Estoy viendo otra vez Breaking Bad. Al
final el Ross ha entrado en razón y cada noche, después de cenar
vemos uno o dos capítulos en lugar de tragar los bodrios que ponen
en la tele. Y es que al muy melón le dió por decir que no quería
engancharse a otra serie nunca más después de Lost y que por eso no
veía ninguna nueva. Un día me hizo enfadar y le dije que yo sí
pensaba ver todas las que me diera la gana y que me apenaba no
compartirlo con él, pero que me daba igual porque era su decisión.
De ahí lo de que haya entrado en razón, no por Breaking Bad en sí,
que se ha convertido poco menos que en el paradigma de los pesados
que te insisten para que veas lo que a ellos les mola, sino porque
ahora sí quiere ver cosas conmigo. Hemos empezado por Narcos y tengo
en mente ponerle Stranger Things que la vi sola este verano y me
encantó. Pero de momento, Breaking Bad, que sabía que le iba a
gustar.
Yo la estoy disfrutando porque me
acuerdo bastante bien y puedo fijarme en los detalles y tomármela
con tranquilidad. Me gusta casi más ver las cosas por segunda o
tercera vez que la primera. Ya sé lo que pasa, estoy tranquila, me
recreo en las cosas pequeñas y simplemente, disfruto. A la primera
estoy demasiado atenta, demasiado tensa, demasiado queriendo saber y
al final me queda un regusto raro.
No sé dónde leí que los niños
siempre piden el mismo cuento porque se sienten seguros sabiendo lo
que va a pasar. Y quieren que se lo cuentes igual, sin cambiar una
coma. No lo sé, las pocas veces que he contado cuentos me los he
inventado sobre la marcha. Y por cierto, nunca han servido para
dormir a nadie; me enrollo, el cuento se pone interesante y los niños
terminan despiertos y excitados queriendo saber más mientras yo me
enredo con mi propia historia. En todo caso, para calmarse y dormir y
tener dulces sueños buscan la seguridad del cuento de siempre que no
tiene sorpresas.
A mí me pasa aún. Me gusta ver
películas que he visto mil veces porque sé lo que pasa y me
tranquiliza saber que va a terminar bien. O mal, o lo que sea. Pero
ya lo sé. Y eso me reconforta.
De hecho, casi todas las noches termino
viendo algún capítulo de Friends. Es mi serie por excelencia.
Recuerdo cuando iba al instituto y hablábamos sobre si Rachel
terminaría con Ross o no, sobre cómo seguiría la siguiente
temporada, sobre el capítulo del día anterior. Y lo veíamos a
medio día en la tele, sin descargas, internet ni estas moderneces.
Os hablo del puñetero pleistoceno, cuando, por cierto, la televisión
tenía algún respeto por las series extranjeras y no ponía los
capítulos al azar, cambiando de horario y de día sin avisar, sino
que seguían el orden cronológico, avisaban de cuando empezaba la
siguiente temporada y todos los días la ponían a la misma hora. En
fin, soy la abuela cebolleta y hacía mucho que no ejercía como tal.
Pero es que me parece vergonzoso que las mejores series de los
últimos años hayan pasado sin pena ni gloria por la parrilla
televisiva o que directamente hayan sido ignoradas vilmente. Que una
persona sin internet vive al margen de la sociedad, sin saber de qué
se le habla cuando nombras series de la altura de Juego de Tronos.
Una lástima.
Decía que veo Friends a día de hoy.
Porque me gusta, me calma, me consuela. Sé que acaba bien, me sigue
haciendo reír. Son mis amigos, la referencia con la que he crecido.
Y la veo una y otra vez a pesar de sus fallos y sus gazapos, a pesar
de su ingenuidad y de las modas noventeras. Me gusta porque no hay
incertidumbre. Me gusta porque yo, que soy una persona caótica y
desordenada, asustada y perdida, a veces quiero encontrar la
seguridad de saber que nada malo va a pasar. Aunque sea durante los
20 minutos de un capítulo.





