sábado, 18 de febrero de 2017

Miau Fashion Week

El martes pasado castramos a Maya. Todo salió bien y se está recuperando estupendamente. La llevé a su veterinaria normal del barrio, donde las dos chicas que lo llevan son encantadoras y una de ellas, especialista en gatos. Les tratan genial, tienen precios asequibles y tal, pero no son cirujanas. Así que para las operaciones tienen a un cirujano externo que va allí, opera y se vuelve a ir. Y francamente, no estoy del todo contenta con él. A ver, la operación ha ido bien, así que me da igual, pero la cicatriz que le han hecho en la tripa es una chapuza. Tiene pegotes de pegamento quirúrgico que le he tenido que ir quitando. Y le han pelado muchísimo la tripa y la parte interna de los muslos para lo que era. Que un poco más y me la convierten en gato egipcio. En fin, la voy a seguir llevando a esas chicas para sus revisiones y cosas normales, pero desde luego si pasa algo o hay que hacerle cualquier cosa en el futuro (Dios no lo quiera) no pienso dejar que este tipo la toque de nuevo. La llevaré a la clínica mega-chachi-guay-hiper-cara donde me llevan a Ron, que sí que te dejas allí el sueldo, pero lo vale.

En fin, el caso es que tenía clarísimo que no le iba a poner collar isabelino tras la operación. Me niego porque me parece una tortura medieval y nunca se lo he puesto a ninguno de mis bichos. Además, creo que hay otras soluciones menos traumáticas. No es que sean una maravilla, porque los que tenéis gatos sabéis cómo son, que les gusta ir a su bola, pero mejor que la puñetera campana, sí. Yo, de hecho, ni siquiera les he puesto nunca collar. Ya ni hablamos de los cascabeles, que me llevan los demonios porque encima son malos para ellos (les estresan con el sonidito constante), es que ni collar de adorno.
Bueno, pues para que no se chupara la herida, porque la señora es un poco borrica, pensé en hacerle un body. Traté de meterla en un calcetín grande que tenía, pero no estaba por la labor de colaborar. Así que corté una camiseta vieja mía y se la puse, pero le quedaba floja y le duró un rato. Con ella estaba adorable, parecía un bebé. Pero eso a Maya le importa un comino.
Después hice un apaño con unos pantys gorditos a modo de body y una faja de camiseta. Esto le dio cierto aspecto de putilla porque era en gris y rojo en plan corpiño, pero le moló bastante más. Al parecer ha salido a su mamá y le gusta un poco el look de pilingui-cabaretera. Qué le vamos a hacer. Con este modelo andaba más cómoda, pero al ser panty, se dedicó a lamerlo hasta hacerlo trizas y de nuevo tuve que cambiar de atuendo.
Entonces llegó la que de momento es la opción definitiva, estilo camisa de fuerza de manicomio antiguo. Como sólo encontré una camiseta elástica blanca y va atado por detrás la pobre parece recién sacada de la López Ibor, pero ella no parece acomplejarse. Y está muy cómoda con ella, así que va a seguir así unos días.

El caso es que me ha dado por pensar que hay un negocio ahí. Estoy segura de que si tuviera medios para fabricarlos en tela elástica de más calidad (tipo fajas de esas muy elásticas y suaves sin costuras) y con unos velcros en lugar de nudos, la cosa tendría futuro. A nadie nos molan los collares isabelinos y un vestidito, aunque sea un poco ridículo, es mucho mejor que una pantalla de lámpara metida en la cabeza. Si lo hubiera hecho, en plan bien, yo lo compraría y no andaría por ahí difrazando a la pobre canija con trapos que me voy inventando sobre la marcha. Tengo que pensar sobre ello, lo mismo me forro y por fin dejo de ser más pobre que las ratas pobres.


Os dejo la secuencia de fotos adorable-putilla-manicomio. Espero que os gusten.



  

lunes, 6 de febrero de 2017

Ahorrar ¿es posible?

No se puede decir que yo nunca haya ido muy holgada de dinero. Más bien todo lo contrario. Además, cada vez que consigo ahorrar un poquito, muy poquito, pasa algo y se me va volando el esfuerzo de muchos meses. En fin, es mi destino ser pobre.
El caso es que desde que Ron se puso malito la cosa ya ha sido la total hecatombe. Me gasté todo lo que tenía, TODO. El Ross puso dinero, mis padres me dieron algo también... y aun así me he pasado la mitad de enero comiendo de lo que tenía congelado y cosas así porque no había más de donde sacar. Y ojo, pagaría el doble si hiciera falta para que él estuviera bien, no me estoy quejando de eso.
El problema es que el agujero negro sigue creciendo, porque claro, al no tener nada de fondo, a día dos del mes, en cuanto llegan tres facturas ya no me queda ni un duro. Y no sé qué más hacer para ahorrar, porque en el súper miro cada cosa hasta el céntimo, compro ofertas, comparto cosas con mi madre, hago mucha pasta y patatas y cosas baratas. No salimos por ahí, no voy nunca al cine, no me compro ropa ni caprichos de ninguna clase. Ni siquiera recuerdo la última vez que me tomé una caña en la calle.
El caso es que ya un poco harta, me he puesto a repasar las cosas en las que más gasto. Las ganadoras, obviamente, las facturas de la luz y del gas. Lo del gas me jode, porque con el frío que ha estado haciendo en Madrid no había más remedio que poner la calefacción y usar agua caliente, pero al menos sé que en verano se compensa pagando una cantidad mínima. Lo de la luz es otro cantar. Eso es gasto todo el puñetero año. Porque tengo que cocinar, tengo que calentar cosas en el microondas, tengo que tener puesto el frigorífico, tengo que poner la lavadora. No uso apenas el lavavajillas, tengo bombillas de bajo consumo y no pongo el aire acondicionado a no ser que sea súper imprescindible (sólo en verano a veces y poco rato). Y no sé, como no haga fuego en mitad del salón para cocer los macarrones y me lleve la ropa al río para frotarla me contaréis qué porras hago yo con mi vida y mis facturas.
El Ross, que sabe más de estas cosas por su propia profesión, ha estado investigando nuevas compañías de electricidad como Mipodo, ya que ofrecen tarifas más reducidas, pero no tienen opción del precio voluntario del pequeño consumidor (PVPC), que es el mercado regulado por el estado. Lo que te ofrecen es el mercado libre, una especie de tarifa plana de precio por el kilovatio durante todo el año, mientras que de la otra manera es variable. Tal y como están las cosas y con las subidas de las últimas semanas no tengo claro cuál es la mejor opción, francamente. Un precio fijo puede beneficiar en ciertos momentos, pero puede perjudicar en otros. De momento sólo nos estamos informando por si nos interesa esta opción y de paso huir de las grandes compañías, que reconozco que a mí me escaman. ¿Alguien tiene ideas al respecto?

En fin, a ver si llega el verano, podemos empezar a alimentarnos de ensaladas para no gastar en la vitro ni el horno y hay más horas de luz. Y de paso, para ponernos vestidos monos, que estoy hasta el moño del abrigo y los jerseys.  

Por cierto, para más información sobre la factura de la luz, lo que significa y todo eso, echad un ojo a este post de Soñadora sobre el tema, que despeja muchas dudas y es muy útil. 

jueves, 2 de febrero de 2017

La maternidad (o no) es una elección

En este blog la maternidad, o la no maternidad más bien, ha sido un tema recurrente. Mi elección personal de no ser madre influye en muchas opiniones que doy o temas de los que hablo. Y además yo no me escondo, es algo que he tratado siempre de tomar con naturalidad. Porque aún hay mucho tabú con el hecho de que una mujer decida no hacer lo que se espera de ella. Y decir que no vas a ser la esposa de nadie ni la madre de nadie es terrible. Una mujer no es nada ni nadie hasta que no la completan otros seres humanos. Hasta que no eres “de”, señora de, madre de. Y mira, no me sale del chumino.
Ahora bien, dicho esto, yo respeto mucho las maternidades ajenas. Me parece estupendo que fulanita tenga cuatro hijos con treinta años. Me parece estupendo que menganita quiera tener dieciocho vástagos y montar un equipo de rugby completo con suplentes y todo. Incluso hago un esfuerzo y consigo respetar a las que dicen que ser madre es su mayor ilusión, su mayor deseo, su mayor realización y su objetivo en la vida. Me cuesta, pero venga, va, lo respeto también.
Y yo no voy a darle la chapa con mis ideas, mis creencias y mis opiniones a nadie cuando me dice que quiere tener hijo o que se ha quedado embarazada. No voy a mis amigas y les digo “¿Como? ¿Otro niño? Pues vaya lío, con el dineral que cuesta mantener a los hijos, lo que te cortan las alas y el coñazo que dan. Y lo mal que lo pasas luego si se ponen malos o algo. Porque mira, yo esa responsabilidad ni loca, eh?”. Cosas, que por cierto la gente te dice cuando adoptas un gato o un perro. Gente que te dice que un tatuaje no, que es para toda la vida pero firman hipotecas a cuarenta años. Gente que te dice que un perro es una responsabilidad enorme pero que quiere tener hijos. Gente que hace cosas raras y encima me mira como si yo fuera la loca. Idos a pastar, por cierto.
En fin, que me desvío.
Iba a decir que el hecho de que yo no quiera tener hijos no hace que no apoye, anime y ayude a mis amigas que sí los tienen o los quieren. Porque me parece una decisión y una opción tan válida como la mía. Igual, no mejor o peor.
Yo no quiero hijos porque no me gustan los niños, me aburren, me parecen tediosos, me dan asco y me incomodan muchísimo. Un ratito pues bueno, sobre todo si no tengo que darles de comer, pero luego con tu madre. No me gustaban ni cuando yo era una de ellos, como para aguantarlos ahora. Además, no me gusta la vida que se te plantea cuando tienes hijos. Es así de simple, no me gusta la vida de padres. No me gusta tener que atenderles a todas horas, no me gusta tener que cambiar mis hábitos, no me gusta ir a parques, actuaciones, películas y toda clase de actividades infantiles. No me gusta tener que socializar con otros padres. No me gusta centrar mi vida en un mocoso. No me gusta renunciar a muchas cosas para ser una buena madre. No me gusta dejar de ser yo para ser mamá.
Por estas razones fundamentalmente (aunque hay más, como que pienso que este mundo es una mierda o que la sociedad está enferma o que simple y llanamente sobran humanos en el planeta) no quiero tener hijos. Nunca he querido porque no he sentido esa “llamada”, ese instinto o lo que sea. No es para mí, es algo ajeno a mi persona. Pero de todos modos, cuando pasé mi crisis de los 27, le di vueltas. Porque no me gusta la maternidad a edad avanzada y quería saber si realmente era lo que elegía para mi vida o si quería cambiar de idea, cosa muy lícita, por otra parte. Me estudié mucho y le dí muchas vueltas. Y es una decisión muy pensada, muy meditada que tomo profundamente convencida. Y conozco los inconvenientes, ojo. Sólo que no son el tema hoy.
Con todo este rollo patatero, quiero decir que me deja un poco con cara de ajoporro la gente que tiene hijos y luego se asombra, o se lamenta o cosas por el estilo. ¿Pero qué cojones esperabas? Que lo comprendo, pero coño, ¿no lo has pensado bien? ¿de verdad creías que iba a ser todo color de rosa? ¿es que no has visto un niño en tu puta vida?
Últimamente se ha hablado mucho del caso de Samanta Noséqué que hizo un programa y todo con el preño y el parto y la pera limonera. Cuarenta años se gasta la tía. Tratamientos de fertilidad mediante para tener a sus retoños. Y ahora dice que pierdes calidad de vida y que no es más feliz ahora que tiene hijos de lo que era antes, frases que comprendo y comparto, y me parece estupendo que alguien las diga, hasta ahí, todo mi apoyo... ¿pero cuál es la sorpresa? ¿de verdad no se te había ocurrido eso antes? ¿creías que ibas a tener un nenuco? ¿Que era uno de los programas de 21 días haciendo no sé qué parida y luego ya se acababa la experiencia? Hija, que tienes una edad como para haberte dado cuenta de todo eso antes. Digo yo, vamos.
Y sí, hay mucha mierda dulcificada en torno al tema. Que tener hijos es lo más, que es una experiencia maravillosa, que es único, que blablablá. Y mucha presión ambiental para que seas madre. Y sé que ella se quiere referir a eso y quiere desmitificar el tema, pero es que no entiendo que alguien en su sano juicio crea que de verdad tener hijos es sólo cosas buenas. Porque nada en este mundo, nada, es sólo bueno. Todo tiene una contrapartida, un precio, una cruz en la moneda. Sólo es cuestión de ponerlo en la balanza y ver qué te compensa más. Y si con cuarenta años no lo has comprendido, es que eres medio tonta. Que sé que ella ha dicho que adora a sus niños y todo el rollo, que me sigue pareciendo bien que haya hecho esas declaraciones en un mundo estúpido en el que sólo se pueden decir cosas wonderfulosas. Y no estoy de acuerdo para nada con los que la critican. Sólo me sorprende que se sorprenda, porque de verdad, repito que no sé qué esperaba. ¿No había visto a ninguna madre hacer renuncias por cuidar de su hijo? ¿No ha tenido amigas hechas polvo por la depre postparto? ¿No ha visto a veces a su madre saturada? ¿No ha escuchado a nadie decir que a veces está hasta el moño de sus hijos? ¿No? ¿En qué mundo vive esta chica?
También conozco casos de mujeres que realmente no querían ser madres y por la presión de sus parejas o de sus familias o de simplemente la sociedad, han cedido, han tenido hijos y luego se han arrepentido. No arrepentido tipo “tiro a mis hijos por puente” pero sí en plan estar amargadas porque llevan una vida de mierda y no hacen lo que realmente quieren. Y yo esto sí que no lo comprendo. Me parece un tema lo bastante serio como para no dejarte convencer. Que porque te lo dice tu tía la del pueblo te puedes cortar el pelo y arrepentirte, pero tiene solución. Pero no puedes tener hijos “porque es lo que toca” o por cosas semejantes porque la responsabilidad es enorme, descomunal, y este la vas a comer con patatas. Así que piensa bien lo que haces, las consecuencias y los cargos que ello conlleva. Que es deseándolos mucho y posiblemente haya rachas que te tires de los pelos, como para encima no quererlos. Por eso yo sé que no los tendría bajo ninguna circunstancia. Ni por mi pareja, ni por mis padres, ni por nadie. Ellos tuvieron su elección y yo tengo la mía, así de simple. Yo, elijo los gatos. Y sí, quizás muera sola, me voy a perder la experiencia y todo lo que queráis, pero es MI elección.
Y así como reflexión final dejo la idea de que hay que conocerse mucho, pensar mucho, conversar mucho con uno mismo. Que todas las decisiones tienen sus ventajas y sus inconvenientes, pero que hay que sopesarlos bien. Que uno elige su camino y que no me vale el “yo esto no lo sabía, a mí esto no me lo han contado”. Que igual es simplemente que no lo has querido ver, que no te ha dado la gana de escuchar, que has pensado que tú estabas por encima del bien y del mal y que te iba a salir todo a pedir de boca porque tú lo vales. Y no, la vida no es así. A ver si maduramos todos un poquito y somos más conscientes de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Coño ya.



domingo, 29 de enero de 2017

El secreto de la secreta

Hace un par de semanas fui a buscar a mi madre a casa para ir a hacer unas cosas de trabajo. Al llegar y aparcar el coche, veo que hay dos tipos con una pinta un tanto sospechosa en el portal. Me acerco, llamo al telefonillo, mi madre dice que ahora baja y los tíos ahí, apostados en la puerta. Mueeeg, qué poco me gusta.
Me volví al coche para mandar un mensaje a mi madre y decirle que había dos mendas en la puerta y que no me gustaban un pelo, pero no me dio tiempo. Según estaba sacando el móvil, mi madre sale del portal y estos tipos le cortan el paso. Salí del coche como impulsada por un resorte, móvil en mano y tratando de recordar en décimas de segundo cómo se las apañaba Bruce Lee para pelear con veinte malos a la vez. A la vez que llegaba al lado de mi madre y los tipejos contra los que iba a tener que pelear a machete malayo, me di cuenta de que yo no soy Bruce Lee, que peso 45 kilos, que no sé artes marciales y que ni siquiera he visto la serie de Kung Fu. Minucias. Me liaría a patadas en las espinillas si hacía falta.
Justo a la vez que saltaba a su lado a voz de “¿Qué coño pasa?” los tíos se echan mano a sendos bolsillos y nos plantan unas placas en las narices. Policía secreta. No pude evitarlo:

  • ¡Y tan secreta! ¡Como que he pensado que eran un par de delincuentes! Menudo susto me han dado. Igual deberían ser un poco menos secretos, coño. Dos tíos esperando en un portal, pues vaya, como para fiarse.

Estúpidos policías, siempre termino enfadándome con ellos. Me miraron con mala cara, pero empiezo a pensar que es la cara normal en esa profesión. Luego nos pidieron entrar al portal a comprobar una identidad en los buzones.
Y entonces me dio por pensar lo que pienso siempre de los policías: que igual eran de esos polis más majetes que se arrancan los pantalones de velcro y te enseñan la porra. Aunque claro, no iban vestidos para la ocasión. Porque yo no soy muy fan de los uniformes, pero un pantalón de bolsillos y un plumas sin mangas en plan chaleco de quinqui no ponen a nadie. Definitivamente, no me gustaban estos dos tipos, ni como policías, ni como boys.

  • ¿Y usted vive aquí? - le dice uno a mi madre.
  • Sí, desde hace 36 años.
  • ¿Conoce a los vecinos?
  • Sí, porque somos muy pocos.
  • Y ellos la conocen a usted, claro.

Mamá, por el amor de Dios, qué has hecho. Porque o has cometido un delito chungo (que conociendo a mi madre lo peor que se me ocurre que haya hecho en su vida es ir sin gafas y saludar a quien no conoce) o has contratado a los peores boys del mundo.
Para rematar el asunto, uno de ellos se sacó una hoja del bolsillo y nos enseñó una foto diminuta en blanco y negro.

  • ¿Conocen a este señor?
  • Sí, es el vecino nuevo de abajo. Compró el piso antes de verano.
  • ¿Y qué nos puede contar de él?
  • Pues que es un señor un poco raro, muy nervioso, con comportamientos extraños... - mi madre se encoje de hombros. - pero tampoco tenemos mucho trato, hola y adiós.
  • Saluda siempre, así que seguramente sea un criminal.

Los policías nunca entienden mis bromas. Qué gente con más poco sentido del humor, joder. Definitivamente no eran de los polis simpáticos que se arrancan los pantalones, esos suelen sonreír más. Estos eran de los que no me gustan, de los que hacen mucha pregunta pero no se quitan nada, no te enseñan la porra y no te ríen las gracias. Memos.
El caso es que nos hicieron unas cuantas preguntas más y nos pidieron encarecidamente que no dijéramos nada a ningún otro vecino. Que no le comentásemos nada al interfecto que andan buscando. Y que mejor si nadie se enteraba de que habían estado por allí. De ahí debe venir lo de policía secreta.




viernes, 27 de enero de 2017

Mucho sueño y poca nocilla

Yo este año me había propuesto comer sándwiches de nocilla calientes cuando me apeteciera. Así como emoción máxima. Aún no ha terminado enero y ya me he gastado una cifra de las que marean en veterinarios, he estado súper enfadada, súper disgustada, súper preocupada y bastante feliz porque al final todo ha ido saliendo adelante. Por suerte Ron está estupendo otra vez, vuelve a ser el gato enorme, sano y comilón de siempre. Vuelve a estar contento y feliz, correteando con su hermanita, tomando el sol por las mañanas y pidiendo de comer a todas horas. Pero qué mes más tonto y con menos nocilla.
Y para poner la guinda, Maya está con su primer celo. Eso significa que en febrero seguiré gastando importantes cifras en veterinarios y comiendo poca nocilla. Y luego la gente me dice que por qué no quiero hijos. Mira, antes me echo a vivir al monte.
Para colmo de los despropósitos, no sé qué me pasa últimamente que duermo como una marmota. Yo que en cuanto estoy más de cinco horas en la cama las sábanas empiezan a pincharme, estoy durmiendo una cantidad y con una profundidad que me asusta. Además que me acuesto pronto, duermo hasta las 10 porque no hay forma de despertarme antes (más si es fin de semana), me echo siesta, me caigo dormida por las esquinas después de cenar... igual me ha picado la mosca tsé-tsé. La verdad es que supongo que no es algo grave, pero estoy un poco preocupada. No es normal en mí está ingente cantidad de sueño insaciable. Además que tengo sueños, no me entero de lo que pasa a mi alrededor, no oigo el despertador del Ross, no me entero si me cae una bomba. Caigo en unos estados semi comatosos. Y eso, francamente, me quita mucho tiempo de hacer las cosas que me gustan. Entre ellas, comer nocilla.
En fin, como propósito de febrero espero dormir algo menos y poder actualizar con más regularidad, contar unas cuantas cosas absurdas que me han pasado y que tienen su gracia y de paso, comentar vuestros blogs. Os leo, pero en la sombra. No tengo tiempo ni medios para comentar porque desde el móvil a veces lo consigo, a veces no.

De todos modos, gracias por no abandonarme. Y por vuestros buenos deseos para Ron. Volveré, como Terminator .

viernes, 20 de enero de 2017

Empezando el año regular

Hemos empezado el año regular. Los reyes me trajeron un catarro que aún arrastro. Y luego Ron se puso malito. Empezó a comer un poco peor y un día ya no quiso desayunar y no tenía ganas de levantarse de su manta. Me fui corriendo a urgencias y tenía una infección del carajo. Llego a esperar un día y se me muere de sepsis. Bendita histeria mía. El caso es que le ingresaron con antibióticos y suero y estuvo dos días allí. Nadie se hace una idea de lo fría y lo poco acogedora que encuentro esta casa sin él. Tenía un vacío entre los brazos que no me llenaba la pobre Maya, que se pasó la noche lamiéndome las lágrimas.
Por suerte Ron reaccionó bien a los medicamentos y me lo pude traer a casa. Aún así ha estado una semana un poco pocho, tomando muchas medicinas y bastante apagado. Seguía comiendo mal y poco, seguía sin venir a despertarme o sin querer pasearse por la casa. Yo me he quedado las noches enteras con él para medirle la temperatura, darle de comer con una jeringuilla y ponerle pañitos húmedos cuando le subía la fiebre. Le repetimos los análisis y volvían a ser normales y la infección estaba controlada, los leucocitos volvían a estar normales. Ahí empecé a respirar un poco.
Lo bueno es que todo esto tan feo ya ha pasado. Hoy ha venido a las seis y media de la mañana a pedir de desayunar. Nunca he madrugado tanto con tanta alegría. Me levantaría el resto de los días de mi vida a esa hora si él quisiera.
Los veterinarios creen que ha sido un brote de toxoplasmosis, una prueba dio positivo y otra negativo, al parecer a veces es difícil diagnosticarla.
Por suerte ya ha pasado lo peor. Este Ron me va a matar a sustos, pero al final suele salir airoso. Y menos mal, porque le necesito. No quiero vivir sin él. Y haré siempre todo lo que pueda por que él esté bien. Todo.

En fin, esta es la pequeña actualización. No he escrito antes porque me sale contar las cosas malas, me cuesta muchísimo y no me hace sentir mejor. Además, no he tenido tiempo ni ganas, mi prioridad es él. Y no sé cuánto lo haré en los próximos días porque aún necesita un poquito de cuidado extra y yo tengo un montón de trabajo atrasado en todos los aspectos. Pero bueno, que estamos vivos gracias a Dios y que poco a poco volveremos a la normalidad.


martes, 10 de enero de 2017

Propósitos y nocilla

En estos días me ha dado por pensar en los propósitos de año nuevo y tal. Yo no suelo hacer porque el mero hecho de pensar que tengo que hacer algo ya me pone con el cable cruzao y se me quitan las ganas de hacerlo, le voy cogiendo asco y al final se me mete esa cosa por el culo y ya no la hago ni aunque me paguen. Soy así de idiota, pero no me gustan los compromisos, me agobian y me ponen a la contra. Por eso yo para el año nuevo lo único que me suelo proponer es no morir y no matar a nadie. Es asequible, pero tiene su esfuerzo, oye.
Además, me he dado cuenta de algo. Casi todos esos “buenos propósitos” no son tan buenos. No suelen ser cosas que realmente nos apetezca o nos guste hacer. Primero porque si así fuera ya los haríamos y no tendríamos que proponernos nada. Y segundo porque nunca son cosas del estilo “este año voy a comer todos los sándwiches de nocilla calientes que me apetezcan” si no más tipo “comeré verduras cuatro días a la semana y saldré a correr y cenaré sólo ensalada y pescado a la plancha” e intentaré no quitarme la vida disparándome una coliflor a la cara, añado.
La verdad es que es bueno tratar de mejorar, hacer propósito de enmienda. A todo el mundo nos va bien revisarnos y tratar de subsanar errores. Pobre de aquel que crea que lo hace todo bien. Lo que pasa es que yo creo que es más efectivo ver que la estás cagando y tratar de mejorar porque tú mismo te das cuenta que eso no está bien que porque sea uno de enero te propongas cosas que no te molan ni media sólo porque es lo que toca, lo que hace la gente o porque crees que tu vida sería mejor si comieras más judías verdes.


Ron duerme sobre mis piernas y Maya a mi derecha, recostada contra mi muslo. Ellos no hacen propósitos de año nuevo. Ni siquiera les importa qué año es. Ellos buscan calor en invierno, un sitio fresco en verano, comida, agua y cariño. El resto les da igual. Igual deberíamos plantearnos la vida un poco más así. Me voy a hacer un sándwich caliente de nocilla para celebrarlo.