jueves, 22 de enero de 2015

dónde están las llaves matarilerilerile

Creo que en general soy una persona bastante racional y bastante pragmática. Pero hay cosas que no entiendo, hay cosas que creo que no tienen explicación, hay cosas que escapan por completo a mi entendimiento. Como por ejemplo qué ha pasado con mis llaves.
Ayer tenía que hacer un montón de cosas por la mañana. Así que salí de casa a toda prisa. Cerré la puerta y llamé al ascensor. Y mientras lo esperaba, me di cuenta de que me faltaban unas cosas que me había pedido mi madre. Abrí de nuevo y volví a entrar. Fui a la cocina, recogí las cosas y volví a salir. Todo esto es aproximadamente un minuto de tiempo porque mi casa es muy pequeña y del rellano a la cocina son tres pasos. Bueno, pues cuando me giré para salir de nuevo, las llaves que tenía en la mano no estaban. De repente, llevaba sólo las del coche.
Miré si las había dejado puestas aunque no lo hago nunca. Negativo. Miré por la cocina, lo cual es fácil porque es del tamaño de la cocinita de pinypon. Negativo. Miré por el salón, lo cual tampoco es complicado. Negativo. El sofá, el suelo, el mueble de la tele, el sillón de Ron, el escritorio. Negativo. Me rebusqué en el bolso, los bolsillos, los pliegues de la ropa. Negativo.
Tenía tanta prisa que cogí las llaves de repuesto y me fui a toda leche, convencida de que las encontraría  a la vuelta. Pero no. Y reconozco que me puse un poco obsesiva y he buscado en TODAS partes. En serio. En plan, el horno, el frigorífico, la bolsa de basura, los cajones, el montón de ropa para planchar. Y nada, las puñeteras llaves no están.
Anoche me dio un poco de mal rollo, porque lo único medio razonable que se me ocurre es que se me cayeran en la misma puerta al entrar, que no las viera al salir pero que alguien las encontrara y se las quedara con feos propósitos. Obviamante puse mis otras llaves por dentro para que nadie pudiera entrar y me pasé toda la noche tratando de encontrar una explicación al misterio antes de llamar a cuarto milenio.
Hoy por la mañana se me ha ocurrido que igual la señora de la limpieza, que viene los miércoles pasó por mi puerta, las vio y las echó en mi buzón. Y en un arranque de alegría he cogido mi copia de repuesto y he salido en estampida hacia el portal. Admito cuando tengo una idea tengo llevarla a cabo en ese mismo instante, un minuto me parece una espera insoportable. Así que me he plantado en el ascensor sin desayunar y sin lavarme la cara, con los pelos hechos una maraña, unas mallas que me quedan tan grandes que se me caen, un forro polar que fue blanco con la camiseta del pijama asomando por debajo y las zapatillas de estar por casa. Yo en mi quinta esencia.
En esto que se abre el ascensor en el portal y ¡¡bum!! Un hombre con un par de muletas que intenta entrar. Así que he hecho lo más racional en ese caso: gritar y saltar hacia atrás como poseída por el demonio. El hombre, al que no conocía de nada, me ha mirado confuso y al final ha murmurado un saludo mientras se metía en el ascensor. Yo, en mi obcecación he ido al buzón. Y negativo, mis llaves tampoco estaban allí. Entonces me ha dado por pensar…
¿Y si el tipo de las muletas al que no había visto en mi vida era en realidad el malvado ladrón de las muletas y tenía mis llaves? ¿Y si estaba subiendo en ascensor dispuesto a a brir mi puerta sin encontrar resistencia y robarme mis inexistentes bienes materiales? ¿Eh? ¿EH?
Tenía tanto sentido, que he salido corriendo escaleras arriba no sé muy bien con qué fin excepto el de desmayarme por ir en ayunas o asustarle porque las mallas cada vez se me escurrían más abajo. Por suerte mi ascensor es muy lento, así que es fácil darle alcance. Llegaría yo antes y cuando intentara salir a robarme, pum, patada en la muleta. Luego ya veríamos, pero he visto alguna peli de Chuck Norris, no puede ser tan difícil.

Por suerte para todo el mundo, el hombre de las muletas se ha bajado en el primero. Al parecer es el nuevo inquilino del piso que se alquilaba. Yo he llegado a mi puerta viendo lucecitas de colores y con las rodillas flojas. Así que he desayunado y he cambiado el bombín de la cerradura por otro que tenía en casa. Así que ya estoy de nuevo a salvo de los malos. Al menos de los de este mundo. Pero sigo preguntándome a qué dimensión paralela se habrán ido mis jodidas llaves. 

martes, 20 de enero de 2015

Un gallego, un murciano y la señora Robinson

Ultimamente estoy un poco intensito-aburrida. Por suerte para todos, esta tarde volvía de hacer unos recados y el coche y la radio han vuelto a obrar su milagro. Salía del párking del súper cuando ha sonado esta versión de Mrs Robinson de Limonheads. Por si hay algún despistado, la original de Simon And Garfunkel es la banda sonora de El Graduado. Y si alguien sigue perdido, que la vea y coja un poco de cultura cinefilo-musical, coñoya.

Hace un montón de años, conocí a un par de chavales. Uno era murciano, bastante alto, fuerte, guapete, así con cierto aire rural y pinta de empotrarse a cualquiera. De hecho, era el típico ligoncete que siempre anda tonteando, bailando y jiji-jaja pero que luego pocas veces remata.
El otro era un galleguiño no tan alto, delgadito, muy guapo de cara y con pinta de no haber roto nunca un plato. Apenas hablaba, primero porque era tímido y entre otras cosas porque cuando lo hacía tenía tal acentazo gallego cerradísimo que parecía un puro chiste y la gente no le tomaba en serio.  
El caso es que los dos muchachos se conocieron, se hicieron amigos y se fueron a vivir juntos. Ninguno era de Madrid y oye, qué mejor que compartir piso con un tipo que te cae bien y con el que parece que te llevas a las mil maravillas. Durante muchos meses, era imposible ver al murciano sin el gallego ni viceversa. Siempre iban juntos como una extraña pareja. Hasta que un día, de repente, el gallego volvió a Porriño para nunca volver. Así, de repente, de un día para otro, sin avisar, sin despedirse. Como el que huye de la justicia.
Durante un tiempo no supimos nada porque el murciano no soltaba prenda. Eso sí, ponía muy mala cara cuando se le preguntaba por el otro, incluso llegó a soltar algún improperio. Por suerte para mí, y ahora para vosotros, yo era muy amiga de otro íntimo del chaval de Murcia.
El asunto es que durante un fin de semana, la madre murciana vino a ver a su hijo. La buena mujer le había tenido siendo apenas una adolescente y no había padre murciano, así que ella vino a ver a su hijo y de paso, a salir  un poco por la ciudad y pasarlo bien. Curiosamente, consiguió pasarlo bien sin salir apenas y una noche cuando el hijo volvió a casa la encontró en el sofá del salón en una postura parecida a la que tuvo cuando le dio a luz, sólo que entre sus piernas el que se encontraba era el adorable galleguiño meneando las caderas y no precisamente a ritmo de muñeira.
No sé muchos detalles de ahí en adelante, excepto que al día siguiente alguien partió hacia Porriño con un ojo morado y sin intención de volver, aunque bastante ofendido porque  él no se enfadó tanto cuando el murciano se lo montó con su hermana unos meses antes.
¿Moraleja de esta bonita historia? El Graduado es una buena peli con una maravillosa banda sonora y los del Canto del Loco sonaban muy graciosos con “La madre de José”, pero en la vida real tratad de evitar el amancebamiento con familiares directos de vuestros amigos. Sobre todo progenitores. Y más aún si vivís juntos y os pueden pillar. La endogamia amistoso-familiar no es una buena idea.



viernes, 16 de enero de 2015

La libertad de expresión NO tiene límites. (Je suis Charlie)

He empezado a escribir este post unas cinco o seis veces. Y eso no mola nada. Porque yo no corrijo, no releo, no reescribo. Me he dado cuenta además de que lo estoy haciendo por los mismos motivos que pretendo criticar, que es tratar de no molestar a los gilipollas. Y es bien sabido que mi norma número uno en la vida es la de que cada uno haga lo que le dé la gana intentando no hacer daño (sobre todo físico) a los demás, pero en cuestión de opiniones es imposible estar siempre de acuerdo, lo que no tiene nada de malo. El que se molesta o se siente atacado, es por problemas suyos, no de los demás. Tú piensa lo que quieras, si te da la gana dilo y deja que los demás hagan lo propio, a eso se resume casi todo.
Hace un porrón de años, cuando yo estudiaba 1º de BUP (ojocuidado, la abuela cebolleta en acción) un compañero de clase apareció un día con una camiseta con la portada del disco de Extremoduo en el que rezaba el título: “iros todos a tomar por culo”. Bueno, pues un profesor de música bastante imbécil que tuvimos le insistió en que se la quitara o se fuera de clase porque aquello le ofendía. Y no sólo la frase, si no aquél grupo, aquella música en general. Yo por aquél entonces ya andaba enamorándome del Robe y compañía, así que salí en defensa de mi compañero. Yo, y otros muchos. Bueno, pues nos echó a todos de clase. Fuimos a hablar con el director, que casualmente era cura, porque yo iba a colegio religioso. El bueno de Papá Pitufo nos sonrió y nos dijo que nos enfadáramos tanto y que seguramente hubiera sido un malentendido. Habló con el profesor, que NO era cura ni nada semejante y el tío seguía encabezonado en que era una ofensa y que no quería más camisetas así en su clase. El director nos defendió hasta el punto de decir que si él se empeñaba en dejarnos fuera de la clase por chorradas semejantes, teníamos su permiso para quedarnos en el patio y aprobar música sin hacer ni un solo examen. Que cada uno saque sus propias conclusiones de esta anécdota.
El caso es que, sin meterme en otros temas al menos por ahora, el hecho de que se pretenda cortar la libertad de expresión porque a alguien le molesta o le ofende algo, es un asunto muy, muy peligroso. Porque a cada gilipollas le ofende una cosa. Y si algo hay en el mundo, son gilipollas de todas clases, culturas y religiones. Así que no podemos dejar que ellos decidan lo que es risible o no, lo que es molesto o no, lo que se puede representar o no. Porque estaríamos perdidos. La libertad de expresión no debe tener límites. De ningún tipo. Si algo no te gusta, te molesta, te ofende… no lo mires. Así de sencillo. O mejor aún, haz uso de tu propia libertad de expresión. Quéjate, haz un grupo en facebook, en twitter, en la plaza del pueblo. Cuéntale tu historia y tu queja a todo petete que te quiera escuchar. Pero no puedo apoyar que haya leyes que regulen eso. No puedo apoyar nunca jamás que “para no molestar”  se pongan límites al humor, al periodismo, a la información. Eso es censura. Censura pura y dura, como un lastre de épocas ya pasadas.
Porque además, yo en este punto me pregunto, ¿quién es el que decide lo que se publica y lo que no? ¿Lo que es ofensivo y lo que es inocuo? ¿Quién? Y exactamente, ¿bajo qué parámetros? ¿sus gustos, sus opiniones? ¿las de los que armen más ruido? ¿las de los que metan miedo o traten de imponer sus ideas por la fuerza? OIGA, NO. Aquí no manda nadie. Porque si no, cada vez el espacio para expresarse va a ser más y más pequeño. No meterse con las religiones. Ni la política. Ni el fútbol, claro. Ni con el sexo. Que nadie se salga de lo bien visto, de lo políticamente correcto. Que nadie se salga del redil y ose pensar por sí mismo, oh, horror. Alienémonos todos y sigamos los dictados de todos los gilipollas del mundo no vaya a ser que alguien se enfade.
Porque luego nos quejamos de que en ciertas redes sociales no permiten poner fotos de mujeres amamantando o enseñando un pecho, por ejemplo. Pero es lo mismo. Es alguien se ofende o se escandaliza por algo banal y absurdo que ni le va ni le viene. Si no te gusta, no mires, punto. Porque repito, siempre habrá quien se horrorice ante algo, si hay que hacer caso a todos, estaríamos perdidos.
Y añado que yo soy relativamente creyente. No soy especialmente practicante, pero sí me considero bastante cristiana. Y no me ofendo por casi nada que se diga de la religión, yo sé lo que creo y lo que no, me la pela lo que digan los demás, tampoco trato de convencer a nadie. Y desde luego no me lío a tiros ni mato a nadie. Si algo me molesta, paso. O como mucho, me quejo con la palabra, como he dicho antes. Y punto. Por eso no me vale ningún argumento. Que para ti algo sea irrespetuoso no te da derecho a matar, a amenazar, a llamar a ninguna guerra santa de mis cojones en vinagre. Si te molesta, te jodes, te quejas y no vuelves a comprar ese periódico o a ver ese canal o a visitar esa web. Sencillo, barato y para toda la familia. Pero no es ninguna provocación que justifique absolutamente nada. Porque el odio engendra odio, y la violencia engendra violencia. Y no creo que a nadie le guste esa fea espiral de ataques, contraataques, venganzas y revanchas. Gran ejemplo han dado los de la revista del atentado, Charlie Hebdo, por cierto, con la portada en la que aseguran que todo está perdonado. Enormes y preciosas las respuestas que ha habido al brutal e injustificado atentado, a las muertes absurdas y al horror provocado en París.
Supongo que una vez más, todo se resume en que los extremos siempre son malos. Aunque provengan de una religión que en principio predica cosas buenas. Y lo voy a repetir, todos los extremos, TODOS. Incluso con los que a priori estoy de acuerdo. Porque un extremismo es una irracionalidad. Y no pensar, no razonar, siempre lleva a cosas malas. Eduquemos en la tolerancia y el respeto desde todos los lados y hacia todos  los sentidos, que igual aunque no lleguemos a entendernos, con un poco de suerte, llegamos a no tener que lamentar barbaries.


martes, 13 de enero de 2015

aquellos taburetes rojos...

Cuando empecé a vivir sola, cada viernes iba a pasar la tarde a casa de mis amigos I y G, que por entonces eran pareja y vivían juntos en el piso de alquiler donde nos conocimos como vecinos. Ir allí me hacía sentir un poco más reconfortada, un poco en casa, un poco menos asustada, menos sola  y menos perdida. Iba y me sentaba en unas banquetas altas y rojas de diseño que tenían junto a la barra que separaba la cocina del salón del pequeño apartamento. Me sentaba en la del fondo y me giraba sobre su eje de un lado a otro con su diminuto gato en brazos, arrullándole a la vez que me mecía a mí misma con ese meneillo tan agradable de los asientos giratorios. Aquel gato canijo me adoraba, y eso que no tenía especialmente buen humor. A parte de a él, le llegué a coger cariño a la banqueta. Me sostuvo en una etapa en la que el mero hecho de mantenerme en pie era un esfuerzo.
Cuando se separaron ellos también y desmontaron el piso, I me ofreció las banquetas y algunos muebles. Le dije que no. Tenían demasiado significado para mí. Soy tonta, pero le cojo apego a las cosas materiales, les otorgo una especie de alma. Y no me apetecía meter trastos de esa época tan difícil en mi nueva casa, que estaba redecorando con esfuerzo y objetos sin pasado.
A veces me he arrepentido de haber dicho que no. Me encantan las banquetas altas tipo bar como estas. Y estas eran especialmente chulas, de plástico rojo brillante, con un diseño moderno a la vez que un poco retro, casi iguales que éstas. Y se podían regular de altura.  Supongo que en parte porque soy bajita y me gustan los asientos altos. Y en parte porque me recuerdan a esas cocinas americanas de las películas, tan grandes y con una barra en medio que las separa de la zona del salón. Por desgracia, mi cocina es la de pinypón y apenas caben dos personas a la vez. Pero oye, soñar es gratis.

El caso es que aquella época en la que yo iba a refugiarme un rato a casa de mis amigos pasó. Las banquetas rojas pasaron. Incluso ellos se separaron y ya no les veo tanto. Supongo que eso es la vida, que las las cosas sólo son cosas y que nada permanece mucho tiempo. Por eso este año he hecho propósito de no acumular tanta cosa inservible y tanto trasto en plan trapero y quedarme sólo lo que use o de verdad me guste. Curiosamente, aunque no sé dónde las metería y posiblemente la usara muy poco, me gustaría haberme quedado las banquetas rojas.

domingo, 11 de enero de 2015

El virus 2.0

El día 26 de diciembre fue la cena con mis amigos. Como no soy muy de salir y además me gusta celebrar las pocas ocasiones en las que nos juntamos todos y tal, me puse muy mona. Tan mona, tan mona, que al año que viene me pongo un traje de esquiar.  Porque los vestiditos y las medias y los zapatos igual son bonitos, pero te dejan pasmao del frío.
Total, que me resfrié. Y me pasé todas las navidades hecha un trapo con nariz moqueante, picor de garganta y congestión. Y mucho sueño, porque a mí los refriados y encima los medicamentos me dejan para el arrastre.
Y justo para Reyes ya se me pasó. Y dije, pues oye, mira qué bien, ahora que me he recuperado saldré de rebajas y podré hacer cosas y volver a mi pilates con mi profe gay que me llama chumi…
Pues no, ya ves tú. Porque ayer, de forma repentina y totalmente inesperada me empecé a poner mala. Primero se me abrió un grifo en la nariz que no había forma de cerrar. Me hice lavados nasales con agua salada y gasté tres paquetes de pañuelos. Estornudé tanto que el pobre Ron se tuvo que ir a dormir a otro sitio porque encima de mí no había manera de estar tranquilo sin que mis estruendosos e incontrolables estornudos le sacaran de su sopor. Luego empecé a tener calor. Y frío. Y calor y frío. Y calorfrío. Me fui a la cama, pero apenas pude dormir mucho rato seguido. Me dolía todo, me ahogaba con mis mocos y tenía calor si me tapaba y frío y si me destapaba. Cuando me levanté a dar el desayuno al gato, apenas me tenía en pie, tuve que ir agarrándome a las cosas porque estaba muy mareada.
O sea, que ahora he debido de pillar una gripe o algo semejante, porque esto ya no es un resfriado normal, me duele demasiado todo y me encuentro realmente mal. Además que últimamente casi no he salido, no he cogido nada de frío y ni siquiera he estado en contacto con nadie infeccioso… pero bueno, sea como sea, he pillado algún virus asqueroso. Debe ser la segunda oportunidad esa que te da la vida de la que hablan a veces, que me está ofreciendo el resfriado 2.0 para que esta vez me cure mejor.Supongo.

Así que me quedaré unas días en casita tranquila a ver si me recupero de una vez por todas. Mientras tanto, hacedme un favor y no compréis cosas chulas de la talla pequeña hasta que me recupere y pueda ir de rebajas. 

jueves, 8 de enero de 2015

80 años del Rey




Hoy hubiera cumplido (o lo ha hecho, para los más conspiranoicos) 80 años. Se hizo famoso por un frenesí caderil que llegó a estar censurado, se teñía el famoso tupé negro porque en realidad era rubio y fue un estandarte de la lucha contra las drogas a pesar de atiborrarse de ellas. Le recordamos como cantante pero apenas dio conciertos y grabó un montón de películas a pesar de ser un actor bastante malo. Fue increíblemente sensual, rozando el puro erotismo con una caida de ojos, embutido en pantalones negros y engominado, joven y ágil… hasta que se puso gordo, se disfrazó con estrafalarios trajes de tachuelas y capas mientras, sudoroso y confuso, apenas era capaz de ni de seguir la letra de sus propias canciones.
Y sus dos caras me gustan. Me gustan los personajes con un lado oscuro. Me gustan las historias con una parte truculenta. Incluso en las estrellas de la música, me gustan los finales trágicos y abruptos. Y desde luego, me gusta la conspiración y la leyenda de los muertos que pueden seguir vivos refugiados en Dios sabe dónde. Me gusta el rockabilly frenético de los 50, me gusta el soul, me gusta la voz aterciopelada y los golpes de pelvis. Me gustan los grandes fracasos y los triunfos aunque sean fugaces.
Así que, sea como sea, sigue siendo el Rey. Y hay algo en su primer rock and roll que hace mover el cuerpo aunque no quieras. Como hay algo en Suspicius Mind que me resquebraja un poco por dentro. Y como  hay algo en esta canción que me agarra de la garganta y hace que se me salten las lágrimas.



 Como soy una persona que no llora casi nunca, cuando lo hago la gente se desconcierta bastante. Y eso que casi nunca saben la razón real de mis lágrimas. Por eso no suelo escucharla en público. Porque siempre lloro y la gente no lo entiende. Y aún cuando lo intentan, apuntan lejos del blanco real. En fin, tanto da. La escucho cuando estoy sola. Cuando la angustia me supera. Y cuando efectivamente, mi mente está donde siempre aunque no deba.

Felicidades, Elvis Aron Presley, 80 añazos y sigues siendo el rey. Estés en el cielo o en algún rancho recóndito de suramérica, tu voz sigue entre nosotros. Y yo, aun con las lágrimas, lo sigo agradeciendo. 

martes, 6 de enero de 2015

conduciendo hacia lo que venga

Tenía pensado otro post para hoy. Bueno, o para hace unos días. Un post para empezar el año, vaya.
Pero luego me di cuenta, mientras iba conduciendo como de costumbre. Creo que la mitad de mis post y desde luego la mayor parte de los que son un poco más decentes han sido concebidos al volante de mi querido coche. Quizás sea porque conduzco mucho, claro. Quizás porque es un momento en el que pienso con mucha claridad. Y en el que me abro mucho a mí misma. Me creo que mi coche es una especie de cápsula de vacío, una campana de invisibilidad. Me creo que ahí dentro nada ni nadie pueden verme, ni oírme, ni tocarme, ni juzgarme. Soy más libre dentro de ese pequeño y sucio espacio que si volara en ala delta. Y ahí estaba, la Noche de Reyes, volviendo a mi casa de madrugada y escuchando a Bruce Springsteen. La canción The River siempre me devuelve a mi adolescencia. Así, pum, de golpe vuelvo a estar sentada en un pupitre del instituto, con mi compañero favorito tratando de traducirla como ejercicio de inglés. Y ahora, joder, hace media vida de aquello. Mi compañero de asiento vive en un país exótico y es profesor de yoga. Y el Boss hace ya 65 años que nació en USA.  Curiosamente, a veces siento que las cosas no han cambiado tanto. Aunque luego mire a mí alrededor y vea que sí. Es raro.
El caso, que de pronto me di cuenta de que no quería escribir el post que tenía pensado para empezar el año. Porque a pesar de estar en cambio constantemente, el 2014 ha sido un año de esos que no te dejan ni frío ni calor. Y no termino de asumir que se haya acabado. Ha sido tan sumamente rutinario, que no tengo claro cuando empezó ni cuando se ha terminado. Como cuando haces lo mismo todos los días y no sabes si es lunes o sábado. Y lo cierto es que te da lo mismo. Pues algo parecido. Ha sido un año en el que no he tenido grandes problemas ni grandes disgustos, pero tampoco grandísimas alegrías. No he dejado plantado a ningún novio, no he recuperado a ningún ex, no me han propuesto matrimonio, no he dejado todo y he salido corriendo. No me he levantado con la terrible sensación de preferir morir que seguir con la vida que llevo. Pero tampoco lo he hecho pensando que era la persona más afortunada del mundo y que tenía la oportunidad de hacer algo grande. No. Sólo he seguido viviendo y conduciendo. Día tras día, sin excesivos sobresaltos. Y aún no he decidido del todo si eso me gusta o me aterra.
Sea como sea, ha llegado el 2015. Y aún le miro de reojo, porque no me fío mucho de los desconocidos. Pero de momento parece que me quiere caer simpático. Y no le tengo miedo. Porque seguiré firme al volante. Esperando que no cambie lo que no tiene que cambiar. Y que quizás, lo que sí tiene que cambiar por fin lo haga.
Meteré primera, subiré la radio y aceleraré un poco. Lo justo para que el motor ronronee como a mí me gusta. Encenderé un pitillo y bajaré la ventanilla para que me dé el aire. Y seguiremos hacia delante.