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martes, 22 de enero de 2019

El churro dorniense


Salir con un dorniense (a.k.a andalú), tiene sus ventajas. Puede enseñarte a bailar sevillanas. A no ser que sea sieso como el mío. Puede prepararte rebujito y pescaito frito. A no ser que sea sieso como el mío. Puede llevarte a la feria. A no ser que sea sieso como el mío. Puede tener casa en la playa o en sitios de veranero guay. A no ser que sea del mismo Dorne donde los pájaros caen fritos de los árboles desde mayo hasta noviembre, como el mío.
¿Y por qué entonces sigo enamorada hasta las trancas de mi dorniense particular? Pues porque tiene el torso como un puto dios griego y cada vez que le veo quitarse la camiseta pienso “joder, a este me lo foll***...”
Ejem.
Decía que los dornienses tienen sus ventajas aunque ahora mismo no recuerde así concretamente cuáles. El problema es que también tienen sus “cosillas”. Entre esas “cosillas”, destaca el hecho de que a veces se hace casi imposible entenderse. Y sí, hablamos todos lengua común, pero se ve que hay cosas que se pierden por el camino. Hace siete años que conozco al Niño y aún a veces dice cosas que no logro descifrar.
El otro día por ejemplo tuvimos por enésima vez una conversación absurda sobre los churros. Siete años y aún no nos entendemos con algo como un puto churro. Fue algo así:

  • Nene, han abierto una churrería en el barrio, donde estaba el restaurante de wok ese que siempre estaba vacío y...
  • Pero es una churrería o no es una churrería. Que aquí cualquier cosa creéis que es una churrería y no.
  • Pues... pues... eh... pone “churrería” en la puerta. Y venden churros. - no sé si esto es suficiente.
  • ¿Pero churros de verdad o de lo que aquí llamáis churros?

Ya empezamos con los tecnicismos. A ver, yo hace ya más de 25 años que tengo una casa en Pueblodelsur y que sé que los churros andaluces son un poco diferentes. Allí se hacen en roscas grandes, son mucho más baratos que aquí y la masa es parecida a nuestras porras, pero no exactamente igual, es más fina y un poco más compacta. Y lo que nosotros llamamos churros, ellos los llaman de lazo o de patata (y puede que de más formas, no lo sé) según la zona. Así que claro, es todo un poco confuso. Pero yo estaba decidida a hacerme entender para conseguir que una mañana de domingo me comprara churros porque me encantan. Y me gustan todos, los andaluces, los churros de lazo y las porras. Lo que sea.

  • A ver, cariño, hacen churros... sólo que en Madrid no existen lo que tú llamas churros.
  • O sea, que no hay churros.
  • Sí, sí hay, pero de los de aquí. Hay churros y porras.
  • ¿Las porras no son mis churros?
  • No, las porras son más gordas y más huecas que tus churros.
  • ¿Y tus churros?
  • Esos son lo de forma de lacito.
  • Los de patata, vaya.
  • Sí. - no voy a volver a discutir lo absurdo de llamar a algo “de patata” si no llevan patata, ni están hechos con patata, ni saben a patata, ni se acompañan de una ración de patatas.
  • Vale, pero entonces es una churrería. Con su señor churrero y eso, que los hacen en el momento.
  • Que sí....
  • Pero no hacen churros.
  • Sí hacen, pero diferentes.
  • Entonces no son churros.
  • Nene, son churros y porras, sólo que es diferente que en Dorne, coño. Aquí hay churros con forma de lazo y porras. Lo que no hay es lo que tú llamas churros, que aquí directamente no existen.
  • Bueno, vale. ¿Y tú qué quieres que traiga un día?
  • Pues no sé, unos churros...
  • ¡¡Pero si dices que no hay churros!!
  • Mira, ¿sabes qué? Que mejor hacemos tostadas.

domingo, 19 de julio de 2015

Las fases del duelo (cosas que están mal 2)

Todo el mundo sabe lo de las fases del duelo. La negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Hay quien pasa más tiempo en unas que en otras, hay quien se salta alguna. La psicología no es una ciencia exacta, las personas no somos una ciencia ni somos exactas. Somos una amalgama de puñetas que apenas sabemos manejar.
Cuando mi madre me dijo la otra anoche que había muerto AD, el chico guapo, lo primero que hice sin darme cuenta, fue negarlo. Seguro que era un error. Una confusión. No hombre, no, cómo iba a haberse muerto. Seguro que era un malentendido. Quizás hubiera tenido un accidente, sí, pero lo habrían exagerado y al final había llegado una información aumentada y sacada de quicio.
Luego vi que en facebok la gente de Pueblodelsur empezaba a poner lazos negros en el perfil. Mi madre me confirmó que era verdad. Y entonces me cabreé. Estúpido guapo, mira que morirse. Si es que por algo me caía gordo. El muy memo. Se muere y me da de bruces con todos mis miedos, mis obsesiones, mis debilidades.
Pero esta mañana me he levantado con una sensación más oscura, más sombría, más fea. He pasado casi toda la tarde llorando. Sé que quizás no tenga motivos. No éramos amigos ya, no teníamos apenas trato. Pero joder, qué pena. Qué tristeza tan grande. Y de pronto, me gustaría verle una vez más, verle sonreír y decirle hasta luego, como cuando me cruzaba con él. Mirarle con su niño en los hombros y pensar, “joder, qué mayores nos hemos hecho”. Verle, tan gordo y tan mayor, y hacer el esfuerzo de recordar a ese niño delgado y con una cara bonita que se paseaba por la casa de mis abuelos adoptivos con aire de superioridad.
Hoy no he dejado de recordar anécdotas. Y yo que pensaba que no las tenía. Ayer sólo podía acordarme de cuando me montó en la moto. Hoy me he acordado de otras muchas. De cuando me enfadé con él porque se metió en mi cuarto de casa de los abuelos y cuando salí de la ducha y llegué envuelta en la toalla me lo encontré tan ancho, sentado en mi cama y ojeando mis revistas. Le saqué a voces mientras él se reía de mí. Me he acordado del día que me subió la cremallera del vestido porque mis titas no estaban y me pasó la mano por la espalda. De cuando me ayudó a montar un cumpleaños a mi madre y vino a mi casa cargado de bolsas de bebidas y comida, charlando conmigo y enseñando a los niños a gritar sorpresa cuando ella entrara. De cuando nos sentábamos en su puerta por la noche a jugar con mi nintendo y nos íbamos turnando una vida del Super Mario. Nos poníamos muy cerca, para ver cómo jugaba el otro. Apoyábamos las cabezas juntas, los hombros pegados. Y nos echábamos la bronca. Eres tonto, tío, te han matado en seguida y has perdido la seta grande. Así no, mujer, quita que ya lo hago yo. Oye, tramposo, no vayas a jugar dos vidas seguidas.
Recuerdo que cada dos por tres salía a la calle supuestamente recién salido de la ducha, pero perfectamente peinado, con la toalla a la cintura, oliendo a colonia para toda la calle y que lo hacía para lucirse por muchas excusas que pusiera. Que íbamos en bicicleta por las tardes al monte un grupo enorme de chavalillos, con bocatas y cocacolas y él siempre iba delante, con su bici de montaña. Pero a cada poco daba la vuelta para ver si los más pequeños iban bien. Se desvivía si alguien se caía. Ayudaba a las crías a cruzar las zonas con piedras. Nos daba ánimos y hacía montones de bromas. Cuando parábamos a merendar siempre contaba chistes, cantaba, inventaba tonterías y nos hacía reír. Y se reía él.
De repente recuerdo muchas cosas. Y siempre una constante, su risa. Es verdad que se lo tenía creído, es verdad que me molestaba muchas veces, es verdad que a ratos estábamos hasta el gorro el uno del otro. Pero nos reímos mucho juntos. Y ahora me está haciendo llorar por primera vez en la vida.
Y si pudiera, si sirviera de algo, trataría de negociar, claro. Entraría en esa etapa gustosamente, llegaríamos a un acuerdo para poder volver a verle por el pueblo, paseando tan tranquilo y decirle hasta luego. No pediría más. Sólo como los últimos años, un saludo breve, una sonrisa, un movimiento de cabeza. Un “eh, nos conocimos, vivimos los mejores veranos de nuestra vida juntos”. No me haría falta decirle que claro que me gustaba, aunque nunca se lo demostrase y eso le enfadara. No querría explicarle por qué los guapos de turno me enfadan y a veces su chulería me sacaba de quicio. No le diría que con 13 años escribía cosas con él de protagonista. No le diría que me hizo feliz la vez que me yendo con mi prima se paró a saludarme y a hablar conmigo y me dio un beso en la mejilla, haciéndola saltar de la envidia. No le diría que me alegro de haberle conocido, que sé que a pesar de nuestras diferencias nos apreciábamos, que fue un gusto tenerle de vecino fastidioso en la adolescencia. No le diría que joder, me duele su pérdida más de lo que nunca hubiera pensado. No, para qué. Sólo hasta luego y una sonrisa. Negociaría por eso, pero no hay con qué.
Y mientras lo acepto del todo, estoy triste. Claro que sí, claro que lo estoy. Me han quitado un pedazo de infancia. Y así sin avisar. Sin el consuelo de que ya no sufre ni esas mierdas que se cuenta uno para mitigar el dolor. No, aquí no hay consuelo. De repente, crack. Un segundo y al carajo. Un segundo y falta un pilar en el pueblo y aquello se hunde por momentos. Un segundo y el verano deja de tener tanta luz y todo se pone más gris, más feo. Un segundo y me doy de morros con un montón de recuerdos que ni sabía que tenía. Un segundo y me tengo que poner delante del espejo para reconocerme, para tratar de encontrarme, para saber que yo sigo aquí y otros se van, aunque no sepa la razón de lo uno ni de lo otro. Quizás lo acepte cuando vaya la próxima vez y al girar la esquina para entrar a mi garaje no estés sentado en la puerta de tus padres como cada tarde. O quizás lo siga negando pensando que igual estás en tu casa con tu mujer o en el bar con tus montones de amigos que hoy lloran desconsolados. De momento, desde aquí, sólo estoy triste.

Así que AD, aunque no eras de redes sociales porque para eso tenías todo un pueblo y varios bares en los que gastar el tiempo con amigos de verdad, estoy bastante convencida de que en el cielo hay algo parecido a internet. Si te aburres y llegas a este blog, quiero que lo sepas. Eras un coñazo de vecino, me hacías rabiar colándote en mi cuarto, robándome las zapatillas y haciéndome correr descalza por la calle detrás de ti. Me dabas por saco con tu guapismo subido y me quitabas la nintendo. Pero no tenías que morirte. Tenías que seguir criando a tu hijo, que te tenía loco de contento con lo niñero que eras. Tenías que seguir cantando en la comparsa cada carnaval y saliendo cada semana santa con tu cofradía. Tenías que seguir riendo. Tenías que envejecer y ser un anciano adorable y divertido como tu abuelo al que yo conocí. No tenías que dejar a todo el pueblo dolido, roto, con un vacío inexplicable e irremplazable. No tenías que darme esta bofetada de realidad, de miedo, de angustia, de joder cómo se explica esta mierda. Porque todo esto no está nada bien. Está mal. La hostia de mal.


sábado, 18 de julio de 2015

Cosas que están mal

Siempre he tenido una especie de conflicto con los “guapos oficiales”. Y no me refiero a los de las revistas, si no a los guapos oficiales de andar por casa. Seguro que sabéis de quién os hablo. Ese chico de clase del colegio o del instituto, del pueblo, quizás. Ese que es guapito, chulito y graciosillo. El que juega al fútbol, lleva unas zapatillas molonas y el pelo a la moda. El que es guay y lo sabe. Y poco menos que vive de ello. Que el cuento le dura hasta la adolescencia, poco más o poco menos, pero qué rabia mientras.
En Pueblodelsur el guapo oficial de mi generación era mi vecino de enfrente. Así que tenía que lidiar con él a todas horas. Su hermana era mi amiga, sus amigos eran mis amigos, los vecinos eran los mismos. Hasta él intentaba ser simpático conmigo. Porque éste, encima, era simpático. Guapo, gracioso, jugaba bien al fútbol, tocaba la guitarra, el cajón, la pandereta. Lo tenía todo el tipo. Así que me caía gordo. Me gustaba, porque era imposible que no te gustara, pero me caía fatal. Yo y mis cosas, dejadme.
La primera vez que monté en moto fue con él. En una moto vieja que arregló mi abuelo adoptivo del sur y el guapito de turno vino a ofrecerme dar una vuelta. De mala gana, porque mi abuelo se lo dijo. Para entonces él ya se había cansado de que yo no fuera una más y no fuera detrás de él. Se había enfurruñado como el niño mimado que era porque me había hecho más amiga del otro vecino y creo que era evidente que me gustaba. Íbamos a la piscina y paseábamos en bici. Y con él, a pesar de ser tan guapo, no iba a ningún sitio. Así que nos tratábamos con cierta desgana. Yo aún era consciente de que era guapo, pero no me gustaba esa pose de “amadme que me lo merezco”. Así que nos tolerábamos a veces con una sonrisa, a veces son una mueca de pesadez.
Me subí a la moto y me agarré al sillín. Se rió y me dijo que le cogiera por la cintura. Dudé, pero lo hice, porque las motos me aterran. Le abracé y le olí el cuello. Siempre olía mucho a colonia, siempre iba bien peinado, siempre tan guapo él. Llevaba una camiseta verde militar, lo recuerdo claramente. Dimos una vuelta por el pueblo, despeinándonos y hablando a voces porque aquello petardeaba como un demonio. Cuando bajé me temblaban las piernas, qué sensación tan rara la moto, oye. Me preguntó si había tenido miedo. Le dije que no, tan segura de mí misma como siempre aparento ser. Se rió y me dijo que cuando quisiera repetíamos. Me encogí de hombros y me fui antes de sonrojarme. Estúpido guapo.
Luego crecimos, yo me fui con mi grupo de amigas, él con el suyo, se echó novia, dejamos de salir a la misma calle a jugar, dejamos de salir en bicicleta en grupo. Perdimos la poca amistad que tuvimos, la poca confianza que creamos a fuerza de vernos todos los días de verano. Luego engordó, se casó, tuvo un niño. Nos convertimos en esos extraños que un día fueron compañeros de viaje.
Dejó de ser tan guapo, claro. Se había puesto muy gordo, había perdido un poco de pelo. Pero conservaba esa sonrisa tan bonita, esa gracia para contar las cosas, ese oído que le hacía sacar música palmeando una silla. Estaba en la murga de los carnavales, tocaba la guitarra, el cajón, lo que se le pusiera por delante. Jugaba con su hijo, lo llevaba a hombros en la romería y yo a veces le veía por el pueblo, gordo y con más años, pero con ese niño tan guapo y tan creidillo aún en los ojos.
Hoy me han dicho que le ha matado un camión. Trabajaba en la carretera y no sé qué ha pasado, sólo que ya no está. Le vi hace cuatro días, literalmente. Le vi en el bar, mientras yo tomaba algo con mis bloguers y él charlaba con un par de amigos. Ya no volveré a cruzarme con esa sonrisa que me recordaba sentimientos contradictorios prepúpeberes.
Ahora me cae casi peor. Porque eso no se hace. Uno no se muere con 33 años. No se muere dejando un niño que aún no va al colegio. No se muere dejando una mujer viuda que ni ha cumplido los 30. No se muere dejando a la gente de su generación con el corazón en un puño y esta sensación tan fea. Eso no se hace, coño. Uno vive, envejece, muere rodeado de nietos. No debes saltarte todo a la torera. No le recuerdas a todo el mundo que la vida es efímera, cruel y que se escapa en un segundo. No dejas un vacío así incluso en los que no fueron tus amigos pero crecieron contigo. No te vas sin despedirte, no te mueres injustamente cuando no te toca. Eso no se hace, joder, no se hace.


Y sí, estoy cabreada. Porque a veces, cuando no sé canalizar las cosas me enfado. Y porque aunque me duela y me apene, sé que hay mucha gente con más derecho a llorar que yo. Y porque aunque me joda, admitir que la vida es así, que estas cosas pasan y que en un segundo se puede ir todo a la mierda me asusta, me aterra, me paraliza. Así que sólo me queda el cabreo. El decir que no es justo, no está bien y que no, así no mola nada. Son cosas que no están bien. Son cosas que están mal. Cosas que están como el puto culo de mal.

viernes, 17 de julio de 2015

Regreso y voy a lo fácil...

Bueno, pues estoy de vuelta en Madrid tratando de sobrevivir a la ola de calor. Madre mía, qué horror, estoy deshidratándome sobre mi propio sofá.
El caso es que entre el calor que me derrite las neuronas, las pocas ganas de encender el ordenador y ponerme una estufa sobre las piernas y todos esos rollos, me siento un tanto desinspirada. Que igual mañana estoy publicando mierda a todas horas, pues sí. Pero ahora mismo no me veo con capacidad ni de contar el cuento de caperucita, el lobo, la abuelita y la cesta. Que tampoco lo he entendido nunca muy bien, porque o la abuela era bien fea o la niña era muy miope o qué sé yo, pero me parece una confusión garrafal.
En fin, que para saber lo que hemos hecho esta semana las locas de la pradera y yo, sólo tenéis que ver el vídeo que ha hecho el Niño Chico. Así de paso le conocéis también. Y es que el churri se me ha metido a "youtuber". Que ya hablaré de eso otro día. De momento el caso es que ni yo tengo que escribir la crónica ni vosotros tenéis que leerla. Vais, veis el vídeo y todos tan contentos.


Me voy a meter la cabeza en el congelador a ver si se me refrescan las ideas y puedo contar algo con un mínimo de coherencia.  

miércoles, 17 de junio de 2015

El momento coca-cola no light

A veces el amor se acaba. No hay culpables, son cosas que pasan. Es simplemente, que te dejan de interesar las mismas cosas, dejas de tener afinidad, dejas de sentir algo especial cuando le ves. Y a veces, hasta empiezas a sentir una especie de cansancio vital de estar cerca.
A mí me pasa con Pueblodelsur. Lo nuestro fue un amor de los buenos. Yo estaba loca por aquello, por la gente, por el ambiente, por todo. Pero llegó un momento en el que se nos acabó el amor de tanto usarlo. O algo así. El caso es que cada vez empezó a interesarme menos aquello. Con la gente cada vez comparto menos cosas. El ambiente ya no es lo mismo. Y como que las cosas buenas ya no me parecen tan, tan buenas. Estas cosas pasan, no es por ti, es por mí, te mereces algo mejor. Blablablá, lo que sea.
El caso es que cada vez me cuesta más ir. Y contando con que últimamente voy a pegarme las palizas del siglo allí pintando, limpiando y haciendo chapuzas, pues como que mal tirando a fatal.

El fin de semana pasado apenas salí de casa porque hay mucho que hacer allí dentro como para andar de paseo, pero aún así los escasos minutos que lo hice, volví un tanto mosqueada. Reconozco que yo soy muy de ciudad. Más que eso, soy muy de Madrid. Y eso implica estar acostumbrada a hacer lo que me da la gana sin que nadie me cuestione. Madrid tiene sus cosas malas, pero tiene ventajas. Puedes salir a la calle vestida y peinada como quieras, a nadie le importa. Puedes liarte con mil tíos, llevar amantes cada noche a tu casa, a nadie le importa. Puedes hacer lo que te salga del higo, básicamente. Y a nadie le importa un carajo porque nadie te conoce. En un pueblo es todo lo contrario. Hagas lo que hagas, será criticado. Aunque seas la más decente, alguien inventará algo porque les interesa TODO lo que haces o podrías hacer o podría ser que hicieras. Y a mí esas cosas me ponen muy nerviosita, me entra rápido la paranoia y mi mal humor crece por momentos.

El viernes por la mañana, mientras mi casa se iba convirtiendo en un caos, me empezó a bajar la tensión. Y no había una triste coca-cola que echarse al gaznate. Así que me puse unos pantalones de chándal rotos, una camiseta de hace diez años y me arrastré pálida y ojerosa hasta la tienda del pueblo. Allí lo llaman “el súper”, pero a no ser que sea por lo súper cutre que es, el nombre no hace justicia. El sitio es pequeño, desordenado, se supone que hay de todo pero nunca hay de nada, todo está amontonado, los pasillos (los tres) son más que estrechos y la tía que está en la caja es imbécil del culo. Eso sin contar con que siempre está lleno de marujas gordas y sin nada mejor que hacer en todo el día que estar allí chismoseando. Así que si no es para una emergencia, no voy. Pero lo era. Cogí una bolsa de patatas fritas, un par de latas de cerveza de marca desconocida y me acerqué a la malhumorada cajera haciendo un esfuerzo por agudizar el oído y entender el acento.

  • Perdona, ¿no hay coca-colas normales?
  • ¿De doh litroh?
  • No, latas.
  • Pueeeee... ahí hay latah laih.

WTF!! ¿De qué cojones habla? Miré a mi alrededor. Ya había tres marujas gordas con sus batas de flores mirándome como si acabara de bajar de una nave espacial. Soy la única del pueblo que pesa menos de 50 kilos, estoy pálida como una muerta, tengo pintura en el pelo y llevo la ropa más roñosa del mundo. Y encima aquí la que habla raro soy yo. Suspiré.

  • No encuentro las latas de coca-cola normal. - repetí muy despacio.
  • Iguá no quean ahí. Voy a miráh la cámara, pero no sé lah que habrá. Que no ha venío hoy er der mandao.
  • Vale. - lo que sea.

La cajera se va hasta un frigorífico que le servía al pintor de las cuevas de Altamira para conservar el bisonte.

  • ¿Cuántah quiereh? - me grita.
  • No sé, ¿cuántas tienes?
  • ¿Cuántah quiereh?
  • ¿Pero cuántas tienes?
  • ¿Cuántah quiereh?
  • Cuatro. - las que sean para salir del bucle.
  • Tengo tré.

Por un momento dudé si estaría regateando y quería que le dijera “dame dos” para decirme “te ofrezco una”. Lo que pasa es que estaba muy cansada, malhumorada y sólo quería irme a mi casa. Y no a la que está cien metros más arriba del súper, si no la que está a trescientos kilómetros, en Madrid. Así que esperé pacientemente a que la tía volviera con mis tres coca-colas para pagar. Mientras, las tres marujas gordas de batas floreadas me habían rodeado y me miraban con curiosidad. Al final le dijo una a la otra “¿y ehta muchacha quién eh?”. Al parecer en los pueblos creen que la gente de fuera no tenemos la capacidad de escucharles. Ni de verles cuando se asoman a la ventana para tratar de adivinar quién eres. Volví a suspirar mientras la maruja número dos le decía “éhta no eh de aquí”.
Pues claro que no, señora. Soy un caminante blanco y necesito imperiosamente volver al norte del muro o moriré.


P.D. Le dedico esta entrada a @pratelly que leyó un tweet al respecto y se quedó con la intriga de lo que había pasado.


lunes, 15 de junio de 2015

Minuto mañanero de paz

Las siete de la mañana y una servidora escribiendo. Y esto no sería tan raro si me hubiera quedado la noche en vela, cosa que ocurre con relativa frecuencia. Pero no es el caso. Anoche me acosté a una hora bastante razonable para lo que soy yo porque el Niño Chico tenía sueño. Y me he levantado a las 6 de la mañana porque Ron no lo tenía. Se podría pensar que soy una mujer y madre abnegada.
Aunque todo sea dicho, me acosté porque me encontraba fatal y el Niño al final fue la excusa. Y me he levantado porque Ron estaba dando por saco, sí, pero también porque yo ya no tenía más sueño y porque tenía que hacer un trabajo para el curso que me estoy sacando de orientadora de empleo y claro, cuando tengo un runrun en la cabeza no puedo pararlo. Así que me he puesto en pie con el alba, me he hecho una infusión y me he puesto a darle a la tecla, primero para el curso, ahora aquí. Y lo cierto es que aunque odio madrugar, ahora que Ron duerme en mis piernas todo tranquilo y esponjoso, el Niño duerme arriba respirando despacito y el silencio lo inunda todo mientras empieza a entrar la luz del amanecer por las ventanas, siento un extraño placer. Como si la vida no fuese una carrera a contrarreloj en la que yo voy de puto culo, como si el tiempo fuese algo que me mece y no algo que me persigue mordiéndome los tobillos o tira de mí apretándome la soga al cuello. Siento, aunque sea por unos breves instantes, que la paz es posible durante los segundos que dura el ojo del huracán. Y aprovecho a tomar aire antes de quedarme de nuevo sin él.
El fin de semana por su parte ha ido... bien. Supongo. En la casa de Pueblodelsur todo es siempre extremadamente complicado. En serio, hasta eso que piensas que te llevará cinco minutos y que no tiene mayor vuelta de hoja te tendrá de cabeza durante horas. Es una pesadilla a veces. Por suerte conseguimos más o menos todos los objetivos que llevábamos y algunos extra, como llenarme brazos y piernas de cardenales o pringarme el pelo de pintura que se niega a desprenderse.
En cuatro días vuelvo para allá a seguir preguntándome por qué mis padres me odian y si no debería hacer el petate y marcharme a un lugar muy, muy lejano. O cambiar la cerradura de mi casa y encerrarme a cal y canto dentro, teléfonos desconectados inclusive. Lo que sea para que dejen de pedirme cosas extrañas.
Espero que me dé tiempo a contaros algo más divertido que mis andanzas bricomaníacas antes de volver a irme, pero quién sabe qué será lo que pase en esta especie de chiste mal contado que es mi vida.


P.D. Os leo a todos/as. Os tengo altamente vigilados. Pero no puedo comentar siempre que quiero, el móvil es una caca y me da error cuando le doy a enviar, así que desde el pueblo no hay manera. Pero os leo, repito. Y por supuesto reviso los comentarios, así que no me dejéis sola en estos trances, coñe.

jueves, 11 de junio de 2015

Y vuelvo a caer en la trampa...

No sé si os acordaréis que el año pasado más o menos por estas fechas, me fui a pintar la casa de Pueblodelsur. Aquello fue una tortura china que casi me cuesta la poca cordura que me queda. Pero como a cojones no me gana ni el caballo de Esparteros, pues pinté y limpié y lijé techos y puse emplaste y me cagué en todo lo cagable, pero lo hice. Y LO HICE DE PUTA MADRE.
El caso es que mi casa no es un palacio, pero es una casa de pueblo, lo que significa grande. Y yo odio las casas grandes. Sé que suena a excusa de pobre, pero creo que las casas grandes son para ser asquerosamente rico y tener gente que la limpie y la mantenga y tú sólo tengas que molestarte en saber qué jacuzzi es el que te pilla más cerca en ese momento y si recibir al embajador de los bombones en el salón de invierno o en el verano. Si no, son un coñazo. Y mi casa de Pueblodelsur no es enorme, pero es grande. Y yo no soy rica. Mala combinación.
El caso es que hace poco vino mi madre a mi casa. Y la temo cuando se apoya en el marco de la puerta de la cocina mientras yo trajino en los fuegos. Me recuerda a cuando yo era adolescente y teníamos esa postura, pero cambiando los papeles. Porque además usa el mismo tono que yo y hace lo que hacía yo cuando quería pedirle que me dejasen salir hasta las mil y monas. Y no, mamá, no cuela. Toda esa mierda ya la inventé yo y te recuerdo que contigo no colaba.

  • El caso es que tendremos que pedir presupuesto, claro. Y allí ya sabes cómo se pasan. La ley de la oferta y la demanda, como no hay otro que lo haga, pues claro. - me decía con tono lastimero.
  • Ya. - sigo picando cebolla.
  • Y nos querrán cobrar un pastón.
  • Ajá.
  • Un dineral, claro. Y no estamos como para tirarlo.

La miro de reojo. No cuela. Remuevo la olla y lavo un pimiento verde. Mi madre se cruza de brazos, suspira, melodramática ella.

  • Y es una pena, porque algo tan fácil... si tu padre no fuera así lo hacíamos nosotros, pero claro, ya sabes que tu padre no sabe ni cambiar una bombilla. Pero pagar tanto dinero por algo así... pues qué pena. Porque igual ese dinero podría ser para algo mejor.
  • Pues qué pena. - escucha activa que se llama. O repetir como un loro lo que te digan, vaya.
  • Porque es algo que yo creo que se podría hacer fácil, en serio. Eso, os vais el Niño Chico y tú un fin de semana allí y os lo ventiláis. Y os sacaríais unas pelillas.
  • Vaya por Dios, ya salió.
  • Si es fácil...
  • Mamá, quieres pintar la fachada. De una casa de dos plantas. ¿Cómo cojones se supone que tenemos que llegar hasta el alero del tejado?
  • Con una escalera alta.
  • Sí, y otra cosita, no te jode...
  • ¿Para pintar? - me mira ojiplática.
  • Para bailar la bamba.
  • Jo hija, ¡mira que dices tonterías!
  • ¡¡Pero si has empezado tú!!
  • Mira, haz una cosa, vais, miráis a ver si se puede pintar la fachada y si ves que no, pues nada.
  • Vale.
  • Y ya que estáis allí, pues pintáis la habitación grande, la pequeña de la izquierda y el techo del baño de arriba. Y montáis los muebles del vestidor. Y se barnizan las vigas del techo. No hagáis el viaje en balde, al menos ya dejáis eso arreglado y oye, echáis el fin de semana allí tan a gusto.

Sí, tan a gusto. Manda huevos. En fin, volveré. Supongo. Mientras tanto, crónica en twitter.


martes, 12 de agosto de 2014

Estrellas fugaces

Desde que hay crisis la gente está más triste y cabizbaja. Por eso ahora es muy difícil encontrar una moneda en el suelo. Eso y que la crisis ha hecho que de nuevo demos importancia a una moneda, supongo, por pequeña que sea. Cuando todo iba bien, yo miraba frecuentemente al suelo y encontrba muchas cosas. Ahora miro más al cielo. En busca de una estrella fugaz que me conceda un deseo, supongo. Quizás sea la esperanza de los que no encontramos ya monedas. Quizás sea la solución a la crisis. Quizás sea, simplemente que siempre hago lo contrario. Por desgracia en Madrid se ven pocas estrellas fugaces. Demasiada contaminación lumínica.
Hace muchos años, cuando se daba la lluvia de estrellas en verano, los niños de la calle de mis abuelos adoptivos del sur salíamos por la noche con colchonetas y cojines y nos tumbábamos en la acera. Y mirábamos el cielo con obstinación hasta que caíamos rendidos de sueño tras un día de bicicletas, piscina y juegos. Ahora no hay nadie en esa calle, los abuelos murieron o son muy mayores. Los niños crecimos, ahora todos están casados, son padres, tienen cosas más importantes que hacer. Yo vivo en mi propia casa, en medio de la contaminación lumínica y apenas me acuerdo de las estrellas fugaces. Aunque la noche del cumple de mi madre viera una enorme, justo delante de mi terraza, como recordándome cosas.

La vida pasa. Como la niñez, la adolescencia, la juventud, las oportunidades, el amor y los fracasos. Los veranos pasan, uno tras otro, cada uno con sus historias. Nosotros pasaremos, nuestros recuerdos y nuestras vivencias. Todo pasa, como las estrellas fugaces. Eso es la vida, qué si no. Una estrella fugaz que tienes suerte si te da tiempo a ver.  

miércoles, 6 de agosto de 2014

Así no hay manera

Debido al aluvión (bueno, igual aluvión, aluvión no) de quejas remitidas a mi persona por mis lamentos de no tener portátil y la insistencia en que puedo escribir desde el móvil o la tablet o el ordenador de sobremesa, os diré que si tanto interés tenéis en que escriba, lo que tenéis que hacer es una colecta para recaudar fondos pro ordenador nuevo y no obligarme a estar incómoda y/o desquiciada. Que sois muy poco comprensivos con mis dramas cotidianos, coñe.
Pero vamos, es algo a lo que empiezo a estar acostumbrada. Cuando volví del viaje por tierras almerienses sufrí un caso agudo de ignoritis.
Os pongo en antecedentes: soy una guarra de mucho cuidado con el coche. Todo lo que limpio mi casa, ensucio mi coche. Todo lo que me esfuerzo en recoger y ordenar en mi hogar, lo desparramo en el coche. Y es que el bólido-Naar es mi espacio preferido del mundo. Ahí soy libre, voy donde quiero, insulto a la gente, hablo sola, canto a pleno pulmón y esparzo porquería sin sentimiento de culpa. Ahora bien, admito haber llegado a límites insalubres. Tengo pañuelos, colillas de cigarros, mecheros gastados, papeles de propaganda, botellas vacías, bolsas y demás basura. Tierra y mierda como para plantar patatas en el suelo de los asientos traseros. Pero me la pela. Así de duro, me la bufa por completo que el coche esté sucio. Sin embargo todo el mundo que monta se afana por recordarme que hace falta una manita de limpieza. Y ya me empiezo a sentir mal por ellos.
Así que cuando volví del viaje dije pues vale, pues lo limpio en Pueblodelsur, que para eso hay manguera en el patio y enchufe para el aspirador. Me compré unas alfombrillas nuevas y todo. Y encargué al Niño Chico que lo hiciera. Porque a mí gastar dinero en limpiar el coche me parece una pérdida de dinero. Y gastar tiempo en limpiar el coche me parece una pérdida de tiempo. Y el Niño es muy dispuesto, pero ya sabéis cómo son los hombres, que si se lo das todo mascado, lo hacen, pero no pidas que resuelvan solos los conflictos. Así que le dí los trapos, el aspirador y tal.

-          Nena, dónde enchufo el aspirador.
-          Hay un enchufe en el patio.
-          No lo veo.
-          Coño, nene, hay un enchufe ahí al lado.
-          No lo veo.

Fui hecha una furia. Y enchufe había…


-          Bueno, pues coge el alargador y enchúfalo dentro.
-          ¿Dónde está el alargador?
-          En el trastero.
-          No lo veo.
-          Coño, nene, busca un poco.
-          No lo veo.

Fui de nuevo aún más enfadada. Y no, no había alargador.

-          Bueno, pues lávalo por fuera al menos.
-          ¿Con qué?
-          Con la manguera.
-          ¿Dónde hay una manguera?
-          Ahí al lado del enchufe inutilizado.
-          No la veo.
-          Coño, nene, ahí hay una manguera de toda la vida de Dios.
-          No la veo.

Fui dispuesta a encontrar la manguera y estrangularle con ella. Pero no estaba. Así que me poseí por todos los diablos y llamé a mi madre.

-          ¡¡¡Mamá!!! ¡¡¡Esta casa es un puto infierno!!!
-          ¿Gñé?
-          Quería lavar el coche, pero no puedo. Y nos hemos quedado aquí a dormir para poder lavarlo, si no me habría ido a mi casa. Y ahora no puedo, ¡así que como me vuelvas a decir que mi coche está sucio te tiro de él en marcha!
-          Pero si hay un enchufe ahí mismo.
-          No, no lo hay.
-          Sí hombre, donde el fregadero…
-          Mamá, no está operativo. – Y le mandé la foto.
-          Pues coge el alargador y…
-          ¡¡No hay alargador!!
-          Compré uno de rollo, ¿no te acuerdas?
-          ¡¡Que no está!!
-          Sí, hombre, en el trastero hay…
-          ¡¡Que no, joder, que ya lo he revisado entero!!
-          Huy, jeje, pues igual se lo han llevado los obreros pensando que era suyo, jejeje…
-          Sí, una puta gracia, oye.
-          Bueno, pues lávalo por fuera…
-          ¡¡Si no hay manguera!!
-          Sí, hombre hay una ahí mismo donde…
-          ¡¡¡Que no hay manguera!!!
-          Ay, hija, yo qué sé, pues aprovecha y vete a dar un paseo por el monte, que mira que eres negativa.

Al final no quedó más remedio que dormir en el pueblo, más incómodos que la puñeta y yo de una mala hostia de espanto. El pobre Niño es un santo, os lo digo, un santo. Al día siguiente me volví a Madrid, deseando perder al puto Pueblodelsur de vista por una temporada. 
A los dos días me voy a trabajar con mi madre y aparece con un paquete de toallitas para limpiar el salpicadero.

-          Hija, es que tienes el coche llenito de mierda, que mira que tu casa la limpias, pero el coche está siempre lleno de porquería… mujer ya que estabas en Pueblodelsur podrías al menos haberle dado una manita con unos cubos y unas bayetas y…
-          Mamá, guarda despacio las toallitas y procura no decir una palabra más del asunto porque no respondo, ¿eh? ¡¡No respondo!!


Total, la cosecha de patatas de coche se espera para otoño y creo que el musgo que está creciendo debajo de los asientos tiene una civilización propia de seres nuevos que espero que se alimenten de las colillas y los tickets del mercamoñas descoloridos.

miércoles, 2 de julio de 2014

el cuaderno de pintácora

¿Alguna vez habéis ido a un spa? ¿Os han dado un relajante masaje de pies? ¿Os han hecho la manicura y os han quedado unas uñas preciosas? ¿Alguna vez habéis hecho algo placentero del tipo que sea?
Bien, pues no se parece en NADA a lo que he hecho yo toda la semana pasada. Me he dado una paliza importante a pintar, limpiar, rascar pintura hueca y demás tareas poco gratificantes. Me he roto las uñas, me he quemado la piel con productos químicos, me he dejado las rodillas moradas y las piernas llenas de cardenales. Me he querido volver, he sufrido ansiedad, frustración, dolor, ira y ganas de morirme o de matar a alguien.
Y diréis, mujer, por qué no te volviste a tu casa. Pues porque ese no es el estilo Naar. El estilo Naar es dejarse la piel, literalmente, hasta que hace lo que se ha propuesto. No es un estilo recomendable, ni cómodo, ni fácil. Ni siquiera inteligente. Pero es el único que conozco. Yo lo llamo el “por mis cojones”.
Así que finalmente la casa quedó pintada, limpia y como yo me había propuesto dejarla.
Los que me seguís en Twitter y habéis leído mi cuaderno de pintácora y sabéis que he tratado de tomármelo con humor porque es mi defensa para todo, pero ha sido duro. Duro de verdad. Pero por mis cojones que eso quedaba hecho. Y por mis cojones ahora estoy contracturada, agotada, dolorida y delgada. Porque eso sí, es un plan de adelgazamiento y puesta en forma estupendo. Como un campo de concentración, duro pero efectivo, oyes.
En fin, que he vuelto. Ahora tengo dos semanas por delante para solucionar mil cosas de papeleos y coñazos varios, pero al menos son tareas más livianas físicamente. Eso y contentar al gato, que anda mosqueado con mi ausencia a pesar de que mis padres vienen a cuidarle y le consienten todo como buenos abuelos.

Tooooootal, que después de esta terrible y agotadora experiencia lo único que echaré de menos del pueblo es acariciar de vez en cuando a las salamanquesas del patio que sacaban a relucir mi vena reptiliana. 

domingo, 22 de junio de 2014

qué alegría, qué alboroto

Como soy una gilipollas… hum. Voy a empezar de nuevo que luego dicen las malas lenguas que tengo mal genio. Ja. Yo, mal genio. Ja. Os voy a demostrar que no, que soy altamente positiva.
Decía que como soy una buena hija que quiere mucho a sus papás siempre estoy dispuesta a ayudarles y a complacerles. Y por eso me ofrecí generosamente a pintar la casa del pueblo, puesto que pintar la mía me resultó muy fácil y nada cansado. Y además como aquella es mucho más grande, más vieja, con los techos más altos y tal, será infinitamente más divertido. Y limpiar luego será la juerga, claro, porque limpiar después de una obra y rascar el cemento, quitar las lechadas de los azulejos y fregar cada rincón es fiesta pura.
Además tendré la gran oportunidad de dormir en esa cama viej… antigua que chirría hace un sonidito musical cada vez que te mueves. Y despertarme temprano, con lo que me gusta madrugar.
Huy, y podré ver a mis amigas, cuyas conversaciones no son nada tediosas y cuyos maridos no son nada machistas y controladores y me dicen siempre cosas tan agradables.
Y para colmo de mis alegrías podré estar desconectada del mundanal ruido, sin el horrible acceso a Internet de alta velocidad, ni la estúpida tele, ni las comodidades de la gran ciudad. Podré estar rodeada de bichitos y plantitas y piedritas y tierrecitas. Y qué ricamente, oyes, con toda esa gente que te conoce y que te pregunta hasta de qué color llevas las bragas cuando vas a por el pan y que cómo me gustan a mí los putos pueblitos.
Total, ardo en deseos de hacerme 300 kilómetros, de descargar cosas pesadas, de pintar y limpiar. Y nada de ganas de volver en una semana.


Por cierto, si de vez en cuando durante estos días igual sí descargo algo de mala leche en twitter, no seré yo, será mi alter ego malvado, pero no hagáis caso, que yo estoy encantada de la vida. Por los cojones. En-can-ta-da.

lunes, 5 de mayo de 2014

compañeros de viaje

Sé que no suele ser buena idea, pero la otra noche lo hice. Me puse a fisgar a gente por facebook. Empecé por ver un comentario de una antigua amiga del pueblo en el muro de Amigachica y de ahí fui pinchando de unos en otros hasta que recorrí a toda la gente de mi generación.
Todos están casados, todos tienen hijos, todos llevan la vida que se suponía que debían llevar. Ahora entiendo un poco más por qué en el pueblo se me mira con esa cara de asombro. Soy la única, pero la ÚNICA de mi edad con un ratio de más menos cinco años que sigue soltera. Y sin hijos. Y sin hacer lo que se supone que debería estar haciendo.
Lo bueno es que siempre he sido inmune a este tipo de cosas y francamente me la suda mucho.
Lo malo es que me siento un poco vieja. Veo a cierta gente con hijos poco más pequeños de lo que eran ellos cuando los conocí. Y se me agarra una cosa rara a las tripas. Veo a amigos con los que compartí bocadillos en la piscina, con los que monté en bicicleta por el monte, con los que hice guerras de globos de agua y con los que pegué saltos en la discoteca, cuidando de sus niños y me pregunto cómo el tiempo ha pasado tan deprisa.
Hace ya años que yo me descolgué de la gente de Pueblo del Sur. Yo empecé la universidad casi al tiempo que algunos de ellos se casaron. Y seguí con mi plan de juergas universitarias, viajes a la playa con amigas y novios de vaivén mientras ellos tenían hijos. Así que poco a poco fui dejando de ir tanto por allí. Cada vez compartíamos menos. Ya no había bocadillos, ni piscina, ni bicicletas, ni globos de agua.  Yo tenía una vida, ellos otra bien distinta. Cada vez nos fuimos entendiendo menos. Cada vez nos separaban más cosas de las que nos unían.
Sin embargo, hay veces que me acuerdo de cosas y sonrío. En mi cabeza aquella gente sigue teniendo doce, catorce, dieciséis años como mucho. Y aún tomamos fanta de limón en la terraza del pub, y hacemos payasadas en las escaleras al lado de la discoteca. Aún quedamos por las tardes, aún vivimos con los padres y tenemos que escondernos de ellos para fumar un pitillo en el callejón. Aún jugamos al escondite las noches de verano, aún salen nuestros abuelos a regañarnos si estamos gritando mucho cuando ya es tarde.
No me entra en la cabeza que esa gente a la que vi crecer tenga hijos que ya han hecho la comunión. No me explico cómo las hermanas pequeñas de mis amigos, a las que abracé cuando les bajó la primera regla, están casadas, embarazadas, con un bebé en los brazos. No entiendo cómo todo esto ha podido pasar.
Y sí, es parte de la vida. Esto es crecer, esto es madurar, esto es ser adulto. Supongo. Ni siquiera me da pena. Sólo un puntillo de nostalgia. Sólo me dibuja una sonrisa ver que sus niños me recuerdan tanto a ellos cuando yo los conocí.
Fue una época bonita. Casi siempre reniego de mi infancia y de la parte negativa que tuvo, pero Dios me lo compensó llevándome al sur y dándome esos compañeros de viaje. Nos reímos mucho, jugamos, nos divertimos, lloramos a veces. Bailamos hasta el amanecer, comimos churros en feria, nos besamos en la oscuridad y aprendimos juntos. Crecimos y seguimos nuestros caminos. Y ahora apenas un saludo cuando nos vemos, de años en años. Un gesto de cariño a sus hijos que me miran con el asombro de no saber apenas quién soy cuando sus padres les explican que fuimos amigos. Una mirada cómplice que nos recuerda que los veranos de los 90 eran más largos y luminosos. Una sonrisa a medias que nos da las gracias mutuamente por todos aquellos recuerdos.

Aunque cada uno nos bajáramos en una estación, fueron grandes compañeros de viaje.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Sevillanas vs bádminton

Lo primero… ¡¡sois unos horteras de mucho cuidado!! Me encantáis. Entre twitter y los comentarios y tal me habéis ayudado mucho. Algunas canciones concretas no me gustan, pero me han inspirado para sacar otras y al final me va a quedar una lista verbenera de lo más apañada. Os iré informando al respecto. Y seguid añadiendo las que se os ocurran, ¡nunca son demasiadas canciones mierder! Respecto a los que me recomendáis cosas que sí molan (gracias LuzMarina, eres un amor y tu estilo musical me encanta) os advierto que el rollito “canciones modernas para cuando los abuelos se cansan y se sientan” debe ser para otras familias. En mi caso, mis abuelos bailan más que los jóvenes. Ellos no se cansan y lo dan todo hasta el final de la fiesta, así que apuntaré esas canciones por si acaso de madrugada se retiran y los “jóvenes” aún seguimos en pie, cosa que dudo. Y lo que es peor, mis  yayos bailan súper bien. Ahora están un poco artrósicos, pero bailaban el tango arrabalero que dejaban a la gente con la boca abierta. Y mi yayo baila boleros que te quieres morir de bien. Y los pasodobles los bordan. No sé qué pasó con sus genes bailongos, pero en algún punto entre ellos, mi madre y yo, se perdieron. Y yo heredé el colon irritable y la intolerancia a la lactosa. Bien por mí. 
Dicho esto, os contaré uno de los traumas de mi vida.
Yo de pequeña no quería ser una princesa disney. Puede que a estas alturas esto no os sorprenda mucho, pero lo curioso es lo que yo quería ser. Yo quería ser como Sandy, la de Grease. O como Baby, la de Dirty Dancing. Yo quería bailar que te mueres y cantar bien. Y tener un novio macarra como  John Travolta o como Patrick Swayze. Pero sobre todo lo que bailar. Bailar bien molaba mucho, muchísimo.
Para mi desgracia, yo nací con el tímpano de esparto  porque no les quedaban finas membranas, así que mi oído para la música es nulo. Y por lo tanto, mi sentido del ritmo. Tampoco me acompaña la genética, mi padre es de una zona seca y árida de Burgos con menos gracia que el pan sin sal. Y de Madrid, he sacado la chulería pero cero arte. Así que digamos que mi sueño de saltar en medio de una elaborada pero espontánea coreografía a los brazos de un Johnny se vio frustrado en la más tierna infancia.
Cuando empecé a ir al sur y a conocer a mis amigas, me di cuenta de que el caso era aún más grave de lo que yo pensaba. Mientras ellas bailaban, yo hacía el ganso en un desesperado intento por que el ridículo pareciera voluntario. Y más o menos la cosa iba colando hasta que llegó un momento en el que me ví ante la tesitura de aprender a bailar sevillanas o amputarme las extremidades para siempre, dado que no me valen apenas para nada.
Mis amigas se afanaron en enseñarme los pasos. ¿quién se los enseñó a ellas? Misterio. Yo creía que los andaluces saben bailar sevillanas porque sí, porque es un gen especial. Sin embargo en el viaje a Granada descubrí para mi absoluto asombro que les enseñan en el colegio. Así como matemáticas, lengua e historia, pues sevillanas. Lo normal. Como si en Madrid nos enseñaran chotis o en Galicia les enseñaran muñeiras. Así que claro, todos los andaluces bailan sevillanas como si las hubieran mamado. Con la misma facilidad con la que alguien suma dos más o dos. Cada vez tengo más claro que nací en la comunidad autónoma equivocada. A mí en gimnasia me enseñaban cosas absurdas e inútiles como balonmano, fútbol o bádminton. Que ahora que lo pienso, ¿Bádminton? ¿En serio? ¿En qué diablos estaría pensando el gilipollas de mi profesor? ¡¡Sevillanas, oiga, sevillanas!! Porque las sevillanas siempre te sacan de un apuro, siempre puedes lucirte en una boda, ir a la feria de abril o vacilar un poco en una verbena… pero ¿bádminton? ¿Qué vas a hacer con eso? ¿sacar una raqueta en mitad del banquete y decir “sí, vosotros bailaréis muy bien pero nadie tiene huevos a jugarse un partidillo conmigo”? Pues eso, que no.
Total, que me desvío. Que mis amigas del sur trataron de enseñarme a bailar sevillanas. Pero no lo consiguieron, obviamente. Primero, mis piernas no se hablan con mis brazos, por lo que no se ponen de acuerdo y van cada uno por su cuenta. Segundo, mi arte y gracilidad taconeando y deslizando los pies es más o menos el mismo que el de un rinoceronte enfurecido trotando por la sabana. Y tercero, tengo los brazos demasiado largos y excesivamente delgados, por lo que tienen cero gracia al moverse. Son más como si agitas una escoba para quitar una telaraña del techo. Y claro, al final, después de varias intentonas, mis amigas abandonaron su empeño y me dieron por imposible.
Lo cierto es más o menos, lo tenía asumido. En Madrid tampoco hay demasiadas ocasiones en las que te arrepientas de haber aprendido bádminton en lugar de sevillanas. Como mucho, bodas y tal. Y ahí te haces el loco mientras los que sí saben bailan. Pides una copa, comes alguna chuche de las que ponen en la barra libre o sales a fumar un piti. Y aunque mi pequeña niña interior que soñaba con ser la reina de las pistas de baile llore en mi interior, la convenzo de que algún día nos liaremos a raquetazos y dejaremos a todos K.O.
Ahora bien, hay casos en los que me tiro de los pelos. El otro día por ejemplo, Medioprima de Bilbao me dijo que pusiera alguna sevillana en la boda de mis yayos. Y yo si hay que ponerla, la pongo, pero me voy a retorcer por dentro. Porque a mí me gustaría bailarlas. Debería saber bailarlas. Quiero bailarlas, por todos los diablos del bádminton. Y mis estúpidas primas de Granada sí saben, claro. Les enseñarían en sus estúpidos colegios del sur. Y Medioprima fue a una academia.   ­
Entonces claro, me acuerdo del niño chico, que para colmo de mis complejos y mis traumas infantiles es sevillano. Y claro, claaaaaro que sabe bailar sevillanas. Maldito niño. Le odio. Y el cachondo mental me dice que él conquistaba mucho bailando sevillanas en la feria y mirando de cerca. Ya ves, qué bien. Él ahí todo plantado como un señoritingo zapateando encima de mis traumas. Y ni siquiera se da cuenta de que con esos ojos negros conquistaría lo que hiciera falta. Hasta sin bailar. Pero eso es igual. Hasta él que es un sieso sabe bailar sevillanas. Y yo aquí, como un pato mareado, con mis brazos estilo palo de escoba, mis pies descoordinados y mi raqueta de bádminton.

Bah, seguiré bajando canciones mierdosas. Todo lo bailo mal, pero al menos hay cosas con las que tienes la opción de hacer el monguer y que parezca que haces el ridículo por elección y no porque no vales para otra cosa. Cualquier día de estos me armaré con una raqueta y buscaré a mi profesor de gimnasia. Y va a aprender a bailar sevillanas a mamporros, hombre ya.


lunes, 22 de julio de 2013

resumen del fin de semana en el sur y más planes

Si es que no me cunde la vida. Yo pensaba que este verano iba a ser un rollo, que no iba a salir y blablablá. Mis cojones treintatrés, oiga.
Como os dije este fin de semana me tuve que ir al pueblo del sur a hacer cosas de la obra. La obra. Ay madre, la obra. Os resumo: si hubieran puesto tres bombas dentro de la casa, creo que habría quedado en mejor estado del que tiene. Horrible. Según entré y vi el desolador panorama, me di media vuelta y me fui al hotel. Y llegué tristona y agotada, la verdad. Pero lo bueno de ser mujer en un mundo un poco machista, es que les di penita y me trataron muy bien. Muy, muy bien. Tanto, que no tenía ganas de volver a casa. Hiper recomendado el hotel de mi pueblo. Si alguien quiere un sitio económico, de trato exquisito y con una comida de lujo, que me pregunte.
Por lo demás, en el pueblo bien. Conocí a mi sobrino, que es gordito como una bola y se ríe de todo. Vi a mis amigas, que a pesar de los años y las diferencias las sigo queriendo a reventar. Discutí con mi “cuñado”, el marido de Amigachica, pero eso es normal porque somos polos opuestos y siempre terminamos a punto de agarrarnos por el cuello. No le soporto, os lo aseguro. También me reencontré con un amigo de la adolescencia y nos echamos unas risas en la terraza tomando algo fresquito y disfrutando del aire del sur. He dormido con aire puro y suave de montaña. Y me ha picado un bicho desconocido que me ha provocado una cartuchera, dado el tamaño de la picadura en la cadera. Y sí, he dado órdenes a los obreros, llevé las jodidas ventanas, elegí los putos azulejos y todo está bastante arreglado. Quizás, con suerte, algún día el solar de escombros vuelva a ser una casa.

El regreso a Madrid va a ser breve, el viernes que viene me voy de nuevo una semana con Seis de viaje. Y si os digo la verdad, aún no sé ni a dónde ni muy bien con qué plan. Aventura de nuevo. Que sea lo que Dios quiera. Os iré contando cosas esta semana según pueda. Y dejaré al menos un post programado para la siguiente semana cuando esté fuera. Y os lo digo desde ya: sé que es verano y tenéis planes molones. Sé que hace calor y lo guay es estar de terracitas, pero no abandonéis los blogs, coño. Que últimamente comentan unos pocos. Y me siento un poco abandonada. No me dejéis hablando sola que parezco más chalada de lo habitual. Y además, cuando estoy fuera miro las cosas desde el móvil y me hace ilu ver que comentáis. Así que aplicaos un poco el cuento. Jolines.

jueves, 18 de julio de 2013

Aprovechar un par de días

Antes de seguir con las peripecias del viaje con Flumi, me voy en busca de otra nueva aventura.  Y esta vez no es para contároslo. O no sólo para eso, al menos.
Creo que dije hace tiempo que mis padres por fin se decidieron a hacer obra en la casa del sur. Falta hacía, todo hay que decirlo. El problema es que mi padre es la persona menos constante de la historia. Incluso menos que yo. Y al principio de la obra estaba muy contento, muy dispuesto y muy colaborador. Pero al mes estaba ya hasta el bolo y dejó de hacer caso. Así que mi madre se ve saturada de marrones. Y como por desgracia yo no tengo quince hermanos con los que dividir los malos rollos, adivinad a quién le toca la china.
Esta semana, entre múltiples problemas y complicaciones que han hecho un infierno del día a día, he ido a comprar unas ventanas para acoplar en la casa del sur. ¿Por qué se compran aquí? Pues porque salen infinitamente más baratas y porque así podemos elegirlas en persona y no dejarlo en manos del señor Mariano que hace la obra. Así que adivinad… ¿quién ha ido a castroculo a comprar las ventanas? ¿Quién ha cargado con ellas a pesar de que pesan como demonios y se ha llenado las piernas de cardenales y los brazos de arañazos? Y lo mejor de todo… ¿Quién va a ir al sur a llevar las ventanas, gritar a los obreros para que hagan lo que deben y ya de paso elegir los azulejos de los baños nuevos? ¿Quién va a dormir entre escombros y a comer sobras en una casa que parece un solar de Kosovo? ¿Quién, eh? ¿QUIÉN?
Efectivamente, la menda lerenda. Mañana parto hacia tierras más cálidas (aún) para según mi padre, “aprovechar a pasar un par de días”. Claro.  Estar tres días alejada de toda cosa parecida a una civilización, sin tele, sin ordenador y sin nada es mi idea de “aprovechar un par de días”. Irme a una casa llena de escombros y mierda en la que posiblemente tenga que dormir en el suelo sobre una manta vieja y raída, es mi idea de “aprovechar un par de días”. Y da igual si no hay agua ni luz (cosas que están en duda) porque lavarme con agua del pozo y caminar a oscuras por una casa con 300 años de antigüedad y llena de peligros y herramientas de obra es mi idea de “aprovechar un par de días”. Y desde luego, discutir con obreros machistas, cargar y descargar ventanas y elegir azulejos es mi idea de “aprovechar un par de días”.
Me cago en mi vida, en mis padres y sus geniales ideas. Me cago en los hermanos que no tengo y no me ayudan.  Me cago en el puto sur y en “aprovechar un par de días”.
Y eso sí, ya que estoy allí pienso tomar más de una shandy con tapa, ver a mis amigas y terracear hasta las mil y monas. Ya que aprovecho, pues aprovecho a todo, hombre ya.

En fin, si sobrevivo os informaré por twitter. Y os lo contaré todo el lunes cuando vuelva. Deseadme suerte.

lunes, 10 de junio de 2013

dos es peor que uno

Vale, estoy en esos días en los que odio así a la gente en general. Porque sí, porque me duelen los ovarios, porque me encuentro mal, porque estoy cansada… porque me sale de ahí. Y ya. Pero es que manda huevos.
Este verano está planteándose un poco mal. Porque la vida son rachas y el año pasado tuve suerte, hice viajecitos, escapadas y tal. Este no, este todo está torcido y no creo que pueda salir de Madrid ni para respirar otro aire un poco menos contaminado que este. Pero bueno, es lo que hay. Espero que esto os haga sentiros mal a los que vivís en lugares más agradables y me invitéis a visitaros. Y no lo hagáis con la boca pequeña, porque luego voy a ir y no quiero quedarme en la calle con cara de perrito abandonado.
El caso es que el fin de semana que viene al menos sí tenía un plan guay porque mi amiga Reichel viene de Ámsterdam y hemos quedado todos los amigos para cenar y salir de marchita. Bueno, a falta de pan, buenas son tortas.
Pero entonces me llama Amigachica del sur y me dice que ese fin de semana van a bautizar a su nene, mi sobrino pequeño al que aún no conozco.
Estupendo. Todo el puto verano vacío y en un solo fin de semana dos planes completamente incompatibles. Porque no sé vosotros, pero yo no tengo el don de la ubicuidad y estar a la vez en dos lugares con más de 250 km de distancia me resulta imposible. Y tampoco tengo un teletransportador que me lleve rápidamente de un lugar a otro. Para colmo, mi casa del sur está en obras y parece un solar bombardeado de Kosovo. Así que no tengo donde dormir ni donde ducharme ni donde nada. Aunque podría llevarme una tienda de campaña, ponerme en mi patio y sacar agua del pozo para hacer un apaño, claro. Pero no tengo tanto espíritu de aventura qué queréis que os diga.  

Total, que vaya mierda pinchada en un palo.  Vaya depresión de verano, joder. 

jueves, 23 de agosto de 2012

¡me voy de nuevo!

El año pasado en general fue regularcillo. Tuvo sus buenos momentos y desde luego todo lo que hice fue ir a mejor, pero hasta agosto las cosas no fueron sencillas. El verano se paso básicamente aburrido. Estuve mucho tiempo sola, cosa que necesitaba. Reflexioné y me enfrenté a mis peores demonios. Me despedí de mi pasado, pasando página, asumiendo que el capítulo que más me gustó leer se había acabado. Puse el contador a cero y me dije que el siguiente verano sería mejor. Me lo dije, porque es lo que me digo siempre, pero no me creía mucho, la verdad.
Sin embargo, este verano está siendo increíble. Como aquellos de cuando era una jovencilla irresponsable y llena de vida. Creo que debe ser algo contagioso y hay alguien que me pega el virus de vez en cuando.
El caso es que estoy viajando, pasando tiempo fuera, he ido a la playa, al pueblo… y ahora me voy de nuevo. Me voy, a un rincón de esos que me traen recuerdos de niña y sueños de adolescente. Me voy a Almuñécar, porque me gusta mucho el sur, a la vista está.
No tardaré en volver, espero que un poco más calmada, más morena y más llena de ese aire del sur que me da la vida.

jueves, 2 de agosto de 2012

vacaciones relajadas

A pesar de haber crecido en un barrio… muy barrio, no soy una macarra. Creo. Pero a veces me sale la vena bajuna de pegar un grito o contestar de mala leche a los desconocidos. Y es que yo no soy una persona con mal humor a largo plazo, pero sí tengo un poco instinto de gaseosa, que me agitas y ¡¡puf!! exploto. Así que a veces es mejor no tocarme las narices si no quieres un zarpazo.
Además, estar en Madrid me estresa. Es llegar aquí y como dice la canción, me entra el veneno de la ansiedad. Y todo me pone de los nervios. Sin embargo, cuando voy al sur, mis pulsaciones bajan. Si a eso le añades que el niño chico es una persona calmaaaaada, que vive despaaaaaaaacio, pues yo me relaaaaaaajo y como que todo empieza a importarme menos. Además, ole sus huevos, sabe quitarme los mosqueos. En pocos meses sabe trucos que otros hombres de mi vida han tardado años en comprender. Sabe darme una razón por la que en vez de saltar la como la espuma de una botella agitada,  razone y me controle. Así que mis vacaciones han sido, básicamente, un remanso de paz.
Ejemplo uno: viejo loco de enfrente de mi casa que me grita y golpea mi coche cuando trato de aparcar. Mi primer instinto es salir del coche resoplando y echando arena para atrás como un toro de mihura, pero ahí está el niño para tirarme de la mano y decir “nena, está mal de la cabeza, para qué discutir con alguien que no te va a entender… pérdida de tiempo.” Y yo me digo, “pues tiene razón” y dejo que me lleve a casa mientras el viejo suelta improperios.
Ejemplo dos: noche de debate en casa de amiga chica. Su marido, recién salido de la época de cromañón empieza a desquiciarme. Me planteo saltar por encima de la mesa, abrirle la cabeza de un hachazo, sacar el serrín e introducir un cerebro. Pero el niño me da un toque en la mano. Me mira y sacude la cabeza despacio, en una negación suave. Y yo pienso, “tiene razón, para qué calentarme”. Pero el resto de la gente sigue gritando como en un plató de telecinco, sin escucharse unos a otros y cada vez más calientes y mosqueados. Hasta que mi niño abre la boca, suelta unas palabras a la mitad de decibelios de los que se estaban usando y se hace el silencio. Con dos cojones. Ocho persona de más de treinta años sin respuesta a una sola frase de un chaval de 23. Ole.

Lo malo es que ahora he vuelto a Madrid. Y aquí no hay niño que valga. Así que ayer, en apenas dos horas fuera de casa, discutí con dos viejas, le grité a un viejo verde que intentó tocarme el culo, le solté una maldición entre dientes a un moro que me dijo una grosería y odié a más de la mitad de los coches con los que me crucé por el camino.
Esto debe ser lo de la crisis postvacacional.

viernes, 20 de julio de 2012

de camino al sur

Llegué ayer de la playa. Y ya estoy harta de Madrid. Menos mal que me voy en pocas horas. Y es que aquí hace calor, no hay quien duerma y no hay playa, ni aire fresco ni los perros de mi amiga Pa. Así que en cuanto termine de poner lavadoras compulsivamente, me vuelvo a montar en el coche y tras casi tres horas de berrear canciones a todo volumen, me planto en el sur. En mi casa roñosa pero de muros de piedra que el calor no traspasa. En mi patio roñoso pero desde el que se ven las estrellas y donde por la noche corre el aire del monte que huele a jara y a pino. En ese lugar del mundo que sí, es roñoso, pero es el mío. Es donde fui adolescente, donde aprendí a vivir, a reír, a amar y a besar. Es donde aprendí que ser yo no era siempre un problema. Donde aprendí lo que significa que la amistad es la familia que uno elige. Donde aprendí que los veranos de la tele existen. Donde aprendí que hay un mundo más allá del asfalto, los edificios altos y el ruido de los coches. Es mi sur, el mío, el que me llena los pulmones de aire puro y la cabeza de buenas vibraciones. Y este año lo comparto un poco con el niño chico. Y lo digo y me da miedo, lo reconozco. Porque ese sitio es mío. Muy mío. Y allí yo soy muy yo. Y no me gusta que cualquiera entre en ese espacio vital. Pero no es cualquiera. Es el niño chico. Mi niño chico. El que me ha devuelto tanto que no habrá vida para agradecérselo. El que ha hecho que de nuevo me enamore del sur. El que ha hecho que palabras y expresiones olvidadas tomen sentido otra vez. El que me ha hecho pensar por primera vez en mi vida que alguien puede quererme por lo que soy y no echármelo en cara como un extraño reproche. El que no me pide que me calle, que deje de pensar cosas raras, que me ponga esto o lo otro, que sea así o asá. El que, pase lo que pase, me ha dado la oportunidad de sentirme viva y bien conmigo y con otro. Por eso, se merece unas vacaciones roñosas en mi pequeño refugio.
Bueno, y basta de ponerse moñas. Hombre ya.
Total, que me largo. Y ya volveré, supongo. Dejaré un par de post programados. Uno tiene su razón. El otro es para que os entretengáis. Así que, ya que hago el esfuerzo, comentad, malditos. Que lo veo desde mi móvil ultrachupi y me hace ilusión. Y cuando vuelva, os cuento aventuras sureñas, palabra.

miércoles, 11 de julio de 2012

problemas lingüísticos

Muchas veces he hablado sobre lo que me llaman la atención los acentos, las formas de hablar y demás. Yo soy de Madrid, muy de MadriZ, de un barrio de esos donde se dice “ejque” en vez de “es que”. Y aunque me he recriado en un pueblo del sur donde me enseñaron que hay otro mundo de palabras raras y de formas de decir las cosas, no puedo renunciar a mis orígenes.
Por eso, con frecuencia me veo en extrañas circunstancias con el niño chico, que no deja de ser de Sevilla y por muy bien que hable, tiene un acento andaluz cerrado. Y precioso, por cierto. Me encanta como habla. Sin embargo, él tiene una forma más original de verlo cuando me dice eso de “al final me he acostumbrado a tu voz y tu forma de hablar. Tanto, que ya no te escucho.”. Toma ya. Qué majo que es, oyes.
También tenemos conflictos con palabras concretas o con expresiones raras. A veces me pregunto cómo se las apaña su amigo Fanki con su novia que es de Zaragoza. Debe ser un espectáculo verles.
En todo caso, y a pesar de que dice no escucharme (su explicación es que al final se acostumbra a mi forma de hablar y no nota la diferencia… es listo el jodío, ¿eh?) dice que yo pronuncio las consonantes muy fuertes. Yo opino que cuando él se emociona, no se le entiende una mierda porque no vocaliza, se come los verbos y lo dice todo raro. Pero en general y sobre todo cuando me habla a mí, me hace mucha gracia porque aspira las J, cambia las L por R cuando están en mitad de las palabras y arrastra las CH de una forma muy suave. Me descojono cada vez que me dice que quiere comer “sarshishas”, por ejemplo.
Otra cosa graciosa que supe que me iba a traer problemas fue la primera vez que dije su nombre completo y él, frunció el ceño y me dijo muy serio “ofú, illa, qué mal suena cuando tú lo dices”. A tomar por culo. Ya no puedo llamarle por su nombre. No soy capaz. Así que recurro a la técnica del cari-churri como dice Anita, que se basa en llamarle por apelativos cariñosos chorras que me eviten el tener que decir su nombre. Y los uso todos: cariño, cari, tesoro, rey, amor, mi vida, nene, niño y los que haga falta. Lo sé, muy moñas todo, pero a ver qué hago si no.
Además, hay momentos en que no mola que nos digan nuestro nombre completo porque suena a enfado. A mí me pasa. Oigo mi nombre y tiemblo. Me acuerdo de cuando era pequeña y mis padres sólo me llamaban así para regañarme, así que lo escucho y me arrugo. Mierda, ya me van a gruñir. Por suerte, al niño chico mi nombre real también debe chirriarle y no lo usa jamás. A veces creo que si se lo preguntaran de improviso, diría que me llamo Naar.  
En cualquier caso, sé que en Madrid no hablamos tan bien como creemos. El niño se pasa la vida corrigiéndome los laísmos y ahora vivo obsesionada. Decimos unas jotas tan fuertes que nos salen del alma, que nos dejamos las gargantas, que parece que vamos a arrancarnos una flema. Por eso, ya le he advertido que un día se me cruzará el cable, me hará enfadar y le soltaré un “Joder José Manuel” que hará que le retumben los tímpanos. Lo bueno es que cuando se lo dije, me contestó: “ofú, cuando eso pase sabré que el fin está cerca, el Apocalipsis total. Así que saldré corriendo y me meteré debajo del sofá como hace Ron, escurriendo el culo para caber.” Y sólo por ver eso me echaré a reír y se me pasará el enfado. Porque luego saldrá de ahí, me llamará illa y me dirá alguna parida de las suyas. Jodido crío con buen humor, no hay manera de cabrearse con él.