viernes, 22 de julio de 2016

Lo que nadie te cuenta sobre el Algarve

Cuando uno se va de vacaciones suele soñar con un montón de cosas. Paseos por la playa, caminatas por la montaña, comidas fantásticas, cócteles coloridos y refrescantes con sombrillita... luego la realidad es, pues eso, la realidad.
Yo la semana pasada estuve en el Algarve. Que todo el mundo dice “oh, qué bonito, qué bien, qué estupendo”. Y sí, es bonito. Pero tiene sus cosas.

  • Si te gustan los paseos marítimos para caminar plácidamente cerca del mar y ver tiendas y demás, el Algarve NO es tu destino. Allí las playas están a tomarpor de la civilización, metidas entre acantilados, montañas y caminos de cabras. A mí esto me mola porque hay poca gente y entorno es mucho más bonito. Lo malo es la caminata de vuelta con todo el calor, cuesta arriba y con arena en los pies.
  • Si te gusta mucho bañarte, nadar y chapotear, el Algarve NO es tu destino. El agua está fría, helada, congelada. Es imposible meter un pie sin dejar de sentirlo y tener la sensación de que se te va a caer a trozos. Las olas van fuertecitas, así que no es cosa de broma. Y cubre en cuanto das dos pasos.
  • Si te gusta ponerte vestidos preciosos por la noche y lucir tus carnes morenas, el Algarve NO es tu destino. Se supone que a nosotros nos pillaron días de mucho calor. Y durante el día hacía bueno, pero corría una brisita agradable que hacía que la temperatura no fuera sofocante. Esa brisita por la noche se convertía en un aire gélido. Vaqueros, camiseta, chaqueta y frío.
  • Si te gustan los alojamientos lujosos y los hoteles de porrón de estrellas, el Algarve NO es tu destino. Nosotros creíamos haber alquilado un apartamento. Curiosamente, era una casa hippy en la que terminamos conviviendo con un un par de surfistas americanos, una neozelandesa, una pareja de catalanes y un nutrido grupo de rubias de procedencia desconocida que aparecían y desaparecían. Lo cierto es que no fue una mala experiencia, pero dese luego tampoco es que fuera lo que esperábamos. Por la zona había montones de casas de ese estilo, pero sólo conseguí ver algo parecido a un hotel de buena calidad. El resto son hostales, albergues y semejantes.
  • Si te gustan las carreteras bien asfaltadas, las autovías, conducir rápido y sin percances, el Algarve NO es tu destino. Hay montones de autovías de peaje que no están del todo mal, pero para visitar ciertas cosas, los pueblos, el cabo, las playas... tienes que coger los caminos de cabras más cochambrosos que podáis imaginar con portugueses que te adelantan a toda velocidad. La media que se consigue es de un par de kilómetros a la hora. Ir en burro sería más seguro y cómodo.
  • Si bebes aquarius o nestea, el Algarve NO es tu destino. No conocen el aquarius, directamente no existe. Nestea tienen algunos sitios concretos, pero es raro. En todas partes tienen lipton, que es parecido, pero sabe horriblemente a edulcorante y a mí personalmente me da cagalera. Por suerte el agua mineral sabe genial y lo que sí hay es coca-cola.


Ahora bien, hay cosas que pueden hacer que te merezca la pena hacerte chorrocientos kilómetros para ir a la zona sur del fin del mundo.

  • Los surfistas. Si te molan los tíos fibrosos, de piel bronceada y melena rubia ondulada digna de anuncio, el Algarve es tu lugar ideal. Hay a montones. En todas partes, en la playa, en los bares, en las terrazas, en las casas de hippies. Surfistas, surfistas everywhere.
  • Hablar inglés. Si te apetece practicar inglés o mejorar tu capacidad de hacer mímica, el Algarve es tu lugar ideal. Los camareros generalmente hablan un poco de español y no es difícil entenderse con ellos, pero si dudas, pregunta en inglés, todos lo hablan seguramente mejor que tú. Y en cuanto sales a la calle, más de la mitad de la gente no es portugesa. Miles de guiris por todas partes. Todos hablando inglés. Y la mayor parte haciendo surf. Surfistas angloparlantes everywhere.
  • La comida. Yo como fatal, mis viajes casi siempre pasan entre el hambre y el asco, 90% del tiempo sin comer nada. En Polonia me alimenté de pollo frito. En Italia de ensaladas de tomate y lechuga. Sin embargo en el Algarve se come de maravilla. Pescado, carne, ensaladas, pollo, lo que quieras. El Ross comió tartas y pasteles, pero mi intolerancia a la lactosa me impide comer nada dulce fuera de casa.
  • Los precios. Comer es barato, beber algo es barato, comprar cosas es barato. Lo único prohibitivo son los cosméticos. Intenta no olvidar la mascarilla del pelo o te dejarás el doble que en España en el mismo tarro de fructis. Eso sí, un par de refrescos al borde de un acantilado viendo el mar, 4 euros. Dos platos combinados de pescado fresco o pollo asado con ensalada, arroz y patatas fritas, 12 euros.



En fin, si os lo estáis planteando como destino, son cosas a tener en cuenta. Echad tres o cuatro chaquetas, mucha paciencia para las carreteras, un diccionario de inglés y verificad el tipo de alojamiento. Por lo demás, no está tan mal.  

miércoles, 20 de julio de 2016

¡He vuelto!

Ea, pues he vuelto.
Pensaba haber dejado una entrada programada para deciros que me iba de vacaciones una semana y tal, pero mira, luego me lié con cosas y al final no me dio tiempo. Y me llevé el ordenador con la idea de quizás escribir por las noches como suelo hacer. Pero me dio pereza.
El caso es que escribiré alguna entrada sobre las vacaciones, que han sido... bah, os esperáis al siguiente post.
De momento os comento que en Madrid hace un calor de cojones. Ahora mismo escribo con un pijama raído que sin embargo me parece una manta zamorana y con el culo fundido al sofá. Ross duerme en la cama con el ventilador enchufado a todo trapo y de vez en cuando se despierta y se rocía con un chuf-chuf de agua. Y el pobre Ron anda tirándose por los suelos y a veces me mira como diciendo “haz el favor de arreglar esta mierda”. A ratos me da tanta penilla que le pongo el aire acondicionado. A Ron le fascina, claro. Se sienta donde más cae el chorro fresquito y se pone esponjoso. A veces, cuando lo apago, mira a la pared y maúlla al aparato con tono imperativo para que vuelva a funcionar. Yo le entiendo, que conste. El problema es que Ron no está familiarizado con el concepto “factura de la luz”.
Por otro lado, pasado mañana me quedo de Rodríguez porque Ross se va al norte a una friki-party de cosas de ordenadores y niños rata pegados a pantallas. Su abuela me preguntó si me parecía bien que se fuera solo. Y a ver, yo entiendo que las abuelas crean que sus nietos son un partidazo y que las mujeres caen rendidas a su paso. Lo que las abuelas no entienden es que hay sitios donde las posibilidades de que simplemente haya mujeres se reducen mucho. Y las que hay, pues mira, no me asustan. Además, ¿¿conexión a internet gordísima, pantallas por todas partes, horas ilimitadas de juego y otros frikis que quieran hablar de juegos de mierda?? Os garantizo que esa semana el Ross ni se acuerda de que tiene pene.
Además me vendrá genial estar unos días sola, con la cama para mí, haciendo la comida que me apetezca y rascándome el higo a dos manos. Lo mismo hasta me apetece más verle cuando vuelva y todo.
Total, que me enrollo, que he vuelto, que hace calor y que tengo unos días para actualizar bastante. Así que permanezcan atentos a sus pantallas.


domingo, 10 de julio de 2016

600 y los que vengan

Hoy hace 5 años y 7 meses que abrí el blog. Esta es la entrada 600. No me puedo creer que haya contado tal suma de chorradas en el blog. Y no me puedo creer que haya gente que las haya leído. Son tal montón de cosas que con que cada una ocupara un folio, ya sería un tochazo de hojas. Son una puñetera novela rusa.
Me cuesta visualizarme a mí misma en 2010, cuando empecé este blog hecha una mierda, en una casa casi tan vacía y tan en ruinas como yo misma.
Me cuesta más aún pensar dónde estaré dentro de otros seis años, con otras tropecientas entradas más.
Me cuesta ser consciente de todo el mundo que hay dentro de mí y que por alguna razón que no comprendo, vengo aquí a contar al aire. Me cuesta pensar que en ese “aire” hay gente que ha venido, que se ha ido, que sigue, que vendrá. Me cuesta encontrar palabras hoy, después de haber escrito miles repartidas en 600 entradas.
El caso es que casi no me he dado cuenta, metida en mi rutina, en mi día a día, en mis momentos a ras de suelo y en los que levanto el vuelo. He ido dejando que pasara la vida, que los días fueran contando su propia historia. Y he llegado hasta aquí, ni de idea de cómo.
Este blog me ha dado mucho. Amigos, viajes, un chico al que quise con locura, risas, momentos inolvidables, palabras de ayuda, de apoyo, de desahogo. Agradecimiento es poco para expresar lo que siento, pero aún así, gracias. Gracias al Niño Chico, a las Gemelas, a Mar, a Álter, a Eva, a Key, a Luz Marina. A los que comentáis siempre, a los que lo hacéis a veces. A los que habéis traspasado las barreras de lo virtual y sois parte de mi vida. A los que os tengo en facebook, a los que a veces hablamos por correo. A los que se fueron y no sé en qué lugar del universo andarán. A los que me siguieron desde el anterior blog. A los que han salido en algún post, a los que aparecen de forma recurrente, a los que me callo. Al Ross, a Ron, a mi gente. Gracias.

Llamé al blog paracaminantes porque mi único objetivo cuando lo empecé era ser capaz de ponerme de pie y andar. He llegado lejos porque he tenido buena compañía. Y más que llegaré mientras haya alguien que quiera seguir dando un paso más a mi lado. Vamos, sigamos tirando pa´lante.  

lunes, 4 de julio de 2016

La boda de Primamediana

Para mí, la palabra “primo” tiene una connotación casi negativa.
En mi caso, Primamayor es imbécil. Así de sencillo, no pasa nada. Hay mucho gilipollas suelto por el mundo y a mí una me ha tocado de prima. De hecho, hace años que no nos hablamos y aunque cuando nos tenemos que ver por obligación yo pongo mucho de mi parte para mantener un trato cordial y educado, a veces se hace muy complicado. Más que nada porque ella es una impertinente. Y si me estás leyendo, te envío un beso, hermosa. Como el que tú me negaste la última vez.
Luego tengo a Primamediana, a la que profeso una bella indiferencia. Lo cierto es que apenas nos conocemos. Ella nació en una ciudad muy lejos de la mía y siempre ha vivido allí. Entre eso y los cinco años que le saco, digamos que no tenemos mucho en común. De pequeñas yo pensaba que ella era una cursi y una consentida y cuando empezó a tener edad para dejar de serlo, le perdí la pista y tampoco hablamos desde hace décadas.
Y por último tengo a Primapequeña, que vive en Alicante y que podría ser mi hija. Esto dificulta bastante la relación, digamos, normal entre primos. No hemos jugado juntas, no hemos hecho cosas juntas, no hemos vivido nada en común. De hecho, cuando era pequeña me llamaba tía. Es lo que tiene llevarse casi 17 años. Desde que es adolescente tenemos algo más de comunicación, pero admito mi deformación profesional al respecto, lo que hace que la relación no sea la normal para dos primas hermanas. En todo caso, a veces escucho (o leo por wasap más bien) sus neuras, le doy consejo y a otra cosa, mariposa.
La única con la que la palabra “prima” me suena entrañable y encantadora es con la prima Amai de Bilbao, a la que cuido los gatos y las jerbas cuando se va de vacaciones. Esa sí es adorable. Curiosamente, es prima segunda de mi madre, así que muy cercana como que no me toca.
El caso es que en agosto se casa Primamediana. En una ciudad que adoro pero que está a tomarpor. Yo, francamente, no quiero ir. Odio las bodas y odio a mis primas, no entiendo qué puedo pintar allí. Ni siquiera sé por qué me ha invitado. Pero mi madre insiste en que vaya. Ya pasé de ir a la de Primamayor por diversas razones que ahora mismo no vienen al caso y sé de buena tinta que mi madre lo pasó fatal porque la gente le preguntaba por mí, me echaba de menos y cuando se hicieron las fotos familiares yo no estaba allí. Ojalá tuviera diez hermanos más para que fuera alguno y mi madre ni reparase en mi ausencia. Pero no, soy sólo yo, así que si no estoy, se nota mucho.
El caso es que se supone que debería hacer acto de presencia en ésta. Si al menos fuera cerca, me quebraría menos la cabeza. Me arreglaría, iría un rato, pondría cara de póker y volvería a mi casa cantando a pleno pulmón Extremoduro. Pero no, tengo que ir a pasar el puñetero fin de semana porque el don de la teletransportación aún no lo controlo.
La verdad es que el tema me da por el culo todo lo más grande. Primero tengo que dejar a Ron al cuidado de mi amiga Pa. Que yo la quiero y confío en ella, pero es MI Ron y no me gusta que le cuide nadie que no sea yo misma.
Segundo porque no le veo el sentido a ir a la boda de alguien con quien no he hablado en mi puñetera vida.
Tercero porque no me apetece gastarme un duro en el evento en cuestión.
Y cuatro y fundamental, porque no me apetece y odio hacer cosas que no me apetecen.
Y diréis, pues no vayas. Claro. Qué fácil.
El problema es que estoy harta de ser la peor hija del mundo. Siempre soy, hago y digo lo contrario de lo que mi familia quiere ver y escuchar. Creo que lo único que he hecho desde que tengo uso de razón es decepcionarles. Y me cansa esa sensación, pero no puedo ni quiero cambiar lo que soy. Sin embargo, por un día, puedo cambiar lo que hago y hacerles felices. Al fin y al cabo, es posible que sea la última boda de la familia y sé que mis padres y mis abuelos estarían muy contentos de tenerme allí aunque sea con cara de acelga. Y repito, igual esto no pasaba si tuviera hermanos. Muchos. Porque iría otro. Cada uno tendría sus cosas buenas y sus cosas malas. No recaería toda la atención en mi diminuta persona.

Total, que me jodo y seguramente me toque ir. De verdad, qué cansancio de bodas. Me cago en mi prima, en su puta boda y en los científicos que no han inventado la teletransportación. Joder.  

jueves, 30 de junio de 2016

Mala hostia y acero valirio

Estoy en crisis. Yo, yo misma y mi ombligo. Sé que nadie tiene la culpa, pero les salpica porque
estoy de mal humor. Muy mal humor. Así que digamos que mi crisis se va extendiendo como cuando intentas hacer un souflé y eso empieza a crecer como una masa alienígena, se sale del molde, se espurrea por la bandeja del horno, sigue creciendo informemente, lo pringa todo, se quema, sale humo, te apesta la casa y le dan ganas de dar de patadas al gilipollas que te pasó la receta y te dijo que quedaban muy buenos y que eran muy típicos franceses. Me cago en tu estampa y en la puta cocina gabacha. (Basado en hechos posiblemente reales. Presuntamente reales. Le pasó a alguien que conozco. Sí, eso. A alguien.)
En fin, mal humor, decía. Creo, y empiezo a pensar que me repito, que son las hormonas. Dejé el anillo hace unos cuatro meses porque me siento gorda cuando lo llevo. Es absurdo, estoy un poco hinchada pero me cabe mi ropa (de la talla 34) de sobra, o sea, que no es que me ponga como tonelete. Pero yo me siento gooooorda. Y las tetas me crecen una cosa loca. Eso sí es objetivo, no hay sujetador apto para Naar en esos momentos. Y a veces también me afectan psicológicamente tipo estar triste, muy triste, pensar que se avecina una desgracia todo el tiempo, sufrir episodios de obsesiones recurrentes e incontrolables y ganas de subir a un campanario con un fusil de asalto y liarme a tiros. Estados Unidos, qué bellas cosas aprendemos de ti. Si yo fuera americana, ni estatua de la libertad, ni banderita ni pollas. Yo, rifle, fusil y munición a cascoporro, encaramarme al campanario, torre o lo que fuera y venga a cargarme peña.
¿Por dónde iba? Ah, sí que me quité el anillo. Y ya sabemos lo que me pasa cuando me lo quito. Que sangro unos 25 días de cada mes, la regla me dura dos semanas, me duelen los ovarios como si fueran a explotar y me pongo de mal humor. No estoy preocupada por una imaginaria desgracia inminente, no estoy tan obsesionada por cosas locas, controlo mis pensamientos recurrentes y no estoy nada triste. Pero mala hostia, la que quieras. Tanta, que lo del campanario se me hace muy cutre. Me vuelvo más tipo Juego de Tronos, en plan pillar una espada y liarme a mamporros con la sangre salpicando y yo venga a cortar brazos y cabezas y a travesar peña con mi acero valirio. Vamos, que llego a estar yo ahí, en este estado e Invernalia había caído en media hora.
Supongo que me volveré a poner el anillo este mes. Me sentiré gorda, me pondré triste, cada vez que Ron se duerma me acercaré a contar cuantas veces respira y me lamentaré de mí misma por no haber nacido en Kentucky para poder hartarme de pollo frito y comprarme un rifle.
Y es una solución de mierda, pero es que si no, esto me cuesta el divorcio antes de llegar ni al año de convivencia. Porque yo antes, cuando pasaba estas rachas de crisis mental, me encerraba en mi casa, me ponía mis series y mis pelis, lloraba hasta hartarme si me apetecía o despotricaba por todo conmigo misma. Y punto. Ahora hay un tío aquí siempre. Que me despierto y ahí está, me acuesto y ahí está. Termino de comer y ahí viene de trabajar. Y estoy harta de verle. Porque a veces, viene y me habla. O me toca. Y a mí lo que me apetece es liarme a espadazos. Y el otro ahí, con su pachorra, tan tranquilo, roncando mientras los mil demonios del averno se apoderan de mí. Y a veces hasta me dice cosas bonitas. O me da un beso o me quiere abrazar. Y yo lo que quiero es mi acero valirio. Total, que le estoy tomando manía. Luego me siento culpable y cuando me acuesto le rasco un poco la espalda y le hago un cariñito. Y se da la vuelta y me pone su enorme brazo de oso encima. Y me da calor. O pone la cabeza en mi lado de la almohada y la deja sudada. Y vuelve a enfadarme porque esas cosas no se hacen con una mujer loca y con las hormonas revueltas si quieres seguir respirando. Que llego a tener mi espada y te decapito como a Ned Stark, chaval.
Igual el problema es que mi casa es demasiado pequeña. No puedo regodearme en mi propia mierda como me apetecería sin que él esté por medio. Igual tenía que haber asaltado Invernalia.
En fin, no sé. Espero que el anillo mágico traiga de nuevo la paz al sur del muro.


P.D. Se ha terminado Juego de Tronos. En un tiempo haré crónica al respeto, pero daré margen a los que aún no lo han visto para no espoilear demasiado. Y contaré los días hasta que vuelva. I'll miss you so much, Jon Snow. I'll see you next year.  

jueves, 23 de junio de 2016

El enano cabrón y la ceja rebelde

Hay un enano cabrón que vive en mi cabeza. Tiene una caña de pescar y con frecuencia, lanza el anzuelo y me tira de la ceja derecha hacia arriba, haciendo que me ponga escéptica. Le odio.
Me gustaría ser una persona más conformista, más tranquila. De verdad. No cuestionarme tanto todo. Me gustaría no hacerme tantas preguntas, no dudar de todo, no plantearme todo, no subir una ceja cada dos por tres. Me gustaría estar segura de algo, saber algo, tener alguna certeza a parte de el hecho de que voy a morir. Lo he dicho más veces porque es un tema que me asalta cada dos por tres. Y me agobia. Me agobio a mí misma. Me gustaría pegar una toba al enano cabrón que me sube la ceja, pero no puedo, no lo consigo, no hay forma de desalojarle de mi cabeza y mandarle a tomar por culo. No hay manera de dejar de oír esa irritante voz que lo pone todo en tela de juicio.
Veo a Reichel con Rulas y con el bebé. Y ella me dice que sí, que quería ser madre, que sabía que Rulas es el hombre de su vida y que el año que viene se casan. Así que de nuevo tengo una boda a la vista. Y echo cuentas. Llevan algo más de dos años juntos, un poco pronto para tener ya un bebé, a mí parecer. Y ella me dice, toda seria, que sabía que era el momento y era la persona adecuada, que no ha dudado ni un momento. Y a mí se me levanta la ceja. El enano cabrón haciendo de las suyas.
Veo a Bombita y su reciente esposa y lo mismo. Tres años juntos desde el fantástico momento en el que surgió el flechazo. Desde que Bombita nos dijo que nos iba a presentar a alguien que le gustaba mucho, que era la mujer de su vida, que se iba a casar con ella. Y yo intento que no lo haga, que el enano no pueda con mi ceja, tiro hacia abajo, frunzo en ceño, trato de parecer concentrada. Me repito que el amor es así, que puede pasar, que miaumiau. Pero no. Es pequeño, pero tiene fuerza. Y allá va mi ceja pa´rriba.
Y así con todo. Cada vez que alguien me asegura algo, ceja arriba. Cada vez que alguien me dice que ha encontrado el camino, ceja arriba. Cada vez que alguien emprende un proyecto raro jurando que es una idea brillante, ceja arriba. Cada vez que alguien se enamora, ceja arriba. Cada vez que alguien me habla de algo abstracto, ceja arriba. Cada vez que alguien “ve la luz”, ceja arriba.
Pensaba, inocente de mí, que algún día el enano cabrón estirador de ceja se iría. Quizás cuando cumpliera los 25, o los 30. Quizás un día cualquiera, como una revelación mística. Quizás, cuando encontrara algo seguro. Quizás, cuando las cosas con el Ross se asentaran y estuviéramos juntos. Quizás cuando supiera algo. Pero no. Tengo 33, vivo con el hombre al que he querido siempre y sin embargo, no. Ahí sigue el enano tirando de mi ceja, ahí sigue mi escepticismo, ahí siguen mis dudas, ahí sigue mi sensación de estar perdida. Sigo sin saber una mierda.
Que yo quiero al Ross, sí. Que creo (creo, ojo, no ) que es el hombre de mi vida. Que estoy bien con él y me gusta nuestra vida. Pero de vez en cuando se me va la ceja sola. Que yo estoy a gusto en mi casa, en mi barrio, en mi cuidad, en mi pequeño mundo. Pero de vez en cuando me asalta el enano cabrón y me pregunto si no estaría mejor en otro sitio. Que a veces creo que me he equivocado en todo y me gustaría resetear y empezar de cero. Que a veces creo que no, que voy bastante bien. Que a veces creo que por fin he encontrado algo que me gusta, me apasiona... y luego me deja de interesar. Que a veces creo que sé algo y al rato pienso lo contrario. Que a veces estoy feliz, estoy bien, estoy contenta... y entonces noto como el enano salta sobre mi cabeza y tira de mi ceja con todas sus fuerzas, haciéndome pensar que igual no, que igual es un espejismo. Haciéndome dudar de nuevo, haciéndome ser ese tipo de persona que no se cree nada, no confía en nada, no se siente parte de nada.
A veces, admiro a Descartes. Al menos él sabía que no sabía nada. Yo, ni de eso eso estoy segura.


martes, 21 de junio de 2016

La boda

No me gustan las bodas, no sé si os lo he dicho alguna vez. Lo que pasa es que me gustan mucho mis amigos. Es como con los críos. A mí no me gustan los niños, pero mis amigos me gustan, así que sus hijos me parecen hasta monos.
Dejando eso de lado y guardando quizás el momento moñoso para otro rato, os diré que el fin de semana ha sido divertido. Lo pasé mejor la noche de la pre-boda que en la propia boda, pero creo que eso es casi normal. Además hizo frío y el baile era al aire libre, así que llegó un momento en el que lo pasé realmente mal porque me dolían los huesos y hasta respirar era una tortura. Así que nos fuimos un ratito antes que el resto (no mucho, no llegó ni a una hora antes) porque si no, yo fenecía.
Sobre el tema que más os interesa... no. Lo siento, Sor Espectro decidió no venir a visitarnos. Tengo la teoría de que la imagen de mi amigo Flumi paseándose totalmente desnudo por el pasillo la hizo remorirse y no pudo aparecerse. Y es que otra cosa no, pero en mi grupo te hartas de ver carnes. Decimos que es confianza, pero empiezo a pensar que sobrepasamos los límites del asco. En todo caso, algunos decían que el convento acojonaba. Yo creo que no, pero francamente, no soy persona asustadiza, así que no lo sé seguro.
La “habitación” era lo más cutre y pequeño que os podáis imaginar porque era sólo un pedazo cortado a un pasillo sin ventana ni nada. Sólo dos camas y un crucifijo entre dos paredes de pladur y una puerta corredera que daba al pasillo en sí, donde por suerte sí había ventanas. Igual un día os hago un croquis porque con la impresión se me pasó hacerle fotos. Del baño ni os hablo. Olía a tubería, uno de los lavabos estaba roto y había un espejo viejísimo y medio opaco de un palmo de ancho.
En cualquier caso, sobrevivimos. Y nos reímos tanto que si queda allí algún espíritu de monja, o se lo ha pasado en grande con nosotros, o a huido despavorida a otro sitio por el que arrastrar sus fantasmales hábitos.
La boda en sí estuvo muy bien. El espíritu de los novios impregna por completo ese día y en este caso se notó la mano de los dos en cada detalle. Fue como ellos, emotivo, tierno, cercano y divertido. Lleno de alegría y de buen rollo. Lleno de verde como los zapatos de la novia, lleno de música como el novio. Lleno de momentos entrañables y carismáticos como ellos. Lleno de vida. Así son Bombita y Bubita. Así quiero pensar que somos todos un poco en este grupo.
Ojalá pudiera contaros más cosas, pero aún las estoy asimilando, junto al dolor de pies y de riñones.

En fin, como se suele decir, que les dure toda la vida. Entre otras cosas, porque yo no me veo con fuerzas de repetir.