martes, 5 de septiembre de 2017

La quedada

Llevaba años buscando un trabajo medio decente. Por suerte lo encontré. Por desgracia justo al empezar el verano, por lo que me he quedado sin vacaciones. Y lo que más me jodía, lo único que me jodía, era no poder hacer quedada con mis amigos blogger también conocidos como “las cabras”. Y por más que me repetía que este año nos habíamos visto más veces, como que no era lo mismo. Porque un verano sin ellos ni es verano ni es nada.
Y ahí estaba yo, pensando que era todo un fastidio cuando se me ocurrió que podían venir a Madrid. Total, vuelvo a vivir sola y lo importante es estar juntos. Y se lo dije. Pero lo dije pensando que me iban a mandar al carajo. Porque estoy acostumbrada a que la gente no haga cosas por mí. Y no es victimismo, es que yo soy siempre la que hago cosas, la que me muevo, la que me esfuerzo, la que escucho, la que pongo el hombro, la que está bien, la que hace lo que haga falta por los demás y se deja a sí misma de lado. Y lo hago porque quiero, porque me sale, porque soy así. Pero a veces me quedo esperando algo y no llega. Porque la gente se ha acostumbrado a recibir y no le apetece dar. En fin, lo que sea.
El caso es que lo propuse, oye que si queréis, que podemos hacer la quedada en Madrid, yo pongo la casa. Y dijeron que sí. Porque hay gente, gente estupenda, que entiende que lo importante es estar juntos, pasar el tiempo haciendo nada, reírse de chorradas y tumbarnos en el suelo en pijama. Y no necesita que el sitio sea maravilloso, que haya restaurantes caros o actividades trepidantes. Así que vinieron, con sus pijamas viejos y sus ganas de que estuviéramos juntos.
Pasamos algunos días en Madrid, visitaron cosas, montaron en metro, me vinieron a buscar al trabajo, fuimos a comer fuera. Y en el fin de semana les llevé a la sierra, para que no se asfixiaran con tanto asfalto. Y nos bañamos en el río mientras los peces saltaban, comimos platos combinados, paseamos por el pueblo y subimos al campanario. Las gemelas madrugaron, se echaron sus barritas energéticas a la mochila y se fueron por ahí de excursión. Caminaron por el monte, llegaron hasta la ermita, se metieron por un camino de vacas(literalmente) y volvieron llenas de arañazos de zarzas. Yo dormí un poco más, pero disfruté mucho. El campo, el río, la muralla, el castillo y el campo. Los bocadillos enormes, los huevos fritos, las hamburguesas, las barritas energéticas para los paseos, las tiendas en las que vendían gamusinos. Los pijamas viejos y las charlas tirados en el suelo. Mi gente, la que renuncia a vacaciones en mejores sitios porque estar juntos importa más.

Lo único regular, es que Mar no pudo venir porque estuvo pachucha. Y la echamos de menos. Pero quizás en septiembre vuelva a juntar tres días libres y nos veamos. O cuando sea. Porque he descubierto que la gente que importa no pone excusas, pone medios para salvar las distancias.  Y por eso son los mejores. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Kissed by fire

Muchas veces he admitido mi fijación por los pelirrojos... y las pelirrojas. Me hipnotizan desde que era niña, no puedo dejar de mirarlos. Me parecen bellísimos.
Y es una de las muchas, muchas razones por las que me gusta Juego de Tronos. Porque hay montones de pelirrojos y todos me enamoran fuertecito. Mi preferido es Tormund. El momento en el que dice, con esa voz grave “the redheads are beautiful. We are kissed by fire.” pensé que me había quedado sin bragas para siempre. Además me acordé que lo de “kissed by fire” lo decía Ygritte, la salvaje que se frungía a Jon y madre mía, a esa pelirroja le hubiera dado lo suyo y lo de toda su tribu. Claro, que Jon no es pelirrojo y le hacía yo cosas que no se han visto ni más allá del muro. Y eso sin contar con Robb, que era así medio cobrizo y madre mía que grrrr y ñamñam que te cojo y te enseño yo a ser The Young Wolf, hermoso.
Me estoy desviando del tema.
El caso es que uno de los pelirrojos de mis entretelas es Theon Greyjoy. Al principio casi cae mal porque hace unas cuantas cosas que no debe. Es un crío perdido y estúpido que piensa que nadie le quiere y que no pertenece a ningún sitio. Y la caga, claro que sí. Pero lo paga bien caro y de por vida. Porque entre las muchas penurias que sufre, una de ellas es que le castran. A lo bestia. Ni campanillas ni badajo. Y el pobre mío se queda un poco trastornado, claro. No por eso, si no por las muchas torturas que sufre. Pero se va reponiendo. Hace cosas valientes, aunque se muera de miedo. Se va recomponiendo, aunque siga equivocándose.
En el último capítulo de la temporada, por razones que no vienen al caso y que no me apetece spoilear, se mete en una pelea. El otro tío va ganando, entre otras cosas porque Theon no es ningún guerrero ni ningún forzudo. Le da mamporros a base de bien, vamos. Pero cada vez que está en el suelo, ensangrentado y jodido, el otro le grita que si se levanta le mata y él va y se levanta. Y vuelve a recibir leches. Y el otro “que ya vale, que te quedes en el suelo o te mato, hombreya”. Y él que no, que se levanta otra vez. Y cuando ya crees que le va a terminar de hacer polvo, el otro le da un rodillazo en la entrepierna. Ahí, a dar donde más duele. Aunque no en el caso de Theon. No en el caso de alguien a quien lo que más duele le ha sido arrancado de cuajo. Así que, mientras el otro, dentro de su asombro, vuelve a golpearle en susodicho sitio, Theon sonríe. Ya no me puedes hacer daño. No así. Y ahí se crece mi pelirrojo, se le sube el fuego a la cabeza, se recompone y termina zurrando al otro y machacándole la cabeza con una piedra. Sí, en Juego de Tronos son muy sutiles.
En todo caso, mientras veía la escena me sentía un poco emocionada. Este verano he llorado varias veces con series de televisión. Soy imbécil, he estado sensible, sola y cansada. En este caso no llegué a llorar ni mucho menos, pero sí había un pellizco dentro de mí. Porque yo soy esa gilipollas que se levanta una y otra vez mientras le están zurrando la badana. Quizás por orgullo, quizás por cabezonería, quizás porque no me deja el genio estarme quietecita. Y también soy esa que cuando está ya magullada, rota y a punto de tirar la toalla, encuentra su fortaleza en medio de la debilidad. Y sonríe, pensando que ahí donde vas a hacer daño ya no duele, que ahí donde crees que hay un punto débil, ya no hay nada.
En fin, me gustan las series casi en plan obsesivo. Y las analizo más allá de las tramas. Y en próximos capítulos, por qué odio “Cómo conocí a vuestra madre” y por qué me encanta “Modern family”. Estén atentos a sus pantallas.



P.D. Si eres Tormund o te le pareces mucho, mucho, escríbeme al correo. Si estás besado por el fuego, escríbeme al correo. En realidad, si eres casi cualquiera de los actores de Juego de Tronos, escríbeme al correo.

martes, 29 de agosto de 2017

Regreso

Este verano he aprendido:
  • A los gatos les gusta tener el cacharro del agua lejos del de la comida.
  • Decir “voy a guardar esto aquí para que no se me olvide” significa no volver a encontrarlo hasta que por casualidad, buscando otra cosa, te caiga encima de la cabeza. Y ya ni recuerdes para qué lo querías.
  • La gente que merece la pena es la que te dice “la semana que viene te pego un toque”. Y te lo pega.
  • Las primeras impresiones a veces son una equivocadas. Y no pasa nada por admitir el error.
  • A veces un trabajo compensa por más cosas que nada tienen que ver con el dinero.
  • Mi carrera me sigue haciendo más feliz que ser rica. Y sigo siendo más que buena en lo mío.
  • Me gusta el turno de tarde más de lo que pensaba.
  • El relato de mi viaje de fin de curso de 8º es capaz de hacer reír a la gente a carcajadas (yo incluida) durante una noche entera.
  • Los traumas adolescentes son risibles a los 30.
  • No necesito el pelo largo para ser feliz ni para estar guapa. Ni siquiera necesito llevarlo suelto.
  • En realidad, puedo vivir sin televisión si tengo internet.
  • A todas las mujeres a veces nos duelen las piernas.
  • Las circunstancias marcan, pero el espíritu de las personas no depende de ellas. Y la felicidad tampoco.
  • Puedo desayunar fruta sin tener cagalera.
  • Los amigos de verdad entienden que lo importante es estar juntos, no dónde, no cómo, no haciendo qué.
  • Las abuelas macarras de Vallecas son las mejores.
  • Es mejor salir de cañas que limpiar la casa.
  • No soporto que la gente no sepa admitir sus errores, sus limitaciones, sus defectos. Que no sepan decir “estaba equivocado” o “tú tenías razón”.
  • Los ofendiditos de tweeter, los que se dan por aludidos siempre, los que creen que todo el mundo les odia, los de la piel tan fina que todo les cala y los que piensan que todos las indirectas son para ellos me dan toda la pereza del mundo.
  • Sigo pensando que he nacido para solterona y vivir sola con mis gatos es lo que más me gusta.
  • Una vez canté, como la ranchera, “sé que de este golpe ya no voy a levantarme”. Y me equivoqué. Y si alguna vez vuelvo a cantarla, me estaré equivocando de nuevo.

miércoles, 26 de julio de 2017

Echar la sábana

No me cunde la vida. Igual es que soy tonta, y no me organizo bien. Igual es que debería tener días de 28 horas como mínimo para que me diera tiempo a todo. Igual es que priorizo y desde hace un tiempo, el blog no está en el top five de cosas que hacer en el día. Yo qué sé.
El caso es que no escribo apenas, no comento mucho porque desde el móvil no puedo y el ordenador me da pereza máxima cuando salgo de trabajar. Y aquí está el pobre blog, que le están saliendo telarañas. Y se me ocurren cosas que contar, no creáis que no. Pero no termino de encontrar el momento. Porque muchos días digo “esta noche cuando llegue, después de cenar, actualizo”. Pero luego no lo hago. Porque ceno. Y recojo la cocina. Y doy de cenar a los gatos. Y me pongo una serie. Y me duermo un rato en el sofá. Y me despierto, medio aturdida, me veo otro capítulo, o el mismo otra vez porque me he sobado a medias y no me he enterado, me como un yogur o un poco de helado, me lavo los dientes, me doy mis potingues y me voy a la cama. Y digo “mañana a ver si llego menos cansada y actualizo” pero otra vez llego de trabajar, ceno y blablablá. Y así día tras día.
Así que para que esto no se llene de polvo, lo que voy a hacer es echar una sábana por lo alto, y tomar unas vacaciones. Si se me ocurre algo, lo escribiré y lo dejaré por ahí para ver si en el comienzo de curso me organizo mejor. O lo publicaré, según me dé el aire. En todo caso, de momento se queda esto tapadito con su sábana como hace mi madre con la casa de Pueblodelsur y así cuando vuelva lo destapo y está bien conservado.

Que sepáis que os seguiré leyendo en la sombra, desde mi móvil medio roto, durante mis viajes en metro. Y que volveré. Antes o después habrá que levantar la sábana y airear de nuevo.

miércoles, 5 de julio de 2017

Las semanas (y media)

Mi amiga Pelirroja ha pasado al club de las preñadas. Y estoy feliz porque ella es feliz, pero de alguna manera me pone triste despedirme de mi amiga, la más alocada y despreocupada de mis amigas. Porque ya no será mi Pelirroja-peligrosa nunca más. Ahora será una mamá con el pelo rojo. En fin, es ley de vida.
El caso es que hay una cosa que me cabrea de las preñadas y es su manía de hablar en semanas. Que sí, que ya sé que el ginecólogo lo cuenta así y blablá, pero de toda la vida de Dios los embarazos han sido nueve meses y punto. Pero ahora no. Ahora estás de 7 o de 15 o de 23 semanas. Y mira, no. Yo no me apaño. No sé cuántas putas semanas dura un embarazo y además no me interesa lo más mínimo.
Y es que me reconozco un poco negada para eso de cambiar de medida. Cada vez que he viajado y he tenido que cambiar de moneda he decidido desconectar y no andar convirtiendo cada precio porque me aturulla. Prefiero marcar una especie de límite, tipo “más de X moneda es caro porque pasa de los 10 euros” y con eso me apaño, clasificando las cosas en baratas y caras y punto. Ni os imagináis las que pasé cuando cambiamos de peseta a Euro, la verdad. Y eso que era jovencilla. Pero da igual, moriré de vieja echando de menos mis queridas pelas. Y eso que también tenía su cosa. Que la primera vez que fui a Pueblodelsur, bajé a comprar unas chuches con mis amigos y la tía del estanco me pidió 15 duros. Muy dignamente, le dí una moneda de 100 pesetas y esperé mi cambio, pero no tuve ni idea de cuánto me había costado aquello. En Madrid sólo se usaban los 5 duros y los 20 duros. Y jamás en una tienda o semejante. Nunca comprabas algo y te decían son 5 duros. Y mira que yo me he criado en un barrio muy barrio, eh? Que por aquí andaba poco menos que el vaquilla. Pero da igual, lo de los 5 o los 20 duros era algo puramente coloquial, entre colegas, en casa. Jamás en un comercio, por muy humilde o barriobajero que fuera. Y yo, de repente, me vi en un pueblo de mierda donde me querían cobrar en duros. Desde entonces la tía del estanco me cae mal. A día de hoy, me sigue sin resultar simpática.
En todo caso y dejando las monedas a parte, cuando el otro día hablé con Pelirroja le termine pegando una voz de las mías. Porque le pregunté de cuánto estaba y me respondió que diez semanas. ¿Diez semanas? ¿Pero quién a parte de las preñadas habla así? Nadie dice “llevo en el nuevo trabajo 13 semanas”. Nadie dice “celebro hoy con mi novio las 45 semanas”. Nadie habla así, joder. Y hay gente en el mundo que no estamos embarazadas, ni lo hemos estado, ni lo vamos a estar. Y que nos importa una mierda las semanas que dure un preño, que no sabemos desde cuándo se empieza a contar ni hasta cuándo hay que seguir haciéndolo. Así que le dije “Joder, Pelirroja, que yo en semanas sólo conozco la película de las nueve semanas y media y por cierto, es una mierda. Háblame en lenguaje de no preñi, haz el favor.” Bueno, pues lo tuvo que pensar. Tócate los cojones mariamanuela que ahora en cuanto se te instala un okupa en el útero dejas de pensar como lo has hecho toda tu vida y ya sólo sabes contar en semanas.
Eso, hasta que pares. Entonces sólo sabes contar en meses. Y de pronto tu hijo tiene 16 meses. Oiga, por el amor de Deu, diga un año y algo, diga un año y medio, diga dos años, diga lo que quiera, pero deje de hablarme en unidades inferiores a las necesarias.
Y eso añadido a la palabra bebé. Admito que esa palabra no me gusta, me parece que roza el ridículo, no sé por qué, supongo que sólo es una manía de las mías. Pero a ver, un bebé lo es hasta los 6 meses, el año si quieres. Pero no más. Con año y medio es un niño. Pequeño, pero un niño. Y con tres años, desde luego no es un bebé. Que yo entiendo que has tenido que dilatar el chumi para echarlo y que quieres que sea eternamente pequeñito para que sea tu nenuco, pero joder, no. Déjale ser una personita pequeña. Déjale tener su dignidad y no le llames bebé cuando ya va por ahí corriendo como una bala y destrozando todo a su paso como un diminuto godzilla.


En fin, yo qué sé. Si cada día entiendo menos cosas y pongo menos esfuerzo en entenderlas.  

viernes, 30 de junio de 2017

Hablar cantando

Creo que una de las mejores decisiones que he tomado en los últimos años ha sido apuntarme a la academia de inglés. Y cuando digo de las mejores, posiblemente sea la mejor. En parte porque no tomo demasiadas decisiones y en parte porque no las tomo muy bien. Pero ésta sí, ésta fue un acierto total.
Siendo honesta, ni siquiera se me ocurrió a mí. Quizás por eso fuera tan buena idea. Fue como un cúmulo de señales que me dijeron que era hora de ponerse las pilas y hacer algo que llevaba mucho tiempo ahí estancado. Primero fue mi amigo el poli. Me dijo que él iba a una escuela de inglés y que le estaba viniendo muy bien porque hablaba un english-macarrónico que para qué. Y se me encendió un poco la bombilla. Total, tenía las tardes libres y el inglés no se me da mal del todo. Y además es útil para los trabajos y siempre viene bien ir a otro país y poder preguntar por una calle o algo. Dejé ahí la idea, macerando.
Poco después, un amigo de aquí, arquitecto en paro y sin puñetera idea de inglés, se fue a Canadá con su exnovia, que por aquel entonces ya era su exnovia. Mis amigos, al parecer, tampoco con muy listos. Pensó, ingenuamente, que con ir a un país de habla inglesa aprendería en cosa de cuatro ratos. Luego se encontró en mitad de la nieve y los renos, sin entender nada, con su exnovia que se echó un novio indio de dos metros de altura y viendo la tele para ver si pillaba algo del idioma de Shakespeare por obra y gracia. Obviamente, a los pocos meses se volvió sin un duro, sin la exnovia y sin hablar ni poteito. Quedamos una tarde para tomar un café y me dijo que había estado mirando unas escuelas por el barrio para aprender algo de inglés antes de volver a aventurarse allende los mares. Y la idea volvió a mi cabeza.
Así que lo hice. El verano había acabado y el curso empezaba, así que miré varios sitios y elegí uno. Me gustaron muchas cosas de mi academia y a día de hoy sigo contenta. Mi profe australiano está loco, es divertido y hace las clases muy amenas. Yo he mejorado muchísimo, he cogido fluidez y oído y he subido de nivel en dos ocasiones. Estoy muy contenta, la verdad.
Así que ahora, cada vez que alguien me dice que no sabe muy bien qué hacer, o que tiene mucho tiempo o algo así, le recomiendo apuntarse a una academia a aprender inglés. Porque el rollo de me lo estudio en casa o de veo series en versión original, aceptémoslo, no sirve de mucho. Mi profe siempre dice que por muchas películas que alquiles en turco, no vas a aprender a hablar turco en la vida. Y si lo piensas, tiene razón. Ya puedes hacerte fan del cine de Bollywood, que no vas a ir a la india y comunicarte como un nativo. Los idiomas molan, pero requieren esfuerzo, sacrificio y aprendizaje. Que ver las series y las pelis en versión original está muy bien, os lo digo yo que no veo nada doblado, pero seamos realistas, no son el mejor método de aprender un idioma. Ni siquiera son un método. Necesitas una buena base para que sirvan de algo. Y sí, sirven para coger oído y para ir pillando expresiones, pero ya está.
El otro día le intentaba hacer entender esto a una amiga que me trataba de convencer de que otra amiga suya que vive en Barcelona y que le pedían un nivel bastante avanzado para el trabajo, estaba aprendiendo porque traducía canciones y luego las escuchaba. Eso está muy bien, pero no sirve para un carajo. Y menos si quieres hablar de verdad porque la chica en cuestión se dedica al tema del turismo. Y mira, yo soy de Madrid, pero si buscas un poco sobre métodos efectivos para aprender inglés, encuentras muchas cosas y además hay más de una academia en Barcelona. Que si lo piensas un poco, traduciendo canciones vas a terminar hablando muy raro. Imaginad alguien que trate de aprender español así y venga, vaya a un bar y diga “me gustan las mujeres, me gusta el vino y cuando tengo que olvidarlas me voy y olvido”. Igual al camarero le alegra el día echándose unas risas, pero poco más.

Total, que si no sabéis qué hacer, apuntaros a inglés. Yo me arrepiento de no haberlo hecho antes, la verdad. Y quería hacer un intensivo este verano, pero no sé si voy a poder con el tema del trabajo nuevo. Lo que es seguro es que en septiembre vuelvo. Que no quiero viajar algún día a Irlanda en busca de pelirrojos y decir “whack for my daddy, oh, there is whishkey in the jar”.

miércoles, 28 de junio de 2017

Ron y Maya

Cuando era pequeña tenía caracoles. Ya lo he contado más veces, los rescataba de la calle o del campo o de donde los pillara, los metía en un bote con lechuga, los cuidaba un tiempo y luego los volvía a soltar. Incluso una vez criaron porque nadie me había explicado el concepto de hermafroditismo. En fin. El caso es que tuve uno que fue mi favorito. Se llamaba Corretón porque era enorme, gordo y marrón y le encantaba escaparse del tarro y hacer excursiones por las paredes. Lo recogí con la concha rota, pero se le reparó poco a poco. Corretón era un caracol fantástico, salía mucho de la concha, en cuanto le ponías verdura fresca o le mojabas con agua. Me caminaba por las manos y los brazos, no parecía asustarse de nada. Comía uvas y frutas directamente de entre mis dedos. Y con él descubrí que hasta los animales más pequeños, que consideramos más simples, tienen su propio carácter. Porque hay caracoles tímidos y otros sociables, unos miedosos y otros intrépidos.
He tenido montones de animales a lo largo de mi vida y cada uno ha tenido sus peculiaridades, sus manías, sus virtudes, esas cosas por las que les he querido y esas otras por las que a veces me he tirado de los pelos con ellos. Todos me han enseñado mucho, me han dado mucho más de lo que yo he podido o sabido darles. A todos los llevo en el corazón porque en parte, igual que gracias a la familia o a los amigos, soy quien soy gracias a ellos.
Ahora miro a Ron y a Maya fascinada. Los gatos tienen unos caracteres muy marcados. Ellos son muy ellos. Ron es más dependiente de mí, más tranquilo, más bruto, más fuerte. Le gusta mucho saltar, llega muy alto, le encanta subirse a los sitios. Tiene muchísima habilidad con las patitas, casi parecen manos, él todo lo toca con su manita izquierda para cerciorarse de lo que es. Es comilón, todo le gusta y nunca rechaza nada (si lo hace corre al veterinario, le pasa algo raro). Ron es muy de costumbres, le encanta la rutina, cada día hace más o menos lo mismo, le gusta seguir horarios, ponerse en los mismos sitios, que no le cambien sus cosas. Le gusta tumbarse en la ventana para estar fresquito y mirar por el cristal del cuarto de la lavadora para ver lo que hacen los vecinos. Le gusta la gente. Cuando vienen visitas se acerca a saludar, no se asusta ni se esconde, sólo les mira, curioso. A veces se deja tocar, a veces se enamora y se sube encima de la gente, otras, simplemente les huele. Le encanta dormir conmigo en cualquier sitio, en cualquier postura, a cualquier hora. Es perezoso, casi siempre que hay que levantarse se revuelca un rato como pidiendo cinco minutos más, después de desayunar le encanta volver a la cama y dormir conmigo, tan a gusto. Ron duerme mucho desde que era cachorro, cae en los brazos de Morfeo y sueña, profundamente dormido, durante horas. Eso sí, como quiera algo, comer por lo general, es muy exigente. Te despierta a manotazos y cabezazos tan fuertes que podría despertar a un muerto. Casi siempre que me siento, viene a ponerse encima, o al lado como mínimo. Conoce perfectamente su nombre, se vuelve a mirarte cuando le llamas, entiende muchísimas cosas y es bastante obediente. Le gusta mucho que le hable, pero él maúlla muy poco. Y siempre que llego a casa, viene a recibirme a la puerta, a veces con cara soñolienta, a veces como sonriendo, a veces con un trotecillo alegre.
Maya es más inquieta, más suave, más sigilosa, más pequeña. Le encanta robar cosas, todo lo coge con la boca y lo lleva de acá para allá. Le gusta comer la comida húmeda mezclada con bolitas y el agua fresca. A Maya le encanta investigar, se mete en todas partes, lo toca todo, lo huele todo, lo coge todo. Mete su diminuta cabeza en cada hueco para ver lo que hay. Nunca sabes dónde la vas a encontrar, hace cosas inesperadas, cada día descubre algo que le fascina y a los diez minutos lo ha olvidado. Persigue a Ron a todas partes, es cabezona, no se da por aludida cuando le dices que no, es terca hasta decir basta. Le gusta que la cojas en brazos, duerme a veces conmigo, pero sobre todo, le gusta dormir abrazada a Ron, que lo acepta con resignación. También duerme mucho sola, se estira mucho, abre las patitas, ocupa más sitio del que puedes imaginar por un animal tan pequeño. Eso sí, duerme pocas horas seguidas. En seguida se aburre, se levanta, se va a investigar algo, a pasear, a jugar con sus ratoncillos. Maya sabe que se llama así, lo entiende, te mira y generalmente, pasa de ti. Le gusta que le diga cositas, pero sobre todo le gusta hablar ella. Corretea haciendo ruiditos, maúlla a todas horas, se frota mientras emite sonidos. Le hablas y te contesta. Y otras veces maúlla ella esperando respuestas de tu parte y tenemos conversaciones humano-gato. No viene a la puerta a recibirme cuando llego, aunque suele acudir si la llamo. Conoce la alarma del despertador y cuando suena salta sobre mí, abre el embozo de la cama y se frota y refrota haciendo alegrías y me hace unas carantoñas muy dulces tocándome con las patitas la cara y metiendo su cabecilla en mi cuello. A veces se cuela en la cama y anda por dentro haciéndome cosquillas. Te hace levantarte con una sonrisa. Por las noches le gusta hacer la croqueta en la alfombra, pasa mucho tiempo con la barriga para arriba, jugando o simplemente porque está a gusto así. Es muy valiente, muy intrépida, no ve el peligro nunca. Trepa por la red de la ventana del salón como un mono y cuando llega arriba, vuelve a bajar, usando manos y pies como una profesional de la escalada.
Los dos son maravillosos, son buenos, cariñosos y sociables. Jamás bufan, jamás se pelean. Juegan mucho y se roban comida el uno al otro. Se lamen, se imitan, se hacen carantoñas. Son dos ángeles que me ha prestado el cielo, espero que por muchos años. Y hoy hace seis meses que Maya llegó a mi vida para, siendo tan negra, llenarla de luz. Y ayer hizo 7 años y 10 meses que llegó Ron, que es todo para mí. Es el amor de mi vida, es lo que más quiero y he querido jamás.
Tengo suerte, soy afortunada. No tengo mucha familia, ni hermanos, ni siquiera muchos amigos. No soy una persona excesivamente sociable. No he triunfado profesionalmente, ni tengo dinero. Y es posible que no sea muy lista, ni muy especial, ni muy nada. Pero soy afortunada, de verdad que sí. Porque Dios me ha dado un montón de animalitos que me han acompañado en el camino. Siempre recuerdo alguna clase de pata encima de mi pierna, en todos los momentos de mi vida. El perro, los hámster, las cobayas, el pájaro, el cangrejo, los caracoles, los gatos. Siempre ha habido alguien ahí que sin palabras, me lo ha sabido decir todo con sus ojos. Así que gracias a todos ellos.

Y hoy en especial, gracias a mis dos amores más grandes, a mis dos gatos. Gracias por llegar a mi vida, por ser tan especiales como sois, por dejarme ser vuestra mamá humana. Os aseguro que lo hago lo mejor que puedo y que os quiero con toda mi alma. Gracias, Ron y Maya. Gracias por existir.