sábado, 21 de junio de 2025

Diazepam caducado

 

Llevo una racha que no duermo bien. Será la premenopausia. Será la ansiedad. Será el calor. Será lo que será. Qué más da. El caso es que ando medio rara y medio en crisis. Claro, que cuándo no estoy yo en crisis. Creo que llevo encadenando crisis desde parvulitos.

Anoche estaba tan hasta el coño de mí misma que me tomé medio diazepam caducado que había por ahí en mi caja de los medicamentos posiblemente caducados y me fui a la cama. Me he despertado a las 7:30 de un salto pensando que llegaba tarde al trabajo. He tenido que mirar el móvil varias veces para convencerme de que era sábado y no tenía que conectarme a un trabajo que odio, sólo tenía que ir a hacer recados que odio y eso al menos me permitía dormir un poco más, así que gracias por el mensaje erróneo, cerebro, casi me da un infarto, muchas gracias.

Este nuevo trabajo de persona normal de lunes a viernes por la mañana hace que tenga que invertir mis mañanas de sábado en hacer recados y compras, en ir al carrefour y al alcampo. Qué fue de las mañanas de dormir la mona, de hacer el vago o de simplemente pensar qué me iba a poner esa noche, quién sabe. Pero bueno, los pomos para el mueble nuevo no se iban a comprar solos y de paso pues me daba una vuelta y paseaba mi crisis por un estúpido centro comercial.

Luego he decidido echarme un rato de siesta después de comer. Me encanta el verano pero las tardes son eternas y a ver qué carajo haces desde las 4 hasta que el calor abrasador de los infiernos baja un poco y al menos puedes abrir la ventana. Y yo estaba agotada de haber elegido los pomos de las narices y de haberme perdido en el párking buscando mi coche (estaba una planta más abajo). Así que me he dormido, supongo que por puro aburrimiento. Ha sido una hora, pero me ha dado para soñar con toda clase de cosas que me hurgan en lo más hondo. He soñado con mi Ron. Muchas veces sueño con él y quiero pensar que es que viene a verme porque él también me echa de menos. Era un sueño realista, podía tocarle y olerle y abrazarle, y aunque sabía que en la vida real había muerto, sentía que tenía ese ratito con él. Esto me pone a la vez alegre y triste y no sé cómo explicarlo mejor.

Después dejaba a mi Ron y seguía con mi sueño, haciendo movidas y me encontraba con mi primer amor platónico de instituto. Mira qué bien, cuánto tiempo sin verte, persona que en realidad ya no es quien yo recuerdo. Curiosamente su voz sonaba como siempre y su sonrisa y sus ojos azules eran los de entonces y su pelo lacio y rubio le caía sobre un ojo y no tenía las cicatrices ni las mierdas que le han hecho los años. Así que le abrazaba y no sé qué pasaba que me besaba. Y qué bien oiga, porque en la vida real no le besé nunca, pero para eso son los sueños. Para abrazar a mi gato del cielo y besar a un tipo que me gustaba con 14 años. Por supuesto, en mis sueños yo no estoy casada, no hay un señor dormiense, no tengo responsabilidades de ningún tipo y evidentemente, no tengo 40 años. Así que el menda este me estaba besando y yo le decía que si podíamos pasar un día libre juntos y me miraba, se ponía serio y me decía: “no, no podemos. Esto no es real.” Y me he despertado. Gracias, cerebro, de verdad, no sé qué te he hecho, pero ya puedes ir dejando de putearme, muchas gracias.

Igual es por el calor, por la premenopausia o por la crisis de los 40, pero entre no dormir, los pensamientos aleatorios sobre cosas totalmente absurdas que me atacan cuando menos lo espero y ahora el boicot a los sueños, igual termino enganchada al diazepam caducado antes de lo que pensaba.

sábado, 28 de diciembre de 2024

El abismo futurible

 Cuando los ricos tienen una crisis existencial (o simplemente se aburren) se cogen un año sabático y se van a Ibiza a hacer el canelo con las guitarritas y la ropa de aspecto gastado que ha costado cientos de euros. Como yo soy pobre, estoy gestionando mi crisis existencial (puro burn out) cogiendo un mes soviético (sólo un mes, no da para más) y viendo Dirty Dancing en mi sofá cuando la echan por la tele. Las diferencias de clase, oiga.


El caso es que he tenido que pedir un mes de licencia en el trabajo y tomarme un mes selvático antes de que mi salud se fuera al garete definitivamente. Y la gente me pregunta si estoy descansando y desconectando. Les digo que sí, más que nada por no hacer el ridículo y ahorrarme explicaciones. Pero lo cierto es que paso días enteros pensando qué hacer con mi vida. Sopesando pros y contras de volver a mi actual trabajo. Echando currículum a ofertas que en realidad no me gustan y fingiendo que me disgusta que me descarten. O rechazándolas cuando me cogen porque sus condiciones no son compatibles con la vida misma. Paso días dándole vueltas a la cabeza pensando qué debería hacer. Y cómo y cuándo.

A estas alturas, sigo sin respuesta a nada.


Creo que uno de los problemas es que no soy buena visualizando el futuro y sus posibilidades. Odio hacer planes. Odio pensar con antelación. Me agobia organizar la semana. Yo qué sé lo que querré hacer mañana. Es como cuando alguien me dice que si quedamos el sábado ¿y qué quieres que te diga, si estamos a jueves? ¿yo qué sé si me va a apetecer verte dentro de dos días? Me resulta estresante. Así que imagínate cuando me planteo cosas como qué hacer este año o qué puedo querer hacer en cualquier aspecto de mi vida de aquí a verano.

Hace poco un compañero me preguntó cómo quería estar en cinco años. ¡¡Cinco años, nada menos!! Y yo qué carajo sé, señor mío. No tengo claro lo que voy a hacer en cinco horas. No tengo ni idea de lo que voy a hacer en cinco días. Cinco meses es todo un abismo para mí, pero ¿cinco años? ¡Si eso es una eternidad! Pero él insistía: ¿cómo quieres estar en cinco años? Así que tuve que contestar la verdad: VIVA. Dentro de cinco años quiero estar viva. Quiero tener a mis padres y a mis gatos. Quiero seguir casada con el señor dorniense. Y al poder ser, quiero seguir usando la misma talla. Pero no me planteo qué mierdas quiero hacer con mi vida laboral de aquí a entonces. Porque no me importa lo suficiente. El trabajo es sólo un medio para conseguir dinero que a su vez sirve para conseguir comida para mis gatos. No es más. No me realiza. No me hace feliz. No me llena. No me satisface. A mí me realizan mis aficiones. Me hacen feliz mis seres queridos. Me llenan mis recetas de cosas dulces y chocolatadas. Y me satisface un aparato con nombre apropiado para ello. El trabajo sólo me da dinero, y por lo general, no suficiente. Ni de lejos.


Así que aquí estoy. Terminando diciembre, terminando el año y a mitad de mi mes satánico y sigo sin ver claro hacia dónde me lleva esto. Sigo sin saber qué voy a hacer en nochevieja. Sigo sin saber qué voy a ponerme para cenar. Sigo sin saber qué regalar por Reyes al dorniense. Sigo sin tener claro si volver al trabajo o no. Sigo sin saber nada más que al Año Nuevo sólo le pido salud para mí y los míos y que ojalá en cinco años siga aquí, con mi marido, mis gatos, mis padres y mis dudas.


domingo, 22 de diciembre de 2024

Solsticio

 No sé quién inventó lo del año nuevo y vida nueva. El solsticio es para dormir, leer arrebujado en una manta, cocinar cosas al horno y ver Gilmore Girls en bucle. Cualquier cosa que no sea eso, no me interesa. Los propósitos, los cambios de rumbo y todo eso para cuando tenga más energía. En primavera o verano o como mucho, cuando empiece el curso. En estas fechas con sobrevivir a la Navidad tengo suficiente.

Por eso, entre otras cosas, he pedido una licencia en el trabajo y tengo un mes libre no remunerado pero pagado en salud física y mental. Aunque me está costando desconectar y dejar de buscar otros trabajos y dejar de preocuparme por cosas que ahora mismo no tienen solución. Me está costando porque en invierno me cuesta mucho todo lo que no sea dormir, leer arrebujada en una manta, cocinar cosas en el horno y ver series de esas que son lugar seguro. Es de noche todo el tiempo, hace frío y me duelen los huesos como a una anciana. Y aún así me debato entre preocuparme por el futuro, tratar de buscar otro trabajo y desconectar y coger fuerzas para el año que viene. Como de costumbre ando luchando batallas en las que yo misma soy los dos ejércitos a la vez.


Mientras tanto, mi marido se ha ido a Dorne a pasar unos días y cuidar de su madre, convaleciente de una operación de rodilla. Esto está bien. No que mi suegra esté convaleciente, aunque la pobre tenía muchas ganas de operarse. Digo lo de que el dorniense esté en Dorne. Porque eso significa que estoy sola y puedo dormir, leer arrebujada en mi manta y con mis gatos, cocinar cosas para mí sola y ver las series que me dé la gana. A veces echo de menos estar soltera. Aunque cuando llevo unos cuantos días sola, echo de menos al señor que vive aquí y espanta los nubarones de mi cabeza con su sonrisa.


En fin, seguiré hibernando lo que me dejen. Feliz solsticio. Ojalá todo el mundo pueda encontrar un lugar calentito donde pasar estas fechas. Y no hablo sólo de temperatura.

miércoles, 31 de julio de 2024

20 años

 

Se equivocó el tango, se equivocaba. Como la paloma de Serrat. 20 años sí son algo. No mucho, quizás, pero sí algo. Se equivocó, como se suelen equivocar las canciones de amor.

Se equivocó el tango diciendo que no eran nada. En los últimos 20 años he vivido. He vivido intensamente, de hecho. Me he enamorado, me he agotado, he caído al fondo y he seguido escarbando un poco más abajo aún. Luego me he levantado y he alzado el vuelo. He reído carcajadas, he sido feliz sola y acompañada, he viajado y he vuelto. He encontrado mi sitio y me he perdido mil veces. He aprendido y he olvidado, he cambiado, me he equivocado, me he dado de hostias contra los mismos muros y a veces contra otros distintos. He caminado convencida hacia delante y me he sentado a la orilla del sendero a llorar hasta que he encontrado las fuerzas para seguir de nuevo. He pasado la segunda mitad de mi vida hasta ahora. Así que el tango se equivocaba en que 20 años no eran nada. Aunque a la vez sea verdad que es un soplo la vida. Y, por mucho que me joda, tenía razón en lo de las sienes plateadas. Quién me lo iba a decir en el 2004.


Mañana es el aniversario (sólo 1 año en este caso) de uno de los días más tristes de mi vida. Así que he pensado que mejor durante un rato refugiarme en el recuerdo de hoy, uno que fue hace dos décadas, pero que sigue vibrando en algún lugar del tiempo y el espacio. Hay un mundo o un momento o una energía pasada en la que estoy ahora mismo enredada en tus caderas, con la ventana abierta a los tejados del Madrid viejo y la bolsa de patatas fritas abierta sobre la mesa. Hay un mundo paralelo o un agujero de gusano de esos en lo que tú y yo, nos besamos esta noche de verano y la luna me ayuda a desabrocharte los pantalones. Hay un lugar en el nudo del tiempo donde yo me dejo llevar y tú sabes a dónde guiarme. Donde somos tan jóvenes que veinte años es todo lo que hemos vivido y tan inconscientes que pensamos que eso es suficiente.

Hay un punto en el tejido del tiempo donde a veces quiero volver porque era más fácil. Porque dolía menos la vida. Porque pesaba menos el equipaje. Porque sabía menos de todo, ni del amor, ni del dolor, ni de la pérdida, ni de nada. Y como dice una canción que me gusta mucho, desearía no saber ahora lo que no sabía entonces.


Pero estoy aquí, en este mundo, en este espacio y en este tiempo. Aquí, donde han pasado 20 años y nos hemos roto y recompuesto mil veces ya. Donde a veces miro por encima del hombro al pasado que me sigue y me empujó hasta aquí. Y no entiendo cómo podemos ser tan distintos de aquellos y sin embargo aún reconocerme en tus ojos y en tu voz. Aún encontrarme a mí misma entre tus brazos. Sé que no soy la que fui, ni contigo ni sin ti, ni con otros ni conmigo misma, pero soy capaz de mirar a través del velo de los años y acordarme de cada segundo que fui libre por tus besos.


He tenido 20 años para arrepentirme y fíjate, nunca lo he hecho. Quién iba a arrepentirse de haber volado libre.




viernes, 19 de abril de 2024

Madrugar, el Cook del metro y el Titanic

 Hoy me he enamorado en el metro. Qué voy a decir. Aún no eran las 8 de la mañana y él se parecía tanto al Cook de Skins que dolía mirarlo. Tan guapo, tan joven. Joder. Si yo hubiera tenido 20 años menos quizás le hubiera pegado un post it en la mochila con mi número de teléfono. Ahora soy una señora cuarentona que no se tiñe las canas. Eso soy, aunque madrugar haga que me disocie y por un rato crea estar yendo a la facultad, como esos chavales que me rodean con sus carpetas y sus mochilas, con edad de poder ser mis hijos. Pero es que el traqueteo del metro a esas horas absurdas en las que todos parecemos más zombis que personas me confunden y me sacan de mi cuerpo y de mis canas, me dejan sólo con la sensación extraña de poder vivir otras vidas, probarme otros nombres y jugar a imaginar que soy quien hubiera soñado ser.

Así que ahí estaba yo, balanceándome con el suave runrún del metro cuando aún no ha amanecido del todo, soñando con mundo paralelos, con posibilidades que no son, con edades que no tengo. Soñando con el chaval del los hoyuelos y los ojos rasgados y el pelo cobrizo que iba respirando pausadamente a mi lado, ajeno a mis tribulaciones e inmerso en las suyas propias. Enamorándome por un rato de un chico sin nombre al que deseo desde un yo pasado. Preguntándome si hay una línea temporal en la que aún tengo 20 años y me cruzo con él en este vagón y me atrevo a darle mi número. Preguntándome si hay otro mundo en el que no me disocio por completo cuando madrugo y puedo ser una persona normal que lleva horarios normales, que puede tener trabajos por la mañana y madrugar y montar en metro sin sufrir problemas mentales.

A la vuelta he evitado el metro. Meterme bajo tierra me convierte en alguien extraño para mí misma y temo perder el hilo que me une aún con la realidad y conmigo misma, con mis canas y mis cuatro décadas de vida. Así que he cogido el autobús y he seguido pensando en lo de los universos paralelos en los que hay mil posibilidades y mil vidas a la vez. Como en ese libro (La biblioteca de la medianoche) que leí este invierno y que a pesar de tener cierto tufillo a autoayuda me hizo pensar un poco. Como esa serie que me gustó tanto hace unos años que se llamaba Being Erika. Pensando en las decisiones que me han llevado a un lugar o a otro. Pensando en los instantes que pudieron cambiar mi vida. Pensando en cada bifurcación en la que tuve que elegir camino. Preguntándome si en otro lugar y en otro mundo estoy viviendo un tórrido romance con mi Cook particular del metro.

Quizás pienso todas estas mierdas porque la vida que me está tocando vivir últimamente es la de la violinista del Titanic y no me gusta demasiado. Porque a mí me contrataron para tocar el violín en un barco la hostia de grande y la hostia de lujoso y la hostia de guay. Y bien, yo tocaba cada noche y cada mañana y era feliz haciéndolo. Hasta que un día vi que había mogollón de icebergs alrededor. Pero ni el capitán ni nadie al mando parecía preocupado por ello. Y total, yo sólo estaba ahí para tocar el violín. Así que nos dimos la hostia, el iceberg nos apuñaló, el barco empezó a hundirse y el capitán sigue haciendo como que no pasa nada. El director de orquesta saltó del barco y se piró en un bote salvavidas él solo. No le culpo. Ahora todo el que puede se escapa y yo, sigo tocando mientras el barco se hunde más y más cada día. Pero qué voy a hacer. Sigo tocando. Sólo puedo esperar a que me rescaten o me muera en las aguas heladas, porque sé que esto no puede reflotarse. Hay quien se trata de salvar. Hay quien está en pánico. Hay quien huye y quien hace como que no ocurre nada. Yo sigo tocando el violín porque total, es lo que sé hacer y es lo que me dijeron que debía hacer. Así que toco y toco mientras todo se sumerge en el océano sin posibilidad de salir a flote de nuevo. Toco el violín mientras imagino que hago otra cosa. Sigo con mi melodía inútil mientras me sueño con 20 años menos y mordiéndole el cuello a este pobre chaval del metro que va tan tranquilo sin saber que la señora cuarentona de al lado está fascinada por el color rojizo de su pelo. 


No sé qué se supone que debo hacer. Al parecer ni los achaques ni las canas le hacen a uno más sabio como me habían dicho. Sólo te hacen viejo. Sólo te cansan y hacen que el ketchup te dé ardor de estómago. Sólo hacen que Cook quede lejos de tu alcance. Sólo hacen que los problemas laborales te afecten un poco más que antes y que no haya fiestas los viernes donde olvidar las penas. Sólo hacen que sigas tocando el violín preguntándote para qué sirve en cualquier caso lo que tú hagas. Sólo hacen que seas un poco más consciente de tus limitaciones.

En mi caso, he llegado a asumir que madrugar y montar en metro es realmente peligroso para mi salud mental.

lunes, 4 de marzo de 2024

El pelo

 

Hace un tiempo dije que cuando estoy en una racha chunga me da por pensar en el anteriormente conocido como dueño de mis sábanas y actualmente sólo accionista de las fundas de ganchillo (por aquello de rebajar la tensión sexual y tal). Me he dado cuenta también de que cuando estoy en racha buena lo que me da por pensar es en mi pelo. El día que me muera harán recuento y será algo como vivió unos 80 años (seamos optimistas), pasó 40 durmiendo, 10 pensando en sus gatos, 10 leyendo o escribiendo chorradas, 10 totalmente en babia y otros 10 pensando si debería cortarse el pelo.

Pensé que había superado la movida hace años cuando me poseí por algo extraño y me lo corté por debajo del hombro. ¿Qué sería, el 2017? Y estuve contenta con el corte y tal, en ningún momento me arrepentí ni me quise tirar por la ventana ni nada. Pero una vez que me crece me vuelve a entrar el miedo. Es como si cuanto más largo lo tengo, más me acojona cortarlo. Sé que no tiene ningún sentido en absoluto, pero es lo que hay.

Además siempre pensé que al llegar a “cierta edad” dejaría el espíritu pantojil de la melenaza. Pero no. Ya he pasado la barrera maldita de los 40, el mes que viene cumplo 41 y sigo aferrada a la idea de que si no me toco las puntas del pelo en la cintura, todo el mundo se desmorona. Luego a su vez, veo imágenes en instagram o donde sea de cortes de pelo y me encantan las melenas al hombro, o con muchas capas o yo qué sé. Y pienso que son monísimas y hasta que me quedarían bien. Incluso mejor que ahora. Pero luego no lo hago. ¿Por qué? Porque soy imbécil, por eso mismo. No hay otra explicación.

Cuando le cuento todas estas tribulaciones al Dorniense me mira entre resignado y aburrido. ¿Cuántas veces ha escuchado la misma cantinela desde que estamos juntos? Cientos, miles de veces. ¿Y cuántas me ha dicho que me haga lo que quiera, que él me querrá igual, me verá igual de guapa y que no puedo hacerme nada que me quede mal? Pues otras tantas. ¿Y cuántas veces le hago caso yo? Cero. ¿Y entonces qué quiero? ¿La opinión de un experto estilista? ¿Someterlo a referéndum popular? No. Yo lo que quiero es que el pelo crezca más rápido, que te lo cortes y a la semana lo tengas otra vez largo. Sería bueno para la economía, todos gastaríamos más en comprar tijeras, nos haríamos más locuras capilares y los salones de belleza abundarían y estarían siempre llenos. Todo ventajas, oye. Pero no. Hagas lo que hagas, para que el pelo crezca sólo hay una cosa que puedes hacer y es esperar. Y cultivar la paciencia no es algo que se dé especialmente bien.


En cualquier caso y por si acaso, de momento, hasta que no esté la luna en cuarto creciente ni me acerco a la peluquería.

martes, 23 de enero de 2024

El escritorio

 El Dorniense ha montado unos muebles nuevos para el salón. Ahora tengo que recolocar mis cosas ahí, y ordenar es un castigo divino para mí. Además, el mueble que tenía antes y me parecía estupendo, queda raro al lado de los nuevos. Y los nuevos son bonitos y tal, pero están donde estaba mi escritorio. Mi escritorio. Mi querido escritorio. Estan ahí, ocupando su lugar como si tal cosa. Como si no les importara.

Es una estupidez. Pero es que ese escritorio es de lo primeros muebles que compré después de que el desequilibrado de mi ex se fuera. Y tenía mis cosas. Mis imanes. Mis post-it de colores. Mis cajas de chuminadas. Y el cuadro de Bécquer que ya estaba en mi escritorio de adolescente de casa de mis padres. Lo monté yo. Lo llené de mis porquerías. Y me gustaba. Porque era mío.

Lo hemos quitado porque era grande y ocupaba mucho sitio y es verdad que no le daba mucho uso últimamente. Pero coño, era mío. Estaban mis cosas.


Cuando me separé del pirado y me quedé sola y empecé a remontar, una parte importante de mí se reconstruyó en ese escritorio. Ahí vi “Aquellos días felices”, una peli francesa que me salvó de una forma extraña. Ahí me sentaba en mi silla poang del ikea, subía las piernas a la mesa y mientras entraba el aire de la noche por la ventana, pasé un verano entero viendo películas de megaupload (bendito seas, estés donde estés) y diciéndome a mí misma que saldría adelante. Ahí vi, años más tarde, la boda roja de Juego de Tronos clavando las uñas a la silla. Ahí estudié el curso de igualdad que tantísimo bien me hizo. Ahí pasé horas y horas con Ron en el regazo, estudiando o leyendo o escribiendo. Y ahora no está. Ni el escritorio, ni Ron, ni megaupload.


Ahora hay unos muebles nuevos más monos, más prácticos, más útiles. Hay unos muebles que me recuerdan que ahora comparto espacio con un señor que me cae muy bien, pero que está siempre ahí y que a veces, me hace sentir horriblemente adulta.

Y no me gusta ser adulta. No me gusta haber cumplido 40. No me gusta ser responsable. No me gusta ir renunciando a pequeñas partes de mí en pos de un nosotros o de un bien común o de la familia o de simplemente, la vida.


Así que ahora no tengo escritorio. Aunque ya nunca lo usara más que para amontonar ropa desordenada. Ahora tengo unos muebles bonitos y limpios donde guardar las cosas de forma aburrida. Ahora tengo unos muebles monísimos que aborrezco.

viernes, 5 de enero de 2024

La Niebla

 

Igual antes de proponerme volver al blog debería haberme propuesto conseguir un ordenador nuevo, que llevo media hora para conseguir que arranque. En fin.


Ayer fue la cena con los satánicos, que hacemos siempre por navidad pero resulta ser casi en Reyes. Es una de nuestras extrañas tradiciones. Fui aunque me encontraba fatal. De hecho lo estuve pensando durante mucho rato y llegué tarde y no cené. Pero les vi y me llené de abrazos, que es lo que cuenta. A la vuelta, pensaba como siempre disfrutar de mi rato en coche por la noche, rumiando el tsunami emocional y cantando a pleno pulmón. Pero había una niebla horrible, espesa y blanca como la muerte la misma. Ni en una película de terror se atreven a crear una niebla tan densa, tan impenetrable.

Me acordé de Lo que el Viento se Llevó, que este año volví a verla el día 1 como hacía cuando vivía sola. Me acordé de Escarlata, soñando que persigue algo entre la niebla sin conseguir alcanzarlo. Me acordé de cuando vestida de negro, tras perder a su hija y a su única amiga de verdad, persigue a Rhett por Atlanta para descubrir que va a dejarla.

Y lo que iba a ser un viaje agradable de vuelta a casa, terminó siendo un horror de ir super despacio y acojonada si ver más allá de mis narices y preguntándome si el padre Karras estaría a la vuelta de la esquina o si llegaría a casa y encontraría al Dorniense poniéndose el sombrero y diciéndome que todo ya le importa un bledo. Por suerte y como suele pasar, no ocurrió ninguna de las dos cosas, ni de las mil catástrofes que se me ocurren por minuto, y llegué a casa sana y salva, con el Dorniense plácidamente dormido y sin exorcista recortando su negra silueta en la noche.


Aún así, en medio de todo eso me dio tiempo a pensar cosas mínimamente lúcidas. Una de ellas es que la niebla nos da miedo porque no nos deja ver lo que hay más allá. Y el cerebro es un cabrón que se inventa cosas horribles todo el tiempo. Cosas que por lo general, no pasan. Cosas, que suelen ser más terribles en nuestra cabeza que fuera de ella. Cosas que multiplicamos, afeamos, llenamos de matices espantosos sacados de las peores pesadillas. Cosas con las que ni el diablo podría competir. Pero en general, cuando se aclara la niebla, cuando el sol o la luz la filtran, cuando el amanecer rompe por fin el manto helado de la noche, lo que sigue ahí es lo de siempre. Lo cotidiano que nos hace sentir seguros. La carretera por la que hemos ido mil veces y sabemos de memoria. La ciudad en la que habitamos. La calle en la que bailamos mil noches de borrachera. El bar que cerramos entre cantos y risas. El portal de nuestra casa, cálida y segura, donde nos esperan los seres a los que amamos.

Al final, debajo de la espesa capa de niebla que nos ha asustado, sólo está la vida de siempre. Que a veces también da miedo, pero al menos la vemos, la reconocemos y la podemos mirar a la cara.


Este blog ha sido siempre mi terapia, ya que no creo en otra. Ha sido donde me he atrevido a decirme a mí misma las cosas que si no, no digo nunca. Ha sido donde me he roto y me he reconstruído unas cuantas veces. Donde he admitido errores y he caído en la cuenta de mis propias equivocaciones. Donde he dado la bienvenida y he dicho adiós. Donde he despejado la niebla de mi cabeza para ver que debajo seguía estando yo.


Por eso, anoche, en mitad de la M30 una vez más, mientras la niebla me atería el alma, me di cuenta de que tenía que volver. Y no sólo de vez en cuando. Tenía que volver para ir despejando la mente, para irme enfrentando a miedos, para ir exorcizando demonios. Y a veces, quizás, para escribir cosas a quien dice leerme siempre con la esperanza de encontrase entre mis letras.


No espero que me siga tanta gente como antes. No espero muchos comentarios. No espero nada. Pero os recuerdo que en blogger te puedes suscribir para que te lleguen la entradas al correo. Y que suelo poner el enlace el twitter. Y que si no, aquí de momento las puertas siguen abiertas.


Feliz 2024. Que Dios nos dé salud para enfrentar el resto. Que no me falte nadie más. Que vaya deshaciendo nudos de mi mente. Que el sol al fin, venza los bancos de niebla.


jueves, 10 de agosto de 2023

Decir "no estoy bien"

 

Bueno, llegó el día horrible. Es la primera vez que me pongo a escribir sin Ron al lado. Es curioso cuando vas haciendo cosas por primera vez sin ese ser querido que te ha acompañado durante tantos años. Porque de alguna extraña manera, el dolor vuelve con renovadas fuerzas.

El caso es que mi Roncito se ha ido al cielo. Llegó su momento y ya no podíamos hacer más. Es doloroso y desgarrador. Y he necesitado una semana entera para aprender a respirar de nuevo y ser capaz de ser mínimamente funcional. Una semana para no llorar cada cinco minutos, para salir a la calle sin ahogarme de ansiedad, para poder decirle a la gente que he perdido a mi pequeño. Y aún así me cuesta. Porque sigo llorando, sigo con ansiedad y me sigue costando mucho decirlo.

A pesar de todo eso, estoy “feliz”. No estoy contenta, estoy triste. Pero estoy feliz. Porque él ha estado bien hasta el final, ha sido el gato más amado y cuidado del mundo, ha estado con sus papás humanos y su hermana felina hasta el final. Y se ha ido envuelto en la suave caricia del saberse querido con toda la profundidad del alma.


En fin, no tengo fuerzas para hablar más del tema. No puedo hurgarme más en la herida. Sólo quería decirlo porque Ron ha sido gran parte de este blog y lo seguirá siendo. Mi ángel no me dejará nunca y siempre estará conmigo.


Dicho eso, estaba tan, pero tan jodida, que al final hice lo impensable para mí. Y pedí ayuda. Yo. Es raro. Pero me propuse este año ser capaz de pedir lo que necesito. A veces al menos. Dejar de decir “yo puedo con todo” y “no te preocupes que yo me encargo” y “no pasa nada” y “estoy bien”. Me propuse ser capaz de decir a veces “pues mira, sí, estoy en la mierda, me vendría bien que me echaras un cable”. Y oye, lo recomiendo. La gente suele reaccionar mejor de lo que pensamos. No nos ven como débiles y pusilánimes y nos rechazan. Al contrario.

Decía que pedí ayuda. Al dueño de mis... mantas para el sofá (ver aquí por qué el cambio de nombre). Hice lo que dije y le pedí tal cual que me dejara cobrar el vale de comprensión y empatía y no sé qué cosas. Debo decir a su favor (como si dijera pocas cosas a su favor, joder) que sintió mucho lo de Ron, que ya me estaba dando apoyo antes de que le pidiera ayuda y que ni había terminado de escribir la frase cuando me había preguntado qué necesitaba.

Ayer fue el primer día que pude y se vino a mi casa a abrazarme como sólo él sabe hacerlo. Le vi los ojos bajo la luz del sol, que hacía tiempo que no ocurría. Y la hostia. Mira que yo tengo los ojos claros y que en mi familia son comunes. No es algo que me llame la atención. Los ojos azules o verdes no son algo llamativo para mí. Pero os juro que los ojos del dueño de mis... toallas de rizo son impresionantes. Son... azul ciencia ficción.

Dejando de lado sus estúpidos ojos y su estúpida sonrisa y su estúpido cuerpo y su estúpida voz, me gusta la relación que estamos creando como adultos. Anoche hablamos muchas horas, de muchas cosas y con mucha honestidad. Fuimos capaces de decir “estoy jodido/perdido/asustado”. Fuimos capaces de explicar dudas vitales, miedos, vacíos y vértigos. Nos reímos, nos sinceramos, nos abrazamos. Le di las gracias. Pero no sé si lo suficiente. Por si vienes a cotillear, que sé que lo haces a veces, GRACIAS. 


En fin. Basta. Sólo quería poner esto un poco al día y dejar un pin en estas fechas para acordarme de que fue un espanto pero no me faltaron manos para darme empujoncitos.

martes, 4 de julio de 2023

Los Juegos del Hambre

 

Nunca me he considerado una persona rencorosa. Tengo una larga lista de defectos pero ni el rencor ni la envidia están entre ellos. Y es que creo que son mezquindades en las que no quiero participar. Eso y que me la suda mucho lo que hagan los demás, eso también.

El caso es que sin rencor, pero cuando llega el momento en el que por lo que sea, decido echar a alguien de mi vida y bajar la persiana para él, no suele haber vuelta de hoja. Aunque a veces me duela. Y otras, de nuevo, me la sude.


Hace poco leí la saga de los Juegos del Hambre. ¿Y cómo es posible que yo, ávida lectora, no hubiera ni echado un ojo a tan conocida trilogía? Pues porque le gustaba al Ross y por eso yo la tenía un tanto atravesada. Vimos las películas juntos, eso sí, cuándo, dónde y cómo le salió a él de su ilustrísimo nardo, porque por más que le pedí ir al cine a ver la última, me dijo que no. Y se me había quedado esa especie de regusto, de algo que te recuerda a otro algo y que te desagrada de algún modo incomprensible.

Pero hace unas semanas me empezó a dar por las fantasías distópicas extrañas y me dije “Naar tía, pero qué coño”. Y me la descargué y me la leí engullendo los libros mañana, tarde y noche. Y me dí cuenta de varias cosas:


La primera, me reafirmé una vez más en que el Ross se creía muy listo, pero no lo era. Se perdió miles de sutilezas del libro que le pregunté directamente cuando ví las películas y no me supo responder.


La segunda, nunca le guardé rencor al Ross porque le quise mucho, le odié mucho más todavía y cuando lo nuestro se rompió definitivamente, no me quedaba nada para él. Nada. Ni asco. Sólo la nada absoluta, el vacío y el silencio.


La tercera, me alegro de que los dos hayamos encontrado nuestro camino, sin el horror de los últimos años “juntos” quizás nunca hubiera soltado el lastre y nunca le hubiera olvidado del todo. Lo dije una vez y lo reitero, mi relación con él fue el túnel de mierda por el que tuve que arrastrarme para llegar a Zihuatanejo. Y ojalá fuera lo mismo para él.


La cuarta, con Los Juegos del Hambre he cerrado una especie de capítulo pendiente. El de enfrentarme a la parte de mí misma que aún no quería tocar porque estaba pringada por su presencia. Sabía que no sentía nada por él, estaba claro, pero temía sentir algo por mi yo de entonces. Pena, quizás, por haberme humillado tanto. Rabia por haber sido tan tonta. Culpa por haberme dejado. Quizás sí sea rencorosa conmigo misma. Pero no. Me he liberado de hasta ese último resquicio.


El otro día leí en twitter que a los 7 años todas tus células se han renovado y ya nada en tu cuerpo es el que era. No sé qué mierda de científico tiene esto, pero está bien decir “ya no queda ni una célula en mi cuerpo que tú llegaras a tocar”. Queda poético, supongo. Es liberador hasta cierto punto. O algo, no sé explicarlo muy bien. Y no sé si hace ya 7 años que el Ross se fue por fin con su carrito de ruedas y se llevó las últimas cosas que quedaban en mi casa, incluido el anillo que me regaló a los 20, pero no siento que haya pasado jamás por aquí. No siento que jamás me haya tocado un pelo. No sé por qué, pero es el único hombre de mi vida al que sé que he querido, pero no recuerdo por qué, ni cómo, ni nada. En absoluto. Él mismo se desvaneció de mi vida de un día para otro. Y no entiendo cómo fue posible. Hasta a los “peores” de mis ex le eché de menos, a veces por razones equivocadas o negativas, pero estuvieron presentes durante un tiempo en mi vida cual sombra de ciprés, alargada y siniestra. El Ross no. El Ross desapareció y nunca jamás volví a pensar en él. Nunca le eché de menos. Nunca añoré nada de él. Y sólo me he tenido que volver a enfrentar a algo que me recordaba a él al pensar en leer estas novelas. Y todo para descubrir que eran mucho más y mucho mejor de lo que él supo apreciar y que por lo tanto me metí en la historia y me olvidé de todo lo demás en el capítulo 1 de la primera parte.

En fin, no sé, necesitaba desahogarme. Decir esto último sobre alguien en quien ya no pienso nunca. Necesitaba decirme a mí misma que ese tipo del que escribí tantos post, al que quise tanto, al que me unían tantas cosas, realmente existió. Que estuvo una vez en mi vida y fue una persona real. Y que hizo una cosa buena por mí: darme a Maya. Mi pequeño terremoto negro que anda ahora mismo montando el show nocturno de ruido, tirar cosas y maullar sin sentido para sacarme de quicio y a la vez llenar la casa de vida. Quizás sólo por ella, mereció la pena el resto.

jueves, 18 de mayo de 2023

Vacaciones en Villa Ansiedad

 Hoy se han acabado mis primeras vacaciones del año y tengo la sensación de no haberme movido apenas del sofá. No me he encontrado con ánimo ni con fuerzas ni con nada. Yo qué sé. De vez en cuando vienen los demonios a cobrar sus cuentas y yo soy pésima pagadora porque me paso la vida en huida hacia delante.

Ron sigue aquí conmigo, apoyado en mi cadera mientras escribo, gordo y feliz. Es lo bueno de ser gato, te importa una mierda el futuro, te atormenta una mierda el pasado y la mayor parte de las palabras significan una mierda para ti. Así que mientras su enfermedad me pasa factura a mí, a él se la viene sudando bastante. Sé que estamos en una cuenta atrás, pero mientras él se encuentre bien, pues seguiremos adelante y le diremos a la muerte “not today”. Y esperaremos un día más de regalo.

Pero el caso es que yo no estoy muy bien. Las hormonas empiezan a pasarme factura también y eso sumado a los nervios, el estrés, la ansiedad por lo de Ron y por más cosillas que no vienen al caso, pues... mal. Y hoy mientras conducía dando una vuelta bastante tonta para ir a comprar comida a Ron, lo pensaba. La gente “normal” (si es que existe eso) se suele dar cuenta de que está mal porque se siente triste o irritable o algo. Yo no. Yo me doy cuenta porque lo primero que hago es empezar a pensar demasiado mucho bastante con frecuencia a veces en el dueño de mis sábanas. Maldita la hora que le puse ese nombre. Debería explicar también la teoría de mi querida Antoña y admitir que el nombre es parte de su atractivo sexy porque la palabra sábanas es como muy sensual y erótica, se desliza por la lengua y se enreda sola en los pensamientos. Quizás debería evolucionar al dueño de mis tapetes de ganchillo y así la cosa bajaría de grados. En cualquier caso, decía que me da por pensar en él. ¿Y por qué? Pues porque es como una válvula de escape. Él no tiene nada que ver con nadie más de mi vida. No está relacionado con mi día a día, con mi rutina, con mi mundo real. Estar con él un rato es... desconectar de todo. A veces hasta de mí misma. Sobre todo de mí misma.

Por eso cuando estoy mal, incluso antes de darme cuenta, me da por pensar en él. Como un mecanismo de autodefensa. Como una alarma de “tía, desconecta un rato que se te está sobrecargando el sistema”. El problema es que luego no es tan buena solución ni es tan inocuo el asunto, pero eso es tema para otro día.

Esta mañana mientras conducía, como decía dando un rodeo bastante tonto por culpa de la verbena de San Isidro, he intentado pensar en las otras formas que tengo de encender la luz de alarma de que no estoy bien además de querer llamar al innombrable de la ropa de cama. Una de ellas es mirar páginas de potingues y maquillajes que no me compro, pero curioseo. Otra es leer de forma obsesiva como si el libro fuera un escudo ante el mundo y mientras estoy en en Prythian o en Mundodisco o en Atlantia no pudiera pasar nada malo en el estúpido Madrid porque já, yo estoy lejos y nadie puede verme. Es una reacción muy madura, lo sé. Quizás un dato interesante sea que en dos semanas de vacaciones me he releído por completo la saga de ACOTAR, además de cinco libros de Mundodisco, el último de Sarah MacLean y dos de Jennifer Armentrout que tenía por ahí.

También he llorado un poco a lo tonto, me he quedado en casa sin hacer nada, me he pasado las mañanas durmiendo y las horas enteras abrazada a Ron diciéndole cosas mientras él ronronea encantado de la vida de recibir montones de mimos y de comer todo lo que quiere.

Y he pensado muchas veces en una conversación que tuve hace un par de meses o tres con el dueño de mis fundas para los cojines en la que me dijo que podía ofrecerme “comprensión, empatía, inteligencia emocional y algo de experiencia” (sic). Luego añadió cosas que nos llevarían de nuevo a lo de las sábanas, así que nos vamos a quedar con lo primero. Y he pensado varias veces utilizarlo como si fuera un vale. Decirle “oye, tú, me debes un día de empatía y comprensión, dámelo que lo necesito.” Pero algo me dice que las cosas no funcionan exactamente así. De todos modos, no descarto nada si mi salud mental sigue tambaleándose y ni siquiera surte efecto mi famoso mantra “cálmate mongola que en realidad no te pasa nada”.


En cualquier caso mañana vuelvo a trabajar. A ver cómo gestiono el asunto de la ansiedad y la agorafobia después de dos semanas de no salir o no alejarme de casa más de lo necesario para ir a por el pan. Espero que me venga bien y me ayude a avanzar un poco. No sé hacia donde, pero avanzar.

Y recordadme también que si todo lo demás falla, puedo volver a escribir. Escribir mierdas sin sentido como esta, pero escribir. Que es lo que me ha salvado siempre y quizás pueda hacerlo una vez más.

martes, 17 de enero de 2023

Sobre el aborto

 

Bueno, como ya está escrito el primer post del año, ahora puedo meterme en el fango todo lo que me dé la real gana.

Había pensado, y tengo por ahí a medio escribir dentro de mi cabeza un post que habla de sábanas, del sonido que hacen las palabras y de Terry Prattchet, pero estoy cabreada con los que quieren “ofrecer” a las mujeres que quieran abortar la posibilidad de escuchar el latido y no sé qué hostias y se me ha cruzado el cable. Ese cable que anda suelto en mi cabeza y que al menor soplo de aire se mueve, toca con algo, hace cortocircuito y empiezan a saltar chispas. Pues ese.


El caso es que el año pasado en mayo yo me encontraba fatal. Como el 2022 ha sido un año un poco mierder y mi endometriosis, mis hormonas y mi cable suelto han estado peor que nunca, no le di mucha importancia. Pero por dios, qué mal cuerpo todo el puto día. Una noche incluso me desperté de madrugada con unas nauseas locas y ganas de vomitar lo que comí hace tres años. Yo, que no vomito nunca. Por las mañanas no me entraba ni el té. Qué asco todo, por dios. También me mareé una tarde en el centro y lo único que me parecía consolar era caminar con el aire de cara, así que me fui desde la glorieta de Bilbao hasta más abajo de Plaza de España andando. Y quería seguir hasta mi casa, pero el Dorniense no quiso y me metió a la fuerza en un uber, donde tuve que ir con la cabeza fuera de la ventanilla como los perretes para aliviar las nauseas.

Un día eché cuentas y no me salieron.

Tenía que haberme bajado la regla el día anterior y no es que no lo hubiera hecho, es que no tenía ni síntomas. Y me dije lo que cualquiera se diría en ese momento: ay, la hostia.

Esperé cuatro días más y la regla que no aparecía. Ni tenía pinta de que se la esperara. El Dorniense, que suele bromear con esas cosas, me miraba torvamente, y cuando alguien con los ojos tan oscuros y las pestañas tan largas y tan negras te mira así, te cagas por la pata abajo porque sabes que la cosa va en serio.

Así que al final, una mañana se me cruzó el cable ese suelto y bajé a la farmacia, compré un test de embarazo, subí, lo hice y pum, positivo. A la primera, en grande, en luminoso. Dos rayas rosas como las dos putas torres gemelas.

Para otra gente esto será una alegría, una buena noticia o el sueño de su vida. Para mí era una patada en el pecho. Yo no quiero tener hijos, no he querido nunca y jamás querré. El dorniense tampoco. Y ponemos medios para evitarlos, sólo que se ve que algo falló, o no pusimos toooodos los medios que debíamos poner o yo qué sé. Para colmo, un mes antes me dijeron en la consulta del ginecólogo que si pensaba tener hijos tenía que operarme sí o sí, porque con la bola de endometriosis que tengo en el intestino, si algo lo desplazara levemente o lo apretara, me causaría una obstrucción y un riesgo altísimo de irme al otro barrio. Así que se juntaba el no querer tener hijos con el no querer morirme y a la vez con no querer pasar por un trance tan espantoso.

Y me vi de repente sola en mi casa, con un palito de plástico rosa en la mano, teniendo que irme a trabajar en media hora, con mi vida yéndose a tomar por culo y con la sensación de que no había opción buena. Creedme si os digo que está entre los peores momentos de mi vida.


Le mandé un mensaje al Dorniense, me maquillé un poco y me fui a trabajar. Pedí cita para mi médico de cabecera y busqué cosas en internet. Curiosamente, de pronto instagram se llenó de sugerencias de bebés, de señoras muy contentas de estar preñadas por primera o por vigesimoséptima vez, de imágenes de ecografías y de mierdas que me sonaban extrañamente a campaña provida encubierta y que hicieron que no abriera la puta aplicación en una semana.


Mi médico de cabecera no sabía nada del procedimiento a seguir y me derivó a la trabajadora social a pesar de que le insistí en que no era eso lo que debía hacer. Lo mejor que me dijo es que era muy pronto y que no tuviera tanta prisa. No pareció entender que cada segundo en esa situación era una tortura psicológica. Me tuve que informar por mi cuenta, llamar a clínicas privadas concertadas con la comunidad de Madrid y pedir cita. A todo esto, sin poder hablar con nadie porque mi familia es religiosa y/o antiaborto. El Dorniense me apoyó como siempre, me dijo que hiciera lo que hiciera estaría a mi lado, trató de ayudarme... pero no entendía la mitad de lo que me pasaba ni de lo que le explicaba y yo me sentía sola igualmente.


Fueron unos días horribles. De verdad, horribles. Tenía clara mi decisión, nunca hubo opciones. Pero aun así me levantaba y me acostaba pensando en el tema. Me encontraba de puta pena y sabía por qué. Me sentía horriblemente triste y angustiada y sola y jodida.


Por suerte, el mismo día que tenía cita para la primera consulta en la clínica, me bajó la regla. Lo que fuera que había intentado habitar ahí, se había ido por su cuenta evitándome el tener que desalojarle. Tuve una hemorragia espantosa con unos dolores inhumanos que duró muchos días. Y aún así, me sentía aliviada porque se hubiera solucionado solo sin tener que pasar por algo aún más traumático. También me sentía una persona horrible por sentirme así, pero yo qué sé, como que eso era en un segundo plano.


No hablé con nadie del tema hasta hoy. Nadie más lo sabía a parte del Dorniense y un compañero de trabajo que me pilló un día llorando en la puerta mientras me fumaba un cigarro y se lo conté. Y no pienso volver a hablar de ello por ahora. Pero pienso en que un señoro de vox me hubiera obligado a esperar más tiempo aún para obligarme a escuchar latidos o para enseñarme imágenes y lo primero que se me ocurre es hacerme con un hacha y terminar en la cárcel por descuartizar gente.


Así que por favor, una vez más, no votéis a partidos que nos quieren quitar derechos. Sé que el aborto es un tema especialmente delicado, que enciende mucho y que levanta ampollas. Nadie es indiferente a esto, pero joder, pensad un momento. Nadie aborta por gusto. Para nadie es fácil. Cada una sabemos nuestra circunstancia y nuestras razones. Y no tenemos que dar explicaciones a nadie. No tienen derecho a hacernos sentir peor. No pueden torturarnos ni coaccionarnos en nombre de sus ideas. Sus ideas no están por encima de nuestras vidas. Y no voy a entrar en dar un alegato a favor del aborto, sólo he querido contar mi experiencia, que seguramente fue mínima comparada con la de muchas mujeres que lo han pasado cien veces peor.


Y que necesitamos el feminismo más que nunca. Ni un paso atrás.


domingo, 15 de enero de 2023

1 de 2023

 ¿Recordáis cuando escribía(mos) post especiales de navidad, de año nuevo, de aniversario del blog, de cumpleaños y del día que te hacían descuento en el súper? Ah, qué tiempos.

El caso es que ha empezado el 2023 y yo aún no doy crédito. No sé si ha sido por la pandemia que me ha trastocado la noción del tiempo o simplemente por la edad. Pero tengo la sensación de que los últimos muchos años han pasado demasiado deprisa y envejezco a marchas forzadas, a pesar de seguir sintiéndome una jovenzuela y de estar deseando que se acabe el frío para ponerme mis pantalones de tiro bajo. Pero ya ves, aquí estamos. Feliz año, por cierto.


He estado unos días dándole vueltas a qué escribir para empezar el año. Soy un poco supersticiosa con esas cosas, pero al final sólo he llegado a la conclusión de que mi vida es una constante lucha entre el condicional y el presente de indicativo de los verbos. “Debería” o “tendría” siempre están a la gresca con el “voy a” o “quiero”. Porque yo debería escribir un post dando gracias por el año pasado, haciendo balance o quizás nuevos propósitos que no pienso cumplir. Pero lo que quiero es hablar del sueño que tuve anoche o de la cena con los Satánicos o de lo mucho que me gustó la peli de Elvis y de que ahora Austin Butler es mi novio. Y lo que voy a hacer es... nada. Voy a escribir lo que me salga de allí, pero no lo voy a publicar. Voy a comerme un trozo de bizcocho de chocolate que he hecho esta tarde, voy a seguir leyendo Brujerías de Prattchet y voy a coger a Ron y a decirle lo muchísimo que le quiero. Y así ni una cosa ni la otra.


Y quizás la semana que viene o mañana o dentro de tres semanas, escriba algo que realmente me apetezca sin la presión del primer post del año.

Feliz Año de nuevo, a todos los que aún pasáis por aquí, a los que me leen desde la oscuridad, a los que se fueron, a los que se mudaron y ahora hablamos por whatsapp o por twitter. Que nosotros y los nuestros tengamos salud para afrontar el resto de las cosas de la vida, ese es el único deseo posible. 



viernes, 16 de diciembre de 2022

El amigo invisible ataca de nuevo

 El otro día pensé que estaba muy reflexiva y cansina en el blog y que hacía mucho que no me pasaba algo lo bastante estúpido para hacer uno de esos post que me solían caracterizar. Pa qué dije ná. Y es que si hay algo estúpido y absurdo en estas fechas es el amigo invisible. Es algo que está mal planteado desde la base y es que regalar debe ser algo voluntario y casi espontáneo, no organizado y obligatorio. Y debes regalar a quien te dé la gana, no a quien te toca sacado de un bombo. Pero nada, oye, no hay año que no te veas envuelto en un amigo invisible con gente que posiblemente no te cae ni bien y a quien no regalarías ni un billete sólo de ida a la mierda.

A mí este año me pillaron en el del trabajo. Venga mujer, apúntate, si estamos todas las compañeras, que es divertido y blablablá. Y como ya tengo fama de rancia y de fría y de distante y de borde y de no sé cuántas cosas más, pues al final me vi obligada a apuntarme voluntariamente. Se hizo un sorteo con una aplicación de móvil que seguramente ahora esté vendiendo mis datos a algún niño rata ruso que se dedique a crear bots chungos en twitter. Y me tocó una compañera que me cae bastante bien. No tan bien como para regalarle algo así porque me apeteciera, pero sí lo bastante bien como para no regalarle una de las apestosas cacas de Ron metida en su bolsita de plástico negro. Y quería dedicarle un par de minutos a pensar qué podría comprarle. Pero luego ando atareada con mil cosas más interesantes, como meditar sobre el proceso de perlación de la ostra atlántica y se me fue el tiempo sin que se me ocurriera nada.

Además, qué más da. El amigo invisible es un absurdo. Nunca jamás a nadie le regalaron nada que le haya gustado. O al menos a mí no. Jamás me tocó algo que dijera “joder, qué guay”. Aún recuerdo el año que Bombita decidió que era buena idea regalarnos a todos colonias que un alumno suyo había robado conseguido por ahí y que me tocó una de Bisbal. Era tan horrible que empecé a usarla como ambientador para el baño, hasta que me dí cuenta de que el baño olía mucho mejor sin mezclarlo con eau de Bisbal. Ese fue el último año que hicimos el amigo invisible típico y cuando inventé el amigo invisible inverso, que es que cada uno lleva un regalo random, a poder ser ridículo y baratísimo, lo envuelve y se ponen en un montón. Y cada uno coge uno, a ciegas, pero sabiendo que va a ser una mierda. Nos reímos mucho más desde que lo hacemos así.

Volviendo a la oficina, cuando empezó a acercarse la fecha, todo el mundo comentaba que si ya tenían el regalo, que qué bien, que si no sé qué comprar. Y yo venga a dejar por ahí comentarios al azar, tipo prefiero que me regalen cosas que se puedan usar, que mi casa es muy pequeña. O que cualquier cosa que tenga gatos o mariposas me gusta. O que los saquitos de semillas que calientas en el microondas están entre el top five de mejores cosas que me han pasado en la vida. O que unos guantes en invierno siempre hacen el apaño. O que se me había roto el paraguas. O sea, mil ideas de cosas prácticas. Y la gente con evasivas. Y yo ya a la desesperada, que mira, que hasta una colonia me vale, que la usas y tiras el bote y no ocupa sitio. Y la lista de turno, “ya pero es que una colonia es algo muy personal.” Pues mira hija, mientras que no sea la de Bisbal, a mí me vale.

A todo esto, la fecha seguía acercándose y yo seguía sin comprar nada para mi afortunada porque encima claro, para no gastar mucho el límite eran 10 euros. Que ya sabemos que los regalos del amigo invisible son una mierda, pero si encima el límite es ese, no sé qué esperamos que ocurra. Y de pronto me acordé de una especie de foulard que me trajeron este verano de Ibiza, creo. Algodón orgánico de no sé qué con tintes naturales exprimidos a mano de las raíces de la pachamama. Y ahí estaba en su bolsita y con su etiqueta porque sería muy bueno, pero era a rayas azul mortecino y blanco feo que me recordaba demasiado a los uniformes de los presos de Auschwitz y me daba mal rollo. Así que mira, dos pájaros de un tiro, me quito un chisme del medio y quedo hasta bien. Y como me daba algo de apuro no gastar nada, pues añadí al regalo una cajita de bombones que siempre hace el apaño y una tarjeta navideña con unas palabritas monas. Y chimpún.

La gente empezó a recibir sus regalos ayer, que yo libraba. Y mandaban fotos al grupo de whatsapp. Y, coño, ni tan mal. Foulares, guantes, mantitas, packs de geles y cremas, agendas y cuadernos... que estaba hasta empezando a tener ilusión porque lo que me tocara no fuera una mierda absoluta.

Ah, qué ingenua, pero qué ingenua fui pensando que por una vez, mi regalo no iba a ser el peor de todos con una diferencia abismal.




lunes, 28 de noviembre de 2022

Apaleada

 La serie “Cómo conocí a vuestra madre” me genera sentimientos enfrentados. Tiene capítulos con los que me he reído muchísimo y alguno con el que me he cabreado bastante, creo que las primeras temporadas son una delicia y creo que el final es terrible. Pero sobre todo, hay un capítulo que me ha hecho llorar del dolor más profundo y desgarrador del mundo, el que viene de tu peor temor, de las heridas que te causa ese demonio interno que te repite detrás de la oreja que lo que tú eres no está bien.

Todos tenemos uno de esos. Un demonio pequeño (o grande, según el día) que te dice cosas horribles sobre ti misma. Y como lleva ahí toda la vida, como te conoce perfectamente porque es parte de ti, le crees. A veces, demasiado.

A mí, entre otras cosas, mi demonio me susurra que mi carácter espantará a todo el mundo, que nadie llegará a conocerme, a quererme y a saber que tengo un lado tierno, que me lo mereceré por ser como soy. Me lo dice mientras sus garras diminutas se me clavan en la nuca y me hacen dudar.


El capítulo de Cómo conocí a la madre que te parió es uno en el que Ted sale con una chica tonta y aniñada, absurda y dependiente. Y Robin se lamenta y él le dice que cuando estaba con ella, nunca se sentía necesitado. Que siempre se defendía sola y que ante cualquier cosa se ponía por delante sin dudar y decía “deja, yo me encargo”. Y ella se tambalea. Joder, igual es verdad. Igual soy demasiado dura, demasiado independiente. Demasiado bruta. Igual por eso no me quieren. Y llorando va a buscar a Barney. Le pregunta si cuando estaban juntos alguna vez sintió que ella no le necesitaba. Y él le dice algo como “no, claro que no. No me necesitabas porque eres una mujer fuerte e independiente y eso es lo que te hacía maravillosa”. Y ella se echa a llorar y yo me siento rota en mil pedazos afilados que me desagarran las entrañas. Porque yo soy Robin. Yo soy fuerte e independiente, yo soy el “aparta que yo me encargo”. Yo soy la que no llora. La que contesta con cabreo cuando a lo mejor solamente está asustada. La que dice siempre, bajo cualquier circunstancia, que está bien. Y otro día que tenga más fuerzas nos metemos en el barro de por qué las mujeres tenemos siempre las de perder, si somos demasiado fuertes o demasiado blanditas. Porque hagamos lo que hagamos, recibimos hostias hasta en cielo de la boca. Pero mira, hoy no me siento con ánimos de escribir una perorata sobre por qué deberíamos abolir el patriarcado. Que lo aboliría igualmente, pero no hay ganas de abrir ese melón ahora.

Y claro, volviendo a lo mínimo y cotidiano, a mí misma y mis circunstancias, entiendo que la gente no es adivina. Que si yo no digo lo que quiero o lo que siento, no pueden saberlo. Pero también hay que rascar un poquito más la superficie. Hay que leer un poquito entre líneas. Hay que saber que la portada no describe el libro. Que la fachada recién pintada puede tapar un edificio en ruinas. Que las espinas pueden proteger un cuerpecito débil. Hay que dar, al menos, el margen de duda por si hay algo más que la primera impresión.


Desde que encontré al Dorniense el demonio cabrón de detrás de mi oreja se hizo más pequeño. Porque por primera vez en mi vida un hombre me quiso de verdad por quien soy. No se ha quejado jamás de mi mal carácter, no me ha acusado jamás de ser demasiado libre, demasiado fuerte, demasiado decidida. Al contrario. Siempre me ha dado alas, me ha animado, me ha dejado crecer, me ha apoyado con su silenciosa firmeza. Siempre ha visto en mí una dulzura que yo sigo sin ser capaz de encontrar en mí misma. Siempre ha encontrado cosas buenas en mí aun cuando nadie más las ha visto nunca. Por eso sólo con él puedo permitirme ser quien soy, con las espinas y con la piel en carne viva. Con las dos caras de ese erizo extraño que soy.

Pero no todo el mundo lo ve. Y hay días, en lo que me llueven palos porque total, a Naar no le duelen. Naar no llora, Naar no se lamenta, Naar no monta el numerito, Naar no se rinde. A Naar se le puede dar caña que total, ella va a seguir bien. Y mantengo el tipo, claro. Una vez más. Pero luego llego a casa. Y estoy agotada, magullada y harta. Y sólo me queda refugiarme en mis gatos, en mi dorniense, ponerme mi medio huevo calimero en la cabeza y venir a quejarme. Creo recordar, que para estos casos se tenía un blog.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Botón de autodestrucción

 Hay veces que me enfrasco tanto en mis propios pensamientos que dejo de escuchar todo lo que me rodea. Tengo una capacidad de abstracción que puede ser muy buena o muy mala, según el caso. Cuando tengo que estudiar o estoy concentrada en algo importante es fantástico porque no me molesta el ruido del ambiente. Cuando mi cerebro irse de vacaciones a un lugar que le resulta más interesante pero mi cuerpo debe estar atento a cosas como conducir o trabajar, pues ya no está tan bien.

Ayer por ejemplo volvía conduciendo de un lugar donde no debía haber aparcado. Y no puse la radio del coche porque mi cerebro estaba cantando a todo volumen “Poison” de Alice Cooper, tan alto que no fui consciente de que la música salía de mi cabeza y no de los altavoces. No sé cómo llegué a casa, no soy consciente en absoluto del camino, los semáforos o los cruces. Pero sé que en algún momento empezó a diluviar, tuve que poner los limpias y entonces, sólo entonces, me di cuenta de que no hacía falta subir el volumen de la radio porque estaba apagada. Sin embargo, la voz del señor Cooper seguía clarísima a mi alrededor repitiéndome que el veneno corre por mis venas. Y me pareció bien. Era mejor eso que procesar otras cosas.

Al menos no me dio por cantar al Puma. Aún recuerdo esa época en la que casi me realizo una lobotomía casera con el taladro. A esto me refiero con que mi cerebro puede hacer las cosas muy bien o muy mal, sin termino medio. Puede elegir mis canciones favoritas cuando más las necesito o puede martirizarme con la numeración día tras día sin motivo alguno. Puede darme rachas de felicidad absoluta, de paz, de tranquilidad y de sentirme llena y que un día me despierte y de pronto decida dinamitarlo todo porque sí. De verdad no sé qué afán tengo con pulsar el botón de autodestrucción absoluta cuando menos lo necesito.

En la última semana ha habido dos personas queme han dicho que no me va la vida sencilla, que me gusta complicarme y jugar con los limites. Que me gusta rozar el fuego y ver cuánto puedo acercarme sin llegar a quemarme o quemarme sólo un poquito pero sin terminar en el hospital. Y joder, es cierto. Llevo toda la vida tratando de encontrar el equilibrio. Buscando personas, lugares y cosas que me den estabilidad, seguridad y calma. Y lo busco sabiendo que un día voy a decidir que eso me aburre y que voy a hacerlo saltar por los aires. Soy imbécil, ya lo sé.


Obviamente estoy en una racha de mierda. La única constante real en mi vida es Ron. Y no puedo creer que tenga que despedirme de él más pronto que tarde. No sé cómo voy a llenar el vacío gigantesco que va a dejar en mi vida. No sé qué haré con todo el tiempo, la atención, el amor y el cuidado que le dedico a él. No lo sé. En otras épocas me habría dado a la fiesta, el sexo y el rock and roll. O hubiese hibernado en mi casa mirando al vacío hasta el amanecer, comiendo roñidonetes y cantando rancheras. O hubiese tratado de hacer algo estúpido. Me marco objetivos muy absurdos cuando estoy mal, así que podría haber sido cualquier puta cosa estrafalaria y posiblemente, dañina. Ahora supongo que sólo me queda lo de cantar mentalmente eligiendo cuidosamente canciones que no incluyan pavoreales porque soy más madura. O simplemente más vieja y estoy más cansada. O porque tengo menos tiempo. O porque tengo un dorniense que a veces me mira con infinita paciencia, como si estuviera harto de ver cómo me hostio contra absurdos, sin reprocharme nada nunca. Pero me cuesta. Y aunque por ahora Ron está bastante bien y cada día lo tomo como un auténtico regalo, no dejo de tener un dolor constante en el pecho que me impide respirar con normalidad. Y para acallar eso, para poder tener una vida “normal”, para poder seguir yendo a trabajar, salir, comprar, hablar con otras personas, y no pasar los días llorando en posición fetal, lo único que hago es una especie de huida hacia delante a la desesperada. No pienso, no siento y no padezco. No paro ni un momento a escucharme. Voy, como en épocas antiguas, arrasando con lo que se pone delante sin pensar en consecuencias y tratando de coger aire mientras siento como una mano cruel se cierra alrededor de mi pecho y me roba el aliento en cuanto bajo la guardia un instante.


Seguramente no esté haciendo nada por mejorar las cosas para conmigo misma. Seguramente lo esté empeorando todo. Seguramente. Pero al menos las canciones de mi cabeza me gustan.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Tiro bajo

 Hace poco leí un artículo que decía que volvía la moda de los pantalones de tiro bajo. Apenas seguí leyendo porque no me interesaba saber si los gurús de la moda estaban de acuerdo o no. Salí corriendo a bajar del altillo del armario la caja de la ropa que ya no me pongo pero tengo esperanza de volver a ponerme. Y ahí estaban mis amados pantalones del dosmilypoco. Ah, qué años aquellos.

La verdad es que tiré algunos. Los que tenían los bajos tan corroídos de arrastrarlos por el suelo que daban pena. Porque eso es cierto, muy higiénico no era el asunto. Ni muy cómodo cuando llovía, que ibas recogiendo agua hasta que te llegaba a la rodilla y cada pata pesaba un quintal. Sin contar con lo de enseñar la raja del culo a la mínima, tener que llevar bragas minúsculas, coger frío en los riñones y tener que depilarte el pubis porque, queridas, los pantalones de tiro bajo REAL, son los que te tapan lo justo o incluso menos. Que ahora ves en la tienda el cartelito de tiro bajo y sólo significa que se abrochan debajo del ombligo. Y no. Vale que es un avance tras años de pantalones a que llegan a los sobacos, pero no es eso lo que estoy buscando. Yo quiero volver de nuevo al 2003, cumplir 20, ponerme mis pantalones que apenas me tapan los pelos del coño y dedicarme a zanganear en ciudad universitaria. Cualquier otra cosa no me vale.

Y es que empiezo a pensar que hay algo en la moda que es una cuestión de nostalgia. Nos gustan cosas que nos traen buenos recuerdos. Y la ropa que te pusiste a los 20 y con la que te divertiste tanto parece más bonita cuando la recuerdas de lo que era en realidad. Creo que la memoria nos traiciona y nos hace recordar las cosas como le da la gana a ella. Quizás, sólo quizás, aquel garito no molaba tanto, aquellos pantalones no te quedaban tan bien, aquella música no era mejor y aquel chico no era tan guapo.

Pero qué más da. Hace un par de días alguien me dijo que importaba más el relato que la historia en sí. Y creo que para este caso se aplica que vale más el sentimiento que guardas que la realidad objetiva del asunto. Tener las cosas idealizadas es bueno siempre que no pierdas la perspectiva. Decirse a uno mismo, sé que lo tengo idealizado y aun así me encanta. Porque esos veranos de cuando éramos niños seguramente no fueran más cálidos, más luminosos y más largos. Esos programas de televisión no fueran mejores que los de ahora. Ese amor loco no fuera tan intenso. Y puede que esos pantalones de campana y de tiro bajo no te sentaran tan bien. Pero oye, qué bonito el recuerdo. Y qué sonrisa nos ofrece acordarnos cuando las nubes grises se ciernen sobre nuestras cabezas adultas. Quizás con eso ya valga la pena.

Llevo unos días con el cerebro pegajoso. Como si se me hubiera mezclado con cemento y las ideas tuvieran que luchar por salir, haciendo un gran esfuerzo por moverse. Saber que me tengo que despedir de Ron, el trabajo, el día a día y los recuerdos inoportunos no me lo ponen fácil cuando se mezclan con mis hormonas, mis desajustes y mi habitual falta de sueño. Y en estos momentos raros, en los que ni los pantalones de tiro bajo consiguen que me sienta mejor, los recuerdos felices son algo a lo que agarrarme. Me refugio mucho en los recuerdos de la yaya. En anécdotas tontas de cuando Ron era cachorro. En historias bobas de mis amigos los satánicos. En instantes a escondidas que son sólo míos porque quizás nunca se los he contado a nadie. Y me ayuda. Me devuelve la perspectiva. La idea que llevo tatuada y aun así a veces se me olvida: que esto también pasará. Que las cosas buenas hay que aprovecharlas y llenarse las manos y el corazón con ellas porque no serán eternas. Que las malas hay que aguantarlas como un chaparrón inoportuno porque nunca choveu que non escapara. Y que a veces, las buenas nos sirven de paraguas para afrontar un poco mejor la tormenta.

Tengo muchas cosas buenas en mi vida. Muchas. Y lo sé, soy consciente de ellas. Por eso, a pesar de todo, soy capaz de encararme con los momentos feos. El apoyo del dorniense, su estar a mi lado, su amor incondicional, su mera existencia. Ron y Maya y todo lo que me han dado y me dan cada día. Mis padres. Mis amigos. Mis recuerdos, las cosas que yo misma he construido. Todo me sirve para encontrar fuerzas y seguir adelante.

 Y que aún puedo ponerme los pantalones de hace veinte años y que me la sople muchísimo si realmente se llevan o no, eso también hace. 



lunes, 10 de octubre de 2022

Yo antes vivía sola

 Mi marido me ha abandonado.

Bueno, no del todo, vuelve en un par de días, pero me apetecía el toque dramático. Se ha ido a Dorne a ver su familia. Yo me he quedado con Ron y Maya y mi casa para mí sola. En realidad me gusta poder quedarme sola de vez en cuando, pero me resulta extraño. Antes era lo normal, lo de todos los días, era como vivía. Ahora ya no. Ahora hay siempre un señor por ahí haciendo cosas. Y no es que sea molesto, el Dorniense es limpio, silencioso y ocupa poco sitio. Dicho así, parece que hable de un gato. Pero no, yo sé a lo que me refiero. He vivido con otros hombres y tenía constantemente la sensación de que estaban por el medio, ocupándolo todo o ellos o sus cosas. Hacían ruido, ensuciaban todo y eran increíblemente molestos. El dorniense no. Y eso es bueno. Todo en él es bueno, en realidad. No es perfecto, obviamente, pero creo que sí es lo bastante bueno. Sobre todo para mí. Es lo que necesito y sabe siempre lo que hacer conmigo, a veces cuando ni yo misma lo sé.

A veces creo que es la única persona del mundo que me conoce realmente. Mucho más que mis padres, que les adoro pero son capaces de sacarme de quicio como nadie. Más que mis ex, a los que me vais a perdonar la expresión, pero yo se la sudaba muchísimo. Más que mis amigas, que saben lo que yo enseño y yo no soy ninguna artista del destape. El Dorniense es quien más cerca está de conocer mis oscuros rincones mentales. Es quien mejor sabe cuando necesito una respuesta y cuando es mejor un silencio. Cuando debe frenarme y cuando darme alas. Es el único que consigue acallar las voces de mi cabeza y consigue que me lata el corazón de una forma acompasada.

Aún a veces le miro cuando está concentrado en sus plantas, o limpiando o haciendo la comida y me quedo embobada. Hostia tú, que ese tío es mi marido. Y no es sólo lo mucho que me sorprenda tener un marido, que también. Es que tengo uno al que se le marcan los abdominales y que tiene los hombros más bonitos que he visto en mi vida. Pero no iba a decir eso, que se nota que llevo cuatro días sin verle y me desvío del tema. El caso es que le miro y me parece increíble que ese tío me quiera. Porque yo soy un desastre. Uno grande. Yo vivo desquiciada, me altero por cualquier cosa, propia o ajena. Me paso el día despotricando contra cosas. A veces pienso en voz alta y le aturullo con mi verborrea. Yo sí que ocupo espacio, sobre todo porque desparramo desorden a mi paso. No sé cómo lo hago, trato de evitarlo, lo juro. Pero las cosas se desordenan y se descontrolan, la pila de ropa de la silla se multiplica y el escritorio sufre invasiones incontroladas de bolsas y papeles. Y yo misma soy una especie de complicación con patas. El Dorniense dice que el peor error que ha cometido en su vida fue ponerse pajarita una vez. Y lo dice en serio, muy en serio. Ojalá mi peor error, o incluso el mejor, fuera un atuendo desacertado.

El caso es que el compensa todo eso que está desequilibrado en mí. Y a veces le quiero tanto, tan fuerte y tal claro, que siento un extraño picor en el pecho, como si el corazón se me hiciera un poco más grande ahí dentro. Porque mira que yo he querido, pero no así. No con esa sensación de que es lo acertado, lo correcto, que quererle está bien, que quererle es lo mejor que podía pasarme.


Me pasé muchos años viviendo sola, acostándome sola cada noche. Metiéndome en una cama enorme y helada o calentada con la manta eléctrica. Y me parecía lo normal. Ahora llevo cuatro días que se me hace un poco cuesta arriba. Porque no está él ahí dentro, respirando despacio, llenando la almohada de ese olor delicioso y haciendo que la oscuridad no me dé miedo. Porque todas las noches cuando me acuesto, lo primero que hago es oler a mi marido y me fascina lo bien que huele siempre. Así que antes de dormir le olisqueo un poco y le beso el cuello. Me acurruco a su lado y le pongo una mano encima. Acompaso mi respiración a la suya. Y en unos segundos toda esa nube gris que siempre pulula alrededor de mi cabeza, se disipa. Le gano la batalla a la ansiedad por un día más. Dejo que los malos rollos se vayan y que mis preocupaciones se aparquen. Pospongo hasta el día siguiente las cosas pendientes. Y dejo que su compañía, su simple presencia me acune, que su respiración me arrulle. Y por esos momentos, todo está bien, todo está en paz. Y esa es una sensación que no había tenido nunca. 

Porque yo vivía sola, era lo normal, lo tenía asumido. Pero ya no. Ya no estoy sola, ahora hasta cuando se va, está él. Y vivir sola estaba bien. Pero con él es mejor.


martes, 4 de octubre de 2022

Vendaval en la memoria

 

Nunca fui de querer cosas en abstracto y quedarme con el que llegara para cumplirlas. Por ejemplo, nunca quise un gato. Quise a Ron cuando le vi. Y más tarde, no quise otro gato. Quise quedarme a Maya en cuanto toqué su cabecita negra. Tampoco jamás quise casarme, así en general. Quise hacerlo cuando el Dorniense y yo lo hablamos y supimos que era el momento. Y desde luego nunca quise una aventura, ni una pasión absurda, desatada y desestabilizante. Pero te quise a ti cuando me sonreíste y me miraste a los ojos por primera vez, hace tantos años ya. Por eso debo decírtelo: no fue casualidad. No fue que te cruzaras en mi camino por azar. No fue que pasaste tú y si no, hubiera sido otro. Fuiste tú y ese vendaval que desatas a mi alrededor con el sonido de tu voz. Fuiste tú y esa risa tuya que me hace vibrar. Fuiste tú y esa extraña capacidad para verme guapa a través de tus ojos azules. Fuiste tú, que aún hoy en día haces que se me sacudan los años y me desaparezcan las canas que me empeño en no teñirme. Fuiste tú y el recuerdo que me niego a regalarle al olvido.


Una vez te dije que cuando fuera una vieja senil y me dedicara a ir por ahí con mi carrito recogiendo trastos y dando de comer a todos los gatos del barrio, aún me acodaría de ti. Y maldita sea la caprichosa memoria, que me temo que termine siendo cierto. He olvidado los nombres de mis compañeros de colegio. Los teléfonos que antes me sabía de carrerilla. Las fechas que tanto me importaban. Me he olvidado de quienes fueron mis amigas, de mi primer amor y de muchos de los que vinieron luego. Me he olvidado del Ross y ahora es apenas el espectro de algo que conocí. Me he olvidado de las cosas que me causaron dolor, de las canciones que me hicieron bailar y de los días de sol cuando los veranos eran más largos. Me he olvidado de muchas cosas y tengo que hacer un esfuerzo, una búsqueda intensiva en mi memoria o en los archivos fotográficos amontonados en cajas para acordarme vagamente de ellas, sin sentir el estremecimiento que me causaban.

Y sin embargo me acuerdo de la forma de tu cuerpo, del olor de tu piel y del sonido de tus palabras con una intensidad que me asusta. Me acuerdo de tu casa en la buhardilla mejor que de mi primer piso. Me acuerdo de tus mensajes como si me hubieran llegado ayer. Me acuerdo de tus uñas mordidas y tus dedos despellejados, de cuando te hiciste los pendientes en las orejas, de cuando te hacías dos coletas a lo Beckham, de tus piernas delgadas y de tus colmillos montados. Me acuerdo de todo con una precisión absurda, ridícula y totalmente estúpida.


Y no es que piense en ti a menudo. De hecho, procuro pensar en ti lo menos posible. Pero a veces va el subconsciente, me traiciona y me hace soñar contigo de una forma horriblemente vívida. O pongo la radio de camino al trabajo, medio agobiada por esas cosas que nos agobian a los adultos y suena Lou Reed. O estoy tratando de respirar hondo un domingo porque Ron está bien y porque empiezan mis vacaciones y porque por fin puedo disfrutar de unos días de leer y ver series y comer como una persona normal y vas y me escribes. Y me llamas. Y de pronto tenemos mil cosas que contarnos y hablamos durante horas que se pasan volando y ojalá pudiera dejarlo todo para irme contigo al Rastro y que Madrid nos abrace en su anonimato una vez más. Porque a pesar de todo, incluso de las veces que lo hemos negado, seguimos siendo amigos. Mejor que los que sólo fueron amigos. 

Ojalá no fuera así. Ojalá hubiera podido enfriarte y congelarte en el pasado para recordarte sólo con un vago cariño distante. Ojalá no te hubiera dedicado las mejores cosas que he escrito. Ojalá no siguiera escribiendo para ti. Ojalá no te hubiera guardado un rincón especial, totalmente protegido, en mi corazón. Ojalá hubiera podido poner un punto y final en algún momento. Ojalá tú no fueras tú, yo no fuera yo y la historia no fuera nuestra. Ojalá mil vidas para volver a encontrarte y por un instante desear no haberlo hecho. Ojalá mil vidas para volver a cometer el error y sonreír satisfecha. Ojalá mil vidas despeinándome con el vendaval que desordena todo a su paso y lo deja impregnado de ti. Ojalá mil vidas en las que mereciera la pena vivir por un puñado de recuerdos a los que no renunciaría nunca. Ojalá mil vidas para no regalarle al olvido ni uno sólo de los besos que me diste.


domingo, 2 de octubre de 2022

Palabras más, palabras menos

 

Hay palabras que tienen un poder especial. Bien por el contexto, bien por la persona que las dice, bien por el tono o bien por la palabra en sí misma. Las palabras son más poderosas de lo que dicen porque ni una imagen vale más que mil de ellas, ni se las lleva el viento.

Una palabra terrible es quimioterapia. La oyes y tiemblas. La quimio es sinónimo de enfermedad, de malestar, de vómitos, de palidez, de defensas a tomar por culo, de caída de pelo. Quimio suena a hospital. Suena a otras palabras malditas, como cáncer o muerte.

Por eso cuando me dijeron que Ron tenía un linfoma (he ahí otra palabra espantosa) y que había que darle quimioterapia me vine abajo. Por más que me explicaron que el tratamiento en animales no suele ser tan agresivo como en humanos, que lo que tenía Ron era un linfoma de bajo grado intestinal totalmente tratable y en un estado muy inicial, yo seguía bajo el efecto perturbador de las palabras malditas. Así que, mientras él estaba totalmente normal, yo era la que andaba por ahí pálida, ojerosa, con la ansiedad por las nubes y nauseas que me impidieron comer durante días. Lloré dos noches enteras seguidas mientras Maya me pasaba su diminuta naricilla negra por la cara y me secaba las lágrimas con sus patitas también negras. Tras unos días de ir al trabajo en un estado lamentable, por fin llegó el fin de semana y le di a Ron sus pastillas, temiendo lo peor. Pero a veces lo peor no llega. A veces, por horribles que sean las palabras, son sólo eso, palabras. Y los hechos son otros.

Así que Ron está bien. Los efectos secundarios no han aparecido, como me dijeron que pasa en la mayoría de los gatos. Sigue comiendo, durmiendo y pidiendo más comida. Sigue contento y sin dolor. Sigue, ahora mismo mientras escribo, ronroneando pegado a mi costado. Así que si Dios quiere, seguiremos con el tratamiento y le daremos una patada en el culo a las palabras feas, dando la bienvenida a palabras más amables, como remisión o recuperación.


Lo cierto es que tampoco me gustó la palabra operación cuando me la dijeron a mí. Resulta que mi endometriosis se ha descontrolado y tengo el intestino a punto de colapsar. Así que hay quitar un par de cachos. Suena fantástico, lo sé. Y temo el día que me llamen y me digan palabras inofensivas, como fecha y hora, pero terribles por lo que va a haber detrás de ellas. Sin embargo, puede que eso también salga bien.


Pensando sobre el tema de las palabras, me he dado cuenta de que nunca digo que la llama se murió. Siempre digo que “se fue”. Y no es una cuestión de usar eufemismos. Es cosa de que la muerte suena demasiado definitiva. Irse, no tanto. Y yo creo, porque me ayuda a seguir respirando, que la muerte no es definitiva. No es el final. Sólo es el paso a otra cosa. Y que nos veremos algún día, dentro de muchos años, espero.

Leí hace muchísimos años un libro para adolescentes muy divertido y la protagonista tenía pánico a la palabra “muerte”. Así que en su lugar siempre decía “bananas”. Eso le hizo coger cierta aversión a susodicha fruta. Y a mí me gustan mucho los plátanos, así que prefiero no usar ese truco y seguir pensando que la gente se va, no se muere del todo pero tampoco hay ninguna banana implicada en el asunto.


Y por último, aún estoy cogiéndole de nuevo el truco a esto. Se me había olvidado. Ya no manejo tan bien las palabras como antes, ni las que me asustan ni las que me reconfortan. Pero aun así, siguen siendo un extraño consuelo.