jueves, 6 de mayo de 2021

El día que me enfrenté al fascismo... pero no a mis padres.

 Hace un mes cumplí 38 años, aunque el otro día lo vi en un documento oficial y me ofendí muchísimo. Edad: 38. ¡¡Pero bueno, tamaña injuria!! Si yo tengo... cerebro calculando... oh, mierda.

El caso es que pensaba que cuando llegara a esta edad sería una persona más madura, más adulta, más... yo qué sé. Cuando mi madre tenía mis años, yo era una adolescente de 16. Y mi madre trabajaba con mi padre en el despacho, daba sus clases, llevaba la casa de forma impecable, me atendía a mí y hacía montones de cosas. Yo limpio una vez a la semana, la semana que toca. Como nuggets congelados, salchichas, fideos de sobre y patatas del burguerking con frecuencia, duermo hasta las 11 si puedo y me quedo hasta la madrugada leyendo novelas románticas. Soy un desastre, la adultez se me da reguMAL.

Lo mejor es que cada vez me importa menos. Anda y que le den a las convenciones sociales. No sé quién impuso ciertas normas, pero no me da la gana de cumplirlas.


Ayer se celebraron las elecciones de la Comunidad de Madrid, cosa que quizá os pille de sorpresa porque apenas se ha dado el coñazo en los medios (sarcasmo ON). Y hace unas semanas me dio por pensar que igual, aparte de votar, podría hacer algo. Así que puse una balconera del partido morado en el que milito desde hace años. Y luego me supo a poco y dije, qué coño, voy a ir de apoderada. Por lo de la fiesta de la democracia, que es la fiesta más aburrida del mundo, pero después del 2020 ya cualquier cosa que lleve aunque sea el nombre de “fiesta” nos vale. Así que me apunté. En medio de mi euforia podemita, se lo conté a mi padre.

Aquí vienen los problemas. Mi padre es un tipo raro. Vive en su propio mundo, navega por la vida la mayor parte del tiempo y cree en las cosas que a él le salen de los cojones, que por cierto son pocas y un tanto descabelladas. Descartes al lado de mi padre era todo certezas. Luego está mi madre que por tradición familiar es de derechas. No mucho, no tanto como para mutar al verde, pero sí para seguir las estelas de las antiguas gaviotas. Y claro, para ella mi partido es bilduetarra filocomunista bolivarianochavista agresivoquemaestadios y con coleta. Y dos huevos duros.

Mi padre al enterarse de que su única hija, ya de por sí rara y rebelde se estaba volviendo tan roja que ya pasaba al morado y que encima iba a ir a buscar camorra en las elecciones (esto lo pensaba él, no era real que nadie quisiera gresca), le empezó a dar el sarpullido. Ay, que me quedo sin hija. Que los radicales me la matan. Que Pablo Iglesias me la viola. Que los de vox se la venden a los piratas de ultramar. Y que encima tengo que aguantar a mi mujer diciendo que qué habremos hecho para que nos salga una hija como ésta. Ay madre la que me espera.

Y el buen hombre al principio no dijo nada pero luego vino un día a hablar conmigo. No para disuadirme como tal, pero un poco sí. O sea, que sí. A ver si me convencía de que me quedara en casa tranquilita en lugar de ir por ahí exhibiendo ideas políticas.

Al principio me sentí como cuando te echan la bronca de adolescente. Que te dan ganas de mandar todo a la mierda y hacer exactamente lo opuesto a lo que te dicen, pero que al final no lo haces y te limitas a enfurruñarte y a poner cara de mierda pero haciendo lo que te han mandado. Luego lo pensé otra vez. Oye, que tengo 38 años. Que aunque haga el adulting regumal, sigo siendo adulta. Esto lo pensé mientras comía patatas fritas de bolsa, sentada en el suelo en bragas y escuchando a Green Day a toda pastilla, actitud que refuerza la idea de ser super adulta. Pero luego llegó el Dorniense. Y me dije, coño, espérate, si tengo un marido. Que aún digo la palabra y me entra la risilla. Marido, jijiji. Y como un marido suena a algo bastante más adulto, se lo conté, que mi padre tal, que mi madre se disgustaría, que yo estoy aquí con el culo helado pero que para pensar me siento en el suelo y mira tú qué cosas. Y el Dorniense, que es de pocas palabras, pero siempre certeras, me dijo: haz lo que tú quieras, no les estás haciendo ningún mal. Eres buena hija, buena persona y esto no cambia en nada lo que eres con ellos o con nadie. Y yo te apoyo al 100%. Y además estoy muy orgulloso de ti.

Y yo sólo pude pensar que por estas cosas me casé. Que tengo que averiguar cómo conservar a este hombre toda la vida porque es lo mejor que me ha pasado nunca. Eso, y que iba a ir de apoderada.


Total, que ayer me planté en el colegio con mi tarjetoncio colgando del cuello, mis papeles en el bolsillo y mi mascarilla morada. Los compañeros eran majos, los de los otros partidos también y los de vox eran cuatro tipos clonados con vaqueros, camisa, chaqueta, pin del partido en la solapa y mirada de superioridad. Pues bueno. Y allí estaba yo, sin incidentes reseñables hasta que salimos a la puerta a fumar un cigarro y me veo a mis padres a lo lejos. Igual convendría que os dijera que les había ocultado vilmente mis planes. Les dije que esa tarde no me apetecía salir y me iba a quedar en casa. El hecho de que el colegio sea donde votan ellos también, que esté en su zona de pasear todas las tardes y a la vuelta de la esquina de mi casa, era un pequeño fallo logístico.

Por suerte para mí, mi madre es miope y mi padre es despistado. Pero vamos, que venían enfilados y yo tenía que hacer algo. Algo adulto, como enfrentarme a ellos y decirles “esto es lo que pienso y lo voy a defender” o darles un discurso como el que me dio el Dorniense. O lo que sea que hacen los adultos cuando desobedecen a sus padres. Así que me escabullí cual gusana entre la gente, corrí colegio adentro como alma que lleva el diablo y me escondí en el baño.

Así es. No me dan miedo los fascistas, los cuatro tipos de vox me podían soplar el coño por turnos y estaba dispuesta a enfrentarme a todo... menos a mis padres. Así que esperé unos minutos prudentes para que mis progenitores estuvieran fuera de mi radio de acción y volví como si tal cosa. Reconozco que cuando cerraron el colegio sentí un alivio importante. Luego durante el recuento de una de las mesas, mientras un tipo de vox trataba de ligar conmigo (mira, de verdad, yo a esto no sé ni qué decir), mi madre me llamó al móvil. Y volví a sentirme como una merluza a medio descongelar. Saqué el tremendo valor de no cogerlo y de al rato, mandarle un whatsapp para decirle que estaba en la ducha y que si no era nada importante, hablábamos luego.


Al final todo salió mal, excepto mi plan. La derecha ganó, mi partido se va al garete, Pablo dimite y siento que pierdo una vez más la poca ilusión política que he tenido en mi vida. Pero no me arrepiento de haber ido, de haberlo intentado. No me arrepiento de haber desobedecido a mis padres, pero francamente, tampoco me arrepiento ni pizca de haberme escondido de ellos. Adulta, pero no mucho.



Jamás le perdonaré al fascismo que matara a Miguel Hernández, que es uno de mis poetas preferidos. Y si él, encarcelado y enfermo, pudo escribirle a su hijo que se riera siempre, que la risa le haría libre y que la defendiera pluma por pluma, trataré yo, humildemente y desde todos mis privilegios, de hacer lo mismo. Por eso, a pesar de la tristeza de hoy, de la pena que me da Madrid y del miedo que me dan algunos partidos, trataré de recordar estas elecciones con una sonrisa.


Que hay ruiseñores que cantan

encima de los fusiles

y en medio de las batallas.

viernes, 15 de enero de 2021

Reconciliaciones

 Nunca he creído en ese rollo de que los mejores polvos son los de reconciliación. Si he tenido una bronca monumental contigo, van a pasar días hasta que me apetezca abrirme de piernas y que tú estés en medio. Así, como dato.

Sin embargo, contando con que no hablo de personas, ni de broncas, ni de polvos, estoy en etapa de reconciliación. No sé bien por qué. Tampoco sé qué era lo que me había llevado a estar distanciada de esas cosas, pero por alguna razón había ocurrido. Y benditos acercamientos que rompen el hielo y sacuden la escarcha de los corazones en mitad de este Madrid que sigue blanco y congelado. Gracias a la Filomena y a su manto de nieve que aun no deja transitar las calles de mi barrio, me he encontrado con dos semanas de vacaciones de mis clases que no esperaba, pero que francamente, ahora veo que necesitaba. Me están viniendo de lujo y los estoy disfrutando por primera vez en años.


Hace dos meses que la yaya se fue al cielo. Aún no me he reconciliado con la idea, pero ya voy aceptándola. Y me voy reconciliando conmigo misma tras semanas de un dolor tan horrible que me impedía respirar.

Eso incluye las croquetas. Sólo una vez en mi vida las intenté hacer y me quedaron fatal. De hecho, no llegaron a ser croquetas porque la maldita bechamel se quedó tan líquida que era imposible moldearla. Al final fue lasaña. En cualquier caso, no volví a intentarlo. Para qué, si me las hacía la yaya. Como la tortilla de patatas, que nunca la hice porque para eso la tenía a ella. Pero en noviembre la yaya se fue y yo me quedé sin croquetas, sin tortilla y sin uno de los mayores apoyos de mi vida. Y no puedo recuperar nuestras conversaciones por la tarde, ni sus anécdotas, ni contarle las cosas que sólo le contaba a ella. Pero puedo hacer croquetas y tortillas. Las primeras veces que las hice lloré como una magdalena todo el tiempo. Ahora las hago y “hablo” con ella mientras tanto. La siento extrañamente cerca mientras el pan rallado se acumula entre mis dedos pringosos. Y no, no me salen como a ella, pero al tiempo. Jamás nada ocupará su lugar, pero me enseñó a vivir hasta en las condiciones más adversas con alegría. Y por ella que voy a hacerlo. Se lo debo. Por eso escribo esto con las lágrimas saltándome a los cristales de las gafas, pero el corazón me sonríe. Porque como le juré la noche antes de que se fuera, ella y yo siempre estaremos juntas.


También me he reconciliado con la lectura. Yo de pequeña devoraba libros. Tanto, que pasé demasiado pronto a la literatura adulta por el simple motivo de que se me acabaron los libros infantiles y mis ansias lectoras cogían todo lo que había por casa, que por suerte era mucho. Y fue así hasta hace unos años, que por alguna razón mi cerebro se cerró. No me apetecía leer nada, no me enganchaba, no lo disfrutaba. Y a regañadientes no puedo hacer cosas. Así que me pasé años en los que sólo leía de forma esporádica. A veces ha habido libros que me han gustado mucho, pero mi ansia terminaba con la última página. Sin embargo también lo retomé con la marcha de la yaya. Las tres noches que pasé con ella en el hospital me ayudó a no volverme loca el poder leer durante horas y horas. Era un libro de Marian Keyes, ni siquiera recuerdo cuál. Pero me ayudó a pasar esas horas infernales mientras le daba la mano a mi yaya que estaba ya más en el otro mundo que en este. Y desde entonces he leído bastante. Me refugia del mundo meterme entre líneas de letras que sirven de escudo ante un presente como mínimo, raro.

Ahora, como consecuencia de una serie de Netflix, me he enganchado a las novelas de los Bridgerton. Leo como cuando era cría, hasta las tantas de la mañana, me llevo el libro al baño, a la cocina, leo mientras como y mientras fumo un cigarro en la ventana. Leo por la noche y después de comer y después de desayunar y si alguien me habla, sólo pienso que me está quitando tiempo de seguir leyendo. Llevo cuatro novelas en poco más de una semana. Soy una enferma. De hecho, estoy escribiendo esto y pensando que a ver si lo termino de una puta vez y me puedo poner a leer. Y sí, es novela facilona y predecible, pero me hace sentir bien. Y eso ya es bastante en estos momentos. Estoy hasta el gorro de los elitistas de las cosas que creen que para que algo valga la pena tiene que ser tortuoso, complicado y coñazo. Vete a leer a Nietzche y pégate un tiro, pero a mí déjame bailar en el Londres decimonónico con afables caballeros en levita.


Por último, me he dado cuenta de esta época de reconciliación gracias Bruce Springsteen. Siempre me había gustado pero por alguna razón, hacía años que no le escuchaba. Sabe Dios por qué. Pero el otro día en ese estúpido reproductor de canciones aleatorias que tengo en el cerebro sonó Glory Days. Tanto y tan fuerte que me la tuve que poner mientras me duchaba. Y de repente la voz de Springsteen me hizo sonreír y bailar en el baño. Hacía tiempo que no hacía. Y me sentí bien. Así que he retomado lo mío con él. Que además, cómo no me iba a gustar, si un tío que puede bailar y sonreír mientras canta como lo hace él ya tiene media polla dentro. Mirad el vídeo de Glory Days. O el de Dancing in the dark. Os juro que me se me retuercen los colmillos con esos vaqueros ajustados.


Me estoy desviando, que en un solo post lo mismo hablo de mi yaya moribunda que del movimiento de caderas del Boss. Quizás esto pasa por escribir tan poco, que ahora se me amontonan las cosas que decir. Igual me vuelve a dar también una racha de escribir a lo loco, quién sabe. Yo soy muy de obsesiones pasajeras pero intensas. Tengo una conducta un tanto compulsiva cuando algo me interesa, pero también soy de atención dispersa, así que vaya a saber.


En cualquier caso, feliz año. No es que de momento el 2021 lo esté poniendo fácil para que le cojamos cariño, pero no vamos a rendirnos tan pronto. Cuidaos, cuidad a los vuestros y sólo pidamos salud, que nunca fue tan importante.