domingo, 26 de abril de 2015

Cosas de blogueras, de cumples y premios

Supongo que a nadie nos gustan mucho los domingos, pero este está siendo un poco meh. Ha llovido casi todo el día y eso me deja chof.
Lo guay es que ha sido el cumple de La Rizos. Y aunque llegue tarde, le quiero mandar un beso grandote. Ha escrito un post sobre su cumpleaños y no puedo sentirme más identificada. Porque yo le echo la culpa al gafe, pero admito que casi cada año espero que alguien haga algo, que alguien mueva el culo, que alguien me prepare algo especial. Y siempre me quedo con las ganas. Además, luego me sorprenden los que están más lejos. Este año por ejemplo, quienes más hicieron por mí fueron Pimiento y Tomate, que vinieron desde Granada y me trajeron regalitos (aunque uno de ellos era para torturarme, ejeeem). Pero el caso es que de mis amigos de aquí no sólo no vino nadie a verme, si no que se les había olvidado hasta que se lo dijo el Ross. Les quiero, pero mira que son capullos, coño, que si no organiza las cosas Rachel o como mucho yo, nadie mueve un dedo. En fin, lo que sea. Que entiendo bien a la Rizos. Y que aunque hace poco que la leo, me parece una tía estupenda y ha recogido un gatito negro precioso y sinvergüenza de la calle. Así que se merecería una fiesta estupenda, loca y llena de amigos que le tiraran confeti. Pero bueno, quizás al año que viene. Eso es lo que me digo a mí misma, quizás al año que viene.
Por otro lado, Eva de Opiniones Incorrectas me pasa un premio que juraría que me han dado ya varias veces, pero bueno, como las preguntas cambian, pues estupendo. Sólo que ya sabéis que ni lo paso ni hago movidas raras. Espero que os gusten las respuestas, son bien cortitas y concisas.


1.- ¿A quién te gustaría leer en Entrevistas Incorrectas?
A Miki, el futuro marido de la entrevistadora.

2.- ¿Te huelen los pies?
No especialmente. Tengo un olor corporal muy leve en general y es raro que mis zapatillas apesten. También es que tengo cierta tendencia a lavarme a diario y tal.

3.- ¿Has ido alguna vez de camping? ¿Qué tal lo pasaste?
Sí, dos veces. Una en El Escorial en el 2001. La otra en Suances en el 2004. Y las dos veces lo pasé muy bien aunque tiene sus pequeñas incomodidades. Y detalles como que en El Escorial dormimos cuatro en una tienda para tres (como mucho) que previamente sufrió una inundación de coca-cola. Y la vez de Suances tuve que dormir con el Ross que mide casi 1,90, pesa 100 kilos y ronca como una horda de ñus furiosos en una tienda diminuta y cutre que nos costó 7 euros en el carreflur. Aventurillas de juventud. Sin embargo, tengo un recuerdo fantástico de las dos veces.

4.- ¿Qué pudo haber visto la mujer de Rajoy en él?
Ni lo sé, ni me interesa lo más mínimo.

5.- ¿Por qué Pablo Iglesias siempre lleva la coleta mal peinada y con "huevos"?
Porque le da la gana y bien que hace. Es su estilo y lo defiende y lo mantiene a pesar de que le hayan recomendado lo contrario. Por eso respeto su coleta a muerte.

6.- ¿Te gusta el humor negro? Si es así, cuéntame un chiste.
No me molesta ni me ofende, a veces incluso me hace gracia, pero no es mi estilo de humor. Yo soy más del humor absurdo total y absoluto. Por ejemplo siempre me río hasta los lagrimones con el vídeo de la chorrimanguera.

7.- ¿Camilla o Lady Di?
Pues Lady Di dentro de lo poco que me importa el asunto y lo mal que me caen en general las clases altas y la monarquía inglesa en particular.

8.- ¿Te acuerdas de Sonia Martínez?
No, ¿Por qué? ¿Debería? ¿La conozco? ¿Nos han presentado?

9.- ¿Le has pegado a alguien alguna vez?
Sí, claro. Y me han zurrado la badana a base de bien también. De pequeña me metí en alguna pelea, como todos los niños, supongo. Además sólo tenía amigos chicos, así que era bastante inevitable. De mayor ya sólo me he visto metida en un par de broncas feas y alguna que otra bofetada suelta ha caído por ahí.

10.- ¿Cuál es tu plato favorito con champiñones?
Cualquiera que no lleve champiñones. Odio el sabor de las setas.


miércoles, 22 de abril de 2015

la tarjeta de absurdipuntos

Considero que ser un desastre humano está infravalorado. Porque no es fácil estar metiendo la pata todo el tiempo. Creo que a las personas torpes con tendencia a las situaciones ridículas deberían concedernos una tarjeta de puntos, como las de los supermercados y cuando acumulásemos suficientes, regalarnos algo. Una tostadora con un sistema especial para que si se nos cae dentro de la bañera no nos electrocute o algo así. En fin.
Yo por ejemplo llevo unos días acumulando puntos como para que me den el apartamento en multipropiedad en una urbanización a medio construir por culpa de la crisis cerca de Cullera.
La otra noche mi lavadora se poseyó por todos los demonios del averno y empezó a hacer unos ruidos infernales. Se supone que estaba centrifugando, pero no. Toda mi casa temblaba, la lavadora saltaba y se golpeaba contra las paredes como si estuviera aclarando a la niña del exorcista con agua bendita. Ron y yo mirábamos atónitos el espectáculo esperando a ver qué salía de allí, pero tras un rato nos cansamos y me fui a hacer un bizcocho. Bueno, pues mi batidora empezó a oler a cable quemado y me dio un calambre. De verdad que no entiendo qué pasa, todos mis electrodomésticos me odian. Y claro, con la mano medio dormida por el chutazo de electricidad, me tembló el pulso y eché una cucharada de aceite encima del móvil en vez de en el molde del bollo.
De ahí me fui a tender lo que fuera que hubiera salido de las tripas del infierno en el que se había convertido la lavadora. Curiosamente, sólo era mi ropa de color. Yo esperaba vómitos verdes o niñas que andan al revés o algo así, pero no. Sólo ropa.
Me puse a colgar cosas y entre mi torpeza habitual y la mano medio agilipollada de la descarga de la batidora, se me cayó un sujetador al patio. De pura frustración tiré la pinza con la que iba a sujetarlo con una mala leche considerable. Que no tiene ningún sentido hacer eso, pero desde cuándo hago yo cosas con el más mínimo sentido.
Y entonces, en vez de oír el “plonc” de la pinza impactando contra el suelo oigo un quejido. Me quedé un poco extrañada. ¿Desde cuándo las pinzas se quejan? ¿Tanto daño se había hecho? Me asomé entre asustada y preocupada por la pobre pinza. Y ¡bingo! El vecino del segundo al que le caigo fatal quitándose mi sujetador de la cabeza y con la pinza en la mano mirando hacia arriba. Así que hice lo que cualquier persona normal y madura haría en mi caso: esconderme. Lo cual es ridículo porque ya me había visto, pero fue un impulso. De pronto, según estaba en cuclillas en mi terraza, al lado de la lavadora del infierno y rodeada de mi ropa mojada me dije, “Naar, no eres de las que huyen, eres de las que afrontan los problemas. Además, ya no puedes hacer nada para empeorar la situación.” Así que volví a asomarme y al ver el ceño fruncido del vecino sólo se me pudo ocurrir decir una de esas frases memorables que te sacan de cualquier apuro con elegancia y clase.

  • Joder, perdona, se me ha ido la pinza.

Y entonces me dí cuenta del juego de palabras y me eché a reír. A carcajada limpia. Cual psicópata absoluta. Si algún día mato a alguien y vienen los periodistas a mi portal mis vecinos no podrán decir que yo parecía normal y que saludaba siempre. Ni saludo, ni parezco normal ni nada de nada.
El vecino, por su parte, no tiene ningún sentido del humor, así que me dijo que me dejaría el sujetador en el portal para que lo recogiera luego mientras yo, presa de un ataque de risa nerviosa apenas fui capaz de contestar.
Y qué queréis que os diga. Con frecuencia pienso eso de que tengo que hacer algo con mi vida, pero para como me salen las cosas más sencillas últimamente, mejor me quedo quietecita y sigo acumulando puntos en mi tarjeta de desastre personal con mis tareas cotidianas.

Al menos, el bizcocho estaba buenísimo.

martes, 21 de abril de 2015

El pequeño protagonista del post 500

Aunque parezca mentira, este es el post 500. Que vaya si escribo chorradas, madre mía. Y le estuve dando vueltas a qué podía hacer de especial en este número tan redondo. Luego caí en que una de las cosas más especiales de los últimos meses es un chico rubio de ojos azules que ha llegado a mi vida. Guapo, guapísimo. Y sonriente. Alegre y con el mundo en sus manos.
Os hablé de él hace un tiempo, cuando aún no podía verle, pero ya le conocía. Y luego vino, se asomó al mundo un poco antes de tiempo. Nos dio un susto, pero le entiendo. Estaba loco por conocer a su mamá, por ver lo guapa que es y lo mucho que hace el gamberro. Estaba deseando salir y poder reírse, desafiando las crisis mundiales y haciéndonos creer que aún hay una oportunidad de que la vida siga, de que el futuro sea hermoso y de que el mundo gire en el sentido correcto.
Por eso, aunque las palabras se me queden muy pequeñas, el post número 500 va por Leo y por su mamá. Porque me hacen creer que hay cosas que merecen la pena. Y porque les quiero tanto que ningún escrito les haría justicia.
Felices 5 primeros meses de vida que cumples hoy, pequeño. Ojalá durante toda la vida que tienes por delante conserves esa facilidad para sonreír con la que llegaste al mundo.


P.D. Tengo permiso expreso de Anita para poner la foto y hablar de él, no lo haría jamás bajo otra circunstancia.




jueves, 16 de abril de 2015

Las bicicletas son para quien las quiera

Hace un millón de años os conté que me dio por pensar que era buena idea coger la bicicleta de mi padre para tratar de llevar una vida sana y tal. No sé a quién pretendía engañar, la verdad. De hecho, cogí la bicicleta del trastero de mis padres, peleé con ella, comprobé lo sumamente incómoda y pesada que era y la abandoné en el cuarto de contadores de mi edificio. Y ahí está, sepultada por las miles de cosas de los vecinos ruidosos del segundo amontonan ahí sin orden ni concierto.
Un montón de veces he pensado que tengo que hacer algo con ella, pero luego me surgen mil problemas más urgentes y relego la vieja bicicleta al fondo de mi mente y la cubren un montón de pensamientos. O sea, igual que en el cuartucho donde está, pero en mi cabeza. Parece ser su triste destino.
Más de una vez se la he ofrecido al Niño Chico, pero cada vez que se asomaba al trastero y veía todos los juguetes de los niños y las porquerías que ha metido ahí la vecina, le daban los males y desistía. Y eso que a él si le gusta de verdad montar en bici. Incluso hace poco me dijo que había ahorrado algo de dinero y quería comprarse una para moverse por Sevilla. Que las cosas como son, es una ciudad mucho más apropiada para ello que Madrid. Hay carriles bici bien hechos, no hay tanto tráfico, las distancias no son tan grandes, el clima es estupendo y el terreno es totalmente llano.
Y mientras él miraba bicicletas, yo pensé que igual podíamos matar dos pájaros de un tiro: él se llevaba la de mi padre, me quitaba el trasto del medio y de paso se ahorraba un dinerillo. Se lo propuse y en Semana Santa, ya que yo estaba mala y hecha un trapo en el sofá, decidió sacarla del agujero y darse una vuelta. Además, así podría ir a por el pan al sitio que le gusta y que pilla a tomarpor. Le advertí que la bici de mi padre pesa como un muerto y que es más que incómoda, pero me respondió muy ufano que yo qué sabría y que él estaba acostumbrado a las del servicio público de Sevilla que esas sí que son un horror y que yo era una quejica y que tal y cual. Pues vale, le di las llaves del trastero, las de la cadena y me desentendí del asunto. Bastante tenía con mi fiebre y mis mocos.
La siguiente escena no la vi porque me quedé en el sofá con mi manta y rodeada por mis pañuelos usados pero dado el lamentable estado en el que el Niño Chico volvió a casa, me puedo imaginar el resto. El pobre peleó para quitar todos los trastos de los vecinos y ponerlos en su lado del cuarto. Peleó para sacar la bici. Peleó para inflar las ruedas. Peleó para sacarla al portal y peleó para dar una vuelta a la manzana. Y hecho eso, volvió a casa, sudando, despeinado, cansado y con una mala leche de espanto.
Se puso a buscar en internet hasta que dio con esta página de bicicletas y me dijo que la antigualla de mi padre lo mejor que podemos hacer es vendérsela al peso a los gitanos, pero que él se negaba a tener que montar eso y desde luego a cargar con ella por las escaleras de su casa. Que ya pagaba el gimnasio y que se negaba a subir y bajar con esa tonelada de chatarra cada día. Y que era mucho más rentable y más sano comprar una nueva.

Total, que no he conseguido deshacerme del trasto. Me temo que se va a quedar donde está hasta que las ranas críen pelo.

martes, 14 de abril de 2015

gordibuenas, flaquimemas y gilipolleces varias.

Llevo tiempo queriendo escribir sobre este tema, pero me da pereza bárbara porque está ya muy sobado. Pero bueno, al parecer la idiotez no pasa de moda.

Hace unos meses ya tuve una discusión por twitter con una tía a raíz de esta foto. Que a ver, el mensaje final de “todos semos bellos cual camellos” me parece muy bien, pero el resto no. Que la chica que es delgada al parecer tiene la vida facilísima, divertidísima y es tontísima porque no sabe lo que es una talla grande y cree que son osea, así como las obesas y tal. Oseatelojuro. Y esto es igual de absurdo y de injusto que ridiculizar a la gorda. A parte de que la culpa, en caso de que la haya, no es de la chica delgada, si no de las marcas de ropa, que comercializan cosas estúpidas. Y ahí soy la primera que lo piensa. Hace poco me compré unos pantalones y los tuve que cambiar porque no me entraban por los tobillos. Inexplicablemente el diseñador debía pensar que las mujeres tenemos los pies de la barbie porque era humanamente imposible meter una pierna por ahí. Y es verdad que hay tiendas donde lo más grande es la 38 y sin embargo sí comercializan talla 32, que ninguna mujer adulta y sana puede entrar ahí. Y me parece fatal, fatal, fatal. Y cualquiera con dos dedos de frente se lo parecerá también. Pero no es culpa de las que estamos delgadas. Que también tenemos problemas para encontrar ropa que nos siente bien por el mero hecho de que se diseña con el ojete. Y que debería haber al menos hasta la 42 o 44 en tiendas normales y de chicas jóvenes, pues claro. Pero busquemos a los verdaderos culpables de eso en lugar de demonizar a la chica flaca que va a comprar y que también tendrá sus complejos. Digo yo, vamos.

Y la gente me podrá decir, “oye, que tú estás en el lado privilegiado, que eres delgada, de qué te quejas”. Porque esa es otra. Parece que si estás delgada no tienes más problemas en la vida. No tienes derecho a acomplejarte. No puedes quejarte de que no te gustan tus muslos. Y desde luego, todo el mundo tiene bula para decirte lo que le salga de las narices. Porque como estás delgada no te vas a ofender si te dicen que parece que estás enferma, que tienes unos brazos ridículos o que te faltan tres cocidos. Eso sí, cuídate mucho de decir algo remotamente parecido a una chica gorda. Que el universo se te echa encima porque claro, no tienes en cuenta sus sentimientos y sus complejos y blablablá. Porque las delgadas no nos ofendemos, obviamente. Que no seré yo quién diga que hay que meterse con nadie, ojo. Que el asunto es mirarse cada uno en el espejo y estar en sus cosas y dejar a los demás que hagan lo que les de la gana con su vida y con su cuerpo. Y no estar todo el puñetero día pensando si hay una lorza de más o de menos, que es algo que no importa nada. Porque lo he dicho más de una vez, pero estoy hasta las narices de darle tanta importancia a las tallas, a que la gente siempre parezca en la obligación de decirte si estás más delgada o más gorda que la vez anterior que os visteis. Son temas que me cansan mucho y que creo que por muy cuerda y sensata que seas, terminan afectándote.
Y es que todo el mundo parte de la base de que si estás delgada es que te matas de hambre, que pasas el día en el gimnasio o trotando por ahí cual potra desbocada y que eres una obsesa de la imagen. Que por la misma regla de tres se podría pensar que una gorda es así porque es una zampabollos, ¿no? Pues no, Dios nos libre. El sobrepeso se debe a las hormonas, el tiroides, la genética, la ansiedad y mil cosas más. Razones que aparentemente no sirven en el caso contrario. Y coño, ya basta. A ver si dejamos la ley del embudo y lo utilizamos para meternos nuestras opiniones por el culo. Que estar gorda o delgada no es nada crucial y casi siempre puedes terminar tocando un punto sensible. Que igual es mejor decir a alguien “oye qué guapa” o “qué bien te queda esto” o “qué guay lo que te has hecho en el pelo”. Que un poco de positivismo y de dar ánimo sin entrar en temas escabrosos le hace bien a todo el mundo.

En fin, perdonadme esta chapa, pero es que estoy un poco cansada del asunto. Ahora diré que no hay mayor defensora de los kilos de más que yo. Todos mis ex han sido gorditos. El Ross no ha pesado nunca menos de 95 kilos y yo le veo estupendo incluso cuando pasa de los 110. Me gustan las lorcillas, es lo que hay. Lo que pasa es que yo soy poca cosa. Porque mis padres son delgados. Y mis abuelos. Y posiblemente en generaciones anteriores. ¿Qué le voy a hacer? Yo no engordo, no he pesado 50 kilos en mi vida. Y como bien, de todo y sin mirar calorías ni grasas ni esas cosas, no lo he hecho jamás. Soy muy golosa, me pongo de azúcar hasta las trancas, hago bollos, galletas y natillas casi todas las semanas. Paso de la verdura y las movidas integrales. Soy una chica normal, que come de todo y que lo más parecido a deporte que hago es pilates dos horas a la semana. Pero no engordo, es lo que hay. Y estoy cansada de tener que pedir perdón por ello. Estoy harta de escuchar comentarios ofensivos, de que se dé por hecho que me mato de hambre, o que soy una obsesa de la imagen. Tengo una talla 34. Y es tan honorable como tener una 44.
Sobra decir lo que de que lo importante es estar sano porque es tan evidente que me cansa decir obviedades, pero yo prefiero mil veces un chico gordito que uno delgado por pura preferencia personal, pero tiene que haber gustos para todo. Porque en la variedad está la bonito de la vida.
Lo que me cabrea es que se ponga de moda decir que las gorditas molan más por quedar bien y soltar frasecitas hechas sobre las curvas y las mujeres de verdad y la belleza real y las gordibuenas y toda clase de chorradas. Porque mujeres reales somos todas. Y la belleza no existe, es algo de lo más subjetivo. Y ya cansa el asunto.
Además seamos honestos, hay gente que está bien hecha y gente que no. Hay tías que tienen un cuerpo precioso con una talla 44 y tías horrendas con una 36. Es cuestión de proporciones. Y si realmente se potenciara la “belleza real” cuando sacaran modelos de talla grande, no se las pasaría por photoshop para quitar los pliegues, la celulitis y para poner brillos aquí y quitar los de allá. Pero claro, queda mejor poner la frase en cuestión con una foto retocada que decir la verdad que es que todos tenemos defectos, que si estás muy delgada es difícil tener un buen culo y que si estás gorda es imposible tener una tripa plana. Es mejor decir que vivan las gordibuenas mientras te venden pastillas quemagrasas y gastadineros que aceptar que la vida es como es y que no pasa nada por tener celulitis o las tetas caídas porque la persona real es lo que está dentro de ese cuerpo y no por fuera. Pero claro, eso no interesa al consumo.

Y mira, suficiente por hoy, que me termino quemando. Me voy a comer la media bolsa de conguitos que me queda para celebrarlo, coño ya. Y os recomiendo hacer lo mismo. Peséis lo que peséis. Cojona.
 

viernes, 10 de abril de 2015

El mangui y las familias políticas

La otra tarde tuve que sacar mis mocos a paseo. La verdad es que hacía bueno y como iba sola podía caminar con mi paso de tortuga anciana. Reconozco que los 32 me han sentado fatal con la gripe, los virus y su puta madre, ver si poco a poco el buen tiempo me rejuvenece o llego a los 33 hecha un churro.
El caso es que me metí callejeando por una de esas zonas de mi barrio que se suelen denominar “humildes”. O sea, cutre. O sea, tirando a barriobajera y punto. En una de las calles estrechas había un abuelo hablando con el nieto desde la ventana. Por suerte era una entreplanta y no quedaba tan raro como si le voceara desde un quinto. El nieto, en la calle, era un chaval de unos 18 o 20 años, con unos vaqueros anchos, una camiseta en plan nigga, barbita y el pelo un poco largo, pero no tenía mala pinta ni de lejos. El abuelo, con todo el cachondeito del mundo le estaba diciendo:

  • Si es que pareces un mangui con esas pintas.
  • ¿Mangui? ¿qué es eso? Abuelo, eso no se dice desde el siglo pasado.
  • Bah, lo que tú quieras, pero tengo razón. Que llevas una camiseta como los raperos esos. Y barbas de talibán y pelos largos de hippie. Me dirás tú a mí que con esas pintas podrías conocer a los padres de tu novia.
  • ¡¡Pero si no tengo novia!!
  • Ni la vas a encontrar con esas pintas, pasmao.

Tuve que acelerar el paso dentro de mis escasas posibilidades para no soltar una carcajada allí delante.
Luego pensé qué es lo que realmente nos lleva a caer bien o mal a los suegros así a primera vista. Porque está claro que si la pareja se lleva mal, los padres a veces se ponen en contra simplemente porque no ven a su hijo feliz. Pero dentro de relaciones digamos “normales”, ¿qué es eso que hace que la suegra tuerza el morro cada vez que te ve? Yo en general no he tenido problemas con las familias políticas. Excepto con la madre del desequilibrado, pero porque era una mujer sin educación ninguna y a mí el rollo de confundir sinceridad con impertinencia me termina tocando el moño más de la cuenta. Sin embargo, por ejemplo con la madre del Ross me unía un cariño y una complicidad mutua. Y la sigo queriendo y respetando porque es una señora fantástica que siempre me ha tratado genial. Y porque hace los mejores brownies, coño, que todo hay que decirlo.
Que hablando del Ross, al día siguiente fuimos a casa de mis padres a llevar la cama plegable en la que duerme Tomate cuando vienen a Madrid. Por el camino vimos a mi padre, que nos saludó con cierta desgana y siguió su camino. Mi padre en modo sieso on. Y conste que mi padre no tiene nada en contra del Ross. No lo tenía cuando éramos novios y no lo tiene ahora. Sólo es que no se entienden, ni se han entendido nunca. Son muy diferentes tirando a incompatibles, es sólo una cuestión de afinidad. Pero el Ross arrugó la nariz.

  • No le caigo bien a tu padre. Nunca le he caído bien.
  • ¿Y qué?
  • Igual si me gustara el fútbol le caería mejor.
  • No, no tiene que ver con el fútbol.
  • Entonces ¿por qué es?
  • Yo qué sé Ross, tendrás pintas de mangui.



lunes, 6 de abril de 2015

el maldito gafe

Sabéis que soy una persona generalmente positiva y sobre todo, que se aleja del drama lo máximo posible. Me mosquea la gente que vive en constante culebrón venezolano, que sólo le pasan desgracias y que todo en su ridículo mundo es terrible, importante y gravísimo, digno de ser tratado con seriedad asnal.
Y digo esto porque si yo, la reina del pragmatismo y la racionalidad la hora de resolver problemas digo que algo es gafe, no os atreváis a contradecirme. Porque lo es. Como mi cumpleaños. Mi cumpleaños es gafe. De hecho, toda la semana de mi cumpleaños lo es. Yo cada vez que se acerca el 1 de abril tiemblo, os lo juro. Porque siempre pasan cosas raras, se me tuerce todo o se estropea algo. Así que ando acojonada desde finales de marzo hasta el 10 de abril, que milagrosamente desaparecen todos los nubarrones porque el 11 es el cumpleaños del yayo y ese día tiene todo su buen rollo.
Yo este año me mentalicé mogollón. Mi cumpleaños caía en Domingo de Resurrección, así que guay, pasaría la Semana Santa con el Niño y ese día comería con mi familia. Regalitos, jiji, jaja y hala, al día siguiente lunes nuevo y vida que sigue como si tal cosa. También acepté la idea de que siendo festivo nadie se acordaría de felicitarme para que así no me importara demasiado el sentirme ignorada. Así que como el fin de semana anterior vinieron Pimiento y Tomate y lo pasé genial, firmé una especie de tregua conmigo misma y estaba tan contenta.
Craso error el mío. Al gafe le gusta atacar cuando estoy desprevenida.
El miércoles me empecé a encontrar mal, fui a peor por momentos y por la noche ya caí en la cama como un fardo. Al día siguiente apenas me pude levantar y pasé el resto de la semana con fiebre, dolores, mocos, congestión, dolor de cabeza y lo que viene siendo un gripazo de los que hacen afición. Hacía años que no me ponía así. O sea, yo me acatarro más o menos fuerte, varias veces cada invierno pero puedo seguir con la vida relativamente normal. Esta vez no. Apenas era capaz de ponerme en pie para hacer la comida. El dolor de todo era horrible. El cuerpo me pesaba mil toneladas. Respirar era misión imposible.
A todo esto, esa misma semana tuve la regla con sus cólicos, sus calambres, sus hemorragias descontroladas y todas esas cosas guays.
Total, que decir que mi estado ha sido lamentable sería quedarse corto. Por supuesto, no pude celebrar mi cumpleaños, comer con la familia ni nada. Por supuesto, siendo festivo se acordaron de mí cuatro gatos (gatos importantes, eso sí) y me siento un tanto dolida y decepcionada con algunas personas por cosas que no viene a cuento explicar ahora. Y por supuesto, cada vez estoy más convencida de que es una puta fecha gafe.
Lo bueno es que ya ha pasado. Y aunque me sienta aún como un trapo y tenga la sensación de que la vida no es otra cosa que una especie de terremoto que te lo tira a todo a todo a tomar por culo cuando has conseguido medio recomponerlo, al menos ya está pasando.

Y además, en el calendario de sobremesa que tengo este año cada mes tiene el dibujo de un animal mitológico y abril es el Ave Fénix. Por algo será.