miércoles, 2 de septiembre de 2015

Histeria arácnida

Últimamente no estoy de muy buen humor. Entre las cosas que se rompen, las que amenazan con romperse y mis problemas hormonales, digamos que estoy lo que popularmente se conoce como insoportable. Y bastante alterada. Las fábricas de valeriana se están forrando conmigo y hay días que para conseguir pegar ojo aunque sean tres o cuatro horas me tengo que chutar medio lorazepam. Y no paso de medio porque no le quiero coger el gusto. En fin, lo que sea.
El caso es que hace un rato estaba dispuesta a verme unos cuantos capítulos de Juego de Tronos que es de las pocas cosas que me calman, cuando compruebo que el capítulo no va acompasado con los subtítulos y que no hay más opciones, así que tengo que descargar otro capítulo completo. Me cago en todo, me acuerdo de Megaupload con lágrimas en los ojos y respiro hondo. No alterarse, no ponerse nerviosa. No pasa nada.
Y estoy haciendo mis ejercicios de respiración que no sirven para una mierda cuando veo que Ron se aplasta contra el suelo cual león en la sabana y que empieza a menear el culo. Los que tenéis gato sabéis a lo que me refiero. Los que no, os informo: ha visto algo y lo pretende cazar. A veces es un bichejo, a veces es uno de sus juguetes, a veces eres tú, a veces es la nada. Yo por si acaso suelo mirar qué está cazando mi fierecilla, porque además Ron no suele fallar y si me descuido me trae ricos trofeos, como media lagartija o la cola de una salamanquesa o un moscardón mordisqueado y espera que deguste tan exquisitos manjares. Por desgracia esta vez era una araña. Una bien gorda y bien fea y bien me cagoensuputamadre. Obviamente no le he dejado cazarla porque le puede picar. Así que le he cogido en volandas mientras el bicho del infierno caminaba por el ángulo entre el suelo y la pared donde no puedo matarla. Sin perder de vista las ocho patas asquerosas he encerrado al gato en el baño y he tratado de recordar donde está el flis matabichos... que evidentemente está en el baño donde Ron estaba afilándose las uñas en mi alfombrilla. Y mientras, la puta araña, de paseo por mi casa. Oiga, que no la ha invitado nadie. Qué mala educación, por dios.
Por fin, se ha puesto en el suelo y he ido a pisarla con decisión. Hay quien dice que le da asco. A mí no, ninguno. Lo que no quiero es acercarle mi mano ni dar la oportunidad de que sobreviva y se vengue. La quiero muerta, muy muerta y requetemuerta. Pero la desgraciada debía ser prima de Messi o algo porque me ha hecho un regate y se ha intentado colar por debajo de la puerta del baño. Y ah, no, querida, por ahí sí que no. A mi Ron no se acerca nadie. He abierto la puerta y... ni rastro. Me doy la vuelta sobre mí misma, miro a Ron, sentado en la taza del váter mirándome con toda la curiosidad gatuna el mundo... y nada, no hay araña.
Creo que ese, justo ese, ha sido el momento donde mis nervios se han disparado por completo. La araña era bastante grande, no es como para perderla de vista. Pero era más o menos del color de mi suelo, así que podría estar camuflada. Podría haberse colado por una rendija del parquet que está un poco regulero. Podría haber trepado por mi pie y... me he quitado las chanchas y las he sacudido con furia. Me he quitado toda la ropa, la he sacudido y apaleado. Me he frotado el pelo hasta quedarme casi calva. Y nada. Entonces he pensado de nuevo. Genial, estoy en pelotas, descalza, despelujada, gritando improperios, con un gato que no sabe si estoy jugando o me he vuelto definitivamente loca y la araña sigue suelta por ahí. Mi vida no podría ir mejor en este momento.
Por suerte, al ponerme las chanclas y darme la vuelta para recoger mi ropa la he visto, viniendo por el suelo directa hacia mí. Atacando por la espalda, la muy cochina rastrera. Así que he gritado “¡¡¡¡Ahora sí que vas a moriiiiiiiiiiiir!!!!” y me he lanzado contra ella con mis 45 ridículos y escasos kilos. Por suerte han sido suficientes y ha quedado reducida a un amasijo de patas y un gurruño de cuerpo contra mi suela. Ahora la chancla está en remojo con lejía y yo por si acaso no venía sola, he inspeccionado la casa y gaseado los puntos potencialmente conflictivos con flis. Parece ser que era un lobo solitario de esos que dicen en las noticias, pero no me fío. Seguiré alerta por si acaso.

A ver si al menos, se ha descargado el capítulo de Juego de Tronos en este tiempo porque ahora mismo tengo la adrenalina como para salir yo misma a liarme a espadazos contra los Lannister.  

viernes, 28 de agosto de 2015

Huir

Me hace gracia cuando la gente te dice con tono acusador que lo que estás haciendo es una huida hacia delante. ¿Pues qué quieres que haga si no? ¿Huir hacia atrás en mi máquina del tiempo? ¿Huir de lado haciendo un Zoidberg? ¿La ya tan manida pero siempre cómica idea de huir haciendo la croqueta? Y ya, ya os veo venir, que el problema es que el hecho de huir.
A ver, sé que las huidas tienen mala prensa. Quedas como un desertor, un cobarde, un pringao. Pero yo creo que hay momentos en los que lo mejor que puedes hacer es darte media vuelta e irte. Yo soy de naturaleza batalladora, soy fuerte, persistente, tenaz y no me suelo dar por vencida. Pero llega un punto en el que te das cuenta de que estás luchando en la nada, que estás como la Armada Invencible tratando de plantar cara a los elementos que te son hostiles. Y entonces, si eres lo más mínimamente inteligente debes parar un segundo y decir, ¿pero qué coño estoy haciendo? Que igual no merece la pena este desgaste tan tonto y estoy haciendo el capullo, oyes.
Y ese es el momento de dejar de darte de hostias contra la nada, de dejar de darte cabezazos contra un muro y darte media vuelta. Y sí, huyes hacia delante. No huyes corriendo con el rabo entre las piernas, sólo te vas, te alejas, te apartas de esa batalla que no ibas a ganar nunca y posiblemente tampoco a perder pero en la que te estabas dejando la salud, la paciencia, las fuerzas, las ganas, la alegría... la vida.
Y una vez puesto a irse uno, pues que sea hacia delante. Vamos digo yo. Que es el lema el blog. Si esto fuera Juego de Tronos la casa Naar viviría en el sur, en tierras cálidas, seríamos famosos por nuestras comidas y nuestras siestas, tendría un gato como estandarte y nuestro lema sería “no hagas el calimero y tira palante o te arreo dos collejas, hombreyá”. Me temo que no fuéramos muy populares, pero bueno, tampoco aspiramos al Trono de Hierro ni pretendemos ser ricos como Lannister. Sólo queremos estar tranquilos y a nuestra bola.
Al igual que en mi vida real, parece ser que en Juego de Tronos también sería una marginada. En fin, creo que es mi destino, estar sola y pertenecer al clan de los primos. Y es bueno asumirlo de una vez por todas.

Sea como fuere, estoy pensando seriamente huir de una lucha que lleva abierta en mi vida más de una década. Y ya empieza a ser suficiente. El problema es que más de una vez la he dejado, agotada, exhausta, en los huesos. Pero luego he vuelto. Más armada, más fuerte, con nuevas técnicas de guerra. Creyendo firmemente que esta vez ganaré, que será la definitiva, que ya nadie va a poder conmigo. Y lucho a brazo partido, lucho, lucho... y tras quedar de nuevo agotada y en los huesos, compruebo que he obtenido los mismos pésimos resultados. Y ahora, los años, la madurez, la mierda de la edad, las repetidas experiencias y los muchos fracasos me están haciendo plantearme que quizás esta batalla no conduce a nada. Que es la guerra de los cien años de Naarlandia. Y que por muchas veces que vuelva, por muchas técnicas que idee, por muchas armas nuevas que invente, por mucho que me fortalezca... siempre va a pasar igual. Así que me planteo si seré capaz de hacer una huida hacia delante y no volver a mirar atrás. Porque es una historia que no se va a zanjar nunca. Y de la que no soy capaz de desprenderme. Siempre vuelvo, siempre la retomo, siempre creo que si cambio la táctica, esta vez me saldrá bien. Porque hay algo, hay alguna mierda en mi interior que me arrastra a luchar una vez tras otra. Pero no es verdad. Nunca saldrá bien. Sólo tengo que convencerme de ello, asumir quién soy, asumir lo que no puedo tener y seguir caminando.  

domingo, 23 de agosto de 2015

Por favor, basta de gafe

No me suele gustar el mes de agosto, mis padres se van, todo el mundo está de vacaciones y yo me quedo aquí como una pringada subiendo y bajando persianas y con demasiado tiempo libre para pensar. Por suerte está Ron, que está de lo más contento con las noches algo más frescas y con la idea de que vivo por y para él sin apenas distracciones.
Y bueno, todo eso no está tan mal si las cosas se mantienen más o menos en su sitio. El problema es que este año todo es un caos. Parece que me ha mirado un tuerto o he roto quince espejos, porque estoy de un gafe que da gusto. Y al principio eran cosillas tontas, como que se me rompió la correa de mi reloj favorito o me cagó un pájaro en la cabeza. Pero el tema ha ido subiendo de tono.Ya tengo hasta miedo de moverme, la verdad.
La cosa empezó con la luz trasera del coche. Que estaba oxidada y no sé qué y había que cambiarla. Por tratar de ahorrarme dos duros porque estoy tiesa, me compré el foco para cambiarlo yo. Problema: comprarlo barato no fue tarea fácil. Tuve que buscar en mil sitios y terminar yendo a Orcasitas unas veinte veces. Me perdí en Orcasur y mira que he trabajado en los barrios más chungos de Madrid, pero nunca he visto cosa igual. Era como una capítulo de callejeros en directo. Ese “paseo” hizo que el sitio de los repuestos estuviera cerrado porque llegué tarde y tuve que volver al día siguiente. Luego me habían traído sólo la mitad de mi pieza y tuve que volver de nuevo por tercer día consecutivo.
Mientras tanto, el disco duro externo donde tengo TODO se me dio un golpecillo y dejó de funcionar. Me dio un infartito y le tengo puestas velas a todos los santos y les rezo a los Siete para que al final pueda sacar la información porque si no, estoy jodida. Pero bien jodida.
A todo esto, no sé si como consecuencia de los soponcios o sólo por diversión, mis ovarios y mis hormonas se están haciendo fuertes en mi contra. Hace años me diagnosticaron una leve endometriosis, pero me temo que ya no sea tan leve. Esto ha provocado que en menos de tres semanas tenga varias hemorragias y en dos ocasiones el asunto se ponga feo y termine con el baño al estilo del ascensor del hotel de El Resplandor. Lo divertido es que como estoy sola, pues en lugar de irme a urgencias o algo, pues cojo estropajo y bayeta y me paso la siguiente hora limpiando sangre de mi estúpido baño de impolutos azulejos blancos. Creo que a estas alturas tengo destreza suficiente para matar a alguien y no dejar rastro. Yo sólo lo digo.
Lo más gracioso es que uno de los días, después de haberlo limpiado de arriba a abajo, me di un golpe con la repisa de cristal donde tengo mis potingues y dejando de lado el dolor y la pequeña brecha, se me cayó todo por ahí rodando y puse el lavabo, el espejo y la mampara de la ducha perdidos de sombra de ojos de diversos colores, cremas y demás cosas pringosas. Por supuesto, los soportes de la repisa están deformados porque son una mierda y no la puedo volver a colocar, así que ahora tengo mil trastos por ahí desperdigados y dos bonitos agujeros en la pared.
Y para colmo, no sé qué coño le ha pasado a la radio del coche que ha dejado de funcionar. No sé si es la radio en sí, un problema eléctrico o qué, pero de un día para otro, nada. Y claro, para mí un coche sin música no tiene ningún sentido. Mañana trataré de ir al taller o de prostituirme con un mecánico o de invocar a algún espíritu ancestral que repare cosas.

Mientras tanto, creo que hoy voy a quedarme muy quietecita. Hoy, mañana, pasado y hasta que la mala racha se vaya porque empiezo a estar hasta las narices. Y porque creo que me estoy resfriando. 

lunes, 17 de agosto de 2015

El apocalipsis zombi vecinal

Hace ya unos cuantos años, cuando vivía en el piso de alquiler con el Desequilibrado, en verano empezó a oler mal en la escalera. Como allí vivíamos en una especie de comuna todos los vecinos, nos dio por comentar entre risas que quizás el vecino juerguista del ático se había muerto en una de sus fiestas y estaba ahí pudriéndose y convirtiéndose en zombi. No sé por qué, a la única a la que le preocupó esto seriamente fue a mí. Quizás por mi miedo irracional a los zombis, quizás porque mi cerebro era el más jugoso de aquel edificio de locos y era la única que realmente podría perder algo valioso si el vecino volvía del más allá a comérselo.
Sea como fuere, el vecino juerguista resultó estar vivo y pasando unos días en Mondoñedo. El mal olor procedía de casa de la vecina pirada del otro ático, que dejó un montón de comida en el frigorífico antes de irse de vacaciones y cuando saltaron los plomos de la casa se echó a perder. Ni qué decir que cuando volvió de donde estuviera tiró el frigorífico entero, procedimiento que se llevó a cabo a las tres de la mañana con la ayuda del Desequilibrado y de mis amigos I y G. Yo de paso dí una vuelta por la planta de arriba para cerciorarme de que no había zombis. Por suerte, sólo había muchas moscas, que son asquerosas pero no devoran cerebros.
Esta bonita anécdota viene a cuento de que hace una semana empezó a oler mal el ascensor de mi casa actual. Mal, fatal. Lo primero que pensé es que alguien había bajado una bolsa de basura de esas chorreantes y había dejado un asqueroso rastro, aunque no había huellas delatoras. El caso es que me metí la nariz en la camiseta y recé para que aquello se disipara cuanto antes. Cuando volví de mis quehaceres, aquello olía peor si cabe. Así que al día siguiente, a la que fregué mi casa, le dí una pasada al suelo del ascensor y eché ambientador. ¿Asunto arreglado? Nada más lejos. La peste persiste día tras día. Para colmo me di cuenta de que estaba sola en el edificio. Los Roncadores de enfrente están fuera, Pregoneros del segundo también, la chica del perrito estúpido del primero se fue hace unos días y el tipo de las muletas al que confundí con un ladrón también. O sea, que soy la guardiana del muro. Y no hay nadie que saque la basura ni que pueda provocar peste nada más que yo. Y yo no soy, os lo garantizo.
Durante días el olor me ha vuelto loca. He limpiado y gaseado el ascensor con ambientador. He subido por las escaleras esnifando cada puerta a ver si venía de algún piso. Y nada. No parece que haya muerto ningún vecino ni que se estén convirtiendo en zombis ni que se les haya estropeado el frigorífico y su contenido se haya vuelto una lava primigenia de fetidez.
Al final me dio por pensar que lo mismo es que ha caído algo en el hueco del ascensor. Una paloma. O una rata. O un ñu. Lo que sea. Algo que se ha muerto ahí y está zombificándose y pestificando toda la comunidad. Pero claro, como no hay vecinos, a nadie parece importarle el tema. Más que nada porque desde el pueblo, la playa, Mondoñedo, o donde quiera que estén, no se enteran de un carajo. Cualquiera explica a los de Dorne que en el muro están luchando contra caminantes bancos. Así que una vez más me veo sola ante los zombis sin que nadie esté dispuesto a ayudarme a defender mi valiosísimo cerebro.
Por fin ayer por la tarde me encontré con Pregonero del segundo, que por cierto es al que ataqué con una pinza. Estaba sacando algo del trastero y desde una distancia prudencial me cercioré de que no fuera él el zombi. Pero no, parecía bronceado y saludable. El muy cabrón. Le pregunté si sabía por qué el ascensor olía así de mal. Un poco a bocajarro, sí. El tipo se encogió de hombros y me contestó con desgana.

  • Ah, sí, ya. Eso es que alguien ha sacado la basura chorreando y...
  • No, no es eso, ya lo he pensado y no puede ser porque no hay nadie en la comunidad más que yo.
  • Bueno, pues habrás sacado la basura chorreando y...
  • No, no he sacado ninguna basura. Lo primero es que lleva oliendo así una semana. Si fuera de sacar una basura ya se habría quitado. Lo segundo es que he limpiado y echado ambientador. Así que no.
  • Pero es que huele a basura.
  • A ver, huele a algo orgánico en descomposición. Pero no puede ser ninguna basura, yo he pensado que quizás haya caído una paloma y se haya muerto o...
  • Yo es que más bien creo que es lo de la basura.
  • Joder, que no. Que he estado sola en la comunidad diez putos días. Y si hubiera sido yo no te preguntaría. Además de que he limpiado, no sé si me estás escuchando. Tiene que haber caído algo o …
  • Pero la basura... - dale perico al torno.
  • Lo que hay que hacer es llamar al técnico del ascensor. - sentencio sin dejarle terminar. - Porque es insoportable. Así que llama y que venga y lo mire.
  • Ya, sí, bueno. Pero es que es domingo.
  • Llama mañana.
  • Pero es agosto, igual no viene nadie.
  • ¿Cómo que no viene nadie? Pagamos una burrada de seguro para que vengan por cualquier incidencia cualquier día las 24 horas.
  • Ya, pero en agosto...
  • Ni agosto ni leches, llama y les dices que vengan. Llamaría yo, pero tienes el teléfono tú, que eres el presidente y tienes los papeles de la comunidad. Así que llama. - me falta añadir “es una orden”
  • ¿Y qué les digo, que ha sacado alguien la basura y...?
  • ¡¡¡¡JODEEEEER!!!! ¡¡Que no es la puta basura, coño ya!!
  • Pero si les digo que huele a basura y...
  • Diles lo que te dé la gana. Pero que vengan y lo solucionen. Y como me vuelvas a decir lo de la basura, no respondo, que van veinte veces que te lo explico.

Con las mismas salí y di un portazo. Qué difícil es hacerse entender con mongoloides de este calibre.

De verdad que no me extraña que no les acojone el apocalipsis zombi porque esta gente no tiene nada que perder ante el ataque de los come-cerebros.  

jueves, 13 de agosto de 2015

Persiana arriba, persiana abajo

A veces creo que agosto es lo que pasa entre que subo y bajo los toldos y las persianas de casa de la gente que se ha ido de vacaciones. Y ya de paso riego las plantas.
Hace años yo era una persona normal que en agosto se iba al pueblo, iba a la piscina, comía pipas en el parque y salía por las noches con mis amigas. Pero no sé muy bien qué pasó, que crecí y ahora es un mes en el que las responsabilidades se multiplican a la vez que todo el mundo se va y “ya que te quedas hazme el favor”. Porque claro, mis padres tienen que coger vacaciones del 5 al 20 por temas laborales. Y yo me quedo con mi gato y echando un ojo a mis abuelos. Pero ya que estoy aquí, vigilo la casa de mi madre. Y ya que me quedo, la de prima Amai y primo de Bilbao. Y ya que me quedo, la del Ross la semana que él se va.
Así que voy de casa en casa, regando plantas y subiendo y bajando toldos y persianas. Porque a todo el mundo le entra la paranoia de los robos y los malvados ladrones que vigilan si subes o no las persianas para ver si estás y entrar a llevarse todos tus bienes. Que digo yo que vaya ladrones con montón de tiempo libre, oye, que no tienen nada mejor que hacer que mirar las ventanas de la gente.
Por suerte ayer descubrí que no soy la única pringada que se queda en Madrid haciendo esto. Mis vecinos no están, que por cierto, bendita tranquilidad la que se respira en mi edificio sin madres gritonas ni niños alocados haciendo rally por el pasillo. Así que en medio del silencio de una siesta veraniega, oí que abrían la puerta de enfrente. Me asomé a la mirilla por si era ese malvado ladrón que llevaba apostado en la acera de enfrente desde el día 1 de agosto vigilando las persianas y por fin había decidido entrar a robar el paquete de galletas sin gluten que la niña de enfrente se dejó abierto y olvidado sobre la encimera de la cocina. Pero no, era una chica normal, sin pinta de querer llevarse nada. Y con llaves. O sea, una yo, una pringada que ya que se quedaba en Madrid sus familiares y amigos decidieron endosarle una tarea absurda. Efectivamente entró, subió las persianas, el toldo de la terraza, supongo que regaría las plantas y luego volvió a bajar todo a cal y canto y se fue con las mismas. Así que esa pinta absurda tengo yo en el edificio de mis padres, en el de la prima Amai y en el del Ross. Lo bueno es que seguro que el ladrón estaba mirando justo en el preciso momento de persiana arriba – persiana abajo y desistió de su intento de venir a llevarse nada.
Y digo yo que bastante chungo es estar en Madrid en pleno mes de Agosto, cuando no hay nadie ni para tomarse una maldita caña como para encima obligarnos a hacer estas cosas. Anda y que se pongan un sistema de esos de domótica como el de Somfy, que queda muy chulo en plan casa del futuro y que se suban y se bajen las persianas y los toldos solos a las horas que tú los programes de forma un poco más coherente que el sube-baja que hacemos la gente a la que nos piden el favor. Así los pringados que no podemos coger vacaciones podremos estar libres de esas tareas y dedicarnos a hacer esas cosas que nunca se pueden hacer en Madrid porque hay demasiada gente, como ir en coche al centro, sentarnos en el autobús o hacer un tour por todas las tiendas que te gustan y están cerradas por vacaciones.


sábado, 25 de julio de 2015

Hasta que nos riamos de nuevo

Una de las cosas que más me gustan en cuando alguien en un comentario, en twitter, en un mail, o del modo que sea, me dice que le he hecho reír con un post, que se ha divertido leyéndome, que le ha hecho gracia cómo he contado algo. Me da la estúpida sensación de que mi vida (por lo general insulsa) sirve para hacer algún bien a alguien, aunque sea un ratito, aunque sea ese segundo que los labios empiezan a curvarse en una sonrisa.
El problema es que llevo unos días un poco de bajoncillo. Que no pasa nada, que no me ocurre nada. Pero no tengo con qué hacer reír a nadie porque yo misma no tengo ganas de descojonarme de la vida. Es el verano, el aburrimiento, las noticias chungas, la muerte de un amigo de la infancia, la claustrofóbica sensación de no tener vacaciones, ni escape, ni huida. Es ese silencio, ese dolor, ese vacío de sentirte sola, incomprendida y asustada aunque haya gente a tu lado. Es el todo y la nada.

El caso es que ya que no me cojo vacaciones de verdad (ni de mentira ni de ningún tipo) me voy a tomar un pequeño descanso del blog. No mucho, quizás una semana o dos o tres. Lo suficiente como para encontrar algo que me haga gracia. Y cuando lo haya, que lo habrá, volveré y lo contaré. Y nos reiremos todos. O lo intentaremos al menos.

Mientras tanto, cuidaos mucho, no salgáis en las horas de más calor, poneos protección solar, bebed mucha agua y blablablá.
Hasta que nos riamos.


domingo, 19 de julio de 2015

Las fases del duelo (cosas que están mal 2)

Todo el mundo sabe lo de las fases del duelo. La negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Hay quien pasa más tiempo en unas que en otras, hay quien se salta alguna. La psicología no es una ciencia exacta, las personas no somos una ciencia ni somos exactas. Somos una amalgama de puñetas que apenas sabemos manejar.
Cuando mi madre me dijo la otra anoche que había muerto AD, el chico guapo, lo primero que hice sin darme cuenta, fue negarlo. Seguro que era un error. Una confusión. No hombre, no, cómo iba a haberse muerto. Seguro que era un malentendido. Quizás hubiera tenido un accidente, sí, pero lo habrían exagerado y al final había llegado una información aumentada y sacada de quicio.
Luego vi que en facebok la gente de Pueblodelsur empezaba a poner lazos negros en el perfil. Mi madre me confirmó que era verdad. Y entonces me cabreé. Estúpido guapo, mira que morirse. Si es que por algo me caía gordo. El muy memo. Se muere y me da de bruces con todos mis miedos, mis obsesiones, mis debilidades.
Pero esta mañana me he levantado con una sensación más oscura, más sombría, más fea. He pasado casi toda la tarde llorando. Sé que quizás no tenga motivos. No éramos amigos ya, no teníamos apenas trato. Pero joder, qué pena. Qué tristeza tan grande. Y de pronto, me gustaría verle una vez más, verle sonreír y decirle hasta luego, como cuando me cruzaba con él. Mirarle con su niño en los hombros y pensar, “joder, qué mayores nos hemos hecho”. Verle, tan gordo y tan mayor, y hacer el esfuerzo de recordar a ese niño delgado y con una cara bonita que se paseaba por la casa de mis abuelos adoptivos con aire de superioridad.
Hoy no he dejado de recordar anécdotas. Y yo que pensaba que no las tenía. Ayer sólo podía acordarme de cuando me montó en la moto. Hoy me he acordado de otras muchas. De cuando me enfadé con él porque se metió en mi cuarto de casa de los abuelos y cuando salí de la ducha y llegué envuelta en la toalla me lo encontré tan ancho, sentado en mi cama y ojeando mis revistas. Le saqué a voces mientras él se reía de mí. Me he acordado del día que me subió la cremallera del vestido porque mis titas no estaban y me pasó la mano por la espalda. De cuando me ayudó a montar un cumpleaños a mi madre y vino a mi casa cargado de bolsas de bebidas y comida, charlando conmigo y enseñando a los niños a gritar sorpresa cuando ella entrara. De cuando nos sentábamos en su puerta por la noche a jugar con mi nintendo y nos íbamos turnando una vida del Super Mario. Nos poníamos muy cerca, para ver cómo jugaba el otro. Apoyábamos las cabezas juntas, los hombros pegados. Y nos echábamos la bronca. Eres tonto, tío, te han matado en seguida y has perdido la seta grande. Así no, mujer, quita que ya lo hago yo. Oye, tramposo, no vayas a jugar dos vidas seguidas.
Recuerdo que cada dos por tres salía a la calle supuestamente recién salido de la ducha, pero perfectamente peinado, con la toalla a la cintura, oliendo a colonia para toda la calle y que lo hacía para lucirse por muchas excusas que pusiera. Que íbamos en bicicleta por las tardes al monte un grupo enorme de chavalillos, con bocatas y cocacolas y él siempre iba delante, con su bici de montaña. Pero a cada poco daba la vuelta para ver si los más pequeños iban bien. Se desvivía si alguien se caía. Ayudaba a las crías a cruzar las zonas con piedras. Nos daba ánimos y hacía montones de bromas. Cuando parábamos a merendar siempre contaba chistes, cantaba, inventaba tonterías y nos hacía reír. Y se reía él.
De repente recuerdo muchas cosas. Y siempre una constante, su risa. Es verdad que se lo tenía creído, es verdad que me molestaba muchas veces, es verdad que a ratos estábamos hasta el gorro el uno del otro. Pero nos reímos mucho juntos. Y ahora me está haciendo llorar por primera vez en la vida.
Y si pudiera, si sirviera de algo, trataría de negociar, claro. Entraría en esa etapa gustosamente, llegaríamos a un acuerdo para poder volver a verle por el pueblo, paseando tan tranquilo y decirle hasta luego. No pediría más. Sólo como los últimos años, un saludo breve, una sonrisa, un movimiento de cabeza. Un “eh, nos conocimos, vivimos los mejores veranos de nuestra vida juntos”. No me haría falta decirle que claro que me gustaba, aunque nunca se lo demostrase y eso le enfadara. No querría explicarle por qué los guapos de turno me enfadan y a veces su chulería me sacaba de quicio. No le diría que con 13 años escribía cosas con él de protagonista. No le diría que me hizo feliz la vez que me yendo con mi prima se paró a saludarme y a hablar conmigo y me dio un beso en la mejilla, haciéndola saltar de la envidia. No le diría que me alegro de haberle conocido, que sé que a pesar de nuestras diferencias nos apreciábamos, que fue un gusto tenerle de vecino fastidioso en la adolescencia. No le diría que joder, me duele su pérdida más de lo que nunca hubiera pensado. No, para qué. Sólo hasta luego y una sonrisa. Negociaría por eso, pero no hay con qué.
Y mientras lo acepto del todo, estoy triste. Claro que sí, claro que lo estoy. Me han quitado un pedazo de infancia. Y así sin avisar. Sin el consuelo de que ya no sufre ni esas mierdas que se cuenta uno para mitigar el dolor. No, aquí no hay consuelo. De repente, crack. Un segundo y al carajo. Un segundo y falta un pilar en el pueblo y aquello se hunde por momentos. Un segundo y el verano deja de tener tanta luz y todo se pone más gris, más feo. Un segundo y me doy de morros con un montón de recuerdos que ni sabía que tenía. Un segundo y me tengo que poner delante del espejo para reconocerme, para tratar de encontrarme, para saber que yo sigo aquí y otros se van, aunque no sepa la razón de lo uno ni de lo otro. Quizás lo acepte cuando vaya la próxima vez y al girar la esquina para entrar a mi garaje no estés sentado en la puerta de tus padres como cada tarde. O quizás lo siga negando pensando que igual estás en tu casa con tu mujer o en el bar con tus montones de amigos que hoy lloran desconsolados. De momento, desde aquí, sólo estoy triste.

Así que AD, aunque no eras de redes sociales porque para eso tenías todo un pueblo y varios bares en los que gastar el tiempo con amigos de verdad, estoy bastante convencida de que en el cielo hay algo parecido a internet. Si te aburres y llegas a este blog, quiero que lo sepas. Eras un coñazo de vecino, me hacías rabiar colándote en mi cuarto, robándome las zapatillas y haciéndome correr descalza por la calle detrás de ti. Me dabas por saco con tu guapismo subido y me quitabas la nintendo. Pero no tenías que morirte. Tenías que seguir criando a tu hijo, que te tenía loco de contento con lo niñero que eras. Tenías que seguir cantando en la comparsa cada carnaval y saliendo cada semana santa con tu cofradía. Tenías que seguir riendo. Tenías que envejecer y ser un anciano adorable y divertido como tu abuelo al que yo conocí. No tenías que dejar a todo el pueblo dolido, roto, con un vacío inexplicable e irremplazable. No tenías que darme esta bofetada de realidad, de miedo, de angustia, de joder cómo se explica esta mierda. Porque todo esto no está nada bien. Está mal. La hostia de mal.