Sabéis que adoro a Netflix y que
contratarlo está en el top five de mis mejores decisiones en la
vida. Pero en este caso son los culpables de mi cabreo. Bueno, los
intermediarios de mi cabreo.
Han estrenado una “serie” de una
japonesa que se llama Marie Kondo y que ordena cosas. Y a la gente le
ha dado la fiebre del orden. Ahora resulta que si lo dice la
marikondo pues bien, pero si lo decía tu madre, pues pasando. De
verdad que la gente descubre la Luna todos los días.
El fundamento de mi cabreo es que a mí
no me gusta el orden. Así como suena. Me gusta vivir en cierto caos.
Me gusta mi mierda, me gusta mi desorden, me gustan mis cosas por
medio. Me gusta la pequeña diógenes que tengo en el interior. No me
gustan las casas minimalistas, las paredes vacías, las estanterías
con apenas dos cosas, las librerías son una sola colección de
libros iguales para decorar. No me gusta, no es mi rollo. Yo soy muy
de vida real, de día a día, de casas con cosas, de fotos en las
paredes, de recuerdos de viajes, de libros amontonados en las
estanterías, de mantas en el sofá, de vivir con animales que
obviamente ensucian y desordenan. A mí me importa una mierda que mi
gata esconda cosas bajo el sofá, que espurreé juguetes por el
suelo, que haya ropa en la silla o que se acumulen cuadernos en el
escritorio. Me da igual. De hecho, me gusta. Si está todo recogido,
tengo la sensación de que la casa no está viva y además, no
encuentro nada.
Para colmo, la marikondo tiene unas
normas que me tocan mucho el coño. A ver, las normas por lo general
no me gustan y siento el deseo irrefrenable de incumplirlas según
las oigo, pero estas me llevan los demonios. Dice que no se deberían
tener más de 30 libros. Mira, payasa, te daba yo 30 librazos en tu
cabeza oriental. Y que sólo debes tener la ropa que te haga feliz.
Vale, pues me quedo con los pijamas y las camisetas de juego de
tronos. Mis jefes iban a ser super felices viéndome llegar cada día
con el pantalón de franela y la camiseta de “you know nothing, Jon
Snow”. Porque además eso, yo no tengo pijamas de esos que ahora la
gente lleva a la calle o a los premios de no se qué, de seda,
monísimos y todo glamurosos. Mis pijamas son de pelotillas, con
dibujos absurdos, con la goma de la cintura un poco pasada y llenos
de pelos de gato. Y diréis, ¿el resto de tu ropa no te hace feliz?
Pues a ver, no me desagrada, obviamente, pero me la pela un poco. Lo
considero algo de uso, algo que me tengo que poner para salir a la
calle. Pero no es una cosa que me “haga feliz”.
Y a ver, que de vez en cuando me da el
perrenque de limpieza y me deshago de mierda acumulada, sí. Pero que
tenga que pasarme media vida colocando, ordenando y pensando si este
jersey beige me hace feliz o no, pues como que me mosquea. Yo tengo
muchas cosas que hacer. Cosas que me gustan. Y no me da tiempo a la
mayoría. Yo con trabajar y dormir lo tengo casi todo hecho a diario.
Lo siento, soy así de inútil. Yo de lunes a jueves duermo, trabajo,
como, duermo otra vez, me ducho y vuelta a empezar. No tengo tiempo
para más. Apenas veo un capítulo de una serie mientras ceno o leo
un ratín antes de dormir. Mis compañeras de trabajo dicen que hacen
más cosas porque le quitan horas al sueño. Pues mira, allá tú. Yo
necesito dormir. No le veo ningún sentido a restarme salud y a estar
cansada y malhumorada siempre para invertir esas dos horas que
“ganaría” en ordenar cajones de bragas y hacer la colada de
forma concienzuda. Me pegaría un tiro y dejaría mi piso
minimalista, ordenado y cuadriculado hecho unos zorros. Prefiero mi
caos en el que soy razonablemente feliz.
Como decía Roxanne en la mítica serie
de los 90, “perdona el desorden, pero es que vivimos aquí”.