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sábado, 28 de diciembre de 2024

El abismo futurible

 Cuando los ricos tienen una crisis existencial (o simplemente se aburren) se cogen un año sabático y se van a Ibiza a hacer el canelo con las guitarritas y la ropa de aspecto gastado que ha costado cientos de euros. Como yo soy pobre, estoy gestionando mi crisis existencial (puro burn out) cogiendo un mes soviético (sólo un mes, no da para más) y viendo Dirty Dancing en mi sofá cuando la echan por la tele. Las diferencias de clase, oiga.


El caso es que he tenido que pedir un mes de licencia en el trabajo y tomarme un mes selvático antes de que mi salud se fuera al garete definitivamente. Y la gente me pregunta si estoy descansando y desconectando. Les digo que sí, más que nada por no hacer el ridículo y ahorrarme explicaciones. Pero lo cierto es que paso días enteros pensando qué hacer con mi vida. Sopesando pros y contras de volver a mi actual trabajo. Echando currículum a ofertas que en realidad no me gustan y fingiendo que me disgusta que me descarten. O rechazándolas cuando me cogen porque sus condiciones no son compatibles con la vida misma. Paso días dándole vueltas a la cabeza pensando qué debería hacer. Y cómo y cuándo.

A estas alturas, sigo sin respuesta a nada.


Creo que uno de los problemas es que no soy buena visualizando el futuro y sus posibilidades. Odio hacer planes. Odio pensar con antelación. Me agobia organizar la semana. Yo qué sé lo que querré hacer mañana. Es como cuando alguien me dice que si quedamos el sábado ¿y qué quieres que te diga, si estamos a jueves? ¿yo qué sé si me va a apetecer verte dentro de dos días? Me resulta estresante. Así que imagínate cuando me planteo cosas como qué hacer este año o qué puedo querer hacer en cualquier aspecto de mi vida de aquí a verano.

Hace poco un compañero me preguntó cómo quería estar en cinco años. ¡¡Cinco años, nada menos!! Y yo qué carajo sé, señor mío. No tengo claro lo que voy a hacer en cinco horas. No tengo ni idea de lo que voy a hacer en cinco días. Cinco meses es todo un abismo para mí, pero ¿cinco años? ¡Si eso es una eternidad! Pero él insistía: ¿cómo quieres estar en cinco años? Así que tuve que contestar la verdad: VIVA. Dentro de cinco años quiero estar viva. Quiero tener a mis padres y a mis gatos. Quiero seguir casada con el señor dorniense. Y al poder ser, quiero seguir usando la misma talla. Pero no me planteo qué mierdas quiero hacer con mi vida laboral de aquí a entonces. Porque no me importa lo suficiente. El trabajo es sólo un medio para conseguir dinero que a su vez sirve para conseguir comida para mis gatos. No es más. No me realiza. No me hace feliz. No me llena. No me satisface. A mí me realizan mis aficiones. Me hacen feliz mis seres queridos. Me llenan mis recetas de cosas dulces y chocolatadas. Y me satisface un aparato con nombre apropiado para ello. El trabajo sólo me da dinero, y por lo general, no suficiente. Ni de lejos.


Así que aquí estoy. Terminando diciembre, terminando el año y a mitad de mi mes satánico y sigo sin ver claro hacia dónde me lleva esto. Sigo sin saber qué voy a hacer en nochevieja. Sigo sin saber qué voy a ponerme para cenar. Sigo sin saber qué regalar por Reyes al dorniense. Sigo sin tener claro si volver al trabajo o no. Sigo sin saber nada más que al Año Nuevo sólo le pido salud para mí y los míos y que ojalá en cinco años siga aquí, con mi marido, mis gatos, mis padres y mis dudas.


viernes, 5 de enero de 2024

La Niebla

 

Igual antes de proponerme volver al blog debería haberme propuesto conseguir un ordenador nuevo, que llevo media hora para conseguir que arranque. En fin.


Ayer fue la cena con los satánicos, que hacemos siempre por navidad pero resulta ser casi en Reyes. Es una de nuestras extrañas tradiciones. Fui aunque me encontraba fatal. De hecho lo estuve pensando durante mucho rato y llegué tarde y no cené. Pero les vi y me llené de abrazos, que es lo que cuenta. A la vuelta, pensaba como siempre disfrutar de mi rato en coche por la noche, rumiando el tsunami emocional y cantando a pleno pulmón. Pero había una niebla horrible, espesa y blanca como la muerte la misma. Ni en una película de terror se atreven a crear una niebla tan densa, tan impenetrable.

Me acordé de Lo que el Viento se Llevó, que este año volví a verla el día 1 como hacía cuando vivía sola. Me acordé de Escarlata, soñando que persigue algo entre la niebla sin conseguir alcanzarlo. Me acordé de cuando vestida de negro, tras perder a su hija y a su única amiga de verdad, persigue a Rhett por Atlanta para descubrir que va a dejarla.

Y lo que iba a ser un viaje agradable de vuelta a casa, terminó siendo un horror de ir super despacio y acojonada si ver más allá de mis narices y preguntándome si el padre Karras estaría a la vuelta de la esquina o si llegaría a casa y encontraría al Dorniense poniéndose el sombrero y diciéndome que todo ya le importa un bledo. Por suerte y como suele pasar, no ocurrió ninguna de las dos cosas, ni de las mil catástrofes que se me ocurren por minuto, y llegué a casa sana y salva, con el Dorniense plácidamente dormido y sin exorcista recortando su negra silueta en la noche.


Aún así, en medio de todo eso me dio tiempo a pensar cosas mínimamente lúcidas. Una de ellas es que la niebla nos da miedo porque no nos deja ver lo que hay más allá. Y el cerebro es un cabrón que se inventa cosas horribles todo el tiempo. Cosas que por lo general, no pasan. Cosas, que suelen ser más terribles en nuestra cabeza que fuera de ella. Cosas que multiplicamos, afeamos, llenamos de matices espantosos sacados de las peores pesadillas. Cosas con las que ni el diablo podría competir. Pero en general, cuando se aclara la niebla, cuando el sol o la luz la filtran, cuando el amanecer rompe por fin el manto helado de la noche, lo que sigue ahí es lo de siempre. Lo cotidiano que nos hace sentir seguros. La carretera por la que hemos ido mil veces y sabemos de memoria. La ciudad en la que habitamos. La calle en la que bailamos mil noches de borrachera. El bar que cerramos entre cantos y risas. El portal de nuestra casa, cálida y segura, donde nos esperan los seres a los que amamos.

Al final, debajo de la espesa capa de niebla que nos ha asustado, sólo está la vida de siempre. Que a veces también da miedo, pero al menos la vemos, la reconocemos y la podemos mirar a la cara.


Este blog ha sido siempre mi terapia, ya que no creo en otra. Ha sido donde me he atrevido a decirme a mí misma las cosas que si no, no digo nunca. Ha sido donde me he roto y me he reconstruído unas cuantas veces. Donde he admitido errores y he caído en la cuenta de mis propias equivocaciones. Donde he dado la bienvenida y he dicho adiós. Donde he despejado la niebla de mi cabeza para ver que debajo seguía estando yo.


Por eso, anoche, en mitad de la M30 una vez más, mientras la niebla me atería el alma, me di cuenta de que tenía que volver. Y no sólo de vez en cuando. Tenía que volver para ir despejando la mente, para irme enfrentando a miedos, para ir exorcizando demonios. Y a veces, quizás, para escribir cosas a quien dice leerme siempre con la esperanza de encontrase entre mis letras.


No espero que me siga tanta gente como antes. No espero muchos comentarios. No espero nada. Pero os recuerdo que en blogger te puedes suscribir para que te lleguen la entradas al correo. Y que suelo poner el enlace el twitter. Y que si no, aquí de momento las puertas siguen abiertas.


Feliz 2024. Que Dios nos dé salud para enfrentar el resto. Que no me falte nadie más. Que vaya deshaciendo nudos de mi mente. Que el sol al fin, venza los bancos de niebla.


miércoles, 23 de noviembre de 2022

Botón de autodestrucción

 Hay veces que me enfrasco tanto en mis propios pensamientos que dejo de escuchar todo lo que me rodea. Tengo una capacidad de abstracción que puede ser muy buena o muy mala, según el caso. Cuando tengo que estudiar o estoy concentrada en algo importante es fantástico porque no me molesta el ruido del ambiente. Cuando mi cerebro irse de vacaciones a un lugar que le resulta más interesante pero mi cuerpo debe estar atento a cosas como conducir o trabajar, pues ya no está tan bien.

Ayer por ejemplo volvía conduciendo de un lugar donde no debía haber aparcado. Y no puse la radio del coche porque mi cerebro estaba cantando a todo volumen “Poison” de Alice Cooper, tan alto que no fui consciente de que la música salía de mi cabeza y no de los altavoces. No sé cómo llegué a casa, no soy consciente en absoluto del camino, los semáforos o los cruces. Pero sé que en algún momento empezó a diluviar, tuve que poner los limpias y entonces, sólo entonces, me di cuenta de que no hacía falta subir el volumen de la radio porque estaba apagada. Sin embargo, la voz del señor Cooper seguía clarísima a mi alrededor repitiéndome que el veneno corre por mis venas. Y me pareció bien. Era mejor eso que procesar otras cosas.

Al menos no me dio por cantar al Puma. Aún recuerdo esa época en la que casi me realizo una lobotomía casera con el taladro. A esto me refiero con que mi cerebro puede hacer las cosas muy bien o muy mal, sin termino medio. Puede elegir mis canciones favoritas cuando más las necesito o puede martirizarme con la numeración día tras día sin motivo alguno. Puede darme rachas de felicidad absoluta, de paz, de tranquilidad y de sentirme llena y que un día me despierte y de pronto decida dinamitarlo todo porque sí. De verdad no sé qué afán tengo con pulsar el botón de autodestrucción absoluta cuando menos lo necesito.

En la última semana ha habido dos personas queme han dicho que no me va la vida sencilla, que me gusta complicarme y jugar con los limites. Que me gusta rozar el fuego y ver cuánto puedo acercarme sin llegar a quemarme o quemarme sólo un poquito pero sin terminar en el hospital. Y joder, es cierto. Llevo toda la vida tratando de encontrar el equilibrio. Buscando personas, lugares y cosas que me den estabilidad, seguridad y calma. Y lo busco sabiendo que un día voy a decidir que eso me aburre y que voy a hacerlo saltar por los aires. Soy imbécil, ya lo sé.


Obviamente estoy en una racha de mierda. La única constante real en mi vida es Ron. Y no puedo creer que tenga que despedirme de él más pronto que tarde. No sé cómo voy a llenar el vacío gigantesco que va a dejar en mi vida. No sé qué haré con todo el tiempo, la atención, el amor y el cuidado que le dedico a él. No lo sé. En otras épocas me habría dado a la fiesta, el sexo y el rock and roll. O hubiese hibernado en mi casa mirando al vacío hasta el amanecer, comiendo roñidonetes y cantando rancheras. O hubiese tratado de hacer algo estúpido. Me marco objetivos muy absurdos cuando estoy mal, así que podría haber sido cualquier puta cosa estrafalaria y posiblemente, dañina. Ahora supongo que sólo me queda lo de cantar mentalmente eligiendo cuidosamente canciones que no incluyan pavoreales porque soy más madura. O simplemente más vieja y estoy más cansada. O porque tengo menos tiempo. O porque tengo un dorniense que a veces me mira con infinita paciencia, como si estuviera harto de ver cómo me hostio contra absurdos, sin reprocharme nada nunca. Pero me cuesta. Y aunque por ahora Ron está bastante bien y cada día lo tomo como un auténtico regalo, no dejo de tener un dolor constante en el pecho que me impide respirar con normalidad. Y para acallar eso, para poder tener una vida “normal”, para poder seguir yendo a trabajar, salir, comprar, hablar con otras personas, y no pasar los días llorando en posición fetal, lo único que hago es una especie de huida hacia delante a la desesperada. No pienso, no siento y no padezco. No paro ni un momento a escucharme. Voy, como en épocas antiguas, arrasando con lo que se pone delante sin pensar en consecuencias y tratando de coger aire mientras siento como una mano cruel se cierra alrededor de mi pecho y me roba el aliento en cuanto bajo la guardia un instante.


Seguramente no esté haciendo nada por mejorar las cosas para conmigo misma. Seguramente lo esté empeorando todo. Seguramente. Pero al menos las canciones de mi cabeza me gustan.

lunes, 10 de octubre de 2022

Yo antes vivía sola

 Mi marido me ha abandonado.

Bueno, no del todo, vuelve en un par de días, pero me apetecía el toque dramático. Se ha ido a Dorne a ver su familia. Yo me he quedado con Ron y Maya y mi casa para mí sola. En realidad me gusta poder quedarme sola de vez en cuando, pero me resulta extraño. Antes era lo normal, lo de todos los días, era como vivía. Ahora ya no. Ahora hay siempre un señor por ahí haciendo cosas. Y no es que sea molesto, el Dorniense es limpio, silencioso y ocupa poco sitio. Dicho así, parece que hable de un gato. Pero no, yo sé a lo que me refiero. He vivido con otros hombres y tenía constantemente la sensación de que estaban por el medio, ocupándolo todo o ellos o sus cosas. Hacían ruido, ensuciaban todo y eran increíblemente molestos. El dorniense no. Y eso es bueno. Todo en él es bueno, en realidad. No es perfecto, obviamente, pero creo que sí es lo bastante bueno. Sobre todo para mí. Es lo que necesito y sabe siempre lo que hacer conmigo, a veces cuando ni yo misma lo sé.

A veces creo que es la única persona del mundo que me conoce realmente. Mucho más que mis padres, que les adoro pero son capaces de sacarme de quicio como nadie. Más que mis ex, a los que me vais a perdonar la expresión, pero yo se la sudaba muchísimo. Más que mis amigas, que saben lo que yo enseño y yo no soy ninguna artista del destape. El Dorniense es quien más cerca está de conocer mis oscuros rincones mentales. Es quien mejor sabe cuando necesito una respuesta y cuando es mejor un silencio. Cuando debe frenarme y cuando darme alas. Es el único que consigue acallar las voces de mi cabeza y consigue que me lata el corazón de una forma acompasada.

Aún a veces le miro cuando está concentrado en sus plantas, o limpiando o haciendo la comida y me quedo embobada. Hostia tú, que ese tío es mi marido. Y no es sólo lo mucho que me sorprenda tener un marido, que también. Es que tengo uno al que se le marcan los abdominales y que tiene los hombros más bonitos que he visto en mi vida. Pero no iba a decir eso, que se nota que llevo cuatro días sin verle y me desvío del tema. El caso es que le miro y me parece increíble que ese tío me quiera. Porque yo soy un desastre. Uno grande. Yo vivo desquiciada, me altero por cualquier cosa, propia o ajena. Me paso el día despotricando contra cosas. A veces pienso en voz alta y le aturullo con mi verborrea. Yo sí que ocupo espacio, sobre todo porque desparramo desorden a mi paso. No sé cómo lo hago, trato de evitarlo, lo juro. Pero las cosas se desordenan y se descontrolan, la pila de ropa de la silla se multiplica y el escritorio sufre invasiones incontroladas de bolsas y papeles. Y yo misma soy una especie de complicación con patas. El Dorniense dice que el peor error que ha cometido en su vida fue ponerse pajarita una vez. Y lo dice en serio, muy en serio. Ojalá mi peor error, o incluso el mejor, fuera un atuendo desacertado.

El caso es que el compensa todo eso que está desequilibrado en mí. Y a veces le quiero tanto, tan fuerte y tal claro, que siento un extraño picor en el pecho, como si el corazón se me hiciera un poco más grande ahí dentro. Porque mira que yo he querido, pero no así. No con esa sensación de que es lo acertado, lo correcto, que quererle está bien, que quererle es lo mejor que podía pasarme.


Me pasé muchos años viviendo sola, acostándome sola cada noche. Metiéndome en una cama enorme y helada o calentada con la manta eléctrica. Y me parecía lo normal. Ahora llevo cuatro días que se me hace un poco cuesta arriba. Porque no está él ahí dentro, respirando despacio, llenando la almohada de ese olor delicioso y haciendo que la oscuridad no me dé miedo. Porque todas las noches cuando me acuesto, lo primero que hago es oler a mi marido y me fascina lo bien que huele siempre. Así que antes de dormir le olisqueo un poco y le beso el cuello. Me acurruco a su lado y le pongo una mano encima. Acompaso mi respiración a la suya. Y en unos segundos toda esa nube gris que siempre pulula alrededor de mi cabeza, se disipa. Le gano la batalla a la ansiedad por un día más. Dejo que los malos rollos se vayan y que mis preocupaciones se aparquen. Pospongo hasta el día siguiente las cosas pendientes. Y dejo que su compañía, su simple presencia me acune, que su respiración me arrulle. Y por esos momentos, todo está bien, todo está en paz. Y esa es una sensación que no había tenido nunca. 

Porque yo vivía sola, era lo normal, lo tenía asumido. Pero ya no. Ya no estoy sola, ahora hasta cuando se va, está él. Y vivir sola estaba bien. Pero con él es mejor.


sábado, 6 de abril de 2019

36


Ayer cumplí 36 años. Sigo teniendo que pensarlo dos veces. Igual que cuando hago cuentas de cuándo pasó no sé qué cosa. Porque ayer también hizo 25 años que Kurt Cobain se descerrajó un tiro en la cabeza y de algún modo el grunge y la generación X murió con él.
Me acuerdo bien. Yo tenía 14 años (cumplía 14 de hecho), estaba en el último año del colegio (8º de EGB, abueeeeela!) y estaba empezando a descubrir la música más allá de la que ponían mis padres. El rock, el heavy, el grunge me estaban llamando fuerte y en medio de mi apogeo de hormonas, del florecer de mi adolescencia y de empezar a abrir los ojos a mi propia vida y mis propios gustos, va ese tipo tan guapo, de ojos azules y greñas rubias y se suicida. El día de mi cumpleaños. Pues qué bien, oiga.
Kurt tenía 27 años y entró en la lista maldita. En aquel 1997 a mí tener 27 años me parecía algo muy lejano. Me parecía casi imposible salir al fin de ese colegio de mierda donde llevaba encerrada desde que tenía uso de razón y estaba rodeada de idiotas. Aún quedaban por delante los 4 años de instituto, la universidad... cosas que sonaban a muy mayor y a muy a largo plazo. Cosas que luego se pasaron en un suspiro. Cosas de las que ya hace un pila de años también.
Cuando yo cumplí los 27 me planteé entrar en el club también. El problema de los club en los que te exigen morirte para entrar es que es dificilísimo salir. Siempre bromeo con ello y por mi extraña conexión con él, digo que estuve a punto de hacer un Kurt Cobain. No es que fuera tan dramático, pero me gusta tomarme la vida (y la muerte) a broma. Es verdad que lo pasé muy, muy mal. Por suerte para mí, yo no le pegaba a la heroína ni tenía una escopeta en casa. Y en lugar de una nota de suicidio, abrí un blog. Sí es verdad que hubo días, noches y semanas enteras en las que pensé que la muerte sería una solución a todo lo que me rodeaba. Y me jode admitir que miraba a mi alrededor y creía que excepto a mis padres y a mis abuelos, a nadie le importaría lo que me pasara. Y eso es muy doloroso. Quizás no es cierto, o quizás sí, pero tu cabeza lo ve así, tu corazón lo siente así y duele en cada milímetro de tu ser. Todos necesitamos amar y ser amados, de un modo o de otro. Por amigos, familiares, compañeros, pareja, lo que sea. Pero lo necesitamos.
Ahí jugó un papel muy importante a mi favor Ron. Él sí me quería, sí me necesitaba y desde luego, no estaba dispuesto a quedarse sin comer por el mero hecho de que yo me quisiera morir y no me levantara de la cama. Así que venía, insistente como es él y me obligaba a salir de la cama a cabezazo limpio. Y ya que le ponía el desayuno a él, pues lo ponía para mí. También me obligaba a dormir cuando el insomnio me hacía la vida imposible. Y me acompañaba y me consolaba. Ron me quería ahí y me quería viva. Y bueno, por él lo haría todo.
Mientras tanto iba escribiendo en el blog. Muy triste al principio, muy jodida. Pero me fui dando cuenta de que cuando le daba la vuelta a una situación. Me la tomaba con humor y era capaz de contarla con gracia, me sentía mucho mejor. A la gente también le gustaba más, pero eso era lo de menos. Lo importante es que yo me sentía muchísimo mejor contándolo así que recreándome en la mierda.
Y el blog me trajo cosas buenas. Buenísimas. Me trajo al Dorniense cuando sólo era el Niño Chico. Me trajo amigos, conocidos, abrazos y mensajes. Me trajo, en un momento de recaída, la mejor de las oportunidades con la primera quedada en Granada. Esa vez, cuando gente que no me conocía en persona me pidió que fuera, que me apuntara y me hizo sentir en casa, supe que había una esperanza. Que podría volver a hacer amigos, a querer, a confiar y a ser parte de algo. Empecé a pensar eso de que al final las cosas salen bien y que si no están bien, es que no es el final. Empecé a confiar en que las películas tuvieran razón y después de las crisis todo empieza a mejorar y poco a poco, se llega a un buen lugar. El detalle es que en las pelis esas crisis duran unos minutos con banda sonora de fondo y luego enseguida la prota encuentra trabajo, pareja y amigos y el piso de sus sueños y los tacones no le hacen daño ni se le notan las canas o las raíces en el pelo. En mi caso no fue un ratito de imágenes con música, si no años de lucha y pelos encrespados que aún mantengo muchas veces.
Pero el grupo de las cabras me dio la vida. Las quedadas de verano, los fines de semana aquí o allá, los colchones por el suelo, las canciones horteras, los bambos y las alpargatas. No sé si lo saben, porque somos más de reírnos los unos de los otros que de ponernos moñas, pero son uno de los puntales que sostienen mi vida cuando todo lo demás se derrumba.
Hace unas semanas, cuando el Dorniense y yo celebramos nuestra unión de hecho y me vi rodeada de casi toda mi gente, de mis satánicos, a los que recuperé cuando me recompuse, de mis blogger, de mis compañeras de trabajo a las que adoro y sobre todo de las cabras, pensé que no se podía ser más feliz. Porque ahora sé que sí le importo a alguien. Les importo tanto que hacen una kilometrada desde la otra punta de España para venir a compartir la felicidad. Vienen, con regalos y bromas, con fotos y canciones, con un bambo y unos calzoncillos grandes, con un paquete de roñidonetes y unas cervezas y unas aceitunas. Vienen por mí, por el Dorniense, por nuestro grupo, nuestra alegría y nuestros momentos compartidos. Vienen y mientras me río y me divierto y canto a grito pelado en el coche, lo que pienso es que me salvaron del abismo. Que no lo saben, pero que sentirme arropada y querida es lo único que necesitaba para sacar toda mi fuerza y seguir adelante. Que no lo saben, pero me alegra mucho más cumplir 36 de lo que me alegró cumplir 27. Que no lo saben, pero quizás ahora tenga canas, melasma y el culo más caído, pero me da igual. Porque ahora soy feliz y las tengo a ellas. Y tengo a los demás. Y tengo al Dorniense, y tengo a Ron y tengo a Maya y tengo tantas cosas que no puedo contarlas. Y me tengo a mí misma, viva y con ganas de vivir.

Feliz cumpleaños, yo. Cómo me alegro de haber salido a delante. Y Kurt, querido, cómo lamento tu unión al club de los 27. La tuya y la de todos los demás. Os habéis perdido lo mejor.


sábado, 12 de enero de 2019

Oda al desorden


Sabéis que adoro a Netflix y que contratarlo está en el top five de mis mejores decisiones en la vida. Pero en este caso son los culpables de mi cabreo. Bueno, los intermediarios de mi cabreo.
Han estrenado una “serie” de una japonesa que se llama Marie Kondo y que ordena cosas. Y a la gente le ha dado la fiebre del orden. Ahora resulta que si lo dice la marikondo pues bien, pero si lo decía tu madre, pues pasando. De verdad que la gente descubre la Luna todos los días.
El fundamento de mi cabreo es que a mí no me gusta el orden. Así como suena. Me gusta vivir en cierto caos. Me gusta mi mierda, me gusta mi desorden, me gustan mis cosas por medio. Me gusta la pequeña diógenes que tengo en el interior. No me gustan las casas minimalistas, las paredes vacías, las estanterías con apenas dos cosas, las librerías son una sola colección de libros iguales para decorar. No me gusta, no es mi rollo. Yo soy muy de vida real, de día a día, de casas con cosas, de fotos en las paredes, de recuerdos de viajes, de libros amontonados en las estanterías, de mantas en el sofá, de vivir con animales que obviamente ensucian y desordenan. A mí me importa una mierda que mi gata esconda cosas bajo el sofá, que espurreé juguetes por el suelo, que haya ropa en la silla o que se acumulen cuadernos en el escritorio. Me da igual. De hecho, me gusta. Si está todo recogido, tengo la sensación de que la casa no está viva y además, no encuentro nada.
Para colmo, la marikondo tiene unas normas que me tocan mucho el coño. A ver, las normas por lo general no me gustan y siento el deseo irrefrenable de incumplirlas según las oigo, pero estas me llevan los demonios. Dice que no se deberían tener más de 30 libros. Mira, payasa, te daba yo 30 librazos en tu cabeza oriental. Y que sólo debes tener la ropa que te haga feliz. Vale, pues me quedo con los pijamas y las camisetas de juego de tronos. Mis jefes iban a ser super felices viéndome llegar cada día con el pantalón de franela y la camiseta de “you know nothing, Jon Snow”. Porque además eso, yo no tengo pijamas de esos que ahora la gente lleva a la calle o a los premios de no se qué, de seda, monísimos y todo glamurosos. Mis pijamas son de pelotillas, con dibujos absurdos, con la goma de la cintura un poco pasada y llenos de pelos de gato. Y diréis, ¿el resto de tu ropa no te hace feliz? Pues a ver, no me desagrada, obviamente, pero me la pela un poco. Lo considero algo de uso, algo que me tengo que poner para salir a la calle. Pero no es una cosa que me “haga feliz”.
Y a ver, que de vez en cuando me da el perrenque de limpieza y me deshago de mierda acumulada, sí. Pero que tenga que pasarme media vida colocando, ordenando y pensando si este jersey beige me hace feliz o no, pues como que me mosquea. Yo tengo muchas cosas que hacer. Cosas que me gustan. Y no me da tiempo a la mayoría. Yo con trabajar y dormir lo tengo casi todo hecho a diario. Lo siento, soy así de inútil. Yo de lunes a jueves duermo, trabajo, como, duermo otra vez, me ducho y vuelta a empezar. No tengo tiempo para más. Apenas veo un capítulo de una serie mientras ceno o leo un ratín antes de dormir. Mis compañeras de trabajo dicen que hacen más cosas porque le quitan horas al sueño. Pues mira, allá tú. Yo necesito dormir. No le veo ningún sentido a restarme salud y a estar cansada y malhumorada siempre para invertir esas dos horas que “ganaría” en ordenar cajones de bragas y hacer la colada de forma concienzuda. Me pegaría un tiro y dejaría mi piso minimalista, ordenado y cuadriculado hecho unos zorros. Prefiero mi caos en el que soy razonablemente feliz.
Como decía Roxanne en la mítica serie de los 90, “perdona el desorden, pero es que vivimos aquí”.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Soy gilipollas (spoiler: termina bien)


Soy gilipollas. No se puede decir que esto sea una novedad, pero viene al caso de lo que os voy a contar.
El otro día estaba pacíficamente escribiendo las tarjetas navideñas que este año van a llegar más o menos para San Valentín, cuando le sonó el móvil. Era una persona a la que en el pasado quise muchísimo, pero con la que ahora apenas tengo contacto. Me dijo que necesitaba alguien que fuera amante de los gatos (y gilipollas). Y yo pensé “ya la estamos liando”. Y efectivamente. Que se había encontrado una gatita, que era muy buena, muy guapa y muy cariñosa, pero que no se la podía quedar porque aunque había intentado adaptarlos, los dos perrospatada que tiene no dejaban de ladrarla y que la pobre estaba cada vez más asustada.
Al parecer, la gatita un día de lluvia se había metido en el portal buscando un poco de refugio. Habían puesto carteles por toda la zona, la habían llevado a todas las veterinarias que conocían, pero nadie la había visto y no tenía chip. Así que, por favor, que si podía quedármela.
Y a ver... Os juro que me la quedaría. Esa, y cincuenta más. Pero no puedo. Ron está muy bien, pero tiene sus achaques que no se puede jugar con ellos y que me cuestan una pasta al año en veterinario. Y además está Maya. Y el Niño tiene a Coco, que si algún día nos arrejuntamos, ya son tres bocas gatunas que alimentar. Y mira, no me da la vida.
Pero aquí entra mi vena gilipollas. Le dije que no me la quedaba, pero que le buscaría casa. La llevé a la veterinaria que siempre me ayuda con estas historias y las chicas fueron tan adorables como siempre. Le hicieron revisión, test de inmuno y leucemia y por unos eurillos más, se la quedaron unos días en una jaulita. ¿Era la solución ideal? No. ¿Era la más parecido a una solución? Sí. ¿Me dejé (porque soy gilipollas) la mitad de mi presupuesto para regalos de Reyes en el test, la comida y la estancia de la peque? Obviamente.
Ahí empezó la locura de difundir por Twitter, por facebook, y por grupos de amigos y conocidos. Pero nada. Así que me pasé dos días llorando por las noches (porque soy gilipollas), molestando a todo el mundo por el día (porque soy gilipollas) y echando cuentas de si me podría gastar algo más de dinero en tenerla más días en la veterinaria (porque soy gilipollas y pobre).
Hasta que se me ocurrió preguntar a la chica que a veces me echa una mano con la casa desde que trabajo más horas que un reloj. Es brasileña, adora a los gatos y mis gatos la adoran. Me dijo que ella no podía pero que buscaría a alguien, que conocía muchos grupos de brasileños. Y oye, empiezo a estar enamorada del país de la samba. En un solo día me hablaron dos chicas que querían a la gatita. Una de ellas me dijo que el problema es que se iba de viaje hasta enero y la otra me dijo que la recogía al día siguiente. Así que me decidí por esa. Quedé con ella, le hice mil preguntas y las pasó todas con nota. Había tenido gatos ya, podía permitirse el veterinario, la castración y todos los cuidados. Y quería, realmente quería, salvar a un gatito de la calle. Así que se la llevé. Y la dulzura con la que la habló y la cogió en brazos me convencieron. Ahora me manda fotos y me cuenta que ya va comiendo sola, que poco a poco tiene menos miedo y que están muy bien las dos juntas.
Así que la historia tiene un final feliz. Gracias a Dios. Y a los brasileños.
Y me diréis aquello de que no soy gilipollas, que tengo buen corazón y blablá, pero la verdad es que sí soy una imbécil. Porque a ver qué hago yo metiéndome en más líos con la de problemas que tengo, disgustándome y queriendo salvar el mundo a través de los gatos. Pero no lo puedo evitar. Hay gente que le conmueven los niños de África, los del Sáhara o los enfermos de no sé qué. Hay gente que colabora con la iglesia, con cruz roja o con fulanitos sin fronteras. Muy loable todo. Hay gente que sólo colabora con su propio ombligo. Menos loable, francamente. Yo trabajo cada día con personas y a veces termino hasta el coño de los humanos, así que en mi tiempo libre, cuido gatos. También cuando puedo dono algo de dinero para perros, ratas, conejos o ballenas. Cualquier animal no humano me vale. Y es que veo en ellos toda la vulnerabilidad. Veo que pagan las consecuencias de una sociedad absurda de la que no tienen la culpa. Me muero de pena cada vez que leo que los peces, tortugas o cualquier ser marino que muere por culpa de nuestros deshechos, nuestra contaminación, nuestros plásticos. Cada vez que leo que hay menos y menos espacio libre para leones o tigres o monos. Cada vez que leo que una especie se extingue o entra en números rojos de población. Me duele, me duele el alma de pensar que somos así de crueles. Así que sí, soy gilipollas, pero hago lo que me conciencia me grita, que es cuidar y dar voz a cada bicho que no puede hacerlo por sí mismo. Y no me arrepiento. Y lo seguiré haciendo. Y seguiré siendo pobre. Y gilipollas, sobre todo, gilipollas.

martes, 9 de octubre de 2018

catarro 1 - Naar 0


Al final el catarro ha hecho mella en mí y he tenido que coger la baja. No me gusta faltar al trabajo, pero de verdad que no estaba en condiciones de ir a ningún lado que no fuera el médico.
Tengo un doctor nuevo porque me he cambiado de nuevo al horario de tarde. Es un señor un poco amanerado, con el pelo blanco, los ojos muy azules y bastante amable para ser médico. Según me ha visto me ha sonreído y me ha dicho “huy, vaya catarro”. Y yo, maja por naturaleza, le he dicho “sí, para eso no hace falta ser médico.” El buen hombre se lo ha tomado como una broma y me mirado un poco, me ha dicho que era sólo de las vías altas (o sea, nariz como un pimiento morrón maduro) y que tomara paracetamol y descansara. Para eso, querido, tampoco hace falta una carrera. Pero no se lo he dicho. Se ha puesto a rellenar unos papeles y me ha dicho que me iba a dar la baja y que cuantos días quería. Mi yo vago y lleno de cosas más interesantes que hacer aparte de trabajar, ha pensado “una semana”. Mi yo pobre ha replicado “un día y vas que te matas, muerta de hambre”. Mi yo sensato ha sido el que ha salido de mi boca y ha dicho “hoy y mañana, el miércoles y creo que ya puedo ir”. La verdad es que no me apetece nada levantarme a las 6 y estar 9 horas fuera de casa, pero menos me apetece no tener para comer, así que no es mal acuerdo dos días de reposo y lego vuelta a la lucha.
Sigo haciendo cuentas y creo, espero, deseo, que para el sábado pueda estar en condiciones bodiles. Lo dudo un poco porque estoy bastante floja y no tengo ganas de ir por ahí tambaleándome en los tacones como bambi recién nacido, pero haré lo que pueda. Sólo espero que dejen de gotearme la nariz y de llorarme los ojos para poder maquillarme un mínimo y no ir hecha un zurrapastro. Pero no prometo nada. Lo que no me veo, francamente, es con mucho ánimo de bailar ni de montar juerga. Además siendo una boda de día, la cosa se pone en mi contra. Las noches me animan y me desatan, pero eso de bailar a las seis de la tarde, a plena luz del día y en estado totalmente consciente y sobrio, como que no.
Total, que haré lo que pueda. Cuando la situación empiece a superarme por la razón que sea, le daré al niño uno de esos toquecitos en la mano que él y yo entendemos y nos iremos. A veces creo que podríamos comunicarnos por morse con apretoncitos de manos.

Por cierto, sé que siempre he dicho que me gusta el verano. Pero estoy cambiando de opinión. El otoño es deprimente con sus noches alargándose y comiendo terreno al día, pero mis gatos están súper contentos y felices con el fresquito. Corren y juegan como locos, se me suben mucho encima y comen de maravilla. La peque después de todo el verano dando por saco con la comida vuelve a engullir bolitas como si no hubiera un mañana y está otra vez gordita y lustrosa y no con ese culo diminuto y huesudo que lucía este verano. Ron está contento y juguetón y amoroso y gordo como un cebollo. Ahora mismo escribo esto con Maya en las piernas y Ron sobre mi regazo. Suena guay, pero no es fácil escribir con un gato de siete kilos aplastándome la escasa capacidad pulmonar que tengo estos días. En fin, que sigo siendo una chica proverano, pero mis niños me han hecho prootroño. Lo que hay que ver. Lo que se hace por amor.

domingo, 7 de octubre de 2018

El blog ha muerto, ¡Viva el blog!


La blogosfera ha muerto. Dije esto hace unos pocos post y he decidido recrearme en la idea. Igual la que se muere soy yo porque tengo un catarro de los que hacen afición. Así es, amigos, a cinco días de la boda de Reichel he decidido coger un resfriado como hacía muchos meses (quizás desde el año pasado) que no tenía uno. Es fantástico porque le da emoción al asunto de si podré terminar todas las cosas que quiero tener listas para entonces, si podré pasar por la peluquería, si podré caminar hasta el convite sin desmayarme por el camino o si simplemente podré maquillarme un poco la nariz ceporra que me gasto o la llevaré a juego con el vestido rojo-inflamable.
La fiebre me hace desvariar. Es como aquella vez que confundí una manzana con un tomate y casi invento la fusión pan con manzana frotada y jamón. En fin.
Decía que los blog han muerto. Es así queridos. Podemos seguir negándolo, podemos mirar hacia otro lado, podemos hacer como que no ha pasado nada y no va con nosotros. Podemos hacer lo que nos salga del chichiribichi, pero dará igual y esto seguirá más muerto que un arenque en salmuera.
Yo empecé en el mundillo de los blog allá por 2007. Jatetú. Lo que ha llovido. Qué viejos somos. Como se viene la muerte, tan callando. Pero el caso es que entonces todo el mundo tenía blog. Todo el mundo leía, comentaba, escribía. Había premios, quedadas y comunidades. Había de todo. Luego, poco a poco se fue viciando el ambiente. No sé bien por qué. Ni creo que importe mucho. Poco a poco, los blog buenos de verdad fueron cerrando. Otros quedaron abandonados en el limbo. Otros, simplemente se fueron apagando como velas consumidas. Algunos resistimos. Pero de un año a esta parte, ya no queda casi nada. Hasta los más constantes se han cansado, se toman largos descansos, escriben de pascuas a peras y hay un desánimo generalizado. Así que todo este páramos que ves, antes era blogs.
Muchos han migrado a twitter. Ahora lo que se lleva son los hilos. Encadenar mil tweets para contar algo que cabría de sobra en un post, pero con la inmediatez y la repercusión tuiteril. Otros cuantos se han ido a youtube. Es más cómodo sacar el móvil, contar tu rollo y ahorrarte darte a la tecla. Y de paso pones tu jepeto por delante. Otra gente se ha desvanecido en la nada. Me pregunto qué será de ellos. Si seguirán escribiendo, si seguirán sintiendo la necesidad de escribir o si sólo era una moda para ellos y no algo que realmente llevaran dentro.
Yo por mi parte tengo twitter y me gusta mucho. Hay que saber usarlo, pero si pones un poco de esmero, puede ser muy divertido. Youtube no es mi medio. No me gusta oír mi propia voz ni grabarme ni salir enseñando el careto y no creo que pegue con mi estilo de contar las cosas. Y yo sí que tengo la imperiosa necesidad de escribir. No es moda, no es postureo, no es nada. Es sólo una parte de mí, como tener la nariz grande o resfriarme antes de los eventos y confundir manzanas con tomates.
Con esto quiero decir que yo no me voy a ningún lado. Ya nadie lee y casi nadie comenta, pero me da lo mismo. Me gusta venir aquí y soltar mis rollos. Y en realidad, ahora que nadie hace ni caso, es un poco como la vuelta a los orígenes. Puedo decir y hacer lo que me venga en gana que a nadie le importa una mierda. Eso mola. Da cierta libertad. Porque en las épocas de explosión bloggera si escribías un post que por la razón que fuera no gustaba o que tú creías que era bueno y no triunfaba, te quedabas un poco ahí, rumiándolo, ¿qué habrá pasado? ¿no habré expresado bien lo que quería decir? ¿habré ofendido a alguien? ¿se habrá caído la conexión y nadie puede verlo? ¿habrá un conspiración en mi contra? ¿la mano negra? ¿los alien?
Ahora vuelve a dar igual. Ahora, como diría Extremoduro, qué importa ser poeta o ser basura. Escribas lo que escribas apenas habrá tres o cuatro comentarios con mucha suerte. Apenas habrá un par de cientos de visitas, contando posiblemente las tuyas propias para ver los escasos comentarios o corregir ese error tipográfico que te hace sangrar los ojos.
Sé que algún día blogspot cerrará y se llevará nuestros restos como lágrimas en la lluvia. Sé que algún día contaremos a las generaciones futuras que teníamos blog y pondrán cara de que somos unos carcamales y hablamos un idioma desconocido. Sé que algún día enterraremos definitivamente esto que ya está muerto. Pero NOT TODAY.

P.D. Este es el post 701. ¿Recordáis cuando celebrábamos el número de post?


sábado, 22 de septiembre de 2018

Pinceladas


Casi todas las mañanas me despierto con alguna canción mega absurda en la cabeza. Hoy ha tocado el tractor amarillo. Jesús bendito. Las seis de la mañana, el sol sin salir, las calles sin poner y yo “hay que comprar un tractoooor, ya lo decía mi padreeee, que es la forma más barataaaa de teneeeer descaaaapotableeeee”. La muerte en vida. Hasta he echado de menos al Puma y la numeración, quién me lo iba a decir.
El miércoles me hice otro agujero en la oreja. En el cartílago. Llevaba años queriendo, pero por unas cosas u otras lo había ido dejando. El verano pasado estaba convencida, pero llevaba cascos en el trabajo y la sensatez me hizo postergar la idea. Ahora ya me he cansado de esperar y el miércoles me dije que era buen momento para taladrarse. Por qué no. A los 35. Con dos cojones. Toda la vida acomplejada por mis orejas y ahora me las lleno de cosas brillantitas que llaman la atención. La madurez y esas cosas, supongo.
El Niño está teniendo una semana un poco larga, un poco coñazo, un poco... de esas semanas que se hacen cuesta arriba. El martes le desalojaron del metro y como no habla metrero y no entendió lo que dijeron por los altavoces, aún tenemos la duda de qué habría pasado. Salió a la calle para coger el autobús y le atropelló una bicicleta. Cuando me lo dijo me preocupé bastante, pero al día siguiente me morí de risa contándoselo a mis compañeras del curro. Lo sé, soy una novia estupenda.
Maya ha aprendido a decir mamá y a explicarme por señas que quiere comer. Sé que casi todos los gatos dicen mamá. Es simplemente un maullido un poco amorfo de esos que sueltan a veces. Maomaaooouuu. Sólo que esta puñetera sabe que me hace gracia y ha decidido decirlo cuando quiere llamarme. Lo de la comida es otra cosa. A veces, cuando están puñeteros con lo de comer por el calor o lo que sea, les llevo un puñadito de croquetillas de gato en la mano en plan cuenquito y se las doy. A los dos le encanta esa chuminada mimosa. La canija ha aprendido a venir a la cama, sacarme la mano de debajo de la almohada y meter el hociquillo en mi palma y simular que come, como diciendo que es eso lo que quiere. De verdad que no habla porque no tiene cuerdas vocales apropiadas más que para decir mamá en tono gatuno. Así que, aunque me levanto a las seis, cuando viene a las cinco (o antes, la maldita) y me dice maomaooouuuu y me “come” de la mano vacía para hacerme saber lo que quiere, me muero de ternura, risa y ganas de matar y morir porque el madrugón no me lo quita nadie.
Ron está feliz. Le encanta el final del verano y el otoño. Cuando los días aún son largos y cálidos pero las noches son fresquitas y puede pegar su gordo trasero al mío para dormir. Se pasa las noches jugando con la niña. Corren por el salón, turrú-turrú, escaleras arriba y escaleras abajo. Se pone panza arriba para que la peque le cace y se suba encima. Se mordisquean y se revuelcan. Me quedo embobada mirándoles. Qué suerte la mía.

Y aquí sigo, con mi propuesta de escribir un poco más y contar cosas, por pequeñas, absurdas e incongruentes que sean. Porque la blogosfera ha muerto (asumámoslo de una vez) pero yo quiero escribir. Para leerme a mí misma dentro de un tiempo. O para algo, no sé el qué. Pero quiero. Y cuando yo quiero, pues pocas cosas me frenan.

viernes, 8 de junio de 2018

Ojos pochos y ronquidos.


El Niño Chico se ha venido a vivir a Madrid. No a mi casa, porque pasar de vivir a 600 kilómetros a vivir en 40 metros cuadrados es demasiado radical. De momento vamos a tentar a la suerte viviendo en la misma ciudad, que no es poco.
El caso es que he decidido celebrarlo con una especie de conjuntivitis o algo semejante. Siempre que me he ido a vivir con uno de los ex o que la relación se ha puesto más seria, mi cuerpo ha dado claros avisos de querer boicotearme. Al menos está vez ha sido poca cosa, sólo son ojos irritados inyectados en sangre y con un escozor brutal. Peor fue cuando empecé con el Ross y tuve unas hemorroides que me llevaron a urgencias (y que curiosamente luego desaparecieron como si nada). Mezclado con la dermatitis aquella de origen desconocido y con una caída de pelo que pensé que me iba a convertir en la señora bombilla.
En fin, lo que sea.
El caso es que llevo toda la semana con los ojos súper llorosos, rojos e hinchados. Y sí, he ido al médico, me mandó un colirio y me lo doy puntualmente porque me gusta echarme cosas en los ojos que no sirven para nada.
En el centro los abuelos me consuelan todo el rato. Creen que me pasa algo y me abrazan y me dicen que no me preocupe. Y yo ahí, aguantando el tirón mientras las auxiliares se parten de risa.
Y no sé si por lo de los ojos o por qué, pero estoy un poco... irritable. Sí, eso.
En parte porque con los ojos así no puedo trabajar bien y se me está acumulando el trabajo. El miércoles doy una charla en el centro y me temo que vaya a tener que improvisar las diapositivas el día de antes porque no he podido ponerme a hacerlas, por las mañanas tengo los ojos mucho peor y mirar la pantalla del ordenador es una tortura.
En parte también estoy de mal humor porque no duermo bien. A ratos tengo frío y a ratos calor, doy vueltas en la cama y tengo sueños rarísimos de esos que te despiertas aún con el cabreo. Ron ha decidido que las cuatro de la mañana es buena hora para un tentempié y viene a exigir bolitas a cabezazo limpio hasta que me rindo, me levanto y se las pongo. Y para colmo mi vecino ronca como un demonio. Lo he dicho más veces, ese hombre ronca a niveles no conocidos por el ser humano hasta ahora.
La otra noche por ejemplo, me acosté pacíficamente a las doce y media de la noche. Lo que para mí es prontíííísimo. Y según me meto en la cama, digo qué cojones es ese ruido. Levantaba la cabeza como los perros cuando enderezan las orejas. Nada. Volvía a apoyarme en la almohada. Ruido. WTF? Levantaba cabeza. Nada. Así un rato. Identifiqué por fin al gilipollas roncador a la vez que Maya, que sube siempre a dormir conmigo, daba vueltas por la habitación también buscando el ruido, ya que cada vez que el desgraciado roncaba ella hacía un ruidito de interrogación. Los que tenéis gato sabéis a qué ruidito me refiero. Te miran y hacen “prrrraw??”. Y a ver cómo le explico al mico negro que es el vecino y que se duerma.
Así que hice lo que haría cualquier persona irracional y absurda como yo: poner la melodía de Juego de Tronos a todo volumen en el móvil y pegarla a la pared colindante. ¿Y por qué esa música? Primero, para dejar claro que iba a declarar la guerra a medio mundo si seguía oyendo sonidos sólo conocidos más allá del Muro y segundo porque es lo que tengo en el móvil.
Curiosamente, no funcionó. El roncador siguió a lo suyo, es decir, roncando.
Así que me poseí por el espíritu de marujona que tengo en mi interior, me armé del palo de la escoba y le di unos cuantos mamporros a la pared a la vez que reprimía las ganas de gritar “callaos, gamberros, que no son horas”. Y no lo hice, porque francamente, ante unos ronquidos esa frase no procede. Pero los golpes sí hicieron efecto. Al menos durante suficiente tiempo como para que yo pudiera dormirme y dejar de oírle.
Y este es mi resumen de la semana. Estoy cansada, medio ciega, con cara de zombi y una presentación sin hacer. Todo funciona a las mil maravillas. Puro Naar style.

P.D. No os habéis dejado ningún capítulo sin leer, el Niño Chico y yo retomamos lo nuestro y somos muy, muy felices, pero no quiero hablar demasiado de él en el blog por razones que no me da la gana de explicar. Pero estamos muy bien y me alegro mucho de que vivamos a menos de 500 kilómetros por primera vez en la vida.

domingo, 6 de mayo de 2018

Prioridades


Soy un poco desastre. Siempre lo he sido. Me gustaría decir que soy organizada y ordenada y que llevo siempre las cosas al día, pero no es verdad. En el trabajo me esfuerzo muchísimo por luchar contra mi propia inercia y sobrecompenso mis carencias con una excesiva meticulosidad, pero en el resto de mi vida, todo se inclina hacia el caos.
A veces me pregunto cómo lo hace la gente para trabajar, tener la casa organizada, cocinar cosas buenísimas, tener hijos, marido, familia, amigos, vida social, ir al gimnasio, arreglarse las uñas y comer cinco piezas de fruta al día. Yo no doy pie con bola y me siento francamente orgullosa de levantarme todos los días y salir por la puerta para ir a trabajar a mi hora sin dormirme. Ese es mi gran logro diario. Obviamente, suelo tener la casa tirando a desordenada, como lo primero que me encuentro por la nevera y paso días enteros sin hacer caso a nadie, ni familia, ni amigos, ni al Niño Chico.
El otro día me di cuenta de que en parte, el truco de la gente para hacer todo esto es dormir poco y no pasar horas muertas viendo series.
Valoré la idea.
La seguí valorando.
Le di una vuelta más por si acaso.
….
Y llegué a la conclusión de que no merece la pena.
Soy una adulta de mierda, lo he dicho más veces. Pero es que no me compensa tener la casa como los chorros del oro y no ver series. No me compensa llevar la manicura bien hecha y el pelo perfecto y quedarme sin siesta. No me compensa tener toda la ropa planchada y no poder leer un rato todas las noches. Simplemente no. No soy yo. No es mi rollo, nenes.

Así que ahora estoy viendo Lost, entre otras series. Y sigo leyendo. Y escribiendo a ratos. Y jugando con mis gatos. Y me echo la siesta y voy a pilates y a inglés. Y, ojo, me levanto todos los días a mi hora, que es mi súper triunfo diario. Y al resto, le pueden dar bastante por saco.

lunes, 5 de marzo de 2018

la no-novela.


Llevo escribiendo toda la vida. No me recuerdo a mí misma sin saber leer y escribir. Lo primero que hay por ahí escrito por mí es una felicitación de navidad a los yayos, deseando feliz 1986. Yo tenía dos años y medio. Fui, digamos, precoz. Y no creo que es porque fuera especialmente lista, es simplemente que los juegos de niños no me gustaban y yo quería saber qué ponía en esas cosas que los mayores miraban durante tanto tiempo con atención. Fue más curiosidad que otra cosa.
Mi primera historia completa se llamaba “El sol y yo” y era un cuento ilustrado con dibujos en el que el sol venía a despertarme y llamaba a mi ventana y nos hacíamos amigos. Es que la lluvia nunca me ha gustado. Tenía 4 años, porque lo hice en clase de párvulos mientras me aburría porque mis compañeros estaban aprendiendo las vocales. El siguiente fue “El perro de P.S”, que era mi amiga de clase y contaba la historia del perro de su abuelo, que le ponían el collar y lo sacaban a pasear. También tenía sus dibujos y todo. Digamos que los 4 años fueron una época de mucha productividad literaria debida a mi aburrimiento supremo en el colegio.
Desde entonces he escrito casi sin parar. Diarios, cuadernos, meditaciones, sueños, cartas, cuentos, historias, el primer blog, este blog... si todas las letras que he escrito en mi vida tomaran forma, como las de la sopa, me sepultarían viva.
Sin embargo, ahora, por primera vez, he terminado algo que podría ser una novela. Quizás, como diría Unamuno, no llegue a ser novela y sea “nivola”. Y claramente tampoco sería eso porque osar a compararse con Don Miguel es demasiado para cualquiera. Quizás sea una no-novela, que es como si tartamudearas y la negaras a la vez. Así que no lo será, no os preocupéis, no voy a publicarla y a daros la tabarra para que la compréis. Me muero de vergüenza sólo de pensarlo. Hoy en día cualquier mongoloide junta cuatro letras y las publica. A veces es famosete de medio pelo y se la publican. Otras, su propio ego le hace autopublicarla y creerse escritor. Porque veo cada cosa en twitter, por ejemplo, que no doy crédito. Y se llaman a sí mismos poetas por ponerse intensitos y decir obviedades absurdas utilizando el intro de manera aleatoria para crear espacios. Escritores y poetas. Y se lo dicen ellos solitos. Madre mía los egos. Y hay quien les lee y todo. En fin. What time to be alive.
Decía que no, no publicaría nunca. Pero la he terminado. Y me siento extrañamente orgullosa de mí misma. Porque la mayor parte de las veces escribo sin ton ni son y no son cosas con un principio y un final, que cuenten una historia más o menos bien hilada. Sólo sólo retazos desordenados y caóticos, como yo misma. Pero esta vez lo he conseguido. Y aunque no llegue nunca a ver la luz, quería decirlo.
Y habrá quien diga, “mujer, ya que lo has escrito...” Pero no. Creo que la frase esa de que hay que escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol ha hecho mucho daño. Y de verdad, el mundo no necesita más niños malcriados, ni más libros de mierda. Mejor plantad tres árboles y con un poco de suerte no moriremos asfixiados en un par de décadas. Pero bueno, esto es una visión chunga mía del asunto, que creo que sobramos humanos y que la mayor parte de lo que se escribe hoy en día es de ínfima calidad. Y como no creo que yo lo haga mejor, pues me quedaré aquí con mi blog sin ínfulas pretenciosas. Yo es que soy una mujer humilde. Prefiero los gatos a los hijos y los post divertidos de blog en vez de los libros malos.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Paranoia

Alguna vez he contado que tenía un tío paranoico. Y no en plan chiste, jaja, qué paranoico el tío. No, en serio, en plan paranoico de enfermedad mental. Lo que pasa es que yo, que soy muy políticamente incorrecta, me gusta reírme de todo. Y me río de esto, porque creo que la risa nos hace libres y nos pone alas, como dijo Miguel Hernández. Y uno de los problemas de hoy en día es que nos reímos muy poco.
Total, que mi tío el paranoico creía que los políticos le tenían manían. Especialmente Alfonso Guerra, que le odiaba a muerte. También creía que la canción de Perales de “y quién es él y a qué dedica el tiempo libre” se la cantaba a él, y cuando sonaba en la radio era porque los políticos le estaban mandado un mensaje para que supiera que estaban tratando de encontrarle. Por eso salía con gafas de sol a la calle, para que nadie le reconociera.
Yo obviamente no llego a esos niveles. No estoy enferma. No soy una paranoica real. Pero a veces me da un poco la neura. Por eso he tenido unos días el blog privado. Porque antes no tenía trabajo y mis historias no podían acarrearme mayores consecuencias. Pero ahora la situación es diferente. Ahora tengo un puesto relativamente importante, tengo compañeros, tengo usuarios, familias y contactos. Y me da por pensar que si conocieran el blog estaría más expuesta de lo normal. Sería más vulnerable ante ellos. Sabrían demasiado de mí.
En realidad la paranoia empezó porque gente del trabajo me empezó a agregar a facebook. Y me “insinuaron” que pusiera el trabajo en mi perfil, ya que se está lanzando una campaña en las redes de nuestro centro y nuestros servicios. Y entonces me di cuenta de que la mitad de la gente de mi facebook personal es gente relacionada con el blog. Y me empezaron a subir los calores y al final puse el blog privado mientras le daba vueltas.
Luego lo estuve releyendo un poco y me di cuenta de que no hay nada malo en él. No critico ni doy datos relevantes de usuarios, obviamente. No es que me vayan a despedir por escribir mis mierdas aquí. Es, simplemente, que sabrán si frunjo o si salgo o si opino sobre cualquier tema. Y no es que eso importe demasiado. Al fin y al cabo, empiezan a intuir que estoy loca de todas formas.

Toooootal, que de momento lo vuelvo a abrir, pero no garantizo nada porque estoy un poco sensible con el tema y quizás me de un perrenque de nuevo. Quizás, si oigo una canción de Perales o si sale en la tele Alfonso Guerra (¿sigue vivo ese hombre?). Y en el peor de los casos, me pondré gafas de sol y arreglado.

jueves, 25 de enero de 2018

Futuro marido, te voy a ser microinfiel.

Querido futuro marido:
no sé si nos conocemos ya o si llegaremos a encontrarnos. Ni si quiera sé si existes. La verdad es que nunca he pensado en ti porque me importa bastante poco. Pero por si acaso algún día llegas a mi vida, tengo que dejarte claro que te soy microinfiel. Así, desde ahora que no sé si existes. Y lo voy a seguir siendo. No pienso cambiar.
Porque querido futuro marido, espero que tú también me seas microinfiel. Llevaré mis microcuernos con orgullo, como espero que lleves tú los tuyos.
Por si te surgen dudas, puedes aclararlas aquí. Y lamento que el sitio original que me hizo darme cuenta de lo microinfiel que soy haya eliminado el artículo, pero te haces una idea.
El caso es que sí, aunque te encuentre, te quiera y hasta en el hipotético caso de que me despose contigo, seguiré siendo microinfiel.
Seguiré teniendo redes sociales, siguiendo y dejando que me siga gente que quizás conozco o quizás no. Con la que puede que no tenga una relación directa. Con la que quizás la tuve en el pasado. Y sí, comentaré con ellos cuando me salga del higo. Les enlazaré noticias o fotos que piense que les pueden gustar. Pondré “me gusta” cuando publiquen cosas que me interesen. Les felicitaré en sus logros, sus fechas señaladas y apreciaré cuando ellos lo hagan por mí.
Seguiré teniendo amigos. Amigos con O, hombres, con pene. Algunos serán exnovios. Exrollos. Exloquesea y que no tengo que explicarte. Y con algunos mantendré una amistad. Y hablaré con ellos. Y quedaré en persona y me tomaré cañas y nos reiremos juntos. Y con mis amigos, independientemente de lo que hayan sido en el pasado, me abrazaré y me daré un par de besos cuando nos veamos. Nos contaremos cosas y nos llamaremos a veces. Y a los que son más importantes, les diré que les quiero. Porque es así, les quiero. Y lo digo ahora, una vez más, por si acaso: chicos, os quiero.
Seguiré hablando con gente, amigos, amigas, familia, compañeros de trabajo. Y les pediré consejo o les aconsejaré. Comentaremos las cosas porque a veces, al ponerlo en común se encuentran soluciones. No buscaré en internet la respuesta a mis preguntas si me apetece hablarlo con otro humano que no seas tú. Y a veces esas dudas serán sobre ti, porque a veces necesitaré decir que estoy harta o que haces cosas que no me gustan. Y no pasará nada. Y otras veces serán dudas sobre cualquier tema. Laboral, personal, emocional. Sobre qué coche comprar o sobre qué champú usan para tener pelazo brillante.
Seguiré pensando que hay gente guapa por el mundo además de ti. Incluso más que tú. Creo que mi jefe es un hombre atractivo, le veo todos los días y espero seguir haciéndolo muchos años porque el trabajo me encanta y que me parezca guapo no significa nada más que eso, que me lo parece. Seguiré mirando a personas en el metro y admiraré su belleza o su estilo. Seguiré quedándome prendada de cada pelirroja que me cruce. Seguiré viendo a Paul Newman en las viejas películas y creyendo que ningún hombre puede ser más perfecto. Seguiré soñando con ese irlandés que me acelera el pulso.
Seguiré poniéndome guapa, arreglándome y vistiendo como me dé la gana. Y seguiré “coqueteando”, que es una palabra que odio. Pero si el señor del estanco o del kiosko o el autobusero me sonríe y me dice unas palabras amables, le responderé de buen grado. Y cuando salga, si alguien se me acerca a hablar con educación y respeto, hablaré un rato con él. Y bromearé con mis compañeros de trabajo, con el camarero del bar al que voy siempre y con los abuelillos del centro que me piden besos.
Seguiré escribiendo historias en las que me enamore de gente ficticia. Crearé personajes a los que amaré con locura y no serán tú. Recordaré a los amores pasados con una sonrisa. Miraré las fotos de mi juventud con un pellizco de añoranza por aquella gente que se fue de mi vida. Y seguiré pensando que el amor de mi vida son mis gatos, y que nunca me enamoraré de un humano como estoy enamorada de Ron.

Y querido futuro marido, si es que existes, espero que tú también tengas una vida plena y feliz, como yo. Espero que tengas amigos y amigas y amores y recuerdos. Espero que veinte segundos de flirteo con la señora de la panadería te animen un día gris. Espero que hables con gente, que compartas con ellos tus experiencias y que a veces, te quejes de mí porque mira que soy cansina. Espero, de verdad, que me seas microinfiel hasta la saciedad.
Porque si los dos hacemos todo eso y luego llegamos a casa y nos queremos y seguimos queriendo estar juntos es que vamos bien. Si nos tenemos total confianza y también mantenemos nuestra parcela de intimidad, si estamos seguros del otro y sabemos que él lo está de nosotros, es que vamos bien. Si enriquecemos nuestra vida con más gente, más opiniones, más experiencias, más cariño y más cosas positivas de las que nos podemos dar entre los dos, porque cuanto más grande es el círculo, cuanto más amplia la visión, más colorido es el mundo, es que vamos bien. Si nos queremos y como pareja no nos hace falta más, si nos elegimos libremente cada día, si aún en los peores momentos nos merece la pena seguir al lado el uno del otro, es que vamos bien. Es que vamos muy, muy bien. Es que puede que vayamos bien toda la vida.

Tu futura microinfiel esposa,

Naar.



miércoles, 29 de noviembre de 2017

Menores y mayores

Cuando trabajaba en el centro de menores había tres chavales que llegaron en una situación social bastante mala por diversas circunstancias. Uno era marroquí, venido en los bajos de un camión, sin familia, ni recursos, ni hablar ni patata de español. Otro era español, con inteligencia límite y una pequeña discapacidad física, que había sufrido un acoso brutal en el instituto. Otro era colombiano, con una familia desestructurada y ciertas carencias que no vienen al caso. Por alguna razón, los tres hicieron buenas migas. Era gracioso verles, teniendo conversaciones, cada uno en su idioma y con sus maneras, entendiéndose a pesar de los obstáculos. Se reunían en el rato de descanso, compartían sus almuerzos y hablaban y se reían. Siempre nos preguntamos de qué.
Ahora, en el centro de mayores, hay mucha gente que habla el mismo idioma (supuestamente) y que ni por esas se entiende. Hoy uno con alzheimer y otro con una degeneración cognitiva grave de origen semidesconocido se han peleado. Por suerte ninguno iba armado con bastón, sólo se han insultado, vociferado y poco más.
Durante los años que he estado en paro, ha habido muchos momentos en los que he renegado de mi carrera. Ojalá hubiera estudiado otra cosa. Ojalá hubiera hecho caso a mi padre y fuera economista o abogada y al menos podría ganarme la vida aunque fuera con un trabajo que no me gustara. Creí, porque de verdad lo creí, que no volvería a trabajar de lo mío. A veces hasta llegué a creer que no volvería a trabajar de nada. Ahora se me duplica el trabajo y cada día doy gracias por la oportunidad que me ha llovido del cielo. Porque me sigue gustando ser trabajadora social. Me sigue gustando lo que hago. Y lo sigo haciendo bien.
Trabajar con menores era adrenalina pura. Era ir cada día a ver qué te encontrabas. Era reírte a carcajadas el día que estaban de buenas y llevarte hostias el día que estaban de malas. Era verte en medio de pandilleros, de bandas, de peleas, de drogas y de amoríos. Era luchar por dar un futuro a gente sin apenas pasado y que no creía en el presente.
Trabajar con mayores es mantener la rutina, repetir las cosas veinte veces, luchar contigo mismo para no sentir pena. Es esforzarte por dar un buen presente a gente a quien no le queda apenas futuro y que a menudo, no se acuerda del pasado.
Y sin embargo, hay cosas que se parecen. Tienes que tener cuidado de que no se escapen. Conocer las debilidades y las manías de cada uno. Saber cómo tratarles, quién busca cariño y con quién hay que tener mano dura. Asegurarte de que hagan las cosas bien. Que no se descarrilen, que no se enfaden, que no se salten las normas y haga cada uno lo que le da la gana. Al fin y al cabo, la magia de este trabajo es tratar con personas, tratar de hacer su vida un poquito más fácil, más llevadera.


Tuve la suerte de elegir una carrera que me gusta. Tuve la suerte de emplear mis años jóvenes y llenos de energía en trabajar con menores. Ahora tengo la suerte de tener entre manos un proyecto estupendo y de haber recuperado la fe en mí misma.  

miércoles, 25 de octubre de 2017

La falsa adulta

A veces creo que me he hecho adulta. Así en plan “vaya, qué mayor y qué madura soy”. Luego descubro que aún soy la Naar adolescente pero con la piel estropeada.
Esta mañana me levanté temprano aún no sé por qué. Estoy en una de esas fases de dormir poco. Otra vez. Y he pensado en ir al carrefour a por un teléfono inalámbrico nuevo, que el mío está para tirarlo a la basura. He llamado a mi madre, me he arreglado y he salido a la calle con las llaves del coche en la mano. En el portal he hecho mi propia versión del gif de Travolta en Pulp Fiction. ¿Dónde cojones estaba mi coche? ¿Eso no era el título de una película mala? ¿Por qué me pasan a mí estas cosas si no bebo ni fumo sustancias psicotrópicas?
He pensado un segundo y me he encaminado hacia un lado de la calle. 50% de posibilidades de acertar. Encuentro mi coche. Mira qué mono él. Me miro la mano. Llevo las llaves del coche de mi madre porque el mío tiene la itv sin pasar y aún estoy esperando para llevarlo al taller como expliqué en el post anterior. Vale, estoy buscando otro coche. Y de nuevo ¿dónde cojones está el puto coche?
He dado varias vueltas. He tratado de estrujarme el cerebro ese absurdo que tengo mientras, por cierto, tarareaba la última canción de moda en el show de Naar. Por suerte, el hit de hoy no era el pavo real del Puma. He llamado a mi madre, no sé con qué fin porque ella vive en la otra punta del barrio.

  • Mamá... no te lo vas a creer, pero no encuentro el coche.
  • Eso es que eres hija de tu padre. - suelta una risilla. - ¿Recuerdas aquella vez que creía que se lo habían robado y nos tuvimos que quedar a dormir en casa de P y T siendo tú pequeña?
  • Sí, recuerdo. - admito con cierta derrota genética.
  • ¿Y cuando de verdad nos lo robaron y tú no nos creías?
  • Mamá, va en serio, no encuentro el coche... ¿Tú no sabes dónde está, verdad?
  • No. Pero una vez tu padre se montó en un coche que no era el suyo y...
  • Te llamo en un rato.

He vuelto a casa, he cogido las llaves de mi coche. Yo iba a ir al carrefour a por mi teléfono como fuera, con o sin itv, con o sin coche abollado. Cuando he llegado a mi coche, lo he visto. El de mis padres ataba apenas veinte metros más arriba.
Me he ido al carrefour. Me he comprado unas botas monísimas. Un suavizante para la ropa que es gloria bendita. Lejía. Pan. Y una sandwichera-grill.
He vuelto a casa con el tiempo justo de comerme un bocadillo y salir como loca para el trabajo, donde me encuentro a una de mis compañeras que me dice “¿te creerás que he venido y hoy me tocaba librar? Jajaja, lo que no me pase a mí...” ¿Lo que no te pase a ti? Mira, yo no encuentro mi propio coche y no me hace gracia tu error porque cada día, cada puñetero día, miro veinte veces el calendario porque tengo miedo de ir y que me toque librar o, peor aún, no ir y que me tocara trabajar.
En la oficina la jefa nos dice que el viernes no podemos ir porque nos mudamos de oficina y que lo cambiemos con otro día libre que tengamos, el que sea. Vale, el 30 de noviembre, que queda mucho y sabe Dios lo que será de mí para entonces. Tendré que trabajar un montón de días seguidos... pero ya lo pensaré mañana, Scarlett dixit. De repente me doy cuenta. Si libro viernes... tengo tres días libres. Seguidos. Wiiiiii...
Así que cuando he llegado a casa he comprado los últimos billetes que quedaban y me voy a Granada a ver al Niño Chico. Al carajo todo. Fuck everything. Le iba a llamar para decírselo cuando me he dado cuenta que entre todas las cosas que he comprado en el carrefour no está un teléfono nuevo. Vale, creo que empiezo a merecer una medalla por sobrevivir a este día de mierda. Le he tenido que avisar por wasap.
Y entonces, justo cuando ya me iba a acostar he oído un ruido en el baño, me he asomado y veo a Maya salir con cara de culpable. Conozco a mis gatos como si los hubiera parido y Maya pone ojitos cuando ha hecho algo que no debe. Y no sé qué fijación tiene esta gata con mis pendientes que siempre que puede me los roba. Efectivamente, al lado del lavabo sólo había uno. Me he puesto a buscar el otro a la desesperada. Tengo pánico a que se lo trague, porque todo lo coge con la boca. Suele ser cuidadosa, PERO. Por más que he rebuscado no lo encontraba así que me ha empezado a entrar la temblequera. Ay, que se lo ha tragado, mi niña, mi niña pequeña, ay madre mía. Entonces me ha dado por pensar. Su cara de culpable era peor que por haberse comido algo.
Así que a las dos y media de la mañana, me he puesto a desmontar el sumidero para ver si lo había colado por ahí. Efectivamente, ahí estaba la mariposita verde, brillando entre un montón de roña. La he rescatado con unas pinzas de las cejas y me he puesto a fregar compulsivamente el sumidero por dentro. ¿Por qué no me había dado cuenta de que estaba tan sucio? ¿Por qué me pasan estas cosas de madrugada? ¿Por qué no estoy durmiendo como las personas de bien? ¿Por qué no soy una adulta normal, con todo controlado y sin sobresaltos absurdos a las tantas de la noche?

Pues aunque no lo creáis, tengo respuestas. Me pasan estas cosas porque soy una farsante. Parezco adulta, pero no lo soy. De verdad que no. No soy responsable, no estoy atenta de las cosas que se supone que debería estar, no me acuesto a horas razonables y no hago lo que hace la gente de mi edad. Y por eso también tengo un blog. Porque a quién carajo le podría contar yo esto. Mis amigos están muy ocupados con sus cosas de adultos de verdad, con sus embarazos, sus hijos, sus problemas bien feos en los que no me gustaría verme. Y yo ando por ahí, buscando mi propio coche, hablando con mis gatos, desmontando desagües a las dos y media de la mañana y escribiendo posts cuando no puedo dormir. Soy la peor adulta EVER. Y ahora que no me oye nadie, también os digo una cosa: menos mal. Menos mal que mis problemas son estos. Menos mal que mi cerebro canta el pavo real en bucle. Menos mal que no encuentro mi coche. Menos mal que mis amigas del trabajo también son un caos y nos reímos las unas de las otras de nuestra propia idiotez. Menos mal que Maya no se traga cosas y sólo se dedica a esconderlas. Menos mal que el sumidero ya está limpio por dentro. Y menos mal, menos mal, que tengo un blog para contarlo.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Mi cerebro me odia

Mi cerebro me odia. A veces me lo imagino como en la peli (maravillosa, por cierto) de Inside Out, en la que los monigotes que controlan mi cabeza no dejan de decir “vamos a putear a la imbécil ésta”. Si no, no me lo explico.
Y es que siempre ha habido una especie de lucha en mi interior. Una especie de batalla entre lo sensato, lo correcto, lo que sé que debo hacer. Y luego, lo que realmente hago porque una fuerza sobrehumana me empuja a ello. Eso que hace que dinamite por los aires todo lo que construyo, que hace que cuando todo va bien pulse el botón de autodestrucción. Esa fuerza que hace que huya de la policía, que me gusten los macarras, que me acueste a las tantas de la madrugada, que me ría en los momentos de crisis y que diga palabrotas delante de mi jefa. Ese monigote que pulsa los botones de mi cerebro y me obliga a hacer cosas mientras yo misma me digo “¿pero qué haaaaaaces mongola??”
En fin, convivo con ello, no os preocupéis por mí.
El problema últimamente es que mi cerebro ya ha mandado a la mierda casi todo lo poco que tenía y entonces se dedica a putearme con cosas más sutiles. Por ejemplo, con canciones de mierda. Hace tiempo os conté que pasé una racha totalmente obsesionada con una canción del Puma. La madre que lo parió. Semanas viviendo a ritmo de “numera... numera... viva la numeración” y escuchando “uhhh... pavo real” en bucle. Empecé a pensar seriamente en darme un par de mamporros con el rodillo de amasar. Desde entonces, mi cerebro vio que en la guerra psicológica él tenía las de ganar por razones obvias. Así que me hace la guerra de guerrillas a base de canciones de mierda.
En las últimas semanas ha habido de todo. ¿Sabéis que Marta tiene un marcapasos que le anima el corazón? Yo sí, lo tengo clarísimo. En la misma línea, también he estado alternando con Las chicas cocodrilo. Y por cierto, Laura no está, Laura se fue. Porque no es que me emocione otro amanecer, es que es el primero que me vienes a ver. Además que no, no es amor, lo que tú sientes se llama obsesión. Y yo qué sé. Uhhhh.... pavo real.
Total, que estaba a punto de nuevo a darme con el rodillo de amasar y aplanarme el cerebro. Pero el monigote de los cojones se apiadó de mí. O temió por su propia vida y dijo “vale, es evidente que voy ganando, vamos a darle un respiro a esta pobre mujer.” Y empezó a ponerme música de mejor calidad. Que no es que no me gusten los Hombres G, que me recuerdan a cuando era cría y los oía con mi madre. Y me parecen canciones graciosas. Pero cansa. Y del Puma prefiero no hacer comentarios. El caso es que empecé a escuchar canciones mejores. Y con ellas, no sé por qué porque no hay relación, vino la imagen de un actor británico que me gusta. Supongo que era mi cerebro queriendo agradarme, en plan videoclip guay, música guay y chico que te gusta. Hala maja, entente un rato. El problema es que cuando digo que me gusta quiero decir me pone cachondísima. Y cuando digo cachondísima quiero decir me derrito viva, me suben las pulsaciones y se me entrecorta la respiración cada vez que le veo sonreír. Bueno, pues ahí está, todo el día en mi cerebro. Él y las canciones que me gustan. En bucle. Que estoy en el trabajo, supuestamente escuchando al abuelo de turno hablarme sobre la operación de prótesis de rodilla mientras lo que realmente oigo es “working on our nigth moves in the summertime... oh, in the sweet summertime” y me imagino a mi hombre quitándose la camiseta y sonriéndome de medio lado. Hasta que el abuelo me dice “¿y tú qué crees, hija?” Y yo “Pues haga caso a su médico, que es el que mejor le aconseja” mientras rezo para que no haya cambiado de tema mientras yo estaba visualizando detenidamente el costado del hombre de mis sueños y pensando “madre mía, tengo que ahorrar para ir a Irlanda a frungirme algún pelirrojo”.
Y a ver, sí, mejor es mejor esto que el melenón del Puma. Pero no me concentro. Y mi cerebro ha visto un nuevo filón. Hacerme la vida más difícil, pero sutilmente, con cosas que me gustan, pero que me impiden comportarme como un ser medianamente inteligente. Y ahí está. Descojonándose de mí mientras yo me paso el día empanada con cara de boba y la mirada perdida, escuchando y viendo cosas que me sacan del mundo real. Y ya no sé si necesito un par de polvos, un reproductor de música que me meta Iron Maiden en vena todo el día o directamente un cerebro nuevo.


lunes, 18 de septiembre de 2017

Cuando la impaciencia te salva el culo

Más de una vez he dicho que soy una persona impaciente. Quizás en parte por eso me cuesta mucho hacer planes a largo plazo, porque en lo relativo al tiempo, no veo más allá de mis propias narices.
Ayer quedé con dos de mis blogger preferidos que viven cerca, Álter y Chema. Y les explicaba que yo cuando escribo algún post, es para publicar en el momento. Como mucho, lo puedo retrasar un día o dos, si quiero que coincida con una fecha especial, pero no más. De hecho, si escribo y no lo publico, al final termina por ahí perdido y casi nunca llega a puerto.
Admito que ser impaciente me ha traído problemas en la vida. Quererlo todo para ya no suele ser sinónimo de hacer las cosas bien. De hecho, con los años he aprendido a ser algo más paciente, pero no mucho. Y trabajo en ello, pero se me da regular.
Cuando volvía para casa, escuchando a Nirvana después de pasar un buen rato con ellos, me acordé de una anécdota tonta en cuyo caso la impaciencia me salvó un poco el culo.
Muchas veces he dicho ya (son años en el blog y empiezo a repetirme) que en el colegio no fui feliz. Mis compañeros eran imbéciles y hoy en día se diría que sufrí bulling. Entonces simplemente era cuestión de que yo era la marginada y que eran cosas de críos. Lo pasé regular, pero a día de hoy me parece que forjó una parte de mi carácter y que en fin, que son cosas que pasan. El mundo no es de color rosa y no todo el mundo es bueno.
El caso es que a pesar del coñazo de aguantar a aquella gente durante diez largos años de mi vida, salí bastante airosa de casi todas las situaciones. No fue un caso extremo de acoso, entre otras cosas porque yo tenía una forma de ser... peculiar. Sólo de pequeños llegamos a las manos y no en demasiadas ocasiones. Ahora creo que una de las razones por las que no me pegaron más de una zurra es porque yo cogí fama de estar medio zumbada. Debía estar en primero de EGB, con cinco o seis años, y no sé por qué, discutí con un niño de la clase. Era un chulito medio tonto que con los años se convirtió en un chulo tonto entero. Me acuerdo que me dijo “a las cinco nos pegamos. Te vamos a pegar hasta que te salga sangre por los ojos”. Y yo, a caballo entre mi impaciencia y mi mala leche, le di un empujón y le dije “a las cinco no, nos pegamos ahora.” El niño me miró con cara rara, debía ser la primera vez que una chica le plantaba cara en vez de llorar y que encima no quería esperar a la salida. Yo, viendo sus dudas, me vine arriba “¿No quieres que nos peguemos? Pues vamos”. Y el otro que no, que a la salida. Y yo que no, que a la salida igual ya no tenía ganas de pegarme. Y él que no, que a las cinco me esperaba. Y yo, harta, le dije “mira, yo me quiero pegar ahora, así que o nos pegamos ya o nada, tú verás.” Y es que me indignaba el asunto. Yo estoy cabreada ahora, igual dentro de tres horas se me ha pasado. Y mientras ahí con la angustia ¿nos pegaremos o no? ¿Se acordará o no? ¿Será sólo una amenaza, un juego psicológico cruel de un pequeño idiota o realmente terminaremos a tortas? De verdad que no tengo tanta paciencia. Prefiero una paliza ahora que horas de incertidumbre sin sentido. Así que o nos pegamos ahora que estoy en caliente y con suerte te encajo un par de leches o ya nada. Y no, no nos pegamos. Por suerte, porque francamente, yo tenía las de perder. Siempre he sido poca cosa y de darse el caso, no sé si habría sangrado por los ojos como prometía el memo aquel, pero me habría llevado unos cuantos mamporros. Sin embargo, cosas de la vida, me fui de rositas. Debí parecer una auténtica loca asegurando que el momento de pegarse era ese y pocas veces más alguien me retó a lo de “a la salida nos pegamos”. Quizás, por una vez, la impaciencia fue buena consejera.
De hecho, odio decirlo, pero con los chicos tuve pocos problemas más. Fueron las niñas las que me hicieron la vida imposible y con ellas era más difícil porque jugaban con armas que yo no sabía manejar, como la manipulación, la mentira, la crítica cruel y despiadada y las bromas estúpidas. Y ahí no había manera de plantar cara. Y creedme si digo que fue mucho peor. Que hubiera preferido mil veces tener que encararme con “a la salida nos pegamos” aunque alguna de las veces mi impaciencia no me hubiera salvado y me hubieran puesto un ojo a la funerala.
¿Y vosotros? ¿También sois de todo para ya mismo o sabéis esperar?


domingo, 3 de septiembre de 2017

Kissed by fire

Muchas veces he admitido mi fijación por los pelirrojos... y las pelirrojas. Me hipnotizan desde que era niña, no puedo dejar de mirarlos. Me parecen bellísimos.
Y es una de las muchas, muchas razones por las que me gusta Juego de Tronos. Porque hay montones de pelirrojos y todos me enamoran fuertecito. Mi preferido es Tormund. El momento en el que dice, con esa voz grave “the redheads are beautiful. We are kissed by fire.” pensé que me había quedado sin bragas para siempre. Además me acordé que lo de “kissed by fire” lo decía Ygritte, la salvaje que se frungía a Jon y madre mía, a esa pelirroja le hubiera dado lo suyo y lo de toda su tribu. Claro, que Jon no es pelirrojo y le hacía yo cosas que no se han visto ni más allá del muro. Y eso sin contar con Robb, que era así medio cobrizo y madre mía que grrrr y ñamñam que te cojo y te enseño yo a ser The Young Wolf, hermoso.
Me estoy desviando del tema.
El caso es que uno de los pelirrojos de mis entretelas es Theon Greyjoy. Al principio casi cae mal porque hace unas cuantas cosas que no debe. Es un crío perdido y estúpido que piensa que nadie le quiere y que no pertenece a ningún sitio. Y la caga, claro que sí. Pero lo paga bien caro y de por vida. Porque entre las muchas penurias que sufre, una de ellas es que le castran. A lo bestia. Ni campanillas ni badajo. Y el pobre mío se queda un poco trastornado, claro. No por eso, si no por las muchas torturas que sufre. Pero se va reponiendo. Hace cosas valientes, aunque se muera de miedo. Se va recomponiendo, aunque siga equivocándose.
En el último capítulo de la temporada, por razones que no vienen al caso y que no me apetece spoilear, se mete en una pelea. El otro tío va ganando, entre otras cosas porque Theon no es ningún guerrero ni ningún forzudo. Le da mamporros a base de bien, vamos. Pero cada vez que está en el suelo, ensangrentado y jodido, el otro le grita que si se levanta le mata y él va y se levanta. Y vuelve a recibir leches. Y el otro “que ya vale, que te quedes en el suelo o te mato, hombreya”. Y él que no, que se levanta otra vez. Y cuando ya crees que le va a terminar de hacer polvo, el otro le da un rodillazo en la entrepierna. Ahí, a dar donde más duele. Aunque no en el caso de Theon. No en el caso de alguien a quien lo que más duele le ha sido arrancado de cuajo. Así que, mientras el otro, dentro de su asombro, vuelve a golpearle en susodicho sitio, Theon sonríe. Ya no me puedes hacer daño. No así. Y ahí se crece mi pelirrojo, se le sube el fuego a la cabeza, se recompone y termina zurrando al otro y machacándole la cabeza con una piedra. Sí, en Juego de Tronos son muy sutiles.
En todo caso, mientras veía la escena me sentía un poco emocionada. Este verano he llorado varias veces con series de televisión. Soy imbécil, he estado sensible, sola y cansada. En este caso no llegué a llorar ni mucho menos, pero sí había un pellizco dentro de mí. Porque yo soy esa gilipollas que se levanta una y otra vez mientras le están zurrando la badana. Quizás por orgullo, quizás por cabezonería, quizás porque no me deja el genio estarme quietecita. Y también soy esa que cuando está ya magullada, rota y a punto de tirar la toalla, encuentra su fortaleza en medio de la debilidad. Y sonríe, pensando que ahí donde vas a hacer daño ya no duele, que ahí donde crees que hay un punto débil, ya no hay nada.
En fin, me gustan las series casi en plan obsesivo. Y las analizo más allá de las tramas. Y en próximos capítulos, por qué odio “Cómo conocí a vuestra madre” y por qué me encanta “Modern family”. Estén atentos a sus pantallas.



P.D. Si eres Tormund o te le pareces mucho, mucho, escríbeme al correo. Si estás besado por el fuego, escríbeme al correo. En realidad, si eres casi cualquiera de los actores de Juego de Tronos, escríbeme al correo.