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viernes, 16 de diciembre de 2022

El amigo invisible ataca de nuevo

 El otro día pensé que estaba muy reflexiva y cansina en el blog y que hacía mucho que no me pasaba algo lo bastante estúpido para hacer uno de esos post que me solían caracterizar. Pa qué dije ná. Y es que si hay algo estúpido y absurdo en estas fechas es el amigo invisible. Es algo que está mal planteado desde la base y es que regalar debe ser algo voluntario y casi espontáneo, no organizado y obligatorio. Y debes regalar a quien te dé la gana, no a quien te toca sacado de un bombo. Pero nada, oye, no hay año que no te veas envuelto en un amigo invisible con gente que posiblemente no te cae ni bien y a quien no regalarías ni un billete sólo de ida a la mierda.

A mí este año me pillaron en el del trabajo. Venga mujer, apúntate, si estamos todas las compañeras, que es divertido y blablablá. Y como ya tengo fama de rancia y de fría y de distante y de borde y de no sé cuántas cosas más, pues al final me vi obligada a apuntarme voluntariamente. Se hizo un sorteo con una aplicación de móvil que seguramente ahora esté vendiendo mis datos a algún niño rata ruso que se dedique a crear bots chungos en twitter. Y me tocó una compañera que me cae bastante bien. No tan bien como para regalarle algo así porque me apeteciera, pero sí lo bastante bien como para no regalarle una de las apestosas cacas de Ron metida en su bolsita de plástico negro. Y quería dedicarle un par de minutos a pensar qué podría comprarle. Pero luego ando atareada con mil cosas más interesantes, como meditar sobre el proceso de perlación de la ostra atlántica y se me fue el tiempo sin que se me ocurriera nada.

Además, qué más da. El amigo invisible es un absurdo. Nunca jamás a nadie le regalaron nada que le haya gustado. O al menos a mí no. Jamás me tocó algo que dijera “joder, qué guay”. Aún recuerdo el año que Bombita decidió que era buena idea regalarnos a todos colonias que un alumno suyo había robado conseguido por ahí y que me tocó una de Bisbal. Era tan horrible que empecé a usarla como ambientador para el baño, hasta que me dí cuenta de que el baño olía mucho mejor sin mezclarlo con eau de Bisbal. Ese fue el último año que hicimos el amigo invisible típico y cuando inventé el amigo invisible inverso, que es que cada uno lleva un regalo random, a poder ser ridículo y baratísimo, lo envuelve y se ponen en un montón. Y cada uno coge uno, a ciegas, pero sabiendo que va a ser una mierda. Nos reímos mucho más desde que lo hacemos así.

Volviendo a la oficina, cuando empezó a acercarse la fecha, todo el mundo comentaba que si ya tenían el regalo, que qué bien, que si no sé qué comprar. Y yo venga a dejar por ahí comentarios al azar, tipo prefiero que me regalen cosas que se puedan usar, que mi casa es muy pequeña. O que cualquier cosa que tenga gatos o mariposas me gusta. O que los saquitos de semillas que calientas en el microondas están entre el top five de mejores cosas que me han pasado en la vida. O que unos guantes en invierno siempre hacen el apaño. O que se me había roto el paraguas. O sea, mil ideas de cosas prácticas. Y la gente con evasivas. Y yo ya a la desesperada, que mira, que hasta una colonia me vale, que la usas y tiras el bote y no ocupa sitio. Y la lista de turno, “ya pero es que una colonia es algo muy personal.” Pues mira hija, mientras que no sea la de Bisbal, a mí me vale.

A todo esto, la fecha seguía acercándose y yo seguía sin comprar nada para mi afortunada porque encima claro, para no gastar mucho el límite eran 10 euros. Que ya sabemos que los regalos del amigo invisible son una mierda, pero si encima el límite es ese, no sé qué esperamos que ocurra. Y de pronto me acordé de una especie de foulard que me trajeron este verano de Ibiza, creo. Algodón orgánico de no sé qué con tintes naturales exprimidos a mano de las raíces de la pachamama. Y ahí estaba en su bolsita y con su etiqueta porque sería muy bueno, pero era a rayas azul mortecino y blanco feo que me recordaba demasiado a los uniformes de los presos de Auschwitz y me daba mal rollo. Así que mira, dos pájaros de un tiro, me quito un chisme del medio y quedo hasta bien. Y como me daba algo de apuro no gastar nada, pues añadí al regalo una cajita de bombones que siempre hace el apaño y una tarjeta navideña con unas palabritas monas. Y chimpún.

La gente empezó a recibir sus regalos ayer, que yo libraba. Y mandaban fotos al grupo de whatsapp. Y, coño, ni tan mal. Foulares, guantes, mantitas, packs de geles y cremas, agendas y cuadernos... que estaba hasta empezando a tener ilusión porque lo que me tocara no fuera una mierda absoluta.

Ah, qué ingenua, pero qué ingenua fui pensando que por una vez, mi regalo no iba a ser el peor de todos con una diferencia abismal.




miércoles, 8 de septiembre de 2021

El peligroso silencio

 

Me imagino que todos hemos visto La lista de Schindler. Si no, la veis y luego venís a seguir leyendo el post. Y si no os apetece, pues me valdría cualquier peli de nazis. Me vale La vida es bella, por ejemplo.

El tema que quiero explicar es que cuando ves esas películas (que son basadas en hechos reales que históricamente ocurrieron antes de ayer, que no se nos olvide esto), siempre piensas que tú estarías del lado de los buenos. Tú serías el que no levantó el brazo en el desfile nazi. Tú serías el que se plantó ante los tanques en Tiananmén. Tú serías el ángel deBudapest. Tú serías las hermanas Touza. Tú serías Schindler. Tú serías el salvador. Serías el héroe, el valiente, el que se enfrenta a todo el mal y el horror del mundo. O eso piensas desde el sofá de tu casa.

Porque las cosas casi nunca son blancas o negras, pero hay momentos en los que hay que posicionarse. Y el lado bueno de la historia, queridos, no es que te llamen fascista, diga lo que diga la tarada de la presidente de esta mi comunidad. Y podríamos meternos en casos particulares, claro. Es que hubo un caso de un nazi que era bueno y trató de ayudar desde dentro del sistema y blablablá. Que sí, que vale, tome su pin de buena persona, señor nazi. Es que los comunistas eran malísimos también y blablablá. Que sí, que lo que sea, que no estoy hablando de eso. Que no me distraigáis coño, que así no avanzo.

El caso es que todos pensamos que haríamos lo correcto. Porque es lo correcto. Porque está claro, porque es evidente. ¿O no tanto?

En La lista de Schindler hay una escena en la que una cría increpa a los judíos cuando los están llevando al tren, no recuerdo si de camino al guetto o al campo de concentración. Y les grita “¡adiós, judíos!” con un odio y una rabia descomunal e incomprensible. Es un personaje de ficción para ilustrar algo, lo sé, pero supongamos que fuera real. Esa niña seguramente no tiene razón alguna para odiar a los judíos. Quizás no conozca ninguno y puede que ni siquiera sepa bien qué es un judío. Pero los odia. Porque es lo que está recibiendo cada día: la idea de que ser judío es malo. Y que estará mejor cuando ellos se vayan. Quizás lo oiga en casa porque sus padres sean unos nazis recalcitrantes. O quizás lo oiga en la calle y en casa no oiga nada. Quizás sus padres no odien a los judíos. Quizás, hasta tuvieran amigos, conocidos, socios, que fueran judíos. Quizás hasta simpaticen con ellos. Pero las cosas se han puesto feas y es mejor callarse. Y aquí entra el enemigo más poderoso: el silencio. El silencio que nos hace cómplices. El silencio que nos hace parte de algo. El silencio que nos hace culpables.

En La vida es bella el protagonista tiene un amigo, cliente del restaurante donde trabaja con el que bromea e intercambia adivinanzas. Piensa que le va a ayudar cuando todo se pone feo. Pero no lo hace. No le acusa directamente, pero de nuevo el silencio. Si te ayudo me van a señalar. Si te ayudo, puedo estar en peligro. Mejor no ayudar, mejor no hacer nada. Mejor el silencio.

También se ve esto en Patria, libro y serie, tanto me da. Cuando ETA amenaza al Txato él dice “no me van a hacer nada, yo soy euskaldun, de aquí de toda la vida, la gente me conoce y el pueblo se pondrá de mi parte”. Spoiler: NO.


Y ya habrá algún iluminado a estas alturas pensando, claro, pero es que el miedo y el instinto de protección y salvar la vida y mimimi. Hacerse bicho bola y refugiarse en el silencio cómplice de los malvados no nos protege de nada. Nos expone más, si cabe, porque les estamos dando poder. Estamos dejando que ganen terreno. Estamos dejando que se hagan fuertes. Y antes o después vendrán a por nosotros. Porque siempre hay un motivo. El racismo, la homofobia, el machismo. Tanto da. Cualquier excusa es buena. Siempre tendrán por donde atacarnos. Y vendrán más fuertes y armados porque no quisimos o pudimos pararlos a tiempo. Porque callamos. Porque, por miedo, callamos. Porque por no señalarnos, callamos. Porque por no tener lío, callamos. Porque no iba con nosotros, callamos. Porque callamos una y mil veces, nos lloverán los palos.


Me da miedo por donde va el mundo. Me da miedo, especialmente porque me toca de cerca, por donde va España. Me dan miedo las agresiones homófobas constantes, los mensajes de odio. Porque lo único que están haciendo el enfrentarnos y crear enemigos donde no los hay. Los inmigrantes, las mujeres, el colectivo LGTBI, los comunistas, tu tía Paca la del pueblo que siempre fue muy rara. Hay un millón de culpables, siempre el que tenemos al lado. Si nos convencen de odiar al vecino, quizás no les odiemos a ellos. Y mientras peleamos con el vecino, ellos se harán con el poder, ellos engordarán sus arcas, ellos impondrán su ley. Y entonces diremos, joder, cómo ha podido pasar. Cuántas veces hemos dicho o escuchado que en qué pensaba toda la sociedad alemana, toda Europa, todo el mundo mientras los nazis campaban a sus anchas. Pues en lo mismo que nosotros ahora. En que la culpa de todos los problemas eran de los judíos o de los inmigrantes o de las mujeres o de los homosexuales. Y aunque no lo pensemos, no haremos nada porque así no te señalas, así no buscas gresca, así no te metes en problemas. Déjalos, si son cuatro exaltados. Si son una minoría. Déjalos que ya se cansarán.

Pero no se cansan. No son una minoría. No son cuatro locos. Son muchos y cada día más. Y hay que plantar cara porque dejando que hagan lo que quieran mientras miras para otro lado, les estás dando la razón aunque sea por omisión.


Estamos yendo para atrás. Empezamos llamando nostálgicos a los fachas y riéndoles las gracias a los nazis de vox y aquí estamos. Con un chaval muerto. Con otro apuñalado y marcado de por vida. Con otros tantos con las caras partidas. Con gente cogiendo miedo. Con discursos de odio constantes en redes y en programas de televisión. Con no sé cuántos diputados dispuestos a devolver a España al blanco y negro. Con gente en contra del feminismo, de la igualdad, de los derechos humanos. Con gente cada vez más ignorante, más garrula y más mala ostentando más poder. Y seguimos callando.


Yo tengo claro de qué lado de la historia voy a estar, y cada día más, cueste lo que cueste. Y una cosa os digo, o lo tenéis claro también, o estáis en el contrario.




viernes, 14 de abril de 2017

Pecadora de la pradera

Siempre estuve de acuerdo con que el mejor pecado es la pereza porque te impide cometer ninguno más. Por eso tengo menos reparos en entregarme a la pereza que a ningún otro pecaminoso acto.
La verdad es que durante mis años mozos la lujuria sacudió mi vida en varios momentos. Y doy gracias por ello. También es verdad que tengo tendencias iracundas, pero se van igual que vinieron. Con la gula y el orgullo me pasa lo mismo, que no suelo cometerlos mucho, pero cuando me da, me da fuerte. Es decir, no soy de mucho comer ni le doy demasiada importancia a la comida, pero una noche igual se me cruza el cable y estoy lamiendo nocilla directamente del cuchillo hasta que veo el fondo del bote. Y no suelo ser orgullosa, no me cuesta pedir perdón, no me cuesta admitir mis errores, me gusta hacer autocrítica y soy consciente de mis muchos fallos, pero el día que digo “por ahí no paso”, no me apea del burro nadie.
Sin embargo, para mi gusto, uno de los peores pecados capitales es la envidia. Y yo, por suerte, no lo tengo. A mí me da igual la vida de todo el mundo, lo que cada uno tenga o gane o haga. Me importa un rábano que fulana sea más guapa, más alta, más delgada o más lista. Yo estoy muy ocupada con mi vida como para pensar en la de nadie ni compararme con la vecina. Y no soporto a la gente ostentosa, que le gusta mucho aparentar, que se regodea en lo bien que le va o en lo que tiene sólo para darte en las narices y para que todo el mundo le tenga envidia. Más que nada porque suele ser gente que lo hace porque ellos mismos son envidiosos y se crea una especie de carrera a ver quién gana a más imbécil. Y no lo soporto.
Total, que me ha dado por pensar en todo este rollo de los pecados porque últimamente me ha atrapado la pereza. Estoy muy vaga. No tengo ganas de nada. Todo lo dejo para la semana que viene que igual tengo más tiempo. Y es mentira, mentira podrida. Porque cuando pasa la semana, vuelvo a decir que para la siguiente y así estamos ya a mediados de abril y yo con cosas pendientes desde febrero. Diría que es la astenia primaveral, que me tiene baja de ánimos, pero tampoco es del todo cierto ya que estoy empezando ahora con alergia y a dormir mal, pero llevo haciendo lo mínimo desde hace dos meses.
Que no tengo excusa, que soy una pecadora de la pradera.
Y bueno, admito que lo mismo me pasa con el blog. Que no es que no tenga cosas que contar. Que no es que no tenga tiempo por las noches como siempre para sentarme a actualizar un rato. Que no es que me haya dejado de gustar escribir. Es sólo, pura y llanamente, que me da pereza. Y que digo “ya lo haré mañana” y el mañana nunca llega. He pensado incluso en cerrar una temporada, en tomarme vacaciones blogueriles, pero luego sé que si lo hago, al día siguiente de cerrar, me van a dar unas ganas inmensas de escribir, un deseo irrefrenable de contar chorradas y voy a escribir tres post en una noche y me voy a sentir profundamente estúpida. Así que de momento, sólo vamos a esperar a ver si me sacudo la pereza o me fundo definitivamente con el sofá y así no tengo que levantarme nunca más.



Y por cierto, el tema de los pecados es un recursos literario para contar algo. Los comentarios religiosos, metafísicos, profundos o serios se pueden ir a un sitio donde vayan a ser mejor apreciados que aquí.  

martes, 21 de marzo de 2017

Pero algo

Reconozco que llevo unos cuantos años, sobre todo los últimos meses, con cierta sensación de haberme rendido. Como si ya no mereciese mucho la pena esforzarse y fuera mejor dejarlo correr. El año pasado, de hecho, empecé con este post en el que explicaba (o trataba de hacerlo) que llevo un tiempo esperando una especie de “game over”. Que creo que ya no me va este rollo y prefiero empezar de cero porque la he cagado demasiado. Pero claro, eso de suicidarse siendo Mario Bross es una cosa y en esta vida es otra. Porque oye, que nadie nos garantiza que vayamos a empezar otra vez. Que igual no hay nada al otro lado y para estar muerto ya está el resto de la eternidad. Que hasta donde sabemos, estas son las cartas que nos han tocado y es posible que el crupier no vaya a repartir más.
Y no es rendirme en plan “oh, abandono la vida”. Es simplemente cierta resignación a que las cosas no me gusten. A que vayan regular. A vivir con desgana. A pensar que se me han pasado las oportunidades. A aceptar que esto es lo que hay.
Curiosamente, empiezo a estar a hasta los huevos de esta sensación. Empiezo a cansarme. Empiezo a tener destellos de lucidez en los que creo que puedo cambiar las cosas. No sé qué cosas, no sé cómo. Pero algo.

Siempre he sido una persona de altibajos. De grandes tempestades y soles radiantes. De bomba a punto de estallar, de mecha corta y chispa cerca. Y llevo mucho tiempo estancada. Así que presiento una tormenta. A veces tengo miedo de la nada, por que sí. Y eso suele ser una especie de presentimiento de que algo va a cambiar. De que algo va a suceder. De que esta etapa estúpida se acaba y empieza otra.

Aún estoy quieta, agazapada. Esperando la oportunidad de saltar. De subirme al tren en marcha. De salir corriendo. No sé de qué. Pero de algo.  

lunes, 6 de febrero de 2017

Ahorrar ¿es posible?

No se puede decir que yo nunca haya ido muy holgada de dinero. Más bien todo lo contrario. Además, cada vez que consigo ahorrar un poquito, muy poquito, pasa algo y se me va volando el esfuerzo de muchos meses. En fin, es mi destino ser pobre.
El caso es que desde que Ron se puso malito la cosa ya ha sido la total hecatombe. Me gasté todo lo que tenía, TODO. El Ross puso dinero, mis padres me dieron algo también... y aun así me he pasado la mitad de enero comiendo de lo que tenía congelado y cosas así porque no había más de donde sacar. Y ojo, pagaría el doble si hiciera falta para que él estuviera bien, no me estoy quejando de eso.
El problema es que el agujero negro sigue creciendo, porque claro, al no tener nada de fondo, a día dos del mes, en cuanto llegan tres facturas ya no me queda ni un duro. Y no sé qué más hacer para ahorrar, porque en el súper miro cada cosa hasta el céntimo, compro ofertas, comparto cosas con mi madre, hago mucha pasta y patatas y cosas baratas. No salimos por ahí, no voy nunca al cine, no me compro ropa ni caprichos de ninguna clase. Ni siquiera recuerdo la última vez que me tomé una caña en la calle.
El caso es que ya un poco harta, me he puesto a repasar las cosas en las que más gasto. Las ganadoras, obviamente, las facturas de la luz y del gas. Lo del gas me jode, porque con el frío que ha estado haciendo en Madrid no había más remedio que poner la calefacción y usar agua caliente, pero al menos sé que en verano se compensa pagando una cantidad mínima. Lo de la luz es otro cantar. Eso es gasto todo el puñetero año. Porque tengo que cocinar, tengo que calentar cosas en el microondas, tengo que tener puesto el frigorífico, tengo que poner la lavadora. No uso apenas el lavavajillas, tengo bombillas de bajo consumo y no pongo el aire acondicionado a no ser que sea súper imprescindible (sólo en verano a veces y poco rato). Y no sé, como no haga fuego en mitad del salón para cocer los macarrones y me lleve la ropa al río para frotarla me contaréis qué porras hago yo con mi vida y mis facturas.
El Ross, que sabe más de estas cosas por su propia profesión, ha estado investigando nuevas compañías de electricidad como Mipodo, ya que ofrecen tarifas más reducidas, pero no tienen opción del precio voluntario del pequeño consumidor (PVPC), que es el mercado regulado por el estado. Lo que te ofrecen es el mercado libre, una especie de tarifa plana de precio por el kilovatio durante todo el año, mientras que de la otra manera es variable. Tal y como están las cosas y con las subidas de las últimas semanas no tengo claro cuál es la mejor opción, francamente. Un precio fijo puede beneficiar en ciertos momentos, pero puede perjudicar en otros. De momento sólo nos estamos informando por si nos interesa esta opción y de paso huir de las grandes compañías, que reconozco que a mí me escaman. ¿Alguien tiene ideas al respecto?

En fin, a ver si llega el verano, podemos empezar a alimentarnos de ensaladas para no gastar en la vitro ni el horno y hay más horas de luz. Y de paso, para ponernos vestidos monos, que estoy hasta el moño del abrigo y los jerseys.  

Por cierto, para más información sobre la factura de la luz, lo que significa y todo eso, echad un ojo a este post de Soñadora sobre el tema, que despeja muchas dudas y es muy útil. 

martes, 13 de septiembre de 2016

El Feisbu

Yo odio facebook. Por eso me he hecho uno para el blog. Así es mi vida, que cuando algo no me gusta, o creo que no me gusta, termino metiéndomelo hasta la tráquea. En fin, no penséis cochinadas.
Decía que he hecho un facebook para el blog. ¿Por qué? Pues quién sabe. Porque a veces el blog me da perecilla. No es que lo deje, no es que renuncie. Mi blog es una parte tan importante de mí, tan mío, tan yo, que no quiero vivir sin él. Por ahora. Pero a veces estoy fuera o no tengo mi ordenador o lo que sea y aún así me gustaría contar algo. Algo no muy largo o no muy elaborado, pero ALGO. Y algo para lo que Twitter se me queda un poco pequeño. No sé si me explico. Algo intermedio entre extenderse en un post y el corsé de los 140 caracteres. Pues eso, un feisbu.
Luego están los que me dicen “pues mujer, haber hecho una fan page o algo así del propio facebook”. A ver, que no nos estamos entendiendo. Yo sé que mi blog está abierto y que aquí viene todo petete que quiere y lee y comenta si le da la gana. Pero me da igual, lo asumo, lo acepto, jugamos a lo mismo. En facebook yo no me siento segura. Me dan las venas paranoicas y no quiero que todo el mundo vea lo que ponga ahí. Ejemplo claro: me gustaría enseñaros el vestido que llevé a la boda de Primamediana. O el corte de pelo que me hice. Yo no voy a subir fotos a una página abierta porque para eso las subiría al blog y no lo hago. Y para tener las mismas restricciones, pues mira, no. necesito algo con cierta privacidad, cierto control.
Por otro lado, hay gente conocida por estos lares a los que tengo agregados al facebook digamos “personal”. No sé qué voy a hacer con vosotros porque no sé qué voy a hacer con mi página de facebook. Es posible que la cierre. Es posible que os elimine y la deje sólo para los cuatro gatos de la universidad con los que me gusta mantener algo de contacto. Es posible que lo deje como está. Ni idea. En cualquier caso, hasta que no os tenga a todos en la nueva, no haré nada drástico. Y no os lo toméis a mal me dé la ventolera que me dé.
Y estas son las noticias por el momento. Tengo un par de post rondando por la cabeza, pero no termino de poner las ideas en claro. Estoy un poco obtusa. Igual con el pelo se me fue la inspiración y he perdido mi mojo. No lo sé. Os iré informando.


P.D. Si alguien quiere ser mi amigüito en facebook que me lo diga, que me busque por Naar (foto de perfil de loca de los gatos, of course) o que me escriba un mail. Y ya que os ponéis, seguidme en Twitter, coño, que eso sí mola a puñaos.  

miércoles, 17 de agosto de 2016

De paseo por el infierno low cost

¿Recordáis cuando las navidades pasadas abrieron un mega primark en Madrid y la gente iba y hacía cola durante horas para entrar? Aunque parezca mentira, tal cosa sucedió. El centro en diciembre es impracticable, pero debido al primark y su megaedificio lleno de cosas baratas aquello era el apocalipsis. Yo, fiel a mi estilo, me quedé en casa mientras la gente se agolpaba a las puertas de una tienda para entrar a comprar cosas y pagar por ellas.
De hecho, he ido a conocer el maldito sitio hoy. Agosto es una maravilla para este tipo de planes. Incluso he visto la puerta del sol con poca gente. Tan poca como no recuerdo haberla visto nunca. He pensado sacar el móvil y hacer una foto, pero de repente me he agobiado y he acelerado el paso. Es la mentalidad madrileña, la multitud nos protege, los sitios despejados nos dan mal rollo.
Como decía, he dado un agradable paseo por el centro sin sufrir contusiones por los codazos, empujones y pisotones. Casi era raro no sentirse en medio de una melé mientra subía por la calle del Carmen hacia Gran Vía. Hasta he visto detalles que apenas recordaba. Y aquel sitio donde aparqué aquella noche que subí a su casa para decirle adiós, estaba libre. Lástima él que ya no viva ahí.
El caso, por fin he llegado al primark. Empezaré diciendo que no me gusta la ropa de esa tienda. Iba buscando un bolso para la boda de Primamediana en el que me quepa una plancha como a Margarita Seisdedos por si la cosa se pone tensa. Y un cinturón con el que pueda ahorcarme por si se pone muy tensa. Pero nada. Había un bolso mono, que me hubiera quedado bien y en que una plancha no, pero sí podía meter un ladrillo mediano. Pero costaba 14 euros. WHAT?? ¿No se supone que es la tienda más megabarata del mundo mundial y que por eso está siempre llena de chonis y gitanas? Pasando del bolso. De cinturones nada. Sólo había uno que podría hacerme el apaño y me quedaba enorme, cosa que por cierto, me pasa con toda la ropa de esta tienda. Igual es parte de su éxito, pero qué tallas más grandes tiene, coño. No hay manera de encontrar nada de mi tamaño. Y tampoco es que yo sea liliputiense. Total, que me he comprado un cepillo del pelo y un par de camisetas de dos euros para salir a por el pan en modo semicutre.
Lo curioso es que por un momento pensé que no saldría jamás de allí. Incluso he mandado un mensaje a mis amigos diciendo que si no volvían a saber de mí, vengaran mi muerte. He pasado veinte veces por el mismo sitio antes de encontrar las escaleras para poder salir. Y sólo he subido dos plantas. Ignoro que hay más arriba y no lo quiero saber, la verdad. Aquello es como los círculos del infierno de Dante llenos de ropa choni y un purgatorio de bragas baratas.
En fin, conclusión uno del día: me gusta Madrid sin gente, pero se me hace extraño y un poco siniestro. Conclusión dos: no me gusta la ropa del primark. Y conclusión tres: las sandalias que me compré el año pasado y parecen tan cómodas porque no son muy altas ni demasiado bonitas, no lo son, tengo los dedos magullados y las plantas de los pies achicharradas.

Todo esto se arreglaría pasando el verano en el caribe, sin zapatos y en bolas. A ver si un año de estos lo pongo en práctica.

miércoles, 20 de julio de 2016

¡He vuelto!

Ea, pues he vuelto.
Pensaba haber dejado una entrada programada para deciros que me iba de vacaciones una semana y tal, pero mira, luego me lié con cosas y al final no me dio tiempo. Y me llevé el ordenador con la idea de quizás escribir por las noches como suelo hacer. Pero me dio pereza.
El caso es que escribiré alguna entrada sobre las vacaciones, que han sido... bah, os esperáis al siguiente post.
De momento os comento que en Madrid hace un calor de cojones. Ahora mismo escribo con un pijama raído que sin embargo me parece una manta zamorana y con el culo fundido al sofá. Ross duerme en la cama con el ventilador enchufado a todo trapo y de vez en cuando se despierta y se rocía con un chuf-chuf de agua. Y el pobre Ron anda tirándose por los suelos y a veces me mira como diciendo “haz el favor de arreglar esta mierda”. A ratos me da tanta penilla que le pongo el aire acondicionado. A Ron le fascina, claro. Se sienta donde más cae el chorro fresquito y se pone esponjoso. A veces, cuando lo apago, mira a la pared y maúlla al aparato con tono imperativo para que vuelva a funcionar. Yo le entiendo, que conste. El problema es que Ron no está familiarizado con el concepto “factura de la luz”.
Por otro lado, pasado mañana me quedo de Rodríguez porque Ross se va al norte a una friki-party de cosas de ordenadores y niños rata pegados a pantallas. Su abuela me preguntó si me parecía bien que se fuera solo. Y a ver, yo entiendo que las abuelas crean que sus nietos son un partidazo y que las mujeres caen rendidas a su paso. Lo que las abuelas no entienden es que hay sitios donde las posibilidades de que simplemente haya mujeres se reducen mucho. Y las que hay, pues mira, no me asustan. Además, ¿¿conexión a internet gordísima, pantallas por todas partes, horas ilimitadas de juego y otros frikis que quieran hablar de juegos de mierda?? Os garantizo que esa semana el Ross ni se acuerda de que tiene pene.
Además me vendrá genial estar unos días sola, con la cama para mí, haciendo la comida que me apetezca y rascándome el higo a dos manos. Lo mismo hasta me apetece más verle cuando vuelva y todo.
Total, que me enrollo, que he vuelto, que hace calor y que tengo unos días para actualizar bastante. Así que permanezcan atentos a sus pantallas.


jueves, 23 de junio de 2016

El enano cabrón y la ceja rebelde

Hay un enano cabrón que vive en mi cabeza. Tiene una caña de pescar y con frecuencia, lanza el anzuelo y me tira de la ceja derecha hacia arriba, haciendo que me ponga escéptica. Le odio.
Me gustaría ser una persona más conformista, más tranquila. De verdad. No cuestionarme tanto todo. Me gustaría no hacerme tantas preguntas, no dudar de todo, no plantearme todo, no subir una ceja cada dos por tres. Me gustaría estar segura de algo, saber algo, tener alguna certeza a parte de el hecho de que voy a morir. Lo he dicho más veces porque es un tema que me asalta cada dos por tres. Y me agobia. Me agobio a mí misma. Me gustaría pegar una toba al enano cabrón que me sube la ceja, pero no puedo, no lo consigo, no hay forma de desalojarle de mi cabeza y mandarle a tomar por culo. No hay manera de dejar de oír esa irritante voz que lo pone todo en tela de juicio.
Veo a Reichel con Rulas y con el bebé. Y ella me dice que sí, que quería ser madre, que sabía que Rulas es el hombre de su vida y que el año que viene se casan. Así que de nuevo tengo una boda a la vista. Y echo cuentas. Llevan algo más de dos años juntos, un poco pronto para tener ya un bebé, a mí parecer. Y ella me dice, toda seria, que sabía que era el momento y era la persona adecuada, que no ha dudado ni un momento. Y a mí se me levanta la ceja. El enano cabrón haciendo de las suyas.
Veo a Bombita y su reciente esposa y lo mismo. Tres años juntos desde el fantástico momento en el que surgió el flechazo. Desde que Bombita nos dijo que nos iba a presentar a alguien que le gustaba mucho, que era la mujer de su vida, que se iba a casar con ella. Y yo intento que no lo haga, que el enano no pueda con mi ceja, tiro hacia abajo, frunzo en ceño, trato de parecer concentrada. Me repito que el amor es así, que puede pasar, que miaumiau. Pero no. Es pequeño, pero tiene fuerza. Y allá va mi ceja pa´rriba.
Y así con todo. Cada vez que alguien me asegura algo, ceja arriba. Cada vez que alguien me dice que ha encontrado el camino, ceja arriba. Cada vez que alguien emprende un proyecto raro jurando que es una idea brillante, ceja arriba. Cada vez que alguien se enamora, ceja arriba. Cada vez que alguien me habla de algo abstracto, ceja arriba. Cada vez que alguien “ve la luz”, ceja arriba.
Pensaba, inocente de mí, que algún día el enano cabrón estirador de ceja se iría. Quizás cuando cumpliera los 25, o los 30. Quizás un día cualquiera, como una revelación mística. Quizás, cuando encontrara algo seguro. Quizás, cuando las cosas con el Ross se asentaran y estuviéramos juntos. Quizás cuando supiera algo. Pero no. Tengo 33, vivo con el hombre al que he querido siempre y sin embargo, no. Ahí sigue el enano tirando de mi ceja, ahí sigue mi escepticismo, ahí siguen mis dudas, ahí sigue mi sensación de estar perdida. Sigo sin saber una mierda.
Que yo quiero al Ross, sí. Que creo (creo, ojo, no sé) que es el hombre de mi vida. Que estoy bien con él y me gusta nuestra vida. Pero de vez en cuando se me va la ceja sola. Que yo estoy a gusto en mi casa, en mi barrio, en mi cuidad, en mi pequeño mundo. Pero de vez en cuando me asalta el enano cabrón y me pregunto si no estaría mejor en otro sitio. Que a veces creo que me he equivocado en todo y me gustaría resetear y empezar de cero. Que a veces creo que no, que voy bastante bien. Que a veces creo que por fin he encontrado algo que me gusta, me apasiona... y luego me deja de interesar. Que a veces creo que sé algo y al rato pienso lo contrario. Que a veces estoy feliz, estoy bien, estoy contenta... y entonces noto como el enano salta sobre mi cabeza y tira de mi ceja con todas sus fuerzas, haciéndome pensar que igual no, que igual es un espejismo. Haciéndome dudar de nuevo, haciéndome ser ese tipo de persona que no se cree nada, no confía en nada, no se siente parte de nada.
A veces, admiro a Descartes. Al menos él sabía que no sabía nada. Yo, ni de eso eso estoy segura.


martes, 16 de febrero de 2016

La fabada asturiana

El otro día andaba un poco desinspirada y no tuve mejor idea que poner una encuesta en twitter a ver si la gente me encendía esa chispa que te empuja a escribir. Como no es que tengas para escribir mucho en cada opción, ofrecí: post moñoso de san Valentín, post chorra o post sobre fabada asturiana. De verdad que no sé para qué hago la coña si soy la primera que vota en las encuestas la opción más absurda. ¿Por qué? Pues no sé, es un problema que he tenido siempre. Desde que hacía exámenes tipo test en la universidad, desde que me saqué el carnet de conducir, desde los test de personalidad de la super pop. Yo qué sé. Siempre hay algo de mí que me obliga a marcar la opción que claramente está puesta de relleno o con una tontería porque me hace gracia. No quiero ni imaginar los resultados que habré dado en los test psicológicos y de aptitud que me han hecho.
En fin, sea como fuere, tal y como era de esperar, ganó la opción de la fabada. Yo también la habría votado, no voy a mentir.
La verdad es que había pensado hacer fabada y colgar la receta, pero es que al Ross no le gustan mucho las judías blancas. Si queréis, os lo cambio por la de las lentejas, que haré esta semana seguramente.
Al menos os diré, a favor de mí misma y mi coherencia mental, que se me ocurrió poner esa opción mongola porque el domingo, para celebrar San Valentín como debe ser me quedé sola en casa y me comí una lata de fabada. Y es que es una de las pocas guarrerías que me permito de vez en cuando. Yo lo cocino todo, incluso las judías y todo me sale bueno (no es por tirarme flores, es que es lo único que hago bien en la vida) así que las cosas precocinadas no me gustan. De hecho, me dan asquete. Me da por pensar qué llevarán, cómo las habrán hecho, leo los ingredientes y muero de agonía. Así que no como nada preparado. Excepto una lata de fabada de pascuas a ramos. Y el día de los moñas, me auto-regalé una. Y estaba estupenda. Eso sí, yo sólo como judías, ni chorizo, ni morcilla, ni tocino ni nada de nada. No me gusta. Yo judías con su caldito que me saben a gloria.
A parte de la lata de fabada tengo pocos vicios culinarios chungos. Con el tema de la alergia a los lácteos mi abanico de opciones se reduce mucho. Todo lo precocinado, todos los dulces industriales y hasta las cosas más impensables (como el fuet) tienen leche, suero lácteo o vete a saber, así que a veces me doy un capricho, pero es raro.
Total, que como ya he dicho más veces soy una siesa para comer.

¿Y vosotros? ¿Algún vicio inconfesable? ¿Alguna guarrería que os guste a rabiar? ¿Alguna mezcla imposible tipo nocilla con chorizo que os vuelva locos?

martes, 2 de febrero de 2016

Popurrí

La semana pasada anduve encontrándome mal. Algunos días, incluso fatal. Por las noches unos dolores de piernas que para qué. Por el día un revoltijo de estómago y un yoquesé muy malo. Y del humor que tuve mejor ni os hablo. Incluso discutí con el Ross, cosa que es inútil de todo punto porque él odia los enfrentamientos y tiene dos opciones, darte la razón como a los locos o tratar de enreversarlo todo y volverte loco. O sea, que al final termino loca y él tan tranquilo y saliéndose con la suya de cualquiera de las maneras.
Además que hablar con él es algo tal cual:

  • Ross es que yo lo que siento es blablá. - lo que sea, da igual, rellenadlo con sentimiento al gusto.
  • Vale, ¿pero podrías darme datos numéricos?
  • No, no puedo, te digo que es algo que siento.
  • Pues demuéstramelo, dame alguna prueba empírica de que eso es cierto.
  • Pe... pe... pero que es un sentimiento.
  • Es un sentimiento basado en la nada. Básalo en algo real y entonces me cuentas.
  • ¿En qué quieres que lo base, Ross?
  • ¿Ves? Yo tengo razón, si no lo basas en nada, es un absurdo y no tiene sentido. Siente cosas, pero basándolas en datos y razones.

Y claro, saco bandera blanca. Porque no hay quien le mueva de su idea. ¿Queréis un consejo? No salgáis con físicos. En la serie de Big Bang Theory son muy graciosos pero en la vida real es bastante exasperante.

Dejando problemas conyugo-científicos de lado, el caso es que yo me encontraba mal. Y lo único que me animaba era el plan de ver a Eva y a Álter el domingo. Bueno, pues el viernes caí con un catarrazo que me tuvo fuera de juego hasta el mismo lunes que salí porque tenía que ir a ver la niña con la que me gano un chusco de pan al mes. Aún tengo la nariz pelada y de hecho escribo esto con un pegote de crema blanco pegado al hocico para que se me cure. Así que el domingo me lo pasé enterrada entre potingues mentolados, caramelos de miel y pañuelos usados, maldiciendo mi estampa por ser tan inoportuna. En fin, otra vez será. Snif, snif.


Por otro lado os digo, la votación ha sido totalmente pro-flequillo con un éxito arrollador. La semana que viene si tengo un rato me lo corto y os cuento qué tal.


Y por último, habréis leído la noticia de lo que han hecho unos grandísimos hijos de puta en un refugio canino de Sevilla llamado El Sueño de Mufie. Ni enlazo la noticia porque me muero de pena y dolor, podéis leer el fantástico post de Anusca entre otros. Tras la barbarie, piden un poco de ayuda porque este país de mierda es así y los más desfavorecidos se quedan siempre con el culo al aire. Por favor, echad una mano. Yo he contribuído con un granito pequeño, no puedo poner mucho más, pero soy una convencida de que granito a granito, se hace la montaña. Si poneís aunque sean tres euros, ya es algo y si mucha gente pone uno o dos euros, al final son muchos euros. Sólo hay que usar su paypal  refugiocaninoelsaucejo@gmail.com o hacer un ingreso en su cuenta:  ES18 - 2100 8348 7301 0006 0509