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martes, 23 de enero de 2024

El escritorio

 El Dorniense ha montado unos muebles nuevos para el salón. Ahora tengo que recolocar mis cosas ahí, y ordenar es un castigo divino para mí. Además, el mueble que tenía antes y me parecía estupendo, queda raro al lado de los nuevos. Y los nuevos son bonitos y tal, pero están donde estaba mi escritorio. Mi escritorio. Mi querido escritorio. Estan ahí, ocupando su lugar como si tal cosa. Como si no les importara.

Es una estupidez. Pero es que ese escritorio es de lo primeros muebles que compré después de que el desequilibrado de mi ex se fuera. Y tenía mis cosas. Mis imanes. Mis post-it de colores. Mis cajas de chuminadas. Y el cuadro de Bécquer que ya estaba en mi escritorio de adolescente de casa de mis padres. Lo monté yo. Lo llené de mis porquerías. Y me gustaba. Porque era mío.

Lo hemos quitado porque era grande y ocupaba mucho sitio y es verdad que no le daba mucho uso últimamente. Pero coño, era mío. Estaban mis cosas.


Cuando me separé del pirado y me quedé sola y empecé a remontar, una parte importante de mí se reconstruyó en ese escritorio. Ahí vi “Aquellos días felices”, una peli francesa que me salvó de una forma extraña. Ahí me sentaba en mi silla poang del ikea, subía las piernas a la mesa y mientras entraba el aire de la noche por la ventana, pasé un verano entero viendo películas de megaupload (bendito seas, estés donde estés) y diciéndome a mí misma que saldría adelante. Ahí vi, años más tarde, la boda roja de Juego de Tronos clavando las uñas a la silla. Ahí estudié el curso de igualdad que tantísimo bien me hizo. Ahí pasé horas y horas con Ron en el regazo, estudiando o leyendo o escribiendo. Y ahora no está. Ni el escritorio, ni Ron, ni megaupload.


Ahora hay unos muebles nuevos más monos, más prácticos, más útiles. Hay unos muebles que me recuerdan que ahora comparto espacio con un señor que me cae muy bien, pero que está siempre ahí y que a veces, me hace sentir horriblemente adulta.

Y no me gusta ser adulta. No me gusta haber cumplido 40. No me gusta ser responsable. No me gusta ir renunciando a pequeñas partes de mí en pos de un nosotros o de un bien común o de la familia o de simplemente, la vida.


Así que ahora no tengo escritorio. Aunque ya nunca lo usara más que para amontonar ropa desordenada. Ahora tengo unos muebles bonitos y limpios donde guardar las cosas de forma aburrida. Ahora tengo unos muebles monísimos que aborrezco.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Ni tan mal


Casi siempre mi lema vital ha sido “y yo qué sé”. Me he pasado casi toda mi vida sin saber nada. Me parece lo lógico. Y desconfío profundamente de la gente que lo sabe todo y que se pasa la vida sentando cátedra. Sin embargo, últimamente mi lema ha mutado levemente a “ni tan mal”. Que sé que es una expresión medio moderna medio regulera, pero expresa bastante bien en pocas sílabas mi sensación constante de “no es la opción óptima, pero podría ser peor, así que vamos a conformarnos, a ver el lado bueno y a seguir tirando palante que no hay otra.”
Al final la aventura de Rata y Esponja no pudo ser. Maya es muy sociable pero tiene una vena macarra, Coco tiene un humor bastante malo y no es sociable con otros gatos. Y mi pobre Ron, que como de costumbre no había dicho ni hecho nada, se llevó la peor parte. Una de las veces que los juntamos Coco le pegó un revolcón sin venir a cuento y mi pobre gordo se quedó un par de días medio asustado, medio raro. Y no. Ya lo pasó mal cuando vino la niña y se puso malito y no voy a correr ese riesgo de nuevo. Así que tras bastantes lágrimas y hablarlo mucho, Coco el esponjoso-furioso se fue a vivir a Dorne con los abuelos, que le consienten más que a un nieto tonto. Y mis niños siguen felices en su casita tan tranquilos. Ni tan mal.
El Dorniense se mudó definitivamente a mi casa. Ahora es nuestra casa. Supuestamente. Yo sigo pensando que es mi casa invadida por un Dorniense con demasiados cachivaches frikis y una fijación por el orden que me aburre soberanamente. Él piensa que se ha mudado con una diógenes que guarda basura y espurrea todo a su paso, complicando en exceso su misión en el mundo que es meter las cosas en cajas perfectamente alineadas. Aún así, estamos felices, nos reímos mucho y no discutimos ni aunque pasemos el día en el IKEA. Pues ni tan mal.
La yaya sigue igual. Yo la miro y “veo” cosas. Cada vez está más delgada, le cuesta más comer, respira un poco peor y tiene un ruido raro cuando tose. Sé que se está consumiendo. Y creo que de algún modo extraño ella también lo sabe aunque no lo sepa. Pero está “bien”. Sigue con sus planes, su rutina y sus cosas. Escribe y lee todas las tardes, cose y me llama por teléfono. Salen por las mañanas a dar su paseo, a comprar, a por el periódico. Yo voy todas las semanas a verla y charlamos mucho, nos reímos y cuando salgo del portal me dicen adiós desde el balcón. Luego me monto en el coche y me harto a llorar hasta casa. Pero bueno, sigue ahí, con el yayo y con su vida. Aún la tengo y cada día doy gracias por haberla disfrutado un poco más sin que ella aún tenga dolores ni esté sufriendo. Así que ni tan mal.
El trabajo es una pesadilla en verano. No es que mi trabajo sea el colmo de la diversión, pero en verano con las vacaciones, los cuadrantes y las cosas aún pendientes del cambio de empresa hay días que me tiraría por la ventana. Pero me han hecho indefinida por primera vez en mi vida, trabajo desde casa la mayor parte de los días y no tengo jefe ni nadie que se pase la vida controlando lo que hago. Así que ni tan mal.

Y así estamos. No puedo decir que bien del todo, pero no me puedo o no me quiero quejar. Porque dentro de mi caos habitual todo está en un equilibrio relativamente inestable que de momento se mantiene. Y ni tal mal, oye, ni tan mal.

martes, 13 de enero de 2015

aquellos taburetes rojos...

Cuando empecé a vivir sola, cada viernes iba a pasar la tarde a casa de mis amigos I y G, que por entonces eran pareja y vivían juntos en el piso de alquiler donde nos conocimos como vecinos. Ir allí me hacía sentir un poco más reconfortada, un poco en casa, un poco menos asustada, menos sola  y menos perdida. Iba y me sentaba en unas banquetas altas y rojas de diseño que tenían junto a la barra que separaba la cocina del salón del pequeño apartamento. Me sentaba en la del fondo y me giraba sobre su eje de un lado a otro con su diminuto gato en brazos, arrullándole a la vez que me mecía a mí misma con ese meneillo tan agradable de los asientos giratorios. Aquel gato canijo me adoraba, y eso que no tenía especialmente buen humor. A parte de a él, le llegué a coger cariño a la banqueta. Me sostuvo en una etapa en la que el mero hecho de mantenerme en pie era un esfuerzo.
Cuando se separaron ellos también y desmontaron el piso, I me ofreció las banquetas y algunos muebles. Le dije que no. Tenían demasiado significado para mí. Soy tonta, pero le cojo apego a las cosas materiales, les otorgo una especie de alma. Y no me apetecía meter trastos de esa época tan difícil en mi nueva casa, que estaba redecorando con esfuerzo y objetos sin pasado.
A veces me he arrepentido de haber dicho que no. Me encantan las banquetas altas tipo bar como estas. Y estas eran especialmente chulas, de plástico rojo brillante, con un diseño moderno a la vez que un poco retro, casi iguales que éstas. Y se podían regular de altura.  Supongo que en parte porque soy bajita y me gustan los asientos altos. Y en parte porque me recuerdan a esas cocinas americanas de las películas, tan grandes y con una barra en medio que las separa de la zona del salón. Por desgracia, mi cocina es la de pinypón y apenas caben dos personas a la vez. Pero oye, soñar es gratis.

El caso es que aquella época en la que yo iba a refugiarme un rato a casa de mis amigos pasó. Las banquetas rojas pasaron. Incluso ellos se separaron y ya no les veo tanto. Supongo que eso es la vida, que las las cosas sólo son cosas y que nada permanece mucho tiempo. Por eso este año he hecho propósito de no acumular tanta cosa inservible y tanto trasto en plan trapero y quedarme sólo lo que use o de verdad me guste. Curiosamente, aunque no sé dónde las metería y posiblemente la usara muy poco, me gustaría haberme quedado las banquetas rojas.

miércoles, 7 de mayo de 2014

el negocio del siglo

Hace ya un montón de tiempo (en mi anterior arrebato bricomaníaco grave) os comenté mi idea de dedicarme a hacer pornochapuzas. Como las pornochachas pero en versión bricolaje y reparación, que limpiar no me gusta. Y no sé por qué al final desestimé la idea, porque es cojonuda.
El otro día volví a pensarlo. Estaba yo aquí en mi salón tratando de montar el mueble del ikea que he colgado encima de la tele. Era un mueble muy facilito, pero mis pobres y ridículos brazos de niña estaban ya agotados del trabajo de dos semanas pintando, limpiando, cortando tablas y lijando, y montando otras cosas. Así que apenas era capaz de atornillar con la llave allen-suputapadre.
Y empecé a sudar y a tener calor. Y empecé a quitarme ropa. Y más ropa. Y a buscar posturas extrañas para que la gravedad jugara a mi favor y pudiera apretar un poco más los tornillos strongen-suputamadre.
Conclusión, terminé subida a horcajadas en el mueble, sin más ropa que unas bragas y un sujetador que me queda pequeño mientras sudaba y jadeaba.
Si supiera gestionarlo bien, estoy segura de que estas cosas me reportarían grandes beneficios económicos.
Porque además al día siguiente vino el Ross para ayudarme a colgar el mueble en la pared. Por no hacerlo en ropa interior, me puse una camiseta de tirantes y unos pantalones anchos, viejos y feos. Erotismo cero. O eso pensaba yo, porque estaba atornillando los anclajes cuando el Ross se me quedó mirando.

-         ¿Qué haces ahí pasmado? Coge el otro destornillador y ayúdame, hombre.
-         Se te ven las pechugas.
-         No las mires y atornilla.
-         Cuando haces fuerza para apretar los tornillos se te juntan más las tetas.
-         Ross, deja mis tetas y ayúdame, coño.
-         No, no, sigue tú.

Obviamente, puse los anclajes yo solita. Luego, después de pegarle voces porque casi me rompe el papel que he puesto en la pared, me subí a la escalera para poner los tacos.

-         Oye, este pantalón se te cae. – se rió bajándomelo un poco de un lado.
-         Ross, das por culo más de lo que vales.
-         También tienes buen culo.
-         No, no lo tengo, es por estar subida a la escalera haciendo fuerza… cosa que podrías estar haciendo tú, por cierto.
-         No, no, sigue tú.

También colgué unos cuadros con idénticos resultados. Y me di cuenta de que si no fuera mi casa, podría estar cobrándole por el espectáculo.

-         Estoy empezando a pensar que mi futuro está en dedicarme a las reformas. – dije
-         Si las haces con esta camiseta, yo te contrato.
-         Pues me tenías que haber visto ayer subida al mueble sin ropa y…
-         ¡¡Contratada!!  


Vale, decido, voy a montar el negocio de las pornochapuzas. 

jueves, 1 de mayo de 2014

Dos brazos forzudos

El Niño Chico es estupendo. Así en general, pero concretamente cuando le pides algo. Es un chaval dispuesto, colaborador y da muy poco por saco con preguntas y sugerencias que nadie pide. Total, que da gusto. Pero claro, vive en Sevilla. Y eso dificulta un poco ciertas cosas.
Como sigo inmersa en mi síndrome del “yaque”, decidí que ya que quitaba las estanterías de la pared para pintar, pues tapaba los agujeros y ponía un mueble cerrado que se limpia más fácilmente.
Así que fui al ikea a Tomarpor de abajo. Y no tenían el que yo quería. Y fui a otro ikea en Tomarpor del este. Lo compré y conseguí cargarlo en el coche y traerlo hasta mi casa Diossabecomo. Y de pronto me di cuenta de que no puedo colgarlo sola. Porque ni tengo fuerza para levantarlo por encima de mi cabeza ni tengo cuatro brazos para marcar los agujeros de  la pared y atornillar mientras lo sujeto. Que molaría mil, por cierto. Yo quiero cuatro brazos. Dos de ellos muy forzudos. 
Dado que el Niño Chico salió huyendo y está en Sevilla, tuve que buscar otra ayuda. Por desgracia los otros hombres de mi vida no suelen poner tanto de su parte. Empecé por la familia, a ver si con el rollo del amor y tal, colaba. Y llamé una tarde al despacho.

-         Papá… verás, he comprado un mueble del Ikea y…
-    ¿Quieres hablar con tu madre?
-         No, quiero hablar contigo. Quería saber si me puedes ayudar a…
-         Verás, no puedo, estoy trabajando.
-         No digo “ahora”, digo en el puente.
-         Eh… es que el viernes nos vamos a Pueblo del sur a llevar unas cosas.
-         ¿Y el sábado?
-         Estaré cansado de volver del viaje y además no sé a qué hora llegaremos.
-         ¿Y el domingo?
-         Es el día de la madre.
-         ¿Y el jueves?
-         Eh…
-         Papá, ¿estás buscando excusas?
-         Eh… sí. Bueno, no. Esto… ¿no será mejor que te ayude otra persona?
-         Vale, gracias, papá.
-         De nada, nena. Ya sabes, para lo que necesites.

Empecé a valorar la posibilidad de esperar a que el Niño Chico vuelva de Sevilla en un par de semanas o tres, pero Ron se lo está pasando bomba con la caja del mueble y mi salón está cubierto de pedacitos de cartón, así que me empieza a urgir el quitarlo del medio.
¿Siguiente opción?

-         Ross… ¿qué vas a hacer este puente?
-         Nada.
-         ¿Me ayudas a colgar un mueble?
-         Ufff… tengo que ir a ver a mi abuela, a mis padres…
-         ¡Pero si sólo es un momento!
-         … ir al centro a comprarme unos libros…
-         Ross, que es sólo ayudarme a marcar los taladros y luego sujetar mientras atornillo.
-         … Y debería seguir con mi proyecto de buscar petróleo en la Luna.
-         Te haré mayonesa para cenar a cambio.
-         Estaré allí el viernes.


Manda huevos. Preferiría que me salieran otros dos brazos mega forzudos.

domingo, 27 de abril de 2014

El síndrome del "ya que"

Hooooolaaaa… he vueltoooo… ¿Hola? Eco, ecoooo… Bueno, da igual, seguiré hablando sola.
El caso es que estoy viva. Sí, esta ausencia de dos semanas no se debe a que haya estado muerta. Ni de parranda tampoco, francamente. Sólo es que he sufrido un grave ataque del síndrome del “ya que”. Y aún no me he recuperado del todo, advierto.
El caso es que como os dije, vino el Niño Chico de Sevilla para pasar aquí la semana santa. Y no termino de entenderlo, porque con esas tallas, esas procesiones y esas cosas maravillosas que tiene Sevilla, venirse a Madrid debe ser pecado. En Semana Santa y el resto del año, la verdad. Pero bueno, él sabrá. Y ya que estaba aquí, le pedí que me ayudara a llevar unos enormes botes de pintura que mi madre había comprado para remozar un poco la fachada del despacho.
Por si no lo sabéis, la pintura pesa un huevo.
Y ya que mi madre se puso a pintar, me dio la idea de que mi casa estaba hecha polvo. La pinté cuando la compré hace cinco años, pero claro, desde entonces ha sufrido dos mudanzas, las averías que hacía mi ex el desequilibrado, las trastadas de Ron, mis propias averías, una humedad y unos cuantos etcéteras más. Así que me pareció buena idea pintar yo también. Y ya que lo hacía, pues cambiaba el color del salón, que estaba ya hasta el potorro del azul.
Y ya que pintaba, pues decidí arreglar el suelo del salón, que con una humedad que tuve se levantaron un montón de tablas del parquet de la puerta del baño.
Y ya que arreglaba el suelo y pintaba, pues quitaba todos los cuadros y las estanterías y las cosas colgadas y tapaba bien los agujeros.
Y ya que estaba, pues movía todos los muebles y los fregaba bien por detrás por si había arañas asesinas atrincheradas detrás.
Y ya que movía los muebles, pues algunos los cambiaba de sitio.
Y ya que los movía, pues lijaba los sillones del ikea y los barnizaba.
Y ya que tenía una lijadora, pues le daba una pasadita a la puerta del cuadro de luces y la pintaba de nuevo.
Y ya que estaba montando ese follón, pues le daba una manita también de pintura al techo.
Y ya que estaba, pues me podía haber tirado por la ventana, oyes.

El tema es que no sé cómo, convencí al Niño Chico para que se quedara una semana más y me ayudara con mi despropósito idea de arreglar la casa. El pobre. Mira que es cándido.

Total, que como soy bastante pobre, pero bastante temeraria, me compré una sierra eléctrica, una lijadora (8 euros cada cosa), un par de botes de pintura y unos rodillos. Y hala, a lo loco. Me puse a cortar tablillas de parquet y puse un parche donde antes había un agujero negro. Las lijé y las barnicé. Quité todos los cuadros, las estanterías y los muebles. Tapé con aguaplás los agujeros. El Niño Chico puso cinta de carrocero por todas partes. Pintamos y limpiamos.
Y ahora mi salón es verde, mis muebles están limpios y mi suelo tiene parches pero no baches, lo que es un pequeño matiz que marca la diferencia.


En fin, que sigo cansada, dolorida, tengo cardenales por todas partes y el pobre Niño ha salido huyendo y no sé si querrá volver alguna vez, pero ha merecido la pena. Ya que estábamos, había que hacerlo… ¿No?

martes, 18 de marzo de 2014

Espíritu de trapero

En primavera me suele dar el ansia limpiadora y ordenadora que no tengo el resto del año. Debe ser algún instinto primario como el síndrome del nido que sufren las futuras madres tratando de tener todo preparado para la llegada del retoño. Pues yo, por algún gen ancestral tengo el ansia de acicalar mi cueva para la llegada del buen tiempo y las visitas de otros cromañones.
El caso es que este año me ha dado fuerte y como encima ayer me enfadé por una chorrada que no viene al caso, hoy me he sentido con unas ansias irrefrenables de ordenarlo todo. Incluso cosas que llevaban amontonadas sin orden ni concierto desde que me mudé a esta casa hace ya cuatro años.
Para colmo ayer me fui de ikeismos y me compré unas cuantas cajas de almacenaje. Por desgracia no fueron suficientes y esta tarde tengo que volver. (¡¡¡¡cajas, cajas, necesito muchas cajaaaaaas!!!!)
Así que esta mañana me he encaramado a la escalera con mis ímpetus ordenadores y he sacado todo lo que tenía en el maletero del armario empotrado de abajo. Y sabía que había mierda ahí, porque lo sabía. Yo tengo mucho espíritu de trapero. Por eso dentro de unos años me haré con un carrito de supermercado y me dedicaré a recoger tesoros porquerías de la basura. Pero es que había aún más trastos de los que pensaba. A parte de una buena colección de pantalones sumamente acampanados, había cosas curiosas, como el discman que apenas llegué a usar, el walkman con una cinta de varios grabada de la radio dentro y el gameboy que me regalaron en el 96. Todo tesoros, oye.
También tenía como una tonelada de bolsas de plástico y de papel, una cantidad ingente de cosas que ni recordaba tener, recuerdos de viajes y cosas que me debato entre guardar por la mierda del recuerdo afectivo que tienen o tirarlas a la puta basura por la misma razón. Y eso sin contar con los bolsos que ya no uso y dentro contenían una kilo y medio de caramelos derretidos y pegajosos, unos cincuenta ibuprofenos caducados, docena y media de gomas y pinzas de pelo y veinte cajitas de vaselina de labios que huelen a rancio. Más tesoros.
Estoy convencida de que mis antecesores fueron los de Atapuerca, con la cueva más llena de piedras, palos, huesos y pintarrajeada por todas partes.


lunes, 6 de enero de 2014

hay que poner orden!!

Mirad que fechas son y yo sin escribir nada. Mal, Naar, muy mal. El caso es que he estado liada y pachucha, lo que no es una buena combinación. Han sido unas navidades un poco cansadas, he salido, me he divertido, recibí una mierda de regalo en el amigo invisible como era de esperar y cosas muy chulis en mi casa y de mi niño chico. También he cocinado, he zampado roscón (que es el único dulce que me gusta de la navidad), he comprado los regalos de todo el mundo y he cuidado de mis yayos.
Conclusión, todo bien, sólo que cansada. Ahora estoy tratando de recuperarme y de poner la casa en orden, cosa que lleva lo suyo. Sabéis que no soy de hacer propósitos porque luego me los paso por el forro y no los cumplo, pero este año me he propuesto ser un poco más ordenada. O al menos pegar un buen zafarrancho de orden y limpieza a la casa antes de volver a mi caos natural.
Y bueno, no sé, últimamente tengo muchas cosas en la cabeza, le doy vueltas a todo y  tengo un mal humor considerable. Bendita paciencia del niño chico, por cierto. Espero que la limpieza me haga aclarar ideas. Y es que la limpio mientras pienso. Es un poco catártico, consigo barrer mierda de mi mente a la vez que de mi casa. Quizás cuando tenga el armario grande en orden y de dejen de atacarme avalanchas de trastos, también dejen de sepultarme los pensamientos tontos mal procesados.

En fin, que feliz año a los que no os haya felicitado aún. Y cuanto antes llegue la primavera, como que mejor, oye.  

jueves, 22 de noviembre de 2012

solución porque yo lo molo

A ver, que conste que yo agradezco vuestros consejos y tal. Sois más majos que todas las cosas. Pero la verdad es que no me apetecía una mierda andar mendigando duchas a mis padres ni haciendo cochinadas con un barreño gigante, ni volverme una guarra y seguir el consejo de Tomate y hacerme rastas en el pelo. Así que pensé… ¿Qué es realmente lo que yo quiero? Pues ducharme en mi casa, con mis cosas, mis potingues, mis comodidades. ¿Y eso cómo se consigue? Pues arreglando la ducha.
Y no es que la otra vez me lo arreglaran mal. Es que hay cosas en mi casa que están hechas así como regular desde los inicios. Y para el rollo este de la ducha no hay más solución que lo que me hicieron la otra vez: cambiar la goma, ajustar el desagüe lo máximo posible, sellarlo con silicona y ya. Lo malo es que de la humedad y tal las gomas se endurecen, se desajustan y vuelve a filtrarse el agua. Eso o picar y cambiar la mitad de la instalación del baño, cosa que yo no puedo permitirme en este momento.
Total, que al final me lié la manta a la cabeza e hice lo que hago siempre. Cogí mi destornillador preferido, esa herramienta que sirve para apretar tuercas y no sé cómo se llama y el martillo. Yo siempre llevo el martillo. Por si las moscas. Y me arremangué con mi lema de “si ya está roto no puedes empeorarlo mucho más”. Desmonté el sumidero. Rasqué los restos de roña y silicona vieja. Saqué la anterior goma mohosa, la metí en una bolsa y me fui al leroymerlín con ella en el bolso.
El resto de la historia ya os la podéis imaginar. Compré otra goma, una par de piezas más y arreglé el desagüe. Con mi destornillador preferido y mi martillo y el cacharro ese de apretar tuercas que no sé cómo se llama.
Eso es una solución y no llamar a un fontanero, ni poner un barreño, ni ir a mendigar duchas por el mundo. Hombre ya.
Por cierto, me lo digo yo sola: molo mil. Lo mismo arreglo las luces del coche, pongo unas estanterías, monto muebles del ikea, arreglo un sumidero de ducha o hago un cocido. Repito: molo mil.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

manteniendo la calma sin ducharme

Hace un par de años me salió una humedad en la pared que hay entre el salón y el baño. Tras destrozarme el suelo y la pared picando, se descubrió que era la ducha, que filtraba agua porque el sumidero no estaba bien empalmado al desagüe en sí. lo arreglaron y santas pascuas. El sueño se quedó a cachos y la pared con ronchas de colores diversos, pero no soy yo una persona de preocuparme por pijadas.
Hace poco la pintura se empezó a ahuecar de nuevo. Tras cagarme en la puta unas cuantas veces y comprobé que al cabo de unos días la mancha de humedad volvía a aparecer en el mismo sitio que la vez anterior. No hace falta ser muy listo para hacer la deducción: misma mancha, mismo sitio… mismo problema.
Así que tuve que llamar al fontanero que lo arregló la vez anterior y que es de mi pueblo del sur. El tío trabaja bien y ya me advirtió que esto podía volver a pasar porque la instalación de la bañera está hecha con el culo. Pero resulta que está haciendo una obra y no puede venir a mi casa. La crisis no es tan acuciante para algunos, según parece.
La conclusión de todo esto es que para no empeorar la situación, no puedo usar mi ducha hasta que lo arreglen. ¿Y cuando lo van a arreglar? Pues vaya usted a saber, porque la solución de mi madre cuando se lo he contado ha sido que mantenga la calma. Curiosamente, es complicado respirar hondo y decir ommmmm cuando la mancha húmeda de tu pared avanza hacia un enchufe. Es difícil estar tranquilo cuando tienes que lavarte en el bidé y cuando no dejas de pensar planes descabellados para lavarte la cabeza. Es muy chungo relajarse en ciertas situaciones. Por eso, una vez más, ser adulto es una mierda.
Supongo que algún día podrá venir el tipo a arreglarlo, tendré que volver a repintar la pared por cuarta vez, a frotar los azulejos nuevos, a rascar pegotes de cemento y a parchear el suelo cutremente. Y supongo que algún día, podré volver a ducharme en condiciones. O eso espero.

lunes, 28 de mayo de 2012

doscientos!!

Van doscientos post. DOSCIENTOS. Se dice pronto. Madre mía, parece mentira. Y oye, qué aguante tenéis algunos. Que lleváis doscientos post aguantando mis chapas. Y algunos más osados, incluso llevan más porque vienen soportándome desde el blog anterior. Manda huevos. Pero os lo agradezco. A ver por qué pelotas estaría yo aquí si no.
En fin, está siendo un camino cojonudo de caminar. A veces duro, a veces escarpado, como la vida misma. Pero con momentos divertidos, con mucha alegría, con mucha fuerza y muchas ganas. Y siempre adelante, doscientos pasos hacia delante que hemos dados ya. Y siempre acompañada. Y siempre, siempre, a mejor. El otro día, mientras conducía por la m-30 (y mira que me deprime) pensé, ojalá todo se pudiera quedar como está. Porque está muy bien. Porque me siento feliz y libre y llena de energía positiva como hacía años que no me sentía. Y porque cuando comencé este camino dije que iba a ir a mejor y así ha sido. Dicen que siempre hay luz al final del túnel. Y la hay. De los de la m-30 y de los de la vida. Yo ahora la he encontrado. Con mis amigos, a los que he recuperado y los que siempre han estado ahí. Con los que conocí por medio de este extraño mundo blogguer. Con mi vida, mi casa y mi gato. Conmigo misma. Así que gracias a todos. Y si alguien se encuentra ahora como me encontraba yo cuando empecé este camino, que no desespere, porque ya pasará. De verdad, se lo prometo.
Además, mi renacimiento personal debe ser más que evidente. Hoy, hablando con Anita me ha dicho que está contenta por mí, que me ve liberada, feliz y yo misma. Que antes estaba como renegando de lo que era y eso me hacía estar contrariada. Espero que recuerde que si estoy así de bien es en gran parte gracias a ella. Que siempre le estaré profundísimamente agradecida. Y que la quiero. Mucho, mucho. Pero sí, es cierto. Estuve mal. El desequilibrado fue algo nefasto en mi vida. Pero fue mi culpa por consentírselo. Aunque ya da igual. Ahora sé lo que quiero y me he propuesto vivir. Vivir a lo grande, lo que me apetezca, lo que se me ocurra, lo que venga. VIVIR. Así que prepararos, que doscientos, son sólo el principio.

Y como siempre en fechas especiales, regalito de foto.


jueves, 29 de marzo de 2012

porno chapuzas

No, no es que cuando me pongo a hacer cosas porno las haga mal. Que generalmente (y por desgracia) no las hago y punto. Y si las hago… ehhh, espera, que no quería hablar de esto.
El caso es que ya he hablado más veces de mis aventuras bricomaníacas. Soy un as del taladro. Y del martillo y de todo lo que se me ponga por delante desde que tengo mi caja de herramientas chupipandi.
Pero había algo que se me había resistido y son las putas lámparas de mierrrrrda. Que me tenían hasta los ovarios ya. Llevaba como un año y medio con unos plafones a medio poner y sin luz en el techo. Por suerte, tengo una lámpara de pie, porque si no, me veía ya en modo bata, gorro de dormir y candelabro. Que mola mil, pero no es práctico. El problema principal es que soy bajita y con la escalerilla que tengo para mis chapuzas no llegaba al techo. Maldito metro sesenta y cinco.
Pero el otro día vino vecinodelprimero, que como toda excusa es buena para venir a darme charla, me trajo su escalera alta. Y yo no había caído en la cuenta, pero efectivamente, me tira los trastos desde un momento porno de los míos. Fue cuando el coche se me quedó sin batería. Y que subí a su casa, en pleno verano, sudando, con un pantalón corto y una camiseta de tirantes manchada de grasa de motor. Cuando me abrió la puerta le dije que necesitaba una herramienta. Porno del chungo. Porque claro, él podía haberme dicho, “sí, tengo una buena herramienta aquí mismo.” Por suerte, no  lo hizo. Pero desde entonces se hace el encontradizo.
Bueno, el tema es que una vez conseguida la escalera, me puse con las lámparas, pero no conseguí nada. Y ya estaba a punto de darme por vencida y sacar el candelabro de mis antepasados. Hasta hoy, que me he inspirado de nuevo. Como el pantalón de chándal era nuevo y no quería mancharlo, me lo que quitado. Así que me subo a la escalera en bragas. Y me pongo a forcejear. Uf, qué calor, qué sudores. El moño que se me deshace. Así que me quito la camiseta. Y me suelto el pelo. Y sigo atornillando en ropa interior y con la melena al viento. Debo estar para que me vean, vaya.  
Y lo he estado pensando. El porno da pasta. Y yo sigo sin encontrar curro. Igual mi futuro está en ser una porno-chapuzas. Porque el rollo porno chacha ya está muy visto. Y yo prefiero atornillar que barrer. Así que nada, igual monto un negocio. Porque por fin, las lámparas funcionan, que es lo importante.

domingo, 5 de febrero de 2012

Naar señorita vs Naar albañil

Desde que vivo sola, no dejo de descubrir cosas de mí misma y de sentirme fascinada por lo que puedo ser capaz de hacer. A veces creo que mi gurú Seis tiene razón cuando me dice que soy una heroína. Y es que nunca creí que llegara tan lejos y que fuera capaz de ser tan feliz sola. Y todo esto, porque he puesto unas estanterías. Igual suena excesivo, pero es que el bricolaje me pone. He descubierto que es como el sexo. Al principio da miedito. Luego te das cuenta de que todo lo que necesitas es una buena broca y un poco de maña y de práctica para disfrutarlo. Y en ambos casos (si lo haces bien) terminas cansado y dolorido, pero súper reconfortado y satisfecho. De hecho, el bricolaje tiene ventajas respecto al sexo. No hay nadie que te moleste luego, que te hable, que de el coñazo y que ronque. Y puedes admirar tu obra y presumir de ella sin parecer una furcia.
Pero hasta que empecé a vivir sola, no había descubierto esta faceta bricomaníaca mía. En casa de mis padres, las chapucillas las hacía mi abuelo. Porque mi madre no es una persona decidida y mi padre es un manazas que no sabe ni cambiar una bombilla. Luego me independicé y el loco se encargaba de hacer esas cosas. Se empeñaba en decirme que él era muy apañado y se daba muchos aires para cada tontería que hacía. Así que yo asumí de nuevo que eran cosas de hombres y me conformaba con ayudarle si me dejaba.  
Total, que entre unos y otros, yo pensaba que era incapaz de hacer ciertas cosas. Creía que tendría que buscarme un novio manitas que las hiciera. A mí me educaron para ser una señorita. Y esperaba ser tan elegante y femenina como mi madre y mi yaya. De ellas aprendí a andar con tacones, a coser, a hacer punto y a cocinar. Aprendí a maquillarme, a pintarme los labios de rojo, a cruzarme de piernas cuando llevo falda y a bajar de un coche sin enseñar las bragas. Y bien que lo agradezco, por cierto. Que estoy muy orgullosa de esa parte mía que puede irse a cenar al sitio más elegante del mundo sin que le tiemblen las rodillas porque sé que estaré a la altura y jamás nadie me señalará con el dedo. Puedo hacer gala de una educación exquisita si quiero.
Pero como soy una persona contradictoria y llena de contrastes, también he aprendido a hacer taladros, a cambiar cerraduras, a lijar madera, a poner tornillos y a arreglar aparatos electrónicos.  A dar martillazos, a montar y restaurar muebles. Y todo como si tuviera más cojones que el caballo de esparteros.
Total, que paso de andar con stilettos, pintalabios rojo y la raya del ojo larga, finita y perfecta a darme de ostias con herramientas, tacos y brocas sin término medio. Paso de hacer magdalenas el sábado, con mi delantal y música francesa de fondo, a hacer talados el domingo, con heavy a todo volumen, el pelo lleno de polvo, sudando y jurando como un arriero. Mis vecinos deben creer que tengo una esquizofrenia de las chungas. Y puede que sea verdad, pero me la pela porque cuando me veo a mí misma encaramada a una escalera, con el taladro en las manos, haciendo fuerza, maldiciendo y cubierta de yeso como un albañil, me digo, “pero Naar, ¿cómo has llegado a ser así?” y la respuesta es sencilla. He llegado a ser quien soy yo de verdad. He llegado a ser quien quería ser, aunque sean varias Naar a la vez. He llegado a ser feliz. Feliz haciendo magdalenas dulcemente y feliz pegando porrazos a la pared como una mala bestia. Feliz siendo extraña, absurda, contradictoria. Feliz de ser quien soy, cosa que llevaba años sin conseguir.   
Ha aprendido que no necesitaba un novio manitas. Lo que yo necesitaba era una buena caja de herramientas.

martes, 20 de diciembre de 2011

pelos y peluqueras

Muchas veces he comentado mi fobia a cortarme el pelo desde aquel estropicio de cuando tenía 15 años. Así que hasta para cortarme las puntas me lo pienso y repienso mil veces. Y generalmente voy a la peluquería con el puñal malayo entre los dientes, para acojonar a la peluquera y que no haga conmigo lo que quiera. Porque si algo me jode, es el extraño poder que tienen las peluqueras. Tú te sientas ahí, inocentemente y dices aquello de “sólo las puntas” o “córtame un par de dedos”. Y ellas hacen lo que les sale de las narices. Y encima te cobran por ello.  
Además, en muchas ocasiones, te tratan como si fueras estúpido. Tú pides algo, tipo, desfílame por los lados. Y ellas te dicen “pero es que eso no se hace así, tengo que hacerte capas, porque si no, no queda bien”. Oiga, hágame lo que yo digo que para eso es mi pelo, mi cabeza, mi gusto y, todo sea dicho, mi dinero. Pero nada, la dictadura de las peluqueras se impone siempre de un modo u otro, porque una vez puesto en sus manos, eres totalmente vulnerable y ellas mandan.
También temo que me laven la cabeza. A veces creo que en lugar de lavarme el pelo están frotando ropa en el río. Qué restregones, por dios. Sólo les falta la tablilla de escalones y arrearme con una pala de madera para que quede más limpio. Joder, ni que me revolcara en el barro con los gorrinos. Que encima yo tengo un pelo muy agradecido y es muy raro que se me ensucie realmente.
Y eso sin contar con los comentarios que tienes que soportar cuando vas a la peluquería. Sus profundos y elevados estudios las autorizan para decirte cosas crueles sobre tu pelo, desde “es que lo tienes graso”, “es que lo tienes muy descuidado” o “es que tú tienes el pelo muy fino”, sea verdad o no. Y, desde luego, mi frase preferida cuando cambias de peluquería: “¿pero quién te hizo este corte?”, lo que te hace pensar que igual la vez anterior te esquilaron como a una oveja y has ido llena de trasquilones sin saberlo.
Son un colectivo al que da gusto odiar.
Sin embargo, debo decir que la chica donde voy a ahora es una maravilla. Súper discreta, súper cuidadosa. Te lava la cabeza de modo que parece un masaje. Te corta lo que le dices y como tú le dices. Total, adoro a mi actual peluquera.
Y hoy he ido a visitarla. Ya tocaba. Que me pillaba las puntas del pelo con el pantalón. Además, necesitaba un cambio. Algo discreto. Sigo necesitando tocarme las puntas cerca de los riñones. Pero también era el momento de empezar las fiestas y el Año Nuevo con un look un poco distinto. Tras este año de renacimiento interior, también necesitaba un poco de metamorfosis exterior. Así que me he sacado flequillo, como en mis tiempos mozos. Y me veo estupenda, cosa rara, porque generalmente cuando una sale de la peluquería suele verse rara, extraña y generalmente, peor que antes de entrar. Sin embargo yo hoy me veo genial. Estoy en un buen momento. El año casi ha terminado. Las fiestas apuntan bien. Y el 2012 me da buen rollo. Todo puede ir a mejor por qué no. Tampoco va a ser muy difícil, la verdad.
Hay un refrán por ahí que dice que el pelo no es lo más importante de la vida, pero que puede ser un buen lugar por donde empezar.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

el bricolaje y yo

Después de casi un año sin mesillas de noche en mi habitación, por fin el otro día encontré unas que se adaptaban bastante a mis gustos y con un precio de lo más asequible. Así que las compré. Estaba harta de tener la lamparilla, la crema de manos, el bálsamo de labios y el paquete de pañuelos haciendo extraños malabares sobre una destartalada y diminuta banqueta amarilla. Total, que ahora tengo mesillas. Eso sí, tras mil esfuerzos para montarlas. Porque las he montado yo sola. Sí, yo solita con mis herramientas. Ja. Monté los cajones, los tiradores y todo quedó perfecto. No me sobraron piezas. No se caen, no se tambalean. Los cajones abren y cierran. Estas mesillas eran, posiblemente, el mayor logro de mi vida…  hasta esta tarde, que he superado mis propios límites.
 El caso, es que, crecida tras haber montado unas mesillas de modo impecable y sin más ayuda que la de mi destornillador eléctrico, esta tarde he decidido ir un paso más allá. Hace muchísimos meses que compré un perchero. Pero no había colgado por aquello de que hacer taladros es algo terrible. Por eso es algo de lo que se suelen encargar los hombres. El taladrador es un aparato del infierno que pesa una tonelada, que hace un ruido de lo más desagradable y con el que corres un riesgo de muerte. Pero aún así es mucho menos peligroso que un hombre. Así que yo tengo un taladrador, un juego de destornilladores, un martillo y otras herramientas que no sé cómo se llaman, pero no tengo un hombre. Y extrañamente, cada vez me apaño mejor.
Total, que esta tarde estaba medio deprimida y bastante aburrida, cuando me he acordado del perchero. Y ni corta ni perezosa, me he arremangado y me he puesto en modo bricomanía. Y de nuevo sin pedir ayuda. Yo sola, con mi taladro, mis tacos, mi martillo y mis destornilladores. Mi testosterona y yo frente a frente. Y no es por presumir, pero me ha quedado estupendo. Casi me disloco el hombro malo haciendo fuerza para taladrar la estúpida pared, pero lo he logrado. El perchero se sujeta, está recto y queda genial.
Y yo me siento invencible, lo reconozco. Me siento independiente, fuerte y capaz de cualquier cosa. Me siento el hombre de mi vida.
La verdad es que cuando era pequeña soñaba con vivir sola. Y me imaginaba haciendo muchas cosas que hago ahora, pero no pensaba que algunas fueran tan complicadas, dolorosas o deprimentes. O simplemente tan complicadas que te dan ganas de pedir ayuda al vecino del primero, que por cierto, es el único que te habla y además te tira los trastos. Yo me imaginaba como una mujer estupenda como esas de las series de televisión, autosuficientes y maravillosas, capaces de hacer cualquier cosa con una buena banda sonora detrás. Sin embargo, durante el último año no he sido exactamente ese tipo de mujer. Pero ahora lo estoy consiguiendo. He sido capaz de montar unas mesillas. De hacer unos taladros y colgar un perchero. He sido capaz de hacerlo sin ayuda y sin miedo. Y me siento la ostia.
Esto demuestra algo sobre lo que llevo días pensando aunque en un contexto un poco diferente. Que no existe el “no puedo”, si no el “no quiero”, o el “no me atrevo”. Pero  poder, se pueden hacer cosas increíbles. Y si puedo yo, que soy una birria de persona, puede todo el mundo.  Así que, adelante, poned a prueba vuestros límites. Están mucho más altos de lo que pensáis.

domingo, 9 de enero de 2011

multitarea

Ando un poco liada desde que he vuelto a mi casa. Primero me he dedicado a las tareas de redecoración que dejé a medias a causa de las navidades y de mi catarro. Me he comprado un escritorio y unas estanterías para mis libros. Y me encanta cómo queda. Nadie sabe cuánto me alegro de que el desequilibrado se fuera de casa con todos sus muebles y sus trastos. Ahora la casa está mil veces más bonita, mil veces más aprovechada y mil veces más mía. Estoy feliz de mirar a mi alrededor y ver todo tan nuevo, tan bien puesto, tan a mi gusto.
Por otro lado, uno se da cuenta de que se ha hecho adulto cuando estando jodido, tiene que cuidar a sus padres. Y a mí me ha tocado estos días. Mi madre ha cogido gripe y está con fiebre, dolorida y con una tos que asusta. Ayer pudo cuidarla mi padre mientras yo hacía ikeismos, pero hoy él tenía que trabajar. Lo que tiene ser autónomo, que a veces se pringa los domingos y festivos. Total que yo tenía un dolor de cuerpo esta mañana terrible. Me ha dado un tirón en la espalda de coger demasiado peso ayer y me duele tanto el brazo derecho que no lo puedo estirar. Pero me he ido bien pronto con mi mami, y mientras ella cabeceaba un poco en el sofá yo he limpiado, hecho su cama, repasado el baño y terminado de preparar mis famosas lentejas, que hice anoche y he llevado esta mañana a su casa. Soy una hija muy maja. Porque luego, me he venido a comer con mi gato, he recogido mi cocina, he colocado los miles de libros que tengo en la estantería nueva y he vuelto a cuidar a mi madre por la tarde. Y mientras cenaba, he hecho un bizcocho de chocolate. Mañana hago el trabajo de mi madre (que trabaja en el despacho de mi padre), voy a visitar a un par de clientes, llevo a mi madre al médico, llevo mi coche al taller, echo gasolina al coche de mi madre y he quedado con I para arreglar los plafones de mi casa. Hala, a ver quién dice ahora que no trabajo y no me gano ni la comida.

domingo, 12 de diciembre de 2010

redecorando

Aunque parezca mentira, mi casa empieza a parecer una casa. Eso me hace pensar que dentro de poco quizás este blog parezca un blog. La verdad es que tengo poco tiempo y aún no lo he puesto a punto del todo, pero bueno, echadme una mano, necesito seguidores y comentarios y esas cosas las podéis hacer los demás.

Por lo demás, qué contar. Es tanto en tan poco tiempo que parece increíble. Mi vida ha dado un giro de 180º y sin embargo parece que no haya pasado nada. Es raro.

Lo primero que tengo que hacer es dar las gracias, pero LAS GRACIAS. Estoy profundamente agradecida. A mis padres, a  mis amigos, a todos vosotros y a mis niños I y G. cuando me fui a vivir independiente con el que ahora es mi ex, el desequilibradomental, (al que antes llamaba por un nombre más cariñoso, pero me ha demostrado ser sólo eso, un desequilibrado) el edificio era nuevo, todos estábamos de alquiler y el ambiente era maravilloso. Era como vivir en el edificio de Friends, o algo así. Las puertas estaban abiertas y pasábamos la vida juntos unos en casa de otros. Así se forjó mi amistad con I y con G, que son dos amores de niños. La verdad es que hicimos migas pronto y se convirtieron en dos de mis mejores amigos. Ahora ya no entiendo mi vida sin ellos. Si no fuera por I, ahora mismo no estaría sentada en un sofá, ni tendría mueble para la tele. Él vino conmigo al ikea, los trajo a casa y los ha montado. Si no fuera pareja de G, le haría un favor sexual. No se me ocurre otro modo de pagárselo ya que no quiere dinero y que es diabético y no puedo hacerle una tarta. Lo malo es que es gay, así que no tendré vida para dar gracias por tenerles en mi vida, a él y a G. Os quiero, nenes. Os quiero de veras.
Lo segundo, es contaros que redecorar mi vida es divertido. Es cansado, pero es divertido. Voy viendo la casa, ahora sí a mi gusto y llena de mis cosas. Mías, sólo mías, nadie me las puede quitar ni decirme que me mantiene y que todo me lo compró él. Ahora es mi vida, mi casa, mis cosas. Y yo soy yo. Muy yo. Y me gusta. Me encanta.
Tanto, que vuelvo a ser feliz. Si señor. Soy feliz. Me la sopla la ruptura, me la sopla estar sola, me la soplan los problemas. Me la sopla todo, porque soy la dueña de mí misma y me siento pletórica.
Cuando tenga ganas, intentaré recuperar a amordemivida, puede que adopte otro gato y escribiré un libro, plantaré un árbol y viajaré a un lugar exótico. Mientras tanto, recoloco muebles, empapelo paredes y forjo un nuevo presente con nuevo blog. Y me esfuerzo en recordar ser feliz y en caminar.
La vida puede ser maravillosa, sólo que a veces los caminos para descubrirlo son extraños. Debo parecer una zumbada alegrándome por mi ruptura y siendo feliz con la casa a medio montar. Pero me da igual. Soy una pirada, pero los que me seguías ya lo sabíais.