martes, 31 de marzo de 2020

Raro


Está lloviendo. Mucho. Normal siendo abril. Normal, si no fuera porque nada es normal estos días. No dejo de pensar en la canción de Sabina que dice “más raro fue aquel verano que no paró de nevar”.
Desde hace semanas todos nos asomamos a la ventana a ver llover, a ver el sol, a ver el mundo parado. Nos asomamos, incrédulos a veces, desesperados otras, esperanzados a ratos. La mayor parte del tiempo, simplemente nos asomamos, como los gatos, a ver lo que ocurre fuera creyéndonos seguros desde el interior.
El mundo no ha dejado de girar, pero ha dejado de moverse. Al menos al ritmo normal. Y nosotros, que nunca fuimos más viles hormigas que ahora, suspirando y pensando que ayer (bueno, no ayer, pero hace unos días) nos creíamos invencibles. La fragilidad humana siempre escondida tras la apariencia de dominarlo todo. Hasta que viene un enemigo invisible y nos arrasa a su paso.

Pensábamos que esto no podía ocurrir. Pensábamos que controlábamos algo. Y hacíamos planes. De viajes, de bodas, de salir, de trabajar, de ir y venir. Ahora sabemos mejor que nunca que el futuro no nos pertenece y que apenas el hoy, el momento, es nuestro. Y valoramos más que nunca un abrazo de nuestra madre, un rato con amigos o poco de sol en la cara. Valoramos todo lo que dábamos por sentado, sin saber, pobres mortales, que apenas poseemos el aire que entra en nuestros pulmones un segundo antes de que vuelva a salir. Y pensamos en qué haríamos si volviéramos atrás. Adelantaríamos acontecimientos, celebraríamos más, nos querríamos más, nos besaríamos más. Aprovecharíamos más el tiempo que ahora se nos está robando. Quizás le daríamos menos importancia al trabajo o a los sinsabores diarios y a los disgustos tontos. Iríamos a visitar más a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nuestros amigos. Saldríamos de casa y correríamos calle arriba y calle abajo con la ilusión de un perrete cuando le desatas la correa. No creo que nadie, si pudiera retroceder seis meses o un año, dijera “voy a trabajar más” o “voy a discutir más con el vecino”. No. Aprovecharíamos la vida. Aprovecharíamos el tiempo. Haríamos cosas realmente importantes. Saborearíamos los momentos. Disfrutaríamos de verdad este precioso regalo que malgastamos más a menudo de lo que realmente nos gusta admitir.

Hasta el aire está raro estos días. Creo que todos en algún momento nos hemos acostado o levantado pensando que era un mal sueño y que despertaríamos de nuevo en el mundo que conocimos. Igual, poco a poco, aprendemos que ése ya no existe, que ha cambiado y que ahora la vida es otra. Y seguirá adelante, de un modo o de otro, porque la vida siempre se abre camino. Quizás sin nosotros, aunque espero que no. Pero está raro. Más raro incluso que aquel verano que no paró de nevar.




viernes, 27 de diciembre de 2019

Estoy trabajando (guiño, guiño, codazo)


Como decíamos ayer...

Se me ha estropeado el móvil del trabajo. Y contando con que la mitad de mi trabajo es llamar por teléfono y la otra mitad el recibir llamadas, pues me diréis qué hago yo sin teléfono. A ver, que sí, que hago más cosas... pero no precisamente para ocupar toda la mañana. Así que estoy aburrida y desocupada pero no puedo irme de compras navideñas porque estoy pendiente del mail por si llega algo urgente que tenga que resolver. Y me he acordado de que el primer blog que abrí, allá por el dosmilypoco, fue precisamente porque tenía un trabajo en el que me aburría soberanamente y me sobraban horas a porrillo.
No sé el resto de la gente, pero en la mayoría de los trabajos que he tenido a lo largo de mi vida me he aburrido como una mona. A mí me sobra más de la mitad de la jornada siempre. Y diréis que soy una vaga y no hago nada, pero es más bien que como soy un nervio andante lo hago todo demasiado rápido y luego ya me quedo sin cosas que hacer. A ver, que hay días y días. Hay veces que no tengo tiempo ni para hacer pis en toda la mañana y eso es malísimo para el riñón, pero hay otros días que podría dedicarme a la vida contemplativa mientras sumo horas cotizadas a mi vida laboral.

En fin. Sé que tengo el blog abandonado, como casi todo el mundo. No voy a volver a decir lo de que los blog han muerto, pero sí, han muerto. Lo que me da coraje es que estoy haciendo lo que siempre odié, dejarlo ahí vagando por el espacio internauta sin rumbo ni misión. Que la gente (qué gente, mongola, qué gente si aquí ya no hay nadie) no sabe si me ha tocado el euromillón y he huido al Caribe o si he muerto en trágicas circunstancias.
El caso es que por las mañanas trabajo o hago como que tal y por las tardes no tengo ganas de ponerme delante de la pantalla otra vez. Y por las noches, que antes era mi momento cumbre del escribimiento, ahora estoy en la compañía del Dorniense, que me alegra la vida y ocupa mi tiempo aún no sé cómo.
La verdad es que estoy bien, bastante feliz y me siento afortunada. Hay cosas feas, como la enfermedad de la yaya y las preocupaciones del día a día, pero estoy mucho mejor que la primera vez que me senté en este mismo salón a escribir la primera entrada de este blog. Tampoco es difícil, estaba hecha mierda entonces. Pero ahora estoy mejor de lo que podría haber imaginado. Tengo a mis niños Ron y Maya, un trabajo que me agrada en lo posible y al Dorniense haciendo de mis días algo mucho más bonito. Tanto, que me voy a casar con él. Yo, la antibodas, me he liado la manta a la cabeza. Ya ves tú. Hay una parte de mí que lo hace por la yaya. Que lo vea, si Dios quiere, y que tenga tanta ilusión como tiene ahora me hace feliz. Y hay otra parte que es que he encontrado el mejor compañero de viaje. Y las cosas bonitas, queridos, hay que celebrarlas. Lo feo viene solo, así que el amor y la alegría hay que compartirla.
Sin embargo me planteo la idea de que la mayor parte de los escritores buenos han sido solteros, solitarios, amagados de varios tipos o simplemente han hecho la vida digamos “difícil” a sus parejas. Y lo entiendo. Yo era mejor escribidora (lo siento pero escritora se me queda muy grande y me parece muy engreído la gente que se denomina así a sí mismo) cuando estaba soltera y sola. Ahora invierto tiempo en el Dorniense, en nuestras familias y en nuestros planes de boda y me queda poco para venir a contar chorradas. Pero aún así, los astros se alinean, me dejan sin móvil de trabajo y aquí estoy, un viernes 27 de diciembre pensando que hace unos días mi blog cumplió años y ni me acordé.
Lo que sí recuerdo es que mañana mi Maya cumple tres años mañana. Y fue la mejor cosa que me ha pasado un mes de diciembre. Tan pequeñita, tan negra y tan adorable como sigue siendo, hecha una bolita en mis brazos y dispuesta a llenar la casa de maullidos, alegría y ternura. Feliz cumpleaños, muñeca.
Acabo de releer el post y es tan caótico y absurdo como yo. No sé si he perdido práctica y cada vez escribo peor o que antes simplemente estaba más acostumbrada a mis propias mierdas y no me daba tanta cuenta. En fin, tanto da, si ya no lo va a leer nadie.
Y bueno, dadas las fechas, a todos los que ya no me leéis, pero seguís en mi corazón de blogger, Feliz Navidad y que el 2020 se porte bien con todos nosotros, que nos dé salud y alegría y que no se acabe el mundo antes de que se cumpla el milagro de verme pasar por el altar.



sábado, 7 de septiembre de 2019

Ni tan mal


Casi siempre mi lema vital ha sido “y yo qué sé”. Me he pasado casi toda mi vida sin saber nada. Me parece lo lógico. Y desconfío profundamente de la gente que lo sabe todo y que se pasa la vida sentando cátedra. Sin embargo, últimamente mi lema ha mutado levemente a “ni tan mal”. Que sé que es una expresión medio moderna medio regulera, pero expresa bastante bien en pocas sílabas mi sensación constante de “no es la opción óptima, pero podría ser peor, así que vamos a conformarnos, a ver el lado bueno y a seguir tirando palante que no hay otra.”
Al final la aventura de Rata y Esponja no pudo ser. Maya es muy sociable pero tiene una vena macarra, Coco tiene un humor bastante malo y no es sociable con otros gatos. Y mi pobre Ron, que como de costumbre no había dicho ni hecho nada, se llevó la peor parte. Una de las veces que los juntamos Coco le pegó un revolcón sin venir a cuento y mi pobre gordo se quedó un par de días medio asustado, medio raro. Y no. Ya lo pasó mal cuando vino la niña y se puso malito y no voy a correr ese riesgo de nuevo. Así que tras bastantes lágrimas y hablarlo mucho, Coco el esponjoso-furioso se fue a vivir a Dorne con los abuelos, que le consienten más que a un nieto tonto. Y mis niños siguen felices en su casita tan tranquilos. Ni tan mal.
El Dorniense se mudó definitivamente a mi casa. Ahora es nuestra casa. Supuestamente. Yo sigo pensando que es mi casa invadida por un Dorniense con demasiados cachivaches frikis y una fijación por el orden que me aburre soberanamente. Él piensa que se ha mudado con una diógenes que guarda basura y espurrea todo a su paso, complicando en exceso su misión en el mundo que es meter las cosas en cajas perfectamente alineadas. Aún así, estamos felices, nos reímos mucho y no discutimos ni aunque pasemos el día en el IKEA. Pues ni tan mal.
La yaya sigue igual. Yo la miro y “veo” cosas. Cada vez está más delgada, le cuesta más comer, respira un poco peor y tiene un ruido raro cuando tose. Sé que se está consumiendo. Y creo que de algún modo extraño ella también lo sabe aunque no lo sepa. Pero está “bien”. Sigue con sus planes, su rutina y sus cosas. Escribe y lee todas las tardes, cose y me llama por teléfono. Salen por las mañanas a dar su paseo, a comprar, a por el periódico. Yo voy todas las semanas a verla y charlamos mucho, nos reímos y cuando salgo del portal me dicen adiós desde el balcón. Luego me monto en el coche y me harto a llorar hasta casa. Pero bueno, sigue ahí, con el yayo y con su vida. Aún la tengo y cada día doy gracias por haberla disfrutado un poco más sin que ella aún tenga dolores ni esté sufriendo. Así que ni tan mal.
El trabajo es una pesadilla en verano. No es que mi trabajo sea el colmo de la diversión, pero en verano con las vacaciones, los cuadrantes y las cosas aún pendientes del cambio de empresa hay días que me tiraría por la ventana. Pero me han hecho indefinida por primera vez en mi vida, trabajo desde casa la mayor parte de los días y no tengo jefe ni nadie que se pase la vida controlando lo que hago. Así que ni tan mal.

Y así estamos. No puedo decir que bien del todo, pero no me puedo o no me quiero quejar. Porque dentro de mi caos habitual todo está en un equilibrio relativamente inestable que de momento se mantiene. Y ni tal mal, oye, ni tan mal.

domingo, 14 de julio de 2019


Apenas un par de semanas o tres antes de morir, mi bisabuela me mandó a casa a estudiar cuando fui a verla al hospital. Era junio y yo estaba en la carrera... y ella lo sabía porque estaba completamente lúcida. Así que entré en la habitación y me dijo “¿qué haces aquí? Vete a casa que estás de exámenes.” Y se quedó tan ancha. Lo último que le dije era que la quería mucho. Me sonrió por debajo de la goma del oxígeno y me dijo que ella a mí también. 97 años largos tenía. Yo acababa de cumplir 20. Y aunque me dolió su pérdida en el alma, era demasiado joven, demasiado egoísta, demasiado estúpida para entender de verdad y en profundidad cuánto se me iba con ella. Aún hoy, 16 años después la echo de menos.

La hermana de mi bisabuela murió con 106 años. Se durmió un día y no se despertó, sin más. Esa misma noche le dijo a su hija con la que vivía “hija de verdad... una tortilla francesa y un yogur, a cualquier cosa le llamas tú cenar”. Para colmo, un año antes había tenido un tataranieto. Cuando se lo enseñaron y lo cogió en brazos dijo “Yo lo que siento es que a este pequeño no le veré casar”. Tócate los cojones. No dijo el bautizo o la comunión si quiera. No. Casar. Que la buena señora pretendía vivir mil años, supongo.

En la familia de mi madre nadie quiere morirse nunca. ¿Sabéis eso que dicen a veces los viejos de “a ver si me muero ya” o “yo ya no tengo nada que hacer en el mundo” o cosas así? Bueno, pues por aquí no se estila. Aquí se vive hasta que se puede, dándolo todo hasta el último día, con planes y esperanzas hasta el último aliento. Con ganas de vivir siempre.

Por eso me entristece tanto, tantísimo, que mi yaya tenga cáncer. Un cáncer de ovarios avanzado contra el que ya no podemos hacer nada. Iría y daría de hostias a su doctora de cabecera, que lleva tres años, tres putos años, ignorando las infecciones de orina y molestias genitales constantes, recetando antibióticos todos los meses y diciendo que eso son cosas de la edad. Le daría de hostias hasta que retrocediera en el tiempo y mostrara un poco más de interés en sus pacientes. Que para ella es una más, quizás una pesada que va todos los meses con el mismo rollo, pero para mí es mi yaya. Y me han quitado diez años de vida más que esperaba pasar con ella.
De momento ella no lo sabe. Sabe que tiene un bulto y que le están haciendo algunas pruebas. Pero está bien, está normal. Está en su casa haciendo su vida con mi yayo. Está ojeando su periódico todos los días, viendo su fútbol, leyendo sus libros, cosiendo, haciendo punto, pasando a limpio sus apuntes de historia. Está como siempre. Más delgada, un poco desganada con la comida, quizás algo cansada. Pero con su ánimo, su sentido del humor, sus ganas de aprender, de saber más, de conocer cosas nuevas. Sigue, como al parecer está en la genética de mi familia, queriendo vivir. 87 años no han sido suficientes, ni de lejos. Sigue teniendo demasiado que hacer.

Y yo me muero de pena. Llevo tres días que no puedo dejar de llorar. Porque pierdo a mi yaya y no sé cuánto tiempo me queda de estar con ella. Porque la pierdo y me pregunto si sabré o podré decirle todas las cosas que tengo pendientes. Si sabrá cuánto me ha enseñado, cuánto me deja, cuánto voy a tener de ella toda la vida. Si podré hacerle saber cuánto la quiero y cuánto la voy a echar de menos. Si podré decirle lo afortunada que soy de haberla tenido tanto tiempo aunque no me parezca suficiente. Si entenderá que mi vida es mucho mejor por haberla tenido a ella como yaya. Y me pregunto qué haré cuando ya no esté. Nunca lo había tenido que pensar en serio. Y no sé. No sé qué haré las tardes si no puedo llamarla. No sé quién me hará tortillas de patata o croquetas. No sé quién me cogerá el bajo de los pantalones. Quién me enseñará a hacer tipos de punto nuevos para tejer en invierno. No sé quién me dará consejos y me escuchará las chorradas que le cuento a ella. No sé con quién hablaré de libros, de música, de museos y de cuadros. Quién me contará historias de Madrid o de la familia o de tantas cosas que ella sabe. No sé quién me preguntará por mis gatitos y me dirá que San Francisco los protege. No sé.

Sé que aún tengo algún tiempo con ella. No mucho. Quizás unos meses. Demasiado poco. Y muy tristes aunque no se lo demuestre. Lo aprovecharé, pero sufriré cada día sabiendo que es uno menos. Y sólo le pido a Dios que siga así, que no sufra, que no tenga dolores. Y que cuando suba al cielo, porque le van a abrir las puertas de par en par, que le pongan un ordenador para leerme. Porque sé que lo hará, que va a seguir aprendiendo, investigando, siendo inteligente, curiosa y culta. Sé que seguirá queriendo estar al día y manejando internet y todo lo nuevo que salga. Así que podrá meterse en el blog que no le dejé leer desde la Tierra y se lo comerá entero. El mío y todo lo que pille. Aprovechará el resto de la eternidad para estudiar, lo tengo clarísimo.

Sé que va a estar conmigo siempre, de un modo o de otro. Pero de forma egoísta no puedo evitar pedir que se quede aquí, en su casa y en la vida todo el tiempo que sea posible. Porque sin ella el mundo va a ser un lugar un poco peor.


P.D. Cierro los comentarios para este post porque no soy capaz de gestionar lo que se me dice al respecto, aún no. Me ha costado una hora de llorera incontrolada escribir este post y no puedo hurgarme más en la herida. De hecho, me paso el día ocupada en otras cosas y tratando de distraerme para no volverme loca. Sé que me mandáis ánimos y abrazos y los agradezco de todo corazón.

domingo, 30 de junio de 2019

Rata y Esponja, el comienzo de una aventura


El Dorniense y yo hemos decidido vivir juntos. Hace ya un año que se vino a Madrid, nos hemos hecho pareja de ídem y como no somos ricos, mantener dos pisos es una pasta. Y que nos sale de ahí, eso como razón principal. El único inconveniente es que él tiene un gato y yo tengo dos. Todos adultos y con sus peculiaridades, así que el asunto no va a ser fácil.
Cuando Maya llegó a mi vida, la metí en casa sin posibilidad de transición ni adaptación ninguna. Y estuvo a punto de salirme muy caro porque Ron se puso muy malito entre la toxoplasmosis y el estrés y todo el rollo. Así que esta vez queremos introducir a Coco poco a poco.
Pensamos que una buena idea era juntarle primero con la niña porque Maya es muy sociable. Allá donde la lleve que haya un gato ella se cree que es su amigo. Lo primero que hizo al ver a Ron fue darle un cabezazo. Cuando vamos al veterinario, se acerca maullando contenta a cada gato que ve, sea grande, pequeño, parezca amigable o tenga cara de ir a sacar la zarpa a paseo. A ella todo le da igual, se acerca, diminuta y negra, con el rabo largo ese de rata que tiene y sus patitas enanas, dispuesta a crear una pandilla.
Coco, el gato del Dorniense es un poco otro rollo. Es muy manso con la gente, pero está muy acostumbrado a estar solo, muy consentido y tiene un pronto un poco imprevisible. En el veterinario por ejemplo se pone furiosísimo y hay que sedarle para todo porque es imposible hacerse con él. Luego en casa es bastante majo, pero no le habíamos visto nunca interactuar con otros bichos.
El caso es que cogí a la rata negra y la llevé a casa del Dorniense. Ella como siempre estaba tan tranquila, se olió con la esponja blanca que es Coco, le maulló contenta y se acercó como si tal cosa. El otro soltó un soplido. Un bfffff de esos que hacen los gatos, más asustado y sorprendido que otra cosa. Pero a ella eso no le gustó un pelo. A mi rata no la sopla nadie. Porque igual que digo que es muy simpática, digo que tiene la mecha muy corta y es muy macarra. Se le nota que es de Móstoles a la jodía. (Un saludo a mis queridos mostolienses).
Así que la esponja bufó y la rata se quedó así como medio mosqueada. Aguantó un rato y volvió a intentar acercarse. Y hubo un segundo soplido. Y ahí ya le salió el venazo chungo y empezó a gruñir. Maya no sopla en plan bffff, ella gruñe como un tigre en miniatura. La cogí en brazos para ver si se calmaba. Y sí, estaba tranquila. Pero con que el pobre y esponjoso Coco la mirara era suficiente para que empezara a gruñir.
Así que la traje de nuevo a casa. Llegó tan feliz, como si nada, le dio muchos besitos a Ron, comprobó que el agua y el plato seguían en su lugar y se fue a tumbar a su cojín. Tan pancha.
Lo siguiente que haremos será que el Dorniense traiga a Coco el esponjoso a casa en el transportín y que le huelan sin salir. Así varias veces. Hasta que al menos se acostumbren al olor. Y luego ya veremos. Poco a poco, no hay prisa de hoy para mañana.
Me preocupa un poco que no se lleven bien, pero confío en que al menos aprendan a convivir. Al fin y a cabo son tres gatos con buen carácter.

Y ya seguiré contando las aventuras de Rata y Esponja, que suena a pareja de quinquis de película.

domingo, 19 de mayo de 2019

La sonrisa del Diablo


Siempre he dicho que me podría enamorar del mismo diablo si tuviera una sonrisa bonita. Creo que es en lo que más me fijo de las personas en general y de los hombres en particular. Un chico que no sea muy guapo pero tenga una sonrisa bonita, tiene mucho ganado. Si lo acompaña de sentido del humor y de ser capaz de reírse de su sombra, media polla dentro. Si por el contrario un tío es muy guapo pero tiene una sonrisa de esas que no encajan con la cara o que le hacen una mueca rara, hasta luego Lucas. Y ya ni te digo si no se sabe si tiene la sonrisa bonita o no porque es un sieso y/o intensito de los cojones y se pasa la vida con cara de oler a culo.
Total, que las sonrisas a mí me importan. Y no necesito que sean perfectas, ni en plan profidén. Necesito que sean bonitas, que trasmitan algo guay, que iluminen la cara.
Y sí, por una sonrisa me enamoré del Diablo. Del mismísimo Lucifer.
En mi ansia diaria por ver series en mi escaso tiempo libre, me topé con esta serie y dije “po güeno”. Desde el primer capítulo me enganché y así sigo. Entre otras cosas, me encanta porque el personaje de Lucifer es el mejor elegido que he visto nunca. El actor es guapo a rabiar, pero sobre todo es que tiene una mirada y una sonrisa que te hacen dudar de si será el demonio de verdad y en caso de que lo sea, que venga y me lo dé con todo el fuego del infierno en las mismas entrañas.
Además no es exactamente una comedia, pero tiene capítulos muy divertidos, puntos que me han hecho soltar una carcajada y un ambiente bastante despreocupado en general. Cosa que agradezco. Estoy hasta las narices de personajes y series circunspectos, serios y estreñidos en general. La vida es un rollo muchas veces, pero por poner cara de mierda no se arregla nada y te amargas cantidad a lo tonto. Sin embargo, Lucifer es fantástico porque se toma todo a broma. Se ríe constantemente, hace bromas con todo, sonríe toooodo el tiempo y le hace gracia casi todo lo que le rodea. Y se enfada, claro. Y es inteligente, que a veces tomamos el humor como sinónimo de ser un simple y nada más lejos. Pero él se ríe, se ríe mucho. Y me enamora muy fuerte esa sonrisa y esa pose burlona frente al mundo. Puede que en el medievo tuvieran razón y la risa sea el arma del diablo para llevarnos a su terreno (¿habéis visto/leído El Nombre de la Rosa? Deberíais. Sobre todo leerlo. En serio, leedlo), pero si es así, anda y que le den a todo. No pienso aburrirme toda la vida, me reiría aunque de verdad fuera pecado.
Hablando de series de gente estreñida, por ejemplo, Outlander. Sabéis que me encanta esa serie. Sabéis que el pelirrojo es el hombre de mis sueños. Y lo que no sabéis es que la última temporada me ha aburrido soberanamente. Además, me leí los libros y una de las cosas que siempre se dice de él es que tiene mucho sentido del humor, que se ríe mucho, que hace bromas, que canta aunque lo haga mal, que tiene un carácter súper agradable. Bueno, pues no. Constante cara de culo durante toda la temporada. Eso añadido a dos (sólo dos) escenas de sexo aburrido y soso y a no verle en pelotas en ningún momento. No siquiera con el kilt. Así no, tío, así no.
De todas formas, tengo la sensación de que siempre se critica a los personajes que dan el contrapunto cómico, a las escenas más relajadas de ambiente, a las bromas. Siempre se infravalora a las comedias y se da mucho bombo a los dramas. Por qué, es algo que desconozco.
Por ejemplo, anda que no le ha caído caña a Tormund (Juego de Tronos) por tener siempre el punto más risueño y más bromista de de serie. Y es un personaje fantástico y de una consistencia monumental. Pero oh, no, mejor cualquiera de los otros que no sonríen ni por asomo. Qué cansancio, de verdad.
Otro ejemplo son las modelos. Te miras una fotos del catálogo de cualquier marca de ropa y te dan ganas de cortarte las venas. Todas lánguidas, sosas, con cara de asco, en posturas absurdas y con gesto de oler a pedo. No sé qué estrategia de márketing es esa, pero desconfío de ella.

Y todo este rollo para dos conclusiones: ved Lucifer (está en Netflix) y enamoraos del diablo. Y sonreíd más, coño, que es gratis.



jueves, 2 de mayo de 2019

Mötley Crüe


Tengo una personalidad levemente compulsiva. Me obsesiono por cosas y me paso el día pensando en ellas... hasta que pierdo el interés y me obsesiono por la siguiente. Por eso no soy constante en casi nada, porque casi nada consigue mantener interés una vez se me pasa el subidón de los primeros días. Luego empiezo a aburrirme y a interesarme por algo nuevo. Me pasa hasta con la comida. Me dio hace poco por las croquetas congeladas de una marca que son sin leche y las engullía como si no hubiera un mañana. Hasta me iba a comprarlas a castroculo de abajo porque en mi barrio no las hay. Ahora tengo dos bolsas en el congelador y ahí están, aburridas. Así con todo.
No es algo que me guste precisamente de mí misma, pero he aprendido a vivir con ello.

Mi última fijación, que seguramente se me pasará dentro de poco, son los Mötley Crüe. Y diréis, a ver chalada, ahora te da por pensar en un grupo de los 80. Ahora que son viejos y están casi extintos. Pues mira. Qué le voy a hacer si en lo que a música se refiere nací demasiado tarde para todo lo que me gusta. No me va a dar por obsesionarme con lo que sea que esté de moda ahora, que ni lo sé, o con la Rosalía esa de la que habla todo el mundo y que me parece una choni barata que hace algo que daña mis oídos.

El caso es que hace unas semanas me puse a ver la peli The Dirt en Netflix. La puse con el plan que pongo las películas los sábados a medio día: dormirme la siesta con lo que sea de fondo. Pero fue un error. No dormí siesta y me pasé la hora y media con los ojos pegados a la pantalla. No es que sea una gran película, pero es muy, muy entretenida y la música me gusta. Siempre me ha gustado la música de los Mötley, pero igual que digo que soy un poco obsesivo-compulsiva-volátil, también digo que soy una fan horrible, pasota e infiel. Tengo montones de discos de canciones sueltas que me gustan y apenas sé de qué grupo son. No me intereso lo más mínimo por la vida o los miembros de las bandas que me molan y paso mil del rollo de la idolatría. Así que tenía canciones suyas por ahí, sabía quienes era... y me daba totalmente igual. Pero la película me gustó y me dio por curiosear un poco más. Ví que en 2001 sacaron un libro sobre sus memorias en el que se habían basado para saltar a la pantalla y me dio curiosidad. Así que busqué un poco y me lo compré por wallapop a un tío con el que apenas crucé tres palabras y 17 euros. Lo de wallapop es otra historia. La compra me trajo un rato infame perdida por el metro de Nuevos Ministerios después del trabajo con más hambre que un perro y me ha acarreado un par de pesadillas con estaciones laberínticas e infernales desde entonces. Lo mismo da.
El caso es que me compré el libro y me dije que lo leería en el metro de camino al trabajo y de vuelta a casa y como es un poco gordo, me duraría hasta mediados de mayo que cambiaré de oficina. Ese era el plan. Ja. Mis cojones 33. Me lo he cepillado en menos de una semana. Y con frecuencia me despierto escuchando en mi cerebro el “Girls, girls, girls” o “Same ol' situation”, lo que al menos, ya que vivo condenada a los gusanos musicales, me libra del Puma y la numeración infame. A veces incluso llego al trabajo cuando aún no son las 8 de la mañana y me pongo a repasar cuadrantes mientras tarareo “Shout at the Devil”. La gente debe pensar que soy una pirada, pero tampoco es que haya tratado de ocultarlo nunca.
El libro en sí no es literatura excelsa, pero está bien escrito, bien hilado y tiene puntos delirantes, en los que te saca más de una sonrisa. También te agarra del corazón más de una vez y te revuelve el estómago con frecuencia. Es sólo la historia de 3 degenerados que llevaron demasiado lejos lo de “sexo, drogas y rock and roll”... y su adorable y sufrido guitarrista. Me gusta porque es una historia sincera, donde no es oro todo lo que reluce y la vida no es terciopelo rosa sino cuero negro. Me parece digno de ser leído.

Dicho esto, también estoy bastante a tope con Juego de Tronos y la última temporada. Espero hacer algún post cuando termine por completo.

¿Y en qué futura obsesión se embarcará nuestra loca protagonista? ¿Recrear Invernalia con bloques de lego? ¿El macramé? ¿La pintura abstracta a base de kétchup y mostaza? ¿Fabricar bigotes postizos con los pelos que sueltan sus gatos? Quién sabe. Más obsesiones e idas de olla en próximos capítulos.