viernes, 15 de enero de 2021

Reconciliaciones

 Nunca he creído en ese rollo de que los mejores polvos son los de reconciliación. Si he tenido una bronca monumental contigo, van a pasar días hasta que me apetezca abrirme de piernas y que tú estés en medio. Así, como dato.

Sin embargo, contando con que no hablo de personas, ni de broncas, ni de polvos, estoy en etapa de reconciliación. No sé bien por qué. Tampoco sé qué era lo que me había llevado a estar distanciada de esas cosas, pero por alguna razón había ocurrido. Y benditos acercamientos que rompen el hielo y sacuden la escarcha de los corazones en mitad de este Madrid que sigue blanco y congelado. Gracias a la Filomena y a su manto de nieve que aun no deja transitar las calles de mi barrio, me he encontrado con dos semanas de vacaciones de mis clases que no esperaba, pero que francamente, ahora veo que necesitaba. Me están viniendo de lujo y los estoy disfrutando por primera vez en años.


Hace dos meses que la yaya se fue al cielo. Aún no me he reconciliado con la idea, pero ya voy aceptándola. Y me voy reconciliando conmigo misma tras semanas de un dolor tan horrible que me impedía respirar.

Eso incluye las croquetas. Sólo una vez en mi vida las intenté hacer y me quedaron fatal. De hecho, no llegaron a ser croquetas porque la maldita bechamel se quedó tan líquida que era imposible moldearla. Al final fue lasaña. En cualquier caso, no volví a intentarlo. Para qué, si me las hacía la yaya. Como la tortilla de patatas, que nunca la hice porque para eso la tenía a ella. Pero en noviembre la yaya se fue y yo me quedé sin croquetas, sin tortilla y sin uno de los mayores apoyos de mi vida. Y no puedo recuperar nuestras conversaciones por la tarde, ni sus anécdotas, ni contarle las cosas que sólo le contaba a ella. Pero puedo hacer croquetas y tortillas. Las primeras veces que las hice lloré como una magdalena todo el tiempo. Ahora las hago y “hablo” con ella mientras tanto. La siento extrañamente cerca mientras el pan rallado se acumula entre mis dedos pringosos. Y no, no me salen como a ella, pero al tiempo. Jamás nada ocupará su lugar, pero me enseñó a vivir hasta en las condiciones más adversas con alegría. Y por ella que voy a hacerlo. Se lo debo. Por eso escribo esto con las lágrimas saltándome a los cristales de las gafas, pero el corazón me sonríe. Porque como le juré la noche antes de que se fuera, ella y yo siempre estaremos juntas.


También me he reconciliado con la lectura. Yo de pequeña devoraba libros. Tanto, que pasé demasiado pronto a la literatura adulta por el simple motivo de que se me acabaron los libros infantiles y mis ansias lectoras cogían todo lo que había por casa, que por suerte era mucho. Y fue así hasta hace unos años, que por alguna razón mi cerebro se cerró. No me apetecía leer nada, no me enganchaba, no lo disfrutaba. Y a regañadientes no puedo hacer cosas. Así que me pasé años en los que sólo leía de forma esporádica. A veces ha habido libros que me han gustado mucho, pero mi ansia terminaba con la última página. Sin embargo también lo retomé con la marcha de la yaya. Las tres noches que pasé con ella en el hospital me ayudó a no volverme loca el poder leer durante horas y horas. Era un libro de Marian Keyes, ni siquiera recuerdo cuál. Pero me ayudó a pasar esas horas infernales mientras le daba la mano a mi yaya que estaba ya más en el otro mundo que en este. Y desde entonces he leído bastante. Me refugia del mundo meterme entre líneas de letras que sirven de escudo ante un presente como mínimo, raro.

Ahora, como consecuencia de una serie de Netflix, me he enganchado a las novelas de los Bridgerton. Leo como cuando era cría, hasta las tantas de la mañana, me llevo el libro al baño, a la cocina, leo mientras como y mientras fumo un cigarro en la ventana. Leo por la noche y después de comer y después de desayunar y si alguien me habla, sólo pienso que me está quitando tiempo de seguir leyendo. Llevo cuatro novelas en poco más de una semana. Soy una enferma. De hecho, estoy escribiendo esto y pensando que a ver si lo termino de una puta vez y me puedo poner a leer. Y sí, es novela facilona y predecible, pero me hace sentir bien. Y eso ya es bastante en estos momentos. Estoy hasta el gorro de los elitistas de las cosas que creen que para que algo valga la pena tiene que ser tortuoso, complicado y coñazo. Vete a leer a Nietzche y pégate un tiro, pero a mí déjame bailar en el Londres decimonónico con afables caballeros en levita.


Por último, me he dado cuenta de esta época de reconciliación gracias Bruce Springsteen. Siempre me había gustado pero por alguna razón, hacía años que no le escuchaba. Sabe Dios por qué. Pero el otro día en ese estúpido reproductor de canciones aleatorias que tengo en el cerebro sonó Glory Days. Tanto y tan fuerte que me la tuve que poner mientras me duchaba. Y de repente la voz de Springsteen me hizo sonreír y bailar en el baño. Hacía tiempo que no hacía. Y me sentí bien. Así que he retomado lo mío con él. Que además, cómo no me iba a gustar, si un tío que puede bailar y sonreír mientras canta como lo hace él ya tiene media polla dentro. Mirad el vídeo de Glory Days. O el de Dancing in the dark. Os juro que me se me retuercen los colmillos con esos vaqueros ajustados.


Me estoy desviando, que en un solo post lo mismo hablo de mi yaya moribunda que del movimiento de caderas del Boss. Quizás esto pasa por escribir tan poco, que ahora se me amontonan las cosas que decir. Igual me vuelve a dar también una racha de escribir a lo loco, quién sabe. Yo soy muy de obsesiones pasajeras pero intensas. Tengo una conducta un tanto compulsiva cuando algo me interesa, pero también soy de atención dispersa, así que vaya a saber.


En cualquier caso, feliz año. No es que de momento el 2021 lo esté poniendo fácil para que le cojamos cariño, pero no vamos a rendirnos tan pronto. Cuidaos, cuidad a los vuestros y sólo pidamos salud, que nunca fue tan importante.


sábado, 28 de noviembre de 2020

Hace 10 años...

 

Hoy hace diez años. La década prodigiosa que si no me falla la memoria eran unos que cantaban en los 80.

En este caso no voy a cantaros si no a contaros. Creedme, es lo mejor para todos.

El tema es que hace 10 años, tal día como hoy, una yo de 27 años decidió dar el primer paso de lo que ha sido la parte más importante de mi vida. Y es que hoy hace 10 años que mandé a tomar por culo al que entonces era mi novio conviviente, el desequilibrado mental. Y no sé si he contado alguna vez la historia completa en el blog porque ya van 10 años también de este pequeño espacio y ya no sé ni lo que he contado y lo que no. En cualquier caso, lo voy a contar otra vez. Y si ya os sabéis la historia, pues la leéis otra vez, porque total, nadie actualiza los blog hoy en día y tampoco hay tanto para elegir.

Decía que hace 10 años... (musiquita de flashback y cortinilla de humo que indica que estamos haciendo memoria) hubo un incendio eléctrico en mi casa. Eso tal día como ayer. De pronto empezó a oler a quemado y tras dar vueltas como peonzas buscando el origen, vimos que del cuadro de luces salía humo. Abrí la puertecita que tiene y lo que salían eran llamas. Muy tranquilizador. Apagamos todo lo que pudimos y llamamos al señor electricista que nos aseguró que al día siguiente por la mañana vendría a arreglarlo y que bueno, no nos preocupáramos tanto. El fuego es algo que no preocupa mucho, claro.

Por la noche un amigo del desequilibrado cumplía años y fuimos a la fiesta. Yo me fui con la mosca detrás de la oreja porque, a ver, igual, soy una loca, pero hacía un par de horas estaba saliendo fuego de la pared de mi casa. El pirado de mi ex me juró solemnemente que volveríamos pronto, que no tenía de qué preocuparme. Allí lo pasamos bien, charlando con la gente y tal. A las 12 más o menos me dijo que si nos íbamos. Le dije que sí, que cogía el abrigo y salíamos. Cogí mi abrigo y cuando fui a buscarle, estaba en la cocina poniéndose la enésima copa.


  • ¿No has dicho que nos íbamos?

  • ¡¡Tú siempre igual, jodiéndome las fiestas!!

  • Pe... pero si tú has...

  • Para una vez que salgo y que me lo estoy pasando bien – mentira. - vienes y me dices que nos vayamos – mentira. - Y no me dejas que me tome ni una copa tranquilo, que siempre haces lo mismo... - mentira again.


Se me inflaron los ovarios y le dije que no había ningún problema, que se podía quedar tranquilamente a tomarse todas las copas del mundo. Que yo me iba a mi casa, que no estaba tranquila y que estaba Ron, que por aquel entonces era un gatito jovenzuelo y lozano, y querría cenar. Siguió echándome en cara que nunca le dejaba divertirse. Y es que claro, no querer beber hasta desfallecer cada semana y que me parezca regular que mi novio se coja unas borracheras de muerte cada vez que pone un pie en la calle es ser una aguafiestas. Total, que muy tranquilamente le dije que me iba, que asumía las consecuencias de marchare y que él asumiera las de quedarse. Y lo hice. Me cogí mi abrigo, me despedí de la gente y me fui a mi casa. Le avisé también de que no iba a esperarle la noche en vela porque él no llevaba llaves y que le iba a abrir la puerta su puta madre en bata. Me monté en mi coche, puse música, llegué a mi casa que por suerte no estaba en llamas, di de cenar a Roncito, me tomé una infusión con unos roñidonetes y me puse a meter sus cosas en bolsas del ikea. Así, sin sofoco.

A las 9 de mañana vino el señor electricista y arregló lo que fuera que estaba estropeado. Y yo seguí guardando cosas en bolsas. A las 11 de la mañana me suena el timbre y aparece mi ex borracho como un piojo que no se tenía ni en pie el muy cabrón. Lo único que dije fue “¿crees que estas son horas y maneras de llegar?”. Y en el mismo descansillo de la escalera me dijo muy ufano (o todo lo que la borrachera le permitía) “si sigues así, cualquier día voy a coger mis cosas y me voy a ir”.

Os lo juro, fue el puto momento de mi vida. Yo, que soy torpe y absurda y tengo tendencia al ridículo, me salió por una vez una escena de película. Redondo. Porque según dijo eso, terminé de abrir la puerta para que todas las bolsas con sus trastos entraran en su campo visual y le dije con todo mi aplomo:


  • Querido, ese día es HOY.


Creo que hasta se le quitó la borrachera de golpe.

Ahí empezó un periplo de problemas, discusiones, gritos y amenazas que nunca llegaron a nada. Empezó el desmontar mi casa porque unos días más tarde vino a por los muebles que había pagado él. Empezó una racha horrible, con la casa vacía y helada en pleno invierno, con la caldera estropeada, sin un duro y sola. Empezó una navidad en la que no fui capaz de quitarme el pijama ni de dejar de llorar. Empezó una caía en picado por diversas razones que me llevaron a tocar fondo. Pasaron muchas cosas en los siguientes meses. Abrí el blog. Adelgacé peligrosamente hasta los 35 kilos. Pasé muchas noches en vela. Abrí twiter. Rompí una mesa de ikea de un puñetazo. Traté de volver con el Ross y empeoró muchísimo mi situación con sus actitudes de mierda. Lloré hasta caer rendida. Me reí sola. Me hice un bicho bola con frecuencia y me pasé días sin comunicarme apenas con nadie. Escribí compulsivamente, a veces en el blog a veces en ningún sitio. Aprendí a salir y a quedar de nuevo. Me refugié en amigos que aún tengo y en otros que se fueron pero a los que guardo un rinconcito de mi corazón. Me enamoré más y más de Ron. Aprendimos a hacer un mundo propio los dos, Ron y yo, siendo el otro el motivo de la vida del uno. Me fui recomponiendo. Volví a engordar. Volví a comer. Volví a ilusionarme. Volví a follar. Volví a tener ilusión. Volví a ser yo. Aprendí a ser feliz. Aprendí a ser quien quería ser. Aprendí a vivir como quería hacerlo.


Ahora hace 10 años. Hostia. Da vértigo. Se han pasado rápido y a la vez parece que fue una eternidad. Y bueno, si me habéis seguido sabéis el resto de la historia. Si no, pues yo qué sé, leed y poneos al día.


Estoy contenta de haber pasado por todo eso. Estoy contenta de a dónde he llegado. Y aunque ahora no escriba apenas, estoy contenta de haber abierto el blog. Fue una de las grandes decisiones de mi vida y gracias a ella, estoy donde y con quien estoy. Gracias, dioses de la blogosfera.


Y nada, sólo eso. Me apetecía contarlo. Me apetecía recordarlo. Me apetecía dar las gracias a mi yo de hace 10 años por haber tenido valor de dar ese paso.



martes, 31 de marzo de 2020

Raro


Está lloviendo. Mucho. Normal siendo abril. Normal, si no fuera porque nada es normal estos días. No dejo de pensar en la canción de Sabina que dice “más raro fue aquel verano que no paró de nevar”.
Desde hace semanas todos nos asomamos a la ventana a ver llover, a ver el sol, a ver el mundo parado. Nos asomamos, incrédulos a veces, desesperados otras, esperanzados a ratos. La mayor parte del tiempo, simplemente nos asomamos, como los gatos, a ver lo que ocurre fuera creyéndonos seguros desde el interior.
El mundo no ha dejado de girar, pero ha dejado de moverse. Al menos al ritmo normal. Y nosotros, que nunca fuimos más viles hormigas que ahora, suspirando y pensando que ayer (bueno, no ayer, pero hace unos días) nos creíamos invencibles. La fragilidad humana siempre escondida tras la apariencia de dominarlo todo. Hasta que viene un enemigo invisible y nos arrasa a su paso.

Pensábamos que esto no podía ocurrir. Pensábamos que controlábamos algo. Y hacíamos planes. De viajes, de bodas, de salir, de trabajar, de ir y venir. Ahora sabemos mejor que nunca que el futuro no nos pertenece y que apenas el hoy, el momento, es nuestro. Y valoramos más que nunca un abrazo de nuestra madre, un rato con amigos o poco de sol en la cara. Valoramos todo lo que dábamos por sentado, sin saber, pobres mortales, que apenas poseemos el aire que entra en nuestros pulmones un segundo antes de que vuelva a salir. Y pensamos en qué haríamos si volviéramos atrás. Adelantaríamos acontecimientos, celebraríamos más, nos querríamos más, nos besaríamos más. Aprovecharíamos más el tiempo que ahora se nos está robando. Quizás le daríamos menos importancia al trabajo o a los sinsabores diarios y a los disgustos tontos. Iríamos a visitar más a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nuestros amigos. Saldríamos de casa y correríamos calle arriba y calle abajo con la ilusión de un perrete cuando le desatas la correa. No creo que nadie, si pudiera retroceder seis meses o un año, dijera “voy a trabajar más” o “voy a discutir más con el vecino”. No. Aprovecharíamos la vida. Aprovecharíamos el tiempo. Haríamos cosas realmente importantes. Saborearíamos los momentos. Disfrutaríamos de verdad este precioso regalo que malgastamos más a menudo de lo que realmente nos gusta admitir.

Hasta el aire está raro estos días. Creo que todos en algún momento nos hemos acostado o levantado pensando que era un mal sueño y que despertaríamos de nuevo en el mundo que conocimos. Igual, poco a poco, aprendemos que ése ya no existe, que ha cambiado y que ahora la vida es otra. Y seguirá adelante, de un modo o de otro, porque la vida siempre se abre camino. Quizás sin nosotros, aunque espero que no. Pero está raro. Más raro incluso que aquel verano que no paró de nevar.




viernes, 27 de diciembre de 2019

Estoy trabajando (guiño, guiño, codazo)


Como decíamos ayer...

Se me ha estropeado el móvil del trabajo. Y contando con que la mitad de mi trabajo es llamar por teléfono y la otra mitad el recibir llamadas, pues me diréis qué hago yo sin teléfono. A ver, que sí, que hago más cosas... pero no precisamente para ocupar toda la mañana. Así que estoy aburrida y desocupada pero no puedo irme de compras navideñas porque estoy pendiente del mail por si llega algo urgente que tenga que resolver. Y me he acordado de que el primer blog que abrí, allá por el dosmilypoco, fue precisamente porque tenía un trabajo en el que me aburría soberanamente y me sobraban horas a porrillo.
No sé el resto de la gente, pero en la mayoría de los trabajos que he tenido a lo largo de mi vida me he aburrido como una mona. A mí me sobra más de la mitad de la jornada siempre. Y diréis que soy una vaga y no hago nada, pero es más bien que como soy un nervio andante lo hago todo demasiado rápido y luego ya me quedo sin cosas que hacer. A ver, que hay días y días. Hay veces que no tengo tiempo ni para hacer pis en toda la mañana y eso es malísimo para el riñón, pero hay otros días que podría dedicarme a la vida contemplativa mientras sumo horas cotizadas a mi vida laboral.

En fin. Sé que tengo el blog abandonado, como casi todo el mundo. No voy a volver a decir lo de que los blog han muerto, pero sí, han muerto. Lo que me da coraje es que estoy haciendo lo que siempre odié, dejarlo ahí vagando por el espacio internauta sin rumbo ni misión. Que la gente (qué gente, mongola, qué gente si aquí ya no hay nadie) no sabe si me ha tocado el euromillón y he huido al Caribe o si he muerto en trágicas circunstancias.
El caso es que por las mañanas trabajo o hago como que tal y por las tardes no tengo ganas de ponerme delante de la pantalla otra vez. Y por las noches, que antes era mi momento cumbre del escribimiento, ahora estoy en la compañía del Dorniense, que me alegra la vida y ocupa mi tiempo aún no sé cómo.
La verdad es que estoy bien, bastante feliz y me siento afortunada. Hay cosas feas, como la enfermedad de la yaya y las preocupaciones del día a día, pero estoy mucho mejor que la primera vez que me senté en este mismo salón a escribir la primera entrada de este blog. Tampoco es difícil, estaba hecha mierda entonces. Pero ahora estoy mejor de lo que podría haber imaginado. Tengo a mis niños Ron y Maya, un trabajo que me agrada en lo posible y al Dorniense haciendo de mis días algo mucho más bonito. Tanto, que me voy a casar con él. Yo, la antibodas, me he liado la manta a la cabeza. Ya ves tú. Hay una parte de mí que lo hace por la yaya. Que lo vea, si Dios quiere, y que tenga tanta ilusión como tiene ahora me hace feliz. Y hay otra parte que es que he encontrado el mejor compañero de viaje. Y las cosas bonitas, queridos, hay que celebrarlas. Lo feo viene solo, así que el amor y la alegría hay que compartirla.
Sin embargo me planteo la idea de que la mayor parte de los escritores buenos han sido solteros, solitarios, amagados de varios tipos o simplemente han hecho la vida digamos “difícil” a sus parejas. Y lo entiendo. Yo era mejor escribidora (lo siento pero escritora se me queda muy grande y me parece muy engreído la gente que se denomina así a sí mismo) cuando estaba soltera y sola. Ahora invierto tiempo en el Dorniense, en nuestras familias y en nuestros planes de boda y me queda poco para venir a contar chorradas. Pero aún así, los astros se alinean, me dejan sin móvil de trabajo y aquí estoy, un viernes 27 de diciembre pensando que hace unos días mi blog cumplió años y ni me acordé.
Lo que sí recuerdo es que mañana mi Maya cumple tres años mañana. Y fue la mejor cosa que me ha pasado un mes de diciembre. Tan pequeñita, tan negra y tan adorable como sigue siendo, hecha una bolita en mis brazos y dispuesta a llenar la casa de maullidos, alegría y ternura. Feliz cumpleaños, muñeca.
Acabo de releer el post y es tan caótico y absurdo como yo. No sé si he perdido práctica y cada vez escribo peor o que antes simplemente estaba más acostumbrada a mis propias mierdas y no me daba tanta cuenta. En fin, tanto da, si ya no lo va a leer nadie.
Y bueno, dadas las fechas, a todos los que ya no me leéis, pero seguís en mi corazón de blogger, Feliz Navidad y que el 2020 se porte bien con todos nosotros, que nos dé salud y alegría y que no se acabe el mundo antes de que se cumpla el milagro de verme pasar por el altar.



sábado, 7 de septiembre de 2019

Ni tan mal


Casi siempre mi lema vital ha sido “y yo qué sé”. Me he pasado casi toda mi vida sin saber nada. Me parece lo lógico. Y desconfío profundamente de la gente que lo sabe todo y que se pasa la vida sentando cátedra. Sin embargo, últimamente mi lema ha mutado levemente a “ni tan mal”. Que sé que es una expresión medio moderna medio regulera, pero expresa bastante bien en pocas sílabas mi sensación constante de “no es la opción óptima, pero podría ser peor, así que vamos a conformarnos, a ver el lado bueno y a seguir tirando palante que no hay otra.”
Al final la aventura de Rata y Esponja no pudo ser. Maya es muy sociable pero tiene una vena macarra, Coco tiene un humor bastante malo y no es sociable con otros gatos. Y mi pobre Ron, que como de costumbre no había dicho ni hecho nada, se llevó la peor parte. Una de las veces que los juntamos Coco le pegó un revolcón sin venir a cuento y mi pobre gordo se quedó un par de días medio asustado, medio raro. Y no. Ya lo pasó mal cuando vino la niña y se puso malito y no voy a correr ese riesgo de nuevo. Así que tras bastantes lágrimas y hablarlo mucho, Coco el esponjoso-furioso se fue a vivir a Dorne con los abuelos, que le consienten más que a un nieto tonto. Y mis niños siguen felices en su casita tan tranquilos. Ni tan mal.
El Dorniense se mudó definitivamente a mi casa. Ahora es nuestra casa. Supuestamente. Yo sigo pensando que es mi casa invadida por un Dorniense con demasiados cachivaches frikis y una fijación por el orden que me aburre soberanamente. Él piensa que se ha mudado con una diógenes que guarda basura y espurrea todo a su paso, complicando en exceso su misión en el mundo que es meter las cosas en cajas perfectamente alineadas. Aún así, estamos felices, nos reímos mucho y no discutimos ni aunque pasemos el día en el IKEA. Pues ni tan mal.
La yaya sigue igual. Yo la miro y “veo” cosas. Cada vez está más delgada, le cuesta más comer, respira un poco peor y tiene un ruido raro cuando tose. Sé que se está consumiendo. Y creo que de algún modo extraño ella también lo sabe aunque no lo sepa. Pero está “bien”. Sigue con sus planes, su rutina y sus cosas. Escribe y lee todas las tardes, cose y me llama por teléfono. Salen por las mañanas a dar su paseo, a comprar, a por el periódico. Yo voy todas las semanas a verla y charlamos mucho, nos reímos y cuando salgo del portal me dicen adiós desde el balcón. Luego me monto en el coche y me harto a llorar hasta casa. Pero bueno, sigue ahí, con el yayo y con su vida. Aún la tengo y cada día doy gracias por haberla disfrutado un poco más sin que ella aún tenga dolores ni esté sufriendo. Así que ni tan mal.
El trabajo es una pesadilla en verano. No es que mi trabajo sea el colmo de la diversión, pero en verano con las vacaciones, los cuadrantes y las cosas aún pendientes del cambio de empresa hay días que me tiraría por la ventana. Pero me han hecho indefinida por primera vez en mi vida, trabajo desde casa la mayor parte de los días y no tengo jefe ni nadie que se pase la vida controlando lo que hago. Así que ni tan mal.

Y así estamos. No puedo decir que bien del todo, pero no me puedo o no me quiero quejar. Porque dentro de mi caos habitual todo está en un equilibrio relativamente inestable que de momento se mantiene. Y ni tal mal, oye, ni tan mal.

domingo, 14 de julio de 2019


Apenas un par de semanas o tres antes de morir, mi bisabuela me mandó a casa a estudiar cuando fui a verla al hospital. Era junio y yo estaba en la carrera... y ella lo sabía porque estaba completamente lúcida. Así que entré en la habitación y me dijo “¿qué haces aquí? Vete a casa que estás de exámenes.” Y se quedó tan ancha. Lo último que le dije era que la quería mucho. Me sonrió por debajo de la goma del oxígeno y me dijo que ella a mí también. 97 años largos tenía. Yo acababa de cumplir 20. Y aunque me dolió su pérdida en el alma, era demasiado joven, demasiado egoísta, demasiado estúpida para entender de verdad y en profundidad cuánto se me iba con ella. Aún hoy, 16 años después la echo de menos.

La hermana de mi bisabuela murió con 106 años. Se durmió un día y no se despertó, sin más. Esa misma noche le dijo a su hija con la que vivía “hija de verdad... una tortilla francesa y un yogur, a cualquier cosa le llamas tú cenar”. Para colmo, un año antes había tenido un tataranieto. Cuando se lo enseñaron y lo cogió en brazos dijo “Yo lo que siento es que a este pequeño no le veré casar”. Tócate los cojones. No dijo el bautizo o la comunión si quiera. No. Casar. Que la buena señora pretendía vivir mil años, supongo.

En la familia de mi madre nadie quiere morirse nunca. ¿Sabéis eso que dicen a veces los viejos de “a ver si me muero ya” o “yo ya no tengo nada que hacer en el mundo” o cosas así? Bueno, pues por aquí no se estila. Aquí se vive hasta que se puede, dándolo todo hasta el último día, con planes y esperanzas hasta el último aliento. Con ganas de vivir siempre.

Por eso me entristece tanto, tantísimo, que mi yaya tenga cáncer. Un cáncer de ovarios avanzado contra el que ya no podemos hacer nada. Iría y daría de hostias a su doctora de cabecera, que lleva tres años, tres putos años, ignorando las infecciones de orina y molestias genitales constantes, recetando antibióticos todos los meses y diciendo que eso son cosas de la edad. Le daría de hostias hasta que retrocediera en el tiempo y mostrara un poco más de interés en sus pacientes. Que para ella es una más, quizás una pesada que va todos los meses con el mismo rollo, pero para mí es mi yaya. Y me han quitado diez años de vida más que esperaba pasar con ella.
De momento ella no lo sabe. Sabe que tiene un bulto y que le están haciendo algunas pruebas. Pero está bien, está normal. Está en su casa haciendo su vida con mi yayo. Está ojeando su periódico todos los días, viendo su fútbol, leyendo sus libros, cosiendo, haciendo punto, pasando a limpio sus apuntes de historia. Está como siempre. Más delgada, un poco desganada con la comida, quizás algo cansada. Pero con su ánimo, su sentido del humor, sus ganas de aprender, de saber más, de conocer cosas nuevas. Sigue, como al parecer está en la genética de mi familia, queriendo vivir. 87 años no han sido suficientes, ni de lejos. Sigue teniendo demasiado que hacer.

Y yo me muero de pena. Llevo tres días que no puedo dejar de llorar. Porque pierdo a mi yaya y no sé cuánto tiempo me queda de estar con ella. Porque la pierdo y me pregunto si sabré o podré decirle todas las cosas que tengo pendientes. Si sabrá cuánto me ha enseñado, cuánto me deja, cuánto voy a tener de ella toda la vida. Si podré hacerle saber cuánto la quiero y cuánto la voy a echar de menos. Si podré decirle lo afortunada que soy de haberla tenido tanto tiempo aunque no me parezca suficiente. Si entenderá que mi vida es mucho mejor por haberla tenido a ella como yaya. Y me pregunto qué haré cuando ya no esté. Nunca lo había tenido que pensar en serio. Y no sé. No sé qué haré las tardes si no puedo llamarla. No sé quién me hará tortillas de patata o croquetas. No sé quién me cogerá el bajo de los pantalones. Quién me enseñará a hacer tipos de punto nuevos para tejer en invierno. No sé quién me dará consejos y me escuchará las chorradas que le cuento a ella. No sé con quién hablaré de libros, de música, de museos y de cuadros. Quién me contará historias de Madrid o de la familia o de tantas cosas que ella sabe. No sé quién me preguntará por mis gatitos y me dirá que San Francisco los protege. No sé.

Sé que aún tengo algún tiempo con ella. No mucho. Quizás unos meses. Demasiado poco. Y muy tristes aunque no se lo demuestre. Lo aprovecharé, pero sufriré cada día sabiendo que es uno menos. Y sólo le pido a Dios que siga así, que no sufra, que no tenga dolores. Y que cuando suba al cielo, porque le van a abrir las puertas de par en par, que le pongan un ordenador para leerme. Porque sé que lo hará, que va a seguir aprendiendo, investigando, siendo inteligente, curiosa y culta. Sé que seguirá queriendo estar al día y manejando internet y todo lo nuevo que salga. Así que podrá meterse en el blog que no le dejé leer desde la Tierra y se lo comerá entero. El mío y todo lo que pille. Aprovechará el resto de la eternidad para estudiar, lo tengo clarísimo.

Sé que va a estar conmigo siempre, de un modo o de otro. Pero de forma egoísta no puedo evitar pedir que se quede aquí, en su casa y en la vida todo el tiempo que sea posible. Porque sin ella el mundo va a ser un lugar un poco peor.


P.D. Cierro los comentarios para este post porque no soy capaz de gestionar lo que se me dice al respecto, aún no. Me ha costado una hora de llorera incontrolada escribir este post y no puedo hurgarme más en la herida. De hecho, me paso el día ocupada en otras cosas y tratando de distraerme para no volverme loca. Sé que me mandáis ánimos y abrazos y los agradezco de todo corazón.

domingo, 30 de junio de 2019

Rata y Esponja, el comienzo de una aventura


El Dorniense y yo hemos decidido vivir juntos. Hace ya un año que se vino a Madrid, nos hemos hecho pareja de ídem y como no somos ricos, mantener dos pisos es una pasta. Y que nos sale de ahí, eso como razón principal. El único inconveniente es que él tiene un gato y yo tengo dos. Todos adultos y con sus peculiaridades, así que el asunto no va a ser fácil.
Cuando Maya llegó a mi vida, la metí en casa sin posibilidad de transición ni adaptación ninguna. Y estuvo a punto de salirme muy caro porque Ron se puso muy malito entre la toxoplasmosis y el estrés y todo el rollo. Así que esta vez queremos introducir a Coco poco a poco.
Pensamos que una buena idea era juntarle primero con la niña porque Maya es muy sociable. Allá donde la lleve que haya un gato ella se cree que es su amigo. Lo primero que hizo al ver a Ron fue darle un cabezazo. Cuando vamos al veterinario, se acerca maullando contenta a cada gato que ve, sea grande, pequeño, parezca amigable o tenga cara de ir a sacar la zarpa a paseo. A ella todo le da igual, se acerca, diminuta y negra, con el rabo largo ese de rata que tiene y sus patitas enanas, dispuesta a crear una pandilla.
Coco, el gato del Dorniense es un poco otro rollo. Es muy manso con la gente, pero está muy acostumbrado a estar solo, muy consentido y tiene un pronto un poco imprevisible. En el veterinario por ejemplo se pone furiosísimo y hay que sedarle para todo porque es imposible hacerse con él. Luego en casa es bastante majo, pero no le habíamos visto nunca interactuar con otros bichos.
El caso es que cogí a la rata negra y la llevé a casa del Dorniense. Ella como siempre estaba tan tranquila, se olió con la esponja blanca que es Coco, le maulló contenta y se acercó como si tal cosa. El otro soltó un soplido. Un bfffff de esos que hacen los gatos, más asustado y sorprendido que otra cosa. Pero a ella eso no le gustó un pelo. A mi rata no la sopla nadie. Porque igual que digo que es muy simpática, digo que tiene la mecha muy corta y es muy macarra. Se le nota que es de Móstoles a la jodía. (Un saludo a mis queridos mostolienses).
Así que la esponja bufó y la rata se quedó así como medio mosqueada. Aguantó un rato y volvió a intentar acercarse. Y hubo un segundo soplido. Y ahí ya le salió el venazo chungo y empezó a gruñir. Maya no sopla en plan bffff, ella gruñe como un tigre en miniatura. La cogí en brazos para ver si se calmaba. Y sí, estaba tranquila. Pero con que el pobre y esponjoso Coco la mirara era suficiente para que empezara a gruñir.
Así que la traje de nuevo a casa. Llegó tan feliz, como si nada, le dio muchos besitos a Ron, comprobó que el agua y el plato seguían en su lugar y se fue a tumbar a su cojín. Tan pancha.
Lo siguiente que haremos será que el Dorniense traiga a Coco el esponjoso a casa en el transportín y que le huelan sin salir. Así varias veces. Hasta que al menos se acostumbren al olor. Y luego ya veremos. Poco a poco, no hay prisa de hoy para mañana.
Me preocupa un poco que no se lleven bien, pero confío en que al menos aprendan a convivir. Al fin y a cabo son tres gatos con buen carácter.

Y ya seguiré contando las aventuras de Rata y Esponja, que suena a pareja de quinquis de película.