jueves, 31 de enero de 2013

os quiero, os odio, os enrollaría en una manta y os tiraría por un puente

Quiero a mis amigos, pero a veces los enrollaría en una manta y los tiraría por un puente. Como a todas las personas que quiero. Siempre he dicho que si yo quiero a alguien, me enfado, pataleo, grito y monto en cólera. Hablo de él, me cachondeo o le digo cosas bonitas. Es mi forma de querer. Yo soy muy expresiva y tengo cierta incontinencia emocional. Me cuesta poner buena cara a quien aborrezco, ignorar a quien me importa y hacer caso a quien me la pela.
Mis amigos saben que conmigo, el problema es cuando ignoro por completo, cuando me muestro fría, cuando me resbala, cuando cierro puertas, cuando digo “me he olvidado de ti y ya no me importas”. Porque cuando me la trae floja lo que haga o deje de hacer esa persona, significa que de verdad me importa un carajo y que allá y se pudra que a mí me da lo mismo. Y que tardo mucho en llegar a ese punto, pero que cuando lo hago no hay vuelta atrás.
Por eso toda mi gente procura no hacer excesivo caso de mis enfados y a su vez, se enfadan conmigo cuando hace falta y yo reflexiono sin ofenderme. Para eso está la confianza, digo yo.
El caso, amigos a los que enrollar en una manta y tirar por un puente.
Hace ya muuuuchos meses, cuando el Gordito dijo que se casaba, empezamos a planear una despedida. Y precisamente por lo locos que estamos en mi grupo, lo clarito que hablamos todos y lo muchísimo que nos queremos, terminamos agarrándonos del cuello los unos a los otros. Porque no nos poníamos de acuerdo ni a tiros y todos somos bastante cabezones. Al final, Mery no se hablaba con Reichel, que a su vez no hablaba al Ross. Yo no me hablaba con Bombita, que estaba muy quemado con Mery y con Flumi, el cual terminó mandando a la mierda a Reichel, que se enfuruñó con todos. El Ross, presa del pánico que le crean los conflictos, se recluyó y se tiró meses sin dar señales de vida. Los demás seguimos discutiendo y discutiendo durante semanas. Entre medias, nos vimos varias veces, pero como estaba el Gordito delante, hacíamos como que no pasaba nada y nos lo pasábamos en grande, dejando disputas de lado. En caso de juerga y cañas, bien sabemos aparcar conflictos. Pero luego volvíamos a la carga. Por facebook, por teléfono, por skype, por wasap… por todos los medios posibles excepto a pedradas.
Y eso tiene una terrible consecuencia: que empezamos a discutir hace como ocho o nueve meses y que aún no tenemos concretada la despedida. Y quedan dos meses para la boda. Cojonudo. De culo y contra el viento, oiga.
La semana pasada parecía que sí, que estaba ya todo listo por fin. Los amigos íntimos, los satánicos, le íbamos a hacer un fin de semana con actividades en un sitio muy chulo, con cabañita rural, comida, despelote y borrachera incluida. Y luego, su hermano, sus amigos de pueblopijo y sus amiguetes de las juventudes peperianas, le iban a llevar un fin de semana a Salamanca en plan sólo tíos. (Key, si ves a uno muy gordo rodeado de otros muy gordos y de unos cuantos del pepé, huye. Por tu bien, en serio. Huye.)
Y ya estaba todo listo, habíamos dicho todos que sí y tal. Todo listo, bien, yupi. ¡Todos de acuerdo al fin! Espera… ¿todos de acuerdo? No. Demasiado bonito para ser cierto.
Ahora va Bombita y empieza a sacar pegas otra vez. Así que de nuevo, estamos a la gresca. Si no pesara doscientos putos kilos, lo enrollaba en una puta manta y lo tiraba por un puto puente. Pero le quiero. Lo mataba, pero le quiero. 

P.D. sé que ellos a veces también me enrollarían en una manta y me tirarían por un puente. Pero me la pela, porque para eso somos amigos. Y nos queremos a morir. Por eso, cuando mi abuela ha estado mala, todos me han escrito, me han llamado y me han acompañado como campeones dejando de lado nuestras riñas. Por eso, una vez repuesta mi yaya, hemos vuelto a discutir. Por eso somos amigos, hemos pasado nuestros mejores años juntos, mis mejores recuerdos son con ellos y por eso, estoy segura de que daríamos la vida los unos por los otros. Por eso, a veces nos enrollaríamos en una manta y nos tiraríamos por un puente. Os quiero capullos, os mataría, pero os quiero. Como vosotros a mí.

martes, 29 de enero de 2013

¡¡que no quiero frungir!!

O este año se está adelantando la primavera (mis pies helados confirman que no es así) o me rodeo de salidos, obsesos y depravados varios. Si seguís leyendo, comprobaréis que tengo unos amigos que son unos guarros y comprenderéis parte de la conversación con vecino acosador.
Hace ya unos cuantos días, me llamó mi amiga Mery para comentar unas cosas de la despedida de soltero de Gordito. Pero ya que estábamos, pues charlamos. Aún estaba mi abuela un poco chunga y yo estaba más que cansada, por eso me sorprendió un poco cuando me preguntó si había novedades en mi vida amoroso-sexuarrrl. Le dije que no y me preguntó por el dueño de mis sábanas. La cabrona sabe que es mi punto débil. Le conté lo que ocurrió en Nochebuena y que luego hicimos un par de intentos pero fracasó la quedada. Así que no había novedades. Ni tiempo que tenía yo para eso. Pero ella me insistió:

-         Tía, estáis los dos en Madrid y solteros… ¿a qué esperas para frungírtelo?
-         Que no tengo yo tiempo ahora de frungir. Si te cuento desde cuando no me depilo…
-         ¿Y ganas? ¿Tampoco tienes ganas?
-         Nena, no tengo ni tiempo de pensar en si tengo ganas o no.

Y ahí quedó la cosa. Concretamos un par de cosas de la susodicha despedida y parloteamos otro rato de diversas cosas.
A los pocos días, llamé a mi amigo Flumi para contarle las novedades de la despedida de soltero del gordo. Que si casa rural, que si actividades ridículas que atentan contra la dignidad... esas cosas. Pero él parecía más interesado en otros temas:

-         Bueno, ¿Y cuando salimos de fiesta? Para celebrar que tu abuela está bien y eso… - cualquier excusa es buena en mi grupo de pirados.
-         Pues… ¿qué te parece el finde que viene? Se lo puedo decir a Anita y a Jime…
-         Estupendo. ¿crees que tengo posibilidades de frungir con alguna?
-         Pues lo dudo… Anita tiene un churri que al parecer la tiene satisfecha y Jime no sé si querrá…
-         ¿Y tú? ¿Frunges conmigo, guapa?
-         No, Flumi, no quiero frungir.
-         ¡¡Sosa!! Tú antes molabas.
-         Lo dudo, yo nunca he sido muy de molar. Pero bueno, la idea es salir a despejarnos un rato.
-         Sí. Y mira, cuando entremos en un garito tú me dices quién te mola y yo le convenzo de que frunja contigo.
-         ¿Y si son todo orcos? Además, ¡que no quiero!
-         Naar, vamos a ir a Huertas, no a Mordor. – ignora por completo que yo no quiera. – Así que el trato es el siguiente: tú convences a la que me mole y yo convenzo al que te mole a ti.
-         Sí, sí, lo que tú digas. – te doy la razón como a los locos, colega.
-         Y si no nos mola nadie, frungimos nosotros. – y dale. – Que el caso es frungir, pequeña. Que estás muy rancia últimamente.
-         Oye, Flumi, te dejo que me entra otra llamada. – y esta conversación ya no va a ninguna parte.
-         Vale. La semana que viene frungimos.
-         Lo que tú digas…
-         ¡Te quiero pequeña! – canturrea.
-         Yo a ti también, petardo.

Cuelgo y rescato la otra llamada. Soy un genio de las comunicaciones.

-         ¡Neeeeeeeena! – me chilla mi amigo I al otro lado con un extraño tono de subidón de speed.
-         ¿Qué pasa, cari?
-         Escucha, la semana que viene me ponen mis dientes nuevos, lalara lalá…- me canta una coplilla presa de un estado eufórico inducido por la anestesia del dentista, sin duda. Yo quiero un gas de la risa de ese. Tamaño industrial.
-         Ah, qué bueno.
-         ¡Bueno voy a estar yo! – se parte de risa de su propio chiste. – ¿sabes? Ligué el otro día en el gimnasio. Me viene un tío y me dice… - y me relata la historia de un tío que le había piropeado en el vestuario. – así que pensé, la niña se tiene que apuntar al gimnasio pero ya. Que esto es una mina, Naar, está lleno de tíos buenos, mazados y cachitas…
-         Pero si a mí me gustan los gorditos…
-         ¡¡Qué te van a gustar!! – me grita indignado. – Tú lo que necesitas es frungir. Con el que sea. – medita un segundo. –  No, el que sea no, con uno buenorro.

Mientras me habla de los unos y los otros que hacen pesas y sudan a su lado, me pregunto qué clase de salida debo parecer. Qué especie de guarra pervertida piensan mis amigos que soy. Y eso que juro que en casi dos meses ni me he acordado del tema. Que he sido asexual como los ángeles y he tenido preocupaciones mucho más serias. Y que no quiero frungir por el momento, aunque nadie me crea.
Cuando me aburro de escuchar descripciones de tipos que no me interesan lo más mínimo, le digo cambiando de tercio:

-         Oye, para el finde que viene he quedado con Flumi, Anita y esta gente para salir por Huertas y tomar una copichuela. Por si te apuntas, digo.
-         ¡Síiii! Tengo unas ganas de salir al mercado… y tú también deberías. Mira, cuando entremos al garito tú me dices quien te mola y yo le convenzo. - Mierda, tengo un déja vù de esos.
-         ¿Y si no me mola ninguno?
-         ¿Cómo que no? ¿qué te crees que van a ser todos orcos? Ni que fuéramos a salir por Mordor…
-         Ehhhhh…
-         ¡Anda ya, tonta! He dicho que el finde ligamos y ligamos. Vaya que sí.

Así que ahora tengo miedo. Que yo no quiero frungir, oiga. O sea, no ahora. Y no quiero que un amigo gay y un amigo con tendencia al exhibicionismo me busquen apaño. Y no quiero que la gente crea que ando necesitada de sexo. Y no quiero salir por Mordor. Y no quiero nada. Que yo quiero quedarme en plan mohína, con mi pijama de pelotillas y sin depilar. ¿Por qué nadie me entiende?

lunes, 28 de enero de 2013

acoso vecinal

No sé por qué, pero siempre le molas a tíos que no te molan nada. Y a ti te molan los que pasan de tu culo. Ese es el misterio de la vida, supongo.
El caso es que desde que descubrió que volvía a estar soltera, mi vecino ha vuelto a la carga. Y a ver, es un buen chico y como amigo/vecino me parece estupendo. Me cae bien y siempre es interesante tener alguien cerca que te pueda ayudar en caso de emergencia, tipo incendio o invasión alienígena. Pero no me mola nada. Nada. Na-da. Sin embargo, debo emitir señales confusas sin saberlo o algo porque no me explico si no ciertas cosas.
El sábado después de la reunión de vecinos,  no sé muy bien cómo se las apañó para venirse a mi casa y tomarse una cerveza sentado en mi sofá. Me preguntó qué iba a hacer esa noche. Le dije que nada porque estaba cansada de los jaleos de hospital y demás. Me comentó que él tenía una cena de amigos, que era un rollo porque siempre iban chicos y a ver si alguna vez conseguía llevar alguna mujer. Pero yo no me doy por aludida. Soy rubia, igual cree que soy estúpida y eso me viene de perlas en estos casos.
Lo curioso es que los hombres están dotados de una infinita capacidad de insistir si creen que tienen posibilidades frungidoras.

-         ¿Y el finde que viene qué planes tienes?
-         Unos amigos míos quieren quedar… – recuerdo horrorizada. (os lo cuento en el próximo capítulo)
-         Ah, muy bien… ¿Y por dónde vais a salir?
-         Por Mordor, seguramente.
-         ¿Cómo dices?
-         No, esto… que no lo sé. Lo está organizando un amigo.
-         Ah… ¿Y el resto de la semana cómo lo tienes?

Observo que poco a poco, mi espacio en el sofá se está viendo reducido y me tenso.

-         Mal, mal, muy mal. Tengo casi todos los días pillados entre unas cosas y otras…
-         Ah, yo menos el jueves, tengo libre, por si quieres tomar algo.
-         Hum… qué mal, el único día con posibilidades de estar libre es el jueves.
-         Ah, pues dame un toque porque tengo una videoconferencia por la tarde pero igual termina antes de lo que creo.
-         Yo ya si eso te aviso. – “ya si eso”, la gran excusa que no significa nada.

Entonces me mira, así como fijamente. Tengo miedo. Se me acerca un poco más, escurriendo su culo por mi sofá y me doy cuenta de que estoy encajada contra el brazo y no tengo más espacio de huida. Entonces, me pone una mano en la pierna y se me inclina un poco hacia delante.

-         Oye Naar, yo…

Salto como un resorte del sofá y cojo lo primero que encuentro: la botella de agua que hay sobre la mesita.

-         Voy a llevar esto a la cocina, jejeje. – me río presa de la histeria y empiezo a parlotear. – ¿Quieres tomar algo más? Aunque claro, igual se te hace tarde para la cena… ¿qué hora es? Huy, fíjate, las ocho y pico. Qué tarde, ¿no? uf, como pilles tráfico no llegas. Que no es por echarte ¿eh? Pero como llegues tarde y sin ninguna tía, lo mismo tus amigos se mosquean, jejeje. Así que hala, no te retrases por mi culpa.

El vecino acosador se levanta con desgana del sofá y me repite que le de un toque esta semana si tengo tiempo. Y yo repito que ya si eso. Y el cachondo mental me abraza en la puerta como si se fuera a la guerra. A ver, a mí el contacto físico inesperado me incomoda, lo reconozco. Y como soy un poco pechugona, no me gustan los abrazos con tíos raros, porque lo único que pienso es que se está estrujando contra mis tetas. Así que le palmeo la espalda como indicativo no frungidor. Si supiera Morse, le tamborileaba un claro mensaje “ni lo sueñes” o “de frungir ni hablamos”. Por desgracia lo único que sé es S.O.S y no tengo claro cómo lo interpretaría. Así que le palmoteo, le digo que se lo pase bien y le repito lo del que ya si eso.

Horrorizada, llamo a mi madre en busca de consuelo. Pero mi madre no es de esas madres que consuelan. Es más de las que se cachondean. Y lo de mi vecino acosador le hace una gracia tremenda, no sé muy bien por qué.

-         Hija, igual debías darle una oportunidad al vecino.
-         ¿Qué? ¿Cómo? ¡pero qué dices! – me horrorizo.
-         Hombre, es un buen partido. – se descojona. – Tiene casa propia.
-         Yo también.
-         Y tiene coche.
-         Yo también.
-         Ya, pero él tiene un BMW.
-         Perdona, mi coche es un bólido.
-         Y también tiene moto.
-         No me gustan las motos, mamá.
-         Hija, a todo le pones pegas. – disimula una risilla. –  No sé por qué no te gusta este chico.
-         Entre otras cosas, porque es calvo.
-         Ay, nena, no seas superficial. – y se parte de risa ya sin disimulo alguno.

Manda huevos. Creo que yo también voy a poner mi piso en alquiler y me voy a ir a vivir a otro sitio. Un lugar donde los vecinos sean normales y me ignoren, no me odien o me acosen como estos, que no tienen término medio. Así que he cambiado de opinión. Ya no quiero un vecino buenorro para el primero que está vacío. Quiero una vecina buenorra para que la acose a ella y yo pueda dedicarme a la vida casta y contemplativa. Hombre ya.

sábado, 26 de enero de 2013

reunión vecinal... sin erasmus

Cosas que no molan de ser adulto: tener reuniones vecinales.
Hoy he tenido mi correspondiente reunión de vecinos anual. Un coñazo como una catedral de grande. Cómo se nota que todos mis vecinos son unos aburridos de la leche, porque vaya plan para un sábado. Lo chungo es que al ser cinco vecinos, si faltas canta mucho. Y bastante mal les caigo a todos… menos al del primero que me tira los tejos y que ha vuelto a la carga desde que sabe que estoy soltera.
El problema es que uno de mis múltiples defectos es que cuando algo no me interesa, no puedo prestar la más mínima atención. Aunque quiera, en serio, no puedo. Ya no es que no escuche, es que no oigo. Me pasa como a Homer, que digo “voy a prestar toda mi atención” y lo único que hay en mi cabeza es un mono tocando los platillos.
Así que mientras mis vecinos hablaban del estado de las cuentas, yo oía canciones absurdas en mi cabeza “… la conga… de Jalisco…” blablablá de los recibos, blablá del seguro del ascensor “… ahí viene… caminando…” y claro, gracias a la derrama que hizo Naar el año pasado… (levanto las orejas al oír mi nombre como los perros) ahora hay un pequeño colchón en la cuenta por si ocurre algo “… la conga… de Jalisco…” blablablá… y ahora le toca ser presidente al vecino del primero izquierda, pero va a alquilar el piso y claro “…ahí viene… caminando…” blablablá a unos erasmus…
Espera, espera, igual esto sí interesa. ¿Erasmus? ¿Jóvenes estudiantes extranjeros viviendo debajo de mí? ¡Mi sueño frungidor hecho realidad! Creo que quiero al vecino ausente del primero izquierda.

-         Pero no, no se lo alquilé porque pensé que iban a estar todo el día montando fiestas y trayendo gente y montando jaleo.

No, ha sido un error. Ya no me caes bien, vecino capullo ausente del primero izquierda. Me has jodido los planes frungidores. Me has quitado a mis erasmus de abajo. Te odio, de hecho.

-         ¿Y cuál es el problema? – chillo furibunda.

Los otros vecinos me miran con cara de asco. Tienen hijos y mujeres aburridos como ellos. Así que se ponen a decir que si es verdad, que de erasmus nada y estudiantes tampoco y blablablá… Ya no me interesa nada más de lo que podáis hablar, hala… “la conga… de Jalisco… ahí viene… caminando…”

Conclusión, si alguien busca piso en Madrid, puede ser mi vecino de abajo. El piso es nuevo, está precioso y reformado. Mi barrio mola mil, estamos al ladito del centro, súper bien comunicado con metro, buses y RENFE. Hay zonas verdes al lado, supermercados y servicios varios. Y yo sería vuestra vecina. Coño, eso cuenta, creo yo. Podríais vivir mis aventuras absurdas en directo. Y si sois tíos guapos, buenorros o bien dotados os consigo que os rebaje la cuota.

jueves, 24 de enero de 2013

naranjas en la playa de Jamaica

Con el tema de las naranjas y tal, me he acordado de alguien. Eso, y que últimamente, de camino al hospital he pasado mucho por la antigua cafetería Galaxia, donde tomábamos café tantas tardes. Pero sobre todo lo de las naranjas. Desde que estuve con él, siempre que veo una cesta de naranjas, me acuerdo de su plan. Y sonrío.
No hubiera sido un chico demasiado especial en mi vida de no ser por el contexto. Fue una relación puente, de esas que a priori, no significan nada, que sólo son algo que ocurre entre dos momentos importantes de la vida. Fue el antecesor del Ross. Y fue el primer chico que hubo tras el palo del monstruo. El primero al que perdí el miedo. El primero que dejé que me tocara o se quedara conmigo a solas después de lo que pasó.
Era un chaval de mi facultad. De los típicos de mi facultad. Con sus pantalones caídos por mitad del culo. Con sus camisetas de “no a los nazis”. Con el pelo rapado y un par de rastas largas por detrás. Con los ojos negros más bonitos y las pestañas más largas del mundo. Y con su piercing el labio y una sonrisa tímida que me volvía loca. Con su forma de decir las cosas que tanta gracia me hacían. Con un cuerpo precioso. Con un plan infalible para ser feliz: vender naranjas en la playa de Jamaica.
Él sólo era risas, diversión, horas de sol en el césped del campus. Me dijo una vez que no le llamara “cariño”, que eso implicaba que fuéramos novios y él detestaba la idea de poner un posesivo ante las cosas: mi perro, mi casa, mi novio. No le gustaban los “mi”. Que era mejor ser sólo él y yo, libres, sin etiquetas. Y me hizo tanta gracia que solté una carcajada ante sus atónitos ojos. Porque yo no le quería, ni mucho menos. Sólo me divertía su compañía y no me planteaba qué ocurriría mañana. Y él mucho insistir en el rollito de que éramos libres, pero luego se mosqueaba cuando otro me miraba. Se enfadaba cuando Cantautor me ponía ojitos soñadores. Y le encantaba cogerme de la mano, pasearse por Moncloa conmigo mientras me decía: “tía, mira que estás bonita así vestida de pijita, con falda y tacones.”
Era un chico que no trataba de ser divertido, era más de pocas palabras. Pero las decía con un tono que a mí me hacía gracia casi siempre. Y él decía que le encantaba mi alegría, que se la contagiaba y falta le hacía. Acaba de pasar por una época complicada en su vida y yo era aire fresco y despreocupado. Así que no se enfadaba nunca por mucho que yo me riera de todo. O se le pasaba rápido porque decía que estaba muy guapa cuando sonreía. Y si estaba seria, me tocaba la nariz (cosa que me mosquea mucho) y me decía “sonríe, pibita.” Y yo lo hacía, cómo resistirse.
Lo cierto es que compartimos tres meses curiosos. Empezamos de la manera más tonta, un día hablamos mientras fumábamos un cigarro y tomábamos el sol en el césped y me invitó a tomar café esa tarde en plaza de España. Y según me bajé del bus, me miró, sonrió y me besó. Así de fácil. Y acabamos porque sí, sin lloros, sin despedidas, sin dolor ninguno. Nos dijimos adiós y seguimos con nuestros respetivos caminos. Así de sencillo. Sólo fuimos tangentes en la vida del otro, que se tocan antes de seguir sus caminos. Pero no me olvido de aquella racha, cuando al llegar cada día a la facultad, él se acercaba con su trotecillo alegre y teníamos siempre la misma conversación:

-         Tía… ¿me dejas tres eurillos y nos pillamos unos porrillos a medias?
-         Yo no fumo porros.
-         Vaaaaaale… ¿me dejas tres eurillos para que me pille unos porrillos?

A veces me pillaba de buen humor y se los dejaba. Casi nunca me los devolvía, pero a veces me invitaba a comer, o a tomar algo a cambio. Y me llevaba a su casa en el Escorial y nos bañábamos en la piscina. Y a veces me pillaba de malas o sin dinero y le decía que no. Así que cambiaba de estrategia:

-         Tía… ¿Me dejas un eurillo y pillamos un tercio a medias?
-         Yo no bebo cerveza.
-         Vaaaaale… ¿me dejas un eurillo para pillarme un tercio?

Y dependiendo de la hora, se lo dejaba y le pegaba un par de tragos. Porque además, si él era feliz de alguna manera era con un tercio en una mano y mi pierna en la otra. Tenía fijación con mis piernas y le fascinaba acariciarme los muslos. Muchas veces nos íbamos a una zona apartada detrás de la facultad. Y se tumbaba a mi lado, me ponía una mano sobre la pierna, con la otra agarraba su tercio o su porrillo y miraba al cielo con ojos vidriosos y perdidos. Sonreía y me decía:

-         ¿No molaría dejar que la vida pasara así?

Yo entonces era una joven llena de sueños, de ilusiones. Impaciente por vivir. Y me desesperaba, le hablaba de mis proyectos, de cosas que hacer, de planes, de montones de cosas. Y le preguntaba incesantemente por los suyos. Y él me decía, muy serio:

-         Mi sueño es vender naranjas en la playa de Jamaica. Te lo juro, pibi, todo el día en chanclas, con camisas hawaianas, escuchando a Bob Marley y fumando porros. Allí de guay, ¿qué no? Lo tengo todo pensado, sólo es cosa de tener enchufe con un valenciano que me mande las naranjas. El resto, está hecho.

A veces hasta le creía. Vender naranjas en la playa, qué negocio. Y era capaz de visualizarle, a pesar de su piel blanca, su gusto por vestir de negro y de su reticencia a hacer nada que implicara un esfuerzo mínimo. Podía imaginarle con una camisa azul con dibujos de piñas o de palmeras paseando por Jamaica con su cesta de naranjas en el brazo. Sin embargo, después de dejarlo, se fue de erasmus a Portugal por razones que no terminé de entender en ese momento. Y al terminar la carrera, se fue a vivir una temporada a Irlanda. Y siguió vistiendo de negro. Y ahora no sé qué es de su vida. Posiblemente haya fumado tantos porros que no tenga ni la más remota idea de quién soy yo. Pero yo sí sé quién es él. Es el que me quitó el miedo y me enseñó que un chico cualquiera puede ser bueno, respetuoso y amable. Es el que me quitó el complejo de tener una nariz horrible. Es el que me enseñó que hay cosas que pueden ser bonitas porque sí y que un final feliz no es una boda, como una relación buena no necesariamente necesita un amor arrebatador. Es el que me enseñó que hay que dejarse llevar a veces. Es el que me enseñó que no hace falta ser iguales, apenas parecidos para compartir momentos felices.
Ojalá supiera qué ha sido de él para mandarle el camión de naranjas de Fontestad y así cumplir la mitad de su sueño. Porque a veces, quiero soñar que lo cumplió. Que ya no viste de negro, ni vive en países fríos, lluviosos u oscuros. Que ya no está nunca triste ni siente que la vida se le escapa. Sueño que aún tiene veintipocos, que aún lleva sus rastas largas en la nuca. Y sobre todo sueño que está en Jamaica, escuchando a Bob Marley,  fumando porros, con camisas hawaianas de dibujos horteras, con chanclas… sueño que pasea con su cesta de naranjas, vendiéndolas por la playa.

martes, 22 de enero de 2013

mis dos queridos inútiles

Vale, sé que no está bien cachondearse de los familiares y menos en momentos críticos como los que hemos pasado estos días. Pero como ya hemos salido del túnel, me da la gana de reírme de ellos.
En mi vida sólo hay dos hombres a los que quiero sin medida, sin rencor, sin desconfianza. Sólo hay dos hombres a los que adoro y por los que daría mi vida. Sólo hay dos hombres. Y a veces los enrollaría en una manta y los tiraría por un puente.
Mi padre y mi abuelo son los dos tipos más inútiles de la historia. Entre otras cosas porque están casados con dos pedazos de mujeres que les consienten todas sus tonterías y disimulan todos sus defectos. Para su desgracia, yo no soy tan buena y dedicada como mi madre y mi abuela y terminan por desesperarme con sus torpezas extremas. Pero es que no saben hacer nada. No cocinan, no limpian, no recogen... no saben qué hacer y están perdidos y desorientados sin sus mujeres. En esta semana que la yaya ha estado en el hospital y mi madre ha pasado todas las horas del día con ella, sólo quedaba yo para atenderles. Y mi paciencia ha sido colmada en múltiples ocasiones mientras ellos me miraban como cachorritos desvalidos.
Primero mi abuelo y su amor obsesivo y desmesurado por la yaya. Que sí, que está muy bien quererse tanto. Pero cuando no se puede, pues no se puede. Y el yayo se cogió un catarro, así que los médicos dijeron que nada de acercarse porque la yaya tiene que estar fuerte y nada de coger microbios. Solución del yayo: llamar a todas horas y tenerme a mí de intermediaria porque la yaya habla muy bajito, con esfuerzo y de teléfono nada. Así que me he visto envuelta en una historia de amor adolescente entre dos octogenarios, teléfono mediante:

-         Yaya, que dice el yayo que ha comido bien, que sacó las judías que le dejaste en el congelador.
-         Y de segundo el pescado en salsa. Estaba muy bueno, pero tenía muchas espinas.
-         Que el pescado tenía espinas.

La yaya se encoje de hombros. Me hace un gesto y me susurra.

-         Yayo, que si te has tomado el jarabe y el sobre para el resfriado.
-         Sí, sí, me lo he tomado todo, dile que me lo tomo para ponerme bien y poder ir con ella.
-         Que sí, yaya, que se lo toma, que así se pone bien y viene a verte.

La yaya gesticula y gruñe.

-         Que te echa de menos, yayo, pero que te pongas bien primero.
-         Dile que tengo una cosa muy mala de estar en casa en vez de con ella. – gimotea. – y que la quiero mucho.
-         Yaya, que te quiere mucho.

La yaya me hace más gestos.

-         La yaya te manda besos. – recibo un manotazo. – muchos, muchos besos.
-         Pues imagínate yo a ella. Más, muchos, muchos más.
-         Yaya, te manda muchos más besos. La habitación llena de besos.
-         No, no. la habitación no. El mundo entero de besos.
-         Yaya, que la habitación no, que el mundo entero de besos.

La yaya hace gestos, fuerza la garganta para decir que le quiere y tratar de que él lo oiga. Mi madre la regaña.

-         Yayo, que sí, que te quiere mucho. Y ahora a dormir, eh? Voy a colgar.
-         Vale, pero dile otra vez que la quiero. Y que sueñe con los angelitos. Y que yo estoy ahí con ella. Que no voy porque quiero que se ponga bien, pero que yo aquí… que no, que yo estoy ahí todo el día con ella.
-         Que sí, yayo, que sí.
-         No, pero díselo.  

Cuando por fin salgo del culebrón, llevo a mi madre a dormir a casa y me encuentro con mi padre. Me protesta porque la carne que le ha dejado mi madre para comer le aburre.

-         ¿Cómo que te aburre? ¿qué significa eso? - le digo.
-         Que comer carne, así sin guarnición, ni nada…
-         Pues fríete unas patatas…

Mi padre me mira como si le hubiera dicho que escalara el Everest.

-         Pones la sartén con aceite y… - reflexiono un momento mientras visualizo su cocina en llamas. – o cuécelas. Hazte una patata cocida.

De nuevo cara de esfuerzo máximo irrealizable.

-         Pones una olla con agua y sal y metes la patata dentro hasta que esté cocida.

Si hubiera llamado a alguno de mis amigos físicos para que le explicara la teoría de la relatividad, no habría puesto semejante expresión de perplejidad.

-         Vaaaaale. Te traeré pasta de la que haga para mí.

Mi padre sonríe triunfante. Se ha salido con la suya de no hacer nada. Así que al día siguiente voy a su casa tras dejar a mi madre en el hospital a las ocho de la mañana. Hago su cama, que al parecer mi padre no sabe tampoco cómo se estiran las sábanas. Y eso que hizo la mili. Recojo sus cacharros del desayuno. Barro el suelo, repaso el baño. Le dejo el taper con los espaguetis y escribo una nota con claras instrucciones:

“Papá, esta es tu comida de hoy. Puedes calentarlos en el microondas. Si los pones en una sartén, pon un poquito de aceite antes. Te dejo el pan y la mesa puesta.”

Me pregunto mientras lo dejo todo listo si debería explicarle que tiene que ponerlos en un plato y usar un tenedor. Pero confío en su buen juicio, mínimo criteriocostumbre, instinto de supervivencia… me importa un carajo que se coma los espaguetis con la mano si hace falta.

Me voy a trabajar toda la mañana, vuelvo a mi casa, hago cuatro cosas, como y vuelvo al hospital. Según estoy entrando por la puerta, llama mi abuelo:

-         ¿Nena? ¿cómo está la yaya?
-         Bien, todo bien…
-         ¡¡Dile que la quiero mucho!!

Por suerte he salido del bucle antes de volverme loca, de tener un arrebato durante el síndrome premenstrual y coger a los dos hombres de mi vida y hacerles pedacitos muy pequeños. La yaya ha salido hoy del hospital y está en casa de mi madre. Aún necesita muchos cuidados, pero está fuera de peligro y sólo podemos dar gracias a Dios y estar muy, muy felices de tenerla con nosotros. Así que poco a poco, volvemos a la normalidad… dentro de lo que puede significar “normalidad” en mi caso y el de mi familia.

sábado, 19 de enero de 2013

Cosas que molan: las naranjas y las personitas C

Jolín, con el tema de la yaya y tal, voy de culo y contra el viento. Mi casa parece un campo de batalla. Tengo miedo de que un día salga un guerrillero de detrás de una trinchera de ropa. Y del resto de cosas ni os cuento.
Hasta el blog es un desastre. Llevo mil para contaros que me han ofrecido ser jurado de una cosa muy chula.  Y me hace ilusión porque ser jurado mola. Y porque mi blog está llegando muy lejos, pasito a pasito. No me voy a forrar con él como es mi sueño, pero al menos van pasando cosas buenas con él.
Las naranjas Fontestad han organizado un grupo de facebook en el que uno entra, se hace fan y cuenta la historia de alguien que le da vitalidad, esa personita C. ¿Por qué? porque las naranjas molan mil y nos ponen fuertes para aguantar el tirón del invierno. Os lo digo yo, que mi yaya toma zumos todas las mañanas y mirad como está, ahí luchando y ganando a una operación que habría acabado conmigo sin duda. Así que si queréis llegar a los 80 molando mil como mi yaya, tomad zumos de naranja recién exprimidito, no seáis vagos y lo compréis envasado, que eso es una cochinada.
El caso es que hay gente que es como ese zumo mañanero, que te llena de energía, de vitalidad y que es capaz de hacerte ver la vida con más optimismo. Y falta hace tal y como están las cosas. Así que hay que premiar a esa gente. ¿Cómo? Con un camión de naranjas. Para que sigan fuertes y hagan de la vida de los demás algo mejor. Creo que en estos momentos en los que todo parece un poco gris, es necesario que creamos en gente que pone color y alegría en el día a día.
El caso es que como yo soy miembro del jurado, así que no podéis nominarme, jeje. Además, a mí por participar en el proyecto me van a regalar 15 kilos de naranjas que nos van a poner a toda la familia a tono para poder con lo que venga. Pero podéis entrar y contar quién es esa personita que es vitamina C pura para vosotros. Historias reales de gente que necesita un premio por ser como es.
Os dejo el enlace  de facebook, el de twitter y aquí, aquí y aquí podéis ver a la otra gente que participa en esto de ser jurado. ¡Animaos y contadnos vuestra historia, tenéis hasta el 18 de febrero!