miércoles, 19 de noviembre de 2014

Un taco en lugar de cerebro

Nunca he sido una persona de ideas claras. Cuando sí tengo algo claro no hay quien me pare ni quien me apee del burro, pero reconozco que dudo de casi todo. De hecho, ni siquiera me fío mucho de la gente que lo sabe todo y no acepta flexibilidad ni opciones diferentes.
El caso es que tengo una mente un poco caótica, así como con muchas cosas remezcladas, envueltas en una tortilla y regadas con salsa confusa. O sea, una especie de taco en lugar de cerebro.
Ayer me vi metida en un atasco. Los atascos no son buenos para mí, me hacen pensar y en el coche pienso mucho ya de por sí. Así que estaba ahí, rodeada de lucecitas rojas de freno y escuchando a Guns´n Roses, cuando me vino un recuerdo a la cabeza. Uno de esos que aparecen de la nada, sin saber por qué. Y de repente te ves echando de menos a alguien de quien por lo general no te acuerdas. Avancé un par de metros y cambié de canción. Led Zeppelin. Otro recuerdo indebido. A veces pienso que debería cambiar de estilo musical, darme al reguetón y dejar que mis neuronas se suiciden lentamente. Pero no. Empezó a sonar AC/DC. Y como si me hubiese embestido un ñu, me acordé de aquel beso. Joder. Aquél en concreto.
Me dio por pensar. Hace mucho de aquellos recuerdos, pero yo no he cambiado tanto. Puede que haya cambiado de década, puede que ya no sea tan joven y lozana, puede que ya no esté tan loca, pero… a veces lo echo de menos. Extraño hacer ciertas cosas. Extraño perderme del mapa. Extraño escaparme a rincones oscuros. Extraño robar besos. Y extraño poder contar aquí las pocas cosa “malas” que hago.
En estas iba cuando al fin tomé mi desviación y llegué al centro comercial. Me fui a la ropa de bebés para ver si encontraba algo mono para en niño de Anita. Pero no me gusta la ropa de bebé y todo es confuso. No entiendo las tallas y obviamente no puedo saber de qué tamaño va a ser el nene. Y debe ser cosa mía, pero todo me parece amorfo y raro y cursi y… no me gusta la ropa de niño. Así que me puse a mirar zapatos, que siempre me hacen más gracia. Y no sé de qué tamaño son los pies de un bebé, pero esos zapatitos que podría ponerle a Ron me hacen sonreír siempre. Lo que pasa es que de nuevo no sabía cuales serían mejor. Cogí unos super graciosos y pensé “joder, dan ganas de tener un niño para ponerle cosas como esta.”
Mi empanada mental está empezando a pasarse si pienso cosas como esa. Así que me empecé a agobiar. A hiperventilar. Solté los zapatitos y reculé despacio. Salí al pasillo central y aceleré el paso. Salí a la calle, me monté en el coche y de un acelerón salí de allí sin mirar atrás.
Y es que será que últimamente me rodean preñadas por todas partes, pero empieza a saturarme el tema. Yo nunca he querido tener hijos y desde que el barco de que el Ross y yo estuviéramos juntos zarpó, deseché los últimos resquicios de duda. Que no es que quisiera tener hijos con él, ojo. Es sólo que con él hubiera podido plantearme la posibilidad de pensar en pensarlo. Pero como no, pues nada. Nada de nada. Y lo tengo claro, pero aun así, a veces veo zapatos pequeños y me pregunto qué será de mí mañana. Y qué es de mí hoy, que no sé si quiero volver a robar besos a quien no debo o si quiero comprar patucos.

En fin, a ver si cambio el taco mental por un cerebro de verdad y empiezo a pensar con la más mínima claridad. Que parezco gilipollas, coño ya.

sábado, 15 de noviembre de 2014

¿Me das para gasolina?

No soy una persona roñosa, de verdad que no. Puede que no tenga un duro, pero a veces doy a la gente que pide. Al chaval que hay en la puerta del Día de debajo de mi casa, que siempre te abre con una sonrisa y palabras agradables a veces le doy algo de la vuelta. Y a veces, dejo que me limpien el parabrisas del coche en los semáforos y les doy un eurillo. Y quiero colaborar con un par de proyectos que ha comentado Eva, que molan un montón y al menos el de la caja con regalitos tengo que hacerlo, me parece un proyecto precioso que no cuesta tanto. Y desde luego, cuando me han pedido comida no me he negado nunca, hace un par de semanas compré varias cosas al banco de alimentos que estaba haciendo campaña para dar meriendas en los colegios. Y no voy a explicar más cosas, no estoy tratando de demostrar que sea una persona estupenda y generosa. Sólo quiero sentar un antecedente antes de lo que voy a contar.
El caso es que ayer por la tarde fui al mercadona. Estaba muy triste y con mucha ansiedad por cosas que ahora no vienen al caso. Y he estado mala toda la semana, así que iba arrastrando mis huesos, con unas mallas viejísimas, un forro polar que ocultaba la camiseta del pijama y un plumas raído de color indefinido. De los malos pelos que me gasto últimamente prefiero ni hablar. Total, que si me hubiera sentado en la puerta de la iglesia me habían dado un buen puñado de monedas a mí. Y no me hubieran venido mal del todo, he tenido unos cuantos gastos imprevistos y llevaba veinte euros para toda la compra, de los cuales me debían sobrar la mitad al menos para la semana que viene. Un cuadro.
Bueno, pues de repente me llama un chaval bastante arreglado y apoyado en una moto bien hermosa azul y con pinta de nueva. No entiendo una mierda de motos, pero vamos, era “aparente”. Me giro por si está perdido y me dice: “oye, me he quedado sin gas, ¿me puedes dejar cinco euros para echarle?” Como soy una persona educada le he dicho que no, que lo sentía y he seguido arrastrando mi carro descolorido. Pero ahora en serio… ¿Me pides pasta para gasolina? Y cinco euros, nada menos. Pues no, tío, no te los doy. Yo también tengo coche y no se me ocurre parar a nadie y decirle que me deje pasta para gasolina. Además, que no me lo creo, ¿No llevas nada de nada de dinero? ¿No tienes tarjetas? ¿No llevas el móvil para llamar a un amigo, padre, vecino, conocido o quien sea que te venga a buscar o que te eche un cable? ¿No tienes seguro con ayuda que pueda venir? Venga, coño.
Y a lo mejor es verdad que por una serie de catastróficas desdichas el chaval se estaba viendo en ese apuro, pero no sé, yo buscaría mil soluciones, pediría incluso hacer una llamada, pero no se me ocurre pedirle a alguien que me llene el depósito. Que un coche o una moto es un artículo de lujo y el petróleo está muy caro, oiga. Y para colmo estaba en la misma boca del metro. Deja la moto aparcada y vete a casa, coge pasta y vuelve a por ella. Igual debería haberle dicho todas estas cosas al chaval porque no se le habían ocurrido y lo que pasa es que yo soy muy resolutiva.

En fin, me parece que en este país pasamos de lo barrido a lo fregado, que luego hay un montón de desconfianza para los proyectos buenos y honrados, pero también hay quien abusa. Que hay quien no compra un paquete de macarrones para donar en una operación kilo y hay quien te pide para gasolina y se queda tan ancho. 

martes, 11 de noviembre de 2014

Indignación

Vengo con la indignación subida. No puedo evitarlo. Que estoy con la regla, sí, pero a ver si no es para que me lleven los demonios.
Reconozco que yo soy una novia horrible. Una larga lista de exnovios pueden dar fe de ello. Y os digo más, me importa bastante poco serlo, porque me niego a ser una mujer abnegada y absurda cuya única motivación en la vida sea complacer a su hombre. De hecho, las mujeres que son así me enfadan. A mí me parece que está bien ser madre, esposa o lo que te dé la gana siempre que no dejes de ser tú misma. No soporto la gente que cuando se define dice lo primero de sí misma que es “mamá” o que es la “esposa de”. ¿Eso es todo lo que eres? ¿En serio? Me parece una manera simplista y sesgadísima de ver la vida. Somos un complejo de cosas, una suma de piezas, un montón de partes que componen un ser, no somos una única cosa plana y mononeuronal que ser reduce a ser algo de la vida de otro. O yo al menos, no. Me niego. Jamás seré sólo la novia o mujer de fulano o la madre de menganito. Siempre seré primero yo (sea lo que sea) y luego habrá otras partes de mí. También soy hija, soy nieta, soy amiga, soy amita de Ron y soy Naar. Pero no soy sólo una de esas cosas.
Todo este rollo viene porque una amiga mía se está estupidizando por momentos. Tiene un novio que a mí me parece un mongolo de gimnasio, manipulador, acomplejado y maltratador psicológico. Por alguna razón que desconozco a ella le gusta el payaso este de medio metro con musculitos. Y desde que empezó con él, hace ya más de dos años, cada vez queda menos con el grupo de amigos, cada vez es más difícil localizarla y es prácticamente imposible hablar con ella un solo minuto a solas porque palabras textuales de él, “por qué no va a poder enterarse o estar presente en lo que tengamos que hablar con ella.” Se me revuelven las tripas. Además ella antes no era así, la conozco desde los 18 años y este gilipollas la ha ido envolviendo en su mundo jugando sus cartas hasta hacerla sumisa, sé lo que es, lo he vivido y cada vez que lo pienso me dan ganas de rajarle de arriba abajo.
Hoy estábamos hablando todos los amigos por el grupo de wasap para ver si organizábamos la cena de navidad. Por extraño que parezca, estábamos todos de acuerdo, teníamos fecha, sitio y todo. Tan bien iba todo que no me lo podía creer. Y hasta he dicho, no puede ser, ya veremos como salta la chispa por algún sitio.
Efectivamente. Va ella y dice “no sé si nosotros podremos ir, porque aún no sé qué turno le tocará a Musculitos para diciembre”. El mongolo musculado trabaja en un gimnasio, que como muy tarde cierra a las 11. Así que otro de mis amigos, por no desatar polémica, le dice que bueno, que igual pueden venir luego, que se apunten aunque sea a las copas de después. Y yo con la sangre en ebullición, hasta que he explotado y he puesto “Igual es porque soy una solterona que morirá rodeada de gatos, pero no entiendo por qué no puedes venir a cenar tú porque Musculitos trabaje, en el peor de los casos, que se apunte luego, que como mucho van a ser dos horas antes lo que vengas tú.” Y la imbécil de mi amiga me contesta “No sé, nosotros somos así, donde va él voy yo y donde voy yo va él” y una cara con corazones por ojos. Casi vomito encima del móvil. No doy crédito, no puedo, no lo soporto. De verdad que me dan ganas de cogerla por las solapas y zarandearla, de darle de hostias hasta que reaccione  y entienda que estar enamorado no es ser la mitad de algo, que es ser uno mismo al lado de otro. Sólo he acertado a poner “me pregunto cómo será eso de ir a cagar en pareja” y he cerrado el grupo, paso de hablar con gente mononeuronal cuando estoy hormonada y furiosa.
Pero en serio, ¿qué mierda es esta? ¿Qué cojones nos han vendido para que aceptemos que eso es normal? ¿por qué tener vida propia es malo? ¿Por qué ir a una cena de amigos sin el novio es algo peligroso? ¿por qué no puedes ni siquiera adelantarte a tu novio y llegar antes a una fiesta mientras él trabaja? ¿por qué no puedes salir sola de casa sin él? ¿¿Por qué, Zeñó, por qué??
De verdad que no soporto la idea de vivir así. Yo NECESITO vivir, salir y hacer cosas sin necesidad de explicárselo a nadie, de que mi novio lo supervise o me de el visto bueno. Yo no pido permiso. Yo no quiero alguien que no me deje espacio, no me deje vivir, no me deje respirar. Yo tengo vida propia, yo soy yo, soy todas esas piezas que me conforman, no puedo renunciar a todas a favor de una sola. Me parece tan empobrecedor que me da pena, asco y rabia.
En fin, puede que sea verdad que me muera sola, rodeada de gatos y que quizás mis amigas me tengan pena a mí por ser la pobre solterona a la que no quiso nadie, pero lo sigo prefiriendo. Porque además no es cierto. El amor no es eso, por mucho que me vendan. El amor es respeto y enriquecimiento, no renuncias constantes y dejar de ser quien eres para ser sólo el pedazo triste de algo que no eres tú misma.


No puedo ser la mujer de tu vida porque ya lo soy de la mía. 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Frenología para una garza

Estoy empezando a pensar que tengo la cabeza demasiado grande y/o pesada para mi cuello. Eso, o tengo el cuello demasiado largo y flaco. Como una grulla cabezona o algo semejante, no sé.
El caso es que siempre me duele el cuello. Pero siempre, siempre. Y la verdad es que suelo achacarlo a mis posturas imposibles para dormir, a que me hago un nido en el sofá con cojines y no hay quien me saque de él o a cualquier cosa así. Pero empiezo a pensar que mis problemas van más allá.
La verdad es que empecé a mosquearme con el tema en la adolescencia. Yo tenía una amiga que a la que llamaban La Sincuello. Y era literal, oye, la cabeza le surgía directamente de los hombros sin transición alguna. Por eso podía dormirse en clase sin que los profesores la pillaran mientras que a mí me caían una broncas horribles, porque a ella no se le movía ni el flequillo mientras que yo pegaba unas escandalosas cabezadas. Pero claro, tampoco puede decirse que me diera envidia de alguien que no podía ponerse una gargantilla o un jersey de cuello vuelto.
Aunque mi fisonomía de garza también tiene sus contrapartidas a parte de no poder dormirme en clase, por ejemplo nunca he podido hacer abdominales sin un terrible dolor de cuello. “Eso es que no las haces bien”, diréis los listillos. Y un cojón de pato. He ido a varios gimnasios a lo largo de mi vida y me han “enseñado” a hacerlas de diferentes maneras. Incluso el otro día en pilates, al verme parar de hacer las dos millones de abdominales vino mi profe ultragay y me dijo:
-         Qué haces, chumi, si tú puedes aguantar mucho más.
-         No, me duele el cuello.
-         A ver, levanta otra vez y tira bien de aquí.
Y lo de siempre. Me toqueteó la tripa, la espalda y la cadera.
-         Pues no, chumi, lo estás haciendo bien, no sé por qué te duele, estarás más cargadita hoy.
O tendré la cabeza más gorda de lo que debo. El caso es que llegué a casa un poco depre. Igual ese terrible peso que siento a veces sobre mis hombros no es más que mi enorme y pesadísima cabeza. Y me miré en el espejo. A ver, estéticamente tengo un cuello muy bonito, no voy a decir lo contrario. Tengo unas clavículas y unos hombros elegantes. O sea, que soy la perfecta dama del romanticismo que se pone escotes hermosos y no hace más que ir a la ópera a escandalizarse por todo. La movida es que nací con dos siglos de retraso. Y que no puedo hacer abdominales ni sobarme en público sin que se note y sin riesgo de morir desnucada. Y el plan de fortalecer el cuello y terminar pareciendo Fernando Alonso no me convence mucho.

Me pregunto qué tendría que decir la frenología de todo esto.


domingo, 2 de noviembre de 2014

¿Cambiar de rumbo?

Supongo que la mayor parte de la gente nos pasamos la vida perdidos y desorientados. O no, sólo algunos. O sólo yo, oiga, yo qué sé. Además la crisis no ayuda, claro, porque antes hacías una carrera y lo más seguro era que terminaras trabajando de ello o de algo bastante relacionado. Pero ahora no. Ahora cualquier cosa puede pasar: que seas ingeniero y termines de barrendero o que fueras para barrendero y termines de ministro cobrando comisiones… me estoy desviando del tema.
El caso es que hoy en día hay que saber reinventarse y cambiar de rumbo mil veces, estar siempre dispuesto a aprender y a evolucionar, a tener ideas y a seguirlas. Al Niño Chico por ejemplo, que es aparejador, le dio hace poco por pensar en hacer un curso a distancia de educación infantil como éste. Yo le busqué algunas opciones, porque entiendo un poco más que él del temario y los requisitos que luego puedan ser más o menos útiles. A ver si al final lo hace o cambia de nuevo de idea. 
Yo también estoy pensando en hacer algún tipo de curso o algo para no oxidarme. Lo que pasa es que tienen que ser cursos online o a distancia porque, por paradójico que parezca, no tenemos hoy en día tiempo de ir a clase. Y lo que es peor, es que tampoco sé muy bien hacia dónde tirar. Hace un par de años hice uno de Recursos Humanos y Psicología Empresarial, que me encantó y luego no he podido poner en práctica. Así que no sé si seguir formándome en mi rama o hacer como el Niño y pegarle un giro de 180º a la situación y hacer algo completamente diferente.
La verdad es que sí, estoy perdida. Y no creo que sea la única, la verdad. En España las cosas han cambiado a marchas forzadas en los últimos años y todos hemos ido corriendo detrás de los acontecimientos como buenamente hemos podido. Pero eso hace que a veces no se tengan referencias a las que agarrarse. Mi abuelo se puso a trabajar con 14 años cuando terminó el colegio. Y allí empezó de chico de los recados, luego de aprendiz, luego de profesional y luego de maestro de otros chicos. Y se jubiló. Mi padre que siempre ha sido más loco tuvo varios trabajos, cambió de empresa varias veces pero siempre trabajó de lo mismo, de lo suyo. Y cuando consiguió unos pequeños ahorritos, se montó su propio negocio. Así que ahora me veo con una carrera, con un posgrado y con un par de cursos y sin saber qué hacer.

Es complicado esto de reinventarse, pero casi peor es no moverse del sitio. 

miércoles, 29 de octubre de 2014

El poli bueno

Me he hecho amiga de un poli. ¡¡De un poli!! Nacional, para más datos. Porque los municipales son como medio polis, pero no impresionan tanto. Son los pringados de los polis. (Madre mía, espero que no haya ningún munipa leyéndome)
El caso es que cuando me lo presentaron no sabía que era policía. Era una fiesta de rugby y ya se sabe lo que pasa en esas fiestas. Y si no lo sabéis, pues os recomiendo ir a una. Luego nos pusimos a hablar y pues bueno, me lo dijo, pero lo ignoré un poco. A mí el trabajo de la gente es algo que me da bastante igual. Y además me lo estaba pasando bomba con él, así que no me terminé de tomar en serio que fuera un madero. En parte, quizás porque casi nunca nos topamos con la policía en momentos agradables. Obviamente uno no marca el 091 para decir, “oye, que va todo bien y que sólo les llamo para informarles de lo a gusto que estoy”. No. Más bien uno llama cuando pasan cosas chungas. Y eso crea una asociación de ideas negativa. Eso, y que una vez un policía me dijo que me iba a detener por desacato por insinuarle que si se iba a desnudar o algo. Y ni siquiera se sacó la porra. Un rollo patatero de tío. Como este chaval era de lo más divertido y le gustaba Loquillo, pues pasé del asunto de que a diario se vista de azul.
Luego le di el blog. Y empezó a venir a leerme. Y hablamos algunos días por wasap. Y luego nos tomamos una cocacola el sábado porque tenía que pedirle un favor. Favor de policía. Y no de esos en los que se arrancan los pantalones de velcro, si no un favor un poco más burocrático.
Hoy he ido a comisaría para que me echara una mano con una denuncia, porque hace tiempo que me intentaron robar el coche y me apalancaron la puerta y ahora no cierra bien y está descolgada y la cerradura no funciona y el seguro pasa de mí sin denuncia, y… y… mal todo. El caso, que he ido a comisaría. Y claro, estaba él ahí, vestido de poli. Pero de poli de verdad, con pistola y la toda la hostia.
El caso es que supongo que sigue siendo el mismo, que el hábito no hace al monje. Pero me resulta raro. Siento que estamos a distintos lados de una línea difusa. Y no porque yo me pase la vida haciendo cosas ilegales (que no es el caso, señor agente, se lo juro)  si no por el mero hecho de que a mí la autoridad en sí misma me da repelús. Y que hacerla cumplir por la fuerza me da sarpullido. Y que yo, como trabajadora social en muchos momentos empatizo mucho con el bando opuesto.
Sin embargo, sigo siendo amiga suya. Me gusta mucho la persona que hay detrás de la placa. Así que le he llevado bollitos de chocolate para agradecer el favor y espero que no se entiendan como soborno o tráfico de influencias de esas. Sólo eran humildes bollitos. Y tengo que reconocer que joder, está guapo de uniforme. Y que debe ser un buen policía porque se suponen que estan para ayudar al ciudadano y aunque él no lo sepa, la noche nos conocimos me ayudó mucho. Esa noche él me provocó la risa que me salvó de un naufragio. Y porque gracias a él y a Loquillo di un paso al frente que era necesario dar desde hacía tiempo.

Así que, por todas las veces que he despotricado de la pasma y de las cosas chungas que hacen (que sigo pensando que todo no está bien), el karma me ha mandado un amigo policía nacional cojonudo. Ains, qué puñetera vida esta… 

domingo, 26 de octubre de 2014

Mis amigos y los planes

Quiero a mis amigos. Mucho, de verdad. Pero tienen una tendencia terrible a los planes cutres e incluso ridículos y absurdos.
No sé por qué, organizar algo con ellos roza lo imposible. Aún recuerdo los nueve meses que estuvimos tratando de preparar la despedida de soltero del Gordito para al final, no hacer nada más que una cena en un sitio encontrado a última hora. Y eso después de discutir, dejarnos de hablar, mandarnos mails enfurecidos y crear diverosos grupos de facebook y de wasap. Total, una pesadilla para nada.
También se recuerda la vez que unos cuantos fueron a hacer puenting. Y Bombita quedó en tierra porque nadie preguntó si había límite de peso para hacerlo… y él pesaba 50 kilos más de lo permitido. Y eso sin hablar de cuando Rachel organizó el descenso del río en piragua y más de la mitad del tiempo se invirtió en meter a Gordito y al mismo Bombita en sendos trajes de neopreno mientras el dueño se tiraba de los pelos dándolos por perdidos.
En fin, podría seguir con la lista de planes fracasados, abortados o que simplemente salieron regular. Desde luego siempre puedes recurrir a uno de nuestros míticos bares de apoyar un codo en la barra y empinar el otro con cañas y tapas. Que no está mal, pero yo qué sé, a veces quiere uno hacer algo diferente o especial. Y si algo he aprendido de la experiencia de más de una década con ellos haciendo planes, es que hay que dárselo mascadito. En plan fechas, horas y precio cerrado. Porque el gran problema es que nadie tenemos mucho tiempo ni mucho don para la organización.

El otro día me puse a buscar cosas para futuros planes. Hay un par de cumpleaños redondos a la vista y alguna que otra posible celebración. Como yo también necesito que me den las cosas fáciles, encontré este sitio al que seguro que voy a recurrir para alguna de las celebraciones futuras. El tema del paintball siempre me ha parecido super divertido y en este sitio ofrecen un montón de escenarios y la posiblidad de hacer barbacoa para pasar el día con unos precios muy asequibles... y aquí cerca, que mis amigos son muy de irse al quinto pino para nada. Así que espero que tengan trajes para mis gordos porque a la próxima, nos armamos estilo Rambo y nos quitamos el estrés a bolazos de pintura. Me voy a desquitar por todos los planes absurdos y todas las peleas, por todas las veces que hemos estado meses tratando de hacer algo diferente y al final por falta de organización hemos terminado en el bar cutre de la esquina.