Tras una semana de sequía ahora se me amontona el trabajo. Os
debo un post sobre penes y tengo un par de premios ahí atrasados. Prometo publicarlos
en breve. Pero hoy no puedo resistirme a contar esto. Las anécdotas de arañas
me pueden, lo sabéis.
Ayer por la tarde quedé con el Ross. Primero me echó la
charla porque fui a buscarle vestida con unas mallas y una camiseta con un
hombro al aire. Según él, iba provocando por el mundo. Y me dio toda una
conferencia sobre que los hombres del mundo quieren follarme y por eso unos
adolescentes me habían dicho una tontería por el camino. Al parecer, no debería
ponerme mallas con mi culo, ni llevar un hombro al aire porque provoco
reacciones en los pobres machos humanos y les dolerán los huevos por mi culpa. Sé que bromea, pero no me soltó de la mano en
todo el trayecto. Por si acaso venía un hombre excitado y me raptaba para
lujuriosos fines, supongo.
Una vez en mi casa, salió a la terraza a jugar con Ron, pero
vino en seguida dentro y me miró horrorizado.
-
Naar, hay una araña ahí fuera. Mátala.
-
Ross, el mundo no funciona así. Tú eres el hombre, mátala
tú. Y sabes que me dan pánico, que es lo único en el mundo que desata mis nervios, así que no jodas, ve y mátala tú.
-
Hum… achucharé a Ron para que la mate él.
-
¡No hagas eso, melón! – le chillé saliendo detrás suya.
– ¿No ves que le puede picar a él? Mátala tú.
Corrí descalza a la terraza, donde Ron estaba asomado
mirando a la calle y el Ross observaba una araña de tamaño medio colgando de mi
estantería.
-
¿La vas a matar?
-
No… total, Ron está en la otra esquina.
-
Pero puede entrar en casa o yo qué sé. Mátala, Ross,
joder, no me hagas cabrear.
Pero el Ross es incapaz de matar nada. Ni siquiera una
maldita araña. Y esto ya nos trajo problemas en el pasado. Yo estaba descalza y
presa de la histeria no me acordaba de dónde había puesto las zapatillas. Y para
colmo, no me fiaba de dejar al Ross solo, es capaz de esconder a la araña para
que yo no la mate. Como le seguía gritando desde la puerta, cada vez más
enfadada, él alargó el dedo y cogió a la araña por el hilo, con lo que el repugnante
bicho se puso a patalear.
-
Maldita sea, Ross, eres lo peor. ¿vas a matar a la
araña o vas a seguir haciéndome enfadar?
-
No la voy a matar, la voy a echar fuera.
-
¿¿Fuera?? ¿Pero no ves que ya estás fuera, anormal del
culo? – soy todo amor cuando me pongo nerviosa. – Las arañas pican, te conté el
otro día lo de mi madre. Y a Ron siendo pequeño le picó una en una manita y se
le hinchó mucho. Así que mátala, me cago en la puta ya.
-
Pero…
-
¡¡Ross!! ¡¡Joder, está pataleando!! – grito mientras doy
un salto y me rasco compulsivamente los brazos. – Mátala o vete a tomar por el
culo ahora mismo.
-
Vale, tráeme un papel.
A veces le odio mucho. Odio su sangre fría, odio su
pachorra, odio que se la pele mi histeria, odio que todo le resbale y sobre
todo odio que no mate arañas. Le acerqué un pañuelo y él, tan tranquilo, cogió
a la araña y la envolvió sin espachurrarla.
-
¿Pero se puede saber qué haces, pedazo de imbécil? – os
lo digo, amor puro.
-
La voy a tirar a la calle.
-
¿Qué? ¿A la calle? ¿Me hablas en serio? Puede volver a
subir, puede reproducirse, puede… ¡¡deja de mirarme con esa puta cosa en la mano,
Ross, joder, que me pones nerviosa!! ¡¡Te he dicho que la mates!! ¡¡Aplástala
ahora mismo!!
-
Pero mujer… ¿a ti qué te ha hecho esta pobre araña?
-
Sí, vamos a debatirlo muy despacio mientras aún la
tienes dentro de ese papel en la mano. O la matas ahora mismo y sueltas ese
papel o te juro que no me vuelves a tocar con esa mano nunca.
Entonces, con grandísima resignación, puso el papel en el
suelo e hizo como que lo pisaba un poco. Pero no lo pisó, no soy tonta. El Ross
pesa más de cien kilos, podría haber espachurrado bien ese papel y haber dejado
la araña reducida a un manchurrón, pero no. Hizo el amago para que me calmara,
pero nada más. Y luego tiró el papel por la terraza a la calle. Así es él. Hace
las cosas como para contentarte, para que no le puedas montar bronca, pero en
realidad siempre, sieeeeeeeeempre, se sale con la suya.
-
¿Pero qué haces, desgraciado? ¡¡No la has matado!!
-
Sí lo he hecho, ¿no me has visto pisarla?
-
No la has pisado, tú te crees que soy gilipollas, pero
no lo soy, Ross, y tú siempre haces lo mismo, joder. Como me pique una araña, o
pique a Ron, serás tú el único culpable. Y es que eres incapaz de hacer las
cosas bien por una vez, me cago en todo, Ross, eres lo peor, de verdad. Y si yo
te pido que mates una araña porque yo estoy descalza, joder, pues tú la matas y
punto.
-
Ya.
-
Y ahora ni siquiera me escuchas, porque es lo que haces
tú siempre, pasar de mí y hacer lo que te viene en gana. Y no, Ross, no son así
las cosas. ¿qué te costaba pisar al bicho ese repugnante? Vamos, coño, que
luego bien me mandas a mí hacer las cosas que te dan miedo que por cierto son
un millón. Yo te pido una cosa, Ross, una puta cosa ¿y tú qué haces?
-
…
-
Nada, Ross, no haces nada. Pues lo voy a contar en el
blog, que lo sepas. Pienso decir a todo el mundo que eres un inútil, que no
matas a las arañas y que pasas de lo que te digo.
-
Cuenta también que vistes como una fulana, paseando por
ahí tu culo embutido en unas mallas. – rió. – y con una camiseta con el hombro
al aire.
Hala, tócate los cojones. Y se quedó tan ancho, jugando con Ron a cazar una pajita. No
sé por qué puñetas le quiero. Os lo juro que no lo sé. ¡Hay que joderse! Ahora hay
por ahí una araña paseándose tan tranquila mientras yo me arranco la piel a
tiras de tanto rascarme. Y él, durmiendo a pierna suelta, claro. Manda huevos.