viernes, 2 de septiembre de 2011

el fruto del amor...

Llevo una temporada de un empalagoso que no hay quien me soporte. Y es que hace tiempo que no me pasaba ninguna de las cosas que me inspiran para escribir paridas. Empezaba a pensar que mi karma había cambiado y ya no me iba a encontrar con locos. Pero estaba equivocada.
Ayer por la tarde salí a comprar algunas cosas. Mal día, por cierto. Parece que todo el mundo vuelve a estar en Madrid y todo vuelve a ser un caos. Coches, pitidos, gente por todas partes… la locura comienza de nuevo. De hecho, me asomé al mercamoñas y volví a salir tal cual, sin llegar a entrar. Estaba llenísimo de gente haciendo acopio de comida para sus vacías neveras tras las vacaciones.
Total, que pensé, ¿qué es lo que necesito con urgencia? Fruta. Y me fui a una frutería normal, de las de toda la vida, de las del señor que te atiende, donde había considerablemente menos gente. Justo delante de mí había una señora mayor. No mucho, no una anciana. Sólo una señora de las sesenta y tantos. No parecía una pordiosera, ni una loca, ni nada raro. Una abuela normalita, digamos. Con su moreno Benidorm y un bolso de paja.
El señor frutero le habla como si la conociera. Le pregunta por las vacaciones y tal.

-         Pues bien, hijo, bien. Pero bueno, ya se sabe como es todo en agosto, un asco, todo está lleno de gente. Y mucho joven, que da gusto verlos por la playa con esos cuerpos. Y por la noche, bailando y bebiendo. Qué barbaridad. Qué gusto de juventud.
-          Bueno, usted aún es joven.
-         ¿Yo? Qué más quisiera, hijo. Ser joven hoy en día es un lujo. Hacen lo que quieren tienen mucha libertad. No como en mi época, que si nos cogían de la mano ya pensábamos que iban a perdernos el respeto. Ahora sí que saben disfrutar.

El frutero se queda pensando, así como esperando que la mujer se decida y le pida unos melocotones o algo así. Yo medito un momento. En parte sé que la señora tiene razón. Mis abuelas se quejan de lo mismo. Y es cierto, ahora follamos más si es a lo que se refieren. O al menos con más gente diferente. Sólo el tiempo dirá si eso es muy positivo a largo plazo. La mujer interrumpe mis pensamientos y vuelve a la carga:

-         Que ahora sí saben. Van juntos chicos y chicas, bailan unos con otros, se besan en la calle. Bueno y eso, cuando no bajas a la playa temprano y te les encuentras en la playa… ahí, haciendo sus cosas, desnudos. Que digo, “ay, si volviera yo a tener veinte años”

Genial, la abuela quiere frincar en la playa. Menuda imagen mental. Preferiría no imaginar estas cosas.

-         Usted es joven. – repite el frutero. – seguro que ha ligado este año, con lo guapa que va y lo morena que se ha puesto.
-         Pues mira sí. Sí que tengo pretendientes. Pero todos viejos, claro. ¿Y para qué quiero un viejo? ¡Si luego no funcionan! No, no, déjate. Para eso, mejor sola.

Vaya, ya empezamos. Me pregunto por qué la gente de mi barrio habla de su vida sexual en los comercios. Igual debería abrir un consultorio. El consultorio sexual de Naar. No les iba a solucionar mucho, pero al menos les escucharía y no irían por las tiendas haciendo perder el tiempo a los que queremos un kilo de peras y otro de tomates mientras ellos exponen en público sus problemas de cama, sean por exceso (como aquella del Mariano) o por defecto, como la abuela cachonda.

-         En fin, hijo, dame un kilo de manzanas, que es la única tentación que tengo yo, manzanas, como las de Adán y Eva.

Mientras el tipo las coge ella dice:

-         Y me vas a poner un melón. Pero que esté durito ¿eh? Para melones chuchurríos ya tengo los míos… que ya no son melones ni nada…

El hombre se ríe, yo miro para otro lado, pero es inevitable: si alguien habla de sus tetas, te ves obligado a mirarlas. Sacudo la cabeza.

-         Y ponme higos, unos higos maduritos y dulces, que de lo que se come se cría. Y unas ciruelas.

Espero a ver si se le ocurre algo sexual con las ciruelas, mientras albergo el temor de que pida plátanos. Unos buenos plátanos, canarios, grandes y turgentes. Pero la mujer tiene una idea mucho mejor.

-         Ah, y dame un nabo. Un buen nabo. Uno grande y hermoso, me refiero.

¿Un nabo? ¿en serio?  Noto como un sudorcillo me baja por la espalda, pero extrañamente, la mujer no dice nada más al respecto. Qué modo de desaprovechar un nabo, después de hacer coñas erótico-festivas con media tienda. De todos modos, pienso que debe ser terrible llegar a vieja con ese furor uterino. Y me pregunto si será mi futuro.
Por cierto, al final no había nabos. Y no quiero sacar conclusiones al respecto.


jueves, 1 de septiembre de 2011

Anita, mi amor femenino

Soy una mujer un tanto… peculiar. Sí, eso. Llamémosle “peculiar”. El caso es que siempre me ha costado tener amigas. Por eso valoro tanto a las que tengo.
Y una de las que más me gusta es Anita. Advertí en el post anterior que le iba a sacar los colores y al menos voy a intentarlo. Que con ella no es sencillo.
Conocí a Ana cuando éramos compañeras de trabajo. Y desde la primera vez que la vi, me gustó. Parecía seria, hablaba bajito y tenía unos ojos súper azules difíciles de interpretar. Pero me gustaba. Porque a mí me pareció preciosa. Y me dio esa sensación que me da a veces alguna gente de que no es lo que parece. Me gusta esa gente. Me gusta quien no es lo que parece a simple vista. Me gusta, porque yo también soy así. Y siempre tengo la esperanza de que alguien intuya eso en mí y me dé una oportunidad de mostrarme tal cual.
El caso es que cuando llevaba apenas unos días trabajando, me dijo que me instalara no sé qué programa en el ordenador para poder hablar en las tediosas horas de oficina. Accedí. Y menudas risas mal disimuladas. Ella, Nuria (la novia de la última boda) y yo hablando todo el día de las majaderías que se nos ocurrían. Hablando de chicos, de libros, de ideas extrañas. De sexo. De absurdeces que nos pasaban. Así aprendimos a conocernos y a querernos, pantalla de ordenador por medio aunque sólo nos separaban un par de paredes de pladur.
Luego ella se fue de la empresa. Pero seguíamos hablando a diario. Y luego me fui yo. Pero no perdimos el contacto. Visité su casa. Ella vino a la mía cuando sólo vivía de alquiler. Luego conoció esta. Forjábamos una amistad a pesar de que ambas salíamos con desequilibrados que nos complicaban la vida de diversas maneras.
Luego ella echó de su vida al suyo y yo al mío. Y nos quedamos solitas, solteras, llenas de ideas raras y sin ser lo que parecemos. Por eso ya nos unimos irremediablemente. Y menos mal. Sin ti no hubiera salido adelante igual, nena.
Ana, dejando nuestra historia de lado, es fascinante por sí misma. Es guapa, inteligente, independiente, fuerte, segura de sí misma. Habla bajito, despacio, pero dice auténticas burradas que me matan de risa. Parece menuda, dulce y frágil. Pero no lo es. Tiene mucha más fuerza física y moral de la que nadie sospecharía. Y la dulzura la deja para las tartas que prepara.
Debo decir, que es la única mujer con la que he tenido un sueño erótico. Y era un trío estupendo, por cierto. Y aunque no es pelirroja, creo que es preciosa. La lástima es que ninguna de las dos tiene pene. Si no, la vida sería más sencilla. Pero bueno. Me conformo con hablar de sexo con ella. Es la única persona del mundo a quien le cuento ciertas cosas, a quien le confieso lo más oculto y retorcido, a quién no me da vergüenza decirle lo que realmente pienso o siento. Y es que Ana tiene una energía sexual maravillosa. Es capaz, de hablar de todo con una naturalidad que me fascina. Puede decirlo todo sin dudar, sin ponerse roja, sin titubear. Y eso tras la carita de niña buena, tras su melenita medio rubia y sus ojos azulísimos. Me veo en ella, también pareciendo buena y siendo una pervertida. Y me divierte hasta el extremo, lo que parecemos y lo que somos. Así pasa, cada vez que salimos, nos llevamos a los hombres de calle. Ella me convence para bailar. Yo me río y me dejo. Ella me provoca para hacer locuras. Yo me tiro de cabeza.
En fin, Anita, mi amor femenino, que eres única. Especial, maravillosa y fantástica. Y te quiero. Te quiero porque sacas todo lo que procuro ocultar de mí. Porque contigo no me siento una loca. Porque contigo no temo ser quien soy. Porque contigo me siento segura, me siento feliz, me siento libre. Me siento yo en ti. Por eso, y por todo lo que tú sabes, te quiero en mi vida. Te quiero cerca. Te quiero siempre a mi lado y yo al tuyo. Estemos solteras, encontremos churri o vivamos rodeadas de gatos. Porque te quiero. Te quiero, nena, aunque no tengas pene.

lunes, 29 de agosto de 2011

ligando en la boda

Todo en la vida es por rachas. O al menos en la mía. Yo vivo en una montaña rusa constante. Emocional, física, sentimental, social. Paso del todo a la nada, de la locura a la paz, de amar la vida a considerar el suicidio. En fin. Con los años me he acostumbrado.
El tema es que he pasado unos meses en los que me sentía fea. Que no es que sea una belleza, pero me sentía muy cardo. Y encima no ligaba ni a tiros. Nada. Desde un momento de lo más chapucero con A, no me comía un rosco. Y hace meses de ello. Porque chicososo con mirarme con cara de susto lo tiene todo hecho.
 Lo chungo es que yo tengo la teoría de que en la vida todo se retroalimenta. Es decir, la vida es una pescadilla idiota que se muerde la cola. Cuanto menos ligas, más te deprimes, más feo te sientes, menos te arreglas… y eso hace que ligues menos. Y entras en un bucle de malrollismo total. Pero he aquí el rayo de esperanza: si un día rompes ese círculo vicioso, puedes entrar en el contrario. Ligas, te pones de buen humor, te arreglas un poco, te sientes monísima de la muerte, sales a la calle pisando fuerte y robas unas cuantas miradas… por lo que te sube el ánimo y entras en el bucle del buenrollismo.
Eso, o que mi montaña rusa me lleva de salir arrastrando el chándal y las ojeras sintiéndome un vil gusano, a ponerme los vaqueros ajustados y creerme una tía buena sin límites. (Hola, bipolaridad.)
Esta vez no sé muy bien cómo comenzó el momento de subida de ánimo. Creo que en parte puede ser debido a que a chicososo le falta tanta vida que cada vez que le veo, me animo el doble, por él y por mí. Luego ha ayudado mucho la boda del sábado. Y madre mía, qué boda. No me lo había pasado así desde hace años. Y desde luego, nunca en una boda. Vaya fiestón. Iba mona, el vestido era precioso y los rizos me quedaron estupendos, pero sobre todo, adopté una postura de “voy a pasármelo bien” que ayudó mucho. Total, no tenía nada que perder. Así que me alié con Anita, que es la mejor amiga del mundo para hacer ese tipo de cosas. Más que nada, porque está igual de zumbada que yo y así no me siento rara (pienso dedicarte el próximo post para sacarte los colores, maja). Y luego me reencontré con unos amigos de la novia con los que estuve en la playa hace un par de años. Y en cuanto terminó la cena y pusieron música, empezamos a darlo todo. Bailamos pasodobles, sevillanas, rumbas, salsa y todo lo que echaron. Así que debía desprender un aura de "estoy soltera y loca como una cabra" que ayudó muchísimo.
Conclusión: ligué como una perra. Y eso que yo creía que lo de ligar en las bodas era un bulo. Con un canario cansino, con un macarrilla, con un tío altísimo, con el primo tonto del pueblo y con unos cuantos que me señaló la novia, pero que no se atrevieron a acercarse. Y eso sube el ánimo, claro.
Además, el macarrilla al final se decidió y me dio un beso. Un beso estupendo, por cierto. Sin miedo, sin cara de susto, sin dudas. Un beso, con decisión, con ganas, con agarre de cuello, con lengua y todo. Un beso como está mandado, coño. Que hacía demasiado tiempo que no me besaban así.
Y es que sé que doy una imagen de mujer frágil y delicada, pero no lo soy. No me gustan las cosas románticas, no soy de las que necesitan flores y hacer manitas. Yo soy más de que me empotren contra una pared, de que me besen con ganas, de hacer las cosas a lo bruto.  Hablando claro, yo no soy de las que “hacen el amor”. Yo follo. El resto, son mariconadas.
Bueno, gustos sexuales a parte, lo pasé bien hasta decir basta. Necesitaba una juerga de estas.
Y voy a comprarme un cacharrito de esos de coger turno, como los de la pescadería. Para los hombres que me rodean (que hay un par de ellos más y lo contaré en su momento). Que vayan cogiendo turno.

viernes, 26 de agosto de 2011

segundo aniversario de amor y felicidad

Mañana voy de boda. Y no me gustan. Si salí corriendo de la que podía haber sido la mía, no es difícil hacerse una idea de lo que opino de las ajenas.
Pero da igual, ya tengo el vestido, los zapatos, los pendientes y los rulos puestos para que mañana mi pelo parezca más bonito de lo que es en realidad.
Sin embargo, bodas a parte, mañana es un día maravilloso. Él no lo sabe, o al menos no le importa nada, pero mañana es el día que el AMOR llegó a mi vida. El amooooooooor. El amor de verdad. El amor más maravilloso y fascinante que he conocido nunca. El amor de verdad. El súper amor. Mañana hace dos años que él llegó a mi vida. Y aunque los comienzos nunca son fáciles, ahora sé que es lo mejor que me ha pasado nunca. Y doy gracias a Dios por tenerle. Mi vida no sería la misma sin él. Por eso, aunque él no lo sepa, o no le importe este día, entre otras cosas porque cada día es especial y fantástico a su lado (él me ha enseñado a vivir al día), hace dos años que está conmigo.
Eres el amor de mi vida, Ron. Y aunque quede como una loca, te quiero más que a nada en este mundo. Y me siento querida. Las siestas son mejores contigo. Dormir es mejor cuando te abrazas a mis piernas. Despertar es mejor porque tú ronroneas y me das cabezazos. Vivir es mejor a tu lado. Y por eso, gracias por haber llegado a mi vida, haberlo cambiado todo y haberme dado una razón para seguir adelante. Me haces muy feliz, enorme gatito montés.



martes, 23 de agosto de 2011

¿me leerá?

A veces me da por pensar qué pasaría si todo el mundo de mi vida "real" leyera el blog. Y me entra así como un escalofrío por la espalda. No creo que realmente diga cosas muy malas de la gente y se fueran a enfadar. Pero sí siento que es como ponerme en pelotas y salir a la mitad de la calle. Como mostrar todo lo que oculto generalmente.
En cualquier caso, guardo la esperanza de que nadie conocido me lea o que al menos nadie conocido me reconozca.
Todo esto viene porque ayer volví a quedar con chicososo. El aburrimiento y la soledad hacen estragos en mí.
Cuando quedamos la semana pasada,  me dijo: “yo es que soy muy soso”. Silencio incómodo. Hum. “No, tesoro, ¡qué va! tú qué vas a ser soso…” y no sonó creíble. Soy terrible disimulando.
Empecé a sospechar algo raro.  Me dio por pensar, qué te juegas a que este lee el blog y se ha dado por aludido, obviamente. Pero decidí pasar del asunto y él tampoco volvió a insistir.
Y ayer volvimos a quedar. Y volvió a hacerlo. No sé de qué hablábamos cuando suelta: “no sé, igual soy un poco nena”. Aydios, aydios, aydioooooos. ¡¡Este tío lee el blog!! ¡Lo dije en la entrada anterior!
Consideré la opción de enseñarle una teta para que se desmayara y con un poco de suerte, se golpeara la cabeza y perdiera la memoria. Pero  al final decidí pasar. Si por alguna razón, lee el blog y aun así queda conmigo y me mira con arrobo, lo que no necesita son más golpes en la cabeza, desde luego.

jueves, 18 de agosto de 2011

mark lenders vs oliver aton

No, no es un post friki sobre dibujos manga de ojos enormes y bocas abiertas. Ni siquiera me gusta el manga. Es una metáfora. O algo así.

Este verano está siendo un rollo. No tengo dinero ni para salir a la puerta. Y tampoco ningún plan lo bastante bueno como para prostituirme en una esquina y conseguir los euros suficientes para hacerlo.
Así que ayer quedé con chicososo, que ha vuelto de la playa. Total, estaba aburrida, medio pachucha y temía que mi vocabulario se redujese definitivamente a “miau-miau” “¿quieres comidita?” y “ven a que te limpie ese hocico, gato cochino”.
Y estaba pensando en cambiarle el apodo a chicososo, pero he decidido que está bien como está, porque los otros que se me ocurren son incluso peores.
Puede que yo sea algo conflictiva a la hora de buscar hombres. Mi madre dice que mi camino se torció cuando de pequeña me gustaba más Mark Lenders que Oliver Aton y que terminé de rematarlo cuando mi primer amor platónico fue Hugo Sánchez, el jugador del Madrid que ha llevado los pantalones más cortos y apretados del mundo.
El tema es que me gustan los hombres con carácter. Con iniciativa, con ganas, con sangre en las venas. Me gustan los hombres que están “vivos”, que se ríen, se enfadan, lloran, gritan y te besan en mitad de la calle. Me gustan los hombres dispuestos a hacer planes, a quedarse en casa viendo la tele, a salir a bailar hasta las mil y monas, a cuidarme si estoy mala y a hablar de metafísica hasta la madrugada.
No me gustan los hombres que se escandalizan por cosas tontas, que les da vergüenza todo, que te tocan con miedo, que son mártires de causas absurdas y que se acobardan. No me gustan las nenazas. Quizás porque yo misma no me permito ser blanda, tener miedo, llorar o asustarme. Y si yo no lo hago, tú tampoco. ¡Sé un hombre, por todos los diablos! Y no hay excusas. Si yo puedo tú también, no me jodas.
El caso es que chicososo es un poco así. Un poco blandito para mi gusto. Tan mono él, con sus sonrisa perenne y sus ojillos verdes tan inexpresivos. Tan rojo cuando se habla de sexo. Tan ojiplático cuando me oye hablar. Tan tembloroso cuando me roza una cadera sin querer. Y anoche se lo dije, “chicososo, que no tienes 15 años” y su respuesta casi me deja muerta: “es que tú me impones mucho.” Madre mía. Le asusto. Y claro, me contó que sus novias habían sido todas tontas, de las que lloriquean, te preguntan si las quieres y te abrazan para dormir porque es muy romántico. Claro, este chico no ha visto a una mujer de verdad en su vida. Traté de convencerle de que no es tan fiero el león como lo pintan, que no tengo hombres emparedados por casa, que no tengo un cajón con instrumental sado (está todo en una caja en el armario de arriba… ¿cómo lo iba a tener en un cajón? Menuda estupidez) y que, hasta ahora al menos, todos mis ex han salido vivos. Pero él me vuelve a mirar como si fuera a darle de latigazos de un momento a otro y me replica que es que le gusto mucho. ¿Y te asusta que te guste? ¿Estás asustado por eso? ¿Estas asustado por que sea yo? ¿Estás asustado de estar asustado? Hummmmm… ¿Alguna vez en la vida has estado “no asustado”?
No me molesté en explicarle que no duele. Anda y que se lo cuente otra. Yo prefiero hablar con el gato.  
Ahora me acuerdo por qué le engañé con otro cuando salimos la primera vez y me olvidé de que existía. Ahora recuerdo porqué tras nuestra primera cita me puse a hablar con el dueño de mis sábanas. Ahora sé por qué volvería a hacerlo mil veces. Ahora sé que esto no va a ninguna parte.  Ahora sé que le he olvidado antes de recordarle. Ahora sé porqué de niña prefería a Mark Lenders en vez de a Oliver Aton.  



martes, 16 de agosto de 2011

pasos para ser una vieja loca a los 28

Mierda. He dado unos cuantos pasos más para ser la loca de los gatos. Chungo, chungo.

El domingo por la tarde me aburría en casa. Y hacía bastante calor. Así que, en un arranque de diversión, decidí ir a casa de mi madre a regarle las plantas. Súper fiesta de domingo, que se llama.
Total, que me pongo mis pantalones de pasear, como yo les llamo. Son unos viejísimos pantalones de tela verdes, cutres, anchos y con bolsillos. Los combino con una camiseta gorrina que algún día fue blanca, pero a fuerza de lavarla es parduzca y los dibujos rojos que tenía ahora son rosas-anaranjados e indefinibles. Además la recorté el largo y las mangas. Y ya que voy en plan guarro, me pongo unas zapatillas beiges de tela (de esas que llevan las abuelas para hacer gimnasia) que me dio mi madre para estar por casa.  Soy sexy de cojones. Además, como hace calor, me recojo el pelo en un moño despelujado de lo más favorecedor. Total, que si alguien me viera con esta pinta rebuscando en la basura o pidiendo limosna, no se extrañaría demasiado. Paso uno para ser una vieja loca a los 28 años: vestir como una pordiosera y que te la pele.
Bueno, pues yo tan feliz con mis pintas. Riego las plantas y aunque aún no hablo con ellas, pienso que se están poniendo muy majas desde que las trasplanté. Siguiente paso para la locura: tener plantas, preocuparse por ellas y en casos extremos y futuros cercanos para mí, hablarles.
Tras la riega, me vuelvo a mi casa dando un rodeo para andar un poco. Pienso que, total, ya que visto y me comporto con las plantas como una abuela, voy a hacer deporte de abuelas. Y llegando ya casi a mi casa tras el paseo, veo un gatito negro tumbado sobre un cubo de basura. Tiene algo que me hace mirarle. Es una gatita. Y hace muy poco que ha parido, tiene las tetillas muy hinchadas y peladas. Está muy delgadita. Y a mí que se me empieza a arrugar el corazón. Como soy una pirada, le digo “bisbisbissss, gatita, gatita guapa”. Paso tres para ser una loca: hablar con animales desconocidos a parte de con los propios. La gatita me mira desconfiada, pero no se mueve ni se asusta de mí. En esto que pasa un señor que iba paseando a un perro. Y me dice que la gata lleva ahí un par de días, que debe tener a los cachorritos cerca o algo así. Le digo que claro, que es lo que me preocupa, que estén por ahí y alguien los cojo o les haga algo. Miramos alrededor, que hay un pequeño solar, entre los cubos de basura, el señor se asoma a una alcantarilla, incluso. Y el hombre y yo estamos en nuestro afán de ver si encontramos a los gatitos, no para cogerlos, si no para tratar de protegerlos, cuando pasan un par de niñatos de los de mi barrio, de los de gorra, pendientes, cadenas de oro y demás. Y uno me dice: “ten cuidao, que se ponen mu agresivas cuando están parías. Antes pasemos, me acerqué y m’a bufao.” Me debato entre bufarle yo también o sólo mandarle a parvulario para aprender a hablar, pero le ignoro y sigo mirando entre los cubos, me da miedo que haya parido dentro y cuando venga el camión triture a los pobres pequeños.  Paso cuatro para ser una loca: hablar con desconocidos y comportarse como una lunática ante los vecinos.
Total, que no damos con los gatines, lo que es una buena noticia, debe tenerlos bien escondidos. El señor se va por su lado y yo por el mío. Pero no me voy tranquila. Ni mucho menos. Esa pobre gata, que es súper jovencita, muy pequeña y en los huesos, con sus bebés por ahí escondidos. Así que subo a casa y no me lo pienso dos veces. Cojo un bote vacío y lo lleno de agua. Y cojo un sobre de comida de esa de trocitos con gelatina que tengo por si acaso, porque a Ron no le sientan muy bien. Y me vuelvo a la calle.
Me acerco a los cubos, pero no veo a la gatita negra. Hasta que oigo que en un cubo, se oyen ruidos. La llamo y se asoma. Estaba buscando comida entre las bolsas. Yo me agacho y entre los cubos, le pongo el bote con agua y la comidita en la tapa del bote. Me alejo un poco, pero me quedo en la esquina observando. La gata no tarda nada en bajar al suelo del un salto y ponerse a comer y a beber. Y yo suspiro, un poco más aliviada dentro de mi desazón. Paso cinco para ser una loca: dar de comer a gatos callejeros.

Y vuelvo a casa, arrastrando mis enormes pantalones, con mi moño medio deshecho y mi camiseta recortada. Me veo en el espejo del ascensor. Me falta el carrito lleno de basura, pero tiempo al tiempo.
Y sin embargo, debo decir, que me siento bien por haberlo hecho. Que no hubiera dormido si no llego a llevar algo de comer a esa pobre gata. Así que ya queda poco. Dentro de poco pasaré los días repartiendo comida para gatos por las esquinas de los parques, me trincaré un par de botellas de tequila a la semana y escucharé rancheras de Chavela Vargas por las noches mientras hablo con mis plantas y les saco brillo hoja por hoja. Que los servicios sociales, a los cuales pertenecí un día desde el otro lado, se apiaden de mí.   

Nota mental: esto no me va a ayudar a encontrar un hombre.