nuevas generaciones mucho más guapas que yo, saber que la punta de lanza ya eran otros. Pensar que la vida universitaria ya había acabado y que nunca volvería. Pero ayer me dio igual. Porque yo estaba allí tan ricamente, compartiendo recuerdos divertidos con mis amigos de entonces, riéndome una vez más con el Lobo y la historia de la chumbera y poniéndome al día con toda la gente. Allí estaba yo, importándome un pito que todas las jovenzuelas tengan el culo más duro, que no sepan lo que es el melasma o que no les duelan los pies. Porque yo sé cosas que vosotras ni imagináis, queridas. Y todo eso que ahora os parece un problemón, a mí ni me altera el pulso. Y esas cosas que os dan miedo, yo me las paso por el forro.
Y allí, en medio de todo este torbellino, tuve una revelación. Un chaval nuevo, de veinte años escasos, con pinta de alternativo, con el pelo rizado en una especie de trenza, con los ojos claros y unas facciones casi perfectas, apareció entre la gente con una toalla atada a la cintura y sin camiseta. Vi cómo le miraban las niñas. Vi cómo se pavoneaba. Vi cómo sonreía y cómo miraba él a la gente. Vi que se creía invencible. Vi que él piensa que sabe muchas cosas, que siempre será joven y guapo y rubio. Y sonreí. Porque chaval, eres una monada, de verdad, pero no sabes nada. Tú no eres el primer chico guapo que hay en este equipo, no eres el primer pimpollo que se pasea por este campo. No eres el primero que baja bragas con la mirada, no eres el primero en hacerse peinados raros. No eres el primero en nada. Sólo eres el guapo de tu generación. Pero antes ya estuvo el dueño de mis sábanas, que se creyó lo mismo o más que tú y ahí estás, destronándole. Como él destronó a otros. Como otros te destronarán a ti. Ya lo dijo el Rey León antes de que tú nacieras, es... circle of life.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Pfffffff... qué pereza

Hace poco comenté que el mayor de mis pecados era la pereza. Y me he dado cuenta de que lo estoy llevando a un nivel muy elevado. Me dan pereza cosas absurdas. Por ejemplo, me termino una serie y tengo varias por empezar, pero me da pereza. Porque no conozco a los personajes, no sé de qué va la vaina y pffff... qué pereza. Así que vuelvo a ver las de siempre, que me sé los guiones de memoria.
También he descubierto un grado plus de pereza: la gente. La gente me da pereza. Juntarse en grupo con gente que no conozco, pfffff... Juntarse con mis amigos de siempre para hablar de niños, pfffff... Juntarse con gente inteligente para hablar de temas serios, pfffff... Juntarse con gente simple para hablar de idioteces, pfffff...
Empiezo a pesar que el momento de hacerme ermitaña, tener mi propio huerto y vivir sin más compañía que los gatos está acercándose peligrosamente. Tengo que terminar de convencer a Pimiento y Tomate de que la edad del bambo ha llegado YA.

El otro día, por ejemplo. Quedé con una amiga a la que llamaremos... Lua. Sí, eso. Lua ya me da un poco de pereza de por sí. Y no es por nada, de verdad que la quiero mucho. Pero últimamente le ha dado por unos rollos que no van conmigo, así que la pereza me ataca fuerte cuando quiere que quedemos. Pero bueno, repito que la quiero mucho, así que me obligo a mí misma a salir y verla. Y entonces, entre otras múltiples pamplinas que no vienen al caso, Lua me cuenta que se ha dado de alta en toda clase de páginas de esas para buscar “pareja” y que se está hartando a frungir. Y bueno, de entrada no me parece el mejor de los planes. Más que nada porque si me voy a dedicar a follar por follar con desconocidos, casi prefiero hacerlo cobrando, que la cosa está muy mal y tengo dos bocas gatunas que alimentar. Y segundo porque de nuevo, pffffff... la pereza a máximo nivel.
Y diréis, qué le ha pasado a esta mujer, que de repente se nos ha vuelto tan puritana. Nada más lejos. Yo he sido un poco golfa. Y no me arrepiento ni pizca. He pasado mis rachas de “vida alegre”, de amoríos, de dejarme querer, de saber que gustaba, de no pensar en el mañana. Dentro de mí aún late a veces aquel halo de misterio y de erotismo con el que sabía jugar tan bien. Aún sé mirar de reojo y notar cómo me crecen los colmillos. Pero nunca me dediqué a zumbarme a desconocidos sacados de cualquier página de mierda sin poner filtro alguno, sin buscar nada más que el pumba-pumba. Nunca me dediqué al sexo vacío de juego y de complicidad. No, porque no me aporta nada. A mí, ojo. Que por mí cada uno puede hacer lo que le venga en gana. Sólo que yo, repito que para hacerlo de ese modo frío y mecánico, prefiero cobrar una pasta gansa.
En todo caso, lo que me daba la pereza de las perezas eran las cosas que me contaba Lua, el tipo de personajes que hay en esas redes. Que habrá gente maja, gente que quiera buscar algo un poco más especial o un poco más personal o lo que sea. Que supongo que los habrá que busquen pareja de verdad. Y conste que a mí conocer gente por internet me parece genial. Una gran parte de los mejores amigos que tengo ahora los he conocido por el blog. Incluso tuve una relación maravillosa con Niño Chico, al que también conocí por aquí y al que sigo queriendo hasta la médula. Pero el rollito que se trae Lua es más tipo poner foto y pedir rollo al que sea, y si acepta, hala, barra libre de frungimiento.
Y claro, como para el punchimpún da lo mismo uno que otro y no los conoces antes ni un poco, se da el caso de ir a cepillarte a uno y descubrir toda clase de cosas desagradables. Que igual en la foto de perfil parece medio normal y luego lleva tatuada la cara de su hijo en el pecho a tamaño natural. O el escudo de su equipo de fútbol. O aún tiene el nombre de la exmujer (vamos a creernos lo de ex) en letras góticas. Y aún quitando ese tipo de regalitos, porque luego es que yo me pongo muy exquisita, están los tipos con un coche enorme y un pene diminuto. Los que te venden o intentan venderte toda clase de motos que no quieres comprar. Los que te mandan fotos de su rabo a los dos minutos de conversación. Y el típico que se ha creído lo de las 50 sombras de Grey y no llega a ser Torrente. Y a parte del pffff, puaj.
Además, para colmo de mis males y de mi bajada de líbido, me dio por pensar que ni uno de esos era capaz de escribir en condiciones. Le pregunté a Lua y me lo confirmó. Ella, que tampoco es una erudita admite que “patinan bastante”. O sea, gente que no distingue “a ver” de verbo “haber”. Y yo, lo siento mucho, pero soy una talibán de la ortografía. A mí me escribes “ola wapa” y ya se me ha cerrado el chichi como una lapa contra la roca. Es que no puedo, no lo soporto. Hoy en día, con tantas posibilidades a tu alcance, tantos libros, tantas cosas que leer, si no sabes escribir es porque no te da la puta gana. Porque pasas de todo, porque no prestas atención, porque eres de los que crees que eso son chorradas. Y esa gente no me interesa. Esa gente me da más que pereza.

Así que me da por pensar. De momento no creo que nunca más vuelva a buscar pareja (aunque por cierto, buscar, lo que se dice buscar, no la he buscado nunca, pero eso es otro tema). Y no porque me vaya bien en el tema precisamente, pero aún así lo tengo bastante claro. Y cuando veo estas cosas, más aún. Porque ya me da bastante pereza conocer a alguien y tener que pasar las primeras fases, como para encima tener que descartar al 90% de la población bien sea por tatuajes que me traumatizan, bien sea porque creen que ortografía es escribir con el orto. Que igual son manías mías, que me estoy haciendo más rara por momentos, pero madre mía qué pereza. Qué pereza más grande.  

jueves, 11 de mayo de 2017

Mr Hyde hormonado

Todo el mundo tenemos ciertas cualidades que nos hacen ser quien somos. Algunas son muy evidentes, otras más sutiles. Y muchas veces, nosotros mismos desconocemos cuales son las que nos hacen especiales. Yo últimamente, tras pasar por una racha de mierda, he llegado a varias conclusiones sobre mí misma.

He comentado alguna vez que tengo endometriosis y problemas con mis reglas y mis ovarios desde que era una cría de 16 años. Eso me ha llevado a pasar largas rachas con un anillo de hormonas metido en el mismísimo. Y tiene un lado muy positivo. Mis reglas se vuelven regulares, de duración y flujo normal, me encuentro un poco mejor físicamente, no tengo tantos dolores y cólicos. Además, se me ponen unas tetas envidiables y cojo algo de peso, por lo que parezco más saludable y los vaqueros me sientan mejor. Y encima, la ventaja de frungir a prepucio remangado, que diría mi amigo Gordito.
Y diréis, qué bien, qué de ventajas. Pues no. No son suficientes. Porque la cara oculta de todo esto es que dejo de ser quien soy. O, mejor dicho, pierdo todas las cosas buenas que me hacen ser quien soy, pero potencio lo malo, lo oscuro y horrible, convirtiéndome en una versión muy negativa de mí misma. Soy un Mr Hyde hormonado, triste y abatido al que lo único bueno que le queda son su preciosas tetas.

Hace un mes y una semana que me quité el anillo y a pesar de que muchas cosas en mi vida no funcionan como deberían, soy de nuevo una Naar a la que no me cuesta reconocer. No soy un ente que se sume día tras día en una depresión absurda, con una negatividad, un mal rollo y una capacidad autodestructiva que la hace insoportable. Vuelvo a ser yo, con mis días buenos y mis días malos, pero yo. Vuelvo a tener ganas de reírme, de escribir historias, de cantar en el coche.

Ya sabía que las hormonas me afectaban de muy mala manera, sabía que me quitaban la capacidad de reírme porque hace ya un par de años me lo dijo el Niño Chico y él me conoce más que nadie. Y es verdad, yo, que le veo la gracia a todo, me dejo de reír. Dejo de divertirme y de disfrutar. Dejo de reírme. Y lo repito, porque en la mayor parte de mi vida, ha sido lo que me ha salvado del naufragio, ha sido mi arma, mi escudo, mi fuerza, parte de mi identidad. Y lo pierdo. Y qué coño soy yo sin reírme.
Lo malo es que esta vez, que ha sido muy chungo el tema, he perdido más cosas. Había perdido la capacidad de escribir. No sólo de paridas, con humor y tal. No era capaz de juntar tres palabras seguidas. Que quien dijo eso de que en las malas rachas es cuando se escribe mejor y que la tristeza inspira mucho, se equivocaba conmigo. Porque no era capaz de escribir nada, ni alegre, ni triste, ni deprimente. Ni siquiera una nota de suicidio. Para colmo, no aparecían historias en mi cabeza, de esas que no llegan a nada, pero que me entretienen, que a lo mejor dan para un cuento o para un post o lo que sea. No daba ni para contar una anécdota. Y qué coño soy yo sin historias.

Total, que una vez más, como un ave fénix que resurge de sus hormonas, estoy reconstruyéndome de nuevo. Porque no es fácil darte cuenta de que esos demonios viven dentro de ti y que tienes que luchar con ellos. Que vas a estar toda tu vida lidiando entre tu cuerpo y tu cabeza, que tienes que elegir entre sentirte bien físicamente y ser un persona que no te gusta o pasar la mayor parte del tiempo dolorida y ser medianamente feliz. No es fácil aceptar que tienes un lado oscuro, jodido y destructivo y tu única manera de combatirlo es a fuerza de reírte de ti mismo y de todo lo que te rodea.

No es fácil asumir quién eres, pero nadie dijo que lo fuera.  

jueves, 27 de abril de 2017

Querido acosador del tranvía

El otro día nombraba a Coco por un tema más filosófico, hoy lo voy a traer de nuevo a colación porque hay gente que se ha debido perder el significado de “sí” y “no”. Igual es difícil de pillar.

El asunto es que se ha hecho viral una especie de noticia, que vaya periodismo de mierda se hace hoy en día en muchos aspectos por cierto, sobre un tipo que vio una chica en el tranvía en Murcia y ha llenado la ciudad de papelotes buscándola. Así porque sí, porque sus huevos toreros lo valen. Y vamos a desmigar el tema porque me parece lo suficientemente importante. Siento que el post vaya a ser muy largo, la ocasión lo requiere.




Primero, el tío será llamado a partir de ahora Acosador. Porque es lo que es y punto, no admito discusión al respecto.

Segundo, el acosador admite que no es la primera vez que busca una persona de la nada. Esto lo único en lo que lo convierte es en reincidente. Hay quien se ha planteado la posibilidad de que tenga alguna clase de trastorno y yo no lo descarto. En ese caso, necesita tratamiento, pero no es eximido de su culpa. Los problemas mentales son un atenuante, pero no te dejan libre de lo que haces. Es decir, si alguien con una enfermedad psiquiátrica mata a otro alguien, tendrá el correspondiente castigo a pesar de su enfermedad, no va a quedar impune, libre y paseándose por la calle para que lo vuelva a hace. Así que no, no me vale que este chico “es un pobre loco” que no merece ser acusado de lo que es, un acosador peligroso.

Tercero, aquí hay un problema de machismo. Dejando de lado si tiene un trastorno o no, que ahora mismo no es lo importante, hay un machismo subyacente en la sociedad que lleva a los hombres a pensar que ellos pueden elegir a una mujer y ésta debe ser suya porque sí, sin importar ni tener en cuenta lo que ella quiere, lo que ella opina, lo que ella siente. Sin tenerla en cuenta para nada. Ella no pinta nada en esta historia porque él ya la ha elegido. Como el que ve un par de zapatos monos y se los compra. Y NO. No es aceptable bajo ningún concepto. El tío dice que “intercambiaron miradas” eso se traduce porque él la miraba, y cuando te miran, sueles mirar. Y punto. Eso no significa nada. De hecho, es más que posible que él la mirase tanto que ella mirase varias veces en plan qué quiere este tío, por qué no me deja en paz. Todas las mujeres a veces hemos sentido eso. Y no es agradable, no gusta. Porque si te gusta, lo haces saber, sonríes, haces algún gesto, dices hola. Si sólo hay miradas, quizás es porque te está incomodando. Luego el acosador dice que le hizo gestos para que se bajara con él pero ella lo ignoró. ¿Eso no le dice nada? Si te hacen un gesto y no respondes, la comunicación se ha terminado. Que de todos modos, me parece fatal. Si ves una chica o chico que te gusta, lo normal es acercarte y decir algo. De forma educada y no invasiva, puedes probar suerte. Oye, que te he visto y me gustaría conocerte, quieres un café. Algo así. Y si te dicen que no, pues nada, gracias y adiós, lo siento si te he molestado. No lo veo mal. Sin insistir, sin dar la brasa, sin poner a la otra persona en una situación incómoda. Pero hacer gestos es confuso e irritante. Y desde luego, que un tipo te haga señales para que te bajes con él del metro, bus o lo que sea, lo único que te da es susto. Porque no le conoces, no te ha dicho ni hola y qué cojones querrá el puto psicópata. Así que, obviamente, no te bajas. Aún así lo más seguro es que la chica se fuera medio asustada o preocupada a su casa, mirando de vez en cuando a ver si el loco de la pradera la va siguiendo. Cosa que tampoco es descabellada porque pasa todos los días.

Cuarto, aunque ahondando en el tema del machismo merece un punto a parte, aquí hay un problema de educación. A los hombres se les enseña que las mujeres dicen que no cuando quieren decir que sí. Que las mujeres difíciles son las que valen la pena, que hay que luchar por ellas. Que las demostraciones de amor grandilocuentes son románticas y que pueden conseguir a cualquier chica con gestos de película mala. Y a las mujeres se nos enseña que si te gusta un chico no se lo puedes hacer saber, que hay que hacerse un poco la estrecha porque si no, pierden el interés. Que si te acuestas con un chico demasiado pronto, no te va a respetar. Y estas ideas se retroalimentan la una a la otra en un bucle infinito de estupidez. Porque el respeto, queridos y queridas, es otra cosa y no tiene que ver con lo que haces con tu entrepierna. El respeto se gana con tu actitud ante la vida y ante las circunstancias, no por llevar bragas de cuello alto que no te quitas nunca. Y si un chico te gusta, no pasa nada por decirlo, por interesarte por él, por dar un paso. Estoy harta de la idea de que las mujeres nos tenemos que dejar conquistar por caballeros de brillante armadura. Estoy hasta el coño moreno de que si no estás un tiempo prudencial mareando la perdiz para que el tío se esfuerce en conseguirte es que eres fácil, puta, guarra, zorra. Que ya basta, que ya es suficiente.

Quinto, el tío presupone que la chica parece triste y se justifica y pone en la posición de bueno alegando “que él quiere hacerla feliz y que es muy cariñoso”. Mira, puede que la chica fuera con la cara mustia. Porque se encontraba mal porque estaba con la regla, porque había discutido con su madre, porque se había muerto su hámster, porque le salía del culo estar pocha ese día. O porque había un capullo mirándola sin parar desde el otro lado del tren. No es asunto de nadie y tiene todo el derecho a ir con la cara que le dé la gana sin que nadie se sienta en la situación de tener que cambiarlo. Que el acosador se permite el lujo de decir que quería “sacarle del infierno en el que te encontrabas”, basándose en la nada, en lo que a él le gustaría, en lo que cuadraría en su loca historia. Porque el infierno, no es por nada, ya se lo está montando él con toda esta escenita. Y si es verdad que ella está triste, ya se alegrará cuando quiera, donde quiera y con quien quiera. No necesita nadie que vaya a salvarla de sus penas y menos, un desconocido. Porque el muy gilipollas encima se permite el lujo de decir que se ha enamorado de su tristeza. Y no. De la tristeza no te enamoras. La tristeza te produce ternura, compasión o afán de protección, sentimientos muy nobles si son por tu padre o por tu hermanita pequeña. Pero no por una pareja. Porque si te enamoras bajo esas circunstancias es que pretendes tener una relación de superioridad, donde la otra persona te necesita, donde tú eres el dominante, el superior, el que le otorga esas sonrisas y esa alegría que crees que necesita porque sin ti está triste, infeliz, jodida y rota, pero tú arreglas todo eso. Y de nuevo, no, no es forma de querer las cosas.

Y sexto y último. No me quiero poner en el pellejo de la chica. Que encima de que estuviera (vamos a suponer que es verdad) de bajón por lo que fuera, encima de que un pirado te ha hecho gestos en el tren y has llegado a casa asustada de ver una sombra por si el tío ese aparece de la nada... encima, vas y te encuentras a los dos días tu ciudad, que no es tan grande por cierto, llena de carteles que hablan de ti y la mitad de los medios de comunicación dando bola a un acosador bajo la bandera del amor. De un amor enfermo y mal entendido, lleno de estereotipos feos de películas baratas. Llamando amor al acoso, victimizando al acosador porque el pobre, está desesperado buscando al potencial amor de su vida, sin que nadie se plantee la situación en la que se está poniendo a la muchacha.

Como remate y a nivel personal, diré que mal, muy mal vamos por este camino. Porque yo sé lo que es que te acosen y sé la fina línea que separa esos “gestos románticos” de que el tío se cabree porque no consigue lo que quiere y te insulte, te humille, te intente asustar, chantajear o en el peor de los casos, te llegue a agredir. Y ojalá me equivoque y no sea el caso concreto, pero no se puede dar pábulo a estas actuaciones. Y luego nos ponemos el lacito morado en la solapa, nos indignamos cuando hay una mujer muerta a manos de su ex, o de su pareja. Luego decimos que cómo puede pasar en pleno siglo XXI, que es inconcebible. Luego nos solidarizamos mucho el día de la mujer. Pero sale esta historia y le vemos la gracia y le vemos el lado romántico y le vemos el lado idealizado y bonito. Y ay, ojalá se encuentren y se quieran. No se puede ser más gilipollas. Y así vamos de puto culo, os lo digo. Porque o cambiamos la forma de ver las cosas de raíz y nos damos cuenta de los problemas antes de que la siguiente aparezca apuñalada, ahogada, muerta a palos, o no dejará de ocurrir. Y debería darnos vergüenza. Porque cada mujer que muere a manos de un hombre es un fracaso de toda la sociedad. Uno grande, enorme, doloroso. Y espero que algún día dejemos de mirar para otro lado y de justificar lo injustificable.



martes, 25 de abril de 2017

Marcha atrás y sin luces

La otra noche estuve un rato hablando por wasap con mi amigo el poli. Cuando paso un rato así, charlando de gilipolleces y haciendo bromas, se me olvida que ese tío va de uniforme y lleva pistola. Casi me parece que es una persona normal.
Ahora en serio, sé que los policías son personas. O eso dicen ellos. El caso es que mis encuentros con la pasma siempre son tan surrealistas (aquí, aquí y aquí) que me hacen dudar. Uno de estos encuentros me ocurrió las pasadas Navidades.
No recuerdo exactamente qué día era, pero estaba en pleno meollo de las fiestas porque fui a hacer algo a casa de mi madre, luego tenía que ir a casa de mi prima Amai a dar de comer a los gatos y la jerba porque ella estaba de viaje con la familia y luego tenía cena-compromiso con no sé quién. Total, que toda mona yo, empecé mi periplo de quehaceres y aparqué en una calle estrecha de un solo sentido. Hice lo que fuera que tenía que hacer y al salir, me encuentro un coche de bomberos atravesado un poco más adelante y dos coches de policía en mitad de la calle aparcados al lado del mío, por lo que no me dejaban salir. Gruñí un poco y me asomé al epicentro de aquella molestia.
Al parecer una abuelilla que vive en un bajo no está muy bien de la cabeza y se había dejado un grifo abierto o algo parecido, por lo que había montado una piscina en pleno diciembre. La situación parecía más que controlada, así que me arriesgué a acercarme y pedir que me dejaran salir. Había un policía cuarentón con bigote y pinta de pocos amigos y otro jovencito y con cara de aburrido, que inmediatamente se convirtió en mi objetivo. Puse mi mejor cara de inocente y le sonreí.

  • Hola... Oye, ¿esto va para mucho rato? Es que tengo ahí mi coche y me quiero ir, tengo un poco de prisa.
  • Pues no sé.
  • Ya, es que vuestro coche está tapando el mío.

El poli joven se fue a preguntar al poli bigotudo. Hasta aquí bien. No había dicho nada incoherente, no había preguntado por los pantalones de velcro, no le había pedido que se sacara la porra. Lo estaba haciendo BIEN. Así que me confié.

  • Mira, que dice mi compañero que va aún para rato, que uno de los coches no se puede mover y los bomberos tampoco, pero si quieres saco el otro y damos marcha atrás para que salgas por el otro lado de la calle.
  • Vale.
  • ¿Te atreves a ir marcha atrás?
  • Yo me atrevo con todo.
  • ¿No te da miedo?
  • La única marcha atrás que me asusta es la que te puede dejar preñada.

Vale, ya la hemos liado. La tercera frase y ya la había cagado, a pesar de que sigo pensando que fue culpa suya por provocarme. Por eso no me gusta hablar con la policía. Por suerte el chaval se echó a reír y me dijo, que venga, que salía él antes y yo le seguía marcha atrás. Íbamos caminando hacia el coche y entonces me di cuenta de la trampa:

  • Oye, no me vas a multar por ir marcha atrás toda la calle, ¿verdad? Que los policías sois muy... - me di cuenta que por muy majo que fuera igual no era apropiado lo que estaba pensando. - muy... muy ya sabes. Muy como sois.
  • ¿Ah sí? ¿Y cómo somos?

Intenté pensar algo, pero el chaval tenía veintipocos, era guapo, tenía un cuerpazo y me estaba mirando con media sonrisa cabrona.

  • Pues ya sabes... policías.
  • Te prometo que no te multo.

Decidí no decir nada más a pesar de la de cosas que se me estaban ocurriendo porque yo otra cosa no, pero ocurrente en estas situaciones soy un rato.
Me monté en el coche, puse las luches porque al ser diciembre ya estaba oscuro, saqué el coche cuando él hubo echado hacia atrás el suyo, metí la marcha atrás y entonces me di cuenta. No me iba a multar por ir marcha atrás... me iba a multar por tener un faro trasero fundido. Valoré la posibilidad de darme cabezazos contra el volante, pero ya había demostrado mi desequilibrio mental suficiente por esa noche, así que salí de la calle rezando para que no se diera cuenta o para que siguiera pensando que era lo bastante simpática como para pasarlo por alto. Y en caso de duda, me haría la tonta. Por suerte, fuera por la razón que fuera, no me dijo nada. Cuando llegamos al principio de la calle, desde donde podía salir ya, paró, me dijo adiós con la manita y me guiñó un ojo. Pues bueno, mira, lo que sea. El caso es que me fui de rositas y por supuesto, aún no he cambiado el faro.


En fin, que sí, lo admito, hay policías majos. Los menos, pero los hay.

jueves, 20 de abril de 2017

Cerca y lejos

Yo soy de la generación de Espinete. Crecí con él, con don Pimpón y con Chema el de la panadería. Crecí con Barrio Sésamo, con el conde Draco que siempre contaba todo mientras los número iban apareciendo. Con Epi y Blas y sus charlas nocturnas. Con Gustavo, el reportero más dicharachero. Y con Coco y sus explicaciones. Me encantaban. Me siguen pareciendo geniales, de hecho.
Sin embargo llevo unos días que me ha dado por pensar. Coco se equivocaba en lo que era “cerca” y “lejos”. Son conceptos más complejos que aquí y allí.

Me he hecho una cuenta de skype. La mayor parte de la gente que quiero está lejos, aunque les sienta cerca. He aquí mi dilema con Coco. La mayor parte de la gente con la que tengo ganas de hablar, con la que comparto cosas, con la que me apetece comunicarme, está a muchos kilómetros de distancia. Mar, Pimiento, Tomate y el Niño Chico, en Granada. Key en Londres. Otros en Sevilla, en Córdoba o en Asturias. Y me jode pasar meses sin verles la cara. Porque el wasap mola, y casi cada día tengo algún mensaje que me alegra, pero no es lo mismo. Así que ando a tortas con la tecnología para poder decirles que hola, que estoy aquí, tan cerca como internet me permite. Y me gusta oír su voz en mi salón, enseñarles a mis gatos y verles gesticular. Y así, no les siento tan lejos.
Mis amigos de aquí están más o menos cerca. Cerca en el espacio. Pero siento que poco a poco nos vamos distanciando y ya no son cinco o seis paradas de metro las que nos separan. Ellos están casados. Tienen hijos o están intentando tenerlos. Y su mundo y el mío se van alejando más y más. No pasa nada, es la vida, es normal. Da pena, pero es normal. Les sigo queriendo, claro. Cómo no les voy a querer. He compartido con ellos los años más felices de mi juventud, mis mejores anécdotas, las noches que cantamos a la vida en borracheras, los partidos de rugby que saltamos de alegría y los días tristes que nos apoyamos unos a otros. Les quiero, pero les echo de menos. Y aunque suene extraño, cuando nos juntamos, cuando más cerca estamos porque compartimos salón o restaurante, más les echo de menos. Porque no son los que yo recuerdo. Son gente que conocí, pero que ya no conozco. El matiz temporal del verbo juega malas pasadas. Y es que Reichel es madre. Tiene un crío de 10 meses y está embarazada del segundo. Austri tiene dos niñas. Bombita está casado. Y Nacho está casado y buscando un niño que se resiste a llegar. El único que se mantiene más o menos como siempre es Flumi, pero trabaja tantas horas que se hace muy difícil verle sin prisa. Y yo me siento ahí, tratando de no convulsionar entre el griterío de los mocosos y me aburro soberanamente. Esa gente, que hace unos años era la más divertida que podías encontrar, ahora me resulta soporífera. Miro al infinito mientras hablan de pañales, papillas o comidas en trozos, de dientes, gateos o tipos de carritos. Y por el amor de Dios, me aburro tanto que creo que me voy a morir. Incluso cuando dejan sus temas aburridos y me preguntan, no sé qué contarles. Porque en realidad, no tengo nada que decir. Apenas saben qué hago con mi vida, no saben mis problemas cotidianos, no les interesan mis apuros para llegar a fin de mes o mis tribulaciones de no saber qué coño hago con mi vida. Porque ellos, todos, ya saben lo que hacen y lo que van a hacer en el futuro. Saben que van a seguir criando a sus hijos, que se van a casar en un año, o dos, que simplemente seguirán pagando su hipoteca y cambiarán su coche por un monovolumen para que les quepan su montón de pequeños llorones. Y yo ni quiera sé si mañana me levantaré a desayunar o me quedaré en la cama con los gatos porque la noche de antes estuve escribiendo hasta las 5 de la madrugada.
Por eso estamos lejos. Muy lejos. A años luz.
Por suerte la tecnología, con la que me une una antipatía mutua, me salva el culo. A veces me lo pone difícil, como para hablar con Key, a la que me deja bloquear pero no aceptar como amiga. Pero aún así, lo conseguimos. Y hablamos y sabe más de cómo me siento que mis amigos de Madrid. Y sabe, con la entonación de un “bien”, que no estoy tan bien y que no puedo hablar libremente del todo porque ya no estoy sola como al principio de la conversación. Y puedo hablar con Mar, y hacer planes para el verano y preguntarle por lo que hizo la semana pasada. Puedo coger el móvil y decir a mis niñas-cabras que estoy pasando una racha de mierda y reírnos de ello. Puedo decirle al Niño Chico que me apetece gritar y llamarle para desahogarme. Puedo, como tantas noches, tener alguien ahí, cerca, para no sentir que el mundo se derrumba y que no le importo a nadie. Y bendita sea la (por otra parte estúpida) tecnología.
Puedo venir aquí y contar lo que siento y saber que la distancia es algo muy relativo.


viernes, 14 de abril de 2017

Pecadora de la pradera

Siempre estuve de acuerdo con que el mejor pecado es la pereza porque te impide cometer ninguno más. Por eso tengo menos reparos en entregarme a la pereza que a ningún otro pecaminoso acto.
La verdad es que durante mis años mozos la lujuria sacudió mi vida en varios momentos. Y doy gracias por ello. También es verdad que tengo tendencias iracundas, pero se van igual que vinieron. Con la gula y el orgullo me pasa lo mismo, que no suelo cometerlos mucho, pero cuando me da, me da fuerte. Es decir, no soy de mucho comer ni le doy demasiada importancia a la comida, pero una noche igual se me cruza el cable y estoy lamiendo nocilla directamente del cuchillo hasta que veo el fondo del bote. Y no suelo ser orgullosa, no me cuesta pedir perdón, no me cuesta admitir mis errores, me gusta hacer autocrítica y soy consciente de mis muchos fallos, pero el día que digo “por ahí no paso”, no me apea del burro nadie.
Sin embargo, para mi gusto, uno de los peores pecados capitales es la envidia. Y yo, por suerte, no lo tengo. A mí me da igual la vida de todo el mundo, lo que cada uno tenga o gane o haga. Me importa un rábano que fulana sea más guapa, más alta, más delgada o más lista. Yo estoy muy ocupada con mi vida como para pensar en la de nadie ni compararme con la vecina. Y no soporto a la gente ostentosa, que le gusta mucho aparentar, que se regodea en lo bien que le va o en lo que tiene sólo para darte en las narices y para que todo el mundo le tenga envidia. Más que nada porque suele ser gente que lo hace porque ellos mismos son envidiosos y se crea una especie de carrera a ver quién gana a más imbécil. Y no lo soporto.
Total, que me ha dado por pensar en todo este rollo de los pecados porque últimamente me ha atrapado la pereza. Estoy muy vaga. No tengo ganas de nada. Todo lo dejo para la semana que viene que igual tengo más tiempo. Y es mentira, mentira podrida. Porque cuando pasa la semana, vuelvo a decir que para la siguiente y así estamos ya a mediados de abril y yo con cosas pendientes desde febrero. Diría que es la astenia primaveral, que me tiene baja de ánimos, pero tampoco es del todo cierto ya que estoy empezando ahora con alergia y a dormir mal, pero llevo haciendo lo mínimo desde hace dos meses.
Que no tengo excusa, que soy una pecadora de la pradera.
Y bueno, admito que lo mismo me pasa con el blog. Que no es que no tenga cosas que contar. Que no es que no tenga tiempo por las noches como siempre para sentarme a actualizar un rato. Que no es que me haya dejado de gustar escribir. Es sólo, pura y llanamente, que me da pereza. Y que digo “ya lo haré mañana” y el mañana nunca llega. He pensado incluso en cerrar una temporada, en tomarme vacaciones blogueriles, pero luego sé que si lo hago, al día siguiente de cerrar, me van a dar unas ganas inmensas de escribir, un deseo irrefrenable de contar chorradas y voy a escribir tres post en una noche y me voy a sentir profundamente estúpida. Así que de momento, sólo vamos a esperar a ver si me sacudo la pereza o me fundo definitivamente con el sofá y así no tengo que levantarme nunca más.



Y por cierto, el tema de los pecados es un recursos literario para contar algo. Los comentarios religiosos, metafísicos, profundos o serios se pueden ir a un sitio donde vayan a ser mejor apreciados que aquí.  

lunes, 27 de marzo de 2017

El plan

Tengo un plan. Aún no sé cuál es, pero lo tengo. Es como cuando no te sale una palabra. La conoces, la sabes, está ahí, en tu cerebro. La sientes en la punta de la lengua. Sólo que estás ofuscado y en ese momento, no das con ella. Pues igual. Yo tengo un plan, lo sé, puedo sentirlo. Sólo que aún no sé cuál es. Pero está ahí, a punto de salir.
Y con eso de momento estoy contenta. Lo único que he necesitado siempre para hacer las cosas, era la determinación de hacerlas. Cuando estudiaba, por ejemplo. Siempre fui una estudiante de mierda. Nunca llevé agenda, no me enteraba de las fechas, mis apuntes eran un desastre, no sabía cuándo ni dé qué era cada examen. Y sin embargo siempre fui sorteando bastante bien las notas. Ya no en el colegio, donde no hice el huevo. Ni en el instituto, donde hice bastante poco. En la propia universidad, pasaba de todo. Hubo asignaturas que descubrí que estaba matriculada una semana antes del examen. Y entonces, cuando al fin sabía qué asignatura era, cuándo era el examen y conseguía algo parecido a apuntes y los organizaba, sabía que iba a aprobar. Aunque fueran dos días antes. Yo sólo necesitaba el plan. Y nunca me falló.
Por eso ahora, sé que voy mejor. Porque tengo un plan. El plan es hacer un plan. Y va a funcionar.
Mientras, entre unas cosas y otras, estoy viendo Las Chicas Gilmore. Aún voy por la primera temporada, empecé hace apenas una semana. No puedo evitar sentir algo raro al verla. Recuerdo cuando veía capítulos sueltos en la tele, antes de netflix, de internet, de las descargas y los discos duros que se enchufan a la tele. Hace 17 años. Yo tenía la edad de Rory, la hija. Y ahora podría ser Lorelai, la madre. Ha pasado el tiempo, vaya que sí. Me hubiera dado tiempo a criar una hija que nunca quise tener.
El caso es que la veo, con esa moda que me encanta de principios de los 2000. El siglo XXI que dejaba atrás al grunge y el rollo raro de los 90 y su perdida generación X. El 2000, antes de que las torres gemelas se vinieran abajo envueltas en llamas, antes de tener miedo a los atentados islamistas, antes del mundo en el que vivimos ahora. Los pantalones de campana, los pañuelos en el pelo, los vestidos estampados, las camisetas ajustadas con lazo al cuello. Yo llevaba esas cosas, obviamente. Y las echo de menos. No me gustan los pantalones pitillo aunque los use. No me gustan muchas cosas. No me gusta tener la edad de la madre. Era más divertido ser la hija que siente cosquilleos ante su primer amor y su primer beso y todas esas primeras cosas tan fascinantes y que ahora son pura rutina.
Y pienso, joder, si volviera a aquel entonces, la de cosas que haría. Estudiaría más, mejor, otras cosas. Cogería aquel trabajo. Ahorraría más dinero. Viajaría más. No perdería la amistad con tal o cual. Viviría fuera de Madrid, por una temporada quizás.
Luego pienso otra vez. No lo hice porque no quise. Porque tuve razones para no hacerlo, aunque ahora no me parezcan buenas. Elegí una vida, un camino. Cada elección que haces implica renunciar a todas las demás. Y yo fui haciendo las mías, acertando y errando.
Quizás ahora, diecisiete años después de tener diecisiete, pueda volver a hacerlo. Como dije en el anterior post y como me dijo en un comentario Matt (gracias, eres un tesoro), no es tan tarde. Siempre se está a tiempo, pero es que si Dios quiere, no estoy ni a la mitad de mi vida. No sé por qué a veces tiendo a pensar que está todo hecho y que ya no hay opciones. O sí lo sé, porque soy un poco pesimista. Y bastante gilipollas.

Por eso tengo un plan. No sé cuál, pero sé que me va a venir de un momento a otro. Y el plan, de momento, es hacer un plan.  

martes, 21 de marzo de 2017

Pero algo

Reconozco que llevo unos cuantos años, sobre todo los últimos meses, con cierta sensación de haberme rendido. Como si ya no mereciese mucho la pena esforzarse y fuera mejor dejarlo correr. El año pasado, de hecho, empecé con este post en el que explicaba (o trataba de hacerlo) que llevo un tiempo esperando una especie de “game over”. Que creo que ya no me va este rollo y prefiero empezar de cero porque la he cagado demasiado. Pero claro, eso de suicidarse siendo Mario Bross es una cosa y en esta vida es otra. Porque oye, que nadie nos garantiza que vayamos a empezar otra vez. Que igual no hay nada al otro lado y para estar muerto ya está el resto de la eternidad. Que hasta donde sabemos, estas son las cartas que nos han tocado y es posible que el crupier no vaya a repartir más.
Y no es rendirme en plan “oh, abandono la vida”. Es simplemente cierta resignación a que las cosas no me gusten. A que vayan regular. A vivir con desgana. A pensar que se me han pasado las oportunidades. A aceptar que esto es lo que hay.
Curiosamente, empiezo a estar a hasta los huevos de esta sensación. Empiezo a cansarme. Empiezo a tener destellos de lucidez en los que creo que puedo cambiar las cosas. No sé qué cosas, no sé cómo. Pero algo.

Siempre he sido una persona de altibajos. De grandes tempestades y soles radiantes. De bomba a punto de estallar, de mecha corta y chispa cerca. Y llevo mucho tiempo estancada. Así que presiento una tormenta. A veces tengo miedo de la nada, por que sí. Y eso suele ser una especie de presentimiento de que algo va a cambiar. De que algo va a suceder. De que esta etapa estúpida se acaba y empieza otra.

Aún estoy quieta, agazapada. Esperando la oportunidad de saltar. De subirme al tren en marcha. De salir corriendo. No sé de qué. Pero de algo.  

viernes, 3 de marzo de 2017

Los pesaos de la nutrición

Hay muchas cosas que me indignan de hoy en día. Siempre he tenido espíritu de vieja gruñona, pero hay rachas en las que creo que el futuro me ha alcanzado antes de tiempo. Hay días que tengo que evitar ciertas redes sociales para no ponerme a escribir cartas furiosas en plan abuelo Simpson.
Una de esas cosas que me sacan de quicio últimamente es la guerra contra el azúcar. Y es que reconozco que los nutricionistas en general me ponen de mal humor. Que hay gente preparada, informada y tal, pero la mayor parte han hecho un curso de dos semanas en el herbolario de la esquina y ya se creen con superioridad moral para dar por culo a todo el mundo.
Primero, admito que no me gustan los consejos que no he pedido ni los gurús de la sabiduría que se empeñan en adoctrinar a todo petete que les quiera escuchar (o no) con sus sentencias irrevocables. Y todos los nutricionistas que conozco, tienen un poco de esto. Como si una de las asignaturas principales de lo que sea que hayan estudiado fuera “dedícate a decirle a todo el mundo lo mal que come”. Y de paso, véndele algo de lo que a mí me interesa, añado yo.
Segundo, hay algo que me escama cuando se monta una campaña insistente y en plan viral a favor o en contra de algo, sin resquicios ni tonos grises. La quinoa es buenísima, la chía es buenísima, la col rizada del himalaya es buenísima. El azúcar es malísimo, los zumos son malísimos, pegarse un tiro en el pie derecho es malísimo. Y esto, a repetirlo como martillos pilones a todas horas, dale que dale hasta aburrir al personal. Que me dan ganas de coger el saco de azúcar y metérmelo a cucharadas para acabar de una vez con mi propio sufrimiento.
Y a ver, un poco de sentido común. Claro que el azúcar no es bueno. Claro que es mejor comer una manzana que un sándwich de nocilla. Claro que sí, guapi. Pero a ver, matices para todo en la vida. Que comerse un dulce o darse un capricho no tiene nada de malo. Que el azúcar no es satán, que no pasa nada si un día te apetece y te compras la palmera de chocolate más grande que haya. Lo que no es normal es merendar todos los días un bollicao. Y si yo me estoy comiendo un donus con más gusto que si fuera pecado, no quiero que vengas a amargarme con que tiene mucho de esto y mucho de aquello. Que ya lo sé, que no soy gilipollas. Porque esa es otra. Las malditas fotos con la equivalencia en terrones de azúcar. Que sí, que mal que las cosas lleven azúcar “oculto”, pero si de verdad alguien se come un phoskito pensando que es súper sano, es que es gilipollas. Porque algo que huele dulce, sabe dulce, se vende en la sección de dulces, igual es que lleva azúcar a paladas. Y si aún así, decides comértelo o dárselo a tus hijos, es tu problema y no necesitas a ningún cansino detrás “oye, que eso es malo, que tiene azúcar, que el azúcar es lo que sale del culo del demonio”. Por favor, dos dedos de frente.
Luego están los consejitos de los nutricionistas que me sacan de quicio. Como que los zumos no son tan sanos como la fruta entera (hablo de zumos exprimidos en casa en el momento, obviamente). Y claro que es mejor comer la fruta entera por no perder la fibra de la pulpa y blablá, pero no me jodas, por mí como si quieres cortar los melones al bies, pero no me cuentes películas como si al exprimir una naranja ésta mutara en sangre de troll. Lo que es horrible es ver a niños de un año que aún no saben andar comiendo gusanitos de bolsa, no hacerles un zumo.
Además, que no hay alimentos buenos o malos per sé. Yo no puedo tomar leche, pero eso no significa que sea mala. Tampoco puedo comer ajos y las acelgas me hacen vomitar. Pero yo no soy la medida de todas las cosas. Y tú tampoco, por muy nutri-sabelotodo que seas. ¿Que tú desayunas judías con patatas? Bien por ti, pero eso no es para mí. ¿Que tú meriendas coles de bruselas hervidas? Bien por ti, pero no para mí. Y si no te he preguntado, es que no me interesa tu opinión.
Como hace no mucho, que una amiga de estas que ha hecho un curso en una empresa vende batidos de proteínas me trató de dar una charla al verme cenar ensalada de pasta porque los hidratos no sé qué. Y le dije, “mira, yo estoy sana, los análisis me salen siempre perfectos, estoy a cinco kilos de lo que sería mi peso y me encuentro estupendamente. Como de todo lo que me sienta bien y me gusta, tomo frutas, legumbres y me doy caprichos de dulce, sí... que cada uno haga lo que quiera, pero creo que no necesito charlas sobre una ensalada casera que llevo comiendo toda mi vida y que me va estupendamente.” Cojones ya. Que me vienes a dar el coñazo mientras tú te tomas un batido de sobre hecho de vete a saber qué mierdas y que te puede dejar los riñones fritos en tres días. Un poquito de sentido común, hombre ya.


Así que en resumen. Comed bien, pero disfrutad. Que la vida son dos días como pasárselos comiendo coliflor y dando la paliza a la gente.

sábado, 18 de febrero de 2017

Miau Fashion Week

El martes pasado castramos a Maya. Todo salió bien y se está recuperando estupendamente. La llevé a su veterinaria normal del barrio, donde las dos chicas que lo llevan son encantadoras y una de ellas, especialista en gatos. Les tratan genial, tienen precios asequibles y tal, pero no son cirujanas. Así que para las operaciones tienen a un cirujano externo que va allí, opera y se vuelve a ir. Y francamente, no estoy del todo contenta con él. A ver, la operación ha ido bien, así que me da igual, pero la cicatriz que le han hecho en la tripa es una chapuza. Tiene pegotes de pegamento quirúrgico que le he tenido que ir quitando. Y le han pelado muchísimo la tripa y la parte interna de los muslos para lo que era. Que un poco más y me la convierten en gato egipcio. En fin, la voy a seguir llevando a esas chicas para sus revisiones y cosas normales, pero desde luego si pasa algo o hay que hacerle cualquier cosa en el futuro (Dios no lo quiera) no pienso dejar que este tipo la toque de nuevo. La llevaré a la clínica mega-chachi-guay-hiper-cara donde me llevan a Ron, que sí que te dejas allí el sueldo, pero lo vale.

En fin, el caso es que tenía clarísimo que no le iba a poner collar isabelino tras la operación. Me niego porque me parece una tortura medieval y nunca se lo he puesto a ninguno de mis bichos. Además, creo que hay otras soluciones menos traumáticas. No es que sean una maravilla, porque los que tenéis gatos sabéis cómo son, que les gusta ir a su bola, pero mejor que la puñetera campana, sí. Yo, de hecho, ni siquiera les he puesto nunca collar. Ya ni hablamos de los cascabeles, que me llevan los demonios porque encima son malos para ellos (les estresan con el sonidito constante), es que ni collar de adorno.
Bueno, pues para que no se chupara la herida, porque la señora es un poco borrica, pensé en hacerle un body. Traté de meterla en un calcetín grande que tenía, pero no estaba por la labor de colaborar. Así que corté una camiseta vieja mía y se la puse, pero le quedaba floja y le duró un rato. Con ella estaba adorable, parecía un bebé. Pero eso a Maya le importa un comino.
Después hice un apaño con unos pantys gorditos a modo de body y una faja de camiseta. Esto le dio cierto aspecto de putilla porque era en gris y rojo en plan corpiño, pero le moló bastante más. Al parecer ha salido a su mamá y le gusta un poco el look de pilingui-cabaretera. Qué le vamos a hacer. Con este modelo andaba más cómoda, pero al ser panty, se dedicó a lamerlo hasta hacerlo trizas y de nuevo tuve que cambiar de atuendo.
Entonces llegó la que de momento es la opción definitiva, estilo camisa de fuerza de manicomio antiguo. Como sólo encontré una camiseta elástica blanca y va atado por detrás la pobre parece recién sacada de la López Ibor, pero ella no parece acomplejarse. Y está muy cómoda con ella, así que va a seguir así unos días.

El caso es que me ha dado por pensar que hay un negocio ahí. Estoy segura de que si tuviera medios para fabricarlos en tela elástica de más calidad (tipo fajas de esas muy elásticas y suaves sin costuras) y con unos velcros en lugar de nudos, la cosa tendría futuro. A nadie nos molan los collares isabelinos y un vestidito, aunque sea un poco ridículo, es mucho mejor que una pantalla de lámpara metida en la cabeza. Si lo hubiera hecho, en plan bien, yo lo compraría y no andaría por ahí difrazando a la pobre canija con trapos que me voy inventando sobre la marcha. Tengo que pensar sobre ello, lo mismo me forro y por fin dejo de ser más pobre que las ratas pobres.


Os dejo la secuencia de fotos adorable-putilla-manicomio. Espero que os gusten.



  

lunes, 6 de febrero de 2017

Ahorrar ¿es posible?

No se puede decir que yo nunca haya ido muy holgada de dinero. Más bien todo lo contrario. Además, cada vez que consigo ahorrar un poquito, muy poquito, pasa algo y se me va volando el esfuerzo de muchos meses. En fin, es mi destino ser pobre.
El caso es que desde que Ron se puso malito la cosa ya ha sido la total hecatombe. Me gasté todo lo que tenía, TODO. El Ross puso dinero, mis padres me dieron algo también... y aun así me he pasado la mitad de enero comiendo de lo que tenía congelado y cosas así porque no había más de donde sacar. Y ojo, pagaría el doble si hiciera falta para que él estuviera bien, no me estoy quejando de eso.
El problema es que el agujero negro sigue creciendo, porque claro, al no tener nada de fondo, a día dos del mes, en cuanto llegan tres facturas ya no me queda ni un duro. Y no sé qué más hacer para ahorrar, porque en el súper miro cada cosa hasta el céntimo, compro ofertas, comparto cosas con mi madre, hago mucha pasta y patatas y cosas baratas. No salimos por ahí, no voy nunca al cine, no me compro ropa ni caprichos de ninguna clase. Ni siquiera recuerdo la última vez que me tomé una caña en la calle.
El caso es que ya un poco harta, me he puesto a repasar las cosas en las que más gasto. Las ganadoras, obviamente, las facturas de la luz y del gas. Lo del gas me jode, porque con el frío que ha estado haciendo en Madrid no había más remedio que poner la calefacción y usar agua caliente, pero al menos sé que en verano se compensa pagando una cantidad mínima. Lo de la luz es otro cantar. Eso es gasto todo el puñetero año. Porque tengo que cocinar, tengo que calentar cosas en el microondas, tengo que tener puesto el frigorífico, tengo que poner la lavadora. No uso apenas el lavavajillas, tengo bombillas de bajo consumo y no pongo el aire acondicionado a no ser que sea súper imprescindible (sólo en verano a veces y poco rato). Y no sé, como no haga fuego en mitad del salón para cocer los macarrones y me lleve la ropa al río para frotarla me contaréis qué porras hago yo con mi vida y mis facturas.
El Ross, que sabe más de estas cosas por su propia profesión, ha estado investigando nuevas compañías de electricidad como Mipodo, ya que ofrecen tarifas más reducidas, pero no tienen opción del precio voluntario del pequeño consumidor (PVPC), que es el mercado regulado por el estado. Lo que te ofrecen es el mercado libre, una especie de tarifa plana de precio por el kilovatio durante todo el año, mientras que de la otra manera es variable. Tal y como están las cosas y con las subidas de las últimas semanas no tengo claro cuál es la mejor opción, francamente. Un precio fijo puede beneficiar en ciertos momentos, pero puede perjudicar en otros. De momento sólo nos estamos informando por si nos interesa esta opción y de paso huir de las grandes compañías, que reconozco que a mí me escaman. ¿Alguien tiene ideas al respecto?

En fin, a ver si llega el verano, podemos empezar a alimentarnos de ensaladas para no gastar en la vitro ni el horno y hay más horas de luz. Y de paso, para ponernos vestidos monos, que estoy hasta el moño del abrigo y los jerseys.  

Por cierto, para más información sobre la factura de la luz, lo que significa y todo eso, echad un ojo a este post de Soñadora sobre el tema, que despeja muchas dudas y es muy útil.