jueves, 26 de febrero de 2015

50 hostias de Grey

Este fin de semana decidí ver 50 sombras de Grey. Por que la vida es larga y puedo permitirme perder dos horas, al parecer. O quizás porque a mí sí que me gusta el sado. Yo qué sé. A ver si soy capaz de llegar a transmitir, aunque sea remotamente, el horror que me ha producido esta película.

Empezaré por decir que no he leído los libros. Me bajé un par de capítulos de internet (igual que la peli, por cierto, no penséis que me he gastado pasta en el cine) para ver de qué iba el tema. Además busqué los que se suponía que eran más subidos de tono para ir directa al meollo. Pero claro, estoy acostumbrada a leer al Marqués de Sade desde la adolescencia, no va a venir ahora la tía esta a escandalizarme con su erotismo light de medio pelo. Eso, y que a mí la mala literatura me deserotiza la vida misma. Total, que leí un poco y viendo que no estaba ni interesada ni cachonda, desistí por completo del tema.
Ahora está la peli. Que yo, inocente de mí, creí que era una y ya. Pero no, claro, cómo va Hollywood a perder la oportunidad de enriquecerse con varias películas de mierda. Así que creo que es sólo la primera parte de una trilogía que con un poco de suerte, alargarán un poco más aún como con los vampiros crepusculeros, aunque no es seguro. El caso es que cuenta sólo el primer libro.
Si no la habéis visto os la voy a resumir fácilmente: no trata de NADA. Una sosaina y un psicópata que a veces follan, pero no se vé. Eso es todo. O sería todo de no ser por el mensaje tan chungo que una vez más se envía a través de estas películas de mierda.
Empezaré diciendo que no tengo nada en contra del tema sexual que es lo que más fama ha dado a esta saga de mierda. Me parece bien que cada uno folle como, donde y con quien quiera. Incluido el bondage, el sado o lo que a cada uno le parezca bien. Sólo hay una premisa: que los dos quieran. Si ambos lo aceptan y lo disfrutan, por mí como si se meten petardos encendidos por el ojete. Además, francamente, a mí tampoco me parece para tanto. Será que vengo de Sade, pero a mí los azotes y las cuerdas como que me saben a poco.
En fin, lo que sea. A mí lo que me preocupa, y mucho, es el comportamiento de él fuera de la cama. Porque te lees la descripción del personaje y dicen que es un obseso del control. Y a no ser que eso signifique que es un puto sociópata que te acosa y te maltrata por todos los medios posibles, me parece que se queda muy corto. El tal Grey prepara un contrato para que la tía firme, donde acepta todos sus jueguecitos sexuales y demás, añade clausulas como que ella comerá de lista de alimentos que él le proporciona, que no beberá, ni fumará, ni saldrá hasta tarde y que tomará pastillas anticonceptivas que le recetará el médico que él elija. Eso no es control sexual. Eso no es un juego cachondo en tu cuarto rojo de la mierda. Eso es creerte dueño de la vida de alguien e interferir en asuntos que ni te van ni te vienen. Eso, queridas, es maltrato. Con todas las putas letras. Porque este tipo es un maltratador. Que la sigue vaya donde vaya. Le habla constantemente con imperativos. Que no le permite ir a visitar a su madre. Que la pega, con la excusa mala del sexo, pero la pega. A mí, de verdad, se me ponen los pelos de punta. Y no sé si seré sólo yo, porque al parecer hay un buen montón de tías cachondas perdidas con la historia. Supongo que porque el tipo es guapo, joven y rico. Si el menda se pareciera a Torrente, sería un acosador de mierda. Y a mí, bicho raro, me parece que el físico no importa tanto cuando un tío te hace la vida imposible. Me parece que no hay quien se ponga a tono si sabes que te va a zurrar la badana. No hay quien moje bragas con un menda que te controla hasta cuando te tiras pedos. De verdad que no veo el erotismo, la liberación sexual ni nada de nada en el asunto.
Y es que soy gilipollas. Sabía que la película no me iba a gustar. Sabía que el mensaje me espanta. Pero aún así pensé que quizás fuera amena, sensual o algo. Pero lo único que hizo fue revolverme las tripas. Hablé del tema con los vampiros de la picha fría, pero en este caso es llevarlo al extremo. Y yo lo único que pensaba y lo único que repetía durante toda la película era ¿pero por qué esta tía no sale corriendo? ¿por qué se queda ahí? ¿porque el tío es joven, guapo y rico, sobre todo muy rico? ¿es que nadie le ha dicho que hay que alejarse de la gente así?
No puedo, no lo soporto, no lo aguanto. Hay algo dentro de mí que sangra con estas cosas. Porque lo he dicho mil veces, el feminismo no es sólo educar a los hombres para que nos traten con respeto, es educar a las mujeres para que se hagan respetar, para que se den a valer. No eres un trapo, no aceptes lo que no quieres, no tragues con mierda, no aguantes, no pases miedo, no te vendas, no te regales.
Y no me digáis la mierda de “al final de la película ella se va porque no acepta las normas”. NO. Se va, pero vuelve. Y es más, al final de la trilogía, se casan y tienen hijos. ¿¿Qué cojones me estás contando?? Me asquea hasta la nausea ese mensaje de que el amor lo puede todo. Porque no es así. El amor no va a cambiar a un loco, a un pirado, a un puto maltratador de mierda. Que se lo digan a todas las mujeres muertas y seguramente muy "enamoradas" que mueren cada año a manos de sus parejas, posiblemente muy “enamorados” también. El amor es otra cosa muy distinta. Y no hay que cambiar a nadie. Y no hay que hostiar a nadie. Y no hay que firmar contratos absurdos. Y no hay que dejar que te peguen, que te vejen, que te humillen, que te vapuleen, que te controlen, que te pongan normas. No, no y no. Que luego nos sorprendemos de que en las encuestas los adolescentes vean como normal comportamientos que asustan. Que nos han dicho que los celos son parte del amor y que controlar un poco al otro es normal e incluso bueno, porque significa preocupación, interés, yo qué sé. Y no, joder, no. Todos esos vicios de las relaciones que hemos aceptado como normales pueden llevarnos a extremos chungos. No siempre, está claro, pero tampoco son un buen comienzo.
Y digo más: no sé en qué mundo de mierda vivimos en el que cuando dices que puedes ser feliz con tu pareja, que no te pone límites, que tú haces lo que quieres y no das explicaciones, como él lo hace y no se las pides porque simplemente hay confianza, la gente te mira raro. Sin embargo, cuando una pareja discute cada dos por tres, tienen celos, se obligan a llamarse o a wasapear cada cinco minutos, es normal.
Y yo... yo de verdad que no entiendo nada.


miércoles, 18 de febrero de 2015

Tu nombre en un corazón

Grabé tu nombre en mi mesa. Y lo rodeé de un corazón y todo. Mi madre gruñó un poco, pero luego entendió que era un escritorio con el doble de años que yo y que tampoco era para tanto. Siempre fui buena chica, no rompía ni destrozaba, sólo me gustaba mucho escribir en la mesa. Y claro, ahí sigue. Ahí está tu nombre, el corazón y algún que otro dibujillo más. La verdad que es tampoco puse el escritorio como una pared de grafitis. Pero tu nombre sí. Mucha gente que lo ha visto me ha preguntado quién era el chico del corazón. No he tenido ningún novio que se llamara como tú. Pero yo siempre sonrío y contesto vagamente. Un viejo amor. Platónico, pero amor al fin y al cabo. Y a ver si no son los mejores.
El otro día sin embargo te tuve en mi sofá. Ahí sentado, en mi casa de verdad, la de adulta. No en la que escribí tu nombre en el viejo escritorio. Recostado en mi sofá, con esos ojos tan azules que escarchan el aire y esa sonrisa esquiva. Contándome que estás roto, decepcionado, frustrado, cabreado. Tus manos inquietas, tu pelo rubio tan corto ahora. Tu voz, más grave de lo que la recordaba. Tú tan roto y yo tan tranquila a tu lado. Cómo cambia la vida.
Hace muchos años, media vida, hubiera temblado con tanta cercanía. Hace unos cuantos menos, hubiera saltado sobre ti para arrancarte los besos que nunca tuviste intención de darme. Ahora no, ahora nada. Ahora te escucho, sonrío, te hablo y te pregunto. Me hablas, trato de recomponerte algún pedacito aunque sea pequeño. Ahora estoy atada de pies y manos, pero aunque estuviera libre tampoco haría nada. Ahora sé que son más bonitos los besos que no me diste que los mordiscos que pueda robarte. Para qué, si ya no somos aquellos. Tú te has hecho un hombre aunque yo recuerde un chiquillo. Yo no sé qué coño soy, pero desde luego disto mucho de aquella adolescente de la que apenas queda el flequillo ahora que me lo he vuelto a cortar.
Hace años, una tarde de piscina te conté entre bromas que me habías gustado mucho. Y tú te reíste. No me quisiste creer, no era posible que tú me gustaras, dijiste. Yo me reí también, entonces era la novia de uno de tus amigos. Del que menos hubiera pensado que pudiera serlo. Pero le amaba con la fuerza de todo mi ser, que con veinte años era mucha. Así que lo tomamos a broma. El destino a veces cuenta esos chistes que no tienen gracia pero que te hacen reír de puro absurdos.
La otra noche te escuchaba, derrotado pero sin ganas de rendirte del todo. Trataba de animarte con palabras, pero se me quedaban cortas. Ojalá pudiera abrazarte, pudiera acariciar tu rubísima e inteligente cabecita y decirte que todo saldrá bien porque las personas como tú se merecen un final feliz. Ojalá pudiera decirte que todavía Dover me habla de ti, que aún recuerdo haber intercambiado cintas de música grabadas de la radio y aquellos cascos que más de una vez compartimos. Ojalá pudiera decirte que te miro y aún veo al chaval de cara angelical que las cicatrices han surcado, que ignoro tu cojera y la cantidad de grapas, tornillos y puntos que hay por tu cuerpo, que para mí tienes catorce años, corres por el patio y se te cae el flequillo largo sobre los ojos cuando te duermes en clase de historia. Ojalá pudiera darte la mano y asegurarte que no hay supernova que no me recuerde a ti, que no hay matemáticas que no piense que tú podrías resolver antes de que yo no siquiera sepa qué son, que no hay dibujo o plano que no piense que tú harías mejor a mano alzada. Ojalá pudiera decirte que estoy orgullosa de la persona en la que te has convertido a pesar de haberlo hecho por los caminos más complicados. Ojalá pudiera decirte que extrañamente, te quise. Ojalá, ojalá pudiera explicarte que grabé tu nombre en mi escritorio de estudiante y que nunca me arrepentí de haberlo hecho.

P.D. Feliz 32 cumpleaños. Ojalá por fin el viento empiece a soplar a tu favor y tú te dejes llevar sin empeñarte en ir a la contra.


martes, 17 de febrero de 2015

Escorts, el negocio detrás del negocio

Con los años cada vez me estoy volviendo más crítica con todo lo que me rodea. Y si me apuras, diría que hasta un poquito paranoica. De todo lo que dicen en la tele o de todo lo que leo en las noticias, me creo la mitad. Y de esa mitad, me pregunto qué habrá detrás.
El otro día por ejemplo estuve leyendo sobre la Mobile World Congress de Barcelona, que es un evento anual que se celebra en susodicha ciudad del 1 al 4 de marzo y donde se reúnen los profesionales y las empresas para ver qué cosas chachis hay nuevas para los cacharros estos que nos esclavizan. Y claro, ahí está la noticia que se publica: “En 2014, el impacto del evento sobre la economía local se estimó en 397 millones de euros, además de propiciar la creación de 12.361 empleos.” Y oye, qué bien, piensa uno, cuanto dinero y cuanto trabajo con la falta que hace. Pero después se piensa un poco más y se rasca la pintura de la superficie. Se mete uno en la parte un poquito más profunda del asunto, nunca mejor dicho. Y descubre que gran parte de todos esos dineros y una parte también de todos esos empleos están destinados al ocio y el desahogo de los señores ejecutivos y demás que van de visita a Barcelona. O sea, a prostitución, de lujo en la mayor parte de los casos. Las llamadas escorts son las más beneficiadas de esta feria del móvil donde al parecer no sólo vibran los teléfonos.
Para colmo de mi asombro, descubro que el año pasado, es decir, la feria del 2014, no fue tan lucrativa para este sector porque ya no se podían incluir como gastos del viaje y pagarlo con las tarjetas de la empresa, cosa que en ediciones anteriores sí se hizo y claro, el negocio se disparó por las nubes. Qué cosas, fíjate tú.
Ahora bien, que llegados a este punto a mí me da por pensar. Hay un montón de páginas de clubs de escorts como éste que se anuncian especialmente para esos días, que ofrecen unas chicas bellísimas como en un catálogo y que incluso estarán reforzando su plantilla a la espera de esos empresarios y ejecutivos que salgan aburridos de hablar de tecnología y tengan ganas de juerga o de compañía en el hotel. Peeero... y he aquí mi reflexión, ¿por qué no hay páginas iguales pero con chicos? Porque si cada vez hay más empresarias y ejecutivas que se encargan de sus negocios y acuden a sus ferias, igual ellas también quieren un final feliz cuando el día acaba. Que la igualdad debería ser para todo y ya que las mujeres estamos consiguiendo puestos de responsabilidad, yo ahí veo un hueco de mercado. Igual que hay escorts para ejecutivos que ofrecen discreción, que van al hotel y que te prometen pasar un buen rato, yo propongo una sección de escorts masculinos, de hombres así de guapos y de musculosos que te alivien también las tensiones del día y que de paso te den un masaje de pies, que las mujeres encima de los mismos problemas a nivel profesional, llevamos tacones.

En fin, ahí dejo la idea, que igual alguien la pone en práctica y se forra.

lunes, 16 de febrero de 2015

Mi blog y mi chica Pelirroja

Reconozco que cada vez que alguien de la vida “real” me pide el blog, se me disparan las alarmas paranoides. Y más si es un amigo de hace tiempo. Ay, madre, que este me quiere espiar. Que a ver qué quiere saber, coño. A saber qué quiere descubrir. Porque va buscando algo, claramente. Ay madre, ¿habré hablado de él? Y en tal caso, ¿lo habré hecho bien? Joder, que va a pensar que estoy loca cuando me lea. No, espera, que ya me conoce, seguro que ya lo piensa. Me está mirando, tengo que responder. Hummm... rápido, dí algo…....... algo, lo que sea.

      -   Claro, luego te mando el enlace.

Ja. Bomba de humo. Huida dramática en medio de la niebla. Mutis por el foro. Nunca más se supo.
Así llevo escabulléndome años. Y diréis, pues payasa, no les digas que tienes un blog y eso que te ahorras. Ya, eso tiene sentido. Pero yo veraneo con mis niñas que conocí a través del blog. El niño chico lo conocí ¿cómo? Exacto, a través del blog. A veces quedo con gente o hablo con gente que son ¿de dónde? Efectivamente, del blog. Es demasiada repercusión la que tiene el tema blog en mi vida como para ocultarlo indefinidamente. Es imposible. Y además yo soy penosa mintiendo. Así que todos mis amigos saben que hay un blog por el universo de internet que escribo yo, pero no saben cual. Y la mayoría ya ha desistido y directamente pasan del asunto, pero otros a veces vuelven a la carga.
Y no es que no se lo quiera dar, es que me asusta. Primero porque cuanta más gente conocida me lea, menos libertad para escribir. Más corte, más dudas, más miedo a hacer o decir algo inapropiado. Más y más límites que me ahogan. Porque francamente, yo escribiría mucho más libremente si el Niño Chico no tuviera el blog. Y no puedo hacer nada, no es que se lo diera, es que primero fue el blog y luego conocernos. Y aunque ya no me lee y me ha prometido que puedo escribir lo que quiera porque no lo va a ver, yo no me fío. Y no puedo decir muchas, muchas cosas. Y escribiría más a gusto si el Ross no hubiera sido un listillo que se puso a investigar cual perrito de rastreator y lo hubiera encontrado para ver qué decía de él. En fin, un rollo todo.
El sábado le tocó el turno a Pelirroja. Había venido unos días a Madrid y nuestro grupo de amigos anda disperso por ahí, así que el viernes le mandé un mensaje y le dije que si necesitaba plan para san Valentín, yo siempre sería su chica. Así que nos fuimos a ver unos monólogos, tomar unas cañas y charlar un rato. Francamente, el mejor plan del día de los moñas que he tenido en mi vida. Y salió el tema del blog. Al principio me pareció buena idea, Pelirroja es de las pocas personas en las que confío a ciegas porque va de frente y sé que no va a traicionarme, pero luego me acojoné un poco. Porque es más fácil a veces decir lo que se te pasa por la cabeza sin filtro alguno con desconocidos, con gente que no tienes que mirar a los ojos. Pero con ella sería un poco a lo Extremoduro, decir “ábreme el pecho y rebusca”.

Y el caso es que tras darle vueltas, creo que voy a dejarla pasar. Se lo ha ganado. Y la quiero. Al fin y al cabo, ella siempre será mi chica.  

viernes, 13 de febrero de 2015

maternidades, egoísmos y hasta el coño, oiga

Hoy mientras desayunaba he leído un post de Fle que me ha llevado a su vez a uno de La Rizos. Es una vez más sobre el recurrente tema de la maternidad. Que cuando dices que no quieres tener hijos lo menos que escuchas es que ya cambiarás de idea o que eres una egoísta. Y no, coño. No todas las mujeres hemos venido al mundo a procrear y parir. Y al igual que yo respeto y apoyo a mis amigas cuando tienen bebés, pido que se me respete a mí cuando digo que no quiero tenerlos. Que no le estoy haciendo nada malo a nadie por ello, es mi decisión y yo acarrearé con las consecuencias sean buenas o malas.
En todo caso, hace muy poco una noche me dió un siroco de los míos y publiqué en facebook al respecto. Y eso que nunca escribo nada en esa red social de mieeeeeerda, pero algunas conocidas están ahora en plena euforia parturienta y me tienen hasta el coño de moralinas que podrían meterse por el culo. Lo que puse fue lo siguiente:

Cada dos por tres en ciertas redes sociales (y cuando digo “ciertas” digo tú, facebook) circulan fotos con palabritas y frases de filosofía barata y psicología del todo a veinte duros. Suelo ignorar esos mensajes por completo, pero he visto últimamente uno con el que me he sentido un poco... incómoda. En él se dice algo así como una mujer sólo está completa cuando es madre y que nunca volverá a estar sola.
A ver, me tocan el coño estos mensajitos. Y sí, digo el coño porque yo también tengo uno. Yo también soy mujer y muy completa, por cierto. No me hace falta parir para darme cuenta de ello, ya lo pago con sangre cada mes, literalmente.
Y es que empiezo a estar cansada de la sensación de superioridad que se dan algunas por haber tenido un hijo. Parir no te hace mejor ni peor, no te hace sabia de repente, no te hace más mujer, no te da alitas mágicas y no te convierte en unicornio. Eres madre ¿y qué? Toda la historia de la humanidad las mujeres han alumbrado a otros seres sin darse tantos aires.
Que las que tomamos la elección de no ser madres ni esposas no somos más ni menos que nadie. No somos medio mujeres, no nos sentimos incompletas, no estamos locas ni somos peores personas. Sólo estamos eligiendo otro camino. Si yo quisiera ser madre, ya lo hubiera sido. Si hubiera querido casarme, hubiera aceptado propuestas, que por cierto, las ha habido.
No soy un pedazo de algo que algún día se completará. No estoy esperando a que aparezca “esa persona” ni necesito descendencia para sentir que mi vida tiene sentido. Yo soy una persona completa, una mujer, con mis defectos y mis virtudes, con mis cosas buenas y malas, con mis alegrías y mis miserias.
Y estoy bien así, gracias.”


Y sólo voy a añadir que es posible que la mayor parte de las decisiones que tomamos en la vida tengan un componente egoísta, por el mero hecho de que buscamos nuestro bienestar, nuestra felicidad. Pero a mí personalmente me parece mucho más egoísta una mujer que se empeña en ser madre por cualquier medio cuando ronda los cincuenta que otra que simplemente no desea tener hijos. Y ahí lo dejo, que cada una haga lo que le salga del coño en el sentido más literal de la expresión, pero que deje los chochos ajenos en paz.

miércoles, 11 de febrero de 2015

la madurez y los bancos

Hacerse mayor tiene sus cosas buenas, pero tiene un montón de inconvenientes. Uno de las cosas de hacerse mayor que está a mitad de camino entre las ventajas y las desventajas es la responsabilidad. Todo depende de ti y ya no tienes nadie a quien decirle que es su culpa.
Si te metes a duchar sin encender el calentador o se te acaba el gua o se te olvida la toalla no puedes gritar “mamáaaaaaaa” y que alguien acuda a tu rescate. Tienes que salir empapado, muerto de frío y resbalando por el suelo para solucionar tu propio despiste.
Si hoy justo quieres ponerte ese pantalón tan mono y de pronto descubres que sigue en el cesto de la ropa sucia o en el montón de plancha no puedes ponerte hecho una furia y decirle a tu madre, que de verdad, ya le vale, que ese pantalón sabe de sobra lo mucho que te gusta y que hoy te lo querías poner y no está listo.
Si no te has preparado comida para hoy, si olvidaste sacar el táper del congelador o si las lentejas se te han pegado, no tienes a quien quejarte y te toca hacerte de nuevo esos fideos chinos de sobre asquerosos que comes la mitad de los días porque en tres minutos están listos y es difícil equivocarse.
Sin embargo la responsabilidad que en ciertos momentos hace que te tires de los pelos tiene su lado positivo y es que esas cosas que no te gustaban o que te imponían de pequeño, de pronto dependen de ti y las puedes cambiar. De repente tienes la fascinante posibilidad de elegir. Y casi que eso compensa el ducharse con agua fría y sin toalla, el no tener nunca la ropa lista y el comer fideos chinos cuatro veces por semana.
Yo por ejemplo, cuando me independicé una de las cosas que hice fue huir de las compañías de teléfono y electricidad que habían tenido siempre mis padres porque no me gustaban nada. Y al menos con la de teléfono acerté de pleno.
Ahora me toca buscar un banco porque no me gustan las condiciones que me da el actual. Digamos que los bancos y yo no somos especialmente amigos, creo que en parte porque como castigo del karma tengo que lidiar con ellos casi a diario y cada uno tiene lo suyo. Además, como por temas del trabajo de mis padres tengo que peregrinar por todas las entidades y sus oficinas, no hay uno que me caiga bien. Por eso estuve pensando en la banca online. Y mira, eso que me ahorro, las tediosas visitas pasan a mejor vida y lo puedo hacer todo desde mi casa que encima puedo estar en pijama. Por eso y tras bastante investigar, de momento lo que más me convence es el Banco Mediolanum, que no tiene oficinas pero sí buenas referencias. Y a mí lo de las oficinas me da igual, no sé por qué hay gente a la que le da más confianza. Anda que si quiebra el banco o pasa algo raro te va a servir de mucho ir a apedrear una oficina cerrada y con cristales blindados. Aparte del hecho de que conozco mucha gente que usa bancos de los que no tienen oficinas y están contentos. Hasta mi padre trabaja habitualmente con ellos y le gustan. Por eso miré varios y al final me decanté por éste porque he descubierto que tiene una vertiente social bastante chula y con una forma más interesante de colaborar con asociaciones que los bancos tradicionales. Y a mí estas cosas me inclinan mucho la balanza. No dejo de ser trabajadora social y no descarto la idea de algún día poder montar una asociación o algo semejante, así que me gustan las empresas que al menos ponen un poco de su parte.





sábado, 7 de febrero de 2015

Cortar por lo sano... ??

Todas las mujeres hemos pasado por alguna crisis (emocional en muchos de los casos) en nuestra vida que nos ha empujado a hacer alguna locura con nuestro pelo. No sé por qué, pero es así. A todas se nos ha ido la cabeza y hemos decidido cortar por lo sano, rizar, teñir o sabe dios qué atentado contra nuestra propia imagen.
Mi amiga Pa hace unos meses sucumbió a la tentación de creer que el pelo es el culpable de que su vida esté hecha unos zorros y a pensar que cortándolo podría solucionar algo. Así que en cosa de tres meses fue a la peluquería unas diez veces. Primero lo cortó un poco. Y bueno, pase. Luego lo tiñó de naranja. Y mal, pero vale. Luego lo tiñó de más rojo. Luego lo cortó otra vez. Y otra. Y otra. Y ya no tenía pase ninguno, pero ella volvió a cortarlo más hasta que no quedó pelo que cortar porque se lo dejó poco menos que como la teniente O´neill. Y claro, para cortar siempre hay tiempo, pero una vez rapado ya no hay nada que hacer más que esperar a que crezca. Y eso no ocurre de hoy para mañana. Obviamente no está contenta porque aunque quiero mucho a Pa, no le favorece nada, pero nada de nada. Ella tenía un pelo precioso, rubio natural, ondulado y un montón, por lo que es una pena. Y encima tiene la cara muy rendondita, así que ese corte le hace una cara de hogaza que no veas, con lo mona que estaba con su pelazo. Yo trato de tranquilizarla y de decirle lo de siempre, que ya crecerá y que total, no es para tanto. Pero sé que en esos momentos no consuela una mierda. Y que encima te sientes estúpida porque te lo has buscado solita. En fin.
El caso es que Pa el otro día publicó este enlace en facebook sobre el tema dándole toda la razón. Y me dan ganas de darle dos tortas a ella y otras dos a la mongola que lo ha escrito. Claro, que yo soy muy partidaria de la técnica de la colleja, pero a ver si es para menos.
La autora del texto dice que sólo se corta el pelo cuando está hecha mierda y cuando ha roto relaciones porque así simboliza la ida del ser amado. O sea, que como se ha ido algo que quieres y no puedes tener, vas y te automutilas. Ah, qué bien, qué lógico. Y que cuando está bien, no corta el pelo ni un centímetro. Primero, cochina, el pelo se corta cada pocos meses, que debes llevar unas greñas gitanas que dará gusto verlas. Y segundo, estás reafirmando que sólo usas el tijeretazo como modo de autolesión cuando las cosas no van como tú quieres. Dice textualmente: Ya no eran trozos de pelo los que estaban en el suelo. Eran sentimientos, ilusiones, amores inconclusos y una amarga realidad. Me di cuenta de que para mí, la partida de alguien era la tijera que cortaba la ilusión.” Pues vale. Lo que tú veas. Pero me das un poco de yuyu.
Además, si por la razón que sea no estás muy conforme contigo misma, un cambio radical de look no suele ayudar. Y menos si es algo tan poco favorecedor como un corte tipo chico. Cada día, cada jodida mañana te levantarás y te verás ese estropicio y te recordarás a ti misma que estás hecha polvo y que eres tan gilipollas que has pensado que eso iba a solucionar algo, cuando en realidad lo único que has conseguido es que te cueste mirarte al espejo. O sea, que estabas hundida y has pensado que sería buena idea echarte veinte kilos de mierda por encima.
Yo sólo me corté el pelo en plan radical una vez. A los quince. Y fue por pura rebeldía. Mi madre me había llevado con el pelo largo casi siempre y estaba hasta el culo de él. Literalmente, porque la melenaza me pasaba con muchas creces de la cintura. Luego me arrepentí porque pasé meses siendo un champiñón. A parte de que me lo cortaron mal y hubo un tiempo horrible en que llevé un trasquilón en la coronilla. En fin, un desastre. Pero aprendí del asunto. Escarmenté y nunca más. Y reconozco que cuando me separé y pasé mi crisis existencial correspondiente lo pensé. Pero no. NO. O sea, no. Y me alegro de no haberlo hecho. De hecho, me alegraba al rato de pensarlo por entrar en razón antes de que no tuviera arreglo.
Por supuesto que si a alguien le ayuda el asunto pues bien por ella, eh. Yo sé que a mí y que a la mayor parte de la gente que conozco y lo ha hecho no le ha ayudado nada de nada. Pero bueno, de todo hay en la viña del señor. Y ojalá a mí me funcionara. Ojalá mis crisis y mis rachas chungas tuvieran una solución tan fácil como darle la vuelta a la melena.
Yo ahora sólo me atrevo a los cortes o los cambios cuando estoy bien, a gusto conmigo misma, segura de lo que hago. Cuando sé que si me queda mal tengo suficiente fuerza en mi interior para saber que es sólo pelo y que no pasa nada, que no es tan grave y que ya crecerá. Si estoy mal, procuro estarme quietecita y no empeorar las cosas con decisiones estúpidas. Porque es más fácil ir a la peluquería y decir “me corte el pelo, oiga” que asumir que estás mal porque has metido la pata hasta el fondo y que lo que hay cambiar está dentro de ti y que va a requerir esfuerzo, sudor y lágrimas. Es más sencillo pensar que la solución que nos haga sentir bien va a venir de fuera en vez de tener que currárnosla nosotros solitos. Y mucho, por cierto.
En fin, nadie dijo que la vida fuera fácil. Lo que no sé es quién nos hizo creer que un corte de pelo podría solucionar nada.