Tengo una amiga que quiere montar un
negocio. En los tiempos que corren. A veces creo que la gente es un
poco temeraria. O inconsciente. O directamente está loca. O igual
estas ideas son las que hacen que vaya a ser pobre toda mi puñetera
vida.
Yo misma pensé hace un tiempo en
montar algo. Me di cuenta de que en mi barrio pasan montones de
coches de ruta recogiendo abuelitos para llevarlos y traerlos de los
centros de día pero no hay ningún centro en sí. Mi abuela paterna
estaba por aquel entonces yendo a uno de su barrio muy pequeñito y
muy mono que me dio la idea. Era un centro privado pero con plazas
concertadas por el ayuntamiento. Pensé en alquilar un local, que por
aquí los hay a porrillo y montar algo de ese estilo ya que tengo la
formación necesaria y experiencia en el sector. Me informé de las
licencias, las características y todo lo necesario. A pesar de que
en España la burocracia es totalmente desalentadora y poco menos que
induce al suicidio, al final lo tuve todo bastante claro. Era
bastante factible. El problema empezaba al echar números. Por muy
pequeño que lo montara todo, por mucha ayuda que consiguiera de los
bancos, de subvenciones y por mucho que digan que se fomenta y se
apoya a los emprendedores, necesitaba un chute inicial de pasta
totalmente desproporcionado. Entre otras cosas porque sólo de
autónomos ya se va un dineral al mes quieras o no, ganes algo o no. Total, que dejé el proyecto en mi cajón de los sueños que
rescataré en mi próxima vida como millonaria.
Decía que mi amiga quiere montar un
negocio. Resulta que después de toda una vida dedicándose a la
sanidad, ahora quiere montar un negocio de comida. Así, sin
formación, ni clientela fija, ni en realidad tener ni idea de lo que
habla. A mí, repito, me parece que la gente es, como mínimo, muy
osada. Pero bueno, lo que sea. El caso es que vino el otro día a
hablar con mi padre al despacho para que la informase sobre unas
cosas. Yo estaba ordenando unas facturas y flipando con el optimismo
del que cree que ha tenido una buena idea y no repara en los millones
de personas que la tuvieron antes. Al parecer, ella cree que con
ilusión se pueden pagar facturas, porque no tiene ni un duro para
comenzar la inversión, pero tiene un montón de ganas de trabajar y
de empezar un nuevo proyecto y blablablá. Cree que podría empezar
con algo muy pequeño y luego ya expandirse, cosa que seguro que no
se le ha ocurrido a nadie, claro. Va a abrir un blog con sus recetas
y sus productos estrella, cosa que tampoco hay en la red, claro. Y
como método para darse a conocer y llegar a más gente, ha pensado
en colgar carteles por el barrio, aunque con lo que está lloviendo
últimamente por Madrid me temo que no sea lo más efectivo. Me pudo el ansia ante su entusiasmo absurder y le propuse intentarlo al menos con una empresa especializada en email marketing como Mdirector que al
menos puede llegar a más gente y de paso no perder sus posibles
clientes cada vez que llueva y se mojen las farolas.
El caso es que
ella sigue convencida de la viabilidad de su plan a pesar de las
muchas dificultades, sobre todo económicas, que se plantean. Y yo,
dejando mi opinión a parte, admiro a esas personas optimistas y
convencidas de que todo va a salir bien, empeñadas en su idea aunque
el viento sople en contra, decididas a darlo todo y a cerrar los ojos
ante la adversidad. Tienen su mérito, oye.