miércoles, 16 de julio de 2014

Vacaciones sin niños

Vacaciones: dícese de desconectar de todo lo que te desagrada del día a día y disfrutar de las cosas que te gustan, según el diccionario Naar.
Desde que empieza el buen tiempo empiezo a pensar en las cosas que me gusta hacer para aprovechar a hacerlas todas durante el verano. Por si acaso. Que el invierno es muy duro.
Una de ellas es perder de vista a mis vecinos. De vista y de oído. Reconozco que entre los vecinos de abajo que son auténticos pregoneros y los de enfrente que tienen dos niñas a cada cual más chillona que la anterior, termino hasta al gorro de berridos mañaneros. Y nocturnos. A veces creo que deberían plantearse donar sus gargantas a la ciencia y que les estudien prestigiosos médicos para encontrar el remedio a la afonía. No me explico como gritando tanto no sufren de una faringitis crónica e incurable.
Y una de las cosas que valoro de irme de casa en verano es el dejar de oír llantos y pataleos.
Hace ya tiempo que llegaron a España los hoteles y recintos para adultos. SIN niños. Como por ejemplo este hotel en Salou sólo para mayoresde 16 años. Y no es discriminación ni nada, hay miles de sitios donde puedes ir con niños, o incluso pensados para ellos. Hoteles y cruceros con animación infantil, con zonas de juegos, recreativos, teatro, actividades y demás. Parques de atracciones y temáticos. Mil opciones. Por eso me parece genial también que exista la posibilidad de querer ir de vacaciones sin niños alrededor, de poder comer tranquilo sin escuchar rabietas, oler a papillas o ver a críos revoloteando alrededor de tu mesa. De ir a sitios donde nadie te pida que no hagas ruido a ciertas horas porque los nenes están durmiendo. Sin tener que tener cuidado de no decir cosas no recomendadas para oídos inocentes o escuchar llantinas porque es la hora de dormir o de comer o simplemente, la de llorar porque sí.
No sé, a mí me parece una opción estupenda para tener unos días tranquilos si no tienes hijos, si no te gustan los niños o si, simplemente, te apetece desconectar del tema. Que seguro que muchos de los que van tienen hijos y sólo necesitan unos días entre adultos, para vivir la intimidad y las conversaciones sin pañales, baberos y requerimiento de atención constante. Además, aunque seas padre también tienes que dedicarle tiempo a tu pareja. Y si no lo eres, con más razón lo que te apetece es estar en un plan romántico o divertido o de cualquier tipo que no implique las molestias de los niños ajenos.
El caso es que a mí este tipo de establecimientos me atrae muchísimo. Es de sobra conocida mi poca afición a los críos y desde luego, si lo que me apetece son unos días de relax, de pareja o de diversión, el hecho de estar entre adultos me parece un incentivo más para disfrutar de las vacaciones.


sábado, 12 de julio de 2014

El caos me gana siempre

Cuando voy a viajar me suele gustar tomarme unos días antes para organizarlo todo y dejarme la casa limpia y recogida. Y casualmente esos días suelen surgirme toda clase de imprevistos y planes. Así que me termino yendo de viaje con la casa hecha un desastre, pilas de ropa amontonadas en los rincones y dejando cosas tendidas que se resecarán al sol cual mojama. Y por supuesto la maleta la hago la noche de antes de viajar, con los nervios totalmente desatados, sin saber qué meto y qué olvido, sin encontrar la mitad de lo que quiero y llevándome mil cosas absurdas e innecesarias. Así es la vida. O la mía al menos.
Cuando volví de la odisea pintora del pueblo, dije, bueno, hago todas las cosas de burocracia y papeleos en la primera semana y la segunda la tengo para salir un poco de rebajas, ir limpiando y ordenando y hacerme una lista de lo que me llevo al viaje. Realidad: la primera semana me la pasé durmiendo. Y la segunda tengo un estrés encima que para qué. He hecho mil cosas de las cuales la mitad darían ellas solas para un post, he pasado la ITV de dos coches, me he renovado el carnet de conducir, he ido al ginecólogo, he quedado con mis amigos y, eso sí, he salido de rebajas. Lo que no he hecho ha sido limpiar ni recoger, ni hacer maleta ni organizar nada de nada. No sé para qué me esfuerzo, si lo mío es vivir en el caos.  
Para colmo se me ha estropeado el portátil y tengo que escribir en mi ordenador de sobremesa que hacía meses que ni lo encendía. Y tengo que escribir sentada en una silla como una persona normal. Lo odio. Me inspiro más despatarrada en el sofá mientras como, fumo y miro la tele con un ojo. Lo dicho, el caos es lo mío.
He dejado un par de post programados para estos días, pero no estaré operativa por lo que no comentaré ni responderé comentarios, si es que acaso aún queda alguien que vaya a hacerlo. Pero volveré, así que no huyáis, cobardes.

Sólo espero que con las prisas no meta en la maleta la ropa de invierno y deje los bikinis resecándose al sol. 

lunes, 7 de julio de 2014

Animalear!!

Si os digo que soy una loca de los animales, seguramente no os sorpenda a estas alturas. Pero los días que he pasado en el pueblo me han hecho pensar. Yo voy a ser una loca con un síndrome de Noé importante. Aún no me he acercado a la menopausia y ya lo estoy planeando. Yo en esa casa voy a tener montones de gatos, de perros, de cobayas, de conejos, de hámster y de todo. Y si nadie me lo impide, una cabra y un burro. Pero claro, me dio por pensar. Porque tener animales es una pasada, pero a veces ir a comprar su comida y sus trastos es un coñazo. Y más si tienes muchos. Porque los sacos de pienso pesan y no siempre encuentras los que quieres. Y menos aún si vives en un pueblo cochambroso como es mi plan.
Así que me puse a investigar y encontré una página que ha ganado el premio a la mejor tienda de mascotas. ¡Y tienen de todo! Comiditas de todas las marcas, chuches, platos y  juguetes. Y cosas que me han llamado muchísimo la atención y siempre me habían preocupado porque no encontraba en ningún sitio, como accesorios para viajes (cinturones de seguridad especiales) y transportines estupendos. Y no sólo para gatos. También para mis futuros perros, para los roedores, pájaros y hasta para los reptiles. Mis salamaquesas de la pared terminarán domesticadas y dejarán de cazar los incómodos mosquitos.
La verdad es que lo veo un planazo. Porque yo seré una vieja loca, pero oye, mi Internet que no me falte. Así que podré encargar la comida, la tierra y los cachivaches que me dé la gana y ya vendrán a traérmelo. Así me despreocupo de salir y de andar buscando lo que me gusta. Podré vivir recluida en mi mundo con mis bichos y mi huerto. A mi bola total y con mis amigos peludos de lo más cuidados.
La verdad es a veces, me entran unas ganas terribles de ser vieja y poder volverme completamente loca de una vez por todas.

Como por el momento no me puedo permitir locuras porque tengo otras responsabilidades, simplemente dejo la idea aparcada, pero os cuento lo de la página porque me ha molado de verdad. De hecho, voy a encargar a Roncete unas cositas por su cumple que es en agosto y le he echado el ojo a unos rascadores que además están muy bien de precio. A ver si así de paso deja mi puf azul en paz, que lo tiene frito. Animaos a entrar y mirar cositas y si encontráis algo que os guste, decidles a vuestros nenes que van de parte de la tía Naar.

viernes, 4 de julio de 2014

conversaciones a la flamenca

Mi padre no tiene móvil ni lo ha tenido nunca. No es un ser mitológico, es real. Está como una chota, pero es real. Mi madre sí tiene uno, un nokia horrendo y complicadísimo al que ignora con frecuencia. Y por supuesto sin tarifa de datos ni nada, lo que me obligaba a llamar o a mandarme SMS con ella. Para los jóvenes, los SMS eran los mensajes del pleistoceno, se parecían al wasap, pero te cobraban cada vez que dabas a enviar y tenías un número limitado de caracteres. Y no sabías que llegaban o no, ni cuándo había mirado el móvil la otra persona por última vez. Antes vivíamos a lo loco, como verdaderos temerarios.
Hace unos días me ofrecieron un móvil los de la compañía del Internet que tengo en casa sin coste y tal. La oferta era buena y yo pensé que sería una buena idea modernizar a mi madre. Porque ella no quiere ponerse Internet en su número por unas cuantas razones que comprendo y respeto, pero estoy hasta el moño de las limitaciones del asunto y más en verano que siempre una de las dos está por ahí fuera. Así que cogí el móvil nuevo y se lo di a ella.

-         … Así que este móvil será sólo para nosotras, no se lo des a nadie. Así puedes tener wasap y 100 minutos al mes para llamar. Vamos a probarlo estas semanas hasta que yo me vaya de vacaciones. – le dije.
-         Vale, pero ¿esto es lo de la flamenca?

Al parecer había leído por ahí un artículo de cachondeo que hablaba de la flamenca del wasap. Así que mi madre, esa inútil de la informática, no tenía ni idea de cómo desbloquear el móvil ni de dónde debía pulsar para llamar, pero lo primero que me pregunta es dónde está la flamenca. Y yo con toda mi paciencia (que es muy poca, tengo que admitirlo), tratando de enseñarla a usar el cacharro en cuestión.

-         Mira y así se desbloquea la pantalla, ¿ves? tienes que arrastrar el dedito.
-         Ya. Pero enséñame la flamenca.
-         Vale, mira esto verde es el wasap. Tú lo abres y esta es la conversación. A ver, pon algo.
-         La flamenca.
-         No, mamá, pon un “hola” de prueba.
-         Yo ya sé poner “hola”, yo quiero la flamenca.

Ni para qué contaros cuando vio la infinidad de emoticonos y pariditas del wasap, la flamenca se quedaba corta para todas sus emociones, pero por suerte hay berenjenas y caritas felices y gatos y cabras y avellanas y otras muchas cosas útiles. Curiosamente, a pesar de haberme asegurado que sabía poner “hola” yo no lo tengo tan claro. Puse la foto en twitter, pero os transcribo una conversación del otro día:

Yo: mamá, estás ya en mercadona?
Mamá: No. Rs.
Yo: Rs???
Mamá: eso es un gallo.
Yo: ¿?
Mamá: perdón, fallp.
Yo: Tardas mucho?
Mamá: Mo.

Ehhhh… Ni qué decir tiene que le desactivé el preeditor de palabras porque ya hubiera sido la hecatombe, pero mi madre se vale sola para hablar el idioma de Mordor. Y eso mezclado con llamadas y preguntas absurdas tipo ¿tengo Internet siempre o sólo cuando esté en tu casa? o ¿Por qué veo la conversación de antes? O ¿estas fotos las he enviado yo o me las has enviado tú?

Empiezo a pensar que no fue tan buena idea la mía de modernizar a mi madre, pero no sé de qué me sorprendo, yo no he tomado una buena decisión en toda mi vida. Y claro, ahora recibo mil wasap al día de los cuales la mitad son cosas ininteligibles y la otra mitad son flamencas. Fantástico todo.  

miércoles, 2 de julio de 2014

el cuaderno de pintácora

¿Alguna vez habéis ido a un spa? ¿Os han dado un relajante masaje de pies? ¿Os han hecho la manicura y os han quedado unas uñas preciosas? ¿Alguna vez habéis hecho algo placentero del tipo que sea?
Bien, pues no se parece en NADA a lo que he hecho yo toda la semana pasada. Me he dado una paliza importante a pintar, limpiar, rascar pintura hueca y demás tareas poco gratificantes. Me he roto las uñas, me he quemado la piel con productos químicos, me he dejado las rodillas moradas y las piernas llenas de cardenales. Me he querido volver, he sufrido ansiedad, frustración, dolor, ira y ganas de morirme o de matar a alguien.
Y diréis, mujer, por qué no te volviste a tu casa. Pues porque ese no es el estilo Naar. El estilo Naar es dejarse la piel, literalmente, hasta que hace lo que se ha propuesto. No es un estilo recomendable, ni cómodo, ni fácil. Ni siquiera inteligente. Pero es el único que conozco. Yo lo llamo el “por mis cojones”.
Así que finalmente la casa quedó pintada, limpia y como yo me había propuesto dejarla.
Los que me seguís en Twitter y habéis leído mi cuaderno de pintácora y sabéis que he tratado de tomármelo con humor porque es mi defensa para todo, pero ha sido duro. Duro de verdad. Pero por mis cojones que eso quedaba hecho. Y por mis cojones ahora estoy contracturada, agotada, dolorida y delgada. Porque eso sí, es un plan de adelgazamiento y puesta en forma estupendo. Como un campo de concentración, duro pero efectivo, oyes.
En fin, que he vuelto. Ahora tengo dos semanas por delante para solucionar mil cosas de papeleos y coñazos varios, pero al menos son tareas más livianas físicamente. Eso y contentar al gato, que anda mosqueado con mi ausencia a pesar de que mis padres vienen a cuidarle y le consienten todo como buenos abuelos.

Tooooootal, que después de esta terrible y agotadora experiencia lo único que echaré de menos del pueblo es acariciar de vez en cuando a las salamanquesas del patio que sacaban a relucir mi vena reptiliana. 

domingo, 22 de junio de 2014

qué alegría, qué alboroto

Como soy una gilipollas… hum. Voy a empezar de nuevo que luego dicen las malas lenguas que tengo mal genio. Ja. Yo, mal genio. Ja. Os voy a demostrar que no, que soy altamente positiva.
Decía que como soy una buena hija que quiere mucho a sus papás siempre estoy dispuesta a ayudarles y a complacerles. Y por eso me ofrecí generosamente a pintar la casa del pueblo, puesto que pintar la mía me resultó muy fácil y nada cansado. Y además como aquella es mucho más grande, más vieja, con los techos más altos y tal, será infinitamente más divertido. Y limpiar luego será la juerga, claro, porque limpiar después de una obra y rascar el cemento, quitar las lechadas de los azulejos y fregar cada rincón es fiesta pura.
Además tendré la gran oportunidad de dormir en esa cama viej… antigua que chirría hace un sonidito musical cada vez que te mueves. Y despertarme temprano, con lo que me gusta madrugar.
Huy, y podré ver a mis amigas, cuyas conversaciones no son nada tediosas y cuyos maridos no son nada machistas y controladores y me dicen siempre cosas tan agradables.
Y para colmo de mis alegrías podré estar desconectada del mundanal ruido, sin el horrible acceso a Internet de alta velocidad, ni la estúpida tele, ni las comodidades de la gran ciudad. Podré estar rodeada de bichitos y plantitas y piedritas y tierrecitas. Y qué ricamente, oyes, con toda esa gente que te conoce y que te pregunta hasta de qué color llevas las bragas cuando vas a por el pan y que cómo me gustan a mí los putos pueblitos.
Total, ardo en deseos de hacerme 300 kilómetros, de descargar cosas pesadas, de pintar y limpiar. Y nada de ganas de volver en una semana.


Por cierto, si de vez en cuando durante estos días igual sí descargo algo de mala leche en twitter, no seré yo, será mi alter ego malvado, pero no hagáis caso, que yo estoy encantada de la vida. Por los cojones. En-can-ta-da.

jueves, 19 de junio de 2014

Dentro de esa barriguita...

Llevo ya semanas aguantándome las ganas, pero no puedo más. No puedoooorrrr…
Esa panza que se ve ahí es la de Anita y dentro está mi futuro sobrinito o sobrinita.
Yo quiero un niño, lo reconozco, soy más de chicazos, de hacer el bruto y de pelear en el sofá. Pero algo me da que va a ser una niña. Y tampoco me importa, porque será preciosa como su madre. Y le haré coletas y le pondré horquillas y me jartaré a comprarle zapatos bonitos.
Cuando la gente me dice que quiere tener hijos, siempre dentro de mí se dispara la pregunta maldita “¿Por qué? ¿Por qué querría nadie en su sano juicio tener un hijo?”. No lo puedo evitar, es algo que hay dentro de mí y no funciona bien. Pero hay casos en los que la pregunta pasa desapercibida porque la alegría me invade más que ninguna otra cosa. Así me pasó esta vez. Que cuando Anita me dijo, “nena, voy a por el niño”, yo pensé, “pues oye, y tan bien”. Y creíamos que iba a ser más complicado, más difícil, más espinoso el camino. Pero no, a veces Dios, el destino o lo que sea, se pone de tu parte y a la primera el renacuajo se enganchó a donde debía y ahí sigue, nadando en esa barriga y moviendo ya sus pequeños bracitos y sus diminutas piernecitas. Parece mentira, coño, hace unos días sólo era una judía gorda con cabeza. Y ahora tiene patitas. Y ojitos negros aún. Y se mueve como loco de contento porque sabe lo mucho que le vamos a querer.
Y ahora que tu madre no nos oye, escucha un momento, pequeño. Soy tu tía Naar. Oirás que no me gustan los niños y descubrirás tú mismo que tengo una mala leche que espanta. Pero sabrás también que me sacarás todo lo que quieras, que te cogeré cuando te caigas y te curaré las rodillas. Que te daré de comer aunque me den arcadas con los purés. Que te cambiaré los pañales y te comeré la tripita a besos. Que te dejaré comer chuches cuando tu madre no mire, te dejaré subirte al tobogán y te llevaré a tomar helados. Que te cuidaré cuando mamá no pueda y que te aguantaré a la hora de la siesta si no te da la gana de dormir. Que te escribiré cuentos. Que estaré siempre que me necesites, desde ahora que estás aún nadando como un pececillo hasta que seas un adolescente insoportable que desesperes a tu madre. Y después también, aunque luego ya no me necesites, tu tía Naar seguirá ahí. Porque oirás que no me gustan los niños, y es verdad. Pero me gustas tú. Porque me gusta mucho tu madre. Y porque tú, pequeño bichejo, ya eres un poquito mío aunque no hayas nacido. Porque yo sabía que ibas a llegar antes de que tú mismo lo supieras. Porque yo he creído en ti desde antes de que fueras confirmado. Y porque me haces una ilusión bárbara. Y te voy a coger y achuchar aunque me llames pesada. No se lo digas a mamá, pero te voy a querer tanto o más que a ella. Y eso es mucho, pero mucho de mucho.
Así que chicos, toda esa energía de la guay que me mandáis muchas veces para Anita y para el pequeño renacuajo que nada en su tripita, para que a principios del año que viene nazca sano y precioso y nos llene a todos de alegría.