lunes, 12 de junio de 2017

El salto

La gente a veces se queja de que por culpa de Disney espera al príncipe azul. Admito que nunca me gustaron los príncipes. Tan peripuestos, tan repipis, con esos modales tan refinados. El único un poco apañao era el de la sirenita que iba descamisado. Y ni por esas, mira. Yo es que he sido siempre de macarras. Y trato por todos los medios de evitarlos en la vida real porque ya tuve experiencias en el pasado que me demostraron que traen más problemas que otra cosa. Pero lo admito, esos personajes durísimos, con pinta de chungos y luego un tierno en el interior, hacen que se me caigan las bragas a plomo.
Yo admito que mi problema con los ideales de las películas es con los musicales. No entiendo por qué en la vida real no podemos arrancarnos todos a bailar de repente y que nos salgan unas coreografías de puta madre. Así, improvisando, como quien no quiere la cosa y montar un espectáculo que le dé gracia al asunto. Todo mejora con música y con bailes. Y la vida es una cosa que hay que intentar mejorar porque como no pongas de tu parte, pues meh. Así que yo esperaba que en algún momento, todo el mundo de mi entorno supiera bailar y yo aprendiera por obra y gracia. Entonces empezaría lo bueno. Algo así como en el baile del instituto tipo Grease o en cualquier pelea de pandillas por los tejados como en West Side Story.
Luego resulta que no. Que mis amigos no saben hacer coreografías espontáneas, que yo soy un pato mareado que se pisa sus propios pies, que en mi instituto no se hacían bailes y que las peleas en mi barrio, inexplicablemente, no eran bailando. Y qué decepción, oyes.
Y es que la vida real es un tanto decepcionante. A ver, que está bien, que merece la pena estar vivo. Pero no es una película, no es una serie, no es un musical. No siempre las cosas salen bien, no siempre el amor triunfa, no siempre los malos pagan y los buenos salen airosos. No siempre sabes bailar. Ni mucho menos. La vida es como es. Y como tal hay que tomarla.
Lo bueno que tiene es que están los sueños. Ahí siempre puedes hacer lo que te dé la gana, estar donde y con quien quieras, puedes conducir un ferrari o bailar como Ginger Rogers. Yo por lo menos soy bastante afortunada en lo que a sueños se refiere. Soy bastante capaz de controlarlos, de retomarlos si me despierto y de vivirlos muy intensamente. Lo chungo es cuando sueño con arañas y juro que las veo corriendo por mi cuerpo. Que me despierto y aún tardo un rato en dejar de rascarme y de buscarlas porque no tengo claro si estaban ahí o no. Pero eso es otra historia. El caso es que mis sueños buenos son la hostia. Yo he soñado que comía cerezas del torso desnudo de Brad Pitt. Jhonny Deep me ha mordido el cuello. He bailado con Rick (Humphrey Bogart) en Casablanca. He volado por encima de edificios, he respirado bajo el agua del mar mientras veía corales y peces. Mi cerebro a veces se porta bien, como para compensarme el coñazo que me da el resto del tiempo.
Por desgracia, no todo el mundo tiene esta suerte. Esta misma noche estaba comentando por wasap con mi amiga Mar mientras veíamos Dirty Dancing. A las dos nos encanta, somos así de pavas. Y sé perfectamente que el guión lo podría haber escrito una niña de quince años. Y que en realidad, no trata de nada. Y todo lo que quieras. Pero ay. AY. Que está Patrick Swayze como para comérselo sin patatas ni guarnición ni nada. Primer plato, principal y postre. Todo en uno. Qué guapo, qué cuerpo, qué sexy. Qué ropa negra tan ajustada. Qué tupé medio despeinado. Qué forma de moverse. Ay, zeñó. Y esos bailes, esa música, esas faldas vaporosas. Esa escena de los equilibrios en el tronco, la del lago levantando a la otra pava. Y ese salto, EL SALTO. Por el amor de Dios. Que estoy segura de que cuando el bueno de Patrick se murió y subió al cielo, llegó la virgen María a recibirle y lo primero que le dijo fue “levántame en el aire como a la de Dirty Dancing”. Porque qué mujer no ha soñado con esa escena. Con ser levantada así. Pues tengo la respuesta. Mi amiga Mar. A ver, técnicamente sí ha soñado con ello, sólo que ella corría y saltaba así, pero nadie la cogía. Y entonces se daba una tremenda leche contra el suelo y la gente se arremolinaba a mirarla. Pobre. Qué sueños más tristes. Y me lo ha contado por wasap, mientras veíamos la peli. Me he reído tanto y tan fuerte, que he despertado a Maya de sus sueños de gato.
Por cierto, ¿con qué sueñan los gatos? ¿con ratones, pájaros? ¿infinitas latas de atún? ¿un Patrick Swayze gatuno que les levante en el aire? Quién sabe.








lunes, 5 de junio de 2017

Las mimosas se han secado

Hace un año y unos meses olí las mimosas pensando en ti. Quería tener la mente positiva, quería creer en los finales felices, quería pensar que todo iba a salir bien. Quería creer en los poderes milagrosos de los buenos deseos. Quería, a pesar de que en la boca del estómago, en el mismo sitio donde a ti te descubrieron el cáncer, yo tenía una mala sensación.
Esta primavera volvieron a salir las mimosas, volví a olerlas y me acordé de esos días. De las malas noticias, del hospital, de los buenos deseos que no sirvieron de mucho. Pero las mimosas habían salido de nuevo y tú seguías aquí. Y pensé, a pesar de saber lo que ya sabíamos, que a veces la vida se resiste a la muerte. Que a veces, todo es cuestión de volver a ver cómo llega la primavera una vez más.
Ahora las mimosas se han secado y tú te has ido.

Casi nunca me han caído bien las amigas de mi madre. No sé por qué, pero es así. A algunas les he terminado tomando cariño, a fuerza del tiempo, a base de ver que eran buenas con ella o le hacían feliz. Otras me siguen cayendo fatal. Pero contigo fue distinto. Había algo en mí que te recordaba a ti misma de joven. Y había algo en ti que me hacía verme reflejada. Por eso, a parte de amiga de mi madre, también lo eras un poco mía. Cuando quedabais todas a comer y yo me apuntaba, casi siempre nos sentábamos juntas. Me divertían muchísimo tus comentarios por lo bajini. Tu finísimo sentido del humor, tu sarcasmo, tu carácter aparentemente seco. Tu manera de pasar de todo, de que te importara un pito la opinión del resto. Nos reíamos del mundo sin que nadie lo entendiera del todo.
Y nos comprendíamos. De verdad que sí. Tú te casaste jovencita y luego tuviste que echarle a la calle y poner el vestido de novia en la basura. Me lo contaste cuando yo eché al desequilibrado. Fuiste la única con la que fui honesta del todo, a la que dí detalles, con la que no me costó hablar. Porque tú me entendías, eras la única que no me ponía cara de pena, que no hacía preguntas absurdas o que me juzgaba. Tú te separaste más o menos a la misma edad que yo, pero en peores épocas, bajo peores circunstancias. Y por eso encontré tanta comprensión, tanto apoyo, tanta complicidad. Tu vestido de novia en la basura, cómo nos reímos las dos como tontas cuando me lo contaste ante la mirada atónita de otras.
A veces pensaba que eras la única que me entendía. Porque éramos las únicas que vivíamos solas, éramos las únicas “solteronas”. Tú sabías, lo hablamos mil veces, que cuando te acostumbras a la soledad, se hace casi imposible volver atrás. Que el primer día que coges el taladro te cagas de miedo, pero cuando consigues hacer el agujero te sientes invencible. Y después de eso, después de montar muebles, después de hacer lo que quieres y ser la única responsable, después de que nadie te contradiga, ni te cuide, ni te acompañe, ya no hay vuelta de hoja. Ya no vuelves a ser la misma. Y la gente te dice que eres muy dura, que tienes mala leche, que tienes demasiado carácter. Y recuerdo tu mirada cuando a alguna de las dos nos decían eso. Me mirabas, sabiendo que aunque nos separaban 30 años, éramos las únicas que lo entendíamos. Porque éramos las únicas que lo habíamos vivido. Y las mujeres fuertes, curtidas en mil batallas, apaleadas hasta los huesos y que se han recompuesto solas, nos reconocemos sólo con levantar una ceja. Por eso eras amiga de mi madre, pero también eras mi cómplice, mi camarada.
Te vi por última vez en el hospital, cuando aún te estaban haciendo pruebas. Cuando aún estabas como siempre. Tenías tu ordenador, tus libros, tus apuntes de la clase de historia del arte de mi madre. Todo desparramado por la habitación, porque te aburrías. Charlamos con naturalidad. Me diste la gracias por la visita, por el rato de conversación, por que ese rato te habías encontrado mejor. Y te di un abrazo y dos besos, en medio de bromas, porque igual que a mí, los besuqueos te ponían de mala leche. Pero esa vez nos los dimos. Y fue la última. Porque no has querido que nadie te viera demacrada por la quimio y la enfermedad. No has dejado que te visitáramos en un año entero. Y quiero que sepas, que aunque de forma egoísta me hubiera gustado verte, siempre lo he entendido. Y te he defendido, he sido la única en defender tu decisión, en pelear con todo el mundo, en darte la razón. Era tu derecho. Y yo, una vez más, lo comprendo.
Mañana tengo que ir al tanatorio. Por eso me estoy despidiendo aquí y ahora. Para llorármelo todo hoy y no hacerlo mañana. Para que quede entre nosotras, como tantas cosas. Para que una vez más, nos entendamos y le enseñemos el culo al mundo.
Te echaré de menos. Te llevo echando de menos un año. Y lo seguiré haciendo.

Ahora las mimosas se han secado y tú te has ido. Sit tibi terra levis. Que la tierra te sea leve, amiga.


sábado, 3 de junio de 2017

Being Naar

Una de las series que más me han gustado en los últimos años es una canadiense, muy poco conocida que se llama “Being Erica”. A mí me la recomendó una amiga de Twitter y no sé si se lo podré agradecer lo suficiente. Me vino muy bien cuando la vi por primera vez hace dos o tres años y ahora, que estoy esperando a que vuelva Juego de Tronos, la estoy viendo otra vez. La recomiendo encarecidamente.
El caso es que la serie va de una chica de treinta y pocos (ejem) con una vida un poco desastre (ejem, ejem) y bueno, por una serie de circunstancias que no vienen al caso, termina en una terapia muy especial en la que puede viajar en el tiempo para cambiar cosas de su pasado de las que se arrepiente. Lo que pasa es que claro, que tú puedas cambiar algo que hiciste no significa que los demás también lo vayan a hacer, por lo que generalmente, aprende de sus errores, comprende mejor su propia vida... pero no cambia gran cosa.
Es inevitable verla y no pensar en qué cambiaríamos si pudiéramos, qué haríamos diferente o qué no haríamos. Al menos así, en teoría. Yo por lo menos lo pienso muchas veces. Y después de muchas vueltas, me pregunto si realmente cambiaría algo. Y no es que no me haya equivocado, sabe Dios que en mí lo raro es acertar. Y no es que no me arrepienta de cosas, porque sé lo mucho que la he cagado y me siento muy responsable de tirar por la borda un montón de cosas buenas que podría tener en mi vida, como un trabajo, o una casa mejor, o más experiencias o más y mejores estudios. Pero a pesar de todo eso, a pesar de que mi vida es un asco muchas veces y que hay cosas que no me gustan nada, de la mayor parte de mis errores he sacado cosas buenas.
Por ejemplo, estar con el Desequilibrado fue un error. Sobre todo estar tanto tiempo. Y encima serle fiel. Pero si pudiera cambiar algo de todo aquello, seguramente sólo fuera lo último. Porque a pesar de la mierda de relación, de las consecuencias de mierda y de las otras mierdas, él trajo a Ron. Y por Ron merece la pena todo. Porque qué sería yo sin él. Sin su mirada tranquila, sin su serenidad felina, sin su calor. Ron me ha dado en estos casi ocho años mucho más de lo que pudo quitarme el Desequilibrado. Ron me ha curado muchas más heridas de las que él pudo hacerme. Así que si alguna vez consigo una terapia como la de Erica y puedo volver al pasado, lo único que haré será volver con el Desequilibrado, ponerle los cuernos todo lo que pueda y en cuanto traiga a mi Ron, dejarle plantado y huir con mi gato. Y si puedo, decirle cuatro frescas a la impertinente de su madre.
Por lo demás, obviando el efecto mariposa, sólo cambiaría pequeñas cosas.
Esa noche que justo después de dejarte en el bar encontré hueco y dudé si aparcar y volver o seguir conduciendo... pues aparcaría.
Esa vez que me propusiste quedar y no fui... pues iría.
Esa vez que me encerraste en el cuarto de los abrigos entre risas y bromas... no saldría tan rápido.
Esa vez que me pediste que me quedara un rato más pero yo tenía que madrugar... pues me quedaría.
Esa vez que me enfadé por una tontería y al final no nos vimos... pues aprovecharía tu visita a España para darte un abrazo.


Así de sencillo. Todas esas veces, con todas esas personas con las que perdí la oportunidad de compartir algo más, de hacer algo más de lo que hice. Por eso ahora, aunque me equivoco como siempre, trato de aprovechar las ocasiones al máximo. Trato de hacer caso a lo que me dicen las tripas. Trato de hacer lo que quiero, lo que realmente quiero, aunque no sea lo más correcto. Porque... ¿Qué diablos es lo correcto?  

domingo, 28 de mayo de 2017

Circle of life

Ser joven es maravilloso. Y no hablo del rollo de ser joven hasta los 40, ni los 30 siquiera. Que hoy en día se es joven hasta los 80. Y no me fastidies, porque no.
Y no es cuestión de que te sientas mejor o peor, de que realmente tú creas que eres joven. No estoy hablando de eso. Porque obviamente, yo he cumplido 34 este año y creo que los 30 son una década estupenda, pero ya no soy TAN joven. Y si alguien quiere llevarme la contraria y decirme que es súper joven con más de 30, que se vaya a una discoteca y mire a su alrededor, que se pasee por el campus universitario o que se ponga una diadema de flores y unos short a medio culo y me lo cuente. Si lo hace y no se siente un poco, aunque sólo sea un poquito mayor, pues bien por ella, pero que se lo haga mirar.
Además, la edad tiene ventajas. Empezaba diciendo, y lo mantengo, que ser joven es maravilloso. Y sería casi perfecto si no fuera porque eres idiota. Es así, la edad te quita belleza, energía, ganas de juerga... y te da experiencia. Al menos si lo haces bien.
Cuando yo tenía 20 años creía que siempre sería joven. Creía que sabía muchas cosas. Creía que siempre tendría la piel perfecta y el pelo rubio. Creía que mis amigos siempre estarían ahí. Creía que seguiría saliendo de juerga todos los viernes. Creía que mi vida no cambiaría tanto. Lo dicho, era una ingenua. Ahora me encuentro casi a la mitad de la treintena y ya no soy tan guapa, tengo manchas en la cara, me están saliendo canas y cada vez sé menos cosas. Ya no salgo apenas, mis amigos están desperdigados, casándose y siendo padres y mi vida no se parece a nada a lo que había imaginado.
Ayer hubo un torneo de rugby universitario que hace todos los años el equipo de la facultad de Ross. Allí estaba la vieja guardia, aquellos a los que yo vi jugar creyendo que ya eran mayores (tenían en aquel entonces veintimuchos o treinta) y los que éramos novatos hace más de diez años. Y también estaban los jóvenes de ahora. Tan inocentes, tan llenos de vida, tan guapos, tan imberbes. Tan monos ellos.
La verdad es que lo pasé en grande. Los abrazos sinceros con la gente que veo una vez al año, los reencuentros con aquellos que ya admiraba hace más de una década, los ojos azules del dueño de mis sábanas que siempre me transportan a otro mundo. El abrazo que me dio, levantándome del suelo. Las risas, las anécdotas, las canciones obscenas, el espíritu de los cuarentones dejándose la piel en el campo. El olor de Cantarranas, el agua de la manguera, la cantidad de recuerdos pegados al barro, perder la vista entre los árboles del fondo como tantas veces hice con veinte años.
Sentir que el tiempo ha pasado irremediablemente.
Hace unos años, cuando pasé mi crisis de los 27 aproximadamente, estas cosas me hacían pasarlo realmente mal. Saber que ya no era de las más jóvenes del garito, ver a las chicas de las nuevas generaciones mucho más guapas que yo, saber que la punta de lanza ya eran otros. Pensar que la vida universitaria ya había acabado y que nunca volvería. Pero ayer me dio igual. Porque yo estaba allí tan ricamente, compartiendo recuerdos divertidos con mis amigos de entonces, riéndome una vez más con el Lobo y la historia de la chumbera y poniéndome al día con toda la gente. Allí estaba yo, importándome un pito que todas las jovenzuelas tengan el culo más duro, que no sepan lo que es el melasma o que no les duelan los pies. Porque yo sé cosas que vosotras ni imagináis, queridas. Y todo eso que ahora os parece un problemón, a mí ni me altera el pulso. Y esas cosas que os dan miedo, yo me las paso por el forro.
Y allí, en medio de todo este torbellino, tuve una revelación. Un chaval nuevo, de veinte años escasos, con pinta de alternativo, con el pelo rizado en una especie de trenza, con los ojos claros y unas facciones casi perfectas, apareció entre la gente con una toalla atada a la cintura y sin camiseta. Vi cómo le miraban las niñas. Vi cómo se pavoneaba. Vi cómo sonreía y cómo miraba él a la gente. Vi que se creía invencible. Vi que él piensa que sabe muchas cosas, que siempre será joven y guapo y rubio. Y sonreí. Porque chaval, eres una monada, de verdad, pero no sabes nada. Tú no eres el primer chico guapo que hay en este equipo, no eres el primer pimpollo que se pasea por este campo. No eres el primero que baja bragas con la mirada, no eres el primero en hacerse peinados raros. No eres el primero en nada. Sólo eres el guapo de tu generación. Pero antes ya estuvo el dueño de mis sábanas, que se creyó lo mismo o más que tú y ahí estás, destronándole. Como él destronó a otros. Como otros te destronarán a ti. Ya lo dijo el Rey León antes de que tú nacieras, es... circle of life.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Pfffffff... qué pereza

Hace poco comenté que el mayor de mis pecados era la pereza. Y me he dado cuenta de que lo estoy llevando a un nivel muy elevado. Me dan pereza cosas absurdas. Por ejemplo, me termino una serie y tengo varias por empezar, pero me da pereza. Porque no conozco a los personajes, no sé de qué va la vaina y pffff... qué pereza. Así que vuelvo a ver las de siempre, que me sé los guiones de memoria.
También he descubierto un grado plus de pereza: la gente. La gente me da pereza. Juntarse en grupo con gente que no conozco, pfffff... Juntarse con mis amigos de siempre para hablar de niños, pfffff... Juntarse con gente inteligente para hablar de temas serios, pfffff... Juntarse con gente simple para hablar de idioteces, pfffff...
Empiezo a pesar que el momento de hacerme ermitaña, tener mi propio huerto y vivir sin más compañía que los gatos está acercándose peligrosamente. Tengo que terminar de convencer a Pimiento y Tomate de que la edad del bambo ha llegado YA.

El otro día, por ejemplo. Quedé con una amiga a la que llamaremos... Lua. Sí, eso. Lua ya me da un poco de pereza de por sí. Y no es por nada, de verdad que la quiero mucho. Pero últimamente le ha dado por unos rollos que no van conmigo, así que la pereza me ataca fuerte cuando quiere que quedemos. Pero bueno, repito que la quiero mucho, así que me obligo a mí misma a salir y verla. Y entonces, entre otras múltiples pamplinas que no vienen al caso, Lua me cuenta que se ha dado de alta en toda clase de páginas de esas para buscar “pareja” y que se está hartando a frungir. Y bueno, de entrada no me parece el mejor de los planes. Más que nada porque si me voy a dedicar a follar por follar con desconocidos, casi prefiero hacerlo cobrando, que la cosa está muy mal y tengo dos bocas gatunas que alimentar. Y segundo porque de nuevo, pffffff... la pereza a máximo nivel.
Y diréis, qué le ha pasado a esta mujer, que de repente se nos ha vuelto tan puritana. Nada más lejos. Yo he sido un poco golfa. Y no me arrepiento ni pizca. He pasado mis rachas de “vida alegre”, de amoríos, de dejarme querer, de saber que gustaba, de no pensar en el mañana. Dentro de mí aún late a veces aquel halo de misterio y de erotismo con el que sabía jugar tan bien. Aún sé mirar de reojo y notar cómo me crecen los colmillos. Pero nunca me dediqué a zumbarme a desconocidos sacados de cualquier página de mierda sin poner filtro alguno, sin buscar nada más que el pumba-pumba. Nunca me dediqué al sexo vacío de juego y de complicidad. No, porque no me aporta nada. A mí, ojo. Que por mí cada uno puede hacer lo que le venga en gana. Sólo que yo, repito que para hacerlo de ese modo frío y mecánico, prefiero cobrar una pasta gansa.
En todo caso, lo que me daba la pereza de las perezas eran las cosas que me contaba Lua, el tipo de personajes que hay en esas redes. Que habrá gente maja, gente que quiera buscar algo un poco más especial o un poco más personal o lo que sea. Que supongo que los habrá que busquen pareja de verdad. Y conste que a mí conocer gente por internet me parece genial. Una gran parte de los mejores amigos que tengo ahora los he conocido por el blog. Incluso tuve una relación maravillosa con Niño Chico, al que también conocí por aquí y al que sigo queriendo hasta la médula. Pero el rollito que se trae Lua es más tipo poner foto y pedir rollo al que sea, y si acepta, hala, barra libre de frungimiento.
Y claro, como para el punchimpún da lo mismo uno que otro y no los conoces antes ni un poco, se da el caso de ir a cepillarte a uno y descubrir toda clase de cosas desagradables. Que igual en la foto de perfil parece medio normal y luego lleva tatuada la cara de su hijo en el pecho a tamaño natural. O el escudo de su equipo de fútbol. O aún tiene el nombre de la exmujer (vamos a creernos lo de ex) en letras góticas. Y aún quitando ese tipo de regalitos, porque luego es que yo me pongo muy exquisita, están los tipos con un coche enorme y un pene diminuto. Los que te venden o intentan venderte toda clase de motos que no quieres comprar. Los que te mandan fotos de su rabo a los dos minutos de conversación. Y el típico que se ha creído lo de las 50 sombras de Grey y no llega a ser Torrente. Y a parte del pffff, puaj.
Además, para colmo de mis males y de mi bajada de líbido, me dio por pensar que ni uno de esos era capaz de escribir en condiciones. Le pregunté a Lua y me lo confirmó. Ella, que tampoco es una erudita admite que “patinan bastante”. O sea, gente que no distingue “a ver” de verbo “haber”. Y yo, lo siento mucho, pero soy una talibán de la ortografía. A mí me escribes “ola wapa” y ya se me ha cerrado el chichi como una lapa contra la roca. Es que no puedo, no lo soporto. Hoy en día, con tantas posibilidades a tu alcance, tantos libros, tantas cosas que leer, si no sabes escribir es porque no te da la puta gana. Porque pasas de todo, porque no prestas atención, porque eres de los que crees que eso son chorradas. Y esa gente no me interesa. Esa gente me da más que pereza.

Así que me da por pensar. De momento no creo que nunca más vuelva a buscar pareja (aunque por cierto, buscar, lo que se dice buscar, no la he buscado nunca, pero eso es otro tema). Y no porque me vaya bien en el tema precisamente, pero aún así lo tengo bastante claro. Y cuando veo estas cosas, más aún. Porque ya me da bastante pereza conocer a alguien y tener que pasar las primeras fases, como para encima tener que descartar al 90% de la población bien sea por tatuajes que me traumatizan, bien sea porque creen que ortografía es escribir con el orto. Que igual son manías mías, que me estoy haciendo más rara por momentos, pero madre mía qué pereza. Qué pereza más grande.  

jueves, 11 de mayo de 2017

Mr Hyde hormonado

Todo el mundo tenemos ciertas cualidades que nos hacen ser quien somos. Algunas son muy evidentes, otras más sutiles. Y muchas veces, nosotros mismos desconocemos cuales son las que nos hacen especiales. Yo últimamente, tras pasar por una racha de mierda, he llegado a varias conclusiones sobre mí misma.

He comentado alguna vez que tengo endometriosis y problemas con mis reglas y mis ovarios desde que era una cría de 16 años. Eso me ha llevado a pasar largas rachas con un anillo de hormonas metido en el mismísimo. Y tiene un lado muy positivo. Mis reglas se vuelven regulares, de duración y flujo normal, me encuentro un poco mejor físicamente, no tengo tantos dolores y cólicos. Además, se me ponen unas tetas envidiables y cojo algo de peso, por lo que parezco más saludable y los vaqueros me sientan mejor. Y encima, la ventaja de frungir a prepucio remangado, que diría mi amigo Gordito.
Y diréis, qué bien, qué de ventajas. Pues no. No son suficientes. Porque la cara oculta de todo esto es que dejo de ser quien soy. O, mejor dicho, pierdo todas las cosas buenas que me hacen ser quien soy, pero potencio lo malo, lo oscuro y horrible, convirtiéndome en una versión muy negativa de mí misma. Soy un Mr Hyde hormonado, triste y abatido al que lo único bueno que le queda son su preciosas tetas.

Hace un mes y una semana que me quité el anillo y a pesar de que muchas cosas en mi vida no funcionan como deberían, soy de nuevo una Naar a la que no me cuesta reconocer. No soy un ente que se sume día tras día en una depresión absurda, con una negatividad, un mal rollo y una capacidad autodestructiva que la hace insoportable. Vuelvo a ser yo, con mis días buenos y mis días malos, pero yo. Vuelvo a tener ganas de reírme, de escribir historias, de cantar en el coche.

Ya sabía que las hormonas me afectaban de muy mala manera, sabía que me quitaban la capacidad de reírme porque hace ya un par de años me lo dijo el Niño Chico y él me conoce más que nadie. Y es verdad, yo, que le veo la gracia a todo, me dejo de reír. Dejo de divertirme y de disfrutar. Dejo de reírme. Y lo repito, porque en la mayor parte de mi vida, ha sido lo que me ha salvado del naufragio, ha sido mi arma, mi escudo, mi fuerza, parte de mi identidad. Y lo pierdo. Y qué coño soy yo sin reírme.
Lo malo es que esta vez, que ha sido muy chungo el tema, he perdido más cosas. Había perdido la capacidad de escribir. No sólo de paridas, con humor y tal. No era capaz de juntar tres palabras seguidas. Que quien dijo eso de que en las malas rachas es cuando se escribe mejor y que la tristeza inspira mucho, se equivocaba conmigo. Porque no era capaz de escribir nada, ni alegre, ni triste, ni deprimente. Ni siquiera una nota de suicidio. Para colmo, no aparecían historias en mi cabeza, de esas que no llegan a nada, pero que me entretienen, que a lo mejor dan para un cuento o para un post o lo que sea. No daba ni para contar una anécdota. Y qué coño soy yo sin historias.

Total, que una vez más, como un ave fénix que resurge de sus hormonas, estoy reconstruyéndome de nuevo. Porque no es fácil darte cuenta de que esos demonios viven dentro de ti y que tienes que luchar con ellos. Que vas a estar toda tu vida lidiando entre tu cuerpo y tu cabeza, que tienes que elegir entre sentirte bien físicamente y ser un persona que no te gusta o pasar la mayor parte del tiempo dolorida y ser medianamente feliz. No es fácil aceptar que tienes un lado oscuro, jodido y destructivo y tu única manera de combatirlo es a fuerza de reírte de ti mismo y de todo lo que te rodea.

No es fácil asumir quién eres, pero nadie dijo que lo fuera.  

jueves, 27 de abril de 2017

Querido acosador del tranvía

El otro día nombraba a Coco por un tema más filosófico, hoy lo voy a traer de nuevo a colación porque hay gente que se ha debido perder el significado de “sí” y “no”. Igual es difícil de pillar.

El asunto es que se ha hecho viral una especie de noticia, que vaya periodismo de mierda se hace hoy en día en muchos aspectos por cierto, sobre un tipo que vio una chica en el tranvía en Murcia y ha llenado la ciudad de papelotes buscándola. Así porque sí, porque sus huevos toreros lo valen. Y vamos a desmigar el tema porque me parece lo suficientemente importante. Siento que el post vaya a ser muy largo, la ocasión lo requiere.




Primero, el tío será llamado a partir de ahora Acosador. Porque es lo que es y punto, no admito discusión al respecto.

Segundo, el acosador admite que no es la primera vez que busca una persona de la nada. Esto lo único en lo que lo convierte es en reincidente. Hay quien se ha planteado la posibilidad de que tenga alguna clase de trastorno y yo no lo descarto. En ese caso, necesita tratamiento, pero no es eximido de su culpa. Los problemas mentales son un atenuante, pero no te dejan libre de lo que haces. Es decir, si alguien con una enfermedad psiquiátrica mata a otro alguien, tendrá el correspondiente castigo a pesar de su enfermedad, no va a quedar impune, libre y paseándose por la calle para que lo vuelva a hace. Así que no, no me vale que este chico “es un pobre loco” que no merece ser acusado de lo que es, un acosador peligroso.

Tercero, aquí hay un problema de machismo. Dejando de lado si tiene un trastorno o no, que ahora mismo no es lo importante, hay un machismo subyacente en la sociedad que lleva a los hombres a pensar que ellos pueden elegir a una mujer y ésta debe ser suya porque sí, sin importar ni tener en cuenta lo que ella quiere, lo que ella opina, lo que ella siente. Sin tenerla en cuenta para nada. Ella no pinta nada en esta historia porque él ya la ha elegido. Como el que ve un par de zapatos monos y se los compra. Y NO. No es aceptable bajo ningún concepto. El tío dice que “intercambiaron miradas” eso se traduce porque él la miraba, y cuando te miran, sueles mirar. Y punto. Eso no significa nada. De hecho, es más que posible que él la mirase tanto que ella mirase varias veces en plan qué quiere este tío, por qué no me deja en paz. Todas las mujeres a veces hemos sentido eso. Y no es agradable, no gusta. Porque si te gusta, lo haces saber, sonríes, haces algún gesto, dices hola. Si sólo hay miradas, quizás es porque te está incomodando. Luego el acosador dice que le hizo gestos para que se bajara con él pero ella lo ignoró. ¿Eso no le dice nada? Si te hacen un gesto y no respondes, la comunicación se ha terminado. Que de todos modos, me parece fatal. Si ves una chica o chico que te gusta, lo normal es acercarte y decir algo. De forma educada y no invasiva, puedes probar suerte. Oye, que te he visto y me gustaría conocerte, quieres un café. Algo así. Y si te dicen que no, pues nada, gracias y adiós, lo siento si te he molestado. No lo veo mal. Sin insistir, sin dar la brasa, sin poner a la otra persona en una situación incómoda. Pero hacer gestos es confuso e irritante. Y desde luego, que un tipo te haga señales para que te bajes con él del metro, bus o lo que sea, lo único que te da es susto. Porque no le conoces, no te ha dicho ni hola y qué cojones querrá el puto psicópata. Así que, obviamente, no te bajas. Aún así lo más seguro es que la chica se fuera medio asustada o preocupada a su casa, mirando de vez en cuando a ver si el loco de la pradera la va siguiendo. Cosa que tampoco es descabellada porque pasa todos los días.

Cuarto, aunque ahondando en el tema del machismo merece un punto a parte, aquí hay un problema de educación. A los hombres se les enseña que las mujeres dicen que no cuando quieren decir que sí. Que las mujeres difíciles son las que valen la pena, que hay que luchar por ellas. Que las demostraciones de amor grandilocuentes son románticas y que pueden conseguir a cualquier chica con gestos de película mala. Y a las mujeres se nos enseña que si te gusta un chico no se lo puedes hacer saber, que hay que hacerse un poco la estrecha porque si no, pierden el interés. Que si te acuestas con un chico demasiado pronto, no te va a respetar. Y estas ideas se retroalimentan la una a la otra en un bucle infinito de estupidez. Porque el respeto, queridos y queridas, es otra cosa y no tiene que ver con lo que haces con tu entrepierna. El respeto se gana con tu actitud ante la vida y ante las circunstancias, no por llevar bragas de cuello alto que no te quitas nunca. Y si un chico te gusta, no pasa nada por decirlo, por interesarte por él, por dar un paso. Estoy harta de la idea de que las mujeres nos tenemos que dejar conquistar por caballeros de brillante armadura. Estoy hasta el coño moreno de que si no estás un tiempo prudencial mareando la perdiz para que el tío se esfuerce en conseguirte es que eres fácil, puta, guarra, zorra. Que ya basta, que ya es suficiente.

Quinto, el tío presupone que la chica parece triste y se justifica y pone en la posición de bueno alegando “que él quiere hacerla feliz y que es muy cariñoso”. Mira, puede que la chica fuera con la cara mustia. Porque se encontraba mal porque estaba con la regla, porque había discutido con su madre, porque se había muerto su hámster, porque le salía del culo estar pocha ese día. O porque había un capullo mirándola sin parar desde el otro lado del tren. No es asunto de nadie y tiene todo el derecho a ir con la cara que le dé la gana sin que nadie se sienta en la situación de tener que cambiarlo. Que el acosador se permite el lujo de decir que quería “sacarle del infierno en el que te encontrabas”, basándose en la nada, en lo que a él le gustaría, en lo que cuadraría en su loca historia. Porque el infierno, no es por nada, ya se lo está montando él con toda esta escenita. Y si es verdad que ella está triste, ya se alegrará cuando quiera, donde quiera y con quien quiera. No necesita nadie que vaya a salvarla de sus penas y menos, un desconocido. Porque el muy gilipollas encima se permite el lujo de decir que se ha enamorado de su tristeza. Y no. De la tristeza no te enamoras. La tristeza te produce ternura, compasión o afán de protección, sentimientos muy nobles si son por tu padre o por tu hermanita pequeña. Pero no por una pareja. Porque si te enamoras bajo esas circunstancias es que pretendes tener una relación de superioridad, donde la otra persona te necesita, donde tú eres el dominante, el superior, el que le otorga esas sonrisas y esa alegría que crees que necesita porque sin ti está triste, infeliz, jodida y rota, pero tú arreglas todo eso. Y de nuevo, no, no es forma de querer las cosas.

Y sexto y último. No me quiero poner en el pellejo de la chica. Que encima de que estuviera (vamos a suponer que es verdad) de bajón por lo que fuera, encima de que un pirado te ha hecho gestos en el tren y has llegado a casa asustada de ver una sombra por si el tío ese aparece de la nada... encima, vas y te encuentras a los dos días tu ciudad, que no es tan grande por cierto, llena de carteles que hablan de ti y la mitad de los medios de comunicación dando bola a un acosador bajo la bandera del amor. De un amor enfermo y mal entendido, lleno de estereotipos feos de películas baratas. Llamando amor al acoso, victimizando al acosador porque el pobre, está desesperado buscando al potencial amor de su vida, sin que nadie se plantee la situación en la que se está poniendo a la muchacha.

Como remate y a nivel personal, diré que mal, muy mal vamos por este camino. Porque yo sé lo que es que te acosen y sé la fina línea que separa esos “gestos románticos” de que el tío se cabree porque no consigue lo que quiere y te insulte, te humille, te intente asustar, chantajear o en el peor de los casos, te llegue a agredir. Y ojalá me equivoque y no sea el caso concreto, pero no se puede dar pábulo a estas actuaciones. Y luego nos ponemos el lacito morado en la solapa, nos indignamos cuando hay una mujer muerta a manos de su ex, o de su pareja. Luego decimos que cómo puede pasar en pleno siglo XXI, que es inconcebible. Luego nos solidarizamos mucho el día de la mujer. Pero sale esta historia y le vemos la gracia y le vemos el lado romántico y le vemos el lado idealizado y bonito. Y ay, ojalá se encuentren y se quieran. No se puede ser más gilipollas. Y así vamos de puto culo, os lo digo. Porque o cambiamos la forma de ver las cosas de raíz y nos damos cuenta de los problemas antes de que la siguiente aparezca apuñalada, ahogada, muerta a palos, o no dejará de ocurrir. Y debería darnos vergüenza. Porque cada mujer que muere a manos de un hombre es un fracaso de toda la sociedad. Uno grande, enorme, doloroso. Y espero que algún día dejemos de mirar para otro lado y de justificar lo injustificable.