domingo, 19 de mayo de 2019

La sonrisa del Diablo


Siempre he dicho que me podría enamorar del mismo diablo si tuviera una sonrisa bonita. Creo que es en lo que más me fijo de las personas en general y de los hombres en particular. Un chico que no sea muy guapo pero tenga una sonrisa bonita, tiene mucho ganado. Si lo acompaña de sentido del humor y de ser capaz de reírse de su sombra, media polla dentro. Si por el contrario un tío es muy guapo pero tiene una sonrisa de esas que no encajan con la cara o que le hacen una mueca rara, hasta luego Lucas. Y ya ni te digo si no se sabe si tiene la sonrisa bonita o no porque es un sieso y/o intensito de los cojones y se pasa la vida con cara de oler a culo.
Total, que las sonrisas a mí me importan. Y no necesito que sean perfectas, ni en plan profidén. Necesito que sean bonitas, que trasmitan algo guay, que iluminen la cara.
Y sí, por una sonrisa me enamoré del Diablo. Del mismísimo Lucifer.
En mi ansia diaria por ver series en mi escaso tiempo libre, me topé con esta serie y dije “po güeno”. Desde el primer capítulo me enganché y así sigo. Entre otras cosas, me encanta porque el personaje de Lucifer es el mejor elegido que he visto nunca. El actor es guapo a rabiar, pero sobre todo es que tiene una mirada y una sonrisa que te hacen dudar de si será el demonio de verdad y en caso de que lo sea, que venga y me lo dé con todo el fuego del infierno en las mismas entrañas.
Además no es exactamente una comedia, pero tiene capítulos muy divertidos, puntos que me han hecho soltar una carcajada y un ambiente bastante despreocupado en general. Cosa que agradezco. Estoy hasta las narices de personajes y series circunspectos, serios y estreñidos en general. La vida es un rollo muchas veces, pero por poner cara de mierda no se arregla nada y te amargas cantidad a lo tonto. Sin embargo, Lucifer es fantástico porque se toma todo a broma. Se ríe constantemente, hace bromas con todo, sonríe toooodo el tiempo y le hace gracia casi todo lo que le rodea. Y se enfada, claro. Y es inteligente, que a veces tomamos el humor como sinónimo de ser un simple y nada más lejos. Pero él se ríe, se ríe mucho. Y me enamora muy fuerte esa sonrisa y esa pose burlona frente al mundo. Puede que en el medievo tuvieran razón y la risa sea el arma del diablo para llevarnos a su terreno (¿habéis visto/leído El Nombre de la Rosa? Deberíais. Sobre todo leerlo. En serio, leedlo), pero si es así, anda y que le den a todo. No pienso aburrirme toda la vida, me reiría aunque de verdad fuera pecado.
Hablando de series de gente estreñida, por ejemplo, Outlander. Sabéis que me encanta esa serie. Sabéis que el pelirrojo es el hombre de mis sueños. Y lo que no sabéis es que la última temporada me ha aburrido soberanamente. Además, me leí los libros y una de las cosas que siempre se dice de él es que tiene mucho sentido del humor, que se ríe mucho, que hace bromas, que canta aunque lo haga mal, que tiene un carácter súper agradable. Bueno, pues no. Constante cara de culo durante toda la temporada. Eso añadido a dos (sólo dos) escenas de sexo aburrido y soso y a no verle en pelotas en ningún momento. No siquiera con el kilt. Así no, tío, así no.
De todas formas, tengo la sensación de que siempre se critica a los personajes que dan el contrapunto cómico, a las escenas más relajadas de ambiente, a las bromas. Siempre se infravalora a las comedias y se da mucho bombo a los dramas. Por qué, es algo que desconozco.
Por ejemplo, anda que no le ha caído caña a Tormund (Juego de Tronos) por tener siempre el punto más risueño y más bromista de de serie. Y es un personaje fantástico y de una consistencia monumental. Pero oh, no, mejor cualquiera de los otros que no sonríen ni por asomo. Qué cansancio, de verdad.
Otro ejemplo son las modelos. Te miras una fotos del catálogo de cualquier marca de ropa y te dan ganas de cortarte las venas. Todas lánguidas, sosas, con cara de asco, en posturas absurdas y con gesto de oler a pedo. No sé qué estrategia de márketing es esa, pero desconfío de ella.

Y todo este rollo para dos conclusiones: ved Lucifer (está en Netflix) y enamoraos del diablo. Y sonreíd más, coño, que es gratis.



jueves, 2 de mayo de 2019

Mötley Crüe


Tengo una personalidad levemente compulsiva. Me obsesiono por cosas y me paso el día pensando en ellas... hasta que pierdo el interés y me obsesiono por la siguiente. Por eso no soy constante en casi nada, porque casi nada consigue mantener interés una vez se me pasa el subidón de los primeros días. Luego empiezo a aburrirme y a interesarme por algo nuevo. Me pasa hasta con la comida. Me dio hace poco por las croquetas congeladas de una marca que son sin leche y las engullía como si no hubiera un mañana. Hasta me iba a comprarlas a castroculo de abajo porque en mi barrio no las hay. Ahora tengo dos bolsas en el congelador y ahí están, aburridas. Así con todo.
No es algo que me guste precisamente de mí misma, pero he aprendido a vivir con ello.

Mi última fijación, que seguramente se me pasará dentro de poco, son los Mötley Crüe. Y diréis, a ver chalada, ahora te da por pensar en un grupo de los 80. Ahora que son viejos y están casi extintos. Pues mira. Qué le voy a hacer si en lo que a música se refiere nací demasiado tarde para todo lo que me gusta. No me va a dar por obsesionarme con lo que sea que esté de moda ahora, que ni lo sé, o con la Rosalía esa de la que habla todo el mundo y que me parece una choni barata que hace algo que daña mis oídos.

El caso es que hace unas semanas me puse a ver la peli The Dirt en Netflix. La puse con el plan que pongo las películas los sábados a medio día: dormirme la siesta con lo que sea de fondo. Pero fue un error. No dormí siesta y me pasé la hora y media con los ojos pegados a la pantalla. No es que sea una gran película, pero es muy, muy entretenida y la música me gusta. Siempre me ha gustado la música de los Mötley, pero igual que digo que soy un poco obsesivo-compulsiva-volátil, también digo que soy una fan horrible, pasota e infiel. Tengo montones de discos de canciones sueltas que me gustan y apenas sé de qué grupo son. No me intereso lo más mínimo por la vida o los miembros de las bandas que me molan y paso mil del rollo de la idolatría. Así que tenía canciones suyas por ahí, sabía quienes era... y me daba totalmente igual. Pero la película me gustó y me dio por curiosear un poco más. Ví que en 2001 sacaron un libro sobre sus memorias en el que se habían basado para saltar a la pantalla y me dio curiosidad. Así que busqué un poco y me lo compré por wallapop a un tío con el que apenas crucé tres palabras y 17 euros. Lo de wallapop es otra historia. La compra me trajo un rato infame perdida por el metro de Nuevos Ministerios después del trabajo con más hambre que un perro y me ha acarreado un par de pesadillas con estaciones laberínticas e infernales desde entonces. Lo mismo da.
El caso es que me compré el libro y me dije que lo leería en el metro de camino al trabajo y de vuelta a casa y como es un poco gordo, me duraría hasta mediados de mayo que cambiaré de oficina. Ese era el plan. Ja. Mis cojones 33. Me lo he cepillado en menos de una semana. Y con frecuencia me despierto escuchando en mi cerebro el “Girls, girls, girls” o “Same ol' situation”, lo que al menos, ya que vivo condenada a los gusanos musicales, me libra del Puma y la numeración infame. A veces incluso llego al trabajo cuando aún no son las 8 de la mañana y me pongo a repasar cuadrantes mientras tarareo “Shout at the Devil”. La gente debe pensar que soy una pirada, pero tampoco es que haya tratado de ocultarlo nunca.
El libro en sí no es literatura excelsa, pero está bien escrito, bien hilado y tiene puntos delirantes, en los que te saca más de una sonrisa. También te agarra del corazón más de una vez y te revuelve el estómago con frecuencia. Es sólo la historia de 3 degenerados que llevaron demasiado lejos lo de “sexo, drogas y rock and roll”... y su adorable y sufrido guitarrista. Me gusta porque es una historia sincera, donde no es oro todo lo que reluce y la vida no es terciopelo rosa sino cuero negro. Me parece digno de ser leído.

Dicho esto, también estoy bastante a tope con Juego de Tronos y la última temporada. Espero hacer algún post cuando termine por completo.

¿Y en qué futura obsesión se embarcará nuestra loca protagonista? ¿Recrear Invernalia con bloques de lego? ¿El macramé? ¿La pintura abstracta a base de kétchup y mostaza? ¿Fabricar bigotes postizos con los pelos que sueltan sus gatos? Quién sabe. Más obsesiones e idas de olla en próximos capítulos.

sábado, 13 de abril de 2019

36-25=11


Soy un desastre en matemáticas. Nunca aprendí a hacer raíces cuadradas, ni entendí lo que era un límite o una integral o una derivada. Y la verdad es que no me importa o más mínimo. No creo que sean cosas útiles para mi vida. Francamente, nunca he necesitado nada de eso para mi día a día.
Sin embargo os aseguro que sé sumar y restar. Lo juro. Aunque en el post anterior la liara (me lo hicieron ver en un comentario con toda la razón) al unir mi cumpleaños y la muerte de Cobain. Si cumplí 36 el día que era el 25 aniversario de su muerte, no puede ser que decidiera pegarse el tiro cuando cumplí 14, si no 11.
La explicación a esa cagada matemática es simple y en mi cabeza cuadraba a la perfección por algo tan sencillo como que yo me enteré de toda la movida a los 14 y en mi cabeza se quedó grabado así. Así que escribí el post y me quedé tan ancha, sin hacer la cuenta más sencilla del mundo. Qué queréis que os diga, soy así de tonta.
La historia es que cuando cumplí los 11 y los sesos del cantante de Nirvana volaron por los aires era el 94. Ese fue el cumpleaños que se murió el tío de mi padre del pueblucho de la Castilla profunda y en lugar de soplar velas me pasé mi día rodeada de cirios mientras el pobre muerto estaba en el ataúd en mitad del salón y todas las viejas de la comarca venían vestidas de negro a toquetearle, darle besos y comer pastas. Y yo allí, cumpliendo 11 años en el cementerio más macabro del mundo, con la pila de huesos de gente a la que ya habían sacado del hoyo al fondo y el cierzo azotándonos las narices. Así que digamos que cualquier otra muerte pasó desapercibida ese día para mí. Y eso contando con que no había internet y la televisión no se podía ver porque era poco respetuoso ponerla de fondo con el ataúd en medio y el muerto allí plantado.
Más tarde, en el 97 mi prima mayor me regaló el casette del Nevermind porque a ella se lo habían regalado dos veces. Me encantó y cuando se lo dije, su respuesta fue “el cantante está muerto, ya no habrá más discos, se suicidó el día de tu cumpleaños.” Pues qué bien. Gracias prima por ser tan amable y considerada siempre. So zorra.
Por eso en mi cabeza se quedó esa fecha. Por eso mis recuerdos son más poderosos que la evidencia numérica y escribí el post sin plantearme acaso que pudiera estar equivocada. Pero no os preocupéis, después de esta vergüenza tan horrible de demostrar al mundo que soy una lerda total y no sé sumar ni contando con los dedos, ya no se me olvidará.

sábado, 6 de abril de 2019

36


Ayer cumplí 36 años. Sigo teniendo que pensarlo dos veces. Igual que cuando hago cuentas de cuándo pasó no sé qué cosa. Porque ayer también hizo 25 años que Kurt Cobain se descerrajó un tiro en la cabeza y de algún modo el grunge y la generación X murió con él.
Me acuerdo bien. Yo tenía 14 años (cumplía 14 de hecho), estaba en el último año del colegio (8º de EGB, abueeeeela!) y estaba empezando a descubrir la música más allá de la que ponían mis padres. El rock, el heavy, el grunge me estaban llamando fuerte y en medio de mi apogeo de hormonas, del florecer de mi adolescencia y de empezar a abrir los ojos a mi propia vida y mis propios gustos, va ese tipo tan guapo, de ojos azules y greñas rubias y se suicida. El día de mi cumpleaños. Pues qué bien, oiga.
Kurt tenía 27 años y entró en la lista maldita. En aquel 1997 a mí tener 27 años me parecía algo muy lejano. Me parecía casi imposible salir al fin de ese colegio de mierda donde llevaba encerrada desde que tenía uso de razón y estaba rodeada de idiotas. Aún quedaban por delante los 4 años de instituto, la universidad... cosas que sonaban a muy mayor y a muy a largo plazo. Cosas que luego se pasaron en un suspiro. Cosas de las que ya hace un pila de años también.
Cuando yo cumplí los 27 me planteé entrar en el club también. El problema de los club en los que te exigen morirte para entrar es que es dificilísimo salir. Siempre bromeo con ello y por mi extraña conexión con él, digo que estuve a punto de hacer un Kurt Cobain. No es que fuera tan dramático, pero me gusta tomarme la vida (y la muerte) a broma. Es verdad que lo pasé muy, muy mal. Por suerte para mí, yo no le pegaba a la heroína ni tenía una escopeta en casa. Y en lugar de una nota de suicidio, abrí un blog. Sí es verdad que hubo días, noches y semanas enteras en las que pensé que la muerte sería una solución a todo lo que me rodeaba. Y me jode admitir que miraba a mi alrededor y creía que excepto a mis padres y a mis abuelos, a nadie le importaría lo que me pasara. Y eso es muy doloroso. Quizás no es cierto, o quizás sí, pero tu cabeza lo ve así, tu corazón lo siente así y duele en cada milímetro de tu ser. Todos necesitamos amar y ser amados, de un modo o de otro. Por amigos, familiares, compañeros, pareja, lo que sea. Pero lo necesitamos.
Ahí jugó un papel muy importante a mi favor Ron. Él sí me quería, sí me necesitaba y desde luego, no estaba dispuesto a quedarse sin comer por el mero hecho de que yo me quisiera morir y no me levantara de la cama. Así que venía, insistente como es él y me obligaba a salir de la cama a cabezazo limpio. Y ya que le ponía el desayuno a él, pues lo ponía para mí. También me obligaba a dormir cuando el insomnio me hacía la vida imposible. Y me acompañaba y me consolaba. Ron me quería ahí y me quería viva. Y bueno, por él lo haría todo.
Mientras tanto iba escribiendo en el blog. Muy triste al principio, muy jodida. Pero me fui dando cuenta de que cuando le daba la vuelta a una situación. Me la tomaba con humor y era capaz de contarla con gracia, me sentía mucho mejor. A la gente también le gustaba más, pero eso era lo de menos. Lo importante es que yo me sentía muchísimo mejor contándolo así que recreándome en la mierda.
Y el blog me trajo cosas buenas. Buenísimas. Me trajo al Dorniense cuando sólo era el Niño Chico. Me trajo amigos, conocidos, abrazos y mensajes. Me trajo, en un momento de recaída, la mejor de las oportunidades con la primera quedada en Granada. Esa vez, cuando gente que no me conocía en persona me pidió que fuera, que me apuntara y me hizo sentir en casa, supe que había una esperanza. Que podría volver a hacer amigos, a querer, a confiar y a ser parte de algo. Empecé a pensar eso de que al final las cosas salen bien y que si no están bien, es que no es el final. Empecé a confiar en que las películas tuvieran razón y después de las crisis todo empieza a mejorar y poco a poco, se llega a un buen lugar. El detalle es que en las pelis esas crisis duran unos minutos con banda sonora de fondo y luego enseguida la prota encuentra trabajo, pareja y amigos y el piso de sus sueños y los tacones no le hacen daño ni se le notan las canas o las raíces en el pelo. En mi caso no fue un ratito de imágenes con música, si no años de lucha y pelos encrespados que aún mantengo muchas veces.
Pero el grupo de las cabras me dio la vida. Las quedadas de verano, los fines de semana aquí o allá, los colchones por el suelo, las canciones horteras, los bambos y las alpargatas. No sé si lo saben, porque somos más de reírnos los unos de los otros que de ponernos moñas, pero son uno de los puntales que sostienen mi vida cuando todo lo demás se derrumba.
Hace unas semanas, cuando el Dorniense y yo celebramos nuestra unión de hecho y me vi rodeada de casi toda mi gente, de mis satánicos, a los que recuperé cuando me recompuse, de mis blogger, de mis compañeras de trabajo a las que adoro y sobre todo de las cabras, pensé que no se podía ser más feliz. Porque ahora sé que sí le importo a alguien. Les importo tanto que hacen una kilometrada desde la otra punta de España para venir a compartir la felicidad. Vienen, con regalos y bromas, con fotos y canciones, con un bambo y unos calzoncillos grandes, con un paquete de roñidonetes y unas cervezas y unas aceitunas. Vienen por mí, por el Dorniense, por nuestro grupo, nuestra alegría y nuestros momentos compartidos. Vienen y mientras me río y me divierto y canto a grito pelado en el coche, lo que pienso es que me salvaron del abismo. Que no lo saben, pero que sentirme arropada y querida es lo único que necesitaba para sacar toda mi fuerza y seguir adelante. Que no lo saben, pero me alegra mucho más cumplir 36 de lo que me alegró cumplir 27. Que no lo saben, pero quizás ahora tenga canas, melasma y el culo más caído, pero me da igual. Porque ahora soy feliz y las tengo a ellas. Y tengo a los demás. Y tengo al Dorniense, y tengo a Ron y tengo a Maya y tengo tantas cosas que no puedo contarlas. Y me tengo a mí misma, viva y con ganas de vivir.

Feliz cumpleaños, yo. Cómo me alegro de haber salido a delante. Y Kurt, querido, cómo lamento tu unión al club de los 27. La tuya y la de todos los demás. Os habéis perdido lo mejor.


sábado, 30 de marzo de 2019

Sería un buen final....


Alguna vez he pensado en cuál podría ser el final de este blog. Me cuestan los finales, se me atragantan. Por eso nunca termino mis escritos, por eso me duele despedirme de la gente aunque se lo merezca, por eso me jode cambiar de trabajo aunque sea para mejor. Porque los finales, aunque sean “felices”, siguen siendo finales.
El otro día sin embargo pensé que si contaba lo que había pasado en los últimos días de la forma adecuada sería un final maravilloso, de esos de película. Y luego lo pensé otra vez y me dije “pues vaya pena, aunque sea en el momento feliz, qué pena terminarlo.” y además me dio un poco el siroco de pensar que después de haber pasado todo o chungo estaba feo irse cuando todo iba bien. Total, que no, no es el final. Sólo es un punto y a parte, un final de una etapa y el comienzo de otra. Como si esto fuera una saga mierder crepusculera o algo así y pasáramos de un libro a otro.

El caso es que ya os conté que el Dorniense y yo nos hacíamos pareja de hecho. Al principio pensamos en hacerlo como el que renueva el DNI, ir, firmar y volver a casa con las mismas. Pero luego le dimos una vuelta. Mi yayo siempre dice que hay que celebrarlo todo porque es lo bueno que te llevas de la vida, porque las oportunidades de hacer cosas buenas se van y a lo mejor no vuelven. Y las mierdas y los malos rollos vienen solos. Así que nos liamos la manta a a cabeza y primero fuimos a firmar con nuestros padre y de ahí les invitamos a un brunch. Todo fue fantástico. El sitio es precioso, el brunch estaba buenísimo, hizo un día increíble y nos hicimos unas fotos muy bonitas. Así que feliz.
A la siguiente semana lo celebramos con amigos. Vinieron nuestras amigas blogger las cabras, mis amigos los satánicos, Chema, Alter, mi amiga Pa, mis niñas del trabajo... un montón de gente maravillosa se quiso reunir por nosotros. Nos hicieron regalitos de esos que llegan al corazón porque has dicho que no quieres nada, pero ellos quieren alegrarse contigo y demostrarlo. Así que cantamos, bailamos, bebimos, nos reímos y fuimos muy, muy felices.

Escribiré un poco más detenidamente de toda esta historia, pero necesitaba hacer un resumen y dar las gracias a la gente, al blog, que gracias a él he llegado hasta aquí, a mis cabras, a mis satánicos, al resto de mis blogger, a mis compis... a todos mil gracias. Y sobre todo a mi Dorniense por haberme cambiado la vida. Por quererme y aguantarme. Por ser lo mejor (junto con Ron y Maya) que me ha pasado en la vida. Gracias simplemente por existir. El mundo es mejor porque él está aquí.


Y esto podría ser un buen final de esta historia. Abrí el blog hecha una mierda, viví aventuras y desventuras, conocí al Dorniense cuando sólo era el Niño Chico, hice amigos, encontré trabajo, mi vida fue mejorando y voilà, final feliz con medio boda incluida. Qué más se puede pedir a un blog.
Pero la vida sigue. No hay fundido en negro. No cae el telón y sale “The End”. Así que seguimos para bingo.

domingo, 10 de marzo de 2019

De hecho


Debería estar limpiando. Depilándome. Haciéndome las uñas. Cociendo patatas para hacer un perolo grande de ensaladilla rusa.
Debería estar haciendo un montón de cosas, pero sin embargo, he decidido sentarme a escribir. Después de ¿un mes? ¿dos? Ni sé el tiempo que hace. Que diréis, si es que queda alguien que aún lea blogs y llegue aquí, pues para qué te pones justo hoy después de tanto tiempo, si ya da igual. So mongola.
Pues ya lo sé, pero mira. Es lo que hay. Es el tipo de cosas totalmente Naar-stile.
También puede que alguno de esos hipotéticos lectores diga que las cosas que tengo que hacer no son tan importantes. Hacerse las uñas es algo que siempre he considerado una pérdida de tiempo. Y no voy a entrar en el debate de la depilación, pero tampoco es algo a lo que me guste dedicar mi tiempo. Lo de limpiar ya es una cuestión de sanidad y lo de las patatas tiene su aquél, que la ensaladilla rusa es algo que nunca sobra. Pero es verdad que podrían parecer banalidades...
Si no fuera porque el martes me medio caso y necesito ir depilada, tener unas manos decentes y mis futuros medio suegros vienen a conocer mi casa y la ensaladilla es lo que van a cenar cuando lleguen de su viaje desde Dorne.
Lo de que medio me caso es extraño. En realidad sólo me hago pareja de hecho. Que me causa risa el nombre. Pareja de hecho. De hecho, somos pareja. Supongo que sin este papel eres pareja, pero de hecho, no. En fin, lo que sea. El hecho (jejeje) es que contando con mis antecedentes de novia a la fuga, es un paso bastante grande. Y me siento rara, porque no estoy tan nerviosa como podría esperarse de alguien como yo, ni tan emocionada como podría esperarse de alguien normal, pero me estresa un poco. Sólo vamos a ir el Dorniense (a.k.a el Niño Chico), mis padres y mis dornienses suegros, pero ay. Ay. Que tengo un montón de cosas que hacer y sigo aquí tecleando con furia con mis dedos pellejosos y mis uñas desiguales mientras Ron duerme en mis piernas peludas y las pelusas campan a sus anchas por el salón.
Supongo que por eso no cierro el blog del todo. Porque a veces, por la razón que sea, necesito volver aquí. Necesito venir a contar algo, a refugiarme, a encontrarme en viejos post. Necesito aún este espacio mío, sólo mío, donde llevo tantos años vaciándome el cerebro y el alma a borbotones. Necesito perder un rato de limpiar, cocinar y depilarme para escribir y ordenar ideas, relajarme y ser yo misma.
No sé lo que tardaré en volver a escribir. Igual dos días, dos semanas o dos meses. Pero volveré. Creo que siempre volveré.

martes, 22 de enero de 2019

El churro dorniense


Salir con un dorniense (a.k.a andalú), tiene sus ventajas. Puede enseñarte a bailar sevillanas. A no ser que sea sieso como el mío. Puede prepararte rebujito y pescaito frito. A no ser que sea sieso como el mío. Puede llevarte a la feria. A no ser que sea sieso como el mío. Puede tener casa en la playa o en sitios de veranero guay. A no ser que sea del mismo Dorne donde los pájaros caen fritos de los árboles desde mayo hasta noviembre, como el mío.
¿Y por qué entonces sigo enamorada hasta las trancas de mi dorniense particular? Pues porque tiene el torso como un puto dios griego y cada vez que le veo quitarse la camiseta pienso “joder, a este me lo foll***...”
Ejem.
Decía que los dornienses tienen sus ventajas aunque ahora mismo no recuerde así concretamente cuáles. El problema es que también tienen sus “cosillas”. Entre esas “cosillas”, destaca el hecho de que a veces se hace casi imposible entenderse. Y sí, hablamos todos lengua común, pero se ve que hay cosas que se pierden por el camino. Hace siete años que conozco al Niño y aún a veces dice cosas que no logro descifrar.
El otro día por ejemplo tuvimos por enésima vez una conversación absurda sobre los churros. Siete años y aún no nos entendemos con algo como un puto churro. Fue algo así:

  • Nene, han abierto una churrería en el barrio, donde estaba el restaurante de wok ese que siempre estaba vacío y...
  • Pero es una churrería o no es una churrería. Que aquí cualquier cosa creéis que es una churrería y no.
  • Pues... pues... eh... pone “churrería” en la puerta. Y venden churros. - no sé si esto es suficiente.
  • ¿Pero churros de verdad o de lo que aquí llamáis churros?

Ya empezamos con los tecnicismos. A ver, yo hace ya más de 25 años que tengo una casa en Pueblodelsur y que sé que los churros andaluces son un poco diferentes. Allí se hacen en roscas grandes, son mucho más baratos que aquí y la masa es parecida a nuestras porras, pero no exactamente igual, es más fina y un poco más compacta. Y lo que nosotros llamamos churros, ellos los llaman de lazo o de patata (y puede que de más formas, no lo sé) según la zona. Así que claro, es todo un poco confuso. Pero yo estaba decidida a hacerme entender para conseguir que una mañana de domingo me comprara churros porque me encantan. Y me gustan todos, los andaluces, los churros de lazo y las porras. Lo que sea.

  • A ver, cariño, hacen churros... sólo que en Madrid no existen lo que tú llamas churros.
  • O sea, que no hay churros.
  • Sí, sí hay, pero de los de aquí. Hay churros y porras.
  • ¿Las porras no son mis churros?
  • No, las porras son más gordas y más huecas que tus churros.
  • ¿Y tus churros?
  • Esos son lo de forma de lacito.
  • Los de patata, vaya.
  • Sí. - no voy a volver a discutir lo absurdo de llamar a algo “de patata” si no llevan patata, ni están hechos con patata, ni saben a patata, ni se acompañan de una ración de patatas.
  • Vale, pero entonces es una churrería. Con su señor churrero y eso, que los hacen en el momento.
  • Que sí....
  • Pero no hacen churros.
  • Sí hacen, pero diferentes.
  • Entonces no son churros.
  • Nene, son churros y porras, sólo que es diferente que en Dorne, coño. Aquí hay churros con forma de lazo y porras. Lo que no hay es lo que tú llamas churros, que aquí directamente no existen.
  • Bueno, vale. ¿Y tú qué quieres que traiga un día?
  • Pues no sé, unos churros...
  • ¡¡Pero si dices que no hay churros!!
  • Mira, ¿sabes qué? Que mejor hacemos tostadas.