miércoles, 23 de mayo de 2018

¿No podría hacerlo otro?


Sabéis que me gusta mi trabajo. Lo digo muchas veces, no me importa reconocerlo. Me gusta lo que hago, me gusta ser trabajadora social. No gano mucho, no tengo mucho “prestigio”, no llevo ropa elegante y desde luego, nunca me haré rica con esto. Pero oye, me gusta.
O casi siempre me gusta. A veces no. A veces me pasa como a Homer y me pregunto si eso no puede hacerlo otro.
Y esas veces que no me gusta no es cuando discuto con el jefe. Ni cuando un abuelo se pone pesado o enfadado o me cae algún insulto por no dejarles hacer lo que quieren (generalmente, escaparse). No es cuando la familia se pone pesada o cuando me llaman a deshora. No es cuando me equivoco y me cae bronca. Ni siquiera es cuando tengo que hacer papeleos interminables y darme de bruces una y otra vez contra los muros administrativos. No, no es eso. Eso me da igual.
Es cuando le coges cariño a alguien y llega el punto en que no puedes hacer más. Es cuando me siento impotente. Es cuando veo que un caso se me escapa de entre los dedos sin remedio. Es cuando, como hoy, me doy cuenta de que no depende de mí lo que pase con ese usuario que es más que un “usuario” y es alguien con nombre, apellidos, una historia, un pasado y una sonrisa que se me hace familiar. Es cuando ese “usuario” me mira a los ojos y sólo puedo encogerme de hombros y tratar de calmarle con palabras que yo misma no me creo.
Cuando empecé en este mundo, quería trabajar con adolescentes y lo hice durante unos años. El día a día es muy duro, los adolescentes son pura vida y te agotan. Tienen más energía que tú, son más rápidos, más fuertes y más inconscientes que tú. Y luchas y luchas y luchas y sólo a veces ves resultados. Pero crees ilusamente que estás trabajando por darles un futuro. Que te estás dejando la piel por mejorar a su personita del mañana. Y cuando ocurre, se te despegan los pies del suelo. Cuando te llaman y te dicen que tienen un trabajo, que han salido de la mierda. Cuando te dicen que les diste una oportunidad, cuando te dan las gracias por creer en ellos. Cuando te dicen que ahora son mejores gracias a lo que hiciste por ellos. Ese día, la vida merece la pena con tanta fuerza que casi te da igual lo que pase.
Y no quería trabajar con ancianos porque no puedes ofrecerles eso. El día a día es más fácil. Son menos conflictivos, más cariñosos, más agradecidos a primera vista. Les ayudas a vivir lo poco que les queda un poco mejor, pero sabiendo que sólo tratas de darles un final más digno. Que quizás, tu misión es que mueran cómo o dónde quieran. Que sólo puedes ayudar, paliar, poner parches. Pero que no hay un futuro mejor porque básicamente no hay un futuro. Y eso duele. Escuece. Y a diario tratas de no verlo, de quedarte con lo bueno, con sus sonrisas, sus besos y sus carantoñas y no ver que quizás mañana no estén ahí. Pero hay días, días como hoy, que nada vale contra el dolor y la impotencia.
Hoy no he hecho nada de lo que tenía planeado. No he podido hacer mis informes, ni mis visitas, ni preparar mis contratos ni nada de nada. Un “usuario” al que tengo un cariño especial no contestaba al teléfono, ni ha bajado a la ruta. Como tengo llaves, me he ido a su casa con la enfermera, dejando a medias todo el trabajo de la mañana. Y ahí estaba, pobre mío, tirado en el suelo, en un charco de pis, sin ropa, temblando y con el cuello retorcido entre la pared y la cómoda. Estaba vivo, sí, pero podría no haberlo estado. Llevaba así horas. Y no, no tiene a nadie en el mundo. Y si yo hubiera seguido haciendo mi trabajo y no hubiera ido a su casa, seguiría así, en el suelo tirado, sin nadie a quien le preocupara. Hemos llamado a la ambulancia y se le han llevado al hospital. Me miraba mientras le vestía y le lavaba con una toalla húmeda, con los ojillos medio despistados y me decía que a dónde íbamos ahora. “Pues al médico, ¿dónde vamos a ir, a la verbena?”, le digo. Y me sonreía. Cuando se le llevaban en la ambulancia, le he repetido otra vez que a quién tenía que llamar si necesitaba algo o si los médicos le preguntaban. Y con los ojos grises de cataratas, el golpe de la cabeza y el pantalón de chándal que le hemos puesto de milagro, me miraba y me decía “que sí, a ti, que te llamen a ti, que no se me olvida”. A ver si es verdad.
Y ahí estoy, como una gilipollas, con el corazón encogido, hablando con la trabajadora social suya de generales, con la del hospital y con todo el que puedo. Diciéndole a mi jefe que mi ética profesional está por encima de los intereses de la empresa y me la pela lo que el opine. Recogiendo un charco de pis con la fregona mientras intento no echarme a llorar y gastando bromas a un “usuario” sabiendo que sólo yo iré a verle al hospital y que seré quien reciba las malas noticias que tengan los médicos. Y tendré que lidiar con ello. Y con la cara de mierda del gerente cuando sepa que he “perdido” dos días de trabajo por estar con un usuario que se va a ir del centro porque ya necesita otros cuidados. Y en ese momento, en ese momento en el que mi “usuario” me mira pidiendo ayuda en silencio y sabiendo que sólo confía en mí, me pregunto si no podría hacerlo otro. Si no podría yo estar en una fábrica de hacer tornillos que cuando cumpliera mis horas me fuera a mi casa con la cabeza despejada y el corazón tranquilo.
Sé que lo que yo hago es necesario. Sé que tiene que hacerlo alguien. Sólo es que hay momentos en los que duele, escuece tanto, que me pregunto si no podría ser otro alguien. Si no podría hacerlo otro y no yo.

domingo, 6 de mayo de 2018

Prioridades


Soy un poco desastre. Siempre lo he sido. Me gustaría decir que soy organizada y ordenada y que llevo siempre las cosas al día, pero no es verdad. En el trabajo me esfuerzo muchísimo por luchar contra mi propia inercia y sobrecompenso mis carencias con una excesiva meticulosidad, pero en el resto de mi vida, todo se inclina hacia el caos.
A veces me pregunto cómo lo hace la gente para trabajar, tener la casa organizada, cocinar cosas buenísimas, tener hijos, marido, familia, amigos, vida social, ir al gimnasio, arreglarse las uñas y comer cinco piezas de fruta al día. Yo no doy pie con bola y me siento francamente orgullosa de levantarme todos los días y salir por la puerta para ir a trabajar a mi hora sin dormirme. Ese es mi gran logro diario. Obviamente, suelo tener la casa tirando a desordenada, como lo primero que me encuentro por la nevera y paso días enteros sin hacer caso a nadie, ni familia, ni amigos, ni al Niño Chico.
El otro día me di cuenta de que en parte, el truco de la gente para hacer todo esto es dormir poco y no pasar horas muertas viendo series.
Valoré la idea.
La seguí valorando.
Le di una vuelta más por si acaso.
….
Y llegué a la conclusión de que no merece la pena.
Soy una adulta de mierda, lo he dicho más veces. Pero es que no me compensa tener la casa como los chorros del oro y no ver series. No me compensa llevar la manicura bien hecha y el pelo perfecto y quedarme sin siesta. No me compensa tener toda la ropa planchada y no poder leer un rato todas las noches. Simplemente no. No soy yo. No es mi rollo, nenes.

Así que ahora estoy viendo Lost, entre otras series. Y sigo leyendo. Y escribiendo a ratos. Y jugando con mis gatos. Y me echo la siesta y voy a pilates y a inglés. Y, ojo, me levanto todos los días a mi hora, que es mi súper triunfo diario. Y al resto, le pueden dar bastante por saco.

sábado, 28 de abril de 2018

Todas putas


A raíz del tema de la sentencia de la manada y toda la movilización que ha traído, quería decir algunas cosas. Lo he escrito del tirón y no he tenido ganas de releerlo, así que me perdonáis los errores que haya. O si no se entiende bien o lo que sea. Tenía que decirlo, pero no tengo ganas de darle más vueltas. 

A veces, por desgracia, ganan los malos.
Hoy han ganado mucho, aunque no lo parezca. Porque no es sólo cuestión de si 9 años de prisión (de los cuales se cumplen dos o tres) son muchos o pocos. No es sólo cuestión de que el guardia civil y el militar vayan a seguir cobrando un sueldo publico. No es sólo cuestión de que sea abuso o violación. No es sólo eso.
Es que se nos ha juzgado una vez más a las mujeres y hemos salido perdiendo. Porque si te violan y te dejas para evitar males mayores, eres puta. Si te violan y te resistes, te llevarás una paliza o morirás, por puta. Si te dicen cosas por la calle, es porque vistes así, puta. Si un tío te acosa, te toca o trata de forzarte es porque le has provocado, puta. Si te lías con un tío o con cincuenta porque te da la gana es porque eres una puta. Si un tío quiere algo contigo y le dices que no, adivina lo que te va a llamar: puta. Todas somos putas. Siempre. Pase lo que pase. Puta. Lo dicen, lo sueltan como una bofetada y se quedan tan anchos. Y tú, herida y con la cabeza gacha casi nunca contestas porque total, para qué. Si a lo mejor es verdad. Si a lo mejor es que eres muy puta.
Y hoy, ganan ellos. Los que te llaman puta. Los que creen que la mujeres somos su derecho, su posesión, su patio de recreo.
No ganan sólo los violadores, los acosadores, los desgraciados de la manada. Gana ese profesor que te tocó la pierna en una revisión de examen. Ese compañero de instituto que te tocaba el culo en clase de gimnasia y te hacía sentir una mierda (o una puta) con 14 años. Ese jefe que te llamaba “bonita” y te tocaba mucho el brazo. Ese exnovio que te insistía para tener relaciones hasta que aceptabas con resignación, sin ganas, sin placer. Ese que te decía que no le podías dejar a medias porque le iban a doler los huevos por tu culpa (so puta). Ese que te sujetó más fuerte de la cuenta. El que te empujó la cabeza cuando se la chupabas hasta que te dieron arcadas. Ese tipo raro que te siguió un rato haciendo que sintieras el miedo y la oscuridad hasta lo más hondo. Ese desconocido que te dijo una barbaridad avergonzándote por la calle y haciéndote mirar al suelo. Ese, esos, todos los que te hicieron sentir que no valías nada, los que te llamaron puta, los que te acosaron, te forzaron, o en el caso extremo, te violaron o te pegaron.
Ganan y se hacen más fuertes. Porque no es sólo cuestión de que cinco malnacidos forzaran, humillaran y demás a una chica. De eso ya han hablado otros más y mejor que yo. Es cuestión de que una vez más se pone en tela de juicio a la víctima. Es que se plantea que tienen ciertos derechos sobre nosotras. Que esas cosas pasan. Que un piropo es bonito, que un acoso es un acto de romanticismo, que ser un poco sobón no es tan malo. Se da la idea de que una violación es algo súper extremo y que tienen que apalearte y dejarte medio muerta o muerta del todo para que cuente. Y que esos abusos menores no son nada. Nada de nada. Sin importar cómo te sientas o qué derecho tengas sobre tu propio cuerpo o tu capacidad de decidir y de decir que no. Que eso es secundario. Porque si que cinco energúmenos te la metan por todas partes, te roben el móvil se aprovechen de ti y te dejen tirada y llorando es sólo un abuso, que un guarro te meta mano en el metro no es nada. Da igual que salgas de allí con arcadas, que llegues a casa llorando o que le cojas miedo a montar en ese vagón. Da igual, es que eres una exagerada, es que de todo haces un mundo. Y si eso no te revuelve las tripas, a lo mejor eres parte del problema. Por acción o por omisión.
Y que se justifique o se intente justificar sólo nos humilla más. Porque da igual lo que tú hagas, lo que tú quieras, lo que tú pidas... cuando dices que NO, es que NO y si se te respeta lo más mínimo, se acepta tu palabra sin rechistar. Porque no quieres. Porque has cambiado de opinión. Porque no eres su derecho, ni su propiedad, ni nada de nada. No se lo debes. No y punto. Y el resto da igual. Que besó a uno antes de que pasara aquello. Que luego siguió con su vida. Que a lo mejor le gustó. Que no se defendió hasta perder la vida. Que igual, hasta gimió. La puta de ella. Como Nagore, violada, matada y descuartizada hace unos años. Que si era muy ligona, le preguntaron a la madre en el juicio. Porque igual la mató por puta. Como Diana Quer, que oye, vestía así y asá y además iba sola por la noche. La muy puta.
Y es que todas las mujeres, TODAS, en algún momento de nuestra vida hemos pasado por algo. Pequeño, grande o mediano, pero algo. A todas nos han hecho sentir humilladas, incómodas, asustadas. Y aún tenemos que aguantar esas cosas, las dudas, las miradas suspicaces, la posibilidad de que seamos las culpables... por putas.

Lo único bueno, el resquicio de esperanza, es el movimiento social que está trayendo esto. El que yo sí te crea. El llamarnos hermanas. El decir yo también. El plantar cara. El empezar a pedir que nos den soluciones porque al parecer resistirse mata y dejarse te hace culpable. El pedir que si denunciamos nos crean. El pedir que se deje de decir que nuestra palabra arruina la vida de un hombre porque no es cierto ya que ni las pruebas los condenan de verdad. El pedir que no se nos respete por ser hermanas o madres o hijas si no por ser personas. El llevar el feminismo con más orgullo que nunca. Es empezar a educar a una sociedad machista, es empezar a cambiar. Es tener la esperanza de que un día, dejemos de ser todas putas.



domingo, 15 de abril de 2018

What do we say to the god of death?


Hace justo diez días cumplí 35 años. Madre mía. A veces tengo que contarlos, que echar cuentas, que asegurarme. Porque me parecen muchos. Luego me doy cuenta de que lo que yo opine, al tiempo le importa una mierda. Él sigue a lo suyo, ajeno a que queramos que vuele o que se detenga. No hay nada como el tiempo, que sigue a tu trantrán ajeno a las opiniones de todo el mundo.
El caso es que he llegado a la mitad de la treintena. Los abuelos de mi trabajo me dieron muchos besos, muchos abrazos y hasta algún regalito ese día. Son más bonitos que un sol. Y todos me decían lo mismo “pero si aún eres muy joven”, “huy, quién los pillara”, “si estás en lo mejor”. La mayor parte me aseguraban que no los aparento. Y una mujer, una preciosa y adorable que está entre mis favoritas, me dijo que me deseaba que llegara al menos a los suyos. 97 primaveras, oye. Ahí es nada. Y se lo dije de corazón “que si llego, que sea como ella”.
Esa misma noche, después de un día bastante feliz, de haber comido con mis padres, los yayos y el Niño Chico, me enteré que se había muerto un chaval del equipo de rugby del Ross. Un tipo que era una leyenda porque había llegado a la selección nacional. Un tipo grandote y risueño, con unas espaldas como un armario de tres cuerpos y unas enormes manazas que te apretaban y te hacían migas. Era como un ogro bonachón, que me levantaba con un sólo brazo y se reía fuerte, con estruendo, cerrando sus ojillos negros. El año pasado en el torneo de todas las primaveras estuve mucho rato hablando con él. Nos relataba historias de sus años de Erasmus, sus aventuras por Europa y nos hacía reír a todos a carcajadas. Qué loco el tío, qué cosas nos contaba. Y bebía cerveza y se reía de nuevo y nos seguía amenizando la noche con anécdotas disparatadas.
Pues ya no está. Más de cien kilos de músculo y fuerza bruta reducidos a cenizas. Ya se sabe, polvo al polvo y tal. Que la tierra te sea leve, compañero.
Mi cumpleaños, qué maldito, ni un año me deja irme de rositas por completo.
El caso es que me dio por pensar. He cumplido 35. No son muchos. No hoy en día. No en esta engañifa que llamamos primer mundo. Pero es la esperanza de vida en muchos países aún hoy en día. Es más de lo que conseguían vivir algunos de nuestros antepasados. Es más de lo que ha vivido alguna gente que ya he dejado por el camino.
Tenía una amiga en el pueblo de mi padre que murió cuando cumplimos los 9 años. Meningitis. Dos semanas antes estuve con ella jugando en la plaza de ese pueblucho y me dijo que le dolía la cabeza. Yo me fui a la playa con mis padres. Cuando volvimos, la habían enterrado vestida con su traje de comunión.
En julio va a hacer tres años que se murió mi amigo AD de Pueblodelsur. Mi vecino de enfrente los veranos de la adolescencia, el primero con el que monté en moto, el que me traía cestas de higos, el que me hacía rabiar y me sonreía desde su puerta cuando llegaba los viernes por la noche desde Madrid. Le había visto una semana antes cuando estuve con los blogger de quedada veraniega. Y una noche mientras trabajaba, un camión se lo llevó por delante con 33 años.

Quizás parece una reflexión extraña para un post más o menos de cumpleaños. Quizás parece un tanto deprimente. La muerte nos inquieta, nos incomoda, nos pone en guardia. Quizás porque no la controlamos. Quizás porque sabemos que, sin saberlo, cada año pasamos por el día que vamos a morir. Quizás porque es la única certeza y a la vez la mayor duda que tenemos desde que somos conscientes de nuestra propia existencia. Quizás porque vivimos en una cultura aséptica y estúpida que trata de vendernos la juventud, la belleza y la perfección a todas horas. Quizás, simplemente, porque no sabemos lo que nos espera al otro lado y la incertidumbre nos asusta.

En todo caso, yo trato de tomarlo por el lado bueno, que lo hay. Cada día que estamos vivos es un triunfo. Porque muchos dejan de estarlo. Y cuando va pasando la vida te vas dando cuenta de ello. Vas dejando compañeros y amigos por el camino. Se van quedando y tú sigues. Y no entiendes muy bien la razón de lo uno ni de lo otro. Pero te levantas al día siguiente, vivo. Y tienes que aprovecharlo, porque no hay seguridad, no hay garantías. Todos creemos que llegaremos a viejos, pero quizás no sea así. Quizás, algún día seamos nosotros los que nos quedemos por el camino y otros los que nos recuerden y traten de seguir adelante y de despertarse al día siguiente. Por eso mientras uno pueda tiene que ser feliz, disfrutar, reírse y contar anécdotas divertidas. Tiene que vivir, en la mejor acepción de la palabra. Porque un día, uno, el que sea, ya no podremos hacerlo.

Total, 35 años. No es mucho todavía, pero no es poco. Me gusta, porque va sumando. Porque de momento, hasta hoy, cada vez que el dios de la muerte se me ha presentado le he podido decir: not today.

lunes, 2 de abril de 2018

el semi sueño semi cumplido


He pasado la Semana Santa haciendo el vago. Lo necesitaba, las semanas anteriores fueron bastante chungas en el trabajo y estaba cansada. Así que he visto un montón de series, he leído mucho, he escrito bastante y he dormido siestas largas abrazada a los gatos. Ha sido una gran semana.
También quedé una tarde con Chema y con Álter, nos pelamos de frío pero nos reímos mucho y aprendí lo que son los límites matemáticos, que hay gente que tiene el pelo peludo y que la canción de la numeración del Puma es una plaga.
Al día siguiente me quedé en casa atrincherada porque me dolían los ovarios y tenía aún dos capítulos de la tercera temporada de Outlander, que sin ser como la primera, me ha gustado mucho. Ahora me siento sola y vacía sin mi pelirrojo y voy a tener que ver las escenas porno en bucle hasta que salga la cuarta temporada. Ya por la noche estaba aquí tirada en pijama y despeinada cuando me llamó mi amigo Poli. Que qué tal, que blablá. Que quería cenar gratis, vaya. Se vino y se acopló en mi sofá y se tapó con mi manta. No sé qué tiene este sofá baratero de ikea que todo el que viene se hace una especie de nido en una esquina y se queda atrapado. Luego nos contamos cosas, nos reímos muchísimo y hablamos de millenials y de heces restregadas en la pared. No preguntéis.
Y entonces, entre risas y conversaciones, pasó lo que tenía que pasar. Ocurrió, no vamos a negarlo. Era algo que tenía que llegar tarde o temprano.


ME HIZO UN DIRTY DANCING.

Empezó a pedirme leer un poco de mi no-novela. Le dije que no y a pesar de sus técnicas policiales de mierda, le dije que si hacíamos el dirty dancing me lo pensaba. Francamente, pensé que no podía hacerlo. A ver, que sí, que está más o menos fuerte y yo peso poco. Pero. El caso es que aceptó, muy decidido como es él. “Claro que sí, dirty dancing, venga, vamos.” Y yo le miraba y valoraba la escena. El tipo medirá algo más de 1,70. Si estira los brazos por encima de la cabeza nos ponemos a una altura de más de dos metros. Si a eso le añadimos que soy más torpe que un pato, vamos mal. Si también contamos con que estaba con la regla y eso hace que esté menos fuerte, menos flexible y considerablemente hinchada, vamos peor. Y si terminamos de rematarlo con mi capacidad para la risa floja y absurda, pues ya vamos fatal. Así que pensamos en hacerlo con él de rodillas. Se pondría de rodillas delante de mi cama, yo saltaría, él me cogería y en el peor de los casos, caería de cabeza en la cama. Los daños parecían mínimos para la posibilidad de cumplir el sueño de mi puta vida y hacer un dirty dancing. O algo remotamente parecido.
Así que al final me decidí a intentarlo. Las primeras veces conseguí patalear un poco en el aire y descojonarme de la risa mientras iba de cabeza a la cama. Pero poco a poco pulimos la técnica. Y sí está fuerte el Poli, sí. Que el tío me levanta y me aguanta ahí arriba como un jabato. Al final, cuando estaba a punto de asumir mi derrota, mi fracaso, mi incapacidad para cumplir mi sueño, lo conseguí. Me quedé en el aire, estiré bien las piernas, hice fuerza con el abdomen a pesar de lo mucho que me dolía el puñetero útero y abrí los brazos. Qué maravilla. Algún día moriré y después de de mi temporada en el purgatorio, iré al cielo y buscaré a Patrick Swayze y le pediré un bailecito con momento volandero incluido. Obviamente para entonces yo bailaré bien, porque es lo que tiene el cielo, que tienes todas las cosas guays que deseabas en vida y sonará Hungry Eyes y el bueno de Patrick llevará su camiseta negra ceñida y estará tan guapo como en esa peli. Y bailará conmigo y me levantará por los aires. Y todos aplaudirán. Y seré la reina del baile en vez de la torpe de la esquina por una vez. Y entonces vendrá mi pelirrojo y me cogerá de los brazos de Patrick y me llevará a una ladera escocesa cabalgando los dos juntos tapados con su tartán y luego junto al fuego...
Vale, creo que he visto muchas veces las escenas erótico-festivas en los últimos días.

El caso, que he conseguido algo remotamente parecido a un sueño que tenía yo ahí enquistado. No es el hombre de mis sueños el que me levantaba, no tengo cojones para hacerlo de pie e iba con un pijama en lugar de llevar un vaporoso vestido. Pero bueno, yo soy así, muy de low cost.
Y por cierto, por si también es vuestro sueño os informo: si estás un rato ensayando, al final te quedan cardenales en las caderas. Que en las películas estas cosas no te las cuentan.

P.D: le dejé leer tres páginas de la no-novela.

jueves, 29 de marzo de 2018

El lado moñas y el culo del pelirrojo


Hoy he venido a descubriros que en realidad soy una moñas. Mucho rollo de chica dura, mucha mala leche, mucho blablá y al final, una moñas. Para que veas. Quién me lo iba a decir. Y he llegado a esta profunda conclusión gracias a Outlander. Y diréis “¿ya viene la pesada esta a hablarnos otra vez de series y del pelirrojo de sus amores?”. Evidentemente SÍ. Y supongo que habrá algú spoiler, así que si sois de los susceptibles que se quejan porque se desvela en final de la Segunda Guerra Mundial, no leais más.
A ver, ya he dicho mil veces que las series son mi pasión. Y descubrí Outlander casi por casualidad. Me la recomendaron, la ví anunciada y al final me animé a verla. Pero vamos, que al principio sin mucha ilusión puesta en el tema. Luego me enamoré mucho. Del pelirrojo, de la trama, de los vestidos antiguos, del pelirrojo, de los kilt, del acento escocés, del pelirrojo, de Escocia, del culo del pelirrojo, de los hombros del pelirrojo, de los pectorales del pelirrojo, de los abdominales y los oblicuos del pelirrojo... en fin. Os hacéis una idea.
El final no me gustó mucho. Pero aún así, me descargué la novela y me la leí un poco en diagonal. No tengo mucha paciencia para ciertas lecturas, pero devoré el tocho buscando las cosas que no salen en la serie o que son diferentes. Y bueno, no es un buen libro, pero yo visualizaba al pelirrojo y me valía todo.
Entonces llegué a la segunda temporada. Y tengo que decir que no me gustó nada. Hay un montón de problemas, intrigas palaciegas que no interesan a nadie, una batalla absurda contra el destino y cuando al fin vuelven a Escocia, es para pasar penurias. Y a todo esto, ni una escena de sexo decente. Capítulos enteros sin verle el culo al pelirrojo. Oiga, yo no he venido aquí para esto.
Porque a ver, es algo que quiero comentar de esta serie y de paso, del libro. No es que yo vaya buscando porno. Si quisiera porno, vería o leería porno. Es cuestión de que si empiezas una escena, dame un poco más que un fundido en negro. Digo yo, vamos. En la primera temporada hay capítulos que piensas “¿Pero cuánto folla esta gente? ¿No se cansan? ¿Pero otra vez? Madre mía, qué virilidades las del pelirrojo...” Y venga a verle el cuerpo ese que Dios y el gimnasio le han dado. Pero en la segunda temporada, entre que la historia es otra, que entre los personajes hay problemas y que el director debía ser más recatado, no hay nada. Y en una ocasión que parece que por fin va a haber algo de carnaza, pum, fundido en negro. No me jodas.
En el libro pasa algo parecido. Hay veces que la tía se explaya un poco más, veces que lo deja muy en el aire y veces que te pone los dientes largos para nada porque cuando está realmente entrando en materia, cambia de escena y ya ha pasado todo. A mí eso me parece un coitus interrumptus literario en toda regla. Y no me gusta excesivamente la narrativa erótica, pero coño, una escena bien llevada no tiene por qué caer en groserías ni en vulgaridades y ser sensual y darle un toque a la historia.
Bueno, resumiendo, que la segunda temporada no me ha gustado nada y he visto demasiado poco el culo del pelirrojo. Y que como decía al principio me he dado cuenta de que soy una moñas. Porque la gente se queja de que la primera temporada roza lo empalagoso con tanto amor y a mí precisamente es lo que me gustó. Quizás busco en las series una especie de sobrecompensación, pero estoy harta de problemas, de gente que se muere, de enfermedad, de soledad, de pérdidas, de echar de menos, de tensiones. Vivo a diario con esos malos rollos en el trabajo, porque es lo que tiene trabajar con ancianos. Les adoro y soy feliz en mi trabajo, pero la realidad es esa: enfermedad, muerte, problemas, soledad, enfrentamientos. Y cuando salgo y me repanchingo en el sofá, lo que quiero es gente feliz, mucho amor, risas y culos bien formados de pelirrojos fornidos. Así que ahora veo series que me hagan feliz o que me cuenten una historia que me interese, pero nada que me torture el alma.
Ahora he empezado la tercera temporada. No sé qué pasará con la trama pero de momento me está gustando un poco más. Y la media de culos de pelirrojo por capítulo no es óptima, pero no está mal del todo. Así que por ahora, me quedo.

Por cierto, he vuelto a mis clases de inglés que tuve que abandonar cuando tuve los dos trabajos a la vez. Y diréis, ah, qué bien, para saber más, conocer otro idioma, viajar, tener mejores oportunidades laborales en el futuro. Pues no. Es por si un día me encuentro con Sam Heughan, para poder hacerle ofrecimientos obscenos que no pueda rechazar. O por si un día me da un siroco y me voy a Escocia en busca de culos pelirrojos. Lo que ocurra antes.


martes, 13 de marzo de 2018

Las peores técnicas policiales del mundo


Desde que dije que había escrito una no-novela, todo el mundo (o sea, los cuatro o cinco lectores que tengo) me han dicho que les gustaría leerla. Genial. Sólo tengo que convencerlos de que me paguen mil euros cada uno para que el asunto sea medio rentable y pueda al menos hacer un viajecito.
En fin, de verdad que cuando lo conté fue porque me sentía orgullosa de haber terminado un proyecto por una vez en la vida, no porque realmente quiera que la gente me haga la bola y me diga que anda, que me anime, que publique y que blablá. No es mi rollo. Si alguna vez escribo algo que crea que merece la pena lo publicaré y lo diré y punto. Incluso puede que lo reparta gratis si realmente creo que mola leerlo, como publico gratis mis mierdas en el blog. Pero en este caso no es así. He leído lo suficiente como para saber cuando algo es bueno y cuando no. No es falsa modestia, no es buscar el halago, no es nada de eso. Es que no escribo lo bastante bien y no tengo suficiente ego como para publicar una patata y esperar que alguien lo lea.

Lo mejor de todo ha sido hoy, que me ha llamado mi amigo Poli. Aún me sorprende tener un amigo policía. Y aún creo que o es el peor policía del mundo (que yo diga esto es un halago. Un halago extraño, pero un halago) o que tiene dos caras. Eso no sería raro, yo no soy la misma en el trabajo que en mi vida. Mis compañeros que creen que soy un tanto fría y distante, que tengo mal pronto y que estoy medio loca, alucinan porque en cuanto salgo por la puerta del despacho me deshago en mimos con los abuelos, les doy besos, les hago bromas y no pierdo nunca la paciencia. Igual mi amigo Poli es así. No lo sé. Y espero no tener que comprobarlo.
El caso es que me ha llamado con la perra de que quiere leer mi no-novela. Le he dicho que no. Y he empezado con sus técnicas de interrogatorio propias de un policía tipo “porfa, porfa, porfa, anda, porfiiiii”. Como eso no ha funcionado, ha intentado buscar un punto débil en mi argumentación. Si a mí me da vergüenza enseñar mi novela, él podría hacer algo vergonzoso a cambio. Ha pensado un segundo y me ha dicho “puedo leerla desnudo”.
He soltado una carcajada de tal magnitud que he despertado al pobre Ron, que intentaba dormir la siesta en mi regazo apaciblemente. La verdad es que no me planteo que nadie lea lo que escribo, pero que lo lea desnudo es más de lo que puedo imaginar sin entrar en shock.
Como eso tampoco ha funcionado, más que nada porque no quiero un culo peludo en mi sofá ni me apetece ver a nadie desnudo, ha decidido negociar. Y espero que nunca sea policía de esos que negocian con secuestradores o atracadores de bancos o estamos perdidos. Ha empezado porque le dejara leer un par de capítulos. Ha bajado a uno. Luego me ha intentado sobornar diciendo que está fuerte y podría hacerme un dirty dancing (lo de levantar por el aire, ya sabéis). 15 minutos de lectura y tres o cuatro dirty dancing. Sin que yo dijera nada, ha bajado a 10 minutos de lectura e infinitos dirty dancing. Mientras yo me reía, ha ofrecido dirty dancing gratis, sin leer ni nada. Luego lo ha pensado y me ha pedido leer durante 5 minutos. Y al final se ha rebajado a sí mismo a leer lo que yo le diera, lo que fuera. Y eso, con infinitos dirty dancing.
Me le imagino hablando con los atracadores de un banco “¿Queréis tres millones de euros? ¡Os doy cuatro! ¡No, cinco! Y un avión privado para huir. Y podéis llevaros a los rehenes. ¡Seis, seis millones! ¡Y que alguien les mande unos bocatas de tortilla mientras se lo piensan, rápido!”

Total, puede que Poli sea el peor negociador del mundo. Puede que no sea muy bueno interrogando. Puede que ni siquiera me pueda levantar por el aire a lo dirty dancing y sea una vacilada suya. Pero es un amigo estupendo. Puede que el mejor amigo que tengo ahora mismo. Es noble, leal y puedes contar siempre con él. Me ayuda, me escucha, me hace reír. Me cuenta cosas, me comprende y a veces viene a mi trabajo para tomar café conmigo. Me da unos abrazos estupendos. Le puedo contar todo. Podemos debatir de machismo y acepta sus privilegios y quiere aprender a ser mejor. Y lo pasamos bien juntos. Y aunque nunca se lo diga, es guapo y tiene unos ojos verdes preciosos. Poli mola, mola muchísimo. Y me alegro mucho de que se cruzara en mi vida porque nunca viene mal un amigo que esté del lado de la ley. Y porque me temo que al final me convenza y sea el único lector de mi no-novela. Y porque espero que después de leer ese truño que he escrito siga pensando que soy guay, que escribo bien y me haga un dirty dancing.

P.D. Poli, esto no es que esté segura de dejarte leerla, es sólo que lo estoy considerando. Pero lo demás es cierto. Lo sabes, porque nos lo decimos todo, pero a veces está bien escuchar o leer las cosas en público. Eres el mejor amigo del mundo. Y tienes tu novia y tu niña, y yo tengo mis propios asuntos, pero como somos gente sana mentalmente lo puedo decir bien alto: te quiero, te quiero muchísimo.