lunes, 18 de septiembre de 2017

Cuando la impaciencia te salva el culo

Más de una vez he dicho que soy una persona impaciente. Quizás en parte por eso me cuesta mucho hacer planes a largo plazo, porque en lo relativo al tiempo, no veo más allá de mis propias narices.
Ayer quedé con dos de mis blogger preferidos que viven cerca, Álter y Chema. Y les explicaba que yo cuando escribo algún post, es para publicar en el momento. Como mucho, lo puedo retrasar un día o dos, si quiero que coincida con una fecha especial, pero no más. De hecho, si escribo y no lo publico, al final termina por ahí perdido y casi nunca llega a puerto.
Admito que ser impaciente me ha traído problemas en la vida. Quererlo todo para ya no suele ser sinónimo de hacer las cosas bien. De hecho, con los años he aprendido a ser algo más paciente, pero no mucho. Y trabajo en ello, pero se me da regular.
Cuando volvía para casa, escuchando a Nirvana después de pasar un buen rato con ellos, me acordé de una anécdota tonta en cuyo caso la impaciencia me salvó un poco el culo.
Muchas veces he dicho ya (son años en el blog y empiezo a repetirme) que en el colegio no fui feliz. Mis compañeros eran imbéciles y hoy en día se diría que sufrí bulling. Entonces simplemente era cuestión de que yo era la marginada y que eran cosas de críos. Lo pasé regular, pero a día de hoy me parece que forjó una parte de mi carácter y que en fin, que son cosas que pasan. El mundo no es de color rosa y no todo el mundo es bueno.
El caso es que a pesar del coñazo de aguantar a aquella gente durante diez largos años de mi vida, salí bastante airosa de casi todas las situaciones. No fue un caso extremo de acoso, entre otras cosas porque yo tenía una forma de ser... peculiar. Sólo de pequeños llegamos a las manos y no en demasiadas ocasiones. Ahora creo que una de las razones por las que no me pegaron más de una zurra es porque yo cogí fama de estar medio zumbada. Debía estar en primero de EGB, con cinco o seis años, y no sé por qué, discutí con un niño de la clase. Era un chulito medio tonto que con los años se convirtió en un chulo tonto entero. Me acuerdo que me dijo “a las cinco nos pegamos. Te vamos a pegar hasta que te salga sangre por los ojos”. Y yo, a caballo entre mi impaciencia y mi mala leche, le di un empujón y le dije “a las cinco no, nos pegamos ahora.” El niño me miró con cara rara, debía ser la primera vez que una chica le plantaba cara en vez de llorar y que encima no quería esperar a la salida. Yo, viendo sus dudas, me vine arriba “¿No quieres que nos peguemos? Pues vamos”. Y el otro que no, que a la salida. Y yo que no, que a la salida igual ya no tenía ganas de pegarme. Y él que no, que a las cinco me esperaba. Y yo, harta, le dije “mira, yo me quiero pegar ahora, así que o nos pegamos ya o nada, tú verás.” Y es que me indignaba el asunto. Yo estoy cabreada ahora, igual dentro de tres horas se me ha pasado. Y mientras ahí con la angustia ¿nos pegaremos o no? ¿Se acordará o no? ¿Será sólo una amenaza, un juego psicológico cruel de un pequeño idiota o realmente terminaremos a tortas? De verdad que no tengo tanta paciencia. Prefiero una paliza ahora que horas de incertidumbre sin sentido. Así que o nos pegamos ahora que estoy en caliente y con suerte te encajo un par de leches o ya nada. Y no, no nos pegamos. Por suerte, porque francamente, yo tenía las de perder. Siempre he sido poca cosa y de darse el caso, no sé si habría sangrado por los ojos como prometía el memo aquel, pero me habría llevado unos cuantos mamporros. Sin embargo, cosas de la vida, me fui de rositas. Debí parecer una auténtica loca asegurando que el momento de pegarse era ese y pocas veces más alguien me retó a lo de “a la salida nos pegamos”. Quizás, por una vez, la impaciencia fue buena consejera.
De hecho, odio decirlo, pero con los chicos tuve pocos problemas más. Fueron las niñas las que me hicieron la vida imposible y con ellas era más difícil porque jugaban con armas que yo no sabía manejar, como la manipulación, la mentira, la crítica cruel y despiadada y las bromas estúpidas. Y ahí no había manera de plantar cara. Y creedme si digo que fue mucho peor. Que hubiera preferido mil veces tener que encararme con “a la salida nos pegamos” aunque alguna de las veces mi impaciencia no me hubiera salvado y me hubieran puesto un ojo a la funerala.
¿Y vosotros? ¿También sois de todo para ya mismo o sabéis esperar?


sábado, 9 de septiembre de 2017

El tatuaje

Me he hecho un tatuaje. Otro, quiero decir, porque ya tenía. Tenía muchas ganas de hacérmelo y muy claro lo que quería y dónde. Igual un día os braseo con la historia del asunto en sí. Pero hoy el tema es otro.
Después de mucho pensarlo, me lo hice en un estudio pequeñito que hay en mi barrio. Estuve curioseando en internet algunos trabajos del tipo y pasé un día por allí para comentarle mi idea. Me dio un par de sugerencias, me lo explicó todo muy bien y me pidió un precio muy razonable. Así que pa´lante. Y he quedado encantada.
El caso es que estaba yo allí, esperando para entrar cuando aparece una madre, una abuela, un hijo y una hija pequeña. Típica familia que sale en los programas tipo ola-ola de verano haciendo el ridículo en la playa, enseñando los filetes empanaos y la ensalá tomate en el tupperware aceitoso. La abuela con su permanente y su bambo de los chinos. La madre con camiseta de tirantes y pantalones cortos luciendo lorzas con moreno Benidorm, coleta tirante y uñas con esmalte corroído. El hijo, adolescente con gorra de esas en las que caben cuatro cabezas. La niña, espelujada y con un vestido de Minnie descolorido. Estampa típica de mi barrio. La abuela se sienta en una silla. La madre se acerca al mostrador.

  • Mira, que el niño me se quiere tatuar una cruz en la mano, aquí. - se señala entre el pulgar y el índice.
  • Ya. - el tatuador levanta una ceja y mira al púber.
  • Ejque me cumple 15 la semana que viene y quiere un tatuaje. Asín que digo, pos si quieres de regalo, pero ya no hay otra cosa.
  • Hummm... - el tatuador me mira de reojo. - El tema es que un tatuaje en una mano... mira que luego eso queda un poco... que a ver, el día de mañana vas a tener que buscar un trabajo y en la mano se ve siempre. ¿No prefieres otro sitio? ¿Otra cosa?
  • Si ejque se ha enamorao. Mira, está por una niña de su clase y el tontopolla se quería hacer una frase y no sé qué mierdas en el brazo y le dije que igual luego se arrepiente y que mejor otra cosa más pequeña.
  • Pero en la mano...
  • Si es que está apollardao. ¿No te digo que se ha enamorao?
  • ¡¡Te quieres callar, que pareces Belén Esteban!! - salta enfurecido el tontopolla.
  • Anda, que te pones vergonzoso porque digo la verdad. Mira, se quería tatuar una frase de una canción que le gusta a la niña de un grupo moderno de esos...
  • ¡¡Que te calles, maruja, que eres una maruja, que te gusta mucho hablar!! ¡Que a nadie le importa mi vida! - aúlla.
  • Ay, madre la juventud. - masculla la abuela.

Miro a la novia del tatuador, una chica dulcísima que está sentada mirando todo con cara de pasmo. Pongo los ojos en blanco. Me muerdo la lengua.

  • Mira, los tatuajes pequeños son 50 euros. Me da igual que sea una cruz de dos líneas o algo un poco más trabajado. Pero piensa que en la mano es algo que marca mucho, que se ve siempre.
  • ¿50? mira, por eso te haces algo más chulo, algo como un dragón o unas letras chinas o algo de eso. - la madre de nuevo demostrando su clase y buen gusto. - Que por ese precio que con la misma aguja nos tatúe a toda la familia.
  • Yo no, que tomo sintrom y no me pueden pinchar. - la abuela, el origen de la sensatez familiar.
  • Mira, esta chica me pidió cita, voy a tardar dos horas con ella. Si queréis lo pensáis y luego volvéis.
  • Pos venga, me tomo un par de botellines donde la Mari y volvemos. - bonita forma de pensar en algo para toda la vida.

Según salieron por la puerta no lo pude evitar.

  • Madre mía, en qué barrio me ha tocado vivir.
  • ¿Pero tú eres de este barrio? - me pregunta la novia del tatuador que no sale de su estupefacción.
  • Sí hija. Al menos de nacimiento.
  • Perdona, es que no... no pareces...
  • No parezco alguien que se haga tatuajes carcelarios con quince años.


Desconozco si al final se lo hizo o no, aunque supongo que sí, porque volvían a entrar cuando yo me iba. Y claro, lo que me decía el tatuador, que si la madre no sólo consiente, si no que va, lo paga y le parece buena idea... qué va a hacer él. Puede decirles que no es la mejor idea, darles otras opciones... pero es su decisión. Su decisión estúpida y poco meditada, pero la suya al fin y al cabo. Y yo lo único que pienso es que debería implantarse el carnet de padres. Y que si dependiera de mí, lo iban a tener cuatro.

martes, 5 de septiembre de 2017

La quedada

Llevaba años buscando un trabajo medio decente. Por suerte lo encontré. Por desgracia justo al empezar el verano, por lo que me he quedado sin vacaciones. Y lo que más me jodía, lo único que me jodía, era no poder hacer quedada con mis amigos blogger también conocidos como “las cabras”. Y por más que me repetía que este año nos habíamos visto más veces, como que no era lo mismo. Porque un verano sin ellos ni es verano ni es nada.
Y ahí estaba yo, pensando que era todo un fastidio cuando se me ocurrió que podían venir a Madrid. Total, vuelvo a vivir sola y lo importante es estar juntos. Y se lo dije. Pero lo dije pensando que me iban a mandar al carajo. Porque estoy acostumbrada a que la gente no haga cosas por mí. Y no es victimismo, es que yo soy siempre la que hago cosas, la que me muevo, la que me esfuerzo, la que escucho, la que pongo el hombro, la que está bien, la que hace lo que haga falta por los demás y se deja a sí misma de lado. Y lo hago porque quiero, porque me sale, porque soy así. Pero a veces me quedo esperando algo y no llega. Porque la gente se ha acostumbrado a recibir y no le apetece dar. En fin, lo que sea.
El caso es que lo propuse, oye que si queréis, que podemos hacer la quedada en Madrid, yo pongo la casa. Y dijeron que sí. Porque hay gente, gente estupenda, que entiende que lo importante es estar juntos, pasar el tiempo haciendo nada, reírse de chorradas y tumbarnos en el suelo en pijama. Y no necesita que el sitio sea maravilloso, que haya restaurantes caros o actividades trepidantes. Así que vinieron, con sus pijamas viejos y sus ganas de que estuviéramos juntos.
Pasamos algunos días en Madrid, visitaron cosas, montaron en metro, me vinieron a buscar al trabajo, fuimos a comer fuera. Y en el fin de semana les llevé a la sierra, para que no se asfixiaran con tanto asfalto. Y nos bañamos en el río mientras los peces saltaban, comimos platos combinados, paseamos por el pueblo y subimos al campanario. Las gemelas madrugaron, se echaron sus barritas energéticas a la mochila y se fueron por ahí de excursión. Caminaron por el monte, llegaron hasta la ermita, se metieron por un camino de vacas(literalmente) y volvieron llenas de arañazos de zarzas. Yo dormí un poco más, pero disfruté mucho. El campo, el río, la muralla, el castillo y el campo. Los bocadillos enormes, los huevos fritos, las hamburguesas, las barritas energéticas para los paseos, las tiendas en las que vendían gamusinos. Los pijamas viejos y las charlas tirados en el suelo. Mi gente, la que renuncia a vacaciones en mejores sitios porque estar juntos importa más.

Lo único regular, es que Mar no pudo venir porque estuvo pachucha. Y la echamos de menos. Pero quizás en septiembre vuelva a juntar tres días libres y nos veamos. O cuando sea. Porque he descubierto que la gente que importa no pone excusas, pone medios para salvar las distancias.  Y por eso son los mejores. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Kissed by fire

Muchas veces he admitido mi fijación por los pelirrojos... y las pelirrojas. Me hipnotizan desde que era niña, no puedo dejar de mirarlos. Me parecen bellísimos.
Y es una de las muchas, muchas razones por las que me gusta Juego de Tronos. Porque hay montones de pelirrojos y todos me enamoran fuertecito. Mi preferido es Tormund. El momento en el que dice, con esa voz grave “the redheads are beautiful. We are kissed by fire.” pensé que me había quedado sin bragas para siempre. Además me acordé que lo de “kissed by fire” lo decía Ygritte, la salvaje que se frungía a Jon y madre mía, a esa pelirroja le hubiera dado lo suyo y lo de toda su tribu. Claro, que Jon no es pelirrojo y le hacía yo cosas que no se han visto ni más allá del muro. Y eso sin contar con Robb, que era así medio cobrizo y madre mía que grrrr y ñamñam que te cojo y te enseño yo a ser The Young Wolf, hermoso.
Me estoy desviando del tema.
El caso es que uno de los pelirrojos de mis entretelas es Theon Greyjoy. Al principio casi cae mal porque hace unas cuantas cosas que no debe. Es un crío perdido y estúpido que piensa que nadie le quiere y que no pertenece a ningún sitio. Y la caga, claro que sí. Pero lo paga bien caro y de por vida. Porque entre las muchas penurias que sufre, una de ellas es que le castran. A lo bestia. Ni campanillas ni badajo. Y el pobre mío se queda un poco trastornado, claro. No por eso, si no por las muchas torturas que sufre. Pero se va reponiendo. Hace cosas valientes, aunque se muera de miedo. Se va recomponiendo, aunque siga equivocándose.
En el último capítulo de la temporada, por razones que no vienen al caso y que no me apetece spoilear, se mete en una pelea. El otro tío va ganando, entre otras cosas porque Theon no es ningún guerrero ni ningún forzudo. Le da mamporros a base de bien, vamos. Pero cada vez que está en el suelo, ensangrentado y jodido, el otro le grita que si se levanta le mata y él va y se levanta. Y vuelve a recibir leches. Y el otro “que ya vale, que te quedes en el suelo o te mato, hombreya”. Y él que no, que se levanta otra vez. Y cuando ya crees que le va a terminar de hacer polvo, el otro le da un rodillazo en la entrepierna. Ahí, a dar donde más duele. Aunque no en el caso de Theon. No en el caso de alguien a quien lo que más duele le ha sido arrancado de cuajo. Así que, mientras el otro, dentro de su asombro, vuelve a golpearle en susodicho sitio, Theon sonríe. Ya no me puedes hacer daño. No así. Y ahí se crece mi pelirrojo, se le sube el fuego a la cabeza, se recompone y termina zurrando al otro y machacándole la cabeza con una piedra. Sí, en Juego de Tronos son muy sutiles.
En todo caso, mientras veía la escena me sentía un poco emocionada. Este verano he llorado varias veces con series de televisión. Soy imbécil, he estado sensible, sola y cansada. En este caso no llegué a llorar ni mucho menos, pero sí había un pellizco dentro de mí. Porque yo soy esa gilipollas que se levanta una y otra vez mientras le están zurrando la badana. Quizás por orgullo, quizás por cabezonería, quizás porque no me deja el genio estarme quietecita. Y también soy esa que cuando está ya magullada, rota y a punto de tirar la toalla, encuentra su fortaleza en medio de la debilidad. Y sonríe, pensando que ahí donde vas a hacer daño ya no duele, que ahí donde crees que hay un punto débil, ya no hay nada.
En fin, me gustan las series casi en plan obsesivo. Y las analizo más allá de las tramas. Y en próximos capítulos, por qué odio “Cómo conocí a vuestra madre” y por qué me encanta “Modern family”. Estén atentos a sus pantallas.



P.D. Si eres Tormund o te le pareces mucho, mucho, escríbeme al correo. Si estás besado por el fuego, escríbeme al correo. En realidad, si eres casi cualquiera de los actores de Juego de Tronos, escríbeme al correo.

martes, 29 de agosto de 2017

Regreso

Este verano he aprendido:
  • A los gatos les gusta tener el cacharro del agua lejos del de la comida.
  • Decir “voy a guardar esto aquí para que no se me olvide” significa no volver a encontrarlo hasta que por casualidad, buscando otra cosa, te caiga encima de la cabeza. Y ya ni recuerdes para qué lo querías.
  • La gente que merece la pena es la que te dice “la semana que viene te pego un toque”. Y te lo pega.
  • Las primeras impresiones a veces son una equivocadas. Y no pasa nada por admitir el error.
  • A veces un trabajo compensa por más cosas que nada tienen que ver con el dinero.
  • Mi carrera me sigue haciendo más feliz que ser rica. Y sigo siendo más que buena en lo mío.
  • Me gusta el turno de tarde más de lo que pensaba.
  • El relato de mi viaje de fin de curso de 8º es capaz de hacer reír a la gente a carcajadas (yo incluida) durante una noche entera.
  • Los traumas adolescentes son risibles a los 30.
  • No necesito el pelo largo para ser feliz ni para estar guapa. Ni siquiera necesito llevarlo suelto.
  • En realidad, puedo vivir sin televisión si tengo internet.
  • A todas las mujeres a veces nos duelen las piernas.
  • Las circunstancias marcan, pero el espíritu de las personas no depende de ellas. Y la felicidad tampoco.
  • Puedo desayunar fruta sin tener cagalera.
  • Los amigos de verdad entienden que lo importante es estar juntos, no dónde, no cómo, no haciendo qué.
  • Las abuelas macarras de Vallecas son las mejores.
  • Es mejor salir de cañas que limpiar la casa.
  • No soporto que la gente no sepa admitir sus errores, sus limitaciones, sus defectos. Que no sepan decir “estaba equivocado” o “tú tenías razón”.
  • Los ofendiditos de tweeter, los que se dan por aludidos siempre, los que creen que todo el mundo les odia, los de la piel tan fina que todo les cala y los que piensan que todos las indirectas son para ellos me dan toda la pereza del mundo.
  • Sigo pensando que he nacido para solterona y vivir sola con mis gatos es lo que más me gusta.
  • Una vez canté, como la ranchera, “sé que de este golpe ya no voy a levantarme”. Y me equivoqué. Y si alguna vez vuelvo a cantarla, me estaré equivocando de nuevo.

miércoles, 26 de julio de 2017

Echar la sábana

No me cunde la vida. Igual es que soy tonta, y no me organizo bien. Igual es que debería tener días de 28 horas como mínimo para que me diera tiempo a todo. Igual es que priorizo y desde hace un tiempo, el blog no está en el top five de cosas que hacer en el día. Yo qué sé.
El caso es que no escribo apenas, no comento mucho porque desde el móvil no puedo y el ordenador me da pereza máxima cuando salgo de trabajar. Y aquí está el pobre blog, que le están saliendo telarañas. Y se me ocurren cosas que contar, no creáis que no. Pero no termino de encontrar el momento. Porque muchos días digo “esta noche cuando llegue, después de cenar, actualizo”. Pero luego no lo hago. Porque ceno. Y recojo la cocina. Y doy de cenar a los gatos. Y me pongo una serie. Y me duermo un rato en el sofá. Y me despierto, medio aturdida, me veo otro capítulo, o el mismo otra vez porque me he sobado a medias y no me he enterado, me como un yogur o un poco de helado, me lavo los dientes, me doy mis potingues y me voy a la cama. Y digo “mañana a ver si llego menos cansada y actualizo” pero otra vez llego de trabajar, ceno y blablablá. Y así día tras día.
Así que para que esto no se llene de polvo, lo que voy a hacer es echar una sábana por lo alto, y tomar unas vacaciones. Si se me ocurre algo, lo escribiré y lo dejaré por ahí para ver si en el comienzo de curso me organizo mejor. O lo publicaré, según me dé el aire. En todo caso, de momento se queda esto tapadito con su sábana como hace mi madre con la casa de Pueblodelsur y así cuando vuelva lo destapo y está bien conservado.

Que sepáis que os seguiré leyendo en la sombra, desde mi móvil medio roto, durante mis viajes en metro. Y que volveré. Antes o después habrá que levantar la sábana y airear de nuevo.

miércoles, 5 de julio de 2017

Las semanas (y media)

Mi amiga Pelirroja ha pasado al club de las preñadas. Y estoy feliz porque ella es feliz, pero de alguna manera me pone triste despedirme de mi amiga, la más alocada y despreocupada de mis amigas. Porque ya no será mi Pelirroja-peligrosa nunca más. Ahora será una mamá con el pelo rojo. En fin, es ley de vida.
El caso es que hay una cosa que me cabrea de las preñadas y es su manía de hablar en semanas. Que sí, que ya sé que el ginecólogo lo cuenta así y blablá, pero de toda la vida de Dios los embarazos han sido nueve meses y punto. Pero ahora no. Ahora estás de 7 o de 15 o de 23 semanas. Y mira, no. Yo no me apaño. No sé cuántas putas semanas dura un embarazo y además no me interesa lo más mínimo.
Y es que me reconozco un poco negada para eso de cambiar de medida. Cada vez que he viajado y he tenido que cambiar de moneda he decidido desconectar y no andar convirtiendo cada precio porque me aturulla. Prefiero marcar una especie de límite, tipo “más de X moneda es caro porque pasa de los 10 euros” y con eso me apaño, clasificando las cosas en baratas y caras y punto. Ni os imagináis las que pasé cuando cambiamos de peseta a Euro, la verdad. Y eso que era jovencilla. Pero da igual, moriré de vieja echando de menos mis queridas pelas. Y eso que también tenía su cosa. Que la primera vez que fui a Pueblodelsur, bajé a comprar unas chuches con mis amigos y la tía del estanco me pidió 15 duros. Muy dignamente, le dí una moneda de 100 pesetas y esperé mi cambio, pero no tuve ni idea de cuánto me había costado aquello. En Madrid sólo se usaban los 5 duros y los 20 duros. Y jamás en una tienda o semejante. Nunca comprabas algo y te decían son 5 duros. Y mira que yo me he criado en un barrio muy barrio, eh? Que por aquí andaba poco menos que el vaquilla. Pero da igual, lo de los 5 o los 20 duros era algo puramente coloquial, entre colegas, en casa. Jamás en un comercio, por muy humilde o barriobajero que fuera. Y yo, de repente, me vi en un pueblo de mierda donde me querían cobrar en duros. Desde entonces la tía del estanco me cae mal. A día de hoy, me sigue sin resultar simpática.
En todo caso y dejando las monedas a parte, cuando el otro día hablé con Pelirroja le termine pegando una voz de las mías. Porque le pregunté de cuánto estaba y me respondió que diez semanas. ¿Diez semanas? ¿Pero quién a parte de las preñadas habla así? Nadie dice “llevo en el nuevo trabajo 13 semanas”. Nadie dice “celebro hoy con mi novio las 45 semanas”. Nadie habla así, joder. Y hay gente en el mundo que no estamos embarazadas, ni lo hemos estado, ni lo vamos a estar. Y que nos importa una mierda las semanas que dure un preño, que no sabemos desde cuándo se empieza a contar ni hasta cuándo hay que seguir haciéndolo. Así que le dije “Joder, Pelirroja, que yo en semanas sólo conozco la película de las nueve semanas y media y por cierto, es una mierda. Háblame en lenguaje de no preñi, haz el favor.” Bueno, pues lo tuvo que pensar. Tócate los cojones mariamanuela que ahora en cuanto se te instala un okupa en el útero dejas de pensar como lo has hecho toda tu vida y ya sólo sabes contar en semanas.
Eso, hasta que pares. Entonces sólo sabes contar en meses. Y de pronto tu hijo tiene 16 meses. Oiga, por el amor de Deu, diga un año y algo, diga un año y medio, diga dos años, diga lo que quiera, pero deje de hablarme en unidades inferiores a las necesarias.
Y eso añadido a la palabra bebé. Admito que esa palabra no me gusta, me parece que roza el ridículo, no sé por qué, supongo que sólo es una manía de las mías. Pero a ver, un bebé lo es hasta los 6 meses, el año si quieres. Pero no más. Con año y medio es un niño. Pequeño, pero un niño. Y con tres años, desde luego no es un bebé. Que yo entiendo que has tenido que dilatar el chumi para echarlo y que quieres que sea eternamente pequeñito para que sea tu nenuco, pero joder, no. Déjale ser una personita pequeña. Déjale tener su dignidad y no le llames bebé cuando ya va por ahí corriendo como una bala y destrozando todo a su paso como un diminuto godzilla.


En fin, yo qué sé. Si cada día entiendo menos cosas y pongo menos esfuerzo en entenderlas.