Mi cerebro me odia. A veces me lo
imagino como en la peli (maravillosa, por cierto) de Inside Out, en
la que los monigotes que controlan mi cabeza no dejan de decir “vamos
a putear a la imbécil ésta”. Si no, no me lo explico.
Y es que siempre ha habido una especie
de lucha en mi interior. Una especie de batalla entre lo sensato, lo
correcto, lo que sé que debo hacer. Y luego, lo que realmente hago
porque una fuerza sobrehumana me empuja a ello. Eso que hace que
dinamite por los aires todo lo que construyo, que hace que cuando
todo va bien pulse el botón de autodestrucción. Esa fuerza que hace
que huya de la policía, que me gusten los macarras, que me acueste a
las tantas de la madrugada, que me ría en los momentos de crisis y
que diga palabrotas delante de mi jefa. Ese monigote que pulsa los
botones de mi cerebro y me obliga a hacer cosas mientras yo misma me
digo “¿pero qué haaaaaaces mongola??”
En fin, convivo con ello, no os
preocupéis por mí.
El problema últimamente es que mi
cerebro ya ha mandado a la mierda casi todo lo poco que tenía y
entonces se dedica a putearme con cosas más sutiles. Por ejemplo,
con canciones de mierda. Hace tiempo os conté que pasé una racha
totalmente obsesionada con una canción del Puma. La madre que lo
parió. Semanas viviendo a ritmo de “numera... numera... viva la numeración” y escuchando “uhhh... pavo real” en bucle. Empecé
a pensar seriamente en darme un par de mamporros con el rodillo de
amasar. Desde entonces, mi cerebro vio que en la guerra psicológica
él tenía las de ganar por razones obvias. Así que me hace la
guerra de guerrillas a base de canciones de mierda.
En las últimas semanas ha habido de
todo. ¿Sabéis que Marta tiene un marcapasos que le anima el corazón? Yo sí, lo tengo clarísimo. En la misma línea, también
he estado alternando con Las chicas cocodrilo. Y por cierto, Laura no está, Laura se fue. Porque no es que me emocione otro amanecer, es que es el primero que me vienes a ver. Además que no, no es amor, lo que tú sientes se llama obsesión. Y yo qué sé. Uhhhh.... pavo real.
Total, que estaba a punto de nuevo a
darme con el rodillo de amasar y aplanarme el cerebro. Pero el
monigote de los cojones se apiadó de mí. O temió por su propia
vida y dijo “vale, es evidente que voy ganando, vamos a darle un
respiro a esta pobre mujer.” Y empezó a ponerme música de mejor
calidad. Que no es que no me gusten los Hombres G, que me recuerdan a
cuando era cría y los oía con mi madre. Y me parecen canciones
graciosas. Pero cansa. Y del Puma prefiero no hacer comentarios. El
caso es que empecé a escuchar canciones mejores. Y con ellas, no sé
por qué porque no hay relación, vino la imagen de un actor
británico que me gusta. Supongo que era mi cerebro queriendo
agradarme, en plan videoclip guay, música guay y chico que te gusta.
Hala maja, entente un rato. El problema es que cuando digo que me
gusta quiero decir me pone cachondísima. Y cuando digo cachondísima
quiero decir me derrito viva, me suben las pulsaciones y se me
entrecorta la respiración cada vez que le veo sonreír. Bueno, pues
ahí está, todo el día en mi cerebro. Él y las canciones que me
gustan. En bucle. Que estoy en el trabajo, supuestamente escuchando
al abuelo de turno hablarme sobre la operación de prótesis de
rodilla mientras lo que realmente oigo es “working on our nigth moves in the summertime... oh, in the sweet summertime” y me
imagino a mi hombre quitándose la camiseta y sonriéndome de medio
lado. Hasta que el abuelo me dice “¿y tú qué crees, hija?” Y
yo “Pues haga caso a su médico, que es el que mejor le aconseja”
mientras rezo para que no haya cambiado de tema mientras yo estaba
visualizando detenidamente el costado del hombre de mis sueños y
pensando “madre mía, tengo que ahorrar para ir a Irlanda a
frungirme algún pelirrojo”.
Y a ver, sí, mejor es mejor esto que
el melenón del Puma. Pero no me concentro. Y mi cerebro ha visto un
nuevo filón. Hacerme la vida más difícil, pero sutilmente, con
cosas que me gustan, pero que me impiden comportarme como un ser
medianamente inteligente. Y ahí está. Descojonándose de mí
mientras yo me paso el día empanada con cara de boba y la mirada
perdida, escuchando y viendo cosas que me sacan del mundo real. Y ya
no sé si necesito un par de polvos, un reproductor de música que me
meta Iron Maiden en vena todo el día o directamente un cerebro
nuevo.