viernes, 9 de noviembre de 2018

La vidente


Hoy he hablado con una vidente. O sensitiva. O yo qué sé. De esas que “saben” cosas de tu pasado y tu presente y tu futuro, se “comunican” y “ven cosas”. Y diréis a Naar se le ha ido definitivamente la pinza. Pero no, excepto las pinzas literales de esas que se me caen cuando tiendo y que con suerte le arrean en la cabeza a los vecinos, no se me ha ido ninguna más. No es que yo haya llamado a televidentedigamé. No es que haya decidido gastar mi escaso (tirando a nulo) dinero en llamar para que me digan que todo me va a ir chachi piruli. Es una usuaria de mi servicio, que ha llamado para otra cosas y ya que estaba, pues me ha contado su vida y de paso, la mía.
Mi trabajo es lo que tiene, que lo mismo tengo que discutir con viejas intransigentes, que tengo que dar órdenes a auxiliares que me doblan la edad, que tengo que ayudar a vestirse a un yonki o que tengo que hablar con la señora vidente. Y todo así, en la misma semana. Sin tregua. De verdad que si no escribo es porque no tengo tiempo, no porque no me pasen cosas absurdas.
Lo del yonki igual lo cuento otro día, da para post de sobra.
Lo de hoy me ha hecho gracia. Vaya por delante que yo no creo en las cartas, en el tarot, en el horóscopo, en las runas, en los designios del destino ni en lo que opine un señor de Murcia. Mi estado natural es el escepticismo. Ante todo. Mi postura en la vida es la ceja derecha levantada y media sonrisa-mueca que me marca el hoyuelo izquierdo. Para empezar, creo en el libre albedrío. No creo que todo esté escrito. Me parece aburridísimo pensar que estoy siguiendo un guión. Así que nadie puede saber mi futuro si no está en ningún lado y si lo mismo mañana lo mando todo al carajo y cambio de rumbo radicalmente.
Dicho esto, sí creo en las intuiciones, en las premoniciones puntuales, en las sensaciones más allá de lo visible... pero eso es otro tema más largo de explicar.
El caso es que he estado un buen rato hablando con la señora que trabajó en televisión y todo. Fíjate, consulta con vidente famosa gratis. Más que gratis, pagándome porque es dentro de mi jornada laboral. Y encima amenizándome la mañana, que estaba siendo aburrida que ni os cuento.
Y diréis, ¿pero acierta la señora o no? Pues ya me jode, pero tengo que decir que sí. A ver, hay mucha parte de lectura en frío, de decir cosas generales que le valen a cualquiera. De tantear y ver cómo reacciono para saber por dónde tirar. Pero también ha dado en el clavo de muchas cosas concretas difíciles de saber. Me ha dicho, sin información previa de ningún tipo, que no tengo hijos porque nunca he tenido ese instinto. Pero que me veía con dos seres muy queridos en brazos ahora mismo y me ha preguntado si tenía perros o gatos. Bueno, pues sí. Me ha dicho que pensé estudiar psicología pero que me eché para atrás y que hice bien porque no me hubiera gustado. Pues sí, oiga. Me ha dicho que era de una familia pequeña, pero unida y que veía mi círculo cercano de cuatro miembros. Ehhh... pues sí. Me ha dicho que mi padre ha sido siempre un tipo muy libre, que tuvo un puesto muy importante pero que el dinero no le merecía la pena y que lo dejó para trabajar por su cuenta. Joder, pues sí. Y me ha dicho también que últimamente no estaba muy conforme con mi imagen, que estaba dando prioridad a otras cosas y que no me gustaba mucho lo que veía en el espejo. Y la verdad es que sí.

La verdad es que no sé si me hubiera gustado ser psicóloga. Puede que no. Lo único que sé es que no me hubiera gustado nada ser diplomática como quería mi madre (ahí, apuntando bajo, a cosas normales, dí que sí, mamá) ni abogada o economista como quería mi padre. En realidad, pese a todo, me gusta mi trabajo. Sin estos momentos delirantes mi vida sería mucho más aburrida.

domingo, 28 de octubre de 2018

El colifloro y el polvero


Bueno, pues ya pasó la boda de Reichel. Me lo pasé mejor de lo que pensaba, comí fatal y todo el mundo me dijo lo mona que iba con mi estilismo y mi colifloro de la cabeza. Y superé el catarro lo suficiente para ir medio mona, taparme las ojeras con potingue y no llevar la nariz de payasa a juego con el vestido.
Lo de la puñeta de la cabeza fue una historia. Porque después de consultar a todo el mundo, de darle mil vueltas, de hacer una encuesta en twitter y de hasta soñar con el tocado-pamela-loquefuera, cuando al fin me decidí y fui a comprarlo a la web, estaba agotado. Así que me cabreé, me metí en otra página random y compré el primero que vi y me gustó junto con unas flores que me parecieron monas. Y punto. A la mierda. Tanto pensar pa ná. Si es que no sé para qué me molesto, si yo no valgo para planificar nada. Así que lo encargué medio a ciegas y halayá, alamierdahombre.
Cuando había pasado una semana y seguía sin colifloro y se me echaba el tiempo encima, llamé al señor de la tienda, que resultó estar en Tomares, pueblo de la Sevilla profunda, por lo que el señor de Tomares hablaba sevillano profundo y no le entendí una mierda. Y a ver, que el Niño es sevillano, que estoy acostumbrada al acento... pero lo único que conseguí sacar en claro era que había llegado y que lo había recogido "alguien". Me dio un miniataquito tipo "lo ha recogido alguno de los vecinos que me odian y ahora tengo una bonita caja llena de confeti de colifloro. Así que crucé los dedos para que lo tuviera el pobre hombre que tiene un almacén de materiales de construcción enfrente de mi portal y que recoge todo lo que pido por internet. Y se lo agradezco profundamente.

**Inciso**
Una de la primeras veces que fui a Sevilla con el Niño, me encontré un cartel enorme en una puerta que ponía “POLVERO”. Me dio la risa tonta y le pregunté a qué diablos se dedicaba ese hombre y por qué lo publicaba con tanta alegría. El Niño, atónito, me dijo que vendía polvos. Yo seguí riéndome sin entender que lo dijera así con tanta alegría. El Niño, cada vez más convencido de que yo estaba loca y era gilipollas a partes iguales, me dijo “claro, como el de enfrente de tu casa”. Por un momento, no entendí nada, yo qué sé a qué se dedican mis vecinos de enfrente. Y si venden polvos, desde luego no lo publican alegremente. Tras un rato de confusión, llegamos al entendimiento de que alguien que vende polvos no es lo que yo pensé, si no que vende cosas en polvo para construcción, como cemento, yeso y demás. O sea, que el hombre de los materiales en realidad era un polvero. Y que el polvero que tenía el cartel en su casa tenía un trabajo más honrado y menos divertido de lo que me había podido parecer en un principio. En fin, qué riqueza el castellano, oiga.
**Fin del inciso**

Volviendo a la historia inicial, que mi tocado-pamela-loquefuera lo tenía el señor polvero de enfrente. Lo recogí y lo monté encerrada en el baño porque Maya no hacía nada más que robarme las flores y salir corriendo con ellas por el salón como alma que lleva el diablo. Y quedó bastante bien. Pero como no me gustan esas cosas, me lo puse para la ceremonia, me hice las fotos reglamentarias y lo mandé a la porra.

Por lo demás, la boda fue estupenda, me alegré mucho de encontrarme a mucha gente de hace años, de ver a Reichel tan guapa y tan feliz, de bailar con el Niño y de abrazar un poco a mis gordos y borrachos amigos.

Y por fin, se pasó la temporada de bodas 2018. Hasta el verano que viene no tenemos la siguiente, así que puedo respirar medio tranquila una temporadita. Al menos económicamente. Porque poco a poco, les he cogido el gusto y hasta he aprendido a pasarlo bien en los bodorrios. Ir con el Niño las mejora en un 300% y las últimas las he disfrutado. Jatetú, quién me lo iba a decir.

Por cierto, hay fotos mías y de mi colifloro en Instagram y Twitter, si alguien quiere verme hacer el ridículo, están ahí. Y si necesita más, que me avise, pero esa me niego a publicarla en el blog.

martes, 9 de octubre de 2018

catarro 1 - Naar 0


Al final el catarro ha hecho mella en mí y he tenido que coger la baja. No me gusta faltar al trabajo, pero de verdad que no estaba en condiciones de ir a ningún lado que no fuera el médico.
Tengo un doctor nuevo porque me he cambiado de nuevo al horario de tarde. Es un señor un poco amanerado, con el pelo blanco, los ojos muy azules y bastante amable para ser médico. Según me ha visto me ha sonreído y me ha dicho “huy, vaya catarro”. Y yo, maja por naturaleza, le he dicho “sí, para eso no hace falta ser médico.” El buen hombre se lo ha tomado como una broma y me mirado un poco, me ha dicho que era sólo de las vías altas (o sea, nariz como un pimiento morrón maduro) y que tomara paracetamol y descansara. Para eso, querido, tampoco hace falta una carrera. Pero no se lo he dicho. Se ha puesto a rellenar unos papeles y me ha dicho que me iba a dar la baja y que cuantos días quería. Mi yo vago y lleno de cosas más interesantes que hacer aparte de trabajar, ha pensado “una semana”. Mi yo pobre ha replicado “un día y vas que te matas, muerta de hambre”. Mi yo sensato ha sido el que ha salido de mi boca y ha dicho “hoy y mañana, el miércoles y creo que ya puedo ir”. La verdad es que no me apetece nada levantarme a las 6 y estar 9 horas fuera de casa, pero menos me apetece no tener para comer, así que no es mal acuerdo dos días de reposo y lego vuelta a la lucha.
Sigo haciendo cuentas y creo, espero, deseo, que para el sábado pueda estar en condiciones bodiles. Lo dudo un poco porque estoy bastante floja y no tengo ganas de ir por ahí tambaleándome en los tacones como bambi recién nacido, pero haré lo que pueda. Sólo espero que dejen de gotearme la nariz y de llorarme los ojos para poder maquillarme un mínimo y no ir hecha un zurrapastro. Pero no prometo nada. Lo que no me veo, francamente, es con mucho ánimo de bailar ni de montar juerga. Además siendo una boda de día, la cosa se pone en mi contra. Las noches me animan y me desatan, pero eso de bailar a las seis de la tarde, a plena luz del día y en estado totalmente consciente y sobrio, como que no.
Total, que haré lo que pueda. Cuando la situación empiece a superarme por la razón que sea, le daré al niño uno de esos toquecitos en la mano que él y yo entendemos y nos iremos. A veces creo que podríamos comunicarnos por morse con apretoncitos de manos.

Por cierto, sé que siempre he dicho que me gusta el verano. Pero estoy cambiando de opinión. El otoño es deprimente con sus noches alargándose y comiendo terreno al día, pero mis gatos están súper contentos y felices con el fresquito. Corren y juegan como locos, se me suben mucho encima y comen de maravilla. La peque después de todo el verano dando por saco con la comida vuelve a engullir bolitas como si no hubiera un mañana y está otra vez gordita y lustrosa y no con ese culo diminuto y huesudo que lucía este verano. Ron está contento y juguetón y amoroso y gordo como un cebollo. Ahora mismo escribo esto con Maya en las piernas y Ron sobre mi regazo. Suena guay, pero no es fácil escribir con un gato de siete kilos aplastándome la escasa capacidad pulmonar que tengo estos días. En fin, que sigo siendo una chica proverano, pero mis niños me han hecho prootroño. Lo que hay que ver. Lo que se hace por amor.

domingo, 7 de octubre de 2018

El blog ha muerto, ¡Viva el blog!


La blogosfera ha muerto. Dije esto hace unos pocos post y he decidido recrearme en la idea. Igual la que se muere soy yo porque tengo un catarro de los que hacen afición. Así es, amigos, a cinco días de la boda de Reichel he decidido coger un resfriado como hacía muchos meses (quizás desde el año pasado) que no tenía uno. Es fantástico porque le da emoción al asunto de si podré terminar todas las cosas que quiero tener listas para entonces, si podré pasar por la peluquería, si podré caminar hasta el convite sin desmayarme por el camino o si simplemente podré maquillarme un poco la nariz ceporra que me gasto o la llevaré a juego con el vestido rojo-inflamable.
La fiebre me hace desvariar. Es como aquella vez que confundí una manzana con un tomate y casi invento la fusión pan con manzana frotada y jamón. En fin.
Decía que los blog han muerto. Es así queridos. Podemos seguir negándolo, podemos mirar hacia otro lado, podemos hacer como que no ha pasado nada y no va con nosotros. Podemos hacer lo que nos salga del chichiribichi, pero dará igual y esto seguirá más muerto que un arenque en salmuera.
Yo empecé en el mundillo de los blog allá por 2007. Jatetú. Lo que ha llovido. Qué viejos somos. Como se viene la muerte, tan callando. Pero el caso es que entonces todo el mundo tenía blog. Todo el mundo leía, comentaba, escribía. Había premios, quedadas y comunidades. Había de todo. Luego, poco a poco se fue viciando el ambiente. No sé bien por qué. Ni creo que importe mucho. Poco a poco, los blog buenos de verdad fueron cerrando. Otros quedaron abandonados en el limbo. Otros, simplemente se fueron apagando como velas consumidas. Algunos resistimos. Pero de un año a esta parte, ya no queda casi nada. Hasta los más constantes se han cansado, se toman largos descansos, escriben de pascuas a peras y hay un desánimo generalizado. Así que todo este páramos que ves, antes era blogs.
Muchos han migrado a twitter. Ahora lo que se lleva son los hilos. Encadenar mil tweets para contar algo que cabría de sobra en un post, pero con la inmediatez y la repercusión tuiteril. Otros cuantos se han ido a youtube. Es más cómodo sacar el móvil, contar tu rollo y ahorrarte darte a la tecla. Y de paso pones tu jepeto por delante. Otra gente se ha desvanecido en la nada. Me pregunto qué será de ellos. Si seguirán escribiendo, si seguirán sintiendo la necesidad de escribir o si sólo era una moda para ellos y no algo que realmente llevaran dentro.
Yo por mi parte tengo twitter y me gusta mucho. Hay que saber usarlo, pero si pones un poco de esmero, puede ser muy divertido. Youtube no es mi medio. No me gusta oír mi propia voz ni grabarme ni salir enseñando el careto y no creo que pegue con mi estilo de contar las cosas. Y yo sí que tengo la imperiosa necesidad de escribir. No es moda, no es postureo, no es nada. Es sólo una parte de mí, como tener la nariz grande o resfriarme antes de los eventos y confundir manzanas con tomates.
Con esto quiero decir que yo no me voy a ningún lado. Ya nadie lee y casi nadie comenta, pero me da lo mismo. Me gusta venir aquí y soltar mis rollos. Y en realidad, ahora que nadie hace ni caso, es un poco como la vuelta a los orígenes. Puedo decir y hacer lo que me venga en gana que a nadie le importa una mierda. Eso mola. Da cierta libertad. Porque en las épocas de explosión bloggera si escribías un post que por la razón que fuera no gustaba o que tú creías que era bueno y no triunfaba, te quedabas un poco ahí, rumiándolo, ¿qué habrá pasado? ¿no habré expresado bien lo que quería decir? ¿habré ofendido a alguien? ¿se habrá caído la conexión y nadie puede verlo? ¿habrá un conspiración en mi contra? ¿la mano negra? ¿los alien?
Ahora vuelve a dar igual. Ahora, como diría Extremoduro, qué importa ser poeta o ser basura. Escribas lo que escribas apenas habrá tres o cuatro comentarios con mucha suerte. Apenas habrá un par de cientos de visitas, contando posiblemente las tuyas propias para ver los escasos comentarios o corregir ese error tipográfico que te hace sangrar los ojos.
Sé que algún día blogspot cerrará y se llevará nuestros restos como lágrimas en la lluvia. Sé que algún día contaremos a las generaciones futuras que teníamos blog y pondrán cara de que somos unos carcamales y hablamos un idioma desconocido. Sé que algún día enterraremos definitivamente esto que ya está muerto. Pero NOT TODAY.

P.D. Este es el post 701. ¿Recordáis cuando celebrábamos el número de post?


domingo, 30 de septiembre de 2018

Con pamela y a lo loco


Conato de disgusto hoy que al final ha quedado en nada.
Estaba yo aquí en mi sofá mirando al vacío y decidiendo qué sabor de fideos chinos de sobre me iba a hacer para cenar, cuando me manda un mensaje el Niño y me dice que no le han dado libre el día de la boda de Reichel. Que tiene un disgusto horrible. Le he llamado y le he dicho que insistiera un poco a su jefe, que es muy majo. Me ha dicho que lo intentaría pero que no pintaba bien. Y que lo sentía y que no me enfadara con él. Como si pudiera enfadarme por algo que no tiene culpa, el pobre.
Me he ido a la ducha dándole vueltas a la cabeza. Bueno, otra boda a la que voy sola. Me aliaré con Flumi. Él es mi compañero de aventuras suicidas. En lugar de dos noches de hotel, cambiaré la reserva para una, la de la noche de antes. Porque la boda es de mañana y para estar allí on time tendría que levantarme a las 7, vestirme, emperifollarme, plantarme el pameloncio y conducir de esa guisa durante una hora cagándome en todos los muertos del universo. Así que no, hotel la noche de antes y después de la boda, me vuelvo, aún emperifollada y con la pamela de copiloto. Odiando la boda, a Reichel y el ir sola a un evento de esa clase.
Cuando he salido del baño estaba triste. Llevar de nuevo pijama de pantalón largo me deprime un poco. Que sea de noche a las nueve me deprime mucho. Ir sola a una boda me deprime cantidad. Así que en vez de fideos chinos de sobre me he hecho sopa de sobre. Siempre me hago sopa de sobre cuando estoy triste.
Entonces el Niño me ha mandado un audio de dos segundos. “Que sí tengo el sábado libre”. Lo he escuchado cinco veces por si había entendido mal. Pero no. Sí que viene. Menos mal. No me apetecía nada ir sin él. Que sí, que son mis amigos, que Flumi es un buen compañero de farras y blablá, pero los ojos negros del Niño me calman en mitad de las tempestades. Él tiene el don de rebajar mis ánimos suicidas y matadores. Y eso viene muy bien en una boda en que tengo que llevar pamelón.

Que esa es una historia que me quita mucho el sueño. Parece una chorrada, pero no lo es. Los estilismos bodiles siempre me estresan. Excepto mi vestido del buen rollo, el resto me pone nerviosa. Es llevar ropa incómoda y rara, con la que me siento disfrazada. Es llevar maquillaje potingoso en la cara, cosa que odio porque cada vez que me toco pienso que estaré a ronchas. Es todo un coñazo. Y para colmo, en el protocolo del bodorrio se especifica que hay que llevar tocado o sombrero. No me gustan los sobreros. En verano los llevo para evitar el sol, pero no me gustan. Los tocados pequeños me parecen ridículos para mí, así que la idea está descartada. Pensé en pasarme el protocolo por el forro de los huevos, pero luego le di otra vuelta. Al final decidí comprarme una pamela tamaño plaza de toros. Ya que tengo que llevar algo, que sea a lo grande. Soy así de extremista. O nada, o a lo bestia. La única pregunta que queda es cuánto tiempo aguantaré con eso puesto antes de quitármelo y mandarlo a tomar por culo.

En fin, menos mal que es la última boda del año porque empiezo a estar mu jarta.

martes, 25 de septiembre de 2018

Milagro bajo tierra, hallelujah.


Fue el lunes. A veces suceden milagros aunque sea los lunes. Hallelujah.

Yo tengo una especie de norma con las propinas. Si es en un restaurante o bar, depende de cómo me hayan tratado y de gestos tontos como si el camarero ha sonreído, si ha sido comprensivo con mi alergia o si la lata de refresco estaba fría o del tiempo. Si es alguien que pide en la calle o en el metro, siempre les doy si tienen animales y parecen bien cuidados. Y a los que entran en los vagones, si van cantando, tocando instrumentos o haciendo algo mínimamente artístico o entretenido, les doy algo. Lo que puedo, tampoco gano una fortuna y tengo una casa y dos gatos que mantener. Pero una monedilla, les cae. Si sólo piden, no suelo dar nada. Sé que es una norma un poco tonta, pero tengo mis razones y a mí me valen.

El caso es que el lunes iba en el metro volviendo a casa mucho más pronto de lo normal. Había salido antes del trabajo para ir a la operación de cataratas de la yaya. Iba sumida en mis pensamientos de lunes: llegar a fin de mes, cosas que necesito para la boda de Reichel, los médicos de la yaya, los de mi madre, los de mi otra abuela, la abuela del Niño que está muy malita, la lista de la compra, la factura del teléfono que tengo que reclamar, las llamadas pendientes, lo de mi tarjeta sanitaria. La virgen santa, la de problemas que tenemos los adultos.
Y entonces, la magia, el milagro de lunes. Hallelujah.
Entró un chaval en el vagón y se puso a mi lado, junto a la puerta. Llevaba un ampli pequeñito y una flauta travesera. Era un chico joven, alto, muy bien vestido y bastante guapo, con rasgos como sirios (quizás era pakistaní, iraní, o algo así). Puso el ampli con una base musical de fondo y empezó a tocar la flauta travesera.
En el metro había el ambiente normal. Todo el mundo mirando el móvil (yo la primera), caras de sueño, gente cabeceando, unos cuantos jovenzuelos montados en Ciudad Universitaria hablando a voces... pero empezó a hacerse el silencio. Aquella flauta nos estaba hipnotizando como a ratas en Hamelín. Y entonces, apartó la flauta y empezó a cantar.


Silencio sepulcral en el tren. Silencio absoluto, todos los ojos levantados de los móviles y fijos en el chaval, que lo inundaba todo con una voz prodigiosa. Impresionante. Emocionante. Instante de creer en la humanidad, en el arte, en los dones divinos. Milagro bajo tierra. Hallelujah.
Cuando el chico terminó de cantar, dos paradas después, rompimos en aplausos. No pudimos evitarlo. Todos nos vaciábamos los bolsillos para darle monedas. Le dábamos las gracias y le deseábamos suerte, le decíamos que había sido precioso, impresionante. El chico nos daba las gracias creo que sin entenderlo todo y nos sonreía, con una sonrisa sincera y luminosa.
Se bajó del metro, supongo que para ir a deleitar a otros viajeros. Aún duró unos minutos el silencio y la emoción flotando en el ambiente. Yo me quedé pensando. Le tenía que haber pedido su teléfono para llamarle en alguna ocasión para darle trabajo. Para la actuación de mi madre de Navidad, para una boda, para... lo que fuera. Pero él se había ido, con su flauta, su voz y su pequeño ampli.
Pensé también qué le habría traído hasta aquí. Me puede la deformación profesional. Qué habría sacado a ese chico con ese evidente talento y formación musical de su país. Quizás la guerra, la pobreza, la persecución. Quizás sólo el sueño de Europa. Vete a saber.
En cualquier caso, gracias. Gracias, chico del metro por unos minutos de magia. Por emocionarnos y ponernos la piel de gallina un lunes. Por hacer que levantemos las narices de nuestras pantallas. Por ese momento de humanidad en mitad de este caos de ciudad. Por esa sonrisa. Por esa maravilla de voz. Por haberme sacado un rato de mis pensamientos aburridos de lunes. Por haber hecho un milagro bajo tierra. Mil veces gracias. Hallelujah, amigo.

Y por si alguien aún se lo pregunta, esto es lo que cantaba. Sé de sobra que la versión original es de Leonard Cohen, pero qué diablos, la vena rockera me puede un poco. Y ver a Jon Bon Jovi medio descamisado también. Que si no, quedo de moñas. 




sábado, 22 de septiembre de 2018

Pinceladas


Casi todas las mañanas me despierto con alguna canción mega absurda en la cabeza. Hoy ha tocado el tractor amarillo. Jesús bendito. Las seis de la mañana, el sol sin salir, las calles sin poner y yo “hay que comprar un tractoooor, ya lo decía mi padreeee, que es la forma más barataaaa de teneeeer descaaaapotableeeee”. La muerte en vida. Hasta he echado de menos al Puma y la numeración, quién me lo iba a decir.
El miércoles me hice otro agujero en la oreja. En el cartílago. Llevaba años queriendo, pero por unas cosas u otras lo había ido dejando. El verano pasado estaba convencida, pero llevaba cascos en el trabajo y la sensatez me hizo postergar la idea. Ahora ya me he cansado de esperar y el miércoles me dije que era buen momento para taladrarse. Por qué no. A los 35. Con dos cojones. Toda la vida acomplejada por mis orejas y ahora me las lleno de cosas brillantitas que llaman la atención. La madurez y esas cosas, supongo.
El Niño está teniendo una semana un poco larga, un poco coñazo, un poco... de esas semanas que se hacen cuesta arriba. El martes le desalojaron del metro y como no habla metrero y no entendió lo que dijeron por los altavoces, aún tenemos la duda de qué habría pasado. Salió a la calle para coger el autobús y le atropelló una bicicleta. Cuando me lo dijo me preocupé bastante, pero al día siguiente me morí de risa contándoselo a mis compañeras del curro. Lo sé, soy una novia estupenda.
Maya ha aprendido a decir mamá y a explicarme por señas que quiere comer. Sé que casi todos los gatos dicen mamá. Es simplemente un maullido un poco amorfo de esos que sueltan a veces. Maomaaooouuu. Sólo que esta puñetera sabe que me hace gracia y ha decidido decirlo cuando quiere llamarme. Lo de la comida es otra cosa. A veces, cuando están puñeteros con lo de comer por el calor o lo que sea, les llevo un puñadito de croquetillas de gato en la mano en plan cuenquito y se las doy. A los dos le encanta esa chuminada mimosa. La canija ha aprendido a venir a la cama, sacarme la mano de debajo de la almohada y meter el hociquillo en mi palma y simular que come, como diciendo que es eso lo que quiere. De verdad que no habla porque no tiene cuerdas vocales apropiadas más que para decir mamá en tono gatuno. Así que, aunque me levanto a las seis, cuando viene a las cinco (o antes, la maldita) y me dice maomaooouuuu y me “come” de la mano vacía para hacerme saber lo que quiere, me muero de ternura, risa y ganas de matar y morir porque el madrugón no me lo quita nadie.
Ron está feliz. Le encanta el final del verano y el otoño. Cuando los días aún son largos y cálidos pero las noches son fresquitas y puede pegar su gordo trasero al mío para dormir. Se pasa las noches jugando con la niña. Corren por el salón, turrú-turrú, escaleras arriba y escaleras abajo. Se pone panza arriba para que la peque le cace y se suba encima. Se mordisquean y se revuelcan. Me quedo embobada mirándoles. Qué suerte la mía.

Y aquí sigo, con mi propuesta de escribir un poco más y contar cosas, por pequeñas, absurdas e incongruentes que sean. Porque la blogosfera ha muerto (asumámoslo de una vez) pero yo quiero escribir. Para leerme a mí misma dentro de un tiempo. O para algo, no sé el qué. Pero quiero. Y cuando yo quiero, pues pocas cosas me frenan.