jueves, 27 de abril de 2017

Querido acosador del tranvía

El otro día nombraba a Coco por un tema más filosófico, hoy lo voy a traer de nuevo a colación porque hay gente que se ha debido perder el significado de “sí” y “no”. Igual es difícil de pillar.

El asunto es que se ha hecho viral una especie de noticia, que vaya periodismo de mierda se hace hoy en día en muchos aspectos por cierto, sobre un tipo que vio una chica en el tranvía en Murcia y ha llenado la ciudad de papelotes buscándola. Así porque sí, porque sus huevos toreros lo valen. Y vamos a desmigar el tema porque me parece lo suficientemente importante. Siento que el post vaya a ser muy largo, la ocasión lo requiere.




Primero, el tío será llamado a partir de ahora Acosador. Porque es lo que es y punto, no admito discusión al respecto.

Segundo, el acosador admite que no es la primera vez que busca una persona de la nada. Esto lo único en lo que lo convierte es en reincidente. Hay quien se ha planteado la posibilidad de que tenga alguna clase de trastorno y yo no lo descarto. En ese caso, necesita tratamiento, pero no es eximido de su culpa. Los problemas mentales son un atenuante, pero no te dejan libre de lo que haces. Es decir, si alguien con una enfermedad psiquiátrica mata a otro alguien, tendrá el correspondiente castigo a pesar de su enfermedad, no va a quedar impune, libre y paseándose por la calle para que lo vuelva a hace. Así que no, no me vale que este chico “es un pobre loco” que no merece ser acusado de lo que es, un acosador peligroso.

Tercero, aquí hay un problema de machismo. Dejando de lado si tiene un trastorno o no, que ahora mismo no es lo importante, hay un machismo subyacente en la sociedad que lleva a los hombres a pensar que ellos pueden elegir a una mujer y ésta debe ser suya porque sí, sin importar ni tener en cuenta lo que ella quiere, lo que ella opina, lo que ella siente. Sin tenerla en cuenta para nada. Ella no pinta nada en esta historia porque él ya la ha elegido. Como el que ve un par de zapatos monos y se los compra. Y NO. No es aceptable bajo ningún concepto. El tío dice que “intercambiaron miradas” eso se traduce porque él la miraba, y cuando te miran, sueles mirar. Y punto. Eso no significa nada. De hecho, es más que posible que él la mirase tanto que ella mirase varias veces en plan qué quiere este tío, por qué no me deja en paz. Todas las mujeres a veces hemos sentido eso. Y no es agradable, no gusta. Porque si te gusta, lo haces saber, sonríes, haces algún gesto, dices hola. Si sólo hay miradas, quizás es porque te está incomodando. Luego el acosador dice que le hizo gestos para que se bajara con él pero ella lo ignoró. ¿Eso no le dice nada? Si te hacen un gesto y no respondes, la comunicación se ha terminado. Que de todos modos, me parece fatal. Si ves una chica o chico que te gusta, lo normal es acercarte y decir algo. De forma educada y no invasiva, puedes probar suerte. Oye, que te he visto y me gustaría conocerte, quieres un café. Algo así. Y si te dicen que no, pues nada, gracias y adiós, lo siento si te he molestado. No lo veo mal. Sin insistir, sin dar la brasa, sin poner a la otra persona en una situación incómoda. Pero hacer gestos es confuso e irritante. Y desde luego, que un tipo te haga señales para que te bajes con él del metro, bus o lo que sea, lo único que te da es susto. Porque no le conoces, no te ha dicho ni hola y qué cojones querrá el puto psicópata. Así que, obviamente, no te bajas. Aún así lo más seguro es que la chica se fuera medio asustada o preocupada a su casa, mirando de vez en cuando a ver si el loco de la pradera la va siguiendo. Cosa que tampoco es descabellada porque pasa todos los días.

Cuarto, aunque ahondando en el tema del machismo merece un punto a parte, aquí hay un problema de educación. A los hombres se les enseña que las mujeres dicen que no cuando quieren decir que sí. Que las mujeres difíciles son las que valen la pena, que hay que luchar por ellas. Que las demostraciones de amor grandilocuentes son románticas y que pueden conseguir a cualquier chica con gestos de película mala. Y a las mujeres se nos enseña que si te gusta un chico no se lo puedes hacer saber, que hay que hacerse un poco la estrecha porque si no, pierden el interés. Que si te acuestas con un chico demasiado pronto, no te va a respetar. Y estas ideas se retroalimentan la una a la otra en un bucle infinito de estupidez. Porque el respeto, queridos y queridas, es otra cosa y no tiene que ver con lo que haces con tu entrepierna. El respeto se gana con tu actitud ante la vida y ante las circunstancias, no por llevar bragas de cuello alto que no te quitas nunca. Y si un chico te gusta, no pasa nada por decirlo, por interesarte por él, por dar un paso. Estoy harta de la idea de que las mujeres nos tenemos que dejar conquistar por caballeros de brillante armadura. Estoy hasta el coño moreno de que si no estás un tiempo prudencial mareando la perdiz para que el tío se esfuerce en conseguirte es que eres fácil, puta, guarra, zorra. Que ya basta, que ya es suficiente.

Quinto, el tío presupone que la chica parece triste y se justifica y pone en la posición de bueno alegando “que él quiere hacerla feliz y que es muy cariñoso”. Mira, puede que la chica fuera con la cara mustia. Porque se encontraba mal porque estaba con la regla, porque había discutido con su madre, porque se había muerto su hámster, porque le salía del culo estar pocha ese día. O porque había un capullo mirándola sin parar desde el otro lado del tren. No es asunto de nadie y tiene todo el derecho a ir con la cara que le dé la gana sin que nadie se sienta en la situación de tener que cambiarlo. Que el acosador se permite el lujo de decir que quería “sacarle del infierno en el que te encontrabas”, basándose en la nada, en lo que a él le gustaría, en lo que cuadraría en su loca historia. Porque el infierno, no es por nada, ya se lo está montando él con toda esta escenita. Y si es verdad que ella está triste, ya se alegrará cuando quiera, donde quiera y con quien quiera. No necesita nadie que vaya a salvarla de sus penas y menos, un desconocido. Porque el muy gilipollas encima se permite el lujo de decir que se ha enamorado de su tristeza. Y no. De la tristeza no te enamoras. La tristeza te produce ternura, compasión o afán de protección, sentimientos muy nobles si son por tu padre o por tu hermanita pequeña. Pero no por una pareja. Porque si te enamoras bajo esas circunstancias es que pretendes tener una relación de superioridad, donde la otra persona te necesita, donde tú eres el dominante, el superior, el que le otorga esas sonrisas y esa alegría que crees que necesita porque sin ti está triste, infeliz, jodida y rota, pero tú arreglas todo eso. Y de nuevo, no, no es forma de querer las cosas.

Y sexto y último. No me quiero poner en el pellejo de la chica. Que encima de que estuviera (vamos a suponer que es verdad) de bajón por lo que fuera, encima de que un pirado te ha hecho gestos en el tren y has llegado a casa asustada de ver una sombra por si el tío ese aparece de la nada... encima, vas y te encuentras a los dos días tu ciudad, que no es tan grande por cierto, llena de carteles que hablan de ti y la mitad de los medios de comunicación dando bola a un acosador bajo la bandera del amor. De un amor enfermo y mal entendido, lleno de estereotipos feos de películas baratas. Llamando amor al acoso, victimizando al acosador porque el pobre, está desesperado buscando al potencial amor de su vida, sin que nadie se plantee la situación en la que se está poniendo a la muchacha.

Como remate y a nivel personal, diré que mal, muy mal vamos por este camino. Porque yo sé lo que es que te acosen y sé la fina línea que separa esos “gestos románticos” de que el tío se cabree porque no consigue lo que quiere y te insulte, te humille, te intente asustar, chantajear o en el peor de los casos, te llegue a agredir. Y ojalá me equivoque y no sea el caso concreto, pero no se puede dar pábulo a estas actuaciones. Y luego nos ponemos el lacito morado en la solapa, nos indignamos cuando hay una mujer muerta a manos de su ex, o de su pareja. Luego decimos que cómo puede pasar en pleno siglo XXI, que es inconcebible. Luego nos solidarizamos mucho el día de la mujer. Pero sale esta historia y le vemos la gracia y le vemos el lado romántico y le vemos el lado idealizado y bonito. Y ay, ojalá se encuentren y se quieran. No se puede ser más gilipollas. Y así vamos de puto culo, os lo digo. Porque o cambiamos la forma de ver las cosas de raíz y nos damos cuenta de los problemas antes de que la siguiente aparezca apuñalada, ahogada, muerta a palos, o no dejará de ocurrir. Y debería darnos vergüenza. Porque cada mujer que muere a manos de un hombre es un fracaso de toda la sociedad. Uno grande, enorme, doloroso. Y espero que algún día dejemos de mirar para otro lado y de justificar lo injustificable.



martes, 25 de abril de 2017

Marcha atrás y sin luces

La otra noche estuve un rato hablando por wasap con mi amigo el poli. Cuando paso un rato así, charlando de gilipolleces y haciendo bromas, se me olvida que ese tío va de uniforme y lleva pistola. Casi me parece que es una persona normal.
Ahora en serio, sé que los policías son personas. O eso dicen ellos. El caso es que mis encuentros con la pasma siempre son tan surrealistas (aquí, aquí y aquí) que me hacen dudar. Uno de estos encuentros me ocurrió las pasadas Navidades.
No recuerdo exactamente qué día era, pero estaba en pleno meollo de las fiestas porque fui a hacer algo a casa de mi madre, luego tenía que ir a casa de mi prima Amai a dar de comer a los gatos y la jerba porque ella estaba de viaje con la familia y luego tenía cena-compromiso con no sé quién. Total, que toda mona yo, empecé mi periplo de quehaceres y aparqué en una calle estrecha de un solo sentido. Hice lo que fuera que tenía que hacer y al salir, me encuentro un coche de bomberos atravesado un poco más adelante y dos coches de policía en mitad de la calle aparcados al lado del mío, por lo que no me dejaban salir. Gruñí un poco y me asomé al epicentro de aquella molestia.
Al parecer una abuelilla que vive en un bajo no está muy bien de la cabeza y se había dejado un grifo abierto o algo parecido, por lo que había montado una piscina en pleno diciembre. La situación parecía más que controlada, así que me arriesgué a acercarme y pedir que me dejaran salir. Había un policía cuarentón con bigote y pinta de pocos amigos y otro jovencito y con cara de aburrido, que inmediatamente se convirtió en mi objetivo. Puse mi mejor cara de inocente y le sonreí.

  • Hola... Oye, ¿esto va para mucho rato? Es que tengo ahí mi coche y me quiero ir, tengo un poco de prisa.
  • Pues no sé.
  • Ya, es que vuestro coche está tapando el mío.

El poli joven se fue a preguntar al poli bigotudo. Hasta aquí bien. No había dicho nada incoherente, no había preguntado por los pantalones de velcro, no le había pedido que se sacara la porra. Lo estaba haciendo BIEN. Así que me confié.

  • Mira, que dice mi compañero que va aún para rato, que uno de los coches no se puede mover y los bomberos tampoco, pero si quieres saco el otro y damos marcha atrás para que salgas por el otro lado de la calle.
  • Vale.
  • ¿Te atreves a ir marcha atrás?
  • Yo me atrevo con todo.
  • ¿No te da miedo?
  • La única marcha atrás que me asusta es la que te puede dejar preñada.

Vale, ya la hemos liado. La tercera frase y ya la había cagado, a pesar de que sigo pensando que fue culpa suya por provocarme. Por eso no me gusta hablar con la policía. Por suerte el chaval se echó a reír y me dijo, que venga, que salía él antes y yo le seguía marcha atrás. Íbamos caminando hacia el coche y entonces me di cuenta de la trampa:

  • Oye, no me vas a multar por ir marcha atrás toda la calle, ¿verdad? Que los policías sois muy... - me di cuenta que por muy majo que fuera igual no era apropiado lo que estaba pensando. - muy... muy ya sabes. Muy como sois.
  • ¿Ah sí? ¿Y cómo somos?

Intenté pensar algo, pero el chaval tenía veintipocos, era guapo, tenía un cuerpazo y me estaba mirando con media sonrisa cabrona.

  • Pues ya sabes... policías.
  • Te prometo que no te multo.

Decidí no decir nada más a pesar de la de cosas que se me estaban ocurriendo porque yo otra cosa no, pero ocurrente en estas situaciones soy un rato.
Me monté en el coche, puse las luches porque al ser diciembre ya estaba oscuro, saqué el coche cuando él hubo echado hacia atrás el suyo, metí la marcha atrás y entonces me di cuenta. No me iba a multar por ir marcha atrás... me iba a multar por tener un faro trasero fundido. Valoré la posibilidad de darme cabezazos contra el volante, pero ya había demostrado mi desequilibrio mental suficiente por esa noche, así que salí de la calle rezando para que no se diera cuenta o para que siguiera pensando que era lo bastante simpática como para pasarlo por alto. Y en caso de duda, me haría la tonta. Por suerte, fuera por la razón que fuera, no me dijo nada. Cuando llegamos al principio de la calle, desde donde podía salir ya, paró, me dijo adiós con la manita y me guiñó un ojo. Pues bueno, mira, lo que sea. El caso es que me fui de rositas y por supuesto, aún no he cambiado el faro.


En fin, que sí, lo admito, hay policías majos. Los menos, pero los hay.

jueves, 20 de abril de 2017

Cerca y lejos

Yo soy de la generación de Espinete. Crecí con él, con don Pimpón y con Chema el de la panadería. Crecí con Barrio Sésamo, con el conde Draco que siempre contaba todo mientras los número iban apareciendo. Con Epi y Blas y sus charlas nocturnas. Con Gustavo, el reportero más dicharachero. Y con Coco y sus explicaciones. Me encantaban. Me siguen pareciendo geniales, de hecho.
Sin embargo llevo unos días que me ha dado por pensar. Coco se equivocaba en lo que era “cerca” y “lejos”. Son conceptos más complejos que aquí y allí.

Me he hecho una cuenta de skype. La mayor parte de la gente que quiero está lejos, aunque les sienta cerca. He aquí mi dilema con Coco. La mayor parte de la gente con la que tengo ganas de hablar, con la que comparto cosas, con la que me apetece comunicarme, está a muchos kilómetros de distancia. Mar, Pimiento, Tomate y el Niño Chico, en Granada. Key en Londres. Otros en Sevilla, en Córdoba o en Asturias. Y me jode pasar meses sin verles la cara. Porque el wasap mola, y casi cada día tengo algún mensaje que me alegra, pero no es lo mismo. Así que ando a tortas con la tecnología para poder decirles que hola, que estoy aquí, tan cerca como internet me permite. Y me gusta oír su voz en mi salón, enseñarles a mis gatos y verles gesticular. Y así, no les siento tan lejos.
Mis amigos de aquí están más o menos cerca. Cerca en el espacio. Pero siento que poco a poco nos vamos distanciando y ya no son cinco o seis paradas de metro las que nos separan. Ellos están casados. Tienen hijos o están intentando tenerlos. Y su mundo y el mío se van alejando más y más. No pasa nada, es la vida, es normal. Da pena, pero es normal. Les sigo queriendo, claro. Cómo no les voy a querer. He compartido con ellos los años más felices de mi juventud, mis mejores anécdotas, las noches que cantamos a la vida en borracheras, los partidos de rugby que saltamos de alegría y los días tristes que nos apoyamos unos a otros. Les quiero, pero les echo de menos. Y aunque suene extraño, cuando nos juntamos, cuando más cerca estamos porque compartimos salón o restaurante, más les echo de menos. Porque no son los que yo recuerdo. Son gente que conocí, pero que ya no conozco. El matiz temporal del verbo juega malas pasadas. Y es que Reichel es madre. Tiene un crío de 10 meses y está embarazada del segundo. Austri tiene dos niñas. Bombita está casado. Y Nacho está casado y buscando un niño que se resiste a llegar. El único que se mantiene más o menos como siempre es Flumi, pero trabaja tantas horas que se hace muy difícil verle sin prisa. Y yo me siento ahí, tratando de no convulsionar entre el griterío de los mocosos y me aburro soberanamente. Esa gente, que hace unos años era la más divertida que podías encontrar, ahora me resulta soporífera. Miro al infinito mientras hablan de pañales, papillas o comidas en trozos, de dientes, gateos o tipos de carritos. Y por el amor de Dios, me aburro tanto que creo que me voy a morir. Incluso cuando dejan sus temas aburridos y me preguntan, no sé qué contarles. Porque en realidad, no tengo nada que decir. Apenas saben qué hago con mi vida, no saben mis problemas cotidianos, no les interesan mis apuros para llegar a fin de mes o mis tribulaciones de no saber qué coño hago con mi vida. Porque ellos, todos, ya saben lo que hacen y lo que van a hacer en el futuro. Saben que van a seguir criando a sus hijos, que se van a casar en un año, o dos, que simplemente seguirán pagando su hipoteca y cambiarán su coche por un monovolumen para que les quepan su montón de pequeños llorones. Y yo ni quiera sé si mañana me levantaré a desayunar o me quedaré en la cama con los gatos porque la noche de antes estuve escribiendo hasta las 5 de la madrugada.
Por eso estamos lejos. Muy lejos. A años luz.
Por suerte la tecnología, con la que me une una antipatía mutua, me salva el culo. A veces me lo pone difícil, como para hablar con Key, a la que me deja bloquear pero no aceptar como amiga. Pero aún así, lo conseguimos. Y hablamos y sabe más de cómo me siento que mis amigos de Madrid. Y sabe, con la entonación de un “bien”, que no estoy tan bien y que no puedo hablar libremente del todo porque ya no estoy sola como al principio de la conversación. Y puedo hablar con Mar, y hacer planes para el verano y preguntarle por lo que hizo la semana pasada. Puedo coger el móvil y decir a mis niñas-cabras que estoy pasando una racha de mierda y reírnos de ello. Puedo decirle al Niño Chico que me apetece gritar y llamarle para desahogarme. Puedo, como tantas noches, tener alguien ahí, cerca, para no sentir que el mundo se derrumba y que no le importo a nadie. Y bendita sea la (por otra parte estúpida) tecnología.
Puedo venir aquí y contar lo que siento y saber que la distancia es algo muy relativo.


viernes, 14 de abril de 2017

Pecadora de la pradera

Siempre estuve de acuerdo con que el mejor pecado es la pereza porque te impide cometer ninguno más. Por eso tengo menos reparos en entregarme a la pereza que a ningún otro pecaminoso acto.
La verdad es que durante mis años mozos la lujuria sacudió mi vida en varios momentos. Y doy gracias por ello. También es verdad que tengo tendencias iracundas, pero se van igual que vinieron. Con la gula y el orgullo me pasa lo mismo, que no suelo cometerlos mucho, pero cuando me da, me da fuerte. Es decir, no soy de mucho comer ni le doy demasiada importancia a la comida, pero una noche igual se me cruza el cable y estoy lamiendo nocilla directamente del cuchillo hasta que veo el fondo del bote. Y no suelo ser orgullosa, no me cuesta pedir perdón, no me cuesta admitir mis errores, me gusta hacer autocrítica y soy consciente de mis muchos fallos, pero el día que digo “por ahí no paso”, no me apea del burro nadie.
Sin embargo, para mi gusto, uno de los peores pecados capitales es la envidia. Y yo, por suerte, no lo tengo. A mí me da igual la vida de todo el mundo, lo que cada uno tenga o gane o haga. Me importa un rábano que fulana sea más guapa, más alta, más delgada o más lista. Yo estoy muy ocupada con mi vida como para pensar en la de nadie ni compararme con la vecina. Y no soporto a la gente ostentosa, que le gusta mucho aparentar, que se regodea en lo bien que le va o en lo que tiene sólo para darte en las narices y para que todo el mundo le tenga envidia. Más que nada porque suele ser gente que lo hace porque ellos mismos son envidiosos y se crea una especie de carrera a ver quién gana a más imbécil. Y no lo soporto.
Total, que me ha dado por pensar en todo este rollo de los pecados porque últimamente me ha atrapado la pereza. Estoy muy vaga. No tengo ganas de nada. Todo lo dejo para la semana que viene que igual tengo más tiempo. Y es mentira, mentira podrida. Porque cuando pasa la semana, vuelvo a decir que para la siguiente y así estamos ya a mediados de abril y yo con cosas pendientes desde febrero. Diría que es la astenia primaveral, que me tiene baja de ánimos, pero tampoco es del todo cierto ya que estoy empezando ahora con alergia y a dormir mal, pero llevo haciendo lo mínimo desde hace dos meses.
Que no tengo excusa, que soy una pecadora de la pradera.
Y bueno, admito que lo mismo me pasa con el blog. Que no es que no tenga cosas que contar. Que no es que no tenga tiempo por las noches como siempre para sentarme a actualizar un rato. Que no es que me haya dejado de gustar escribir. Es sólo, pura y llanamente, que me da pereza. Y que digo “ya lo haré mañana” y el mañana nunca llega. He pensado incluso en cerrar una temporada, en tomarme vacaciones blogueriles, pero luego sé que si lo hago, al día siguiente de cerrar, me van a dar unas ganas inmensas de escribir, un deseo irrefrenable de contar chorradas y voy a escribir tres post en una noche y me voy a sentir profundamente estúpida. Así que de momento, sólo vamos a esperar a ver si me sacudo la pereza o me fundo definitivamente con el sofá y así no tengo que levantarme nunca más.



Y por cierto, el tema de los pecados es un recursos literario para contar algo. Los comentarios religiosos, metafísicos, profundos o serios se pueden ir a un sitio donde vayan a ser mejor apreciados que aquí.  

lunes, 27 de marzo de 2017

El plan

Tengo un plan. Aún no sé cuál es, pero lo tengo. Es como cuando no te sale una palabra. La conoces, la sabes, está ahí, en tu cerebro. La sientes en la punta de la lengua. Sólo que estás ofuscado y en ese momento, no das con ella. Pues igual. Yo tengo un plan, lo sé, puedo sentirlo. Sólo que aún no sé cuál es. Pero está ahí, a punto de salir.
Y con eso de momento estoy contenta. Lo único que he necesitado siempre para hacer las cosas, era la determinación de hacerlas. Cuando estudiaba, por ejemplo. Siempre fui una estudiante de mierda. Nunca llevé agenda, no me enteraba de las fechas, mis apuntes eran un desastre, no sabía cuándo ni dé qué era cada examen. Y sin embargo siempre fui sorteando bastante bien las notas. Ya no en el colegio, donde no hice el huevo. Ni en el instituto, donde hice bastante poco. En la propia universidad, pasaba de todo. Hubo asignaturas que descubrí que estaba matriculada una semana antes del examen. Y entonces, cuando al fin sabía qué asignatura era, cuándo era el examen y conseguía algo parecido a apuntes y los organizaba, sabía que iba a aprobar. Aunque fueran dos días antes. Yo sólo necesitaba el plan. Y nunca me falló.
Por eso ahora, sé que voy mejor. Porque tengo un plan. El plan es hacer un plan. Y va a funcionar.
Mientras, entre unas cosas y otras, estoy viendo Las Chicas Gilmore. Aún voy por la primera temporada, empecé hace apenas una semana. No puedo evitar sentir algo raro al verla. Recuerdo cuando veía capítulos sueltos en la tele, antes de netflix, de internet, de las descargas y los discos duros que se enchufan a la tele. Hace 17 años. Yo tenía la edad de Rory, la hija. Y ahora podría ser Lorelai, la madre. Ha pasado el tiempo, vaya que sí. Me hubiera dado tiempo a criar una hija que nunca quise tener.
El caso es que la veo, con esa moda que me encanta de principios de los 2000. El siglo XXI que dejaba atrás al grunge y el rollo raro de los 90 y su perdida generación X. El 2000, antes de que las torres gemelas se vinieran abajo envueltas en llamas, antes de tener miedo a los atentados islamistas, antes del mundo en el que vivimos ahora. Los pantalones de campana, los pañuelos en el pelo, los vestidos estampados, las camisetas ajustadas con lazo al cuello. Yo llevaba esas cosas, obviamente. Y las echo de menos. No me gustan los pantalones pitillo aunque los use. No me gustan muchas cosas. No me gusta tener la edad de la madre. Era más divertido ser la hija que siente cosquilleos ante su primer amor y su primer beso y todas esas primeras cosas tan fascinantes y que ahora son pura rutina.
Y pienso, joder, si volviera a aquel entonces, la de cosas que haría. Estudiaría más, mejor, otras cosas. Cogería aquel trabajo. Ahorraría más dinero. Viajaría más. No perdería la amistad con tal o cual. Viviría fuera de Madrid, por una temporada quizás.
Luego pienso otra vez. No lo hice porque no quise. Porque tuve razones para no hacerlo, aunque ahora no me parezcan buenas. Elegí una vida, un camino. Cada elección que haces implica renunciar a todas las demás. Y yo fui haciendo las mías, acertando y errando.
Quizás ahora, diecisiete años después de tener diecisiete, pueda volver a hacerlo. Como dije en el anterior post y como me dijo en un comentario Matt (gracias, eres un tesoro), no es tan tarde. Siempre se está a tiempo, pero es que si Dios quiere, no estoy ni a la mitad de mi vida. No sé por qué a veces tiendo a pensar que está todo hecho y que ya no hay opciones. O sí lo sé, porque soy un poco pesimista. Y bastante gilipollas.

Por eso tengo un plan. No sé cuál, pero sé que me va a venir de un momento a otro. Y el plan, de momento, es hacer un plan.  

martes, 21 de marzo de 2017

Pero algo

Reconozco que llevo unos cuantos años, sobre todo los últimos meses, con cierta sensación de haberme rendido. Como si ya no mereciese mucho la pena esforzarse y fuera mejor dejarlo correr. El año pasado, de hecho, empecé con este post en el que explicaba (o trataba de hacerlo) que llevo un tiempo esperando una especie de “game over”. Que creo que ya no me va este rollo y prefiero empezar de cero porque la he cagado demasiado. Pero claro, eso de suicidarse siendo Mario Bross es una cosa y en esta vida es otra. Porque oye, que nadie nos garantiza que vayamos a empezar otra vez. Que igual no hay nada al otro lado y para estar muerto ya está el resto de la eternidad. Que hasta donde sabemos, estas son las cartas que nos han tocado y es posible que el crupier no vaya a repartir más.
Y no es rendirme en plan “oh, abandono la vida”. Es simplemente cierta resignación a que las cosas no me gusten. A que vayan regular. A vivir con desgana. A pensar que se me han pasado las oportunidades. A aceptar que esto es lo que hay.
Curiosamente, empiezo a estar a hasta los huevos de esta sensación. Empiezo a cansarme. Empiezo a tener destellos de lucidez en los que creo que puedo cambiar las cosas. No sé qué cosas, no sé cómo. Pero algo.

Siempre he sido una persona de altibajos. De grandes tempestades y soles radiantes. De bomba a punto de estallar, de mecha corta y chispa cerca. Y llevo mucho tiempo estancada. Así que presiento una tormenta. A veces tengo miedo de la nada, por que sí. Y eso suele ser una especie de presentimiento de que algo va a cambiar. De que algo va a suceder. De que esta etapa estúpida se acaba y empieza otra.

Aún estoy quieta, agazapada. Esperando la oportunidad de saltar. De subirme al tren en marcha. De salir corriendo. No sé de qué. Pero de algo.  

viernes, 3 de marzo de 2017

Los pesaos de la nutrición

Hay muchas cosas que me indignan de hoy en día. Siempre he tenido espíritu de vieja gruñona, pero hay rachas en las que creo que el futuro me ha alcanzado antes de tiempo. Hay días que tengo que evitar ciertas redes sociales para no ponerme a escribir cartas furiosas en plan abuelo Simpson.
Una de esas cosas que me sacan de quicio últimamente es la guerra contra el azúcar. Y es que reconozco que los nutricionistas en general me ponen de mal humor. Que hay gente preparada, informada y tal, pero la mayor parte han hecho un curso de dos semanas en el herbolario de la esquina y ya se creen con superioridad moral para dar por culo a todo el mundo.
Primero, admito que no me gustan los consejos que no he pedido ni los gurús de la sabiduría que se empeñan en adoctrinar a todo petete que les quiera escuchar (o no) con sus sentencias irrevocables. Y todos los nutricionistas que conozco, tienen un poco de esto. Como si una de las asignaturas principales de lo que sea que hayan estudiado fuera “dedícate a decirle a todo el mundo lo mal que come”. Y de paso, véndele algo de lo que a mí me interesa, añado yo.
Segundo, hay algo que me escama cuando se monta una campaña insistente y en plan viral a favor o en contra de algo, sin resquicios ni tonos grises. La quinoa es buenísima, la chía es buenísima, la col rizada del himalaya es buenísima. El azúcar es malísimo, los zumos son malísimos, pegarse un tiro en el pie derecho es malísimo. Y esto, a repetirlo como martillos pilones a todas horas, dale que dale hasta aburrir al personal. Que me dan ganas de coger el saco de azúcar y metérmelo a cucharadas para acabar de una vez con mi propio sufrimiento.
Y a ver, un poco de sentido común. Claro que el azúcar no es bueno. Claro que es mejor comer una manzana que un sándwich de nocilla. Claro que sí, guapi. Pero a ver, matices para todo en la vida. Que comerse un dulce o darse un capricho no tiene nada de malo. Que el azúcar no es satán, que no pasa nada si un día te apetece y te compras la palmera de chocolate más grande que haya. Lo que no es normal es merendar todos los días un bollicao. Y si yo me estoy comiendo un donus con más gusto que si fuera pecado, no quiero que vengas a amargarme con que tiene mucho de esto y mucho de aquello. Que ya lo sé, que no soy gilipollas. Porque esa es otra. Las malditas fotos con la equivalencia en terrones de azúcar. Que sí, que mal que las cosas lleven azúcar “oculto”, pero si de verdad alguien se come un phoskito pensando que es súper sano, es que es gilipollas. Porque algo que huele dulce, sabe dulce, se vende en la sección de dulces, igual es que lleva azúcar a paladas. Y si aún así, decides comértelo o dárselo a tus hijos, es tu problema y no necesitas a ningún cansino detrás “oye, que eso es malo, que tiene azúcar, que el azúcar es lo que sale del culo del demonio”. Por favor, dos dedos de frente.
Luego están los consejitos de los nutricionistas que me sacan de quicio. Como que los zumos no son tan sanos como la fruta entera (hablo de zumos exprimidos en casa en el momento, obviamente). Y claro que es mejor comer la fruta entera por no perder la fibra de la pulpa y blablá, pero no me jodas, por mí como si quieres cortar los melones al bies, pero no me cuentes películas como si al exprimir una naranja ésta mutara en sangre de troll. Lo que es horrible es ver a niños de un año que aún no saben andar comiendo gusanitos de bolsa, no hacerles un zumo.
Además, que no hay alimentos buenos o malos per sé. Yo no puedo tomar leche, pero eso no significa que sea mala. Tampoco puedo comer ajos y las acelgas me hacen vomitar. Pero yo no soy la medida de todas las cosas. Y tú tampoco, por muy nutri-sabelotodo que seas. ¿Que tú desayunas judías con patatas? Bien por ti, pero eso no es para mí. ¿Que tú meriendas coles de bruselas hervidas? Bien por ti, pero no para mí. Y si no te he preguntado, es que no me interesa tu opinión.
Como hace no mucho, que una amiga de estas que ha hecho un curso en una empresa vende batidos de proteínas me trató de dar una charla al verme cenar ensalada de pasta porque los hidratos no sé qué. Y le dije, “mira, yo estoy sana, los análisis me salen siempre perfectos, estoy a cinco kilos de lo que sería mi peso y me encuentro estupendamente. Como de todo lo que me sienta bien y me gusta, tomo frutas, legumbres y me doy caprichos de dulce, sí... que cada uno haga lo que quiera, pero creo que no necesito charlas sobre una ensalada casera que llevo comiendo toda mi vida y que me va estupendamente.” Cojones ya. Que me vienes a dar el coñazo mientras tú te tomas un batido de sobre hecho de vete a saber qué mierdas y que te puede dejar los riñones fritos en tres días. Un poquito de sentido común, hombre ya.


Así que en resumen. Comed bien, pero disfrutad. Que la vida son dos días como pasárselos comiendo coliflor y dando la paliza a la gente.