miércoles, 5 de julio de 2017

Las semanas (y media)

Mi amiga Pelirroja ha pasado al club de las preñadas. Y estoy feliz porque ella es feliz, pero de alguna manera me pone triste despedirme de mi amiga, la más alocada y despreocupada de mis amigas. Porque ya no será mi Pelirroja-peligrosa nunca más. Ahora será una mamá con el pelo rojo. En fin, es ley de vida.
El caso es que hay una cosa que me cabrea de las preñadas y es su manía de hablar en semanas. Que sí, que ya sé que el ginecólogo lo cuenta así y blablá, pero de toda la vida de Dios los embarazos han sido nueve meses y punto. Pero ahora no. Ahora estás de 7 o de 15 o de 23 semanas. Y mira, no. Yo no me apaño. No sé cuántas putas semanas dura un embarazo y además no me interesa lo más mínimo.
Y es que me reconozco un poco negada para eso de cambiar de medida. Cada vez que he viajado y he tenido que cambiar de moneda he decidido desconectar y no andar convirtiendo cada precio porque me aturulla. Prefiero marcar una especie de límite, tipo “más de X moneda es caro porque pasa de los 10 euros” y con eso me apaño, clasificando las cosas en baratas y caras y punto. Ni os imagináis las que pasé cuando cambiamos de peseta a Euro, la verdad. Y eso que era jovencilla. Pero da igual, moriré de vieja echando de menos mis queridas pelas. Y eso que también tenía su cosa. Que la primera vez que fui a Pueblodelsur, bajé a comprar unas chuches con mis amigos y la tía del estanco me pidió 15 duros. Muy dignamente, le dí una moneda de 100 pesetas y esperé mi cambio, pero no tuve ni idea de cuánto me había costado aquello. En Madrid sólo se usaban los 5 duros y los 20 duros. Y jamás en una tienda o semejante. Nunca comprabas algo y te decían son 5 duros. Y mira que yo me he criado en un barrio muy barrio, eh? Que por aquí andaba poco menos que el vaquilla. Pero da igual, lo de los 5 o los 20 duros era algo puramente coloquial, entre colegas, en casa. Jamás en un comercio, por muy humilde o barriobajero que fuera. Y yo, de repente, me vi en un pueblo de mierda donde me querían cobrar en duros. Desde entonces la tía del estanco me cae mal. A día de hoy, me sigue sin resultar simpática.
En todo caso y dejando las monedas a parte, cuando el otro día hablé con Pelirroja le termine pegando una voz de las mías. Porque le pregunté de cuánto estaba y me respondió que diez semanas. ¿Diez semanas? ¿Pero quién a parte de las preñadas habla así? Nadie dice “llevo en el nuevo trabajo 13 semanas”. Nadie dice “celebro hoy con mi novio las 45 semanas”. Nadie habla así, joder. Y hay gente en el mundo que no estamos embarazadas, ni lo hemos estado, ni lo vamos a estar. Y que nos importa una mierda las semanas que dure un preño, que no sabemos desde cuándo se empieza a contar ni hasta cuándo hay que seguir haciéndolo. Así que le dije “Joder, Pelirroja, que yo en semanas sólo conozco la película de las nueve semanas y media y por cierto, es una mierda. Háblame en lenguaje de no preñi, haz el favor.” Bueno, pues lo tuvo que pensar. Tócate los cojones mariamanuela que ahora en cuanto se te instala un okupa en el útero dejas de pensar como lo has hecho toda tu vida y ya sólo sabes contar en semanas.
Eso, hasta que pares. Entonces sólo sabes contar en meses. Y de pronto tu hijo tiene 16 meses. Oiga, por el amor de Deu, diga un año y algo, diga un año y medio, diga dos años, diga lo que quiera, pero deje de hablarme en unidades inferiores a las necesarias.
Y eso añadido a la palabra bebé. Admito que esa palabra no me gusta, me parece que roza el ridículo, no sé por qué, supongo que sólo es una manía de las mías. Pero a ver, un bebé lo es hasta los 6 meses, el año si quieres. Pero no más. Con año y medio es un niño. Pequeño, pero un niño. Y con tres años, desde luego no es un bebé. Que yo entiendo que has tenido que dilatar el chumi para echarlo y que quieres que sea eternamente pequeñito para que sea tu nenuco, pero joder, no. Déjale ser una personita pequeña. Déjale tener su dignidad y no le llames bebé cuando ya va por ahí corriendo como una bala y destrozando todo a su paso como un diminuto godzilla.


En fin, yo qué sé. Si cada día entiendo menos cosas y pongo menos esfuerzo en entenderlas.