martes, 26 de abril de 2016

El nombre del Ross

El otro día dije que el Ross el único novio que he tenido al que llamo por su nombre de pila y se creó cierta curiosidad al respecto. Incluso mi querido Mr Roboto trató de adivinarlo. Me parece divertida la idea de que intentaseis adivinarlo, pero me temo que sería muy difícil, es ese tipo de nombre que casi nunca se te ocurren.
El caso es que no sé si os habrá pasado alguna vez, pero a mí cuando alguien me cae muy mal, pero muy mal muy mal, le cojo manía a todo lo que me recuerda esa persona. A veces es el nombre, otras un gesto o una expresión y otras simplemente un leve parecido físico lo que hacen que alguien me recuerde a otro alguien y me haga arrugar el hocico como Ron cuando huele algo que no le gusta. Que luego generalmente se me pasa, rompo esa primera impresión y no me dejo llevar por el impulso de coger manía a alguien por algo tonto y me termina cayendo hasta bien.
Un ejemplo claro es el Ross.
Hagamos historia. Cuando yo era una cría e iba al colegio de monjas del que he hablado en varias ocasiones, había un niño en mi clase con el que me unía una antipatía mutua. Él era el guay de turno, con su pelito de punta, su pendiente en la oreja y su pose de “miradme todos cuánto molo”. No le soportaba. Y como yo le odiaba en lugar de ir detrás de él con los pompones de animadora, él me odiaba a mí. Era una bonita enemistad que duró una década. Y se llamaba igual que el Ross.
Por eso, cuando conocí al Ross y me dijeron su nombre lo primero que pensé es que era imbécil. Así, de primeras. Se llama igual que un imbécil, ergo debe ser imbécil. La lógica aplastante de los 14 años.
Luego le conocí un poco más. Y le di una oportunidad porque francamente, no se parecía nada al otro niño mongolo aunque compartieran nombre. El otro era bajito, delgaducho, moreno y bizco. A día de hoy, aún me pregunto por qué era el guay, os lo juro. Mi Ross por el contrario era grandote, rubio y con los ojos verdes. Así que se me fue olvidando que se llamaba como mi archienemigo de la infancia. Y me ganó con ese humor absurdo, esa bondad y ese carácter tranquilo y apacible suyo. El resto ya lo sabéis, fuimos amigos, nos reencontramos en el bus y pum, amor al canto.
A día de hoy me he olvidado del tonto de turno que se llamaba con el Ross y me parece un nombre precioso.

Moraleja: un prejuicio es una barrera que ponemos nosotros mismos y que nos puede hacer perdernos cosas o personas maravillosas. Saltemos por encima de ellos.

lunes, 25 de abril de 2016

Infinity Dreams Award

Fíjate que yo pensaba que esto de los premios y tal había pasado de moda, pero al parecer, como todas las modas, ha vuelto. La verdad es que hace ya un tiempo me pasaron algunos que agradecí mucho pero que no llegué a hacer por tedio puro. Entre ellos, el de las 50 cosas sobre mí que tengo por ahí pendiente. Y éste, pues bueno, entre que me lo pasa Eva y que son sólo 11 cosas a decir sobre mí, pues venga, vale, lo hago. Lo que mantengo como siempre es mi norma de no pasarlo a nadie porque no me da la gana, básicamente. Quien lo quiera es totalmente libre de tomarlo y llevárselo y hacer lo que considere oportuno.
Y bueno, ahí van las 11 cosas sobre una servidora, intentaré no repetirme, pero después de tantos años, memes y demás ya no puedo prometer nada.
  1. Me repatean las fotos con mensajito cutre estilo frase de Coelho (en el mejor de los casos) o consejito de perogrullo que cuelga la gente en facebook. De verdad, no sé cómo no les da vergüenza. Y me uno a Eva también con el asco que me dan los que ponen fotos de enfermos o yo qué sé y añaden la frase de “sé que no darás like porque no sé qué” o “¿Me ayudarías con un like?”. Ya escribí sobre el tema hace tiempo y cada vez me cabrea más.
  2. Soy adicta a los programas conspiraoicos de la tele. Me los trago todos. Los de interpretaciones de la Biblia, los de alien, los de la parte oculta de la historia, los de enigmas nazis, los de asesinos en serie... me fascinan. Han sustituido a mi antigua adicción por la teletienda.
  3. El Ross es el único novio que he tenido al que suelo llamar por su nombre de pila. Que también uso a veces apelativos cariñosos, pero su nombre me gusta y me sale solo. Igual un día desvelo el misterio de cómo se llama.
  4. El Ross me llama “bolita” o “bola”. Nuestros amigos se descojonan porque yo parezco cualquier cosa menos algo redondo.
  5. Cuando vivía sola por las noches me ponía programas de Iker Jiménez en el mp3 con un altavoz pequeñito. Como ahora duermo con el Ross, uso los cascos y cualquier día me estrangulo con el cable. Si alguna vez dejo de escribir de repente y os enteráis que he fenecido en extrañas circunstancias, ha sido ahogada con el cable, seguro.
  6. ¿Os acordáis que hice una encuesta sobre si cortarme el flequillo y al final lo hice? Bueno, pues ya estoy hasta las narices de él. Me lo estoy dejando un poco largo para ladearlo y quitármelo, pero estoy en esa fase que ni sí ni no, que se me mete en los ojos y que siento impulsos de raparme al cero.
  7. Estoy planteándome poner un mercadillo con todos los zapatos que tengo usados de una vez o dos como mucho y que no me pongo. Más que nada para hacer sitio y poder comprarme otros nuevos.
  8. Hago autodefinidos de manera casi compulsiva. Siempre me han gustado los pasatiempos, pero los había abandonado. El verano pasado me reenganché por culpa de Pimiento y Tomate y sigo haciéndolos como loca. Me relajan.
  9. Me he hecho adicta a Aliexpress. Entré por curiosidad un día y es el horror. Hay de todo y tan barato que es imposible no picar.
  10. Hay noches que después de cenar me abrazo a Ron y me pongo a ver la tele y se me caen los ojos. Es horrible, porque me da un sueño más agradable del que tengo en todo el día y por supuesto en toda la noche, pero como me duerma estoy jodida porque pego una cabezada de media hora y ya me paso en vela hasta el día siguiente.
  11. Últimamente tengo muy poca tolerancia a las gilipolleces y a las cosas que no me apetecen o me generan cierto malestar. Igual es la astenia primaveral, pero ando muy cortita de paciencia.

viernes, 22 de abril de 2016

Las conservas de melocotones

Hay dos tipos de personas, los que viven como si fueran a morir mañana y los que viven como si hubieran muerto ayer. Y sí, hay mil tipos de matices, personas, blablá. No me jodáis la frase con el bienquedismo.
El caso es que hace unas semanas, decidí que ya era hora de que alguna gente empezara a desvirtualizar al Ross, no vaya a ser que penséis que me lo invento todo. Así que quedamos con Alter y su churri para tomarnos unos algos y echar unas risas. El caso es que no sé cómo terminamos hablando de locos. Supongo que para sentirnos un poco mejor con nosotros mismos viendo que hay gente que está peor de lo suyo. Y salieron los preparacionistas, que son esos pirados (norteamericanos en su mayor parte, cómo no), que se pasan la vida preparándose, de ahí el nombre, por si llega algún tipo de apocalipsis. Decía Alter que vio un reportaje sobre esta buena y para nada desequilibrada gente y salía una mujer que se pasaba el día haciendo conservas de melocotones para guardarlas en el búnker. O sea, que si realmente llega el catacroc y por lo que sea tu plan no funciona y palmas, te has pasado los años en los que podías disfrutar del mundo envasando melocotones. Diversión a tope. Y en el caso de que sobrevivas, te has pasado los años buenos haciendo las puñeteras conservas y ahora tienes unos cuantos más por delante para comértelos mientras observas un paisaje postapocalíptico de lo más alentador. Todo bien.
La verdad es que esa gente que vive como si hubiera muerto ayer me saca de quicio. Hay tanta gente enferma, con los días contados o desgraciadamente muerta que tenía ganas de vivir y estos mustios de la vida por ahí amargados la mayor parte de las veces sin razón alguna. Me parece egoísta y absurdo. Que todos pasamos malas rachas o días de sentirse calimero, pero coño, luego ya a seguir adelante. Me recuerdan a esas viejas del pueblo de mi padre que se vestían de negro, se ponían el pañuelo en la cabeza y se quedaban en casa pochas como pothos sin regar desde los 50 años o antes, repitiendo que para ellas se había acabado ya todo. Mira, hay formas más rápidas e indoloras de morir. Y de paso, dejas oxígeno para los demás.
De la gente que vive como si fuera a morir mañana se puede decir mucho más. Reconozco que la idea de “vas a morir mañana” me sugiere más el sentarme en una esquina a acunarme repitiendo “no quiero morir, no quiero morir” que salir de fiesta a darlo todo. Pero ya me entendéis. Hay quien vive la vida sin pensar en los riesgos, con el carpe diem por bandera para hacer toda clase de gilipolleces. Mi ex el desequilibrado era un poco así. La fiesta, el alcohol, las drogas y toda retaila de irresponsabilidades eran su modus operandi porque “la vida había que vivirla”. Pues que te cunda, chavalote. Sigue cruzando sin mirar a los lados y verás que bien te atropella la vida en forma de trailer.
Por otro lado están los envasadores de melocotones, que por aquello de si el mundo mañana hace chof, se dedican a intentar salvarse el culo de las formas más peregrinas. Y mira, qué queréis que os diga, para vivir después de un desastre nuclear o una tormenta solar o alguna mierda de estas, casi mejor que me muero. Que los zombis me dan mal rollo y paso de vivir estresada en un paisaje chungo sin más finalidad que comerme los putos melocotones que he estado envasando. Que les estoy cogiendo tirria ya nada más que de pensarlo.

Supongo que como de costumbre, la virtud está en el punto medio y lo mejor es vivir, disfrutar de la vida y asumir que hay ciertos riesgos y que las cosas pueden pasar, pero tomando precauciones. Es decir, ser consciente de que la muerte es la única seguridad que tenemos y que va a llegar algún día, nos ayuda a poner los pies en la tierra, a relativizar los problemas y a exprimir los buenos ratos al máximo. Y a veces, tenemos que plantearnos cómo de graves son las consecuencias de lo que realmente queremos. Si nos apetece decir a alguien que le queremos, por qué no vamos a hacerlo. Y si por el contrario, alguien no nos aporta nada bueno y es tóxico para nosotros, por qué seguir aguantando en lugar de mandarlo al carajo. Por qué esperar y esperar para ser quien queremos ser o para hacer lo que nos gusta. Por qué castigarnos con dietas, problemas, complejos y absurdeces si mañana lo mismo nos cae una teja y nos deja tontos. Por qué envasar melocotones en lugar de echar un polvo, comerte un pastel de chocolate o comprarte esos zapatos tan monos que has visto. Por qué arrepentirte mañana de no haber hecho ese viaje o haberle dicho a esa persona lo mucho que significa para ti. Supongo que el truco puede ir por ahí, por, ante una duda o una tribulación, preguntarse de qué me arrepentiría más si muriera mañana, si de hacerlo o de quedarme quieta.

Y yo ahora lo que me pregunto es si alguien en su lecho de muerte se arrepentirá de no haber envasado muchos más melocotones.

jueves, 21 de abril de 2016

El susto

He pasado dos días horribles. Por suerte la cosa ha terminado bastante bien, pero joder. En fin, saquemos enseñanzas positivas del asunto.
El caso es que hace cosa de un mes y pico o así le hice a Ron unos análisis rutinarios para ver qué tal estaba. Todo salió estupendo menos la creatinina que estaba en el límite. El veterinario me mandó una especie de malta con no sé qué para el riñón. Me dijo que era muy suave y que se usaba a nivel preventivo más bien, pero que como aún no se podía considerar un índice alto era lo mejor. Se la he estado dando a diario y la semana pasada le repetimos los análisis para ver qué tal había ido.
Bueno, pues la creatinina había vuelto a subir. No una cosa exagerada, no un nivel así en plan mortal, pero sí, alta. Total, que entre eso y que Ron es un poco delicado de por sí, yo me agobié mucho. He pasado dos días llorando abrazada a él pensando que se me moría.
Por supuesto, Ron estaba normal. Comiendo, jugando, durmiendo, viniendo a las 5 de la mañana a dar por saco... pero yo no dejaba de llorar ante su atónita mirada.
Hoy le hemos hecho una ecografía para ver qué andaba mal, si había daño en el riñón o por qué a veces hace la caca suelta, que esa es otra, el señor es de barriguita delicada.
Como mi gato es un primor y se deja hacer de todo, reconozco que temblaba yo más que él y se me caían los lagrimones mientras le hablaba.
Por suerte está todo bien. Los riñones, el hígado, el intestino. Todo. Está sano cual manzana.
El veterinario cree que la cratinina está alta por el cambio de dieta ya que por dentro no hay nada raro y los análisis por lo demás están bien, así que me ha mandado un jarabe, unas latitas especiales y después del verano le repetiremos los análisis a ver qué tal va la cosa.
Y es que reconozco que soy una madre histérica que me pongo como una loca cada vez que el gato estornuda, pero joder qué susto y qué dos días más malos.
Y sí, ya sé también que algún día, Dios quiera que muy lejano, Ron cruzará el arcoiris y me esperará en el cielo. Pero no quiero que sea ahora. No quiero que sea nunca, pero desde luego aún no. Todavía tiene mucho que vivir, que correr, que cazar, que jugar, que dormir en mis brazos y que despertarme temprano pidiendo desayuno. Aún hay mucho que soñar juntos. Y el día que se vaya, se llevará tanto amor, tanta felicidad compartida, tantos momentos y tantas cosas buenas, que me romperé en mil pedazos y sólo me quedará el consuelo de que él sabe que su humana le ha querido así, todo lo humanamente posible. Y un poco más.

La verdad es que la muerte es un tema que me obsesiona, por decirlo de alguna manera. La mía no, la mía me la pela un poco. Pues me muero, fíjate qué cosa. Me muero, estoy muerta y que os den a los demás. Pero el sufrimiento que se deja aquí cuando uno se va es la parte chunga. Es el precio feo por una vida que tiene su parte maravillosa. No sé si me explico.
El paso del tiempo es un tema recurrente en este blog, me doy cuenta, pero es algo en lo que pienso a menudo. Que la vida pasa más rápido de lo que uno piensa cuando es crío. Cumples 20 y uf, qué mayor eres. Y entonces llegas a los 25 y cuando te quieres dar cuenta, pum, lo 30. Y tú con cara de gilipollas preguntándote qué ha pasado. De pronto tus abuelos (si es que eres afortunado y aún tienes) son muy mayores, tus padres ya no son jóvenes lozanos y tú misma no eres la chavala universitaria. Tu adorable gatito ya no es un cachorro si no un señor gato adulto. Te miras en el espejo y tienes ojeras, patas de gallo, canas. Y te preguntas qué mierda te espera en el futuro. Qué es lo que se supone que va a pasar ahora.
A ver, que hay montones de cosas buenas por llegar, ya lo sé. Que yo soy la típica mongola que se ilusiona con cualquier cosa, con la boda de unos amigos, con el niño que va a tener Reichel y con los viajes y los proyectos que haré en el futuro. Pero hay ratos que mueg.


Conclusión, que si no me enrollo. Que disfrutad de la vida, de los buenos ratos y de las cosas guays que los malos rollos vienen solos. Decid a la gente que la queréis o que se vayan a la mierda, según toque, porque mañana podrían irse al lado oscuro y vete a saber si nos encontraremos. Y que hagáis revisiones al gato una vez al año al menos, que si las cosas se pillan a tiempo tienen mejor solución. Y que améis fuerte, porque el dolor vendrá de un modo o de otro y al menos, tendréis el consuelo de haberlo dado todo y de haber hecho la vida valga la pena. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Sueños son

A veces sueño que vuelo. Planeo, más bien. Salto y me desplazo cerca del suelo unos metros. O me lanzo desde algo y voy cayendo lenta y suavemente, controlando los movimientos hasta llegar al suelo, desde donde puedo saltar y elevarme otra vez. En la vida real tropiezo con frecuencia y lo más que me despego del suelo es cuando bajo dos escalones de un paso por error.
A veces sueño que floto. No es exactamente igual que volar. Sueño que soy grácil y ligera, que cada paso que doy apenas toco el suelo y me elevo, como una pluma con un soplo de aire. Siento que no peso, que mi cuerpo es etéreo. En la vida real soy torpe y no me explico como puedo ser tan poco ágil siendo tan delgada. A pesar de mis 45 kilos, cuando corro me parezco más a un rinoceronte que a una gacela.
A veces sueño que respiro bajo el agua. Es la sensación más maravillosa del mundo. Nado como una sirena, me deslizo por el agua como un pez, inspiro y el agua entra en mis pulmones como el aire más refrescante y puro de montaña. El agua se funde conmigo, me siento parte de ella. En la vida real nado estilo perro, me fatigo a las dos brazadas, trago agua y toso hasta la nausea cada dos por tres.
A veces sueño que estoy de viaje con amigos, de campamentos, cosas así. Soy adolescente de nuevo y lo paso genial. Siento estar en medio de una peli de esas para jovenzuelos con aventuras y buen rollo, donde todo sale bien. En la vida real los viajes me ponen un poco nerviosa. Desde que tengo a Ron paso todas las agonías por dejarle dos días. Y siempre estoy deseando volver a casa con él.
A veces sueño con mis series o mis películas preferidas. He estado en Juego de Tronos, en Big Bang Theory, en Friends (por supuesto), en Anatomía de Grey, en Lo que el viento se llevó, en Casablanca. En la vida real la rutina, las clases, el inglés, el pilates y la casa se llevan toda la magia tras de sí.
A veces sueño con personas del pasado. Sueño con el colegio, con el instituto, con la universidad. Sueño con amigos, con enemigos, con desconocidos. Sueño con el dueño de mis sábanas. Y antes era en plan porno sexuarrrl, pero ahora no, ahora sólo le veo, oigo su voz, su risa, veo sus gestos. Charlamos, a veces me da la mano o me abraza, incluso me besa en la mejilla, somos amigos. Sueño con mi Bisyaya, cocino con ella y hablamos, la veo reír y la escucho contándome cosas. Veo su fuerza, me mira con intensidad y siempre me dice lo mismo “vamos niña, eres más fuerte de lo que crees.” Sueño con el perro. A veces le veo corriendo como loco entre las flores amarillas que salen en esta época y que le encantaban. A veces se me acerca despacio, como hacía él, con las orejas hacia atrás, moviendo el cuelete hacia los lados y con ese gesto que parecía sonreír. Le acaricio y siento el tacto de su pelo tan real que puedo notar los bigotes y el lunar del hocico. En la vida real me trato con una persona del colegio a la que veo de ciento en viento. Algunos del instituto a través del Ross y nadie de mi facultad. Al dueño de mis sábanas le veo una vez al año y quizás hablamos tres o cuatro veces más. Mi Bisyaya murió hace casi 13 años. Y el perro hace 20.

La conclusión de todo esto es que los sueños no suelen hacerse realidad. A veces sí, he tenido sueños premonitorios en muchas ocasiones. A veces buenos, a veces malos. Pero nunca me despierto pensando que podría bajar desde el balcón planeando hasta el suelo. No salto por las escaleras pensando que voy a flotar. No me zambullo en la piscina creyendo que voy a respirar agua. No me creo una actriz de Hollywood. Y sé que quienes se fueron ya no están aquí. Pero me gusta soñar. Me gusta hacer las cosas que no puedo. Me gusta sentir lo que no siento. Me gusta ver a quienes se marcharon. Aunque parezca contradictorio, me hace un poco más consciente de la vida real.
Esta idea me calma también cuando tengo un mal sueño. Si no puedo volar, flotar o respirar agua aunque lo sueñe tan vívidamente, tampoco tienen por qué pasar cosas malas, feas o que den miedo. Los sueños son un mundo paralelo en el que ocurren cosas paralelas. Y ya sabéis eso de que la vida son sueños y los sueños, sueños son.



¿Y vosotros? ¿Qué cosas raras soñáis? ¿Alguno premonitorio? ¿Alguno recurrente? ¿Alguno de esos que te despiertas y vuelves a intentar dormir recreando el resto del sueño en tu cerebro?

domingo, 3 de abril de 2016

Diga treintaytrés

El día de la marmota es (o era) una bonita tradición americana, que a falta de historia y de raíces de verdad, se las sacan del mangote. El caso es que era una cosa que se hacía para ver cuánto iba a durar el invierno, o algo así. Como las cabañuelas o esas mierdas que también se hacen aquí. ¿Queréis saber de verdad lo que dura el invierno? Medidme los pelos de las piernas.
Sin embargo, ahora decir “día de la marmota” se asocia inevitablemente con la película, con el despertador y su insistente “I got you, babe”, con levantarse una y otra vez en el mismo día de mierda. Una extraña alegoría de la rutina con nombre de animal regordete y peludo. Como aquella pintada enorme sobre la puerta de mi facultad que se me tatuó en la memoria “buenos días, rutina” a ritmo de Cher y Sonny.
Un agujero de gusano es una cosa muy inteligente, complicada, culta y científica que sólo Stephen Hawkins y el Ross comprenden. Bueno, y supongo que algún físico más, pero que yo conozca, esos dos. Y que conozca bíblicamente hablando, sólo el Ross. Podría decirse, a modo de reflexión empírica, que bajo mis circunstancias, la única persona que comprende los agujeros de gusano es el Ross.
Sin embargo, un gusano musical es esa cosa tonta que a todos nos pasa más o menos frecuentemente cuando una canción de mierda que ni siquiera nos gusta, que ni siquiera nos sabemos, se cuela en nuestro estúpido cerebro y se repite en bucle hasta volvernos locos. Esa cosa horrible que hace que nos levantemos y nos acostemos durante todo un aciago día escuchando “viva la numeración, quién ha visto matrimonio...” del Puma. El puto Puma en mi cerebro. Yo poniendo Rock Fm muy alto, tratando de que Iron Maiden me deje sorda, de que Extremoduro, Loquillo o Fito me transporten a otro lugar más feliz, pero no. En cuanto me bajo del coche, ahí está el Puma, con su melenón y su despropósito musical otra vez detrás de mi oreja.
Absurdamente, cada vez que oigo “agujero de gusano” yo pienso en el gusano musical que está horadando agujeros en mi masa encefálica a ritmo de la numeración y el matrimonio y no sé qué más, porque odio esa canción y no sé más que esas dos frases sin sentido que se repiten como un disco rayado. Como la marmota, como la rutina, como esas cosas que odias pero haces cada día casi sin darte cuenta.

Y más o menos, así se sucede la vida. Entre asociaciones de ideas, canciones que odias pero escuchas en bucle y una extraña rutina a la que te acostumbras y sin la que no sabes vivir. Como las drogas. A nadie le gustan, pero dependemos de ellas. De drogas legales, ilegales, reconocidas o disfrazadas de otra cosa. Tabaco, alcohol, convencionalismos sociales, compromiso, sexo, chocolate, rutina. Drogas, cosas que al principio no nos gustan pero que aceptamos. Que vamos viviendo con ellas hasta que les cogemos tolerancia. Hasta que nos acostumbramos. Hasta que nos gustan. Hasta que dependemos. Hasta que su carencia nos confunde, nos trastorna, nos hace sentir vulnerables.

Es una reflexión como cualquier otra, pero ¿qué es un año? Una sucesión de fechas, de eventos, de etapas que nos hacen sentir seguros, porque nos colocan en el lugar correspondiente. Navidades, Reyes, san Valentín, carnavales, semana santa, (mi cumpleaños), feria de abril, san Isidro, verano, vuelta al cole, el Pilar, los Santos, la Constitución, Navidades de nuevo. Saltamos de fecha en fecha, creyéndonos a salvo de la Marmota. Pero no. Es sólo que la marmota se ha hecho grande, oronda y ocupa todo el año.
Y a veces, buscas como loco el botón que detenga el mundo para bajarse de él. Te planteas saltar en marcha. Pero no puedes. Porque viva la numeración, quién ha visto matrimonio. Y paras un segundo. Joder, me estoy volviendo loca. No, espera eso ya lo dije ayer. ¿O fue hace dos días? ¿O ha sido hoy? La marmota, que ataca de nuevo llevando el pelo cardado como el Puma.

Y a pesar de todo, de la confusión, el caos, las drogas, la rutina, las marmotas, los gusanos y el Puma, sigue mereciendo la pena vivir. Porque hay instantes que pareces poder mantenerte a salvo de la locura. Cuando el gato se te duerme en brazos y parece sonreír. Cuando te dan una buena noticia que parecía que no iba a serlo. Cuando te acurrucas en la cama al lado de esa persona y jurarías que todo está en paz. Cuando las cosas que dabas por imposibles se hacen realidad cada día y no puedes dejar de mirarlas con asombro. Cuando tus amigos de la juventud tienen hijos y les ves, pequeños y parecidos remotamente a ellos, continuando el ciclo. Cuando tus padres te abrazan y sientes que de repente, eres más alto y más fuerte que ellos. Cuando te pones a trabajar con una cría descarriada y unos meses después te abraza y te da las gracias. Cuando escribes un post así, sin sentido ninguno más que para tu maltrecha cabeza y sin embargo viene gente que te lee, que no te conoce quizás o que sí, pero que te lee, que te da las gracias, que sonríe.

Hay mil razones para sonreír, para ser feliz, para disfrutar. Más que nada porque la vida es efímera y más te vale disfrutarla mientras puedas o se hará demasiado tarde. Os lo digo yo, que pasado mañana es martes y cumplo 33 años. Y empiezan a ser muchos, pero tengo muchas razones para dar las gracias, para sonreír y para ser feliz.

Pues que viva la numeración, oye.  

miércoles, 30 de marzo de 2016

El peto y la granja en Iowa

No creo que yo sea una obsesa de la imagen. Me gusta estar guapa, como a todo el mundo, pero no es algo que me quite el sueño ni a lo que dedique demasiado tiempo. De hecho, lo único que a veces me come la moral más de la cuenta es el pelo. Y además lo reconozco, tengo ahí un chungo que no termino de identificar.
Con la ropa por ejemplo no me quemo las neuronas. Vivo de básicos: camisetas, pantalones, jerseys y alguna cosa mona para cuando me da el aire de arreglarme. De hecho, casi toda mi ropa es repetida. Si algo me gusta, me sienta bien y tiene un buen precio, me lo compro en varios colores. De hecho, mi última compra fueron dos vaqueros iguales (uno un poco más claro) y dos camisetas idénticas, una rosa y otra negra. 20 euros las cuatro cosas. Ese es mi plan de armario.
Dicho esto, es bastante evidente que los estilismos en general me preocupan poco. El problema es que si yo soy relativamente descuidada, el Ross es un caso a parte. Le gustan los chándal, las sudaderas con capucha y las camisetas viejas y costrosas que tiene desde hace 15 años. Si me descuido se compra las camisas más feas que haya de oferta en el decathlon y por lo general, tres tallas más grandes. Y de sus zapatillas mejor ni hablamos. El pelo se lo corto yo dese hace años porque tiene una especie de manía a ir a la peluquería y lo que hacía antes era dejárselo larguísimo y luego raparse a trasquilones.
Además, él no tiene sentido del ridículo con la ropa. Podría ir envuelto en una sábana por la calle y se la pelaría totalmente. Cuando le conocí con 14 años llevaba un chaleco beige de bolsillos en plan pescador comprado en Coronel Tapioca. Y lo llevaba siempre. Sus bolsillos eran una especie de mochila deconstruida, en uno el bocadillo para el recreo, en otro los bolis, en otro un cuadernito, en otro las llaves, en otro una rana muerta, en otro los arpones y anzuelos para cuando se cruzase una trucha fresca... lo normal para ir al instituto.
Cuando surgió el tema de la boda de Bombita y dijo lo de ponerse un kilt de gala a él le parecía buena idea. Pero de verdad. No se veía ridículo ni extraño ni nada. De hecho, le sorprendió que Bubita no quisiera que se lo pusiera y desistió al mismo momento para no disgustarla, aunque creo que sigue sin entender bien el por qué ella lo ve así. Curiosamente, el considera que con el chaqué que le queda como un guante, está rarísimo y que va hecho un cuadro.
Para colmo últimamente le ha dado por decir que quiere un pantalón de peto. No sé por qué ni para qué, pero insiste, él quiere un peto. Traté de explicarle que los petos son incómodos y absurdos y que no favorecen a nadie. Que te viene Beckham con peto y te lo follas, pero no con las mismas ganas. O sí, pero después de quitárselo y quemarlo. O... bueno, que es Beckham, joder. Pero los petos no molan. Pensad en algún personaje importante con peto. No hay ninguno que merezca la pena. Y a mí sólo se me ocurre un personaje con peto: el marido de Los Puentes de Madison. Siempre va con un jodido peto vaquero. Normal que ella se enamore de Clint, qué queréis que os diga.
El caso es que el Ross seguía insistiendo con lo del peto. Haciendo acopio de mi escasa paciencia y de mis técnicas de psicología le conté que yo tuve uno años ha. Fue siendo adolescente (14 años o así) que estaban muy de moda. Como soy bastante pechugona parecía que estaba preñada. Porque los petos engordan mucho ópticamente. Esperé a ver si pillaba la indirecta, porque yo le adoro, pero el Ross está lejos de ser delgado. Y dale perico al torno, que él quiere un peto. Y ya me hizo enfadar.

  • Mira Ross, sólo hay una cosa que justifique que un hombre tenga un peto y es ser granjero en Iowa. Tú no tienes una granja en Iowa, ni en Kentucky, ni en Kansas. Así que desiste.
  • Vale, pues quiero una granja en Iowa. Para poder ponerme peto.

Le visualicé. Metro noventa de tío, más de 100 kilos. Melenita rubia porque hace tiempo que no le corto el pelo. Medio pecoso. Mira, que se compre el peto, un sombrero de paja y un rifle y se vaya a un porche a sentarse en una vieja mecedora al atardecer de Iowa. Me compraré un vestido de flores, unas botas de cowboy y seremos felices bailando country y tocando el banjo.