sábado, 25 de julio de 2015

Hasta que nos riamos de nuevo

Una de las cosas que más me gustan en cuando alguien en un comentario, en twitter, en un mail, o del modo que sea, me dice que le he hecho reír con un post, que se ha divertido leyéndome, que le ha hecho gracia cómo he contado algo. Me da la estúpida sensación de que mi vida (por lo general insulsa) sirve para hacer algún bien a alguien, aunque sea un ratito, aunque sea ese segundo que los labios empiezan a curvarse en una sonrisa.
El problema es que llevo unos días un poco de bajoncillo. Que no pasa nada, que no me ocurre nada. Pero no tengo con qué hacer reír a nadie porque yo misma no tengo ganas de descojonarme de la vida. Es el verano, el aburrimiento, las noticias chungas, la muerte de un amigo de la infancia, la claustrofóbica sensación de no tener vacaciones, ni escape, ni huida. Es ese silencio, ese dolor, ese vacío de sentirte sola, incomprendida y asustada aunque haya gente a tu lado. Es el todo y la nada.

El caso es que ya que no me cojo vacaciones de verdad (ni de mentira ni de ningún tipo) me voy a tomar un pequeño descanso del blog. No mucho, quizás una semana o dos o tres. Lo suficiente como para encontrar algo que me haga gracia. Y cuando lo haya, que lo habrá, volveré y lo contaré. Y nos reiremos todos. O lo intentaremos al menos.

Mientras tanto, cuidaos mucho, no salgáis en las horas de más calor, poneos protección solar, bebed mucha agua y blablablá.
Hasta que nos riamos.


domingo, 19 de julio de 2015

Las fases del duelo (cosas que están mal 2)

Todo el mundo sabe lo de las fases del duelo. La negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Hay quien pasa más tiempo en unas que en otras, hay quien se salta alguna. La psicología no es una ciencia exacta, las personas no somos una ciencia ni somos exactas. Somos una amalgama de puñetas que apenas sabemos manejar.
Cuando mi madre me dijo la otra anoche que había muerto AD, el chico guapo, lo primero que hice sin darme cuenta, fue negarlo. Seguro que era un error. Una confusión. No hombre, no, cómo iba a haberse muerto. Seguro que era un malentendido. Quizás hubiera tenido un accidente, sí, pero lo habrían exagerado y al final había llegado una información aumentada y sacada de quicio.
Luego vi que en facebok la gente de Pueblodelsur empezaba a poner lazos negros en el perfil. Mi madre me confirmó que era verdad. Y entonces me cabreé. Estúpido guapo, mira que morirse. Si es que por algo me caía gordo. El muy memo. Se muere y me da de bruces con todos mis miedos, mis obsesiones, mis debilidades.
Pero esta mañana me he levantado con una sensación más oscura, más sombría, más fea. He pasado casi toda la tarde llorando. Sé que quizás no tenga motivos. No éramos amigos ya, no teníamos apenas trato. Pero joder, qué pena. Qué tristeza tan grande. Y de pronto, me gustaría verle una vez más, verle sonreír y decirle hasta luego, como cuando me cruzaba con él. Mirarle con su niño en los hombros y pensar, “joder, qué mayores nos hemos hecho”. Verle, tan gordo y tan mayor, y hacer el esfuerzo de recordar a ese niño delgado y con una cara bonita que se paseaba por la casa de mis abuelos adoptivos con aire de superioridad.
Hoy no he dejado de recordar anécdotas. Y yo que pensaba que no las tenía. Ayer sólo podía acordarme de cuando me montó en la moto. Hoy me he acordado de otras muchas. De cuando me enfadé con él porque se metió en mi cuarto de casa de los abuelos y cuando salí de la ducha y llegué envuelta en la toalla me lo encontré tan ancho, sentado en mi cama y ojeando mis revistas. Le saqué a voces mientras él se reía de mí. Me he acordado del día que me subió la cremallera del vestido porque mis titas no estaban y me pasó la mano por la espalda. De cuando me ayudó a montar un cumpleaños a mi madre y vino a mi casa cargado de bolsas de bebidas y comida, charlando conmigo y enseñando a los niños a gritar sorpresa cuando ella entrara. De cuando nos sentábamos en su puerta por la noche a jugar con mi nintendo y nos íbamos turnando una vida del Super Mario. Nos poníamos muy cerca, para ver cómo jugaba el otro. Apoyábamos las cabezas juntas, los hombros pegados. Y nos echábamos la bronca. Eres tonto, tío, te han matado en seguida y has perdido la seta grande. Así no, mujer, quita que ya lo hago yo. Oye, tramposo, no vayas a jugar dos vidas seguidas.
Recuerdo que cada dos por tres salía a la calle supuestamente recién salido de la ducha, pero perfectamente peinado, con la toalla a la cintura, oliendo a colonia para toda la calle y que lo hacía para lucirse por muchas excusas que pusiera. Que íbamos en bicicleta por las tardes al monte un grupo enorme de chavalillos, con bocatas y cocacolas y él siempre iba delante, con su bici de montaña. Pero a cada poco daba la vuelta para ver si los más pequeños iban bien. Se desvivía si alguien se caía. Ayudaba a las crías a cruzar las zonas con piedras. Nos daba ánimos y hacía montones de bromas. Cuando parábamos a merendar siempre contaba chistes, cantaba, inventaba tonterías y nos hacía reír. Y se reía él.
De repente recuerdo muchas cosas. Y siempre una constante, su risa. Es verdad que se lo tenía creído, es verdad que me molestaba muchas veces, es verdad que a ratos estábamos hasta el gorro el uno del otro. Pero nos reímos mucho juntos. Y ahora me está haciendo llorar por primera vez en la vida.
Y si pudiera, si sirviera de algo, trataría de negociar, claro. Entraría en esa etapa gustosamente, llegaríamos a un acuerdo para poder volver a verle por el pueblo, paseando tan tranquilo y decirle hasta luego. No pediría más. Sólo como los últimos años, un saludo breve, una sonrisa, un movimiento de cabeza. Un “eh, nos conocimos, vivimos los mejores veranos de nuestra vida juntos”. No me haría falta decirle que claro que me gustaba, aunque nunca se lo demostrase y eso le enfadara. No querría explicarle por qué los guapos de turno me enfadan y a veces su chulería me sacaba de quicio. No le diría que con 13 años escribía cosas con él de protagonista. No le diría que me hizo feliz la vez que me yendo con mi prima se paró a saludarme y a hablar conmigo y me dio un beso en la mejilla, haciéndola saltar de la envidia. No le diría que me alegro de haberle conocido, que sé que a pesar de nuestras diferencias nos apreciábamos, que fue un gusto tenerle de vecino fastidioso en la adolescencia. No le diría que joder, me duele su pérdida más de lo que nunca hubiera pensado. No, para qué. Sólo hasta luego y una sonrisa. Negociaría por eso, pero no hay con qué.
Y mientras lo acepto del todo, estoy triste. Claro que sí, claro que lo estoy. Me han quitado un pedazo de infancia. Y así sin avisar. Sin el consuelo de que ya no sufre ni esas mierdas que se cuenta uno para mitigar el dolor. No, aquí no hay consuelo. De repente, crack. Un segundo y al carajo. Un segundo y falta un pilar en el pueblo y aquello se hunde por momentos. Un segundo y el verano deja de tener tanta luz y todo se pone más gris, más feo. Un segundo y me doy de morros con un montón de recuerdos que ni sabía que tenía. Un segundo y me tengo que poner delante del espejo para reconocerme, para tratar de encontrarme, para saber que yo sigo aquí y otros se van, aunque no sepa la razón de lo uno ni de lo otro. Quizás lo acepte cuando vaya la próxima vez y al girar la esquina para entrar a mi garaje no estés sentado en la puerta de tus padres como cada tarde. O quizás lo siga negando pensando que igual estás en tu casa con tu mujer o en el bar con tus montones de amigos que hoy lloran desconsolados. De momento, desde aquí, sólo estoy triste.

Así que AD, aunque no eras de redes sociales porque para eso tenías todo un pueblo y varios bares en los que gastar el tiempo con amigos de verdad, estoy bastante convencida de que en el cielo hay algo parecido a internet. Si te aburres y llegas a este blog, quiero que lo sepas. Eras un coñazo de vecino, me hacías rabiar colándote en mi cuarto, robándome las zapatillas y haciéndome correr descalza por la calle detrás de ti. Me dabas por saco con tu guapismo subido y me quitabas la nintendo. Pero no tenías que morirte. Tenías que seguir criando a tu hijo, que te tenía loco de contento con lo niñero que eras. Tenías que seguir cantando en la comparsa cada carnaval y saliendo cada semana santa con tu cofradía. Tenías que seguir riendo. Tenías que envejecer y ser un anciano adorable y divertido como tu abuelo al que yo conocí. No tenías que dejar a todo el pueblo dolido, roto, con un vacío inexplicable e irremplazable. No tenías que darme esta bofetada de realidad, de miedo, de angustia, de joder cómo se explica esta mierda. Porque todo esto no está nada bien. Está mal. La hostia de mal.


sábado, 18 de julio de 2015

Cosas que están mal

Siempre he tenido una especie de conflicto con los “guapos oficiales”. Y no me refiero a los de las revistas, si no a los guapos oficiales de andar por casa. Seguro que sabéis de quién os hablo. Ese chico de clase del colegio o del instituto, del pueblo, quizás. Ese que es guapito, chulito y graciosillo. El que juega al fútbol, lleva unas zapatillas molonas y el pelo a la moda. El que es guay y lo sabe. Y poco menos que vive de ello. Que el cuento le dura hasta la adolescencia, poco más o poco menos, pero qué rabia mientras.
En Pueblodelsur el guapo oficial de mi generación era mi vecino de enfrente. Así que tenía que lidiar con él a todas horas. Su hermana era mi amiga, sus amigos eran mis amigos, los vecinos eran los mismos. Hasta él intentaba ser simpático conmigo. Porque éste, encima, era simpático. Guapo, gracioso, jugaba bien al fútbol, tocaba la guitarra, el cajón, la pandereta. Lo tenía todo el tipo. Así que me caía gordo. Me gustaba, porque era imposible que no te gustara, pero me caía fatal. Yo y mis cosas, dejadme.
La primera vez que monté en moto fue con él. En una moto vieja que arregló mi abuelo adoptivo del sur y el guapito de turno vino a ofrecerme dar una vuelta. De mala gana, porque mi abuelo se lo dijo. Para entonces él ya se había cansado de que yo no fuera una más y no fuera detrás de él. Se había enfurruñado como el niño mimado que era porque me había hecho más amiga del otro vecino y creo que era evidente que me gustaba. Íbamos a la piscina y paseábamos en bici. Y con él, a pesar de ser tan guapo, no iba a ningún sitio. Así que nos tratábamos con cierta desgana. Yo aún era consciente de que era guapo, pero no me gustaba esa pose de “amadme que me lo merezco”. Así que nos tolerábamos a veces con una sonrisa, a veces son una mueca de pesadez.
Me subí a la moto y me agarré al sillín. Se rió y me dijo que le cogiera por la cintura. Dudé, pero lo hice, porque las motos me aterran. Le abracé y le olí el cuello. Siempre olía mucho a colonia, siempre iba bien peinado, siempre tan guapo él. Llevaba una camiseta verde militar, lo recuerdo claramente. Dimos una vuelta por el pueblo, despeinándonos y hablando a voces porque aquello petardeaba como un demonio. Cuando bajé me temblaban las piernas, qué sensación tan rara la moto, oye. Me preguntó si había tenido miedo. Le dije que no, tan segura de mí misma como siempre aparento ser. Se rió y me dijo que cuando quisiera repetíamos. Me encogí de hombros y me fui antes de sonrojarme. Estúpido guapo.
Luego crecimos, yo me fui con mi grupo de amigas, él con el suyo, se echó novia, dejamos de salir a la misma calle a jugar, dejamos de salir en bicicleta en grupo. Perdimos la poca amistad que tuvimos, la poca confianza que creamos a fuerza de vernos todos los días de verano. Luego engordó, se casó, tuvo un niño. Nos convertimos en esos extraños que un día fueron compañeros de viaje.
Dejó de ser tan guapo, claro. Se había puesto muy gordo, había perdido un poco de pelo. Pero conservaba esa sonrisa tan bonita, esa gracia para contar las cosas, ese oído que le hacía sacar música palmeando una silla. Estaba en la murga de los carnavales, tocaba la guitarra, el cajón, lo que se le pusiera por delante. Jugaba con su hijo, lo llevaba a hombros en la romería y yo a veces le veía por el pueblo, gordo y con más años, pero con ese niño tan guapo y tan creidillo aún en los ojos.
Hoy me han dicho que le ha matado un camión. Trabajaba en la carretera y no sé qué ha pasado, sólo que ya no está. Le vi hace cuatro días, literalmente. Le vi en el bar, mientras yo tomaba algo con mis bloguers y él charlaba con un par de amigos. Ya no volveré a cruzarme con esa sonrisa que me recordaba sentimientos contradictorios prepúpeberes.
Ahora me cae casi peor. Porque eso no se hace. Uno no se muere con 33 años. No se muere dejando un niño que aún no va al colegio. No se muere dejando una mujer viuda que ni ha cumplido los 30. No se muere dejando a la gente de su generación con el corazón en un puño y esta sensación tan fea. Eso no se hace, coño. Uno vive, envejece, muere rodeado de nietos. No debes saltarte todo a la torera. No le recuerdas a todo el mundo que la vida es efímera, cruel y que se escapa en un segundo. No dejas un vacío así incluso en los que no fueron tus amigos pero crecieron contigo. No te vas sin despedirte, no te mueres injustamente cuando no te toca. Eso no se hace, joder, no se hace.


Y sí, estoy cabreada. Porque a veces, cuando no sé canalizar las cosas me enfado. Y porque aunque me duela y me apene, sé que hay mucha gente con más derecho a llorar que yo. Y porque aunque me joda, admitir que la vida es así, que estas cosas pasan y que en un segundo se puede ir todo a la mierda me asusta, me aterra, me paraliza. Así que sólo me queda el cabreo. El decir que no es justo, no está bien y que no, así no mola nada. Son cosas que no están bien. Son cosas que están mal. Cosas que están como el puto culo de mal.

viernes, 17 de julio de 2015

Regreso y voy a lo fácil...

Bueno, pues estoy de vuelta en Madrid tratando de sobrevivir a la ola de calor. Madre mía, qué horror, estoy deshidratándome sobre mi propio sofá.
El caso es que entre el calor que me derrite las neuronas, las pocas ganas de encender el ordenador y ponerme una estufa sobre las piernas y todos esos rollos, me siento un tanto desinspirada. Que igual mañana estoy publicando mierda a todas horas, pues sí. Pero ahora mismo no me veo con capacidad ni de contar el cuento de caperucita, el lobo, la abuelita y la cesta. Que tampoco lo he entendido nunca muy bien, porque o la abuela era bien fea o la niña era muy miope o qué sé yo, pero me parece una confusión garrafal.
En fin, que para saber lo que hemos hecho esta semana las locas de la pradera y yo, sólo tenéis que ver el vídeo que ha hecho el Niño Chico. Así de paso le conocéis también. Y es que el churri se me ha metido a "youtuber". Que ya hablaré de eso otro día. De momento el caso es que ni yo tengo que escribir la crónica ni vosotros tenéis que leerla. Vais, veis el vídeo y todos tan contentos.


Me voy a meter la cabeza en el congelador a ver si se me refrescan las ideas y puedo contar algo con un mínimo de coherencia.  

domingo, 5 de julio de 2015

Abducida

Hace ya dos veranos me fui a que unos aliens me vendieran aspiradoras. Y me abducieron, claro. Por eso al año siguiente volví a quedar con ellos y pasó esto, esto y esto. Y por eso este año me voy también. Creo que tengo un parásito suyo en el cerebro o algo.
Total, que estaré unos días fuera mientras mis padres se atrincheran en mi casa a disfrutar de la terraza y comerse mi comida con la excusa de cuidar al gato. Luego volveré y os contaré montones de chorradas. Mientras tanto, de vez en cuando soltaré alguna parida en Twitter, por si me queréis seguir la pista.

Deseadme felices vacaciones y nos vemos en breve!

jueves, 2 de julio de 2015

Juego de Tronos, sueños porno y gente que muere.

He estado un poco desconectada estos días. No por nada, es que el calor me deja las neuronas resecas. Eso y que han pasado cosas. No a mí directamente, pero mi alrededor ha estado lleno de cosas. Total, que he estado algo perdida, pero soy como Terminator, o como una candidiasis, que al final siempre vuelvo.
Ahora bien, os lo digo desde ya, si alguien está viendo Juego de Tronos y aún no ha terminado la quinta temporada, que se vaya de aquí. AHORA. HUID, INSENSATOS. Porque voy a spoilear a base de bien. Bueno, igual no mucho, pero voy a decir cosas que pasan y que si las sabes, pues como que la serie no te sabe igual. Lo repetiré para los despistados:

VOY A HACER SPOILER DE JUEGO DE TRONOS, SI NO QUEREÍS SABERLOS, NO SIGÁIS LEYENDO. FUERA, COÑO YA.

Ea, ya no quiero responsabilidades ni quejas si seguís.

El caso es que yo pasaba de Juego de Tronos como de comer flores. Pero el verano pasado me aburría y le dije al Niño que me lo pasara. Total, para lo que echan en la tele, pues la veía por las noches y ese rato que me entretenía. Así, como con desgana. Y luego, joder. Joder. JODER. Todas las noches como una friki hasta las tantas de la mañana pegada al ordenador con los ojos como platos. Porque en esa serie sí que pasan cosas. Cosas. Muchas cosas. Total, que me volví una flipada. Como la cogí tarde, me sabía algunas cosas que pasan y que son bastante impactantes, como la Boda Púrpura. Pero hay una cosa chunga que no sabía... La BODA ROJA. La maldita Boda Roja. Me teníais que haber visto aquí sola en mi casa, dando vueltas sin nadie con quien compartir mi desasosiego. ¡¡Que había muerto gente!! ¡¡Mucha gente!! Yo me tiraba de los pelos.


Además, me habían matado a Robb Stark. MI Robb Stark. Que me gusta ese actor más que levantarme tarde los domingos. Ay, omá. Y de repente estaba muerto. Entonces llega ese momento en el que te acuerdas del autor de los libros y piensas “qué hijo puta el gordo”. Pero sigues viendo la serie, claro. Porque siguen pasando cosas. Y te encariñas con otros personajes. Y otros quieres que sufran. Aunque claro, casi nunca pasa. Casi siempre mueren a los que quieres y a los que odias les va bastante bien. Qué hijo puta, el gordo.
Para colmo de mis males, después de Robb, uno de mis preferidos era Jon Snow. Y digo era, porque le ha matado. He ahí el final de la quinta temporada. Le ha matado, el hijo puta el gordo. Y ya me mató a su novia, que era pelirroja. De verdad que en una de estas yo ya no le perdono.
Porque es otra de las cosas buenas de esta serie, que hay pelirrojos. Pelirrojos everywhere. Y yo que veo la serie en verano. Ay, qué calores más tontos, chico.

Lo peor de lo peor es que me siento una especie de mantis religiosa involuntaria. Como veo la serie hasta tarde por la noche, me voy a la cama con el runrun y claro, sueño. A veces sueño que estoy yo ahí metida, otras sueño con continuaciones de los capítulos. Mi mente que es más chula que un ocho. Y otras, sueño cosas porno. Lo malo, lo muy malo, es que la noche de antes de ver la Boda Roja soñé con Robb Stark. Y van y me lo matan. Qué hijo puta el gordo. Otra noche soñé con la chica salvaje de Jon Snow. Y al día siguiente van y me la matan. Qué hijo puta el gordo. Y antes de anoche soñé con Jon Snow. Y anoche le veo morir. Qué hijo de puta el puto gordo, oye. Que no me deja uno vivo con el que soñar cosas cochinas.


Luego me sentí culpable. ¿Y si soy yo la que los mato? Porque encima soy una persona sin moral alguna, que Robb Stark estaba casado y con la mujer preñada. Y que la salvaje y Snow eran pareja. Aunque bueno, a esos dos les daba al 50%. Sería como “hola, ¿puedo zumbarme a tu novio? ¿no? ¿Y tú? ¿puedo lamerte un pezón? ¿Tampoco? Esto... ¿Os importa si me quedo aquí cerca y me toco mientras os miro? ¿NO? ¿Por qué vienen todos esos salvajes con espadas? ¿Por qué me llevan? Oye, que yo venía de buen rollo. Joder, macho, qué poco comprensivos sois al norte del Muro.” Y tal.
En fin, creo que si fuera un personaje de la serie el hijo puta el gordo ya me había pasado por la hoja.


P.D. Tras este post psudo friki intentaré volver a las chorradas normales, no me hagáis el vacío. Por fa. Por fa. No, en serio. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Jo, creo que me he quedado sola. En fin, me iré con Sansa, que es la única pelirroja que me queda pro ahí de momento. Y eso que no es del todo mi tipo. Y que tengo miedo, que como el hijo puta el gordo se entere de que me gusta, me la mata. Ay.  

martes, 23 de junio de 2015

No es basura, son vidas.

Lo he contado en twitter, en facebook y ahora vengo aquí con el mismo cuento. Pero a ver qué hago si no.
Los últimos cuatro días los pasé en el Pueblodelsur pintando, limpiando, maldiciendo y haciéndome polvo física y psicológicamente. Aquello es agotador y desquiciante. He tenido que matar montones de arañas y llamar al Niño innumerables veces para que matara las que eran tan grandes que escapaban a mis posibilidades. He ido a ver ami abuela adoptiva que si pasa de este verano será de milagro. Y he fregado hasta quedarme sin piel y pintado hasta quedarme sorda con el crujidos de mis propios hombros. Total, que no ha sido precisamente un placer.
Cuando por fin llegó el lunes por la mañana y habíamos terminado la noche anterior el trabajo, estuve a punto de hacer la danza de la alegría. Pero por tal de no perder tiempo, me puse a recoger los trastos y a dar una limpiada a la casa para largarme de allí haciendo fús. El Niño Chico me iba ayudando y cuando ya apenas me quedaba nada que hacer, él se fue a tirar la basura. Volvió con mala cara y se plantó a mi lado con esa pose que pone cuando no sabe muy bien cómo contarme algo. Yo seguía fregando el suelo y contando los minutos para salir de allí, así que no le hice mucho caso hasta que escuché:

  • … así que creo que están dentro del contenedor.
  • ¿Eh? ¿Quién?
  • Los gatos.
  • ¿Gatos? ¿Qué gatos?
  • Los que están llorando. Les oigo en el contenedor, pero no les veo.

Palidecí. En mi cabeza se formó rápidamente lo que realmente pasaba. No eran gatos. En esos contenedores no pueden entrar y las gatas de pueblo no son tan tontas para parir en ellos. Eran perros. Y no estaban allí por error o casualidad. Alguien los había tirado.
Salí corriendo mientras trataba de explicar esto al Niño, que me seguía sin saber muy bien qué hacer. Llegué al cubo y efectivamente, aquellos llantos tan terribles que se me clavaban por dentro desgarrándome las entrañas eran de perros. No los podía ver y como soy bajita, no podía alcanzar las bolsas. El Niño corrió a casa a por una silla que le pedí a gritos mientras despelujada y agobiada rezaba para que mi idea funcionara.
Me subí a la silla, metí medio cuerpo en el contenedor, rebusqué entre las bolsas, rompí algunas, me puse perdida de mierda sin que me importara lo más mínimo. Estaba ya desquiciada y a punto de meterme dentro del cubo por completo cuando vi una bolsa pequeña atada con un nudo. El corazón me dió un vuelco, la saqué y la rajé como pude con los dedos. Allí estaban. Cinco cachorritos de apenas unos días. Con lágrimas en los ojos comprobé mi temor y tres estaban ya muertos, había llegado tarde para ellos. Los otros dos estaban vivos y parecían fuertes. Les cogí y volví a casa. Estoy segura de que medio pueblo me estaba mirando rebuscar en la basura a pleno sol y llevarme dos pequeños paquetitos chillones. Incluso el malnacido que los había tirado. Y no sólo no me importa, estoy orgullosa de ello.
En casa los limpiamos y les hicimos unas friegas para que entran en calor. Estaban fríos y mojados, pero en seguida empezaron a reaccionar. Llamé a mi veterinario para preguntarle qué podía hacer y me dio un par de pistas, pero me recomendó que buscara una veterinaria y consiguiera leche de perros. En mi pueblo no hay nada. Nada, nada más que hijos de puta que tiran cachorritos a la basura. Así que nos fuimos al pueblo de al lado y en una clínica veterinaria que conozco de vista nos trataron genial. Les expliqué el caso y les dije la verdad, que yo me iba a Madrid, que tengo un gato, que no podía hacerme cargo de ellos, que estaba desesperada, pero que me los iba a llevar si era necesario. La chica que nos recibió me dijo que quizás hubiera una solución mejor y llamó al otro veterinario que andaba por allí. Ese nos dijo que tenía una perrita de yorkshire recién parida y que los adoptaría sin problema porque sólo había tenido dos cachorros. El Niño tenía a los perrines en el regazo y pude sentir el vacío que se le quedó cuando la chica de la clínica se los cogió. Nos dijo que tenían que ir un poquito a la incubadora para entrar en calor y que luego los llevaría con la mamá adoptiva. Que les encontrarían familia. Nos dieron las gracias. Y nosotros a ellos. Ni en sueños podría haber imaginado un final mejor.
Además ayer me confirmó el marido de una amiga que vive en ese pueblo que los vio cuando los llevaban con la perrita adoptiva porque había pasado él por allí a comprar pienso para su gata. Así que van a salir adelante y a ser perros felices, sanos y grandes.
La historia tiene un final feliz, pero duele. Duele a horrores. Porque esto pasa en cada ciudad, en cada pueblo, en cada jodida esquina. La gente es una irresponsable de mierda, tiene animales que no cuida, no se gasta un duro en castrarlos pero luego no quiere cachorros. Y duermen por las noches tan tranquilos. No sienten un ápice de dolor de meter a cinco preciosos pequeñines en una bolsa de plástico y atarla y echarla a un cubo de basura, para que agonicen durante horas muertos de frío, de miedo, de sed, de hambre. No se les remueve el alma. No entienden que son vidas, tan válidas y respetables como la suya. O más, perdonadme que os diga. Porque diría que hay que ser animal para hacer eso, pero sería muy injusto. Los animales no lo hacen. Nunca. Ni de lejos. Sólo el ser humano es tan bárbaro, tan hijo de puta, tan desgraciado como para hacer eso. Y me reitero en lo que he dicho muchas veces desde que oí ese llanto por primera vez, que tiene que haber un infierno para esa gente. Es mi consuelo, mi triste consuelo, que creo que hay algo después de esta vida. Tiene que haberlo porque si no todo sería demasiado injusto. Y esa gente, esos malditos bastardos capaces de tirar cachorros a la basura pasarán parte de su condena en esas mismas circunstancias, muertos de frío, de miedo, de sed, separados de su madre que es lo único que conocen, ciegos y sin aire apenas para respirar. Llorarán y gritarán pidiendo ayuda y no la encontrarán porque el resto del mundo pensará que su vida no es tan valiosa como para pringarse y sacarlos. Porque la verdadera basura son ellos.

Y yo... pues intento ver el lado positivo y recordarme que al menos dos están vivos. Que si no hubiera ido el Niño a tirar la basura y si yo no fuera una loca inconsciente que no piensa dos veces, habrían muerto todos. Pero aún así duele, repito, duele. Y me he vuelto del pueblo más asqueada que nunca. Porque aquello cada vez me pone peor cuerpo. Que mucho salir por la ventana a ver quién pasa, mucho preguntarme cómo es que no tengo hijos con esta edad, mucho escandalizarse porque no me haya casado y porque no siga con mi primer novio, pero nadie mueve un dedo ante un grito desgarrador que sale de un cubo de basura.
Qué hijos de puta, qué hijos de la grandísima puta.