En capítulos anteriores… vamos buscando guerrita porque no
entendemos nada.
Una vez en Pueblichuelo de arriba, todo iba sobre ruedas. Teníamos
una piscina, unos vecinos extraños con un perro medio tuerto que se pasaba el día
con nosotros y se revolcaba en nuestros colchones pidiendo que le rascásemos la
barriga. Y como Pimiento, Tomate, el Niño Chico y Mar saben que les quiero a
reventar, puedo ahorrarme las moñerías y pasar a la acción.
Uno de los enésimos sitios donde paramos a preguntar el camino
me gustó mucho. Era un chiringuito con vistas al desierto y con buena pinta, así
que una noche les invité a tomar allí cosas fresquitas. Y claro, como pagaba
Naar, decidieron tomarse unas cuantas cervezas y unos cuantos tintos de verano.
Lo que ellos no saben es que por mucho que beban, comparado con los precios de Madrid
no me resulta caro pagarles la borrachera. Eso, y que tampoco son de mucho
beber, todo hay que decirlo. Pero llegamos a nuestro apartamento con un
puntillo de lo más majo. Ellos por beber algo, Mar y yo por el contagio y todos
por el efecto de poner reguetón en el coche para reírnos un rato. Así que
llegamos a ritmo de daledondale y más animados que unas castañuelas. Conclusión:
nos pusimos a cantar y bailar medio en pelotas, despeinados y saltando en el
colchón del suelo donde dormía Pimiento. Muy ridículo divertido todo.
Cuando Pimiento y el Niño Chico cayeron en estado de coma
producido por las cuatro cervezas y Tomate porque había bailado cual gitana
hasta caer desfallecida, Mar y yo nos salimos a la terraza a charlar de lo
humano y lo divino. Hasta que veo una cosa que baja del anchurrón caminando tan tranquila.
-
Mar, ¿qué es eso qué viene hacia acá?
-
¿Qué sé yo? ¿Un alien?
-
No… es como el escarabajo más grande del mundo. O… por
el tamaño podría ser un ratón de campo, pero camina raro, como un insecto…
A pesar de que el sentido común me decía que me estuviera
quietecita, nunca he sido de obedecer órdenes. Ni siquiera las de mi propio
cerebro. Y así me cunde la vida. Así que me levanté con el móvil para alumbrar
en la mano. Y mientras me acercaba dije las palabras mágicas:
-
Espero que no sea una araña, porque como lo sea con ese
tamaño estamos jodidos… aaaaaaaargggggg… ¡¡¡MAR!!! ¡¡¡ARAÑA, ARAÑA!!!
-
¡¡Ay, Dios, qué hacemos, qué hacemos!!
Y las dos gilipollas entramos en una espiral de pánico,
nervios, risa histérica e ideas absurdas. Porque el demonio de bicho aquel era
imposible de matar. Y lo hubiera dejado tranquilo de no ser porque todo su
empeño era acercarse a la puerta de la casa y las mosquiteras de las ventanas
estaban rotas. Por supuesto ninguna de las dos nos veíamos capacitadas para
pisar a la araña kinkong y nuestros berridos no parecían disuadirla y hacerla
volver por donde había venido.
-
¡¡Tía!! – grité a pleno pulmón - Voy a llamar al Niño,
que haga de hombre y la mate.
-
¿¿Cómo?? ¡¡No me dejes sola con eso!!
-
Pero algo hay que hacer. Ya sé, ¿Hay flis?
-
No. Pero hay lejía, espera.
Yo calibraba en mi cabeza. ¿Lejía? Me daba a mí que igual la
araña quedaba muy limpia, pero nada más. Sin embargo Mar apareció con una
botella de detergente con lejía para el baño.
-
Bien, ¿y ahora?
-
Yo qué sé, lo regamos todo con lejía.
-
¿¿Y??
-
No lo sé, ¿tienes otra idea?
-
Ya sé, - dije – le echamos espuma de afeitar, lo he visto en Internet,
se quedan pegadas al sitio con el pegote de espuma.
-
Es enorme, habría que echar mucha.
-
Bueno, pues mañana compramos otro bote.
-
¿Pero se morirá?
-
No lo sé, no terminé de ver el vídeo. Pero le podemos
prender fuego, la espuma es inflamable. O mejor, montamos un lanzallamas con un
spray. Trae mi mechero.
-
Naar… ehhh… ¿fuego?
Pensé un segundo mientras, por supuesto, no perdía de vista
a la araña king-kong y me rascaba compulsivamente. Lo cierto es que casi ningún
buen plan incluye la frase “y le prendemos fuego” o “hacemos un lanzallamas con
un spray”. Y menos en mitad de un secarral que puede prender como astillas. Así
que no quedó más remedio que buscar refuerzos. Mar corrió, bote de detergente
en mano a despertar al Niño. Desde fuera la oí hablarle y zarandearle. Pero volvió
sola. Y con la lejía, que no la soltaba ni a tiros.
-
¡No se despierta! – me chilló presa de la histeria. – ¡está
durmiendo la mona!
-
Es raro, El Niño se despierta en seguida…
-
Ni me ha contestado.
-
¿Ha muerto?
-
Es posible.
-
Bueno, nos ocuparemos de eso más tarde. Ahora trae mi
mechero.
Por suerte Pimiento se asomó a la puerta. Descalza,
despeinada y con cara de pocos amigos.
-
¿Qué os pasa que gritáis tanto?
-
¡¡Pimiento!! ¡Nuestra salvación! Hay una araña y
necesitamos que alguien la mate. Pero cálzate por dios, no vayas descalza.
Pimiento, descalza y armada con una chancla se acercó a
King-kong. Calibró el tamaño de su suela y de la bicha. Y volvió dentro. Y volvió
calzada y con una escoba. Y a grito de “muere, puta, muere” y tras escobazos a
diestro y siniestro, la araña feneció. Y una vez muerta, mientras Pimiento se
volvía la cama y yo me despellejaba viva, Mar me miró y me dijo muy seria:
-
Mira, yo le voy a echar lejía por encima por si acaso.
Y me pareció buena idea. Por si acaso revivía o se convertía
en zombi o algo por el estilo. Que más vale prevenir, oye.