domingo, 14 de agosto de 2011

los caminos de la vida a través de facebook

Puede que yo sea una inmadura. O que sea sumamente insoportable. O que mi abuela paterna tenga razón y soy como toda su familia y he nacido para morirme sola.
Me la pela, en cualquier caso. Puede que sea lo peor, pero yo a mí misma no me parezco tan horrible, por lo que no me preocupa el resto.
El asunto es que ayer me tiré todo el día durmiendo. Y claro, por la noche me dieron las mil y monas con los ojos como platos. Las mil y monas más una, me refiero, porque lo de acostarme a las 3 de la mañana ya no es novedad.
El caso es que estaba hasta las narices de leer, de escribir y ver Perdidos me da miedo porque Sawyer me trastorna y no está una para tonterías. Así que me puse a cotillear los facebook de la gente. Maldito invento del demonio. No sé cómo me puede enganchar tanto algo que en realidad va en contra de todos mis principios morales. Es cosa del lado oscuro, sin duda.
Bueno, pues andaba curioseando y mirando páginas de la gente que vino conmigo al colegio. En su mayor parte, es gente que me hizo la niñez imposible. Y claro, los que yo conocí como pequeños hijosdeputa ahora han crecido. No sé si ahora serán grandes hijosdeputa o sólo imbéciles en distinto grado. Algunos se siguen tratando entre sí, cosa que me sorprende cuando hace años se odiaban. Otros sólo son amigos por facebook pero no se molestan ni en darse la enhorabuena cuando uno de ellos tiene un hijo o se casa o algo así. Seguro que por la calle ni se saludan, pero bueno, vale, ahora son amigos de la muerte. O al menos de facebook, que para el caso es lo mismo. A mí me suena a falseo en estado puro, pero claro, yo soy una rara y precisamente por honesta fui la marginada.
El asunto es que me divierte mirar las fotos de gente a la que en el fondo de mi ser guardo un extraño rencor. O quizás no sea esa la palabra correcta, pero lo que sé es que me amargaron la infancia de un modo deliberado y la niña sensible que quería ser aceptada que un día fui aún siente ese dolor que me provocaron.
Algunos de ellos parecen gente súper divertida que sale mucho de fiesta y se lo pasa en grande. Lo primero que siento al verlo es un punto de envidia. Yo también quiero ponerme monísima y salir de fiesta. Luego lo pienso otra vez y me pregunto si tienen una vida social tan estupenda como aparentan o es que cada vez que asoman las narices a la puerta llevan la cámara de fotos para mostrar al mundo lo súperguays que son. Que hay gente que parece que sólo sale y viaja y hace las cosas para luego colgarlas en el face. Ahí queda la duda.
Otros se han convertido en esposos, esposas, madres y padres de familia. Me descojono, lo reconozco. Ver a las tías más guarras e irresponsables de mi colegio darse consejos sobre biberones y pañales me hace temblar. ¿Tanto hemos crecido? ¿Tan mayores somos? A mí ya me parecía una locura vivir con un tío. Como para pensar en bodas, hijos y demás. Y eso sin contar las que tienen hijos de soltera (varios, de distintos padres incluso). Flipo. Flipo en colores. 
En cualquier caso, reflexiono sobre los caminos que puede tomar la vida. Puede que todos sean correctos, cada cual para la persona que los elige. Puede que todos nos equivoquemos. O puede que nadie elija nada y la vida nos lleve por donde le da la gana. Sólo sé que no me parece tan mal como estoy ahora. Aunque no salga de fiesta cada fin de semana, aunque no tenga alguien a mi lado que me quiera. Aunque a veces me sienta sola. Aunque a veces la imagen de la loca de los gatos se acerque más y más. Aunque la sobra negruzca de mi abuela paterna se cierna sobre mí. Aunque haya muchos aunques, me gusta quien soy. He tardado toda una vida en conseguirlo. Y unos cuantos meses en recuperarme. Pero soy quien quiero ser. Y los años me han hecho ganar seguridad, no necesito sentirme aceptada, ni comprendida, ni siquiera amada. Sólo respetada. Soy yo, soy Naar, soy la indómita, para los que me recuerden como tal. Y esta vez, nada ni nadie podrá hacerme cambiar de idea.

viernes, 12 de agosto de 2011

good bye, baby II

Ahí va, la segunda y última parte. Para dentro de un par de días estaré de nuevo contando chorradas de las mías, lo prometo.
...
Tiempo, y varios encuentros después, yo empecé con el desequilibrado, con el que siempre te unió una antipatía mutua. Desde la primera vez que os visteis y él aún no era nada mío. Luego, se convirtió en mi novio y, claro, la cosa fue a peor. Nada le daba tanto miedo en mi mundo como tú. Ni el Ross, al que siempre supo que amaba con toda mi alma. Tenía mucho más miedo a esa química nuestra. Él decía que podía “olerse” cuando estábamos juntos, que nos mirábamos de una manera que le retorcía las tripas. Por eso sólo te vi una vez a escondidas, con la intención de demostrar que podíamos ser amigos. Sólo amigos, sin que me miraras así, sin sentir un imán en mi interior que me precipitaba hacia tu pecho. Pero no pudo ser. Recuerdo ese último beso, el último que me diste, en la parada del autobús, cogiéndome de la mano y mirándome despacito, con suavidad, con ternura. Como pocas veces me habías mirado. El beso más casto que jamás me hayas dado y tuvo que ser el último. Cuando llegué a casa me mandaste un mensaje, diciendo lo que yo ya sabía, que había demasiado “eso” entre nosotros (palabras textuales) para poder ser sólo amigos. Y ahí lo dejamos. Tú volviste a Estados Unidos. Yo hipotequé mi vida con el desequilibrado y sólo hacía trampas en sueños, imaginando tu piel dorada y recordando “eso” que sólo tú me has hecho sentir.
A finales del año pasado, el desequilibrado se fue. Y lo primero que pensé fue en ti. Luego reculé porque no quería que me rozaras el corazón en carne viva y por suerte, tú ya tenías novia. Me he empeñado desde la primera vez que te ví en no colgarme de ti como una colegiala. Y lo conseguí. No iba a permitírmelo en ese momento, a estas alturas, con este panorama. El problema es que ahora me faltan las fuerzas que antes me sobraban. Por eso me autoimpongo la orden de alejamiento que no terminas de entender. Porque ahora, o saco las espinas envenenadas, o soy demasiado vulnerable. No hay término medio.
Desde entonces, hablamos algunas veces, te escribí esto, dándote el nombre de dueño de mis sábanas.
Y ahora sé que te vas. Que esta vez te vas de verdad. Y que no podré ir a despedirte, que no habrá besos en tu buhardilla el centro, que no habrá desnudos sobre el sofá de estampado hortera. Que te vas, puede que para siempre de mi vida. Nunca había pensado que llegaría este día. Siempre había un bis. Siempre volvías antes o después. Y no me duele la lejanía, repito. Me duele cerrar un capítulo de mi vida y asumir que quizás, nunca más sienta eso que sentía entre tus brazos. Creo que me convertí en mujer de verdad cuando mi cuerpo tuvo contacto con el tuyo. Hasta entonces era una chica un poco perdida, que practicaba el sexo porque era parte de las relaciones. Pero me resultaba un poco indiferente. Sin embargo, al primer roce de tu piel con la mía, algo estalló dentro de mí. Fue como cuando mi gato se estira y abre las garritas suaves, mostrando unas uñas enormes. De pronto, al verme suspendida en el aire, con tu brazo sujetándome la cintura, me convertí en una mujer libre y llena de vida. Creo, que realmente, yo soy sosa, vulgar y anodina. Tú me hiciste brillar, resplandecer, ser especial detrás de las sábanas. Pero eras tú el que hacía eso de mí, no yo. Tú me liberaste, en muchos sentidos. Liberaste mi fiera interior, que se zampó a mi niña buena de colegio de monjas. Liberaste la mujer fatal que no me atrevía a ser. Liberaste mi lado salvaje. Por eso, detrás de una parte de mi libertad, de mi fuerza, de mi seguridad en mí misma, siempre estarás tú.
Ahora sólo queda recordar nuestra historia como algo bonito. Como algo mágico y especial, lleno de momentos a escondidas y de besos robados. Vuelvo a pensar lo que dije hace ya años, que mereció la pena vivirlo. Mucho. Si viviera mil veces, puede que lo cambiara todo, pero seguro que mil veces caería en tus brazos. Y hago como que me vuelves a decir que todo irá bien. Por que siento que va a ser así. Que seremos un poco amigos. Sólo un poco, sólo hasta donde “eso” nos deja serlo. Lo bastante para contarnos de vez en cuando qué tal nos va, para informarnos de los acontecimientos importantes de nuestra vida. Para saber, que si realmente nos necesitamos, estaremos cerca. Lo bastante para saber que nunca nos olvidaremos y que no hay kilómetros, océanos, continentes distintos que nos borren de la memoria del otro. Hace poco te lo dije, para que te lo lleves de recuerdo a Estado Unidos, que puede que un día llegue a ser la loca de los gatos, que recoja animales tiñosos y arrastre mi carrito roñoso por las calles, almacenando trastos inservibles en casa sin recordar apenas mi nombre, pero que no olvidaré lo que sentía entre tus brazos, con tus manos haciéndome estremecer, con tus labios levantando ampollas en mi piel.
Así que, de un modo muy extraño, muy especial, muy distinto de todos las demás, te diré lo que nunca, nunca te he dicho. Y no es con amor, porque nunca te he amado. Ni como amigo, porque no lo somos. Ni como amante, porque como tal ya te lo he dicho y te lo he dado casi todo. Pero no puedo evitarlo, hay una parte dentro de mí, que por esta vez necesita que lo sepas. Porque te vas para siempre y porque se acaba una parte de mi juventud contigo.
Por primera y única vez: te quiero.

P.D. Be happy, baby. Everythings gonna be all right. I´m sure.

miércoles, 10 de agosto de 2011

good bye, baby I

En los últimos meses he perdido muchas cosas. No fundamentales, no imprescindibles… pero demasiadas. Perdí al desequilibrado. Y con él perdí mis muebles, mi dinero, mi paciencia, mi amor propio... Luego perdí al Ross, y con él perdí el corazón, las ganas, las fuerzas, y a ratos, hasta la capacidad de respirar. Luego he perdido cosas, pequeñas quizás, pero las he perdido. Me lo tomo con calma, con resignación, hasta con buena voluntad… pero a veces estoy agotada. Está siendo una temporada complicada, cuanto menos. A veces hasta me pierdo un poco a mí misma.
Así que al principio de saber esto, dije, bueno, una pérdida más. Pero no. Es una gota que cae en un vaso desbordado.  Y no es una más. Él no es uno más. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Él es el dueño de mis sábanas... y creo que de algún modo siempre lo será un poco.
Por eso, con un poco de dolor y muchas, muchas dudas, le escribí esto cuando supe que se iba. Tras habérselo enseñado y tener su bendición, voy a compartirlo. Para descargar el alma un poco, para que conste, para que sea un punto final por todo lo alto. Y me cuesta, porque mientras he retenido estas palabras he pensado que de algún modo retenía en sentimiento… y le retenía a él. Pero es absurdo. Y la única verdad que conozco es que hay que seguir caminando.
Como el texto es demasiado largo y roza lo empalagoso, lo voy a dividir en un par de capítulos. Mañana o pasado publicaré la segunda parte. En fin, no os lo tomaré en cuenta si pasáis de él. Tampoco me lo tengáis en cuenta vosotros a mí por escribirlo.


Una vez te enfadaste conmigo porque te dije que eras un “chico capricho”. Tengo cierto don para enfadarte, pero es gracioso, en el fondo me gusta verte enfurruñado por lo que digo. Si no te importara mi opinión, no te enfadaría. Además, en este caso, no es del todo cierto. Es verdad que parece fácil encapricharse de ti. Eres guapo, simpático, listo y tal. Todas esas cosas que gustan a las chicas y de las que tú eres plenamente consciente. Si no, no las explotarías tanto. Pero yo sé lo que hay detrás de todo eso. Y por eso jamás has sido un capricho. Porque un capricho, cuando lo consigues, te deja de interesar. Nunca me encapriché de ti. Porque eso que ven las demás es lo que menos me ha importado de ti. Lo nuestro, aunque no haya sido una historia de amor, no ha sido tan superficial como un capricho.
Fue en estos días, de hace un porrón de años cuando me mandaste ese mensaje que tú y yo sabemos, y que cambió mi vida. El que me empujó al lado salvaje irremediablemente. Pero, momentos salvajes de lado, también  en esos días me dijiste que presentías que todo iría bien. No ha sido así. Al menos no en mi vida. Desde entonces casi nada ha ido bien, pero eso no viene al caso. El tema es que tú pensabas que todo iría bien y yo te creía. ¿Recuerdas? Tú estabas en tu Mediterráneo, yo sumida hasta el cuello en el asfalto de mi Madrid y me dijiste que con los pies en el agua y el viento en el pelo, pensabas que every things gonna be all right. Querría que me lo dijeras de nuevo, para creerte una vez más, como te creí entonces.
He hablado mucho de nuestra historia, recordando los pedazos que se pueden contar y sólo insinuando los que tú y yo sabemos, nuestro reflejo en el espejo, mi lengua en tu piel, tu brazo en mis riñones... Las cosas que no se pueden reducir a palabras. Las miradas, los instantes entre la multitud, lo que hay detrás de lo que los dos parecemos. Por eso, hoy me cuesta tanto decirte esto otro, las cosas que no sabes, las que no te he dicho nunca, las que siempre he ignorado, mirando para otro lado. Las que dejamos fuera de las sábanas.
Estábamos medio enfadados cuando me dijeron que te ibas a Estados Unidos, hace ya unos pocos años.  Y te mandé un mail, porque siempre me ha jodido en extremo separarme de la gente estando mal la relación. Te dije, recuerdo, que podíamos intentar ser amigos y que me daba igual lo que hubiera pasado porque nuestra amistad y nuestra historia era algo que me había merecido la pena vivir. Y quisiste que nos viéramos. Te ibas sin hacer mucho ruido, sin fiestas de despedida, sin amigos vitoreándote, sin adioses llenos de lágrimas. Te ibas, sin saber para cuánto, ni a dónde, ni muy bien con qué fin. Pero yo sabía que volverías. Esta vez, sin embargo, no me atreví a preguntar, porque sabía la respuesta. Sé que te vas porque aquello es tu sitio en el mundo. Más que tu mar, que se te quedó pequeño hace años. Mucho más que Madrid, a la que nunca perteneciste del todo. Me resulta difícil comprenderlo, pero es así, USA es tu sitio. Y por eso,  estoy feliz por ti. Todos debemos encontrar nuestro lugar en el mundo antes o después. Y algún día, quizás, yo encontraré el mío y espero podértelo contar, a miles de kilómetros seguramente, y que tú también te alegres por mí.
Decía, que recuerdo que quedamos la primera vez que te fuiste. Yo llevaba una falda blanca y una camiseta negra, unas sandalias altísimas e iba bastante maquillada, como siempre que me siento insegura. Fui a verte a tu casa, aquella medio en ruinas del centro de esta ciudad maldita. Y te escuché canturrear bajito, con la guitarra sobre las piernas cruzadas. Me comía las lágrimas mientras tú susurrabas aquello que nos unió para siempre “… hey honey, take a walk on the wild side…” Nos besamos, como siempre, en aquél sofá roñoso que tenías en el salón. Te miré con ternura, y sonreíste, diciéndome que nos veríamos pronto, que no pusiera esos ojos tan tristes. Se hizo muy tarde, porque las horas se escurrían por tu piel demasiado rápido y me tuve que coger un taxi para volver. Monté, y como en las películas, me eché a llorar. Esta parte es la que no sabes, que lloré tú marcha. Lloré, todo el trayecto hasta mi casa, cuando me bajé, me repinté los ojos de negro y subí las escaleras como si no me temblaran las rodillas. Dejé que pasara la noche, me había acostumbrado ya a que al día siguiente de esconderme entre tu piel el mundo amaneciera y siguiera girando como si tal cosa, sin acelerarme apenas el corazón.
Durante aquellos meses, tu ausencia fue fácil. Nos mandábamos mails bastante a menudo, tú me contabas tus peripecias en las américas y yo te mantenía informado de las cosas que pasaban en nuestro grupo de gente en común y de lo que iba haciendo con mi vida. En ese trance, lo dejé con el Ross, perdí las riendas de mi vida y aún no las he recuperado. Pero siempre he aceptado bien que estuvieras lejos. Es lo bueno de no haber estado nunca unidos en el espacio, que me da igual que estés en Madrid, en tu rincón mediterráneo o al otro lado del charco. Qué más da, si nuestra unión es otra, si nunca nos hemos visto a diario, ni con frecuencia si quiera. Pero un día me dijiste que volvías. Y volvimos a encontrarnos. Fui la primera persona con la que quedaste. Y me faltó tiempo para correr a tus brazos. Casi, como si no hubiera pasado tiempo. Aquellos años todo parecía ir más despacio. La vida aún no viajaba a la velocidad de la luz mientras yo corría tras los acontecimientos como ahora.
...

lunes, 8 de agosto de 2011

tuberculosis???

Entre mis múltiples fobias, se encuentra la de que soy un tanto hipocondríaca. Todas las enfermedades que tiene la gente creo que me las van a pegar. Entre otras cosas por eso no me gustan las multitudes, los trasportes o servicios públicos, los hospitales y los colegios. Que los niños son pequeños sacos de microbios, con sus catarros, sus diarreas, y su manía de meter sus pequeñas manitas en todas partes.
Pero hoy he tenido que ir a la estación de autobuses de Méndez Álvaro a sacar los billetes de mis padres y mis abuelos, que en septiembre van a Granada a la boda de mi estúpida prima mayor. Y he ido en RENFE. Más que nada porque en tren se tardan diez minutos desde donde yo vivo, pero en coche se tarda una hora. Maldita m-30. Pero desde luego, no sé si volveré a hacerlo.
A la ida todo ha ido bien. Y tras mucho tiempo de espera, he comprado los billetes y he vuelto. Me he sentado en una silla de esas que van cuatro juntas, dos hacia delante y dos hacia atrás, enfrentadas como para hacer una timba de póker. Al principio iba sola, pero en la siguiente estación se me han acoplado dos señoras. Una muy gorda al lado, que apoyaba parte de su culo en mi asiento. Y enfrente otra, que le contaba que mañana tiene que ir al médico.

-         Me van a hacer unas placas de los pulmones. – decía. – creen que puedo tener algo porque no se me quita la tos y tengo mucha presión en el pecho.
-         Eso igual es ansiedad. – hoy en día todo es ansiedad.
-         Pues eso creía yo. Pero es que estoy echando flemas con sangre.

Mis alarmas empiezan a dispararse. ¿Tos? ¿Sangre? Arggggg. Rápido, cambiar de sitio, cambiar de sitio…

-         Y claro, eso ya no es normal – seguía explicando la mujer. – y los médicos creen que puede ser cualquier cosa. Incluso tuberculosis.

Argggggg, diosmío, diosmío, diosmío…
Sólo me quedan dos paradas para bajarme y el vagón se ha llenado bastante, pero mis ganas de salir huyendo empiezan a apoderarse de mis piernas. Trato de mantener la calma y hago lo que toda persona cuerda haría en ese caso. Sacar un pañuelo y taparme la boca con él, repitiéndome que a la siguiente parada me bajo y puedo respirar aire puro lleno de bendita contaminación de coches.
Mientras las dos mujeres especulan sobre si será tuberculosis o no, yo veo como un luminoso aparece sobre la cabeza de la supuesta enferma, que parpadea y la señala con flechas que pone “contagiosa - contagiosa”.
Trato de nuevo de calmarme, pero en la universidad asistí a una asignatura optativa que se llamaba “enfermedades infectocontagiosas de personas en situación de exclusión social” y hubo un monográfico sobre la tuberculosis. Así que mientras la menda sigue explicando lo de las flemas con sangre, yo pienso en patatas llenas de pus en los pulmones, en que se contagia a través del aire y en que en el siglo XIX la gente moría como moscas. Vale que ahora hay antibióticos y que con comer bien y cuidarse un poco el tema no es tan grave… pero mira, qué quieres que te diga, bastante tengo ya con lo mío.
Cuando por fin he llegado a mi parada, he salido disparada del tren. Anda y que te den a ti y a tus bacterias infecciosas, tía. Y he subido las escaleras a la carrera. Llevaba casi sin respirar desde que la había oído. Cuando he salido a la calle, en mitad del parque, he cogido una bocanada de aire que me ha llenado los pulmones al fin. Y me ha sabido a gloria. Nunca el aire de Madrid me había gustado tanto.

viernes, 5 de agosto de 2011

el amor de mis yayos

La semana pasada fui un día a casa de mis abuelos a llevarles unas cosas. Aproveché la circunstancia para hurgar en la biblioteca de mi abuela. Mi yaya es una lectora compulsiva, por lo que deduzco que lo mío es un tema genético. Y como no tengo ahora mismo ningún libro que llevarme a los ojos, decidí mangarle un par de ellos. Lo que pasa es que ella tiene la manía de forrarlos para que no se le estropeen. Y para colmo, si son regalados, los forra con el propio papel de floripondios en el que se lo has envuelto. Así que para ver el título de muchos de ellos tenía que abrirlos y mirarlo dentro.
Mi historia súper tierna, no apta para diabéticos, empieza cuando abro uno de los libros y me encuentro una dedicatoria con la letra grande y redonda de cuaderno de caligrafía de mi abuelo: “en el día de tu cumpleaños con todo el amor de tu esposo que te adora.” Ohhhhhhh, pienso. Pero no me extraña, son mis yayos, son así de tiernos ellos. Y abro otro libro: “para el amor de mi vida, con todo mi corazón porque eres la mujer que más quiero en el mundo.” Doble Ohhhhhh. Corazón que empieza a hacerse un gurruño. Y abro el siguiente: “para mi amada esposa, a la que quiero con toda mi alma y toda mi vida es tuya.” Triple Ohhhh con sonido de violines de fondo incluido. Lagrimillas a punto de asomar.
Y es que yo digo siempre que si algún día llego a querer la mitad de lo que se quieren mis abuelos ya habré conocido el AMOR con mayúsculas.
Mis yayos llevan juntos toda la vida. Empezaron a salir juntos cuando mi yaya tenía 14 años y mi yayo 15. Y no se han separado nunca. Sé que tuvieron muchas dificultades, pero nunca se habla de ellas. Lo sé, porque la familia de abuelo no aceptó nunca bien a mi abuela y él renunció a todos ellos por casarse y estar con la mujer de su vida. Luego las aguas se calmaron y tuvieron siempre una relación un tanto distante y fría. Pero a mi abuelo no le importa. Él con mi abuela lo tiene todo en el mundo. Hasta lleva su nombre tatuado en el brazo. Sí, tengo un yayo la más de moderno y cañero. Se hizo el tatuaje en la mili (hace así como un millón de años), un corazón con el nombre de mi abuela y el suyo. Con dos cojones. Y es una horterada de tatuaje, pero él lo lleva con todo su orgullo. Cuando yo era pequeña y le preguntaba qué era eso, me decía “que yo a tu yaya la llevo hasta en la piel metida.” Y punto.
Este año hacen 58 años de casados. Más los que estuvieron de novios, algo así como 65 años juntos. Ahí es nada. Y no son capaces de estar ni un día el uno sin el otro. Menudo trauma si un día mi abuela sale a comer con sus amigas de clase de historia del arte, que allá va mi abuelo a buscarla no vaya a ser que se pierda por el camino o algo. Y siempre van de la mano. A todas partes juntos. Es una ricura verlos.
Como colofón de la historia más tierna que jamás podré contar, diré la frase que dijo mi abuelo el día que cumplieron las bodas de oro. Mi bisabuela, que siempre vivió con ellos, había muerto hacía unos pocos meses. Y mi abuelo le dijo a mi abuela, “fíjate, 50 años casados y esta es la primera vez que nos quedamos solitos. Pero que sepas, que a pesar de todas las circunstancias, ha sido un placer caminar por la vida de tu mano.” Cuando lo oí se me saltaron las lágrimas de emoción. Cómo se puede querer tanto. Cómo se puede aprender a ser parte de otra persona hasta ese punto. Cómo se puede dejar de ser uno para ser la mitad de algo que es uno en sí mismo.
Verles, es creer en el amor. Sin lugar a dudas.

martes, 2 de agosto de 2011

un cola más grande

El sexo vende, lo sabemos todos. Por alguna razón, sirve como reclamo publicitario.
Sin embargo hay veces que no deja de sorprenderme lo explícito del asunto.
Hoy iba conduciendo para ir a comprar el regalo de cumpleaños de mi madre. Llevaba la radio y de pronto, oigo un anuncio: ruido de un frenazo, golpe de chapa, dos coches que se han chocado. Imagino que será un anuncio de la DGT, pero de pronto se oye:
-         Huy, lo siento, ¡te he destrozado el coche!
-         No pasa nada… - voz  desconcertantemente alegre.
-         ¡¡Pero si ha quedado hecho polvo!!
-         ¡¡qué da igual, de verdad!! – continúa la alegría seguida de risas.

Yo arrugo el ceño y miro la radio. Debe haberse estropeado, esto no es normal. Pero entonces la voz en off del anuncio dice: “si tu vida sexual funciona, nada más importa.” Y resulta que es un anuncio de la clínica de impotentes y eyaculadores precoces unidos. Y me da la risa. Mi vida sexual en este momento no funciona, fundamentalmente porque es inexistente. Me pregunto si por eso el resto de mi mundo es un desastre.
Pero tengo cosas más importantes en las que pensar. Tengo que ir al carreflur a comprar el regalo de mi madre el día de antes de su cumpleaños porque lo he ido dejando y, como siempre, se me ha echado el tiempo encima. Así que ignoro mi vida sexual (que por un día más no va a pasar nada) y sigo a lo mío.
Lo chungo del asunto es que el sexo me persigue. Cuando ya estoy volviendo al parking, con el regalo en el bolso y temiendo que de nuevo el coche no arranque y me quede encerrada otra vez, veo un cartel. Y flipo tanto, que me quedo un momento parada delante de él. Hay una foto de una pareja, con una chica súper sonriente y el slogan reza: “ella ahora disfruta de una cola más grande.” Noooooo. No puede ser. Seguro que he leído mal. Pero no, realmente ella disfruta de una cola más grande. Sólo que en una esquina del cartel hay una lata de pepsi diciendo que ahora en vez de 33 cl tiene no sé cuantos más. Vale, una explicación al fin. Por eso, cuando bajo otro piso y veo otro cartel con un tipo y unas letras enormes que ponen “ahora tu cola puede ser más grande” no me asombro. Pongo las fotos que he encontrado por Internet, aunque se ven un poco de pena, os hacéis una idea.
Debo decir que eso de “refresco de cola” siempre me ha sonado fatal. ¿De cola? ¿de qué cola? ¿de la cola de quién? No sé, me pregunto a quién se le ocurrió el asunto, porque es realmente terrible.
Y no entraré en el recurrido tema de si el tamaño importa o no. Porque claro que importa, y quien diga lo contrario o miente. Aunque debo decir que importa tanto por defecto como por exceso. Y si ya me cuesta beberme una lata de bebida con gas normal porque a la mitad me siento a punto de explotar, no quiero imaginar qué sería de mí tratando de trasegarme una más grande. Una lata de bebida, repito. Que aquí nadie habla de sexo. Es sólo una cuestión publicitaria y son palabras normales. Los que las tergiversan son los enfermos. Será que mi vida sexual no funciona y por eso las colas más grandes me preocupan.
  

lunes, 1 de agosto de 2011

cambiando la batería

Hay ratos tontos en los que pienso “me tengo que buscar un hombre.” Y no lo pienso en modo desesperado-sexuarrrl tipo quierounhombreeeee-ñam-ñaaaam. No. Es más un asunto práctico. Un hombre que cumpla las tres naar-condiciones básicas: abrir botes, llegar a estantes altos y matar arañas sin rechistar. Y que de paso, cumpla otras tantas.
Y es que desde la experiencia traumática de quedarme encerrada en el mercamoñas, lo he vuelto a pensar. Jo, yo quiero un chico que me venga a buscar al parking maldito, que me consuele, que me arregle el coche y que me diga “no te preocupes, que ahora vamos a casita, te preparo la cena y te doy un masaje de pies, que has debido pasarlo muy mal.” Y que, por supuesto, al día siguiente cambie la batería y, de paso, me lave el coche. Y que traiga el pan a la que vuelve a casa.
Pero como no lo tengo y chicososo (que quizás estaría dispuesto a hacer alguna de estas cosas) se ha ido a la playa, pues no me queda más remedio que ser una mujer moderna, liberada y jodida y hacerlo todo yo sola. Menudo fastidio.
Total, que hoy me he ido a comprar la batería del coche. Como soy rubia, menudita y con sonrisa angelical, los tíos de los talleres y otras cosas puramente masculinas tienden a tratarme como si fuese estúpida. Estoy harta de tener que demostrar que el hecho de ser rubia y mona no me convierte impepinablemente en subnormal profunda.

En la tienda de cosas para coches, me acerco al mostrador y el tipo me pregunta qué quiero.

-         Venía a por una batería.
-         ¿Sabes para qué coche?

No, da igual, para uno cualquiera. Qué importa. Debo ser tan tonta que no distingo mi coche de ningún otro, así que dame una que sea rosa y muy mona.

-         Sí, claro, un 206….

Antes de que me de tiempo a decirle el motor y eso, me corta diciéndome:

-         ¿Pero sabes qué motor tiene? ¿o al menos si es diesel o gasolina?

No, ni idea, yo le echo Chanel número cinco, no te jode.

-         Sí. Diesel. Un 2.0 HDi. 95 caballos.

El tipo rebusca entre unos papeles, mira el modelo exacto de batería y la trae.

-         El problema es que pesa mucho. – me dice.
-         Bueno, tengo el coche de mi madre ahí enfrente, creo que podré cruzar la calle.
-         No, no, yo te la llevo. Y si quieres te la instalo en un momento.
-         Pues hombre, está complicado, porque mi coche está en mi barrio y he venido con otro. Es que el mío no arranca, no tiene batería. – por si no lo habías captado.
-         ¿Ah, pero se te ha quedado sin nada, nada? ay, mujer, pero ¿cuándo se la cambiaste por última vez?
-         No lo sé. Hará al menos cinco años.
-         Ayyyyy – tono condescendiente – si es que hay que prestar atención a las cosas…
-         Ya, pero si no tengo novio por tal de no tener que prestarle atención, puedes imaginarte la que le presto al coche.

El tipo me mira completamente ojiplático. Pero aún así me lleva la batería al coche de mi madre para que no me hernie cruzando la calle. Que sí, que las baterías pesan, pero no eran ni cinco metros. En fin, se lo agradeceré pensando que es buena voluntad y que si en vez de yo hubiera ido mi abuelo, el tipo se habría comportado igual.
Total que llego al barrio y llamo a mi niño I, para que venga a echarme una mano a cambiar la maldita batería de los cojones. Que una es moderna y liberada, pero tampoco tanto. O al menos no lo bastante como para tener fuerza y conseguir aflojar las tuercas que la sujetan. Así que viene I, tan dispuesto como siempre. Qué haría sin él. Si es que es el hombre de mi casa, de verdad. Pues viene, muy dispuesto pero sin herramientas. Y las mías se las ha llevado mi madre. Joderrrrrr.

-         Pídeselas a un vecino. – propone.
-         Los vecinos me odian. Y no me hablo con ellos.
-         Pues igual es buen momento para empezar a hablarles.
-         Mierda.

Así que llamo al único vecino que me cae medio bien, chicodelprimero. Tras la confusión inicial de que alguien llame a tu puerta pidiéndote una llave inglesa, chicodelprimero ha venido a ayudarnos y ha traído un par de herramientas cuyo nombre desconozco y no tengo ningún interés en aprender. Así que I ha podido cambiar la batería y ahora mi coche arranca que da gusto. Dentro de otros cinco años, me volveré a quedar encerrada en el sitio y la situación más bizarra del mundo, pero eso es otra historia.
Cuando I se ha ido porque tenía que hacer cosas, me he quedado charlando con chicodelprimero, para sociabilizar un poco más que nada. Le he narrado mi historia terrorífica en el parking del mercamoñas y me ha contado un par de anécdotas parecidas. Luego hemos hablado de otros temas. Y al final me ha dado su teléfono y me ha dicho, que si me pasa cualquier cosa cuente con él, que para eso está y que total, ya que estamos solos y vivimos al lado, tenemos que echarnos una mano si se puede. Mola, otro hombre al que encasquetar tareas desagradables… o sea… un vecino majo. Ya no me odian todos los vecinos, ya sólo son cuatro de cinco.