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domingo, 3 de marzo de 2013

explicación

Voy a romper una lanza a favor de mí misma. No suelo hacerlo, no me gusta cantar mis propias alabanzas porque me parece absurdo y me siento muy ridícula cuando lo hago. Pero he recibido un par de comentarios feos a raíz del post anterior. No son los vuestros, los publicados. Quien quiere o trata de herirte lo hace casi siempre por la espalda.  Así que voy a explicar un par de cosas.
Yo soy trabajadora social. Por razones que no vienen al caso, ahora no ejerzo, pero lo he hecho durante muchos años. A veces ganando un sueldo que apenas me costeaba el transporte. Pero me daba igual porque creía profundamente en lo que hacía. Y volveré a hacerlo en cuanto tenga oportunidad.
Durante esos años trabajé con ancianos, con discapacitados y sobre todo con menores. Que yo diga que no me gustan los niños significa que no se me cae la baba con los bebés. Significa que no quiero ser madre. Significa que los niños pequeños, de cuatro o cinco años me desconciertan y me confunden. No significa que sea Herodes. Que hay que explicarlo todo.
Como decía, durante años trabajé con menores en diversos centros. Me dejé la piel con ellos. Algunos salieron adelante y quiero pensar que puse un granito de arena en ese camino. Otros fueron historias desgarradoras que me arañaron el corazón muy profundamente. Pero ahí estuve, día a día, viviendo sus pequeñas historias. Yo estuve en un centro de talleres prelaborales para adolescentes rebotados de mil institutos, a los que no querían ya en ningún sitio. Estuve también en un centro juvenil donde entre otras muchas cosas, creé una ludoteca para niñas en situación de exclusión. Y me llevé serias broncas por dar educación sexual, prevención de enfermedades, higiene y cosas semejantes que no entraban en el programa pero que eran claramente necesarias. Y me daba igual, lo hacía. Eso y más. Incluso fuera de mi horario laboral. Incluso fuera de los límites de lo profesional.
Por eso, me toca los cojones la gente que al estilo Helen Lovejoy se tira de los pelos al grito de “¿es que nadie piensa nunca en los niños?”. Porque cuando yo trabajaba con menores, tenía que aguantar constantemente cosas como que esas mismas señoras se cambiaran de acera al pasar por delante del centro aferradas a su bolso como a su propia vida porque mis chicos tenían una pinta un poco distinta. Cosas, como ver a mis chavales sentados en un banco jugando a las cartas y que la señora en cuestión nos dijera que nos lleváramos de ahí a esos futuros delincuentes. Cosas, como decirnos que para lo que hacían aquí, que se volvieran a sus países, que aquí ya sobran pobres. Al parecer los niños negritos dan mucha pena cuando se mueren de hambre en África. Cuando están aquí tratando de integrarse y de hacerse un hueco, ya no son tan cuquis. Al parecer, hay que ayudar a los pobres, pero en sitios en los que no se vean mucho. Todo el mundo quiere que haya centros de servicios sociales, pero al poder ser, que no sea en su barrio o frente a su portal. Así que no seamos hipócritas.
Y es que las historias solidarias no son tan sencillas cuando las vives a pie de calle. Los niños no son tan majos cuando llegan al centro hasta el culo de pastillas y tienes que rezar para que la ambulancia llegue pronto mientras convulsionan en tus brazos. No son tan tiernos cuando tienes que interponerte entre un alumno tuyo y un grupito de latin king armados hasta los dientes, arriesgándote a un navajazo y haciendo oídos sordos a los insultos que te caen mientras le abrazas y le metes en el coche como si fueras un guardaespaldas. No son tan divertidos cuando tienes que meterte en medio de una pelea y terminas con un hombro dislocado. No molan tanto cuando tienes de alumno al primo de un asesino bastante famoso y te dan ganas de liarte a palos en vez de tratar de educarle. Yo he vivido todo eso. Ahora quien quiera, que me repita que soy una mala persona. Que eso lo digo yo y a modo de recurso literario. Pero no me lo llama nadie que no ha salido de su casa para llevar un paquete de arroz a cáritas en su vida, por ejemplo.
Porque sí, porque como educador de calle se pasa muy mal a veces. Trabajar con menores es una especie de deporte de riego. Hay días que te sientes feliz como nadie y parece que ni tocas el suelo cuando andas. Y hay días que llegas a casa con ganas de cortarte las venas. Pero aún así, sigues yendo a trabajar cada día. Vuelves, mañana y tarde por un mísero sueldo. Vuelves, porque efectivamente, el día que te sonríen, el día que te cuentan cosas divertidas, el día que te llaman cuando se han hecho mayores y te dicen que salieron del hoyo gracias a ti, la vida merece la pena. El mundo cobra sentido. Y vale todo el esfuerzo y todas las lágrimas y todos los malos rollos.
Así que, que a mí no me hable nadie de solidaridad porque la he vivido en directo. He vivido las cosas malas y las buenas. He puesto en riesgo mi salud, mi integridad física y mental, mi corazón y mis fuerzas. Y lo volvería a hacer mil veces. A pesar de querer mandar las naranjas a los monos, esos chavales me dieron la vida y yo la daría por ellos. Fueron los años más felices de mi vida  
Y tengo que decir, que efectivamente, hay mucha gente buena. Me acuerdo mucho de una señora que nos traía natillas para dar de merendar a los niños. De otra que traía montones de ropa y juguetes de sus nietos cuando ya no les valía. Del director del primer centro donde estuve, que no podía trabajar más y más por cada chaval que llegaba, sin desmoralizarse jamás a pesar de los pesares. Pero en general esos son los que menos hablan, porque saben que no es todo de color de rosa. Los que se escandalizan y hablan mucho de lo mal que lo pasa la gente y de lo inocentes que son los niños, son los que nunca hacen nada, los que no dan ni un cochino euro de ayuda.
Y sí, me ratifico en mandar las naranjas a los monos porque me da la gana. Pero no soy una mala persona. No significa que quiera que los pobres pasen hambre. No significa que no sepa el dolor y el sufrimiento que hay en ciertos barrios. No significa que la gente no me duela y que no oiga los lamentos de los necesitados. No significa que no haya dado más de ocho años de mi vida a esa gente. No significa que sea insensible a otros problemas que quizás apenas se ven si no se trabaja con ellos. Lo sé y precisamente por ello, me alegro que las naranjas vayan a ir a un buen fin. Pero eso no tiene nada que ver con que los animales sigan necesitándonos.
Así que yo, que he dado años a causas solidarias, que he recibido golpes, patadas y mordiscos. Yo, que he limpiado mocos, curado heridas y aguantado llantinas sobre mis hombros. Yo, que he bailado, cantado y hecho el gamberro con niños dejando de lado mi acusado sentido del ridículo. Yo, que he gastado en gasolina más de lo que me pagaban a fin de mes. Yo, que he invertido mis fines de semana y vacaciones en irme de excursión y visitar granjas escuelas. Yo, que he pasado miedo en ciertos barrios, que me he plantado a pecho descubierto ante bandas peligrosas, que he dado la cara por mis chavales cuando les han insultado por la calle. Yo, soy la que por una vez quiero dar un camión de naranjas a los monos porque me sale del mismísimo. Porque estarlo pasando mal por la crisis no justifica que nos olvidemos de los animales, a los que nosotros hemos llevado a una situación límite
Y por cierto, que a mí me de una pataleta y me dé por reivindicar los derechos de los animales no significa que no me gusten las otras historias, que no quiera que el camión de naranjas vaya para un albergue o para un comedor social. No significa que no crea que las otras personas no merezcan lo mismo o más el premio. Significa que este es mi blog y me da la gana de contar las cosas como me parece. Significa que me tocó la fibra la historia de los chimpancés y quise decirlo. Y quien haya pasado por lo que yo, que me critique y que le de las naranjas a quien le salga del culo. Y punto. Hombre ya. 

P.D. Los temas tan profundos me estresan. Ya mismo vuelvo con mis chorradas y mis devaneos amorosos, que son mucho más amenos y me traen menos quebraderos de cabeza.

viernes, 1 de marzo de 2013

Naranjas para los monos

A veces no tengo claro que sea una buena persona. Puede que incluso sea una persona horrible.
El otro día me llegó un mail con los finalistas del concurso de Fontestad de la Personita C. Todo gente guay. Gente que da comida a los pobres, gente que reparte macarrones, que dona sangre, que anima a sus amigos… gente toda generosa y molona. En serio, ole y ole por ellos. Si todo el mundo fuera así, nos iría mucho mejor. Sé que todos se lo merecen, ese premio y más. Es gente muy, muy buena. Ellos sí son buenas personas y no yo.
Porque después de leer estas historias a mí la que me emociona de verdad es la historia de un mono. Sí, señores, esa soy yo. La que se emociona con un mono.
La historia es de una señora que tenía una chimpancé. No explica cómo llegó a su vida, pero la cogió con cuatro meses y la cuidó durante diecisiete años. No estoy a favor de tener este tipo de animales. Me parece muy mal sacarlos de su hábitat. Y desde luego me llena de una profunda tristeza que cada vez haya menos selvas y parajes naturales vírgenes en los que los animales vivan a su aire, sin peligro de que los humanos los extingamos. Pero el caso es que esta mujer tuvo a su chimpancé hasta que decidió que sería más feliz con otros colegas peludos y la llevó a una reserva en Sevilla. Y decía que si le tocaba el camión de naranjas, iban a ir para el refugio, para dárselas de comer a los animales.
¡Y yo quiero que las naranjas sean para los monos!
Al parecer, debo ser la única chalada que opina así. Y habrá quien me diga eso de que habiendo personas que lo pasan mal, cómo yo me estremezco pensando en bichos. Cómo es posible que con la que está cayendo yo prefiera que las naranjas se las coman unos chimpancés a que las repartan en un albergue para pobres, por ejemplo.
Pero no lo puedo evitar. Hay algo en la inocencia de los animales que me toca muy hondo. Porque sí, porque ellos muchas veces son la parte más débil y más perjudicada de todo esto. Puede que los humanos hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades, puede que hayamos rechazado trabajos que ahora aceptaríamos con los ojos cerrados. Puede que no, que seamos víctimas también, no lo sé. Pero puede que hayamos hecho muchas cosas mal. Puede que nuestras casas, nuestros coches, nuestro estilo de vida requiera joder la selva, cargarse el amazonas, explotar las reservas naturales. Puede que seamos los culpables de que apenas haya muchas especies en libertad. Puede que seamos los culpables de que muchos animales tengan sólo unos cientos de ejemplares. Puede que seamos los que nos hemos llevado a nosotros mismos a la ruina, arrastrando a muchos inocentes por el camino.
Pero los animales qué tienen que ver con todo esto. Ellos no conducen, ni consumen, ni saben de política. Ellos no saben quién es la prima de riesgo, el euribor o el rescate a los bancos. Ellos sólo saben que desde que hay crisis comen un pienso más barato, van menos al veterinario o reciben menos caprichos. Ellos sólo saben que algunos han sido abandonados porque sus dueños dicen no poder mantenerles (cosa que me toca los cojones, si no abandonas a tu hijo, no abandones al perro, eres el responsable de su vida, joder). Ellos sólo saben que sus dueños están más tristes o más deprimidos o más tiempo en casa sin saber por qué. Y lo único que pueden hacer es poner su hocico en tu cara, subirse a tu regazo, o colocar una patita sobre tu pierna. Y esperar a que las cosas que ellos no entienden cambien de nuevo a mejor.
Por eso y por muchas más cosas, yo mandaría el camión de naranjas a los monos. Porque les imagino comiéndose las naranjas y sonrío. Porque les imagino teniendo una alegría en su vida privada de libertad. Privada por unos humanos para los que una naranja es sólo una naranja. Una naranja, de la cual se exprime el zumo y se tira el resto. O se come una parte. Una naranja que apenas vale nada. Para un mono, una naranja es una alegría, es una fiesta, es un manjar delicioso. Para un mono una naranja es todo lo que puede desear en ese momento.
Todos los días mientras como Ron se sienta a mi lado, esperando a que le caiga algo. Muchos días no hay suerte. No quiero que engorde ni que coma cosas que le pueden hacer daño. Sin embargo, hay días que tiene más suerte. Y mientras yo mastico el pescado con desgana, él espera pacientemente a mi lado, ronroneando bajito. Y me toca con mucho cuidado con su patita suave en el brazo. Así que al final no me resisto y le doy algún trocito. Su cara de felicidad es indescriptible. Para él en ese momento no hay nada mejor que ese pescado que a mí se me hacía bola. Y sonríe, porque los animales sonríen. Y quien no lo crea o no lo sepa ver, es simplemente que está ciego.
Por eso no puedo evitarlo. Me acuerdo de Ron cuando se come el pescado y se pone contento. Me acuerdo de lo sumamente feliz que me siento yo viéndole relamerse. Y pienso en los monos. Si aún tuviera relación con alguien de Sevilla, le habría dado mi caja de naranjas que me regalaron por ser jurado. Se las habría arrancado de las manos a mi padre y se las habría llevado a los monos. Y mi padre se habría enfurecido bastante porque le encanta el zumo por las mañanas… hasta que le dijera que son para unos bichos peludos. En ese caso, él, que me inculcó el amor desmesurado por toda criatura no humana, habría ido hasta Sevilla para llevarle las naranjas a los chimpancés en persona.
Y sí, puede que yo sea una mala persona. Pero quizás sea porque prefiero el lado animal que el lado humano. Quizás sea porque mi perro nunca me dejó sola durante toda mi infancia y se escapaba para dormir en mi puerta cuando estábamos en el pueblo de mi padre y yo me moría de miedo en esa casa. Quizás sea porque tuve una cobayita loca que me seguía a todas partes y se dormía en mis pies cuando estudiaba. Quizás sea porque tuve una pareja de hámster tan divertidos que me hacían reír cada día cuando estaba enferma. Quizás sea porque tuve otra cobaya que chillaba como un loco cuando mi exnovio me maltrataba y que gruñía cuando él se acercaba a su jaula. Quizás sea porque mi gato jamás se ha apartado de mí a pesar de todos mis defectos, a pesar de haber pasado meses en los que he tenido que comprarle pienso del más barato, a pesar de haberme visto en los peores momentos de mi vida. Quizás sea porque el único don que tengo en la vida es el de entenderme con ellos. No lo sé. Pero sea por lo que sea, yo le mandaba el camión de naranjas a los monos. Y me quedaba más ancha que larga.

jueves, 24 de enero de 2013

naranjas en la playa de Jamaica

Con el tema de las naranjas y tal, me he acordado de alguien. Eso, y que últimamente, de camino al hospital he pasado mucho por la antigua cafetería Galaxia, donde tomábamos café tantas tardes. Pero sobre todo lo de las naranjas. Desde que estuve con él, siempre que veo una cesta de naranjas, me acuerdo de su plan. Y sonrío.
No hubiera sido un chico demasiado especial en mi vida de no ser por el contexto. Fue una relación puente, de esas que a priori, no significan nada, que sólo son algo que ocurre entre dos momentos importantes de la vida. Fue el antecesor del Ross. Y fue el primer chico que hubo tras el palo del monstruo. El primero al que perdí el miedo. El primero que dejé que me tocara o se quedara conmigo a solas después de lo que pasó.
Era un chaval de mi facultad. De los típicos de mi facultad. Con sus pantalones caídos por mitad del culo. Con sus camisetas de “no a los nazis”. Con el pelo rapado y un par de rastas largas por detrás. Con los ojos negros más bonitos y las pestañas más largas del mundo. Y con su piercing el labio y una sonrisa tímida que me volvía loca. Con su forma de decir las cosas que tanta gracia me hacían. Con un cuerpo precioso. Con un plan infalible para ser feliz: vender naranjas en la playa de Jamaica.
Él sólo era risas, diversión, horas de sol en el césped del campus. Me dijo una vez que no le llamara “cariño”, que eso implicaba que fuéramos novios y él detestaba la idea de poner un posesivo ante las cosas: mi perro, mi casa, mi novio. No le gustaban los “mi”. Que era mejor ser sólo él y yo, libres, sin etiquetas. Y me hizo tanta gracia que solté una carcajada ante sus atónitos ojos. Porque yo no le quería, ni mucho menos. Sólo me divertía su compañía y no me planteaba qué ocurriría mañana. Y él mucho insistir en el rollito de que éramos libres, pero luego se mosqueaba cuando otro me miraba. Se enfadaba cuando Cantautor me ponía ojitos soñadores. Y le encantaba cogerme de la mano, pasearse por Moncloa conmigo mientras me decía: “tía, mira que estás bonita así vestida de pijita, con falda y tacones.”
Era un chico que no trataba de ser divertido, era más de pocas palabras. Pero las decía con un tono que a mí me hacía gracia casi siempre. Y él decía que le encantaba mi alegría, que se la contagiaba y falta le hacía. Acaba de pasar por una época complicada en su vida y yo era aire fresco y despreocupado. Así que no se enfadaba nunca por mucho que yo me riera de todo. O se le pasaba rápido porque decía que estaba muy guapa cuando sonreía. Y si estaba seria, me tocaba la nariz (cosa que me mosquea mucho) y me decía “sonríe, pibita.” Y yo lo hacía, cómo resistirse.
Lo cierto es que compartimos tres meses curiosos. Empezamos de la manera más tonta, un día hablamos mientras fumábamos un cigarro y tomábamos el sol en el césped y me invitó a tomar café esa tarde en plaza de España. Y según me bajé del bus, me miró, sonrió y me besó. Así de fácil. Y acabamos porque sí, sin lloros, sin despedidas, sin dolor ninguno. Nos dijimos adiós y seguimos con nuestros respetivos caminos. Así de sencillo. Sólo fuimos tangentes en la vida del otro, que se tocan antes de seguir sus caminos. Pero no me olvido de aquella racha, cuando al llegar cada día a la facultad, él se acercaba con su trotecillo alegre y teníamos siempre la misma conversación:

-         Tía… ¿me dejas tres eurillos y nos pillamos unos porrillos a medias?
-         Yo no fumo porros.
-         Vaaaaaale… ¿me dejas tres eurillos para que me pille unos porrillos?

A veces me pillaba de buen humor y se los dejaba. Casi nunca me los devolvía, pero a veces me invitaba a comer, o a tomar algo a cambio. Y me llevaba a su casa en el Escorial y nos bañábamos en la piscina. Y a veces me pillaba de malas o sin dinero y le decía que no. Así que cambiaba de estrategia:

-         Tía… ¿Me dejas un eurillo y pillamos un tercio a medias?
-         Yo no bebo cerveza.
-         Vaaaaale… ¿me dejas un eurillo para pillarme un tercio?

Y dependiendo de la hora, se lo dejaba y le pegaba un par de tragos. Porque además, si él era feliz de alguna manera era con un tercio en una mano y mi pierna en la otra. Tenía fijación con mis piernas y le fascinaba acariciarme los muslos. Muchas veces nos íbamos a una zona apartada detrás de la facultad. Y se tumbaba a mi lado, me ponía una mano sobre la pierna, con la otra agarraba su tercio o su porrillo y miraba al cielo con ojos vidriosos y perdidos. Sonreía y me decía:

-         ¿No molaría dejar que la vida pasara así?

Yo entonces era una joven llena de sueños, de ilusiones. Impaciente por vivir. Y me desesperaba, le hablaba de mis proyectos, de cosas que hacer, de planes, de montones de cosas. Y le preguntaba incesantemente por los suyos. Y él me decía, muy serio:

-         Mi sueño es vender naranjas en la playa de Jamaica. Te lo juro, pibi, todo el día en chanclas, con camisas hawaianas, escuchando a Bob Marley y fumando porros. Allí de guay, ¿qué no? Lo tengo todo pensado, sólo es cosa de tener enchufe con un valenciano que me mande las naranjas. El resto, está hecho.

A veces hasta le creía. Vender naranjas en la playa, qué negocio. Y era capaz de visualizarle, a pesar de su piel blanca, su gusto por vestir de negro y de su reticencia a hacer nada que implicara un esfuerzo mínimo. Podía imaginarle con una camisa azul con dibujos de piñas o de palmeras paseando por Jamaica con su cesta de naranjas en el brazo. Sin embargo, después de dejarlo, se fue de erasmus a Portugal por razones que no terminé de entender en ese momento. Y al terminar la carrera, se fue a vivir una temporada a Irlanda. Y siguió vistiendo de negro. Y ahora no sé qué es de su vida. Posiblemente haya fumado tantos porros que no tenga ni la más remota idea de quién soy yo. Pero yo sí sé quién es él. Es el que me quitó el miedo y me enseñó que un chico cualquiera puede ser bueno, respetuoso y amable. Es el que me quitó el complejo de tener una nariz horrible. Es el que me enseñó que hay cosas que pueden ser bonitas porque sí y que un final feliz no es una boda, como una relación buena no necesariamente necesita un amor arrebatador. Es el que me enseñó que hay que dejarse llevar a veces. Es el que me enseñó que no hace falta ser iguales, apenas parecidos para compartir momentos felices.
Ojalá supiera qué ha sido de él para mandarle el camión de naranjas de Fontestad y así cumplir la mitad de su sueño. Porque a veces, quiero soñar que lo cumplió. Que ya no viste de negro, ni vive en países fríos, lluviosos u oscuros. Que ya no está nunca triste ni siente que la vida se le escapa. Sueño que aún tiene veintipocos, que aún lleva sus rastas largas en la nuca. Y sobre todo sueño que está en Jamaica, escuchando a Bob Marley,  fumando porros, con camisas hawaianas de dibujos horteras, con chanclas… sueño que pasea con su cesta de naranjas, vendiéndolas por la playa.

sábado, 19 de enero de 2013

Cosas que molan: las naranjas y las personitas C

Jolín, con el tema de la yaya y tal, voy de culo y contra el viento. Mi casa parece un campo de batalla. Tengo miedo de que un día salga un guerrillero de detrás de una trinchera de ropa. Y del resto de cosas ni os cuento.
Hasta el blog es un desastre. Llevo mil para contaros que me han ofrecido ser jurado de una cosa muy chula.  Y me hace ilusión porque ser jurado mola. Y porque mi blog está llegando muy lejos, pasito a pasito. No me voy a forrar con él como es mi sueño, pero al menos van pasando cosas buenas con él.
Las naranjas Fontestad han organizado un grupo de facebook en el que uno entra, se hace fan y cuenta la historia de alguien que le da vitalidad, esa personita C. ¿Por qué? porque las naranjas molan mil y nos ponen fuertes para aguantar el tirón del invierno. Os lo digo yo, que mi yaya toma zumos todas las mañanas y mirad como está, ahí luchando y ganando a una operación que habría acabado conmigo sin duda. Así que si queréis llegar a los 80 molando mil como mi yaya, tomad zumos de naranja recién exprimidito, no seáis vagos y lo compréis envasado, que eso es una cochinada.
El caso es que hay gente que es como ese zumo mañanero, que te llena de energía, de vitalidad y que es capaz de hacerte ver la vida con más optimismo. Y falta hace tal y como están las cosas. Así que hay que premiar a esa gente. ¿Cómo? Con un camión de naranjas. Para que sigan fuertes y hagan de la vida de los demás algo mejor. Creo que en estos momentos en los que todo parece un poco gris, es necesario que creamos en gente que pone color y alegría en el día a día.
El caso es que como yo soy miembro del jurado, así que no podéis nominarme, jeje. Además, a mí por participar en el proyecto me van a regalar 15 kilos de naranjas que nos van a poner a toda la familia a tono para poder con lo que venga. Pero podéis entrar y contar quién es esa personita que es vitamina C pura para vosotros. Historias reales de gente que necesita un premio por ser como es.
Os dejo el enlace  de facebook, el de twitter y aquí, aquí y aquí podéis ver a la otra gente que participa en esto de ser jurado. ¡Animaos y contadnos vuestra historia, tenéis hasta el 18 de febrero!