viernes, 5 de febrero de 2016

Os traigo un regalo

San Valentín se acerca con su polémica a cuestas como todos los años. Están los que critican que ese día se haga algo especial porque el amor es todos los días. Están los solteros que se quejan porque no tienen quien les regale ni a quién regalar. Y están los encantados de la vida con la fecha, los regalos y el empacho a corazoncitos.
Ea, pues no pasa nada, yo traigo la solución para todos. Y sin llevarme nada al bolsillo más que la satisfacción de colaborar con una iniciativa solidaria y de paso, si es posible, sacar alguna sonrisa.

Los encargados del milagro de poner a todos de acuerdo son Teterum, que es una empresa social para el desarrollo y la inserción de personas con discapacidad. Podéis, debéis, entrar en su web y comprobar la labor social tan importante que hacen. De paso, si os animáis, podéis comprar los más deliciosos, naturales y artesanos tés.

¿Y qué tienen que ver ellos con San Valentín y la diversidad de opiniones al respecto? Pues muy sencillo, para los regaladores de esta señalada fecha, hay un pack especial San Valentín. Para los que creen que hay que ser romántico todos los días tienen packs diferente siempre. Y para los que no tienen pareja pero quieren felicitar ese día a todos los amigos y familiares porque el amor es mucho más que un novio, para los que creen que lo más maravilloso del mundo es regalar una sonrisa traen esta sorpresa especial...

Si pincháis en el enlace de abajo y rellenáis un cuestionario, podéis enviar totalmente GRATIS una muestra de rico té a quién queráis con un mensaje que le haga sonreír y le alegre el día, sea San Valentín o san Cobardín.

Eso sí, no podéis perder tiempo porque son unidades limitadas. Así que venga, pinchad y enviad un detalle de corazón a la persona que tenéis en mente con ese mensaje que le queréis decir.

Pincha aquí para enviar té gratis


P.D. Si me queréis enviar té gratis, os amaré fuerte, lo prometo.



martes, 2 de febrero de 2016

Popurrí

La semana pasada anduve encontrándome mal. Algunos días, incluso fatal. Por las noches unos dolores de piernas que para qué. Por el día un revoltijo de estómago y un yoquesé muy malo. Y del humor que tuve mejor ni os hablo. Incluso discutí con el Ross, cosa que es inútil de todo punto porque él odia los enfrentamientos y tiene dos opciones, darte la razón como a los locos o tratar de enreversarlo todo y volverte loco. O sea, que al final termino loca y él tan tranquilo y saliéndose con la suya de cualquiera de las maneras.
Además que hablar con él es algo tal cual:

  • Ross es que yo lo que siento es blablá. - lo que sea, da igual, rellenadlo con sentimiento al gusto.
  • Vale, ¿pero podrías darme datos numéricos?
  • No, no puedo, te digo que es algo que siento.
  • Pues demuéstramelo, dame alguna prueba empírica de que eso es cierto.
  • Pe... pe... pero que es un sentimiento.
  • Es un sentimiento basado en la nada. Básalo en algo real y entonces me cuentas.
  • ¿En qué quieres que lo base, Ross?
  • ¿Ves? Yo tengo razón, si no lo basas en nada, es un absurdo y no tiene sentido. Siente cosas, pero basándolas en datos y razones.

Y claro, saco bandera blanca. Porque no hay quien le mueva de su idea. ¿Queréis un consejo? No salgáis con físicos. En la serie de Big Bang Theory son muy graciosos pero en la vida real es bastante exasperante.

Dejando problemas conyugo-científicos de lado, el caso es que yo me encontraba mal. Y lo único que me animaba era el plan de ver a Eva y a Álter el domingo. Bueno, pues el viernes caí con un catarrazo que me tuvo fuera de juego hasta el mismo lunes que salí porque tenía que ir a ver la niña con la que me gano un chusco de pan al mes. Aún tengo la nariz pelada y de hecho escribo esto con un pegote de crema blanco pegado al hocico para que se me cure. Así que el domingo me lo pasé enterrada entre potingues mentolados, caramelos de miel y pañuelos usados, maldiciendo mi estampa por ser tan inoportuna. En fin, otra vez será. Snif, snif.


Por otro lado os digo, la votación ha sido totalmente pro-flequillo con un éxito arrollador. La semana que viene si tengo un rato me lo corto y os cuento qué tal.


Y por último, habréis leído la noticia de lo que han hecho unos grandísimos hijos de puta en un refugio canino de Sevilla llamado El Sueño de Mufie. Ni enlazo la noticia porque me muero de pena y dolor, podéis leer el fantástico post de Anusca entre otros. Tras la barbarie, piden un poco de ayuda porque este país de mierda es así y los más desfavorecidos se quedan siempre con el culo al aire. Por favor, echad una mano. Yo he contribuído con un granito pequeño, no puedo poner mucho más, pero soy una convencida de que granito a granito, se hace la montaña. Si poneís aunque sean tres euros, ya es algo y si mucha gente pone uno o dos euros, al final son muchos euros. Sólo hay que usar su paypal  refugiocaninoelsaucejo@gmail.com o hacer un ingreso en su cuenta:  ES18 - 2100 8348 7301 0006 0509 

jueves, 28 de enero de 2016

hasta el flequillo

Como os dije en el anterior post entre indignación e indignación, estoy pensando cortarme el flequillo. Lo del pelo en general lo llevo rumiando un tiempo, pero de momento paso. Me gustaría hacerme una melena media, como por debajo de las clavículas, pero voy a esperar al menos hasta después de la boda de Bombita porque quiero hacerme un peinado concreto para el que necesito mi pelazo.
El asunto ahora se centra en flequillo sí o flequillo no.
Yo soy muy pro-flequillo. De toda la vida. De hecho, cuando hice la comunión, lo primero que hice después fue ir a la peluquería, cortarme el pelo a la mitad (de la cintura a por debajo de los hombros) y sacarme flequillo. Y qué feliz y bella me veía yo con mi flequillo. Lo llevé ininterrumpidamente hasta los catorce. Pasando por la vergonzosa moda del flequillo rulero, ese ahuecado y redondo que se conseguía a golpe de cepillo, secador y laca, mucha laca, propio de la infame moda de los noventa. Luego pasé la crisis de los 15, donde me hicieron un corte horrible, me aparté el flequillo y estuve más fea que un tiro de mierda durante los siguientes años.
A los 20 me dio por los flequillos de lado, desfilados, a trasquilones y más o menos largos. Y me duraron con sus leves variaciones hasta los 27 o 28, que me separé, me dio la neura y no me corté el pelo en un año entero.
Luego en el 2012 me volvió a dar el siroco y me lo corté recto, hacia delante, muy espeso, monísimo. Me quedaba ideal, pero es un coñazo mantenerlo. Cada dos semanas me lo tengo que recortar porque se me mete en los ojos, se me enreda con las pestañas, me molesta con las gafas... que al principio me mola muchísimo pero luego me voy cansando de los problemas. Así que lo dejé crecer. Luego lo corté otra vez recto. Luego de lado. Luego largo. Y luego de lado. Así, en bucle.
La primavera pasada lo volví a cortar recto, cuando creció un poco, de lado y desde el verano me lo he dejado crecer. Ahora no hay flequillo ninguno, esos pelos más cortos ya me llegan para meterlos en la coleta o detrás de la oreja y casi se confunden con las capas. Y ya me he aburrido. Que no es que me quede mal, pero no me convence. Me estresa tanta cara al aire. Y nadie me entiende cuando digo esto. Pero yo sé a lo que me refiero.

Total, que ando bastante convencida de cortármelo de nuevo, pero por si acaso, quise recabar opiniones, así en plan sondeo electoral.

  • Ross, ¿qué te parece si me corto el flequillos?
  • Bien.
  • ¿Y si no me lo corto?
  • Bien.
  • ¿Y si me lo tiño de verde?
  • Bien, claro.
  • ¿Y si compro plutonio por internet y me ayudas a hacer una bomba atómica?
  • Sí, claro.
  • Ross, no me estás escuchando.
  • Claro que sí.
  • ¿Qué te he dicho?
  • Que te vas a cortar el pelo y que si te ayudo a comprar no sé qué por internet. Es que me hablas de cosas dispersas.

Probé con mi madre, que tampoco es un referente de coherencia, pero al menos me suele escuchar un poco más. Así que aproveché la otra mañana en el despacho mientras ordenábamos unas carpetas.

  • Mamá, estoy pensando en...
  • Mal empezamos, ¿qué majadería se te ha ocurrido ahora?
  • Comprar plutonio por internet para hacer una bomba atómica.
  • Ah, tampoco es la peor de tus ideas.
  • Mamá, escucha, que lo que estoy pensado es en cortarme el flequillo.
  • Ah, bien.
  • ¿Pero me lo hago? ¿recto o de lado? ¿O ya que estoy en este punto lo dejo y sigo sin flequillo?
  • Ehhhh... bien.
  • Genial, otra que no me escucha. Mamá, que quiero tu opinión.
  • Tú estás guapa de todas formas.
  • Ya, pero...
  • Nena, tú sabes ¿cómo se instala el programa ese de escribir en el ordenador? El de la hoja blanca.
  • ¿Word?
  • Lo que sea, el ordenador nuevo no lo tiene. Dile al Ross que baje y me lo mire.


Volví a la carga con el Ross.

  • Nene, lo que te decía el otro día del flequillo... - puedo ver en sus ojos como desconecta y su alma se va de paseo astral. - ¿A ti te gusta cómo me queda?
  • Sí, estás guapa.
  • No digo ahora, digo con el flequillo corto.
  • También estás guapa.
  • Ross, no es una pregunta trampa, de verdad quiero saber lo que opinas. Te gusto más con flequillo, sin él o con el que llevo a veces de lado.
  • … - mirada de vaca que ve pasar el tren
  • Y tu respuesta es...
  • Sí.
  • ¿Sí? - digo indignada - ¿Cómo que “sí”?
  • Ehhhh ¿No? Sí, ¿no?
  • Oye, que bajes a instalar el office al ordenador nuevo de mi madre.


Nunca le he visto darse más prisa para cumplir un recado.


Total, que como nadie me hace casito y nadie entiende lo que sufro yo en esta vida con estas cosas tan serias, recurro a vosotras a ver. ¿Partidarias del flequillo? ¿Detractoras? ¿Experiencias al respecto?

POR FABOR, HALLUDA. JRACIAS DE ANTEBRASO.

martes, 26 de enero de 2016

Indignación cuñada de cero sesenta

Una cosa que me sienta bastante mal hoy en día es la superioridad moral de algunos que parecen cabalgar sobre el bien y el mal y poseer la verdad absoluta de todas las cosas. Esos que hagas lo que hagas, te van a tachar de algo, juzgándote desde los altares de su perfección. En twitter por ejemplo la gente no para de poner verdes a sus cuñados. Que no sabía yo que a todo el mundo le toca un cuñado sabelotodo por norma, de verdad que no me salen las cuentas. Porque esos que se quejan, no sé si saben que son los cuñados de sus cuñados, o sea, que o todo el mundo es un sabelotodo-metomeentodo o me falta gente. O lo mismo los cuñados pesados a su vez tienen otro cuñado aún más cuñado y así se va creando un cuñadismo exponencial que no sé por dónde puede estallar. Por otro lado, como el Ross y yo somos hijos únicos imagino que nos asignarán un cuñado de oficio para Navidades y celebraciones familiares varias.
Ayer se me removió este tema por una canción de mierda que pone a veces el Ross para sacarme de quicio cuando encima tengo las hormonas por las nubes. El grupo de intelectuales que forman esta bella composición y otras tantas, se llaman Ojete Calor y son los mismos mongolos de Muchachada Nui y semejantes. Ya he explicado muchas veces mi rechazo por ellos, así que no me voy a recrear en el tema. Pero la canción me cabrea. Todo son frases de cerosesenta (cutres y barateras, vaya), pero al parecer ellos están exentos de todas, ellos son la hostia. Todo es mierda menos lo suyo, que es arte, humor inteligente y guay-chachi-molongui. Ay, mira, lo que sea. Que me caliento sola porque reconozco que les tengo manía. Al del bigote sobre todo.
Y la otra cosa de superioridad moral que me toca los cojones hoy en día es cuando la gente te dice “ay, qué problemas hay en el primer mundo, ¿eh?” así con una total condescendencia, como si ellos salvaran el mundo a diario ante mi impasividad. Pues mira, sí, comparados con los que tienen en Somalia o en Siria seguramente mis problemas sean una mierda. Igual que los tuyos, por cierto, que aquí penurias de verdad pasan muy poquitos. Es cierto que no trabajo en una mina, no me sobrevuelan las balas cada día, no tengo que caminar kilómetros para encontrar un poco de agua potable, no tengo que repartir un puñado de arroz entre mis cuatro hijos desnutridos. Es verdad. ¿Y qué quieres que haga? ¿Es que acaso como hay gente que está mucho peor que yo ya no me puedo quejar? ¿Puedo quejarme delante de los que están mejor? Que yo soy muchas cosas, pero no una insensible ni una superficial. Que yo hay días que no veo el telediario porque se me atraganta la comida con las lágrimas, que me hice trabajadora social por algo, que me duele el alma con las cosas que pasan, que los animales me conmueven tantísimo que sufro como una imbécil si veo una paloma atropellada. Que yo dono, colaboro y soy muy consciente de lo que pasa más allá de nuestro mundo acomodado. Pero eso no quita que no pueda quejarme porque no encuentro las zapatillas que me gustan de mi talla, porque los vaqueros que he visto rebajados no me quedan bien o que diga que tengo un cacao mental porque no sé si cortarme el flequillo o no. Que son problemas absurdos, ya lo sé, ¿pero qué hago? ¿me fustigo por no tener problemas peores? Que por cierto también los tengo, pero no gano nada por publicarlos por ahí o por estar todo el día amargándome y dándoles vueltas. Que a veces prefiero pensar en cosas superficiales y absurdas, decir cosas no trascendentales y tirar de tópicos porque no quiero meterme en polémicas o dar explicaciones a todo petete que se me cruce en el camino. ¿Me convierte eso en cuñada, en parafraseadora de cerosesenta, en imbécil o en insensible? Pues mira, igual sí, porque me la pela mucho.


Y ahora me voy a mirar fotos de cortes de pelo a ver si me decido a meter tijera o no. Coño ya.  

viernes, 22 de enero de 2016

El amor frustrado y spameado

La otra noche mientras el Ross roncaba en la cama y Ron se había montado un nido con su manta entre mis piernas, yo, tirada en el sofá, curioseaba por internet. Al principio de vivir juntos, traté de ser buena mujercita y acostarme con mi maridito, pero a la segunda semana estaba muy de los nerviecitos porque yo no puedo acostarme a las 12 de la noche. Es superior a mis fuerzas. Así que le doy muchos besitos de buenas noches y me quedo tan fresca leyendo y escribiendo. Los dos somos más felices así porque mi estado de ánimo es francamente mejor que si tengo que pasarme cuatro horas dando vueltas en la cama sin dormir.
Decía que estaba mirando cosas sin importancia cuando me llegó un correo. En inglés. Mi profe de la lengua de Shakespeare siempre nos insiste en que hablemos y leamos todo lo que podamos porque nos ayudará a mejorar rápido. Y bueno, hasta que estrenen Juego de Tronos y me ponga a recitar juramentos como una loca de la pradera, algo hay que hacer. Así que lo abrí. Y era un oficial de la marina de los USA que quería entablar relación de amistad conmigo. Oiiiiiigggghhh... un oficial de la marinaaaa... con su uniforme blanco y su gorra y esas cosas tan monaaaaas... qué bieeeeeen. Igual es un oficial y caballero o algo de eso. Y a ver, que sí, que yo quiero al Ross y tal, pero un oficial de los USA, es un oficial de los USA y no se le puede hacer un feo. Que además igual sabe secretos de estado o cosas de esas de la CIA o qué pasó con el caso Roosvelt o quién mató a Kennedy. Que los americanos son muy interesantes. Y hablan inglés. Sí. Eso. Que se me olvidaba el tema del inglés.
El caso es que me leo el correo. Hola, qué tal te va todo espero que bien, yo soy un oficial de la USA que quiero entablar amistad sincera y profunda, blablá. Qué orgullosa estoy de mi inglés, madre mía, qué bien le entiendo, ¡lo nuestro va viento en popa! Me gusta nadar y cocinar (esto está bien, tendrá anchas espaldas de nadar y hará barbacoas sin camiseta de esas que hacen los yankis, porque a ver qué otra cosa sabe cocinar esta gente). Puedes escribirme a mi correo personal y podremos intercambiar fotos para conocernos mejor. Fotos, qué bien. Seguro que es rubio y alto y guapo. Así en plan fornido con sus anchas espaldas, su pelito corto, sus ojos azules como el mar y el uniforme, sobre todo el uniforme. Qué mono él. Y hablando inglés, ojo.
Entonces veo su correo y su firma al lado... “Mery Beth”. ¿Cómo que Mery Suputamadreteníauncorderito? Así que es una tía. Bah, fijo que es fea y machuna. Que le gusta nadar, dice. O sea, que tiene unas espaldas dignas de cargar sacos de papas. Y que le gusta cocinar. Mira, hermosa, a mí me enseñó mi bisabuela a guisar, no me ganas tú ni haciendo bocadillos. Además, veo más abajo que es soldado. ¿¿Soldado?? O sea, pringada. Esta no sabe secretos de inteligencia ni nada. Cuando era un hombre yo imaginaba un oficial todo chulo, de rango alto y con uniforme impecable. Soldado suena a uniforme verde caqui lleno de mierda y a botas feas. Suena a gente que repta por el suelo y que se pringa de barro. Mira, Mery Beth, que no me interesas. Que seguro que no hablas inglés en condiciones. Vete a cantarle lo del corderito a otro pastor.

Bromas a parte, me pregunto por qué siempre los correos de spam en los que alguien está deseoso de conocer amigos la interfecta es una mujer. ¿Es que los hombres están tan desesperados que pican? ¿Es que las mujeres no tenemos fantasías con rusos de familias ricas que quieren que gestionemos sus millones o con marines que nos dejen ponernos sus gorras a lo final de peli romántica? ¿No es esto un caso de micromachismo de ese? ¡¡Exijo mi correo spam con hombres ardorosos de exóticos países y extrañas lenguas que quieran ser mis amigos o entregarse a mis sucias pasiones!!


En fin, por suerte el Ross es alto, rubio, tiene los ojos verdes y la espalda bien hermosa de jugador de rugby. Ahora sólo tengo que encontrarle el uniforme molón. Y hacer que deje de roncar, ya de paso.

miércoles, 20 de enero de 2016

Corolario

Parece que mi último post os ha tocado la fibra. Supongo que en parte todos nos hemos sentido desplazados en algún momento, nos han tratado mal o nos han hecho sentir marcianos.
Por si os sirve de algo, como ya he dicho en los comentarios, en cuanto salí por la puerta del colegio, dije adiós para siempre a toda la panda de mamarrachos. Recuerdo el día de la fiesta de despedida que una de las más guays e hijas de puta de mi clase, que me odiaba desde pequeñas porque le gustaba un chico al que le gustaba yo, me vino de buenas. Me dijo que ya había pasado todo y que podíamos ser amigas. Le sonreí, me acerqué a ella y le dije, muy bajito y con mi mejor sonrisa de psicópata que si nos encontrábamos por la calle, se cambiara de acera. Obviamente, no me volvió a saludar.
Con esto quiero deciros que sí, lo pasé mal, que hubo rachas que lloré y pataleé en mi casa, que hubo momentos en los que pedí que me cambiaran de clase porque curiosamente, con las chicas del B y el A me llevaba bien. Que hubo años enteros que me pasé los recreos sola, leyendo o hablando con las profesoras. Que sí, que fue chungo. Pero no tengo trauma. Siempre fui de carácter fuerte y no me afectaba tanto como pudiera parecer. Y desde que a los nueve años descubrí el Pueblodelsur, me dio más igual todavía. Además también tuve a esos pocos amigos con los que pasé buenos ratos. En las excursiones me juntaba con los de las otras clases. Y nunca tuve miedo. Les plantaba cara y nunca llegó la cosa a mayores porque al no achantarme, les dejaba sin armas. De pequeños sí nos cascamos más de una vez, pero nada serio. Y de más mayorcitos, pues nada, pelotera va, pelotera viene y santas pascuas. Yo sabía que aquello acabaría más pronto que tarde y los nuevos proyectos me ilusionan, así que a pesar del miedo normal, llegué al instituto con ganas de cambiar de vida. Y lo hice. Allí conocí amigos, lo pasé en grande, me apunté a un bombardeo, empecé a salir, a divertirme y a ver lo que siempre sospeché, que no era mi culpa. Que había sido mala suerte por estar rodeada de imbéciles. Así que, aunque aún me lleven los demonios cuando me acuerdo de ciertas cosas, es una parte de mi pasado más remoto del que no me acuerdo apenas.
Y, no nos engañemos, yo era una niña muy rara. De lo que más se me acusaba siempre en mi colegio era de ser diferente. Me lo decían como algo ofensivo. ¿Por qué tienes que hacerlo todo diferente? ¿Por qué te gustan/lees/escuchas música/haces siempre todo distinto a nosotros? Pues porque no soy como vosotros. Y recuerdo que me llenaba de una extraña satisfacción. Porque les veía y me parecían tan vulgares, tan comunes, tan simples, que me alegraba que no me vieran como una más. Así que me regodeaba en mi rareza. A ellos les reventaba que encima estuviera orgullosa. Yo me sentía Galileo diciendo “y sin embargo se mueve” (sea o no cierta esa anécdota histórica, el caso es el sentimiento).
Así que, enfados a parte, me enseñó más de lo que me traumatizó el asunto. Aprendí a ser fuerte, a crecerme ante la adversidad, a gustarme a pesar de las críticas y a que me resbalase la opinión ajena. Aprendí que el entorno es sólo un contexto que se puede cambiar y que no determina lo que eres. Aprendí que saldría adelante fueran como fueran las circunstancias. Y sobre todo, aprendí que todo se pasa y que nada está escrito, que todo puede cambiar, sobre todo a mejor.


Y ya que me he acordado de cosas que tenía olvidadas, igual un día os cuento mis momentos estelares, como cuando inmovilicé al chulito de clase contra el suelo, cuando gané el concurso de relatos o cuando lié un motín en clase y una monja me apodó como la manipuladora de mentes.

lunes, 18 de enero de 2016

La pataleta por facebook

A veces creo que el infierno es un lugar en el que estás obligado a estar conectado a facebook constantemente, pero todos tus contactos son gente que odias.
Yo muchas veces ya he expresado mi poca simpatía por esta red social. ¿Por qué la tengo entonces? Pues por un tema práctico. Hay gente que antes tenía blog pero ya no, gente que vive lejos, gente que aprecio, gente a la que no quiero perder de vista. Y sí, wasap, el teléfono, blablá. Que al final nunca sacas tiempo y no lo haces. Así que tengo facebook para esas personas. Lo que pasa es que luego se te van colando individuos de diversas especies. Yo soy selectiva de la hostia para aceptar amigos. Nadie que no conozca, nadie con quien no me pueda parar a hablar si nos encontramos, nadie que me caiga mal, nadie que pueda tocarme la narices. Y aún así, de los que tengo, muchos tienen el acceso a mi información restringido, o sea, que se creen que somos amigos, pero no. Y aún los que tienen acceso a todo, pueden decir que publico poquísimo, que apenas comento nada y que no dejo que se me etiquete en cosas raras.
Bueno, pues a pesar de todas estas precauciones siempre llega un gilipollas y te amarga el día.
Muchas veces he contado también que fui muy infeliz en el colegio al que fui de pequeña (ejemplos aquí y aquí). Las monjas eran por lo general súper majas, el nivel académico era bueno, yo era buena estudiante (no brillante, pero sí buena) y la verdad es que hubiera tenido pocas quejas de no ser porque mi clase estaba llena de gilipollas. Así de duro. 40 niños y 35 gilipollas profundos. Lo bueno es que esto empezó a darme una idea de lo que era el mundo real y a partir de ahí casi siempre me sorprendo gratamente. De los cinco que no éramos subnormales, tengo una amiga, un chaval al que me hace ilusión encontrarme de vez en cuando y un par de ellos que ni fu ni fa pero bueno, hola y adiós si se diera el caso. Los otros 35 restantes por mí se pueden ir a la mierda en barca y naufragar.
No voy a insistir en contar las perrerías que me hicieron, los 10 años de mierdas, de acoso, de ser siempre el blanco de sus burlas, sus bromas y sus tonterías. Ya lo he contado en otras ocasiones y lo mismo me da a estas alturas. Pero no les perdono. Si no fuera porque tengo un carácter totalmente inquebrantable, me hubieran hundido. Y fueron 10 años. Que se dice pronto.
Bueno, pues el otro día uno de los tres que tengo aceptados en facebook comparte una foto que a su vez ha colgado una monja del colegio en la página oficial donde salimos todos en 4º de EGB. Y me llevan los demonios una vez más. Porque me jode que se pongan fotos mías sin mi consentimiento, porque me cabrea ver la cara de tristeza que tengo, porque me revienta ver los comentarios de las que eran guays de turno diciendo lo felices que éramos y los buenos recuerdos que les trae. Hijas de puta.
Total, que me reposeo por los siete infiernos y pongo un comentario de lo más moderado para mi estado de cabreo y digo que no me parece bien que se publiquen fotos de menores (o lo que fueron menores en ese momento) y más sin el consentimiento de esas personas. Y aquí viene lo más indignante del asunto, ¡¡¡va la monja y lo borra!!! No borra los comentarios chupaculos de lo happyflower que eran los demás, borra el mío porque no le gusta. Me cago en la leche puta que han mamado todos, incluída esa monja a la que por cierto no recuerdo. Yo quiero mi derecho a la pataleta y a decir que no me gusta. Quiero mi libertad de expresión que durante esos 10 años tantos enemigo me trajo. Quiero decir que no fui feliz, que me putearon y que nadie dio importancia a mis quejas. Quiero decir que no me trae buenos recuerdos, que me amargaron la infancia. Quiero decirlo y quiero que no me lo borre nadie, sea quien sea.
En fin, una vez pasado el trance del mosqueo paso un poco a la indiferencia. Son todos unos tristes que echan de menos el colegio porque no han vuelto a hacer nada de importancia en su vida desde que preparaban el baile en el recreo para que los chicos las mirasen. Por eso lo echan de menos, porque después de aquello no han vuelto a ser guays en su puta vida. Porque son una panda de chonis y canis con veinte hijos sin oficio ni beneficio. Y la monja publicadora de fotos quiero pensar que no lo ha hecho con mala intención. Que realmente quería dar a quien lo pide un recuerdo de su infancia. Y que borró mi comentario porque prima el buenrollismo por encima de la verdad, cosa que no me sorprende habiendo conocido ese colegio desde dentro.

Así que mira, vuelvo a mi estado de pasotismo. Eso sí, todo aquel que estudió en ese colegio menos la única amiga que tengo, bloqueados de facebook. Y a tomar por el culo. Panda de anormales de los cojones.