jueves, 23 de octubre de 2014

super poderes

Tengo la teoría de que todo el mundo tenemos un super poder. Claro, que no me refiero a cosas como las de los tebeos, en plan volar o superfuerza o rayos X o tal… me refiero a cosas cutres y vulgares, pero que no tienen los demás. O sea, un super poder de mierda, pero un super poder al fin y al cabo.
Ejemplo: mi madre tiene el super poder de sacar cosas de los tubos agotados. Tú crees que ya no queda crema de manos en el bote y los has estujado hasta la saciedad. Bueno, pues va mi madre y tiene crema para tres semanas. Y eso sin hablar de la pasta de dientes. Yo aprieto el tubo, lo estrangulo, lo retuerzo, lo muerdo, lo pongo debajo de la rueda de un tractor y nada, no queda. Bueno, pues viene mi madre y saca para cepillarse los dientes cada noche durante un mes. Yo no me lo explico.
El problema es que desde que vivo sola tengo la constante impresión de estar malgastando cada vez que tiro un tubo “vacío”.
El otro día pensaba en cuál sería mi super poder mientras trataba de meterme en unos pantalones ajustados. Porque me dio por imaginarme a superman dando saltitos rídiculos para ponerse las mallas tal y como yo estaba haciendo ante la atónita mirada de Ron. Y qué queréis que os diga, como que pierde mucho encanto de super héroe. Eso podría explicar que se ponga los calzoncillos por fuera, claro. Porque una vez que has conseguido embutirte en las mallas a ver quién es el guapo que se las quita por haberse olvidado de los gayumbos. Pues oye, por fuera y ya está, hala, se acabó.

El caso es que como de costumbre, gracias a esta mente caótica mía, me fui por las ramas y al final no averigüé cuál era mi super poder. Pero conseguí meterme en los pantalones. Y con las bragas por dentro y todo. Todo un triunfo. Soy más lista que supermán. Ja.  

jueves, 16 de octubre de 2014

Escorts

Tengo un amigo que siempre dice que si fuera mujer se metería a prostituta. Por más que trato de hacerle entender que  no es tan fácil ni tan sumamente lucrativo como puede parecer, él no entra en razón. Siempre repite lo de “¡¡pero que te pagan por tener sexo!! Y mucho además.” Le tengo dicho que él lo que quiere es ser escort. Que viene a ser lo mismo pero de más alto nivel y en inglés, que siempre suena mejor.
El caso es que lo repite tanto, que hace poco me puse a investigar un poco el tema y llegué a este portal de anuncios de prostitución. Como trabajadora social mi experiencia con el mundo de la prostitución ha sido siempre con la parte más sórdida y marginal del asunto, con mujeres explotadas, traídas de otros paises bajo falsas promesas, metidas en el mundo de la droga o empujadas a esa vida por no tener otra opción. Pero es verdad que hay otra cara de la moneda, que hay mujeres que deciden libremente poner precio a su cuerpo y a sus servicios. Y siempre que sea una decisión libre, no me parece mal. Cada uno es dueño de su vida y decide cómo quiere vivirla. Como ejemplo, encontré el caso de esta chica, que lo explica bien claro.
La verdad es que mi investigación me ha enseñado cosas de lo más interesantes. Ellos mismos han publicado un estudio con datos interesantes y curiosos que podéis ver pinchando aquí. Como que no sé si por la crisis o por qué, pero hay muchas mujeres que deciden ser escorts. Algunas durante todo el día y otras lo son digamos “a tiempo parcial”, siendo estudiantes o teniendo otros trabajos y haciendo esto para conseguir unos ingresos extra. Y visto lo visto, no son pocos. Según algunas encuestas, la mayor parte de las escort gana entre 4.000 y 5.000 euros al mes. Y eso que aseguran que ganan menos que el año pasado. Al parecer el nivel adquisitivo de todo el mundo ha bajado y la cosa está mal en todos los sectores. Y obviamente, si los clientes ganan menos, tienen menos dinero para sus servicios.
Un dato curioso es que ellas mismas dicen que la hora de más ajetreo es cuando los clientes salen de trabajar, especialmente los lunes. Supongo que para quitarse el mal sabor de boca que deja el comienzo de semana. Lo malo es que con tantísimo paro, ahora tienen menos clientes que salgan de trabajar, simplemente porque no tienen trabajo al que ir.
A estas alturas de mis nuevos conocimientos, vuelvo a acordarme de mi amigo. Porque él se cree que ser prostituta es poco menos que recibir clientes guapos y educados que te hacen disfrutar con sus artes amatorias. Sin embargo, me temo que no sea así, que aún está vigente la idea de que si pagas por sexo, aprovechas para pedir cosas que no te darían las mujeres “normales”. Cosas que van desde sexo oral hasta extrañas depravaciones como oler condones usados, asuntos escatológicos o tipos que quieren beberse su propio semen o adorar tu culo como si fuera el mismísimo dios Sol. No sé si hay dinero que pague estas cosas. Y eso contando con que, como cualquier autónomo, hay que aprovechar los días buenos y no desperdiciar clientes, así que hay muchas que aseguran tener diez o más al día. Supongo que esto es lo de ganarte el sueldo con el sudor de tu frente… o de donde sea. Pero vaya que si lo sudan. Al menos lo ahorrarán en gimnasio.

En fin, me parece que mi amigo ha visto Pretty Woman más veces que yo y no entiende que el perfil de cliente se parece más al personaje de Torrente que a Richard Gere. 

domingo, 12 de octubre de 2014

abrazando bichos

Cuando estoy angustiada, cocino. No sé por qué, porque luego no como, pero cocino y luego lo reparto.
Cuando estoy triste, me abrazo a los animales. Generalmente al gato, pero si tengo acceso a más, mejor todavía. Abrazar animales calma mi dolor por segundos.
Ayer en la capea no podía cocinar, obviamente. Así que me dediqué a abrazar bichos. Toqué el morrito suave a todos los caballos que había, que por cierto eran muchos. Uno me frotó la cabeza en el brazo y me recordó a Ron cuando busca cariños. Sólo que en tamaño gigante, claro. Y les dí de comer melón. Lo admito, mangué un plato de trocitos de melón de la mesa y se lo llevé a los caballos. Y me comieron de la mano, pasando esos labios suaves por mis palmas. Me encantan los caballos, de pequeña iba a montar y me sentía libre galopando. Ojalá tuviera dinero para seguir haciéndolo de vez en cuando.
 Luego encontré un corderito muy pequeño metido en una especie de cuadra. Y lo cogí en brazos. Porque sí, porque quiero. Porque mis amigos van con sus novios o sus mujeres, pero yo abrazo ovejitas. El corderito me metía la cabeza en el cuello y se acurrucaba. Y si le acercaba un dedo, creía que era la tetilla de la madre y lo succionaba. Yo me reía y lo achuchaba. Los animales me hacen feliz. Y creo que ellos son bastante felices conmigo.  
Hasta la perra de Bombita se me acerca. La recogió de un refugio y la pobre había sido maltratada, así que aún se asusta un poco de la gente. Pero a mí desde el primer día se me acerca y me pone la cabeza en la mano, yo le acaricio con la otra y ella mueve muy tímidamente el rabo, aún entre las patas. La pobre, con lo guapísima y lo buena que es, cómo algún gilipollas pudo pegarla. Son cosas que no concibo. A ella le dí unos trocitos de panceta.
También toqué un toro. Estaba amaestrado, el dueño me contó que la madre murió en el parto y lo habían criado a biberón, así que era completamente manso. Le toqué la testuz ante el asombro de mis amigos. Qué animal tan hermoso, tampoco entiendo que ningún gilipollas quiera liarse a espadazos con él y tener el morro de decir que es arte. El toro me miraba, plantado con sus cuatrocientos kilos negros zaínos delante de mí. Y yo le pasaba las uñas pintadas de rojo por la frente de pelo arremolinado.
A veces quiero pensar que si llego a vieja cumpliré el sueño de ser una loca del coño que recoja animales y viva a su bola, con todos los gatos, los perros, las gallinas, los conejos y demás bichos que pueda recoger. Y una cabra. Y un burro. Y desde ayer empiezo a pensar que una oveja. Aunque sea el único de todos los putos sueños que llegue a cumplir. Aunque tenga que esperar a vieja para sentir que mi vida sirve para algo. Aunque ni en ese momento sea comprendida. Pero seré feliz porque cada día abrazaré a mis animales. Y el resto, cada vez importará menos.


sábado, 11 de octubre de 2014

capea again

Hace ya tres años mis amigos decidieron hacer una capea por el cumpleaños de Gordito. Vaya por delante que a mí no me gustan las capeas porque no me gusta implicar a animales en el divertimiento humano. Luego cuando lo vi en directo me pareció que se divertía más la vaquilla que mis amigos, pero aún así sigo sin ser fan del asunto.
El caso es que hace un par de meses Bombita nos anunció que iba a hacer una capea (again) por el 30 cumpleaños de su novia. A mí me parece un rollo patatero y cateto, pero la verdad es que necesito desconectar de ciertas cosas y decidí apuntarme.
Cuando se hizo la capea original yo estaba levantando cabeza de una de las peores rachas de mi vida. Al fin en agosto había visto la luz después de meses de oscuridad, dolor y cosas feas. Y en noviembre, en el aniversario de mi separación del desequilibrado, estaba tan feliz y llena de vida que me puse unas botas altas y un jersey gordo y me fui de capea. Estuve rodeada de mi gente, de algunos amigos fundamentales que me sujetaban en aquellos momentos y tenía las pilas muy cargadas. Bailé, canté, me reí e hice fotos a porrillo.  Lo único un poco desagradable fue encontrarme de morros con el Ross y su novia de entonces. Sin embargo lo pasé muy bien.
En la capea again las cosas están muy diferentes. No estoy tan tocada y hundida como antes de aquel agosto del 2011 pero tampoco tan pletórica como en noviembre de ese mismo año. A esta capea no vienen algunos de esos amigos que te sostienen en pie con sólo mirarte y guiñarte un ojo. Tampoco viene ninguna novia poco deseable. El Ross y yo nos llevamos bien y de hecho vamos juntos en el coche. Sin embargo tengo pocas ganas de buscar las botas, de sacar los jerseys y de ir a ninguna parte.
Supongo que simplemente estoy cansada. Y que no me he pintado las uñas del color adecuado para el único jersey que tengo a mano. Y que está lloviendo. Y que prefiero quedarme en casa y comer fideos chinos de sobre que carnaza de barbacoa. Yo qué sé.
Sólo me queda la duda de cómo estaré para la próxima capea, porque mira que mis amigos son reincidentes, coño.


martes, 7 de octubre de 2014

Agujetas, un alijo y el regreso del flequillo

Hoy he dado mi segunda clase de pilates. Creo que no podré volver a moverme con normalidad nunca. Lo bueno es que para que no me duelan las abdominales no toso ni aunque me ahogue, así que no seré sospechosa de estar infectada de ébola.
Las clases me están gustando mucho, podría ser la nieta de la mayor parte de las otras alumnas y la hija de las restantes, pero el profe es un gay que nos llama “chumis” y es bastante divertido, así que de momento no voy a hacer la croqueta hacia la puerta y a huir rodando, cosa que había planeado el primer día.
En otro orden de cosas, por la mañana he ido a la peluquería  y me he cortado el flequillo. Antes del verano me lo dejé largo porque estaba aburrida de él, pero luego no soporto verme la frente tan despejada. Desde los 21 que me lo corté han sido escasas las rachas que no lo he llevado. Me termina estresando verme tanta cara al aire. Yo qué sé, manías mías. Dejadme con mis locuras.
También hoy al volver de pilates me he puesto a montar una silla para el ordenador que me compré en Ikea la semana pasada y aún no había tenido tiempo de meterle mano. Al mover el sofá para sacar mi caja de herramientas he encontrado un par de calcetines, un sujetador, un pañuelo arrugado, una pinza, cinco pelotitas de Ron, tres gomas del pelo y una familia de pelusas. Que yo soy un poco desastre, sí, pero es que Ron todo lo que le gusta lo arrastra debajo del sofá y monta ahí su pequeño alijo. Me pregunto para qué quería el sujetador, aunque por la cantidad de pelos suyos que tiene me temo que lo ha usado como almohada. En fin, de momento lo he rescatado todo excepto la familia de pelusas, que me ha dado pena y las he dejado ahí. Total, vivimos en armonía y no nos molestamos mutuamente.

Os seguiré contando, de momento me voy a yahoo answers a ver si alguien tiene un remedio milagroso para las agujetas.

lunes, 29 de septiembre de 2014

La risa te hará libre

A veces creo que lo único que me salva de la locura, del abismo y de la oscuridad es una capacidad innata mía de reírme de todo. Y como digo, es innata, no es algo que busque, no es algo que provoque, es simplemente algo que forma parte de mi extraño ser. Mi madre cuenta muchas veces que tenía dos o tres meses cuando un día, en casa de mis abuelos, me estaba cambiando de pañales y ante una cucamona, solté una estruendosa carcajada. Tan exagerada para un bebé tan pequeño que mi madre se asustó y le dijo a mi bisabuela que si me pasaba algo. Ella le dijo “Hija, estás tonta, ¿no ves que se está riendo? Déjala, la risa la hará libre.” Mi bisyaya, qué grande. Y cuánto se reía conmigo. Ahora mismo se debe estar descojonando de mí desde el cielo de ver que se me saltan las lágrimas de recordarla.
El caso es que entre unas cosas y otras, llevo una racha complicada. Mi abuela paterna está… mal. Y de momento voy a dejarlo ahí porque tendría que reunir muchas fuerzas para hablar de eso. También es verdad que el otoño me deprime siempre, que no encuentro trabajo, que últimamente oigo más desahogos y malas noticias que chistes. Es verdad que siento cierta presión y cierta angustia.
Y sin embargo, mi forma de enfrentarme a todo eso es la reducción al absurdo. Voy a ver qué parte puede tener gracia. Y si nada de esto la tiene, la buscaré fuera. Porque mi bisyaya tenía razón, lo único que me ha hecho libre siempre ha sido la risa. Cuando me dejó mi primer novio. Cuando en el colegio los niños se metían conmigo. Cuando el desequilibrado se fue de casa. Cuando todo se tuerce, a mí siempre hay algo que me hace gracia. Y de una carcajada me hago libre.
Ayer estuve triste, me quedé en casa con dolor de ovarios, con mil cosas en la cabeza, con un montón de cosas que solucionar a partir del lunes. Estuve cocinando, que es lo que suelo hacer cuando me angustio. La gente come cuando se deprime, yo no pruebo bocado, pero cocino. La cocina me gusta, me reconforta, me acerca a mi bisyaya, que es la que me enseñó a cocinar, la que me dijo que la risa me haría libre.
Hoy ya estaba mejor. Con el frigorífico lleno y la cabeza algo más vacía. El Niño Chico me ha llamado y me ha contado un problema. Y me ha hecho gracia. Pobre, de verdad que entiendo que le moleste a veces, pero es mi reacción, me río. He salido a la calle a dar un paseo y a llevar taper de comida a mi madre. Por la calle una chica a pisado una caca de perro y se ha puesto a maldecir mientras restregaba el zapato por el suelo. Y me he reído. El Ross me ha mandado un mensaje diciéndome que había encontrado la chilaba que su madre le hizo en 2º de BUP para una fiesta de disfraces y que se lo iba a poner de camisón para estar por casa. Y me he reído. He cenado y he visto un tuit de un caballo en una terraza con la frase modificada de una canción “me asomo a la ventana eres la yegua de ayer” y me he reído. Me he puesto a jugar con el gato, que corría como un poseso y saltaba como una cabra montesa con su pelota de media. Y me he reído.
Y ahora soy más libre. Ahora me importa menos que mi abuela paterna esté empeñada en amargarnos lo que le resta de vida. Me importa menos la posibilidad de llevar sus genes y acabar como ella. Porque también tengo dentro los de alguien mucho más fuerte, mucho más grande y mucho más libre, los de una bisabuela que al principio de mi vida ya me pronosticó que la risa me haría libre.
Por eso, vengan los problemas que vengan, sólo le pido a Dios seguir encontrando motivos para reirme, por pequeños que sean. Porque mi bisabuela lo sabía, entre otras cosas porque había leído a Miguel Hernández, que la risa nos hará libres.

“Tu risa me hace libre
Me pone alas
Soledades me quita,
Cárcel me arranca...”


Miguel Hernández, Nanas de la Cebolla.

jueves, 25 de septiembre de 2014

La danza y el absurdo

Lo he decidido, voy a patentar una idea que me hará rica. Voy a inventar un chisme para mujeres que vivimos solas y cada vez que tengamos una idea absurda nos diga, en voz bien alta “¿Pero qué dices, so chalada? ¿Tú lo has pensado bien?”. Y que lo repita hasta que nos replanteemos lo que estamos haciendo.
Y es que uno de los problemas de vivir sola es que como nadie te contradice nunca, todas tus ideas absurdas te parecen geniales. Y una vez que estás metida en el embolado, pues ya no te queda otra que tirarte de los pelos, correr en círculos y rodar por el suelo presa de la histeria. O solucionarlo, que también es opción, pero generalmente después del ataque de pánico.
El caso es que con el subidón del verano y a la vez, el bajón de la vuelta al mundo real, me dio por pensar que tengo que hacer algo. No sé el qué, no sé para qué, pero ALGO. Todo el mundo hace propósitos y cosas a principio de curso y yo también debería. Así que fui al centro cultural del barrio de mi madre y me inscribí en un par de actividades. Hasta ahí bien, si no fuera porque una de ellas era danza del vientre.
Ojo ahí, danza del vientre. Como si fuera fácil. Como si yo tuviera coordinación alguna. Como si yo fuera capaz de hacer algo mínimamente rítmico sin que parezca que estoy sufriendo convulsiones y alguien avise al samur. También me apunté a pilates, que no sé muy bien qué es, pero las famosas estupendérrimas lo hacen y al menos me obligará a sacar mi culo del sofá un par de tardes  a la semana.
Por desgracia, todas las viejas de mi barrio debieron pensar lo mismo y cuando salieron las listas, yo me había quedado fuera del pilates de marras. Eso sí, a danza del vientre me habían aceptado a la primera. Claro. No me veo yo a la panda de ancianas meneando las caderas y agitando vaporosos pañuelos.
Y entré en crisis, claro. Que yo soy un pato mareado. Que nunca aprendí a bailar sevillanas porque o muevo los pies o muevo los brazos, pero las dos cosas a la vez, no. ¿Cómo diablos voy a parecer una diosa del lejano oriente si soy un saco de huesos y un culo fláccido incapaz de menearse de forma grácil? La imagen de las hipopótamas de Fantasía de Walt Disney volvía una y otra vez a mi cabeza. Si hubiera tenido mi chisme de hacer recapacitar no hubiera pasado esto.
Pero claro, en medio de mi dramita personal, tampoco quería renunciar a la única posibilidad de hacer algo con mi cuerpo en todo el invierno. Que me conozco y el sofá me atrapa y no me deja irme.
Por suerte, un par de días después me llamaron del centro cultural en cuestión para decirme que habían abierto otro grupo de pilates debido a la cantidad de gente que había quedado fuera. Y que si me interesaba. Los horarios no son tan buenos como los que yo había elegido, pero oye, lo que sea. Es una señal de dios. De la diosa Shiva o Vishnú que se niegan a verme hacer el ridículo, en plan “Anda, maja, haz pilates y no nos pongas en evidencia”.
Total, busco gente que financie mi aparato de hacer recapacitar. Así me haré millonaria y podré pagarme tratamientos de belleza megachupis y no tendré que hacer pilates, ni danza ni ninguna otra cosa en la que me ponga en ridículo.