Quiero a mis amigos, pero a veces los enrollaría en una manta y los tiraría por un puente. Como a todas las personas que quiero. Siempre he dicho que si yo quiero a alguien, me enfado, pataleo, grito y monto en cólera. Hablo de él, me cachondeo o le digo cosas bonitas. Es mi forma de querer. Yo soy muy expresiva y tengo cierta incontinencia emocional. Me cuesta poner buena cara a quien aborrezco, ignorar a quien me importa y hacer caso a quien me la pela.
Mis amigos saben que conmigo, el problema es cuando ignoro por completo, cuando me muestro fría, cuando me resbala, cuando cierro puertas, cuando digo “me he olvidado de ti y ya no me importas”. Porque cuando me la trae floja lo que haga o deje de hacer esa persona, significa que de verdad me importa un carajo y que allá y se pudra que a mí me da lo mismo. Y que tardo mucho en llegar a ese punto, pero que cuando lo hago no hay vuelta atrás.
Por eso toda mi gente procura no hacer excesivo caso de mis enfados y a su vez, se enfadan conmigo cuando hace falta y yo reflexiono sin ofenderme. Para eso está la confianza, digo yo.
El caso, amigos a los que enrollar en una manta y tirar por un puente.
Hace ya muuuuchos meses, cuando el Gordito dijo que se casaba, empezamos a planear una despedida. Y precisamente por lo locos que estamos en mi grupo, lo clarito que hablamos todos y lo muchísimo que nos queremos, terminamos agarrándonos del cuello los unos a los otros. Porque no nos poníamos de acuerdo ni a tiros y todos somos bastante cabezones. Al final, Mery no se hablaba con Reichel, que a su vez no hablaba al Ross. Yo no me hablaba con Bombita, que estaba muy quemado con Mery y con Flumi, el cual terminó mandando a la mierda a Reichel, que se enfuruñó con todos. El Ross, presa del pánico que le crean los conflictos, se recluyó y se tiró meses sin dar señales de vida. Los demás seguimos discutiendo y discutiendo durante semanas. Entre medias, nos vimos varias veces, pero como estaba el Gordito delante, hacíamos como que no pasaba nada y nos lo pasábamos en grande, dejando disputas de lado. En caso de juerga y cañas, bien sabemos aparcar conflictos. Pero luego volvíamos a la carga. Por facebook, por teléfono, por skype, por wasap… por todos los medios posibles excepto a pedradas.
Y eso tiene una terrible consecuencia: que empezamos a discutir hace como ocho o nueve meses y que aún no tenemos concretada la despedida. Y quedan dos meses para la boda. Cojonudo. De culo y contra el viento, oiga.
La semana pasada parecía que sí, que estaba ya todo listo por fin. Los amigos íntimos, los satánicos, le íbamos a hacer un fin de semana con actividades en un sitio muy chulo, con cabañita rural, comida, despelote y borrachera incluida. Y luego, su hermano, sus amigos de pueblopijo y sus amiguetes de las juventudes peperianas, le iban a llevar un fin de semana a Salamanca en plan sólo tíos. (Key, si ves a uno muy gordo rodeado de otros muy gordos y de unos cuantos del pepé, huye. Por tu bien, en serio. Huye.)
Y ya estaba todo listo, habíamos dicho todos que sí y tal. Todo listo, bien, yupi. ¡Todos de acuerdo al fin! Espera… ¿todos de acuerdo? No. Demasiado bonito para ser cierto.
Ahora va Bombita y empieza a sacar pegas otra vez. Así que de nuevo, estamos a la gresca. Si no pesara doscientos putos kilos, lo enrollaba en una puta manta y lo tiraba por un puto puente. Pero le quiero. Lo mataba, pero le quiero.
P.D. sé que ellos a veces también me enrollarían en una manta y me tirarían por un puente. Pero me la pela, porque para eso somos amigos. Y nos queremos a morir. Por eso, cuando mi abuela ha estado mala, todos me han escrito, me han llamado y me han acompañado como campeones dejando de lado nuestras riñas. Por eso, una vez repuesta mi yaya, hemos vuelto a discutir. Por eso somos amigos, hemos pasado nuestros mejores años juntos, mis mejores recuerdos son con ellos y por eso, estoy segura de que daríamos la vida los unos por los otros. Por eso, a veces nos enrollaríamos en una manta y nos tiraríamos por un puente. Os quiero capullos, os mataría, pero os quiero. Como vosotros a mí.