miércoles, 17 de mayo de 2017

Pfffffff... qué pereza

Hace poco comenté que el mayor de mis pecados era la pereza. Y me he dado cuenta de que lo estoy llevando a un nivel muy elevado. Me dan pereza cosas absurdas. Por ejemplo, me termino una serie y tengo varias por empezar, pero me da pereza. Porque no conozco a los personajes, no sé de qué va la vaina y pffff... qué pereza. Así que vuelvo a ver las de siempre, que me sé los guiones de memoria.
También he descubierto un grado plus de pereza: la gente. La gente me da pereza. Juntarse en grupo con gente que no conozco, pfffff... Juntarse con mis amigos de siempre para hablar de niños, pfffff... Juntarse con gente inteligente para hablar de temas serios, pfffff... Juntarse con gente simple para hablar de idioteces, pfffff...
Empiezo a pesar que el momento de hacerme ermitaña, tener mi propio huerto y vivir sin más compañía que los gatos está acercándose peligrosamente. Tengo que terminar de convencer a Pimiento y Tomate de que la edad del bambo ha llegado YA.

El otro día, por ejemplo. Quedé con una amiga a la que llamaremos... Lua. Sí, eso. Lua ya me da un poco de pereza de por sí. Y no es por nada, de verdad que la quiero mucho. Pero últimamente le ha dado por unos rollos que no van conmigo, así que la pereza me ataca fuerte cuando quiere que quedemos. Pero bueno, repito que la quiero mucho, así que me obligo a mí misma a salir y verla. Y entonces, entre otras múltiples pamplinas que no vienen al caso, Lua me cuenta que se ha dado de alta en toda clase de páginas de esas para buscar “pareja” y que se está hartando a frungir. Y bueno, de entrada no me parece el mejor de los planes. Más que nada porque si me voy a dedicar a follar por follar con desconocidos, casi prefiero hacerlo cobrando, que la cosa está muy mal y tengo dos bocas gatunas que alimentar. Y segundo porque de nuevo, pffffff... la pereza a máximo nivel.
Y diréis, qué le ha pasado a esta mujer, que de repente se nos ha vuelto tan puritana. Nada más lejos. Yo he sido un poco golfa. Y no me arrepiento ni pizca. He pasado mis rachas de “vida alegre”, de amoríos, de dejarme querer, de saber que gustaba, de no pensar en el mañana. Dentro de mí aún late a veces aquel halo de misterio y de erotismo con el que sabía jugar tan bien. Aún sé mirar de reojo y notar cómo me crecen los colmillos. Pero nunca me dediqué a zumbarme a desconocidos sacados de cualquier página de mierda sin poner filtro alguno, sin buscar nada más que el pumba-pumba. Nunca me dediqué al sexo vacío de juego y de complicidad. No, porque no me aporta nada. A mí, ojo. Que por mí cada uno puede hacer lo que le venga en gana. Sólo que yo, repito que para hacerlo de ese modo frío y mecánico, prefiero cobrar una pasta gansa.
En todo caso, lo que me daba la pereza de las perezas eran las cosas que me contaba Lua, el tipo de personajes que hay en esas redes. Que habrá gente maja, gente que quiera buscar algo un poco más especial o un poco más personal o lo que sea. Que supongo que los habrá que busquen pareja de verdad. Y conste que a mí conocer gente por internet me parece genial. Una gran parte de los mejores amigos que tengo ahora los he conocido por el blog. Incluso tuve una relación maravillosa con Niño Chico, al que también conocí por aquí y al que sigo queriendo hasta la médula. Pero el rollito que se trae Lua es más tipo poner foto y pedir rollo al que sea, y si acepta, hala, barra libre de frungimiento.
Y claro, como para el punchimpún da lo mismo uno que otro y no los conoces antes ni un poco, se da el caso de ir a cepillarte a uno y descubrir toda clase de cosas desagradables. Que igual en la foto de perfil parece medio normal y luego lleva tatuada la cara de su hijo en el pecho a tamaño natural. O el escudo de su equipo de fútbol. O aún tiene el nombre de la exmujer (vamos a creernos lo de ex) en letras góticas. Y aún quitando ese tipo de regalitos, porque luego es que yo me pongo muy exquisita, están los tipos con un coche enorme y un pene diminuto. Los que te venden o intentan venderte toda clase de motos que no quieres comprar. Los que te mandan fotos de su rabo a los dos minutos de conversación. Y el típico que se ha creído lo de las 50 sombras de Grey y no llega a ser Torrente. Y a parte del pffff, puaj.
Además, para colmo de mis males y de mi bajada de líbido, me dio por pensar que ni uno de esos era capaz de escribir en condiciones. Le pregunté a Lua y me lo confirmó. Ella, que tampoco es una erudita admite que “patinan bastante”. O sea, gente que no distingue “a ver” de verbo “haber”. Y yo, lo siento mucho, pero soy una talibán de la ortografía. A mí me escribes “ola wapa” y ya se me ha cerrado el chichi como una lapa contra la roca. Es que no puedo, no lo soporto. Hoy en día, con tantas posibilidades a tu alcance, tantos libros, tantas cosas que leer, si no sabes escribir es porque no te da la puta gana. Porque pasas de todo, porque no prestas atención, porque eres de los que crees que eso son chorradas. Y esa gente no me interesa. Esa gente me da más que pereza.

Así que me da por pensar. De momento no creo que nunca más vuelva a buscar pareja (aunque por cierto, buscar, lo que se dice buscar, no la he buscado nunca, pero eso es otro tema). Y no porque me vaya bien en el tema precisamente, pero aún así lo tengo bastante claro. Y cuando veo estas cosas, más aún. Porque ya me da bastante pereza conocer a alguien y tener que pasar las primeras fases, como para encima tener que descartar al 90% de la población bien sea por tatuajes que me traumatizan, bien sea porque creen que ortografía es escribir con el orto. Que igual son manías mías, que me estoy haciendo más rara por momentos, pero madre mía qué pereza. Qué pereza más grande.  

jueves, 11 de mayo de 2017

Mr Hyde hormonado

Todo el mundo tenemos ciertas cualidades que nos hacen ser quien somos. Algunas son muy evidentes, otras más sutiles. Y muchas veces, nosotros mismos desconocemos cuales son las que nos hacen especiales. Yo últimamente, tras pasar por una racha de mierda, he llegado a varias conclusiones sobre mí misma.

He comentado alguna vez que tengo endometriosis y problemas con mis reglas y mis ovarios desde que era una cría de 16 años. Eso me ha llevado a pasar largas rachas con un anillo de hormonas metido en el mismísimo. Y tiene un lado muy positivo. Mis reglas se vuelven regulares, de duración y flujo normal, me encuentro un poco mejor físicamente, no tengo tantos dolores y cólicos. Además, se me ponen unas tetas envidiables y cojo algo de peso, por lo que parezco más saludable y los vaqueros me sientan mejor. Y encima, la ventaja de frungir a prepucio remangado, que diría mi amigo Gordito.
Y diréis, qué bien, qué de ventajas. Pues no. No son suficientes. Porque la cara oculta de todo esto es que dejo de ser quien soy. O, mejor dicho, pierdo todas las cosas buenas que me hacen ser quien soy, pero potencio lo malo, lo oscuro y horrible, convirtiéndome en una versión muy negativa de mí misma. Soy un Mr Hyde hormonado, triste y abatido al que lo único bueno que le queda son su preciosas tetas.

Hace un mes y una semana que me quité el anillo y a pesar de que muchas cosas en mi vida no funcionan como deberían, soy de nuevo una Naar a la que no me cuesta reconocer. No soy un ente que se sume día tras día en una depresión absurda, con una negatividad, un mal rollo y una capacidad autodestructiva que la hace insoportable. Vuelvo a ser yo, con mis días buenos y mis días malos, pero yo. Vuelvo a tener ganas de reírme, de escribir historias, de cantar en el coche.

Ya sabía que las hormonas me afectaban de muy mala manera, sabía que me quitaban la capacidad de reírme porque hace ya un par de años me lo dijo el Niño Chico y él me conoce más que nadie. Y es verdad, yo, que le veo la gracia a todo, me dejo de reír. Dejo de divertirme y de disfrutar. Dejo de reírme. Y lo repito, porque en la mayor parte de mi vida, ha sido lo que me ha salvado del naufragio, ha sido mi arma, mi escudo, mi fuerza, parte de mi identidad. Y lo pierdo. Y qué coño soy yo sin reírme.
Lo malo es que esta vez, que ha sido muy chungo el tema, he perdido más cosas. Había perdido la capacidad de escribir. No sólo de paridas, con humor y tal. No era capaz de juntar tres palabras seguidas. Que quien dijo eso de que en las malas rachas es cuando se escribe mejor y que la tristeza inspira mucho, se equivocaba conmigo. Porque no era capaz de escribir nada, ni alegre, ni triste, ni deprimente. Ni siquiera una nota de suicidio. Para colmo, no aparecían historias en mi cabeza, de esas que no llegan a nada, pero que me entretienen, que a lo mejor dan para un cuento o para un post o lo que sea. No daba ni para contar una anécdota. Y qué coño soy yo sin historias.

Total, que una vez más, como un ave fénix que resurge de sus hormonas, estoy reconstruyéndome de nuevo. Porque no es fácil darte cuenta de que esos demonios viven dentro de ti y que tienes que luchar con ellos. Que vas a estar toda tu vida lidiando entre tu cuerpo y tu cabeza, que tienes que elegir entre sentirte bien físicamente y ser un persona que no te gusta o pasar la mayor parte del tiempo dolorida y ser medianamente feliz. No es fácil aceptar que tienes un lado oscuro, jodido y destructivo y tu única manera de combatirlo es a fuerza de reírte de ti mismo y de todo lo que te rodea.

No es fácil asumir quién eres, pero nadie dijo que lo fuera.  

jueves, 27 de abril de 2017

Querido acosador del tranvía

El otro día nombraba a Coco por un tema más filosófico, hoy lo voy a traer de nuevo a colación porque hay gente que se ha debido perder el significado de “sí” y “no”. Igual es difícil de pillar.

El asunto es que se ha hecho viral una especie de noticia, que vaya periodismo de mierda se hace hoy en día en muchos aspectos por cierto, sobre un tipo que vio una chica en el tranvía en Murcia y ha llenado la ciudad de papelotes buscándola. Así porque sí, porque sus huevos toreros lo valen. Y vamos a desmigar el tema porque me parece lo suficientemente importante. Siento que el post vaya a ser muy largo, la ocasión lo requiere.




Primero, el tío será llamado a partir de ahora Acosador. Porque es lo que es y punto, no admito discusión al respecto.

Segundo, el acosador admite que no es la primera vez que busca una persona de la nada. Esto lo único en lo que lo convierte es en reincidente. Hay quien se ha planteado la posibilidad de que tenga alguna clase de trastorno y yo no lo descarto. En ese caso, necesita tratamiento, pero no es eximido de su culpa. Los problemas mentales son un atenuante, pero no te dejan libre de lo que haces. Es decir, si alguien con una enfermedad psiquiátrica mata a otro alguien, tendrá el correspondiente castigo a pesar de su enfermedad, no va a quedar impune, libre y paseándose por la calle para que lo vuelva a hace. Así que no, no me vale que este chico “es un pobre loco” que no merece ser acusado de lo que es, un acosador peligroso.

Tercero, aquí hay un problema de machismo. Dejando de lado si tiene un trastorno o no, que ahora mismo no es lo importante, hay un machismo subyacente en la sociedad que lleva a los hombres a pensar que ellos pueden elegir a una mujer y ésta debe ser suya porque sí, sin importar ni tener en cuenta lo que ella quiere, lo que ella opina, lo que ella siente. Sin tenerla en cuenta para nada. Ella no pinta nada en esta historia porque él ya la ha elegido. Como el que ve un par de zapatos monos y se los compra. Y NO. No es aceptable bajo ningún concepto. El tío dice que “intercambiaron miradas” eso se traduce porque él la miraba, y cuando te miran, sueles mirar. Y punto. Eso no significa nada. De hecho, es más que posible que él la mirase tanto que ella mirase varias veces en plan qué quiere este tío, por qué no me deja en paz. Todas las mujeres a veces hemos sentido eso. Y no es agradable, no gusta. Porque si te gusta, lo haces saber, sonríes, haces algún gesto, dices hola. Si sólo hay miradas, quizás es porque te está incomodando. Luego el acosador dice que le hizo gestos para que se bajara con él pero ella lo ignoró. ¿Eso no le dice nada? Si te hacen un gesto y no respondes, la comunicación se ha terminado. Que de todos modos, me parece fatal. Si ves una chica o chico que te gusta, lo normal es acercarte y decir algo. De forma educada y no invasiva, puedes probar suerte. Oye, que te he visto y me gustaría conocerte, quieres un café. Algo así. Y si te dicen que no, pues nada, gracias y adiós, lo siento si te he molestado. No lo veo mal. Sin insistir, sin dar la brasa, sin poner a la otra persona en una situación incómoda. Pero hacer gestos es confuso e irritante. Y desde luego, que un tipo te haga señales para que te bajes con él del metro, bus o lo que sea, lo único que te da es susto. Porque no le conoces, no te ha dicho ni hola y qué cojones querrá el puto psicópata. Así que, obviamente, no te bajas. Aún así lo más seguro es que la chica se fuera medio asustada o preocupada a su casa, mirando de vez en cuando a ver si el loco de la pradera la va siguiendo. Cosa que tampoco es descabellada porque pasa todos los días.

Cuarto, aunque ahondando en el tema del machismo merece un punto a parte, aquí hay un problema de educación. A los hombres se les enseña que las mujeres dicen que no cuando quieren decir que sí. Que las mujeres difíciles son las que valen la pena, que hay que luchar por ellas. Que las demostraciones de amor grandilocuentes son románticas y que pueden conseguir a cualquier chica con gestos de película mala. Y a las mujeres se nos enseña que si te gusta un chico no se lo puedes hacer saber, que hay que hacerse un poco la estrecha porque si no, pierden el interés. Que si te acuestas con un chico demasiado pronto, no te va a respetar. Y estas ideas se retroalimentan la una a la otra en un bucle infinito de estupidez. Porque el respeto, queridos y queridas, es otra cosa y no tiene que ver con lo que haces con tu entrepierna. El respeto se gana con tu actitud ante la vida y ante las circunstancias, no por llevar bragas de cuello alto que no te quitas nunca. Y si un chico te gusta, no pasa nada por decirlo, por interesarte por él, por dar un paso. Estoy harta de la idea de que las mujeres nos tenemos que dejar conquistar por caballeros de brillante armadura. Estoy hasta el coño moreno de que si no estás un tiempo prudencial mareando la perdiz para que el tío se esfuerce en conseguirte es que eres fácil, puta, guarra, zorra. Que ya basta, que ya es suficiente.

Quinto, el tío presupone que la chica parece triste y se justifica y pone en la posición de bueno alegando “que él quiere hacerla feliz y que es muy cariñoso”. Mira, puede que la chica fuera con la cara mustia. Porque se encontraba mal porque estaba con la regla, porque había discutido con su madre, porque se había muerto su hámster, porque le salía del culo estar pocha ese día. O porque había un capullo mirándola sin parar desde el otro lado del tren. No es asunto de nadie y tiene todo el derecho a ir con la cara que le dé la gana sin que nadie se sienta en la situación de tener que cambiarlo. Que el acosador se permite el lujo de decir que quería “sacarle del infierno en el que te encontrabas”, basándose en la nada, en lo que a él le gustaría, en lo que cuadraría en su loca historia. Porque el infierno, no es por nada, ya se lo está montando él con toda esta escenita. Y si es verdad que ella está triste, ya se alegrará cuando quiera, donde quiera y con quien quiera. No necesita nadie que vaya a salvarla de sus penas y menos, un desconocido. Porque el muy gilipollas encima se permite el lujo de decir que se ha enamorado de su tristeza. Y no. De la tristeza no te enamoras. La tristeza te produce ternura, compasión o afán de protección, sentimientos muy nobles si son por tu padre o por tu hermanita pequeña. Pero no por una pareja. Porque si te enamoras bajo esas circunstancias es que pretendes tener una relación de superioridad, donde la otra persona te necesita, donde tú eres el dominante, el superior, el que le otorga esas sonrisas y esa alegría que crees que necesita porque sin ti está triste, infeliz, jodida y rota, pero tú arreglas todo eso. Y de nuevo, no, no es forma de querer las cosas.

Y sexto y último. No me quiero poner en el pellejo de la chica. Que encima de que estuviera (vamos a suponer que es verdad) de bajón por lo que fuera, encima de que un pirado te ha hecho gestos en el tren y has llegado a casa asustada de ver una sombra por si el tío ese aparece de la nada... encima, vas y te encuentras a los dos días tu ciudad, que no es tan grande por cierto, llena de carteles que hablan de ti y la mitad de los medios de comunicación dando bola a un acosador bajo la bandera del amor. De un amor enfermo y mal entendido, lleno de estereotipos feos de películas baratas. Llamando amor al acoso, victimizando al acosador porque el pobre, está desesperado buscando al potencial amor de su vida, sin que nadie se plantee la situación en la que se está poniendo a la muchacha.

Como remate y a nivel personal, diré que mal, muy mal vamos por este camino. Porque yo sé lo que es que te acosen y sé la fina línea que separa esos “gestos románticos” de que el tío se cabree porque no consigue lo que quiere y te insulte, te humille, te intente asustar, chantajear o en el peor de los casos, te llegue a agredir. Y ojalá me equivoque y no sea el caso concreto, pero no se puede dar pábulo a estas actuaciones. Y luego nos ponemos el lacito morado en la solapa, nos indignamos cuando hay una mujer muerta a manos de su ex, o de su pareja. Luego decimos que cómo puede pasar en pleno siglo XXI, que es inconcebible. Luego nos solidarizamos mucho el día de la mujer. Pero sale esta historia y le vemos la gracia y le vemos el lado romántico y le vemos el lado idealizado y bonito. Y ay, ojalá se encuentren y se quieran. No se puede ser más gilipollas. Y así vamos de puto culo, os lo digo. Porque o cambiamos la forma de ver las cosas de raíz y nos damos cuenta de los problemas antes de que la siguiente aparezca apuñalada, ahogada, muerta a palos, o no dejará de ocurrir. Y debería darnos vergüenza. Porque cada mujer que muere a manos de un hombre es un fracaso de toda la sociedad. Uno grande, enorme, doloroso. Y espero que algún día dejemos de mirar para otro lado y de justificar lo injustificable.



martes, 25 de abril de 2017

Marcha atrás y sin luces

La otra noche estuve un rato hablando por wasap con mi amigo el poli. Cuando paso un rato así, charlando de gilipolleces y haciendo bromas, se me olvida que ese tío va de uniforme y lleva pistola. Casi me parece que es una persona normal.
Ahora en serio, sé que los policías son personas. O eso dicen ellos. El caso es que mis encuentros con la pasma siempre son tan surrealistas (aquí, aquí y aquí) que me hacen dudar. Uno de estos encuentros me ocurrió las pasadas Navidades.
No recuerdo exactamente qué día era, pero estaba en pleno meollo de las fiestas porque fui a hacer algo a casa de mi madre, luego tenía que ir a casa de mi prima Amai a dar de comer a los gatos y la jerba porque ella estaba de viaje con la familia y luego tenía cena-compromiso con no sé quién. Total, que toda mona yo, empecé mi periplo de quehaceres y aparqué en una calle estrecha de un solo sentido. Hice lo que fuera que tenía que hacer y al salir, me encuentro un coche de bomberos atravesado un poco más adelante y dos coches de policía en mitad de la calle aparcados al lado del mío, por lo que no me dejaban salir. Gruñí un poco y me asomé al epicentro de aquella molestia.
Al parecer una abuelilla que vive en un bajo no está muy bien de la cabeza y se había dejado un grifo abierto o algo parecido, por lo que había montado una piscina en pleno diciembre. La situación parecía más que controlada, así que me arriesgué a acercarme y pedir que me dejaran salir. Había un policía cuarentón con bigote y pinta de pocos amigos y otro jovencito y con cara de aburrido, que inmediatamente se convirtió en mi objetivo. Puse mi mejor cara de inocente y le sonreí.

  • Hola... Oye, ¿esto va para mucho rato? Es que tengo ahí mi coche y me quiero ir, tengo un poco de prisa.
  • Pues no sé.
  • Ya, es que vuestro coche está tapando el mío.

El poli joven se fue a preguntar al poli bigotudo. Hasta aquí bien. No había dicho nada incoherente, no había preguntado por los pantalones de velcro, no le había pedido que se sacara la porra. Lo estaba haciendo BIEN. Así que me confié.

  • Mira, que dice mi compañero que va aún para rato, que uno de los coches no se puede mover y los bomberos tampoco, pero si quieres saco el otro y damos marcha atrás para que salgas por el otro lado de la calle.
  • Vale.
  • ¿Te atreves a ir marcha atrás?
  • Yo me atrevo con todo.
  • ¿No te da miedo?
  • La única marcha atrás que me asusta es la que te puede dejar preñada.

Vale, ya la hemos liado. La tercera frase y ya la había cagado, a pesar de que sigo pensando que fue culpa suya por provocarme. Por eso no me gusta hablar con la policía. Por suerte el chaval se echó a reír y me dijo, que venga, que salía él antes y yo le seguía marcha atrás. Íbamos caminando hacia el coche y entonces me di cuenta de la trampa:

  • Oye, no me vas a multar por ir marcha atrás toda la calle, ¿verdad? Que los policías sois muy... - me di cuenta que por muy majo que fuera igual no era apropiado lo que estaba pensando. - muy... muy ya sabes. Muy como sois.
  • ¿Ah sí? ¿Y cómo somos?

Intenté pensar algo, pero el chaval tenía veintipocos, era guapo, tenía un cuerpazo y me estaba mirando con media sonrisa cabrona.

  • Pues ya sabes... policías.
  • Te prometo que no te multo.

Decidí no decir nada más a pesar de la de cosas que se me estaban ocurriendo porque yo otra cosa no, pero ocurrente en estas situaciones soy un rato.
Me monté en el coche, puse las luches porque al ser diciembre ya estaba oscuro, saqué el coche cuando él hubo echado hacia atrás el suyo, metí la marcha atrás y entonces me di cuenta. No me iba a multar por ir marcha atrás... me iba a multar por tener un faro trasero fundido. Valoré la posibilidad de darme cabezazos contra el volante, pero ya había demostrado mi desequilibrio mental suficiente por esa noche, así que salí de la calle rezando para que no se diera cuenta o para que siguiera pensando que era lo bastante simpática como para pasarlo por alto. Y en caso de duda, me haría la tonta. Por suerte, fuera por la razón que fuera, no me dijo nada. Cuando llegamos al principio de la calle, desde donde podía salir ya, paró, me dijo adiós con la manita y me guiñó un ojo. Pues bueno, mira, lo que sea. El caso es que me fui de rositas y por supuesto, aún no he cambiado el faro.


En fin, que sí, lo admito, hay policías majos. Los menos, pero los hay.

jueves, 20 de abril de 2017

Cerca y lejos

Yo soy de la generación de Espinete. Crecí con él, con don Pimpón y con Chema el de la panadería. Crecí con Barrio Sésamo, con el conde Draco que siempre contaba todo mientras los número iban apareciendo. Con Epi y Blas y sus charlas nocturnas. Con Gustavo, el reportero más dicharachero. Y con Coco y sus explicaciones. Me encantaban. Me siguen pareciendo geniales, de hecho.
Sin embargo llevo unos días que me ha dado por pensar. Coco se equivocaba en lo que era “cerca” y “lejos”. Son conceptos más complejos que aquí y allí.

Me he hecho una cuenta de skype. La mayor parte de la gente que quiero está lejos, aunque les sienta cerca. He aquí mi dilema con Coco. La mayor parte de la gente con la que tengo ganas de hablar, con la que comparto cosas, con la que me apetece comunicarme, está a muchos kilómetros de distancia. Mar, Pimiento, Tomate y el Niño Chico, en Granada. Key en Londres. Otros en Sevilla, en Córdoba o en Asturias. Y me jode pasar meses sin verles la cara. Porque el wasap mola, y casi cada día tengo algún mensaje que me alegra, pero no es lo mismo. Así que ando a tortas con la tecnología para poder decirles que hola, que estoy aquí, tan cerca como internet me permite. Y me gusta oír su voz en mi salón, enseñarles a mis gatos y verles gesticular. Y así, no les siento tan lejos.
Mis amigos de aquí están más o menos cerca. Cerca en el espacio. Pero siento que poco a poco nos vamos distanciando y ya no son cinco o seis paradas de metro las que nos separan. Ellos están casados. Tienen hijos o están intentando tenerlos. Y su mundo y el mío se van alejando más y más. No pasa nada, es la vida, es normal. Da pena, pero es normal. Les sigo queriendo, claro. Cómo no les voy a querer. He compartido con ellos los años más felices de mi juventud, mis mejores anécdotas, las noches que cantamos a la vida en borracheras, los partidos de rugby que saltamos de alegría y los días tristes que nos apoyamos unos a otros. Les quiero, pero les echo de menos. Y aunque suene extraño, cuando nos juntamos, cuando más cerca estamos porque compartimos salón o restaurante, más les echo de menos. Porque no son los que yo recuerdo. Son gente que conocí, pero que ya no conozco. El matiz temporal del verbo juega malas pasadas. Y es que Reichel es madre. Tiene un crío de 10 meses y está embarazada del segundo. Austri tiene dos niñas. Bombita está casado. Y Nacho está casado y buscando un niño que se resiste a llegar. El único que se mantiene más o menos como siempre es Flumi, pero trabaja tantas horas que se hace muy difícil verle sin prisa. Y yo me siento ahí, tratando de no convulsionar entre el griterío de los mocosos y me aburro soberanamente. Esa gente, que hace unos años era la más divertida que podías encontrar, ahora me resulta soporífera. Miro al infinito mientras hablan de pañales, papillas o comidas en trozos, de dientes, gateos o tipos de carritos. Y por el amor de Dios, me aburro tanto que creo que me voy a morir. Incluso cuando dejan sus temas aburridos y me preguntan, no sé qué contarles. Porque en realidad, no tengo nada que decir. Apenas saben qué hago con mi vida, no saben mis problemas cotidianos, no les interesan mis apuros para llegar a fin de mes o mis tribulaciones de no saber qué coño hago con mi vida. Porque ellos, todos, ya saben lo que hacen y lo que van a hacer en el futuro. Saben que van a seguir criando a sus hijos, que se van a casar en un año, o dos, que simplemente seguirán pagando su hipoteca y cambiarán su coche por un monovolumen para que les quepan su montón de pequeños llorones. Y yo ni quiera sé si mañana me levantaré a desayunar o me quedaré en la cama con los gatos porque la noche de antes estuve escribiendo hasta las 5 de la madrugada.
Por eso estamos lejos. Muy lejos. A años luz.
Por suerte la tecnología, con la que me une una antipatía mutua, me salva el culo. A veces me lo pone difícil, como para hablar con Key, a la que me deja bloquear pero no aceptar como amiga. Pero aún así, lo conseguimos. Y hablamos y sabe más de cómo me siento que mis amigos de Madrid. Y sabe, con la entonación de un “bien”, que no estoy tan bien y que no puedo hablar libremente del todo porque ya no estoy sola como al principio de la conversación. Y puedo hablar con Mar, y hacer planes para el verano y preguntarle por lo que hizo la semana pasada. Puedo coger el móvil y decir a mis niñas-cabras que estoy pasando una racha de mierda y reírnos de ello. Puedo decirle al Niño Chico que me apetece gritar y llamarle para desahogarme. Puedo, como tantas noches, tener alguien ahí, cerca, para no sentir que el mundo se derrumba y que no le importo a nadie. Y bendita sea la (por otra parte estúpida) tecnología.
Puedo venir aquí y contar lo que siento y saber que la distancia es algo muy relativo.


viernes, 14 de abril de 2017

Pecadora de la pradera

Siempre estuve de acuerdo con que el mejor pecado es la pereza porque te impide cometer ninguno más. Por eso tengo menos reparos en entregarme a la pereza que a ningún otro pecaminoso acto.
La verdad es que durante mis años mozos la lujuria sacudió mi vida en varios momentos. Y doy gracias por ello. También es verdad que tengo tendencias iracundas, pero se van igual que vinieron. Con la gula y el orgullo me pasa lo mismo, que no suelo cometerlos mucho, pero cuando me da, me da fuerte. Es decir, no soy de mucho comer ni le doy demasiada importancia a la comida, pero una noche igual se me cruza el cable y estoy lamiendo nocilla directamente del cuchillo hasta que veo el fondo del bote. Y no suelo ser orgullosa, no me cuesta pedir perdón, no me cuesta admitir mis errores, me gusta hacer autocrítica y soy consciente de mis muchos fallos, pero el día que digo “por ahí no paso”, no me apea del burro nadie.
Sin embargo, para mi gusto, uno de los peores pecados capitales es la envidia. Y yo, por suerte, no lo tengo. A mí me da igual la vida de todo el mundo, lo que cada uno tenga o gane o haga. Me importa un rábano que fulana sea más guapa, más alta, más delgada o más lista. Yo estoy muy ocupada con mi vida como para pensar en la de nadie ni compararme con la vecina. Y no soporto a la gente ostentosa, que le gusta mucho aparentar, que se regodea en lo bien que le va o en lo que tiene sólo para darte en las narices y para que todo el mundo le tenga envidia. Más que nada porque suele ser gente que lo hace porque ellos mismos son envidiosos y se crea una especie de carrera a ver quién gana a más imbécil. Y no lo soporto.
Total, que me ha dado por pensar en todo este rollo de los pecados porque últimamente me ha atrapado la pereza. Estoy muy vaga. No tengo ganas de nada. Todo lo dejo para la semana que viene que igual tengo más tiempo. Y es mentira, mentira podrida. Porque cuando pasa la semana, vuelvo a decir que para la siguiente y así estamos ya a mediados de abril y yo con cosas pendientes desde febrero. Diría que es la astenia primaveral, que me tiene baja de ánimos, pero tampoco es del todo cierto ya que estoy empezando ahora con alergia y a dormir mal, pero llevo haciendo lo mínimo desde hace dos meses.
Que no tengo excusa, que soy una pecadora de la pradera.
Y bueno, admito que lo mismo me pasa con el blog. Que no es que no tenga cosas que contar. Que no es que no tenga tiempo por las noches como siempre para sentarme a actualizar un rato. Que no es que me haya dejado de gustar escribir. Es sólo, pura y llanamente, que me da pereza. Y que digo “ya lo haré mañana” y el mañana nunca llega. He pensado incluso en cerrar una temporada, en tomarme vacaciones blogueriles, pero luego sé que si lo hago, al día siguiente de cerrar, me van a dar unas ganas inmensas de escribir, un deseo irrefrenable de contar chorradas y voy a escribir tres post en una noche y me voy a sentir profundamente estúpida. Así que de momento, sólo vamos a esperar a ver si me sacudo la pereza o me fundo definitivamente con el sofá y así no tengo que levantarme nunca más.



Y por cierto, el tema de los pecados es un recursos literario para contar algo. Los comentarios religiosos, metafísicos, profundos o serios se pueden ir a un sitio donde vayan a ser mejor apreciados que aquí.  

lunes, 27 de marzo de 2017

El plan

Tengo un plan. Aún no sé cuál es, pero lo tengo. Es como cuando no te sale una palabra. La conoces, la sabes, está ahí, en tu cerebro. La sientes en la punta de la lengua. Sólo que estás ofuscado y en ese momento, no das con ella. Pues igual. Yo tengo un plan, lo sé, puedo sentirlo. Sólo que aún no sé cuál es. Pero está ahí, a punto de salir.
Y con eso de momento estoy contenta. Lo único que he necesitado siempre para hacer las cosas, era la determinación de hacerlas. Cuando estudiaba, por ejemplo. Siempre fui una estudiante de mierda. Nunca llevé agenda, no me enteraba de las fechas, mis apuntes eran un desastre, no sabía cuándo ni dé qué era cada examen. Y sin embargo siempre fui sorteando bastante bien las notas. Ya no en el colegio, donde no hice el huevo. Ni en el instituto, donde hice bastante poco. En la propia universidad, pasaba de todo. Hubo asignaturas que descubrí que estaba matriculada una semana antes del examen. Y entonces, cuando al fin sabía qué asignatura era, cuándo era el examen y conseguía algo parecido a apuntes y los organizaba, sabía que iba a aprobar. Aunque fueran dos días antes. Yo sólo necesitaba el plan. Y nunca me falló.
Por eso ahora, sé que voy mejor. Porque tengo un plan. El plan es hacer un plan. Y va a funcionar.
Mientras, entre unas cosas y otras, estoy viendo Las Chicas Gilmore. Aún voy por la primera temporada, empecé hace apenas una semana. No puedo evitar sentir algo raro al verla. Recuerdo cuando veía capítulos sueltos en la tele, antes de netflix, de internet, de las descargas y los discos duros que se enchufan a la tele. Hace 17 años. Yo tenía la edad de Rory, la hija. Y ahora podría ser Lorelai, la madre. Ha pasado el tiempo, vaya que sí. Me hubiera dado tiempo a criar una hija que nunca quise tener.
El caso es que la veo, con esa moda que me encanta de principios de los 2000. El siglo XXI que dejaba atrás al grunge y el rollo raro de los 90 y su perdida generación X. El 2000, antes de que las torres gemelas se vinieran abajo envueltas en llamas, antes de tener miedo a los atentados islamistas, antes del mundo en el que vivimos ahora. Los pantalones de campana, los pañuelos en el pelo, los vestidos estampados, las camisetas ajustadas con lazo al cuello. Yo llevaba esas cosas, obviamente. Y las echo de menos. No me gustan los pantalones pitillo aunque los use. No me gustan muchas cosas. No me gusta tener la edad de la madre. Era más divertido ser la hija que siente cosquilleos ante su primer amor y su primer beso y todas esas primeras cosas tan fascinantes y que ahora son pura rutina.
Y pienso, joder, si volviera a aquel entonces, la de cosas que haría. Estudiaría más, mejor, otras cosas. Cogería aquel trabajo. Ahorraría más dinero. Viajaría más. No perdería la amistad con tal o cual. Viviría fuera de Madrid, por una temporada quizás.
Luego pienso otra vez. No lo hice porque no quise. Porque tuve razones para no hacerlo, aunque ahora no me parezcan buenas. Elegí una vida, un camino. Cada elección que haces implica renunciar a todas las demás. Y yo fui haciendo las mías, acertando y errando.
Quizás ahora, diecisiete años después de tener diecisiete, pueda volver a hacerlo. Como dije en el anterior post y como me dijo en un comentario Matt (gracias, eres un tesoro), no es tan tarde. Siempre se está a tiempo, pero es que si Dios quiere, no estoy ni a la mitad de mi vida. No sé por qué a veces tiendo a pensar que está todo hecho y que ya no hay opciones. O sí lo sé, porque soy un poco pesimista. Y bastante gilipollas.

Por eso tengo un plan. No sé cuál, pero sé que me va a venir de un momento a otro. Y el plan, de momento, es hacer un plan.