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jueves, 18 de mayo de 2023

Vacaciones en Villa Ansiedad

 Hoy se han acabado mis primeras vacaciones del año y tengo la sensación de no haberme movido apenas del sofá. No me he encontrado con ánimo ni con fuerzas ni con nada. Yo qué sé. De vez en cuando vienen los demonios a cobrar sus cuentas y yo soy pésima pagadora porque me paso la vida en huida hacia delante.

Ron sigue aquí conmigo, apoyado en mi cadera mientras escribo, gordo y feliz. Es lo bueno de ser gato, te importa una mierda el futuro, te atormenta una mierda el pasado y la mayor parte de las palabras significan una mierda para ti. Así que mientras su enfermedad me pasa factura a mí, a él se la viene sudando bastante. Sé que estamos en una cuenta atrás, pero mientras él se encuentre bien, pues seguiremos adelante y le diremos a la muerte “not today”. Y esperaremos un día más de regalo.

Pero el caso es que yo no estoy muy bien. Las hormonas empiezan a pasarme factura también y eso sumado a los nervios, el estrés, la ansiedad por lo de Ron y por más cosillas que no vienen al caso, pues... mal. Y hoy mientras conducía dando una vuelta bastante tonta para ir a comprar comida a Ron, lo pensaba. La gente “normal” (si es que existe eso) se suele dar cuenta de que está mal porque se siente triste o irritable o algo. Yo no. Yo me doy cuenta porque lo primero que hago es empezar a pensar demasiado mucho bastante con frecuencia a veces en el dueño de mis sábanas. Maldita la hora que le puse ese nombre. Debería explicar también la teoría de mi querida Antoña y admitir que el nombre es parte de su atractivo sexy porque la palabra sábanas es como muy sensual y erótica, se desliza por la lengua y se enreda sola en los pensamientos. Quizás debería evolucionar al dueño de mis tapetes de ganchillo y así la cosa bajaría de grados. En cualquier caso, decía que me da por pensar en él. ¿Y por qué? Pues porque es como una válvula de escape. Él no tiene nada que ver con nadie más de mi vida. No está relacionado con mi día a día, con mi rutina, con mi mundo real. Estar con él un rato es... desconectar de todo. A veces hasta de mí misma. Sobre todo de mí misma.

Por eso cuando estoy mal, incluso antes de darme cuenta, me da por pensar en él. Como un mecanismo de autodefensa. Como una alarma de “tía, desconecta un rato que se te está sobrecargando el sistema”. El problema es que luego no es tan buena solución ni es tan inocuo el asunto, pero eso es tema para otro día.

Esta mañana mientras conducía, como decía dando un rodeo bastante tonto por culpa de la verbena de San Isidro, he intentado pensar en las otras formas que tengo de encender la luz de alarma de que no estoy bien además de querer llamar al innombrable de la ropa de cama. Una de ellas es mirar páginas de potingues y maquillajes que no me compro, pero curioseo. Otra es leer de forma obsesiva como si el libro fuera un escudo ante el mundo y mientras estoy en en Prythian o en Mundodisco o en Atlantia no pudiera pasar nada malo en el estúpido Madrid porque já, yo estoy lejos y nadie puede verme. Es una reacción muy madura, lo sé. Quizás un dato interesante sea que en dos semanas de vacaciones me he releído por completo la saga de ACOTAR, además de cinco libros de Mundodisco, el último de Sarah MacLean y dos de Jennifer Armentrout que tenía por ahí.

También he llorado un poco a lo tonto, me he quedado en casa sin hacer nada, me he pasado las mañanas durmiendo y las horas enteras abrazada a Ron diciéndole cosas mientras él ronronea encantado de la vida de recibir montones de mimos y de comer todo lo que quiere.

Y he pensado muchas veces en una conversación que tuve hace un par de meses o tres con el dueño de mis fundas para los cojines en la que me dijo que podía ofrecerme “comprensión, empatía, inteligencia emocional y algo de experiencia” (sic). Luego añadió cosas que nos llevarían de nuevo a lo de las sábanas, así que nos vamos a quedar con lo primero. Y he pensado varias veces utilizarlo como si fuera un vale. Decirle “oye, tú, me debes un día de empatía y comprensión, dámelo que lo necesito.” Pero algo me dice que las cosas no funcionan exactamente así. De todos modos, no descarto nada si mi salud mental sigue tambaleándose y ni siquiera surte efecto mi famoso mantra “cálmate mongola que en realidad no te pasa nada”.


En cualquier caso mañana vuelvo a trabajar. A ver cómo gestiono el asunto de la ansiedad y la agorafobia después de dos semanas de no salir o no alejarme de casa más de lo necesario para ir a por el pan. Espero que me venga bien y me ayude a avanzar un poco. No sé hacia donde, pero avanzar.

Y recordadme también que si todo lo demás falla, puedo volver a escribir. Escribir mierdas sin sentido como esta, pero escribir. Que es lo que me ha salvado siempre y quizás pueda hacerlo una vez más.

lunes, 28 de noviembre de 2022

Apaleada

 La serie “Cómo conocí a vuestra madre” me genera sentimientos enfrentados. Tiene capítulos con los que me he reído muchísimo y alguno con el que me he cabreado bastante, creo que las primeras temporadas son una delicia y creo que el final es terrible. Pero sobre todo, hay un capítulo que me ha hecho llorar del dolor más profundo y desgarrador del mundo, el que viene de tu peor temor, de las heridas que te causa ese demonio interno que te repite detrás de la oreja que lo que tú eres no está bien.

Todos tenemos uno de esos. Un demonio pequeño (o grande, según el día) que te dice cosas horribles sobre ti misma. Y como lleva ahí toda la vida, como te conoce perfectamente porque es parte de ti, le crees. A veces, demasiado.

A mí, entre otras cosas, mi demonio me susurra que mi carácter espantará a todo el mundo, que nadie llegará a conocerme, a quererme y a saber que tengo un lado tierno, que me lo mereceré por ser como soy. Me lo dice mientras sus garras diminutas se me clavan en la nuca y me hacen dudar.


El capítulo de Cómo conocí a la madre que te parió es uno en el que Ted sale con una chica tonta y aniñada, absurda y dependiente. Y Robin se lamenta y él le dice que cuando estaba con ella, nunca se sentía necesitado. Que siempre se defendía sola y que ante cualquier cosa se ponía por delante sin dudar y decía “deja, yo me encargo”. Y ella se tambalea. Joder, igual es verdad. Igual soy demasiado dura, demasiado independiente. Demasiado bruta. Igual por eso no me quieren. Y llorando va a buscar a Barney. Le pregunta si cuando estaban juntos alguna vez sintió que ella no le necesitaba. Y él le dice algo como “no, claro que no. No me necesitabas porque eres una mujer fuerte e independiente y eso es lo que te hacía maravillosa”. Y ella se echa a llorar y yo me siento rota en mil pedazos afilados que me desagarran las entrañas. Porque yo soy Robin. Yo soy fuerte e independiente, yo soy el “aparta que yo me encargo”. Yo soy la que no llora. La que contesta con cabreo cuando a lo mejor solamente está asustada. La que dice siempre, bajo cualquier circunstancia, que está bien. Y otro día que tenga más fuerzas nos metemos en el barro de por qué las mujeres tenemos siempre las de perder, si somos demasiado fuertes o demasiado blanditas. Porque hagamos lo que hagamos, recibimos hostias hasta en cielo de la boca. Pero mira, hoy no me siento con ánimos de escribir una perorata sobre por qué deberíamos abolir el patriarcado. Que lo aboliría igualmente, pero no hay ganas de abrir ese melón ahora.

Y claro, volviendo a lo mínimo y cotidiano, a mí misma y mis circunstancias, entiendo que la gente no es adivina. Que si yo no digo lo que quiero o lo que siento, no pueden saberlo. Pero también hay que rascar un poquito más la superficie. Hay que leer un poquito entre líneas. Hay que saber que la portada no describe el libro. Que la fachada recién pintada puede tapar un edificio en ruinas. Que las espinas pueden proteger un cuerpecito débil. Hay que dar, al menos, el margen de duda por si hay algo más que la primera impresión.


Desde que encontré al Dorniense el demonio cabrón de detrás de mi oreja se hizo más pequeño. Porque por primera vez en mi vida un hombre me quiso de verdad por quien soy. No se ha quejado jamás de mi mal carácter, no me ha acusado jamás de ser demasiado libre, demasiado fuerte, demasiado decidida. Al contrario. Siempre me ha dado alas, me ha animado, me ha dejado crecer, me ha apoyado con su silenciosa firmeza. Siempre ha visto en mí una dulzura que yo sigo sin ser capaz de encontrar en mí misma. Siempre ha encontrado cosas buenas en mí aun cuando nadie más las ha visto nunca. Por eso sólo con él puedo permitirme ser quien soy, con las espinas y con la piel en carne viva. Con las dos caras de ese erizo extraño que soy.

Pero no todo el mundo lo ve. Y hay días, en lo que me llueven palos porque total, a Naar no le duelen. Naar no llora, Naar no se lamenta, Naar no monta el numerito, Naar no se rinde. A Naar se le puede dar caña que total, ella va a seguir bien. Y mantengo el tipo, claro. Una vez más. Pero luego llego a casa. Y estoy agotada, magullada y harta. Y sólo me queda refugiarme en mis gatos, en mi dorniense, ponerme mi medio huevo calimero en la cabeza y venir a quejarme. Creo recordar, que para estos casos se tenía un blog.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Tiro bajo

 Hace poco leí un artículo que decía que volvía la moda de los pantalones de tiro bajo. Apenas seguí leyendo porque no me interesaba saber si los gurús de la moda estaban de acuerdo o no. Salí corriendo a bajar del altillo del armario la caja de la ropa que ya no me pongo pero tengo esperanza de volver a ponerme. Y ahí estaban mis amados pantalones del dosmilypoco. Ah, qué años aquellos.

La verdad es que tiré algunos. Los que tenían los bajos tan corroídos de arrastrarlos por el suelo que daban pena. Porque eso es cierto, muy higiénico no era el asunto. Ni muy cómodo cuando llovía, que ibas recogiendo agua hasta que te llegaba a la rodilla y cada pata pesaba un quintal. Sin contar con lo de enseñar la raja del culo a la mínima, tener que llevar bragas minúsculas, coger frío en los riñones y tener que depilarte el pubis porque, queridas, los pantalones de tiro bajo REAL, son los que te tapan lo justo o incluso menos. Que ahora ves en la tienda el cartelito de tiro bajo y sólo significa que se abrochan debajo del ombligo. Y no. Vale que es un avance tras años de pantalones a que llegan a los sobacos, pero no es eso lo que estoy buscando. Yo quiero volver de nuevo al 2003, cumplir 20, ponerme mis pantalones que apenas me tapan los pelos del coño y dedicarme a zanganear en ciudad universitaria. Cualquier otra cosa no me vale.

Y es que empiezo a pensar que hay algo en la moda que es una cuestión de nostalgia. Nos gustan cosas que nos traen buenos recuerdos. Y la ropa que te pusiste a los 20 y con la que te divertiste tanto parece más bonita cuando la recuerdas de lo que era en realidad. Creo que la memoria nos traiciona y nos hace recordar las cosas como le da la gana a ella. Quizás, sólo quizás, aquel garito no molaba tanto, aquellos pantalones no te quedaban tan bien, aquella música no era mejor y aquel chico no era tan guapo.

Pero qué más da. Hace un par de días alguien me dijo que importaba más el relato que la historia en sí. Y creo que para este caso se aplica que vale más el sentimiento que guardas que la realidad objetiva del asunto. Tener las cosas idealizadas es bueno siempre que no pierdas la perspectiva. Decirse a uno mismo, sé que lo tengo idealizado y aun así me encanta. Porque esos veranos de cuando éramos niños seguramente no fueran más cálidos, más luminosos y más largos. Esos programas de televisión no fueran mejores que los de ahora. Ese amor loco no fuera tan intenso. Y puede que esos pantalones de campana y de tiro bajo no te sentaran tan bien. Pero oye, qué bonito el recuerdo. Y qué sonrisa nos ofrece acordarnos cuando las nubes grises se ciernen sobre nuestras cabezas adultas. Quizás con eso ya valga la pena.

Llevo unos días con el cerebro pegajoso. Como si se me hubiera mezclado con cemento y las ideas tuvieran que luchar por salir, haciendo un gran esfuerzo por moverse. Saber que me tengo que despedir de Ron, el trabajo, el día a día y los recuerdos inoportunos no me lo ponen fácil cuando se mezclan con mis hormonas, mis desajustes y mi habitual falta de sueño. Y en estos momentos raros, en los que ni los pantalones de tiro bajo consiguen que me sienta mejor, los recuerdos felices son algo a lo que agarrarme. Me refugio mucho en los recuerdos de la yaya. En anécdotas tontas de cuando Ron era cachorro. En historias bobas de mis amigos los satánicos. En instantes a escondidas que son sólo míos porque quizás nunca se los he contado a nadie. Y me ayuda. Me devuelve la perspectiva. La idea que llevo tatuada y aun así a veces se me olvida: que esto también pasará. Que las cosas buenas hay que aprovecharlas y llenarse las manos y el corazón con ellas porque no serán eternas. Que las malas hay que aguantarlas como un chaparrón inoportuno porque nunca choveu que non escapara. Y que a veces, las buenas nos sirven de paraguas para afrontar un poco mejor la tormenta.

Tengo muchas cosas buenas en mi vida. Muchas. Y lo sé, soy consciente de ellas. Por eso, a pesar de todo, soy capaz de encararme con los momentos feos. El apoyo del dorniense, su estar a mi lado, su amor incondicional, su mera existencia. Ron y Maya y todo lo que me han dado y me dan cada día. Mis padres. Mis amigos. Mis recuerdos, las cosas que yo misma he construido. Todo me sirve para encontrar fuerzas y seguir adelante.

 Y que aún puedo ponerme los pantalones de hace veinte años y que me la sople muchísimo si realmente se llevan o no, eso también hace. 



sábado, 21 de julio de 2018

No me gusta este verano


He tenido una racha de mierda. Así, tal cual.
Me despidieron del trabajo. Y no quiero hablar del tema porque parecería que estoy tratando de culpar a otros o que estoy poniendo excusas cuando la única verdad es que la gente a veces es mala y te la clava por la espalda. Y lo único que voy a añadir es que por una antipatía personal está muy, muy mal jugar con el sueldo que una persona necesita para vivir. Y que espero que puedan dormir tranquilos, porque yo, desde luego, no pegaría ojo.
Luego mi madre ha estado malita y le han tenido que hacer pruebas. Dos días de hospital con bastantes nervios. De momento va todo bien, mejor incluso de lo esperado, pero hay que esperar resultados. Cruzad los dedos para que todo haya ido tan bien como parece y no haya más novedades al respecto.
Y para más fastidio, esas pruebas me impidieron ver a una persona a la que me apetecía mucho, mucho ver y sólo estaba de paso por Madrid ese día. De hecho, iba a ir a verla al aeropuerto. Pero es lo que tiene estar medio solo en esta vida, que mis padres y yo somos sólo tres personas, no podemos pedir ayuda a nadie más y no tengo hermanos con los que turnarme. Así que si hay hospital o algo así, no puedo hacer otra cosa. Espero que esa persona me pueda perdonar y vuelva pronto.
Además, el viaje de verano con mis blogger este año o va a poder ser y la verdad es que eso me ha dejado más que tocada. Son ya unos cuantos años veraneando con ellos y sin esa quedada anual no son vacaciones ni es verano ni es nada. Aún me duele mucho pensar que este año no vamos a juntarnos y a tirarnos por el suelo en pijama. Y con el viaje tan chulo que había preparado es una auténtica lástima que se haya ido al garete.
También he tenido mis propias crisis personales, emocionales, existenciales y de todo tipo debido a estas circunstancias un tanto adversas.
Total, que una mierda todo.
Y por eso llevo un mes sin escribir. Y por eso, creo, que me voy a coger otra temporadita. De momento no tengo ganas de contar chorradas, de sentarme ante la pantalla en blanco y no le veo la gracia a la mayor parte de las cosas que me pasan. No me apetece, no tengo ganas, no estoy inspirada. Seguramente, como siempre, sea cuestión de tiempo, pero no sé cuánto.
De momento, que paséis feliz verano y que la racha esta un poco regulera se vaya pronto a tomar por culo.

miércoles, 2 de marzo de 2016

el olor de las mimosas

Siempre me ha encantado el olor de las mimosas. Desde que era muy pequeña y había un árbol al fondo del patio del colegio donde yo buscaba al demonio. Las mimosas son el inicio de lo bueno. Las hueles y piensas, “ya viene la primavera”. Huelen a dulce, a sol, a días más largos, a aire más tibio y a vida que se renueva.
En mi barrio hay muchas. Por la zona de mi casa, en el parque de al lado, incluso en la guardería de la esquina. A veces abro la ventana y llega el olor. Y en cuanto paseas, te vas encontrando con ellas. Ha habido muchos momentos en los que ese olor me ha mecido el alma y me ha calmado de los huracanes internos. Me ha consolado de alguna manera.

El viernes me hostié con el coche. No fue nada grave, obviamente, estoy aquí y estoy bien. Pasé el fin de semana con mucho dolor de cuello y de espalda pero nada más. Lo que más me duele es el bolsillo, francamente. Fue un golpe tonto, en un atasco. El de delante frenó muy brusco, yo iba un poco más pegada de la cuenta y pum. Golpe. Le di mis datos del seguro y yo tengo que pagar la reparación de mi coche porque lo tengo a terceros. 600 pavos del ala, oye. Eso se traduce en TODOS mis ahorros. Y creo que de paso, se traduce en otro año sin vacaciones.
Y dentro del disgusto, me dije, bueno, tengo el coche de mis padres que ellos no lo usan apenas. Pero el domingo cuando lo cogí para ir a casa de Prima Amai a cuidar a sus gatos mientras ella está de viaje, ví que se encendía el testigo del motor y hacía un ruido raro. Bien. Pues nada, no hay coche entonces. Dos coches y los dos en el taller. Eso, francamente, complica mucho mi vida.
Lo admito, yo sin coche no soy nadie. Los martes y los jueves voy a pilates y después a inglés. Sin coche no me da tiempo a ir a las dos cosas. Así que tengo que ir en autobús a la academia y prescindir de mis estiramientos que tanto bien me hacen. Y los lunes y/o miércoles voy a dar terapia a la niña con la que gano unas perrillas, pero vive en el quinto coño y sin coche se me hace muy complicado llegar allí, así que de momento el lunes no he podido ir y el miércoles no sé si podré o tendré que cancelarlo.
Todo esto me tenía muy cabreada y jodida, pasé el fin de semana muy triste y contrariada con la situación. El dinero, las complicaciones, el no tener mi querido coche. Ni siquiera escuchaba al Ross cuando me decía que lo bueno es que no me había pasado nada y que con el dinero ya nos apañaríamos, ni a mi madre cuando me decía que había que dar gracias por, al fin y al cabo, estar sana. Y es que yo me obceco y me pongo gruñona y negativa, lo reconozco.
Pero hoy me he enterado de que una de las mejores amigas de mi madre tiene un cáncer de estómago muy agresivo. Fui el otro día a verla al hospital, le estaban haciendo pruebas y no sabían bien lo que era, pero se ha confirmado. Le tienen que dar radio y quimio antes ni de operar porque si no se reduce, no se puede hacer nada. Le tienen que poner una sonda gástrica para alimentarla. Y los médicos no parecen muy optimistas. Mi madre y mi yaya están muy preocupadas, la otra amiga de mi madre y de esta mujer, hecha polvo.
Y entonces yo me paro y pienso, pues joder. Que le den por culo al coche, al dinero, al transporte público y a los problemas de mierda. Ojalá todo fuera tan fácil como gastarse los ahorros. Ojalá la solución a todo fuera tener que coger el autobús. Ojalá una incomodidad sea lo peor que te pase. Y me siento gilipollas por haberle dado tanta importancia a algo que siendo un fastidio, no pasa de ahí.


Hoy iba a la academia de inglés y en la avenida por la que va el bus hay una larguísima fila de árboles de mimosas. El olor entraba por las ventanillas. Me he bajado y he cruzado el parque. Olía de maravilla. El aire estaba tibio, nada del viento gélido de estos días atrás. Eran las siete de la tarde y era de día. La primavera despuntaba entre las bolitas esponjosas y amarillas de los árboles. Dicen que la vida es fácil y que somos nosotros los que la complicamos. No lo sé, es posible. Ojalá respirar y oler a mimosa consolase de todos los males. Que algo ayuda, pero joder, qué feo se pone todo a veces. Y sin embargo, la vida sigue. Y mientras se pueda, hay que respirar hondo, sacar fuerzas, sonreír y saber que no es el momento de venirse abajo. Plantar cara, poner resistencia a lo malo, luchar y ver la luz y la esperanza. Hay que confiar en la primavera, en la vida, en el sol para sacar positivismo. Y seguir oliendo las mimosas.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Torpeza extrema

Siempre trato de reírme de mí misma. He dicho más veces que creo que es lo que me salva de la locura. Reírme en general y de mí misma en particular. La verdad es que tampoco me lo pongo difícil, con lo torpe que soy y la afición que tengo por el absurdo y el ridículo menos mal que me da por reír. Además, opino que pobre del que no se sabe tomar a broma porque estará condenado a estar amargado.
Sin embargo hay veces en las que ya uno se cansa y dice, mira, ni risa ni hostias. Y se queda así, espachurrado y con la boca al revés, con una sonrisa invertida. Y pensando “pero mira que soy gilipollas.”
Algunos lo mismo intentasteis entrar ayer a mi blog y lo encontrasteis privado. Fue lo único que se me ocurrió para intentar frenar el entuerto, pero la verdad es que es una solución de mierda, así que lo vuelvo a abrir, si total, qué más da.
Os pongo en antecedentes. Cada X tiempo hago un envío de currículos a empresas, ongs y demás que se me ocurre que podrían querer contratarme. Que sé que roza lo imposible porque todo está fatal, la mayor parte de la gente que conozco que encuentra curro decente es a través de enchufe y tal. Pero a ver qué voy a hacer. Así que busco información, les escribo unas palabras presentándome y diciéndoles por qué me gusta su empresa y lo que podría aportar a ella. Y les adjunto el currículo. Y luego espero pacientemente a los que me dicen que lo sienten pero que no hay nada y a los que directamente, ni responden. Algunos incluso, te dicen que guardarán el currículo por si surge algo en el futuro, más majos ellos.
El caso es que ayer por la mañana estuve haciendo la ronda correspondiente. Y había enviado ya unos quince e-mails cuando me di cuenta de que lo estaba haciendo desde el correo del blog. No me eché a llorar de milagro. ¿Sabéis esa imagen de los Simpson que Marge estropea un vestido y se sienta diciendo “en momentos así lo único que puede hacer una es reírse” pero se queda mirando al vacío en total silencio y desolada? Vale, esa era yo.
Y diréis que no es tan grave. A ver, no, no ha muerto nadie. PERO. Primero da una imagen ridícula que te llegue un mail con su currículum y todo desde una dirección absurda. Imaginad una ingeniera estupendástica presentándose desde lamarimorenita@hotmail. Pues como que pierde seriedad.
Por otro lado, yo me curro mucho estas cosas. No pongo carta presentación estándar, la personalizo para cada empresa, me informo y le doy los datos que creo que le pueden interesar. Así que he perdido la hostia de tiempo y de esfuerzo. Y contando con la escasez de empresas dedicadas a lo social y que no sé si seré capaz nunca más de ponerme en contacto con ellas, he perdido una cantidad importante de potenciales contratadores.
Y para colmo, a nada y menos que miren, llegan a blog. Y hombre, sé que no hago nada malo, que no cuento nada raro, que no cometo un delito. Pero no creo que quieran contratarme por mis bonitas historias. Ni que sea bueno para nadie que sepan más de mi intimidad que de mi vida laboral. A parte de la pérdida de anonimato, de mezclar unos datos con otros y de todas esas cosas que siempre me han aterrado.
Por eso cambié el acceso al blog y no se pudo acceder. Porque pensé que al menos lo encontrarían cerrado. Luego lo volví a pensar. Lo más seguro es que no vaya a encontrar trabajo de ninguna manera y encima me voy a quedar sin blog. Y eso no tiene sentido. Si me encuentra alguien de recursos humanos, pues oye, bienvenido, pásalo bien con mis miserias, siempre me alegra sumar lectores. Y si no, pues bueno, al menos os sigo teniendo a los de siempre.

Para terminar os contaré que ya se me atravesó el resto del día, me dio un calambre en pilates, la niña canceló la clase de esta semana y el profe de inglés me puso un ejercicio de esos de viñetas que odio y que no supe hacer porque me bloqueé. Al menos, cuando llegué a casa ya tarde, agotada y hundida, el Ross me estaba esperando. Me había visto triste antes de irme y en lugar de irse a entrenar se había quedado a esperarme. Y claro, quizás tengo toda la buena suerte con Ron y con él y no me queda para el resto de las cosas.


Y aún así, mañana lo seguiré intentando. Mañana volveré a mandar currículos y volveré a reírme.  

viernes, 28 de agosto de 2015

Huir

Me hace gracia cuando la gente te dice con tono acusador que lo que estás haciendo es una huida hacia delante. ¿Pues qué quieres que haga si no? ¿Huir hacia atrás en mi máquina del tiempo? ¿Huir de lado haciendo un Zoidberg? ¿La ya tan manida pero siempre cómica idea de huir haciendo la croqueta? Y ya, ya os veo venir, que el problema es que el hecho de huir.
A ver, sé que las huidas tienen mala prensa. Quedas como un desertor, un cobarde, un pringao. Pero yo creo que hay momentos en los que lo mejor que puedes hacer es darte media vuelta e irte. Yo soy de naturaleza batalladora, soy fuerte, persistente, tenaz y no me suelo dar por vencida. Pero llega un punto en el que te das cuenta de que estás luchando en la nada, que estás como la Armada Invencible tratando de plantar cara a los elementos que te son hostiles. Y entonces, si eres lo más mínimamente inteligente debes parar un segundo y decir, ¿pero qué coño estoy haciendo? Que igual no merece la pena este desgaste tan tonto y estoy haciendo el capullo, oyes.
Y ese es el momento de dejar de darte de hostias contra la nada, de dejar de darte cabezazos contra un muro y darte media vuelta. Y sí, huyes hacia delante. No huyes corriendo con el rabo entre las piernas, sólo te vas, te alejas, te apartas de esa batalla que no ibas a ganar nunca y posiblemente tampoco a perder pero en la que te estabas dejando la salud, la paciencia, las fuerzas, las ganas, la alegría... la vida.
Y una vez puesto a irse uno, pues que sea hacia delante. Vamos digo yo. Que es el lema el blog. Si esto fuera Juego de Tronos la casa Naar viviría en el sur, en tierras cálidas, seríamos famosos por nuestras comidas y nuestras siestas, tendría un gato como estandarte y nuestro lema sería “no hagas el calimero y tira palante o te arreo dos collejas, hombreyá”. Me temo que no fuéramos muy populares, pero bueno, tampoco aspiramos al Trono de Hierro ni pretendemos ser ricos como Lannister. Sólo queremos estar tranquilos y a nuestra bola.
Al igual que en mi vida real, parece ser que en Juego de Tronos también sería una marginada. En fin, creo que es mi destino, estar sola y pertenecer al clan de los primos. Y es bueno asumirlo de una vez por todas.

Sea como fuere, estoy pensando seriamente huir de una lucha que lleva abierta en mi vida más de una década. Y ya empieza a ser suficiente. El problema es que más de una vez la he dejado, agotada, exhausta, en los huesos. Pero luego he vuelto. Más armada, más fuerte, con nuevas técnicas de guerra. Creyendo firmemente que esta vez ganaré, que será la definitiva, que ya nadie va a poder conmigo. Y lucho a brazo partido, lucho, lucho... y tras quedar de nuevo agotada y en los huesos, compruebo que he obtenido los mismos pésimos resultados. Y ahora, los años, la madurez, la mierda de la edad, las repetidas experiencias y los muchos fracasos me están haciendo plantearme que quizás esta batalla no conduce a nada. Que es la guerra de los cien años de Naarlandia. Y que por muchas veces que vuelva, por muchas técnicas que idee, por muchas armas nuevas que invente, por mucho que me fortalezca... siempre va a pasar igual. Así que me planteo si seré capaz de hacer una huida hacia delante y no volver a mirar atrás. Porque es una historia que no se va a zanjar nunca. Y de la que no soy capaz de desprenderme. Siempre vuelvo, siempre la retomo, siempre creo que si cambio la táctica, esta vez me saldrá bien. Porque hay algo, hay alguna mierda en mi interior que me arrastra a luchar una vez tras otra. Pero no es verdad. Nunca saldrá bien. Sólo tengo que convencerme de ello, asumir quién soy, asumir lo que no puedo tener y seguir caminando.  

lunes, 6 de abril de 2015

el maldito gafe

Sabéis que soy una persona generalmente positiva y sobre todo, que se aleja del drama lo máximo posible. Me mosquea la gente que vive en constante culebrón venezolano, que sólo le pasan desgracias y que todo en su ridículo mundo es terrible, importante y gravísimo, digno de ser tratado con seriedad asnal.
Y digo esto porque si yo, la reina del pragmatismo y la racionalidad la hora de resolver problemas digo que algo es gafe, no os atreváis a contradecirme. Porque lo es. Como mi cumpleaños. Mi cumpleaños es gafe. De hecho, toda la semana de mi cumpleaños lo es. Yo cada vez que se acerca el 1 de abril tiemblo, os lo juro. Porque siempre pasan cosas raras, se me tuerce todo o se estropea algo. Así que ando acojonada desde finales de marzo hasta el 10 de abril, que milagrosamente desaparecen todos los nubarrones porque el 11 es el cumpleaños del yayo y ese día tiene todo su buen rollo.
Yo este año me mentalicé mogollón. Mi cumpleaños caía en Domingo de Resurrección, así que guay, pasaría la Semana Santa con el Niño y ese día comería con mi familia. Regalitos, jiji, jaja y hala, al día siguiente lunes nuevo y vida que sigue como si tal cosa. También acepté la idea de que siendo festivo nadie se acordaría de felicitarme para que así no me importara demasiado el sentirme ignorada. Así que como el fin de semana anterior vinieron Pimiento y Tomate y lo pasé genial, firmé una especie de tregua conmigo misma y estaba tan contenta.
Craso error el mío. Al gafe le gusta atacar cuando estoy desprevenida.
El miércoles me empecé a encontrar mal, fui a peor por momentos y por la noche ya caí en la cama como un fardo. Al día siguiente apenas me pude levantar y pasé el resto de la semana con fiebre, dolores, mocos, congestión, dolor de cabeza y lo que viene siendo un gripazo de los que hacen afición. Hacía años que no me ponía así. O sea, yo me acatarro más o menos fuerte, varias veces cada invierno pero puedo seguir con la vida relativamente normal. Esta vez no. Apenas era capaz de ponerme en pie para hacer la comida. El dolor de todo era horrible. El cuerpo me pesaba mil toneladas. Respirar era misión imposible.
A todo esto, esa misma semana tuve la regla con sus cólicos, sus calambres, sus hemorragias descontroladas y todas esas cosas guays.
Total, que decir que mi estado ha sido lamentable sería quedarse corto. Por supuesto, no pude celebrar mi cumpleaños, comer con la familia ni nada. Por supuesto, siendo festivo se acordaron de mí cuatro gatos (gatos importantes, eso sí) y me siento un tanto dolida y decepcionada con algunas personas por cosas que no viene a cuento explicar ahora. Y por supuesto, cada vez estoy más convencida de que es una puta fecha gafe.
Lo bueno es que ya ha pasado. Y aunque me sienta aún como un trapo y tenga la sensación de que la vida no es otra cosa que una especie de terremoto que te lo tira a todo a todo a tomar por culo cuando has conseguido medio recomponerlo, al menos ya está pasando.

Y además, en el calendario de sobremesa que tengo este año cada mes tiene el dibujo de un animal mitológico y abril es el Ave Fénix. Por algo será.




miércoles, 1 de abril de 2015

un puñado de reflexiones

Últimamente estoy un poco tristona. Y no sé por qué, porque precisamente en las últimas semanas parece que las cosas han ido mejorando un poco. Incluso hace buen tiempo, los días son más largos y se empiezan a ver filas de hormigas trabajando afanosamente por el parque de al lado de mi casa. Y eso son cosas que me suelen poner de buen humor. Sobre todo las hormigas. Es un bichillo que me fascina. Desde que era muy pequeña uno de mis grandes entretenimientos era guardar un trozo de pan y cuando salíamos a pasear al perro por la tarde, echarlo en los hormigueros y observar como aquellos diminutos insectos negros acarreaban miguitas de aquí para allá. Pero este año han llegado antes las hormigas que mi buen humor.
Ayer por la tarde salí a dar un paseo a ver si el aire me despejaba un poco. Por la mañana fui a la peluquería, me pegué un buen corte y estoy encantada de cómo me ha quedado. Y comí comida china con el Ross y vimos Interestelar, que por cierto me aburrió soberanamente. O sea, que había sido un día bastante bueno. Pero no, no me centro.
En parte es porque el fin de semana pasado estuvieron las niñas de Granada (Pimiento y Tomate) en casa y claro, ahora que se han ido se me han llevado un pedazo de algo de dentro, así de la altura del pecho y no se me pasa el vacío. Noto la casa vacía, noto el día más largo y más aburrido. Y noto que estoy muy sola. Que lo estoy siempre, pero estoy acostumbrada a mi rutina, mis cosas, mi tele, mi gato, mi mundo de mierda interior. Y cuando vienen ellas lo revolucionan todo, ponen telecinco, me enfado con Pimiento y sus gustos musicales, el baño está patas arriba y hay mil cacharros para fregar. Pero dejo de ser una loca perdida de la vida para ser alguien real de carne y hueso que se relaciona con otras personas. Es raro como a veces dudas de tu propia existencia a fuerza de estar sola. El caso, es que se van y pienso que volveré a mi rutina, mis horarios y mi blablablá. Pero me cuesta. Porque las echo de menos. Y porque todo está más vacío, más frío, más aburrido y más triste sin ellas.
Y decía que ayer por la tarde salí a dar un paseo. Con mi chándal roñoso y mi pelo recién cortado recogido en una coleta muy pequeña en comparación con la de hace unos días. Iba con las manos en los bolsillos, arrastrando los pies, con el peso de medio mundo sobre los hombros. La vuelta a la rutina trae consigo las preocupaciones, el no llegar ni a mediados de mes, las fechas de los hospitales con los yayos, las cosas feas que resuenan en mi cabeza con frecuencia. De repente levanté los ojos y los vi. Un grupo de adolescentes estaba saltando la vaya del colegio que hay al lado de mi casa. Supongo que los mismos que hacen pellas a diario están deseando que sea fin de semana o festivo para colarse y jugar al fútbol en el patio. No sé por dónde habrían entrado, pero a la hora de salir uno de ellos se había quedado encaramado a lo alto de las rejas y tenía miedo de bajar. Normal, es una altura más que considerable. Los demás le daban instrucciones de lo que tenía que hacer. Que si el pie aquí, la pierna pallá, te agarras de ahí y saltas. Yo estaba de su parte. Y un cojón de pato iba yo a saltar, vamos. Al final uno de los más lanzadillos que ya estaba fuera le dijo “pero tronco, qué coño te pasa, si te caes, pues te caes, anda que te vas a matar, la gente no se muere por saltar de ahí. Y en el peor caso, si te rompes algo, pues ya se curará, no seas coñazo y tírate.” Pero el otro era más cobarde, o más sensato y no quería. Que yo paso, tío, que no lo veo. Y la frase culmen ha sido “Jo macho, ni que tuvieras treinta tacos, anda que no lo piensas tú todo. Tú salta y ya veremos luego.” Ahí me ha dolido, lo reconozco. Treinta tacos, chaval. Que son una jartá de años. Al menos cuando tienes quince. Y yo el domingo cumplo 32. Y aún no me explico cómo coño ha podido pasar.
Se me han hundido un poco más los hombros. Joder, soy una abuela. Igual una de las cosas que me pasa es que los púberes tienen razón y con esta edad empiezas a pensar más. Mucho más. Demasiado. Empiezas a ver riesgos y peligros, empiezas a plantearte cosas. Empiezas a pensar que la gente sí se mata por saltar de donde no debe. Te haces prudente, te haces sensato, te haces aburrido. En parte quizás por puro instinto de supervivencia porque el cuerpo ya no te responde como de adolescente.
Me acordé de unos chicos de mi instituto. Corría la primavera del 98 y tenían un par de años más que yo. Los conocía porque uno era novio de una amiga. Una noche de botellón y con unos cuantos porros en el cuerpo pensaron que era buena idea caminar por el tramo al aire libre de las vías del metro que quedaba al lado de donde estaban a la hora que pasaba el tren. El novio de mi amiga murió en el acto. El otro quedó maltrecho, con graves secuelas a todos los niveles. Quizás alguien dijo aquella noche que nadie se muere por andar por las vías del metro. Pero se equivocaba.
Cuando tienes quince años y la vida te desborda y te sale por las orejas crees que eres inmune a todo. No ves el peligro en ningún sitio. Nada malo puede pasarte, eso es a otros. Eres un inconsciente para horror de tus padres y los demás adultos que te rodean. Pero joder, estás tan vivo, lo vives todo tan intensamente, es todo tan nuevo y tan fascinante que no hay modo de detenerte. Cuando pasas la treintena ya has dejado gente por el camino. Por desgracia, ya has conocido algún accidente de tráfico, alguna enfermedad, alguna desgracia que te ha arrebatado gente de tu edad o más joven. Y le ves las orejas al lobo. No todo es tan fácil, la vida no es una propiedad asegurada como nos pensamos. Apenas es un préstamo.
Total, que estoy en una especie de crisis existencial. No es que quiera volver a la locura arrebatada y hormonal de la adolescencia. Pero echo de menos a veces esas ansias de vivir y de pensar que lo tengo todo por delante. Echo de menos pensar que las cosas salen bien porque sí, porque siempre salen bien al final, como en las películas.

Y que no me pasa nada. Que estoy bien. Que luego la gente se alarma y cree que estoy a punto de tirarme por la ventana o algo y no. Que sólo es que me deprime el mes de abril, cumplir 32 y estar tan jodidamente perdida. Pero ya hace bueno y a fuerza de ver a las hormigas, me pondré de mejor humor, seguro.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Un taco en lugar de cerebro

Nunca he sido una persona de ideas claras. Cuando sí tengo algo claro no hay quien me pare ni quien me apee del burro, pero reconozco que dudo de casi todo. De hecho, ni siquiera me fío mucho de la gente que lo sabe todo y no acepta flexibilidad ni opciones diferentes.
El caso es que tengo una mente un poco caótica, así como con muchas cosas remezcladas, envueltas en una tortilla y regadas con salsa confusa. O sea, una especie de taco en lugar de cerebro.
Ayer me vi metida en un atasco. Los atascos no son buenos para mí, me hacen pensar y en el coche pienso mucho ya de por sí. Así que estaba ahí, rodeada de lucecitas rojas de freno y escuchando a Guns´n Roses, cuando me vino un recuerdo a la cabeza. Uno de esos que aparecen de la nada, sin saber por qué. Y de repente te ves echando de menos a alguien de quien por lo general no te acuerdas. Avancé un par de metros y cambié de canción. Led Zeppelin. Otro recuerdo indebido. A veces pienso que debería cambiar de estilo musical, darme al reguetón y dejar que mis neuronas se suiciden lentamente. Pero no. Empezó a sonar AC/DC. Y como si me hubiese embestido un ñu, me acordé de aquel beso. Joder. Aquél en concreto.
Me dio por pensar. Hace mucho de aquellos recuerdos, pero yo no he cambiado tanto. Puede que haya cambiado de década, puede que ya no sea tan joven y lozana, puede que ya no esté tan loca, pero… a veces lo echo de menos. Extraño hacer ciertas cosas. Extraño perderme del mapa. Extraño escaparme a rincones oscuros. Extraño robar besos. Y extraño poder contar aquí las pocas cosa “malas” que hago.
En estas iba cuando al fin tomé mi desviación y llegué al centro comercial. Me fui a la ropa de bebés para ver si encontraba algo mono para en niño de Anita. Pero no me gusta la ropa de bebé y todo es confuso. No entiendo las tallas y obviamente no puedo saber de qué tamaño va a ser el nene. Y debe ser cosa mía, pero todo me parece amorfo y raro y cursi y… no me gusta la ropa de niño. Así que me puse a mirar zapatos, que siempre me hacen más gracia. Y no sé de qué tamaño son los pies de un bebé, pero esos zapatitos que podría ponerle a Ron me hacen sonreír siempre. Lo que pasa es que de nuevo no sabía cuales serían mejor. Cogí unos super graciosos y pensé “joder, dan ganas de tener un niño para ponerle cosas como esta.”
Mi empanada mental está empezando a pasarse si pienso cosas como esa. Así que me empecé a agobiar. A hiperventilar. Solté los zapatitos y reculé despacio. Salí al pasillo central y aceleré el paso. Salí a la calle, me monté en el coche y de un acelerón salí de allí sin mirar atrás.
Y es que será que últimamente me rodean preñadas por todas partes, pero empieza a saturarme el tema. Yo nunca he querido tener hijos y desde que el barco de que el Ross y yo estuviéramos juntos zarpó, deseché los últimos resquicios de duda. Que no es que quisiera tener hijos con él, ojo. Es sólo que con él hubiera podido plantearme la posibilidad de pensar en pensarlo. Pero como no, pues nada. Nada de nada. Y lo tengo claro, pero aun así, a veces veo zapatos pequeños y me pregunto qué será de mí mañana. Y qué es de mí hoy, que no sé si quiero volver a robar besos a quien no debo o si quiero comprar patucos.

En fin, a ver si cambio el taco mental por un cerebro de verdad y empiezo a pensar con la más mínima claridad. Que parezco gilipollas, coño ya.

sábado, 9 de agosto de 2014

El tazón naranja

Genial, hoy he roto uno de mis tazones preferidos. Da igual, ya lo sé, de hecho, tal cual se ha roto,  lo he puesto en la basura. A ver qué voy a hacer.
Por la tarde he ido a por un disco duro externo para guardar toda la mierda que había en mi portátil. Así puedo usarlo hasta que termine de petar. Pero no me gusta, está raro, me lo han toqueteado todo, me han cambiado ciertos programas y me han descolocado mis cosas. MIS cosas.  Y llamadme paranoica, pero no me fío de los discos duros y tal. Tendría que volver a escribir en papel, que eso no se perdía en la nada.
Y ya que estaba en un sitio de estos de cosas informatico-tecnológicas, me he comprado un teléfono nuevo, porque ayer también dejó de funcionar el  inalámbrico y a mi yaya le puede dar algo si me llama al fijo y no lo cojo.
Total, me he dejado una pasta y sigo sin un portátil que funcione en condiciones, sin la seguridad de que mis mierdas escritas estén a salvo y sin tazón naranja.

Dramas, dramas everywhere.

domingo, 1 de junio de 2014

Reflexiones de la M-30

Anoche volvía a casa conduciendo por la M-30. Por la parte que queda descubierta, en la que se puede ir a 90 y no tienes la asfixiante sensación de que sólo hay humo negro a tu alrededor.
Había un montón de nubarrones grises sobre Madrid con un resplandor rojizo que presagiaban lo inevitable. De lejos ya se veía a veces el resplandor intermitente de los rayos.
Yo cantaba a pleno pulmón “vivir, a la deriva, sentir que todo marcha bien, volar siempre hacia arriba y sentir que no puedo perder”. Lo cantaba fuerte, porque no, nada marcha bien estos días. “Vivir, qué cuesta arriba, sentir que no sé qué hago aquí, andar siempre arrastrado y perder, que no puedo pensar.” Pero no, no quemaría recuerdos. Aunque pudiera no echaría al fuego ni uno sólo de aquellos minutos.  
Volvía del hospital. El viernes el Ross se rompió un tobillo en el torneo de rugby en el que habíamos planeado pasarlo bien. Le operan el lunes para ponerle un tornillo. Igual es el que le falta, qué sé yo. Estuve con él hasta la madrugada, hasta que sus padres volvieron del pueblo. Pero qué más daba, el otro plan era estar en el tanatorio con Bombita, que acababa de fallecer su padre. Nos hacemos mayores, eso empieza a ser asquerosamente obvio. Hacemos planes para divertirnos, pero a veces la vida nos pega de hostias y nos devuelve a la realidad más fea.
Conducía, de nuevo de punta a punta, media M-30 del hospital a mi casa. Por suerte por la mañana había tenido un rato de luz. Sólo un poco, pero joder, una bocanada de aire cuando el mundo te ahoga. Un soplo de aire fresco, un respiro, un destello de lo que fue la vida antes de esto. Un rastro de aquello de que si hace sol, se tira dela cama y por el ascensor, las nubes se levantan y ahí voy, a romper las telarañas de tu corazón, verás como se escampa. Un poco de charla, de risas, de pies descalzos, de paredes desconchadas y olores familiares y lejanos en el tiempo. Un rato, sólo un rato de esconderme del mundo, de huir, de traspasar de nuevo la línea de lo prohibido. Un paseo, sólo un paseo pequeñito por el lado salvaje. Unas horas apenas de las que son mías, sólo mías, de las que no cuento para que no salgan de mí, de las que guardo bajo siente llaves para que no se escapen envueltas en palabras que no le hacen justicia.
Así que conducía, bajo el pronóstico de tormenta y en medio de mi propia borrasca. Conducía y cantaba alto. Cantaba muy alto, para asustar a las lágrimas con la canción que me empujó media juventud “quisiera que mi voz fuera tan fuerte, que a veces retumbara en las montañas y escucharais las mentes social-adormecidas, las palabras de amor de mi garganta.” Y joder, qué cuestarriba otra vez.
Me secaba las lágrimas antes de salir para que no se me corriera el rímel. Me pinto más cuando tengo miedo. Es mi forma de impedirme llorar en público, de no permitirme temblar. El Ross me necesita fuerte, Bombita nos necesita sonriendo por él. Ron me necesita a todas horas. Mis padres me necesitan. Los yayos me necesitan, aunque sea por teléfono para charlar. Y yo sólo puedo esconderme a ratos. Y a veces, hasta mis escondites me necesitan. Así que cantaba otra vez “de pequeño me impusieron las costumbres, me educaron para hombre adinerado… pero ahora prefiero ser un indio, que un importante abogado.” De esas letras mil veces repartidas saqué fuerzas muchas veces para hacerme trabajadora social, educadora de calle. Aunque ahora no me sirva de nada, no me arrepiento. Tampoco eso lo echaría al fuego. El espíritu de ayuda y de entrega sigue vivo en mí. Aunque no me paguen. Nunca quise ser un hombre adinerado. Yo sólo quería amar. Ama, ama y ensancha el alma.
Y así sigo, claro. Amando a diestro y siniestro. Dando sin esperar, sin querer recibir. Dando ánimos, dando fuerzas, dando apoyo, dando seguridad, dando empujones pa´lante. Dando, aun lo que a veces me falta. Dando cuando flaqueo. Dando cuando tiemblo. Dando, porque es parte de mí. Dando, porque es lo que soy.
Empezó a llover cuando llegaba a casa, pero la suerte me sonrió y aparqué en la puerta. Aún así, me quedé un segundo apoyada en el respaldo del asiento del coche. Cogiendo fuerzas para subir a casa con buen ánimo. No me gusta llevarme el mal rollo a mi salón tan mono pintado de verde con sus adornos y sus muebles nuevos. Doce o catorce horas fuera de casa, ni lo sé. Y eso, tras haber dormido apenas seis. No sé si hacer un tambor con mi escroto o dejar que llegue la primavera, y así de paso, la vida entera.


miércoles, 14 de mayo de 2014

Resfriado inoportuno

Últimamente parece que me ha mirado un tuerto para los planes. Plan que hago, plan que se me chafa o como mínimo, se me complica.
Hace poco me llamó mi amiga Pelirroja y me dijo que iba a estar todo el mes de mayo en su casa de la playa. Y yo  prometí ir a verla. Primero porque me apetece mucho verla. Segundo porque es mi niña preciosa y pelirroja. Y tercero porque hace dos años que no veo el mar y tengo ganas de gorronear casa gratis.
Así que llevo dos semanas como una moto de aquí para allá para terminar ciertas cosas pendientes y poder irme tranquila el puente de san Isidro. Incluso me he comprado un sombrero monísimo de ala ancha para que no me de el sol ni de refilón y no me vuelvan a empeorar las jodidas manchas de la cara que llevo todo el invierno tratándome.
Bueno, pues voy hoy y me levanto con un resfriado de lo más inoportuno. Pensaba que era alergia… pero no lo es.
Y me iría a moquear a la playa, pero conducir cuatro o cinco horas bajo los efectos de las medicinas y llegar allí para dormirme por las esquinas no es algo apetecible.
Total… que de momento no me voy. Espero mejorarme y poder irme aunque sea el sábado y volver el martes. O lo que sea.

En fin, universo, que si lo que pretendes es que no salga nunca de Madrid pon un muro alrededor como hubo antaño. Sería una señal más clara y dejaría de perder el tiempo en hacer planes y marear a la gente.

miércoles, 26 de marzo de 2014

porqué odio mi cumpleaños

Vamos a ver si consigo que entendáis hasta qué punto mi cumpleaños es una mierda. Que os importara tres pelotas, ya, pero oye, así me desahogo un rato.
Nunca jamás en toda mi puta vida he tenido un cumpleaños realmente feliz. Igual el primero o el segundo, pero no me acuerdo. De ahí para delante, a cada cual peor.
Os pondré algunos ejemplos ilustrativos:
-         el de los 26: el que era mi novio se cogió una borrachera el día de antes a pesar de mis súplicas y no volvió a casa en toda la noche. Al día siguiente me dio un cólico nefrítico y lo pasé en el hospital.
-         El de los 11 lo pasé en el cementerio del pueblo de mi padre porque se murió su tío. Estuve todo el día sola en una casa que me daba pánico con un ataúd abierto y rodeada de velorios.
-         El de los 7 operaron a mi abuelo del colón. Lo pasé en la sala de espera sola, sentada en una silla porque no me dejaban entrar a verle.
-         El de los 12 me salió una fístula en el muslo. Tenía fiebre y me dolía media vida, pero mis amigos del cole vinieron a casa. Al día siguiente entre tres hijas de puta de mis supuestas “amigas” me montaron una encerrona porque había estado hablando con el chico que le gustaba a una de ellas y me lo hicieron pasar muy mal.
-         El de los 20 no me atreví a salir de casa porque una semana antes lo había dejado con mi exnovio de aquel entonces y me había amenazado con pegarme un tiro ese día. No tenía apenas amigos y cada vez que me sonaba el móvil temblaba por si era aquél desgraciado.

¿Sigo con la lista de infortunios varios o ya os hacéis una idea?  

Pues este año he intentado reunir a mis amigos para pasar el fin de semana. Pero dos de mis amigas viven en Holanda. Otro está casado y no podía venir más que un día a comer como mucho. Otra de mis amigas está estudiando una oposición y tiene un novio mega-absorbente y está desaparecida. Y los restantes estaban medio desganados. Para colmo, después de un mes tratando de organizar a los pocos que quedaban, el dueño de la casa donde íbamos a ir, dice que no puede este finde. Así que la gente se puso a hacer otros planes. Y aunque luego dijo que sí podía ya era casi imposible organizar nada. Así que con todo el dolor de mi corazón he tenido que decir que no se preocupen, que ya otro día nos veremos. Y con otro día quiero decir cuando Dios quiera, pero ya sin cumpleaños ni celebración ni nada.  
Y no es que critique a mis amigos, les adoro y son maravillosos, sé que me quieren… pero son un poco dejados para estas cosas.
Y tampoco es que a mí me gusten en especial las celebraciones ni que quiera fiestas sorpresa como los americanos, ni que espere que el mundo se detenga y toda la gente deje su vida de lado por mí… pero me gustaría un año hacer algo bueno.
En cualquier caso, este año no va a ser tampoco. Así que me conformaré con que no pase nada grave como en casos anteriores.

Y basta ya con el rollo calimero, joder. Que estoy hasta el coño de mí misma. Sólo quería explicar porqué estoy triste y porqué odio ese día. Pero ya queda menos, cuanto antes pase y antes lo olvidemos mejor que mejor. Así que pasamos página antes de tiempo y por mis cojones que en un par de días os estoy contando paridas. Y punto, hombre ya.

martes, 25 de marzo de 2014

Calimeritis varias

Hoy estoy un poco triste. Como siempre por estas fechas, que sufro ataques de calimeritis aguda, eso también hay que decirlo.
Por suerte este fin de semana he tenido una visita muy esperada y me he metido a horticultora cuidando de Pimiento y Tomate. Un lujo estar con ellas. Si no hubiera sido por su compañía me hubiera pasado el fin de semana enfadada y triste. Sin embargo me lo he pasado riendo y haciendo cosas. Es alucinante como se puede querer tanto a gente que ves tan poco. Como pueden ser parte tan presente de tu vida aunque sólo te abraces una o dos veces al año.
Pero se han tenido que ir y volver a su huerto. Y claro, ahora la casa es más grande, más vacía, más fría. Mi sofá es horriblemente grande y anodino si no están ellas para apretujarnos las tres y aplastar a Tomate poniendo las piernas encima de ella.
Por cierto, que Tomate se va de Madrid con un pretendiente porque Ron se enamoró de ella hasta las trancas desde que la vio por primera vez, se subió a sus rodillas y le llamó coliflor.
Pero eso, que ahora estoy sola y triste.
En otro orden de cosas, ya estoy como todos los años hasta el coño de mi cumpleaños y eso que aún no ha llegado. Y es que es odioso. No sé si alguien en el mundo detestará tanto su aniversario de nacimiento como yo. Y no por el ya de por sí asqueroso hecho de envejecer, si no porque es gafe. Nadie me cree cuando lo digo, pero lo es. Así que a estas alturas con no terminar ni en el hospital ni en sitios peores, me conformo. Pero me da pena. Me da pena no poder celebrarlo nunca, no tener fiesta, no reunir gente, no hacer nada especial, no recibir achuchones. Me da pena, ya sólo eso, pena. Pero me da igual, sólo quiero que pase y punto. Y es un poco triste, pero quiero que pase y dejarlo atrás hasta el año siguiente.

Total, que sí, que estoy tristona y sola, en una casa en la que falta vida, risas y gente en el sofá. O sea, calimera perdida. 

sábado, 8 de febrero de 2014

ahogada

No soy una persona que se dé por vencida ni que se hunda fácilmente. Si lleváis aquí más de tres post, lo sabéis de sobra. No soy de quejarme ni de lloriquear. Ni siquiera soy de buscar aprobación o caricias en el lomo. Pero hay veces que ya estoy cansada de llevar el peso del mundo a mis espaldas y que creo que me merezco un respiro… pero hay veces (algunas, no todas) que el mundo se empeña en negármelo. Y que me siento ahogada, asfixiada, aplastada. Que me siento por debajo del nivel de la tierra que pisan los demás.
Últimamente, por varias razones que no vienen al caso me siento así. Bajo una presión constante que no sale por ningún sitio y que me oprime desde dentro, desde fuera y me estruja las costillas. Soy una olla a presión sin válvula de escape.
En las últimas semanas he tratado de hacer dos planes para desahogarme, respirar y coger fuerzas de nuevo. Pero ambos han fracasado. Quizás porque soy demasiado responsable, demasiado racional, demasiado consecuente con unos principios que yo misma me impongo. Pero el caso es ese, que me doy de cabezazos contra un muro de piedra. Y duele.
Primero quise organizar una quedada con mis blogguers queridas por mi cumple. Me hacía mucha ilusión tener un cumpleaños feliz, verlas antes del aún lejano verano. Pero luego lo pensé fríamente. No hay dinero ni tiempo, es casi imposible mover a gente de toda España para un fin de semana por un capricho. Qué más da, un cumpleaños triste más no va a cambiar mi vida.
Luego Reichel y Pelirroja me propusieron ir a Holanda con ellas a pasar unos días. Ellas viven y trabajan allí desde hace años, por lo que el alojamiento sería gratis y con la ventaja de ir con quien ya conoce la ciudad. Y me pareció una idea estupenda, las tres de aventura y poder conocer un sitio nuevo. Pero mi economía es muy limitada y ellas tienen las fechas muy justas, así que tenía que ser en días y horas concretos. Y cada día que he intentado sacar el billete han surgido miles de problemas añadidos a las subidas de precio. Así que finalmente he tenido que desistir. Qué más da, un año más sin hacer un viaje importante o sin tener una aventura no va a cambiar mi vida.
Y aquí sigo, atada a una ciudad que a veces aborrezco, a una vida que a veces me coge del cuello y aprieta hasta dejarme sin aire. Aquí sigo, cargando con un peso con el que hay días que me cuesta moverme.
Y sé que podría mandar muchas cosas al carajo, que soy la primera que dice que uno vive lo que quiere, que puedes cambiar las cosas si te lo propones. Pero heriría a mucha gente a mi alrededor y no me gusta la idea. De nuevo mi absurdo sentido de la responsabilidad, del deber, de lo correcto. De nuevo la parte racional que me hace pensar las cosas dos veces, que me hace darme cuenta que mis bocanadas de aire no deben implicar a terceros, que las cosas no se deben conseguir a toda costa. Y que ser tan egoísta como a veces me apetece ser puede tener feas consecuencias.

Así que me jodo, que básicamente es una de las grandes lecciones que te enseña la vida: que con frecuencia hay que joderse. Que no eres el ombligo del mundo, que no puedes comportarte como una cría cuando ya no lo eres. Que aunque no tengas aire ni para respirar, hay gente que necesita que sonrías, que estés ahí, que pongas ánimos y buena cara. Y lo haces, qué remedio. No queda otra, no hay opciones. Tienes que joderte y tirar pa´lante. No hay otra. 

domingo, 16 de junio de 2013

apagada

Últimamente estoy un poco desganada en general. Ya sé que escribo menos y que no estoy muy inspirada. Y al principio no me preocupé, porque todo son rachas en la vida. Y porque una de las grandes enseñanzas que me han dado los años es que todo se pasa. Así que me suelo tomar las cosas con calma y humildad. Cuando paso una buena racha, estoy súper inspirada, me pasan montones de cosas y se me acumulan los post siempre digo “sí, jiji-jaja, pero ojito, que no te va a durar para siempre.” Y como que me calmo un poco. Tres cuartas de lo mismo pasa con lo malo. Cuando paso una mala racha, estoy tristona o pachucha o no me pasa nada y no sé qué contaros, trato de calmarme y no dejarme arrastrar por la espiral de la depresión diciéndome “tranqui, que se pasará y volverán los buenos tiempos.” Y me consuela. Algo. No mucho. Pero algo.
El caso es que llevo unas semanas un poco rara. No estoy de buen humor, no tengo ganas de nada y no le veo la gracia a las cosas que me ocurren. Siendo sincera, no ha pasado nada. Pero estoy un poco apagada.

Total, que no dejo el blog ni nada parecido, sólo esperaré a que la racha pase y tenga ganas de nuevo de contar cosas. Y conociéndome, basta que diga esto ahora para que en dos días esté como una moto, rodeada de anécdotas divertidas y publicando cada dos días. Esperadme aquí, no os vayáis muy lejos.

lunes, 10 de junio de 2013

dos es peor que uno

Vale, estoy en esos días en los que odio así a la gente en general. Porque sí, porque me duelen los ovarios, porque me encuentro mal, porque estoy cansada… porque me sale de ahí. Y ya. Pero es que manda huevos.
Este verano está planteándose un poco mal. Porque la vida son rachas y el año pasado tuve suerte, hice viajecitos, escapadas y tal. Este no, este todo está torcido y no creo que pueda salir de Madrid ni para respirar otro aire un poco menos contaminado que este. Pero bueno, es lo que hay. Espero que esto os haga sentiros mal a los que vivís en lugares más agradables y me invitéis a visitaros. Y no lo hagáis con la boca pequeña, porque luego voy a ir y no quiero quedarme en la calle con cara de perrito abandonado.
El caso es que el fin de semana que viene al menos sí tenía un plan guay porque mi amiga Reichel viene de Ámsterdam y hemos quedado todos los amigos para cenar y salir de marchita. Bueno, a falta de pan, buenas son tortas.
Pero entonces me llama Amigachica del sur y me dice que ese fin de semana van a bautizar a su nene, mi sobrino pequeño al que aún no conozco.
Estupendo. Todo el puto verano vacío y en un solo fin de semana dos planes completamente incompatibles. Porque no sé vosotros, pero yo no tengo el don de la ubicuidad y estar a la vez en dos lugares con más de 250 km de distancia me resulta imposible. Y tampoco tengo un teletransportador que me lleve rápidamente de un lugar a otro. Para colmo, mi casa del sur está en obras y parece un solar bombardeado de Kosovo. Así que no tengo donde dormir ni donde ducharme ni donde nada. Aunque podría llevarme una tienda de campaña, ponerme en mi patio y sacar agua del pozo para hacer un apaño, claro. Pero no tengo tanto espíritu de aventura qué queréis que os diga.  

Total, que vaya mierda pinchada en un palo.  Vaya depresión de verano, joder. 

martes, 2 de abril de 2013

con dos huevos


El Ross siempre tiene gravísimos problemas. Sobre todo porque cree que las chorradas monumentales son gravísimos problemas. Decir que se ahoga en un vaso de agua sería exagerar. Él se ahoga en una cuchara sopera.
Por eso tengo tendencia a no hacerle mucho caso. a su vez, él tiene la idea de que yo no tengo problemas, porque como soy de esas personas que no se lo piensan y se tiran al vacío, es que no debe darme miedo. Digamos que yo soy de coger el toro por los cuernos, de esperarle a puerta gayola, de ir a buscar yo al toro si es necesario. Y él es de esconderse tras el burladero y cuando sea posible, huir despavorido a un lugar lejano donde no haya toros.
Hace poco conté que el Ross tenía una paloma que iba a su terraza de la habitación. Le tenía comida la moral y se pasaba la vida tratando de espantarla. Es lo que tiene vivir solo, te aburres y haces idioteces. Y a él, claro, le parecía un problemón. Al parecer, cuando se fue de viaje, la paloma empezó a sentirse a sus anchas sin un loco que saliera cada dos por tres haciendo aspavientos.
Ayer, llegó de viaje y  fui a verle y a pasar la tarde con él. Según me abrió la puerta me miró con su cara de compungido. Como el Ross es el máximo exponente de calimerismo del universo, pensé que sería una de sus soberanas tonterías.

-         Tengo un problema. – gimoteó.
-         A ver, sorpréndeme.

El Ross me llevó a su habitación y me señaló el mueble alto que hay en la terracita. La paloma estaba tranquilamente asentada sobre un nido.

-         Hoy cuando he llegado he visto que había pajitas encima del armario. – me contó. – Y me he subido a la escalera y… y… y…
-         ¿Y qué pasa, Ross?
-         ¡Pues que hay dos huevitos en el nido!

Ay, madre que le veo venir. Lo que le faltaba a Calimero, un huevo de verdad. O mejor, dos huevos. Aunque sean de paloma. Le miré con resignación. Esperaba que fuera un problema de los suyos, no algo relacionado con mi punto flaco.

-         Bueno, ¿y qué quieres que te diga?
-         No lo sé. ¿Qué hago? ¿Los dejo? ¿O los quito y…? – el Ross es incapaz ni de pronunciar lo que habría que hacer con los huevos.
-         No le estás preguntando a la persona adecuada, lo sabes.
-         Es que las palomas lo cagan todo, mira como está la terraza de sucia. – me pone ojos súper lastimeros. – Pero si le quito los huevos y esos pollitos no llegan a salir me sentiría horriblemente mal.
-         Ya lo sé.
-         ¿Entonces qué hago?

Me encogí de hombros. Realmente no sé qué esperaba que le dijera.  Sabe de sobra que yo tampoco soy capaz de quitar unos huevos y hacer tortilla con ellos. Sabe que yo salvo a los caracoles que vienen en las lechugas y los cuido hasta que puedo soltarlos en el sur o en algún lugar seguro.
La paloma, toda gorda encima de su nido nos miraba fijamente. Debía pensar, “vaya dos gilipollas ahí detrás del cristal observándome”.

-         Y claro, ahora no se asusta, la condenada paloma. – volvió a gruñir. – antes la espantaba y se iba. Ahora a no ser que salga y me acerque mucho no se va, está ahí cuidando y empollando sus huevos. ¿cómo se los voy a quitar?
-         Pues déjalos y ten pollitos.
-         No quiero pollitos, me lo van a cagar todo.
-         A ver, Ross, que entras en bucle. Aquí hay dos opciones, quitar los huevos y punto final o dejarlos y aceptar que habrá caca de paloma.
-         ¿Y qué hago?
-         No lo sé. Y no voy a asumir yo la responsabilidad, tenlo claro. Haz lo que quieras tú.
-         Yo no quiero matar a dos pollitos.
-         No son pollitos, son huevos.
-         Son futuros pollitos. Y me sentiría fatal si los… quitara.
-         Pues déjalos y limpia más.
-         ¿Sabes lo que puedo hacer? poner papel de periódico. Así no se manchará tanto y además estarán más protegidos y más calentitos.

Genial. Pasamos de querer supuestamente deshacernos de los huevos a cuidarlos con esmero. Veremos lo que tarda en sacar pan a la paloma.
De momento, si hay un lugar seguro para los huevos en todo Madrid, es la casa del Ross. No sé si los pollos llegarán a colmo, pero al menos están a salvo de los humanos. Porque el Ross es el ser más inofensivo del mundo. Y me enternece sobremanera esa faceta suya incapaz de matar una mosca. Aunque a veces la lleve a extremos que me desesperan. Porque él es capaz de llorar por todo, de conmoverse por todo, de sentir a niveles insospechados de dolor. Él es capaz de hacer que yo me sienta algo parecido a un carro de combate que pasa por encima de todo. Y a  pesar de mi supuesta insensibilidad, me hace sonreír verle mirando el nido.
Qué jodidamente fácil es quererle. Qué chungo va a ser cuando tenga que volver a vivir sin esa dulzura que me recuerda que bajo mis capas, bajo mis muros de protección, bajo mis caparazones y mis escudos también hay un corazoncito que tirita por las cosas más pequeñas aunque nunca le escuche. Qué duro va a ser cuando tenga que dejarle ir como los pollitos que abandonan el nido. Qué horrible va a volver a ser la vida cuando tenga que renunciar a él.
Ojalá todos los problemas del mundo fueran como los suyos. Ojalá no fuera tan jodidamente fácil quererle. 

domingo, 3 de febrero de 2013

¡quiero mi codeina! ¡¡quiero mi codeina!!

Como soy una persona responsable, me he puesto mala en fin de semana y una vez pasado el follón de abuela. No antes, ni entre semana que no pueda hacer cosas. Noooooo. En fin de semana. Para no salir, no divertirme y no frungir. Muy lista que es una.
La verdad es que me temía que esto pasara, porque me veía muy al límite de mis fuerzas estos días atrás. Y al fin entre el jueves y el viernes caí en un trancazo de campeonato. Hacía años que no me asustaba mi propia tos y temía salir volando de uno de mis estornudos.
El caso es que como en mi familia todos son un tanto hipocondríacos, les viene de maravilla que viva sola. Porque así no tienen que verme ni de lejos cuando estoy mala. A mí no me importa demasiado porque ya estoy relativamente acostumbrada a no contar con mucha ayuda para casi nada. Pero hacía tiempo que no me encontraba tan mal y hay ratos que lo pasas como el culo.
Véase el momento en que me mareé yendo al baño y me flojearon tanto las piernas que me tuve que sentar en el suelo. Por suerte, pasaban las tuberías de la calefacción por debajo y estaba calentita. Tan a gusto debía parecer que estaba, tirada en el suelo hecha un guiñapo, que Ron se acercó, me olisqueó, me lamió la cara un poco y se subió en mi regazo. Se hizo una rosca y allí nos quedamos un rato hasta que tuve fuerzas de volver al sofá.
Luego hay otros inconvenientes. Yo soy una enferma horrible para tomar medicinas. Nunca quiero tomar nada, mitad porque no me gustan y mitad porque si me gustan, me hago yonki. Hace tiempo, estuve muy, muy pero que muy enganchada a los esprays nasales de esos que te despejan y respiras como si estuvieras en mitad de la montaña más pura y verde de los Alpes. Que te sientes como si Heidi estuviera cepillándose a Pedro  correteando con Pedro en la pradera de al lado. Y me costó una barbaridad dejarlos. Bueno, pues ahora que llevaba casi un año limpia, lo tengo que volver a usar. A ver quién es la guapa que vuelve a dejarlos. Y eso sin hablar de la codeína. Yo fui una drogata total de la codeína cuando era cría. Nada menos. Había un jarabe que me daba mi madre para la tos y estaba riquísimo. Dulce y con sabor a naranja. Hum… de vicio. A veces, creo que las medicinas saben tan mal para que la gente no se cuelgue de ellas, porque esta era un peligro. Así que mi madre me daba una cucharadita y la muy inconsciente, dejaba el frasco en mi mesilla por si tosía más por la noche, me daba un besito (aquellos años en los que alguien me cuidaba, snif), me apagaba la luz y se iba. Así que la pequeña y yonki Naar, se tomaba otra cucharadita por si acaso. Y otra porque estaba muy bueno. Y otra porque igual le picaba aún un poco la garganta. Y otra porque… hum… qué rico jarabe de tos. Y no me tomaba más porque caía en un sueño profundo y confuso que me mantenía en coma hasta el día siguiente. No tengo ni idea de si tosía o no, pero soñaba unas cosas alucinantes, tenía visiones raras y lo flipaba en colores. Así que, casualmente, mis toses duraban meses. Hasta que se acababa el frasco de jarabe de codeína pura y mi madre se negaba a comprar otro. De adulta nunca he tenido huevos de comprarme susodicho jarabe porque sé que me lo metería en vena. No tengo fuerza de voluntad.
Como esta vez tengo una tos muy fea que me dobla por la mitad de dolor, le supliqué a mi madre que en un acto de valentía, se acercara al perímetro de mi casa, comprara unas cosas en la farmacia y me las pusiera en el maldito ascensor para que yo saliera a por ellas. Entre la lista de mi encargo, iban mis bestias negras: el espray nasal y el jarabe de codeína. Había dicho que este finde me lo pasaría bien y estaba dispuesta a hacerlo a costa de lo que fuera, incluso de ponerme hasta el culo de drogas legales.
En un arranque de valentía mi madre subió a mi casa con la cabeza envuelta en un foulard que ríete de tú de los burkas.

-         Nena, me ha dicho tu farmacéutica que te trajera este jarabe. – me dijo tirándome una cajita desde lejos. – Es en sobrecitos monodosis, no tiene lactosa ni nada de lo que te da alergia y es a la vez calmante y expectorante, para que no tengas que tomar tantas mierdas.
-         ¿Y mi codeína? ¿Mi amada codeína?
-         No, no, este es mejor. Tómatelo y ya me cuentas. Por teléfono, eso sí.

Y con las mismas, me mangó un taper de judías blancas que había preparado el día anterior y se piró a toda mecha para no coger ni uno solo de mis asquerosos microbios. Porque ella microbios y virus, no. Judías blancas sí, que eso no contagia. Pero respirar mi asqueroso aire ni de coña.
Y lo peor de todo no es que el jarabe esté repugnante y me cueste un triunfo tomármelo. No es que sepa tan mal que no me den ganas de hacerme adicta. No es que prefiera toser hasta partirme una costilla que tomar esa puta mierda de jarabe. El problema es que ni siquiera coloca. No tengo sueños chulos, no siento cosas flipantes, no caigo en comas inducidos. Así que no me he divertido nada en el fin de semana. Menuda puta mierda de jarabe. ¡¡Yo quiero mi codeína!!