jueves, 23 de junio de 2016

El enano cabrón y la ceja rebelde

Hay un enano cabrón que vive en mi cabeza. Tiene una caña de pescar y con frecuencia, lanza el anzuelo y me tira de la ceja derecha hacia arriba, haciendo que me ponga escéptica. Le odio.
Me gustaría ser una persona más conformista, más tranquila. De verdad. No cuestionarme tanto todo. Me gustaría no hacerme tantas preguntas, no dudar de todo, no plantearme todo, no subir una ceja cada dos por tres. Me gustaría estar segura de algo, saber algo, tener alguna certeza a parte de el hecho de que voy a morir. Lo he dicho más veces porque es un tema que me asalta cada dos por tres. Y me agobia. Me agobio a mí misma. Me gustaría pegar una toba al enano cabrón que me sube la ceja, pero no puedo, no lo consigo, no hay forma de desalojarle de mi cabeza y mandarle a tomar por culo. No hay manera de dejar de oír esa irritante voz que lo pone todo en tela de juicio.
Veo a Reichel con Rulas y con el bebé. Y ella me dice que sí, que quería ser madre, que sabía que Rulas es el hombre de su vida y que el año que viene se casan. Así que de nuevo tengo una boda a la vista. Y echo cuentas. Llevan algo más de dos años juntos, un poco pronto para tener ya un bebé, a mí parecer. Y ella me dice, toda seria, que sabía que era el momento y era la persona adecuada, que no ha dudado ni un momento. Y a mí se me levanta la ceja. El enano cabrón haciendo de las suyas.
Veo a Bombita y su reciente esposa y lo mismo. Tres años juntos desde el fantástico momento en el que surgió el flechazo. Desde que Bombita nos dijo que nos iba a presentar a alguien que le gustaba mucho, que era la mujer de su vida, que se iba a casar con ella. Y yo intento que no lo haga, que el enano no pueda con mi ceja, tiro hacia abajo, frunzo en ceño, trato de parecer concentrada. Me repito que el amor es así, que puede pasar, que miaumiau. Pero no. Es pequeño, pero tiene fuerza. Y allá va mi ceja pa´rriba.
Y así con todo. Cada vez que alguien me asegura algo, ceja arriba. Cada vez que alguien me dice que ha encontrado el camino, ceja arriba. Cada vez que alguien emprende un proyecto raro jurando que es una idea brillante, ceja arriba. Cada vez que alguien se enamora, ceja arriba. Cada vez que alguien me habla de algo abstracto, ceja arriba. Cada vez que alguien “ve la luz”, ceja arriba.
Pensaba, inocente de mí, que algún día el enano cabrón estirador de ceja se iría. Quizás cuando cumpliera los 25, o los 30. Quizás un día cualquiera, como una revelación mística. Quizás, cuando encontrara algo seguro. Quizás, cuando las cosas con el Ross se asentaran y estuviéramos juntos. Quizás cuando supiera algo. Pero no. Tengo 33, vivo con el hombre al que he querido siempre y sin embargo, no. Ahí sigue el enano tirando de mi ceja, ahí sigue mi escepticismo, ahí siguen mis dudas, ahí sigue mi sensación de estar perdida. Sigo sin saber una mierda.
Que yo quiero al Ross, sí. Que creo (creo, ojo, no ) que es el hombre de mi vida. Que estoy bien con él y me gusta nuestra vida. Pero de vez en cuando se me va la ceja sola. Que yo estoy a gusto en mi casa, en mi barrio, en mi cuidad, en mi pequeño mundo. Pero de vez en cuando me asalta el enano cabrón y me pregunto si no estaría mejor en otro sitio. Que a veces creo que me he equivocado en todo y me gustaría resetear y empezar de cero. Que a veces creo que no, que voy bastante bien. Que a veces creo que por fin he encontrado algo que me gusta, me apasiona... y luego me deja de interesar. Que a veces creo que sé algo y al rato pienso lo contrario. Que a veces estoy feliz, estoy bien, estoy contenta... y entonces noto como el enano salta sobre mi cabeza y tira de mi ceja con todas sus fuerzas, haciéndome pensar que igual no, que igual es un espejismo. Haciéndome dudar de nuevo, haciéndome ser ese tipo de persona que no se cree nada, no confía en nada, no se siente parte de nada.
A veces, admiro a Descartes. Al menos él sabía que no sabía nada. Yo, ni de eso eso estoy segura.


martes, 21 de junio de 2016

La boda

No me gustan las bodas, no sé si os lo he dicho alguna vez. Lo que pasa es que me gustan mucho mis amigos. Es como con los críos. A mí no me gustan los niños, pero mis amigos me gustan, así que sus hijos me parecen hasta monos.
Dejando eso de lado y guardando quizás el momento moñoso para otro rato, os diré que el fin de semana ha sido divertido. Lo pasé mejor la noche de la pre-boda que en la propia boda, pero creo que eso es casi normal. Además hizo frío y el baile era al aire libre, así que llegó un momento en el que lo pasé realmente mal porque me dolían los huesos y hasta respirar era una tortura. Así que nos fuimos un ratito antes que el resto (no mucho, no llegó ni a una hora antes) porque si no, yo fenecía.
Sobre el tema que más os interesa... no. Lo siento, Sor Espectro decidió no venir a visitarnos. Tengo la teoría de que la imagen de mi amigo Flumi paseándose totalmente desnudo por el pasillo la hizo remorirse y no pudo aparecerse. Y es que otra cosa no, pero en mi grupo te hartas de ver carnes. Decimos que es confianza, pero empiezo a pensar que sobrepasamos los límites del asco. En todo caso, algunos decían que el convento acojonaba. Yo creo que no, pero francamente, no soy persona asustadiza, así que no lo sé seguro.
La “habitación” era lo más cutre y pequeño que os podáis imaginar porque era sólo un pedazo cortado a un pasillo sin ventana ni nada. Sólo dos camas y un crucifijo entre dos paredes de pladur y una puerta corredera que daba al pasillo en sí, donde por suerte sí había ventanas. Igual un día os hago un croquis porque con la impresión se me pasó hacerle fotos. Del baño ni os hablo. Olía a tubería, uno de los lavabos estaba roto y había un espejo viejísimo y medio opaco de un palmo de ancho.
En cualquier caso, sobrevivimos. Y nos reímos tanto que si queda allí algún espíritu de monja, o se lo ha pasado en grande con nosotros, o a huido despavorida a otro sitio por el que arrastrar sus fantasmales hábitos.
La boda en sí estuvo muy bien. El espíritu de los novios impregna por completo ese día y en este caso se notó la mano de los dos en cada detalle. Fue como ellos, emotivo, tierno, cercano y divertido. Lleno de alegría y de buen rollo. Lleno de verde como los zapatos de la novia, lleno de música como el novio. Lleno de momentos entrañables y carismáticos como ellos. Lleno de vida. Así son Bombita y Bubita. Así quiero pensar que somos todos un poco en este grupo.
Ojalá pudiera contaros más cosas, pero aún las estoy asimilando, junto al dolor de pies y de riñones.

En fin, como se suele decir, que les dure toda la vida. Entre otras cosas, porque yo no me veo con fuerzas de repetir.

martes, 14 de junio de 2016

Sor Espectro

A mí esta boda me va a dar para escribir un libro. O para una úlcera, no lo sé aún.

Cuando el melón de Bombita decidió casarse y blablá, no se dudó ni por un segundo que fuera en el pueblo de ella y donde él trabaja. A mí las bodas me dan pereza y las de los pueblos, más aún porque se alargan eternamente y entre la cena del día de antes y la comida del de después, aquello termina siendo una boda gitana sin ritual del pañuelo. O eso espero.
El caso es que, obviamente nos teníamos que quedar a dormir. Bombita nos aseguró que no habría problema, que nos podríamos quedar en el mismo hotel donde se celebra el convite. Luego dijo que no, que en el hotel no porque había pocas habitaciones y serían para la gente que las necesitara por causas mayores (gente con hijos pequeños, abuelos muy mayores, personas enfermas, etc) y vale, lo entendí. Nos dijo que nos mandaría al hostal, que tiene pinta de ser la pensión de la chinche, pero vale.
Pasaron los meses. Cada vez, cada jodida vez que nos veíamos, lo mismo, “Bombita, dónde vamos a dormir” y él, lo mismo, “no os preocupéis que está todo arreglado.” Evidentemente, eso no responde a la pregunta. Y tanta evasiva en plan político, a mí me empezó a dar mala espina.
Ayer ya me harté y mandé un wasap al grupo preguntando dónde íbamos a dormir con la excusa de mirarlo por internet. Mi horror empezó cuando Bombita me respondió que por internet no lo iba a encontrar. Que no era el hotel. Ni el hostal de Casa la Chinche. Ni nada que se le parezca. Que íbamos a dormir en un convento abandonado.


WHAT THE FUCK ARE YOU TELLING ME????

Pues resulta que sí, que vamos a dormir en un convento, o lo que hace siglos (literalmente) fue un convento y que está abandonado. Peeeero, no hay problema porque a veces, ojo, a veces, se usa. “Para cosas de curas o algo así” cito textualmente. Pero allí no atiende nadie, ni hay personal, ni hay nada. O sea, que supongo que saldrá a abrirnos Sor Espectro. Y dormimos en la parte del noviciado, o sea, en celdas de cuatro paredes y una cama. Austeridad al poder, oiga. En medio de mi más terrible estupor, pregunté si al menos había baño. Y sí, claro que hay. UNO. Uno para todos, como los mosqueteros. Aunque, según la novia, no hay problema porque hay tres duchas, tres wc y dos lavabos. Ah, pues qué bien, oye. Cinco mujeres teniendo que arreglarse para una boda con dos lavabos y un número no conocido de espejos. Pues bien, muy bien, estupendo todo.

Nota mental 1: llevarme un espejo de mano en la maleta.
Nota mental 2: casarme por venganza y alojar a Bombita en la Posada la Chinche.
Nota mental 3: llevarme una palmatoria con velas, un camisón largo y un gorro de dormir para saludar a Sor Espectro como la ocasión lo merece.

Nota mental 4: me cago en mi vida, en las bodas, en el pueblo de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme y en la reputísima madre que lo parió.

viernes, 10 de junio de 2016

Peticiones de mano (la secuela)

Con el post anterior abrí un asunto interesante que es la petición de mano. Que yo esté en contra no significa que no respete y acepte todas las opciones. Que si una quiere que su novio se lo pida de rodillas con la Torre Eiffel de fondo mientras suenan violines, me parece estupendo. Que si una quiere que se lo pidan a los pies del Taj Majal, estupendo. Que si una quiere que se lo pidan, simplemente, pues estupendo.
Mi prima Amai, felizmente casada con El Vasco desde hace ventitantos años siempre dice que lo único que le no le perdona es que no le pidió matrimonio en condiciones. Yo me parto con ella cuando lo dice y El Vasco se convierte en el sueco.
Total, que cada uno con sus gustos más o menos moñas. A mí me da lo mismo mientras yo no sea la implicada. Ya os conté mi experiencia bastante traumática con la petición de mano frustrada del Desequilibrado y mi “no me jodas, no me hagas esto”. Y no fue con rodilla en tierra (sólo eso habría faltado para morirme allí mismo) pero sí con anillo, viaje a Roma, cena en el Trastevere y toda la pesca. Como conté en los comentarios del post anterior, hace poco le dije, o más bien le grité al Ross, que si alguna vez se convence de que nos casemos por la razón que sea, no me haga numeritos o le diré que no y le echaré de casa. Al fin y al cabo, soy experta en ello. Si quiere, que me hable como un adulto. Oye, que si nos casamos, que si tal fecha, pues bien, pues vale. Y punto. Nada de moñeces, por favor.
Ahora bien, como me habéis dejado a medias con ciertas historias que no me habéis reatado bien, EXIJO comentarios largos en los que me expliquéis las pedidas de matrimonio más absurdas, pomposas, ridículas o simplemente extravagantes que hayáis visto. O con la que soñáis. O con la que tenéis pesadillas.
Yo, a parte de la mía, que creo que por mi respuesta se lleva la palma, os puedo contar algunas.

Bombita se lo pidió a su novia en las cataratas de Iguazú. Y cuando digo en las cataratas, quiero decir en plenas cataratas. Es decir, en una especie de barco o algo así que las navega, las baja o las atraviesa, no lo sé muy bien. Con los chubasqueros y toda la gente al rededor. Incuso está grabado en vídeo. Y allí en medio, bajo el torrente de agua sacó la cajita con anillo y blablá. Le echó huevos porque el anillo podría haber terminado perdido en el mar.

Mi amigo Gordito se lo pidió a su señora a la vieja usanza. Se fueron un fin de semana a no sé dónde y le preparó la habitación con pétalos de rosa, champán y todo el rollo peliculero. Después de cenar con velas y demás pifostio, fueron a la habitación, sacó el anillo, se arrodilló y blablá. Muy tradicionales ellos.

Hermanagrande, mi más antigua amiga del pueblo llevaba ya unos cuantos años con el novio. Y las cosas de pueblo, tenía problemas porque los padres no la dejaban salir o viajar con él y tal, así que un día, cenando el burguer king del pueblo de al lado, el entonces novio le dijo, nena, vamos a casarnos. Sin anillo, sin rodilla en tierra y sin nada. Es un poco cutre, pero funcionó.

Amigachica, otra del pueblo, fue ella la que en un arrebato de romanticismo le dijo al garrulo del novio que tenía ya 25 años y que empezaba a ser una vergüenza que llevaran tantos años de novios, que ella no pensaba esperar más y que os se casaban o le mandaba a paseo. Qué mejor forma de empezar una vida en común que con la bella tradición de la coacción y el chantaje. Él aceptó y a día de hoy dice que debería haberse casado antes. Yo opino que un engendro como él no debería haber nacido, pero son diferencias de opinión.

Mi amiga N, llevaba un par de años con el novio. El tipo preparó una noche romántica con champán, limusina, la llevó al Zouk (un hotel para mi gusto cuestionable pero muy caro con piscina privada en las habitaciones y demás) y le dió un anillazo de brillantes. Todo así como muy peliculero. Un año y medio después de la boda estaban divorciándose. A día de hoy siguen de juicios. Mu gonito tó.

Y así en repaso rápido son las que se me ocurren de mis allegados. ¡Espero las vuestras!


miércoles, 8 de junio de 2016

Bodas y venganzas

Bueno, ya estamos a 10 días de la boda de Bombita. Joder, parece mentira. Hace tanto que sabemos que se lo iba a pedir y tal que se ha hecho más largo que la hostia. Y es que el grupo de amigos supimos como por marzo del año pasado que Bombita había comprado un anillo y que en verano, durante la visita a las cataratas de Iguazú iba a declararse y pedir matrimonio a Bubita.
No son pocas las veces que he expresado mi opinión sobre el hecho de “pedir matrimonio”. Mira, pedir se pide un whopper. Yo creo que una decisión de la pareja hay que hablarla y decidirla entre ambos. Casarse no es un favor que tú me pides y yo te concedo. Vamos, digo yo. Pero soy una rancia, así que no sé.
El caso es que ayer fuimos el Ross y yo a comprar una camisa y unos zapatos para el asunto. Ya tenemos alquilado el chaqué y sólo faltaba la parte que no se alquila. Tuvimos un montón de suerte porque sólo quedaban unos zapatos de una oferta que había en la tienda y por 50 euros hemos conseguido unos zapatos de piel que le resultan cómodos. Y la camisa le vale, es bonita y no ha salido cara, así que va que chuta.
Yo por mi parte ya lo tengo todo listo. Falda mona, camisa mona, zapatos preciosos y cómodos... casi no me lo creo. Sólo me falta saber qué cojones me hago en el pelo, que estoy harta de ver tutoriales en youtube y que nada me guste cómo me queda. Igual es que lo tengo excesivamente largo, pero no me apetece cortármelo porque me gusta tenerlo por la cintura. Ay, mira yo qué sé. Problemas absurdos del primer mundo.
Por último os comento que estoy elaborando una teoría. Empiezo a pensar que la gente se casa por venganza. Cuando llegas a cierta edad piensas en la cantidad de pasta que te has gastado en las bodas de amigos, familiares y personas que te importan un carajo. Y te dan ganas de ir casa por casa exigiendo tu pasta. Te planteas una boda unilateral contigo mismo o simplemente una fiesta de recogida de dinero porque sí. Además por otro lado, piensas en las incomodidades y coñazos que te han traído las bodas ajenas y te dan ganas de que te las paguen todas juntas, el dinero y la jodienda. Así que al final, si tienes oportunidad y pareja, te casas. Por joder. Por venganza, por rencor, por daños económicos. Lo que sea, pero que se jodan como te jodiste tú.

Y no, esto no es un anuncio como me han preguntado en tuiter al hilo de mi teoría. No tengo pensado casarme ni de momento los deseos de venganza son lo suficientemente grandes. Pero empiezo a no descartarlo por el mero hecho de fastidiar a mis amigos y familiares. Ja. Que les den. Que se busquen la vida para encontrar camisas de su talla, que alquilen trajes ridículos, que se pongan zapatos incómodos y que te tiren de los pelos tratando de peinarse.   

jueves, 2 de junio de 2016

La herencia de Ron

Hace un tiempo os conté que le hice análisis a Ron y salió un poco alta la creatinina y tal. Bueno, después de eso, pasó una racha con la tripa suelta. Comía bien y parecía estar normal, jugando y durmiendo y todo... pero con la tripa suelta.
Le hicimos una prueba de parásitos. Nada, todo estaba bien.
Le di una especie de pasta probiótica para ver si es que tenía la flora del intestino tocada. Nada, como el que oye llover.
Repasé con el veterinario los resultados de los análisis de sangre minuciosamente. Nada, todo bien.
Repasamos la ecografía con detalle. Nada, todo bien.
Todo bien, pero las cacas seguían siendo un horror. Así que el veterinario me pidió muestras de heces para hacer un cultivo especial. Eso se traduce en tres días persiguiendo al gato cada vez que merodea por el arenero para pescar sus malolientes cacas en un tarro.
Yo, que siempre odié a las madres que hablan de los pañales de sus bebés, contando esto. En qué me he convertido, zeñó, en qué.
Total, que a todo esto, a mí se me metió en la cabeza que el pienso no le sentaba bien. Y es que siempre, siempre he tenido problemas con los piensos de Ron. Los he probado todos, caros, muy caros, carísimos. Especiales para tripa sensible, sin cereales, de pollo, de pescado, de oro puro. Siempre haciendo las transiciones graduales, siempre con mil cuidados. Y nada. A él todo le gusta, porque es un tragón, pero no le terminan de sentar bien.
Total, que hasta el gorro del tema, le empecé a dar sólo bolsitas de trocitos con salsa. Y de un día para otro, perfecto. Tripa bien, caca bien, todo bien. Así que me empecé a temer que no le pasara nada de nada y que simplemente, no le cayeran bien las croquetillas secas. Hice la prueba de darle de nuevo bolitas y mal. Quitaba las bolitas y bien. Era como muy evidente el asunto.
De todos modos hicimos el cultivo de heces especial por si había algún parásito raro o alguna bacteria chunga de detectar. ¿Lo adivináis? Nada, todo está perfecto.
Y diréis, fantástico, ya tienes la solución, dale bolsitas. Claaaaro. Muy bien. El único problema es que cuestan 1,70 cada una. Y se come dos al día. Eso hace una pasta al mes que no me gasto en mi propia comida.
Obviamente, como necesito estar tranquila una temporada y Ron es mi mayor prioridad, me estoy quitando de todo para que él siga comiendo sus bolsitas de pollo en salsa especiales para el riñón y esté tan contento y feliz y con su tripa tan estupenda.

El veterinario está totalmente desarmado, dice que Ron le deja sin argumentos y que no tiene ni idea de qué pasa aquí. Yo tengo mi propia teoría y es que como los gatos no pueden heredar, Ron ha decidido pulirse mis bienes en vida, por si acaso. Así que estamos muy felices y muy sanos... y totalmente arruinados. Curiosamente, merece la pena por verle tan guapo.


miércoles, 1 de junio de 2016

Al final...

En noviembre del 2010 me separé y me quedé sola. Bueno, sola-sola, no. Con Ron. Al principio me acojoné un poco, pero la verdad es que me hice en seguida. Me acostumbré a mis propias rutinas, mis propios momentos, mi propio sofá, mi propia casa. Todo era mío propio porque nadie me decía lo contrario. Y la verdad es que me gustaba. Me gustaba mucho.
En noviembre del año pasado se vino a vivir el Ross. Tras cinco años de estar sola con el gato, se me hizo raro que él anduviese por aquí todo el tiempo. Al principio de hecho, lo llevé fatal. Lo reconozco, pasé casi dos meses que pensé que no iba a aguantar. Yo quiero mucho al Ross, pero me molestaba su presencia en MI casa. Tenía la sensación de que estaba siempre por medio y de que no me dejaba en paz.
Luego, tras la locura de diciembre con sus navidades, sus quedadas y todo el coñazo, la vida volvió a una especie de normalidad. Y me acostumbré a su presencia. A pesar de sus cosas malas. A veces me enfada ir por ahí recogiendo ropa que deja desperdigada, tirar a la basura los envoltorios de las cosas que se come porque nunca los tira, los deja en cualquier sitio. A veces me enfada que esté toda la tarde jugando al ordenador, a veces me enfada que no quiera jugar y esté detrás de mí dando el coñazo.
Por eso, cuando me dijo que tenía que irse esta semana a Polonia por trabajo pensé “mira qué guay, unos días de tranquilidad como antes”. Luego se fue y... me quedé con la sensación de no saber qué hacer. Como si le estuviera esperando. Como si la casa estuviera más vacía. Como si no recordara bien qué hacía yo antes con tanto tiempo libre. Como si me faltara algo.
Y a ver, que estoy bien. Sigo mi rutina, mis cosas, mis planes, mis clases, mis movidas. A ratos estoy más a gusto que un gatico en brazos. Pero los días son extrañamente largos. La semana está durando muchísimo. Y es raro.

Igual es que a pesar de las botellas de cocacola vacías por el salón, de las camisetas encima de la mesa, del soniquete de su juego de tanques y de todo el sitio que ocupa, me gusta que esté aquí. Igual, al final me he acostumbrado a vivir con él.
Y al final le voy a echar de menos y todo.