Para los que no me seguís en twitter o no lo leísteis porque
reconozco que tengo unos horarios que no son para todos los públicos, lo voy a
contar.
Hace cosa de un par de semanas o así, no sé a cuento de qué
chorrada, el Ross me preguntó si no estaría embarazada. Y le dije que por
supuesto que no, qué cómo diablos iba a estarlo si uso el anillo mágico de
Frodo. Y él, con esa pachorra suya que a veces me descompone, me dijo “jo, pues
no creas que no me darías una alegría.”
Creo que estuve a punto de tirarme por la ventana. ¿Qué
diablos insinúa? ¿Quiere un hijo mío? ¿AHORA? Ay, que me da el síncope y me
caigo muerta aquí mismo.
Y es que yo tengo el instinto maternal de una patata. Lo he
tenido siempre. A mí los niños no me gustan. Y sería una madre horrible. Y que
no quiero, corcho. Que no.
PERO.
La edad no perdona y yo tengo 30 añazos que me sientan como
treinta patadas en el culo. Y todo el mundo a mi alrededor tiene hijos, o se
casa o ambas cosas… o está planeándolo para un futuro cercano. Y aunque yo no
quiera, la presión a veces hace mella. Te planteas que ya no eres una cría y
tal y cual. Las hormonas se apoderan de ti y te vuelves loca totalmente. Así
que aunque yo siga siendo una patata en lo que a maternidad se refiere, hay una
pequeña parte de mí que me pregunta si igual no es una idea tan descabellada.
Entre otras cosas, porque si hay un solo hombre en el mundo con el que yo me
pudiera plantear la remota posibilidad de siquiera pensar en tener un hijo,
sería el Ross. Por eso me escama más aún que él tenga la idea, porque temo que
me convenza. O lo que es mucho peor, temo que el Ross haga las cosas al estilo
Ross, que es “no digo nada, no discuto, pero a lo tonto a lo tonto, me salgo
con la mía por las buenas o por las malas.” Así que ahora tengo miedo. Y veo
preñadas por todas partes. Y veo niños vaya donde vaya.
Y estaba en medio de toda esta crisis cuando el martes,
mientras estaba en su casa tumbada tranquilamente viendo la tele, empezó a
preguntarme cosas. Todo así, a su estilo, como quien habla del tiempo. Que si
cuándo me bajó la regla, que si cuando me terminaría, que tal y que cual. Y me
sorprendió bastante, porque el Ross es de esos hombres que prefiere ignorar
ciertos temas y hacer como que no existen. Pero siguió interesándose por uno de
sus tabús y hasta llegamos al punto en que me preguntó qué día tenía que volver
a ponerme el siguiente anillo. Empecé a mosquearme un poco cuando le dije que
el jueves y rezongó. Que igual no debía ponérmelo, que igual era mejor dejarlo,
que eso no era natural, ni sano ni blablablá.
Fruncí el ceño y me quedé pensando. Qué diablos le
importarán a este mis hormonas ni las cosas naturales ni nada. Si además no
deja de decir que estoy mejor ahora que he ganado unos kilos. Y no he ganado
unos putos kilos, son las hormonas que me hinchan y me ponen las tetas como
enormes globos a punto de explotar. Que por cierto en cuanto termine con la
regla me pongo a dieta. Además, seamos sinceros, qué hombre en su sano juicio
prefiere usar preservativos que frungir a prepucio remangado.
Y entonces empecé a darme cuenta… ¿y si quiere que deje el
anillo para hacerme un bombo? ¿y si ahora su fijación es tratar de fecundarme?
Que el Ross es de ideas fijas y como se le meta algo en la mollera no hay
manera de que entre en razón. Ay, dios. Este loco de la pradera quiere preñarme
como sea. Ahora sí que no dejo el anillo. Ni ahora ni nunca, vaya.


.jpg)

