miércoles, 8 de mayo de 2013

Un poquito más


Soy una persona de cosas pequeñas. Así, en general. Nunca he hecho nada “grande”. Nunca he sido nada “importante”. Nunca he tenido nada “especial”. Soy una persona pequeña. Con pequeñas virtudes, pequeños defectos, pequeñas cualidades, pequeñas miserias. Gano pequeñas batallas. Y sufro pequeños fracasos.
Pero es que creo que la vida se compone de pequeñas cosas. Y si las miras desde el punto correcto, pueden ser grandes. Todo puede depender del entorno, de la perspectiva. Un grano de arroz, en otro mundo con una gravedad mil veces superior a la nuestra, sería capaz de aplastarnos. Una montaña gigante, en otro planeta quizás sería sólo una bolita de arena.
El caso es que si lo pensamos bien, a nivel de historia mundial, casi todas nuestras vidas pasarán desapercibidas. No seremos nada dentro de cien años. Nos diluiremos en el olvido. Peeeeero… podemos morirnos a gusto, satisfechos de nosotros mismos. Podemos hacer algo grande dentro de nuestra nimia existencia. Podemos no quedarnos con la sensación de haber sido unos pringados dentro de nuestro pequeño mundo. Quizás no cambiemos el rumbo de la historia de la humanidad, pero quizás cambiemos algo. Quizás seamos el aleteo de la mariposa que provoca un temblor al otro lado del mundo. Quizás dejemos una huella, aunque sea dactilar en algún sitio.
Puede que nuestra gran aportación al mundo sea salvar a un perro o a un gato. Puede que sea hacer un favor a alguien que al final cambie notablemente su vida. Puede que sea presentar a dos amigos que vivan una maravillosa historia de amor. Puede que sea ser sólo un eslabón el la cadena que hace funcionar los engranajes del mundo. Puede que sea algo pequeño, diminuto, vulgar y anodino. Puede que sea algo que pase desapercibido a ojos de la gente, pero que ha cumplido su función. Una función que era necesaria.
Supongo que es por eso, por esa estúpida creencia mía de que las cosas pequeñas pueden ser importantes por la que soy la tonta del “un poquito más”. Hay días, muchos días, en los que me levanto y tengo ganas de tirar la toalla con todo lo que me rodea. Tirar la toalla con la búsqueda de trabajo. Tirar la toalla con tratar de salvar animales que ni conozco. Tirar la toalla con el blog. Tirar la toalla con mi familia, con mis amigos. Tirar la toalla con mi casa. Tirar la toalla con el Ross. Tirar la toalla sobre todo conmigo misma. Pero mientras desayuno respiro hondo. Aún me quedan fuerzas. Aún puedo un poquito más. Aún puedo luchar lo bastante como para que quizás salga todo bien. Aún puedo añadir un granito de arena o una gota más que sea la que colme el vaso, la que la haga cambiar las cosas. Un poco más. Sólo un poquito.
Y así, voy avanzando hacia la persona que supongo que debo llegar a ser. Pasito a pasito. Un poquito más a un poquito más. Porque mucho quizás no, pero un poco, sólo un poquito, podemos todos. Y así, con pequeños granitos se puede llenar un granero. A pequeños empujones, quizás podamos mover el mundo… nuestro pequeño mundo. Porque poquitos a poquitos, al final podemos juntar un mucho. 

lunes, 6 de mayo de 2013

el loco de los pájaros


Ya os conté que el Ross estaba empollando un par de huevos en su casa. Bueno, no él en persona, pero unas palomas a las que había dado cobijo. Hace unos días apareció en mi casa con su cara de pena.

-         Oye Naar, no sé si ha nacido uno de los pollos o si ha pasado algo...
-         ¿Eh?
-         He encontrado un huevo roto en el suelo de la terraza.
-         ¿Pero como un huevo? ¿Qué significa eso?
-         Pues que había una cascarita de huevo en el suelo.
-         Ya. ¿Pero había pollo muerto o algo raro?
-         ¡Pues claro que no! – me gritó horrorizado. – Sólo era la cáscara.
-         Vale, entonces es que ha nacido el pollo.
-         ¿Y el otro?
-         ¡¡Y yo qué sé, Ross!! ¿Qué crees, que soy ginecóloga de aves o qué? el otro habrá salido y estará el huevo caído por otro lado o aún no habrá salido del todo.

El Ross quedó un poco más conforme con la idea de que los pollitos estaban vivos y al fin se atrevió a subir a una escalera para comprobarlo. Y allí estaban los dos pollos pelados y feos metidos en un nido.
Ahora se entretiene viendo ir y venir a los padres palomos para dar de comer a los nenes. Y a veces, les saca alpiste. Porque sí, el Ross ha comprado un paquete de alpiste. El Ross, el tío más roñoso del universo, que vive con la luz apagada por no gastar, compra alpiste para los pájaros. Y ahora está todo contento de no haber quitado los huevos. Como si eso hubiera sido una posibilidad real en algún momento.
El otro día fui yo a su casa a verle un rato. Entré en la habitación a dejar la chaqueta y le hice un gesto con la cabeza hacia el nido.  

-         ¿Qué? ¿Cómo están los niños?
-         Jo, son más majos… uno es blanco y el otro es negro. Ya tienen plumón y son más graciosos… si es que encima son bonicos y todo los jodíos…

Ya. Guapos guapísimos los pollos. Pero yo no digo nada porque puede que yo hiciera lo mismo. Con las mismas me fui al salón y salí al balconcito a fumar un cigarro. Entonces lo vi. Un cacharro amarillo metido en el soporte metálico de una jardinera en la que no hay tiestos ni plantas ni nada. Sólo un cacharrito amarillo lleno de alpiste.

-         Ross… ¿qué es esto?
-         Un cacharrito que he puesto ahí con alpiste.
-         Ya, ya lo veo.
-         Es que… es que… - empezó a justificarse. – Es que venían a veces pajaritos al balcón y pensé “pues voy a ponerles comida”… y como yo no como en casa y no tengo pan, pues dije, “les voy a poner alpiste”. Y lo puse y vienen a comer. Y me lo paso bomba viéndoles porque son muy graciosos.
-         Ya. – suspiré.
-         ¿Qué pasa? Me gustan los gorriones. Y si tengo las puñeteras palomas que no me gustan en la otra terraza… aunque los pollos molan, pero ese no es el caso, el tema es que si tengo las palomas… ¡pues también quiero tener gorriones!
-         Vale, me parece bien.
-         Además, - se animó al ver mi aprobación. – les veo venir y es divertidísimo. Hay uno muy gordo que no se asusta aunque me vea. Y se pone ahí a piar en la barandilla. Y el otro día se peleó con otro que viene a veces que es más pequeño pero también es gordito y...
-         ¿Los distingues?
-         Claro, mira, está el gordo, luego está este otro que te digo y uno más clarito que se asusta enseguida y otro que…

Os dije que daría de comer a las palomas. Ahora veremos lo que tarda en poner nombre a los pajarillos. Ay, madre, qué criaturita. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Rugby... y los hombres de verdad


En honor a mi querida Tomate (cada vez compartimos más cosas, hermosa), hoy vamos a hablar de hombres. Y no de cualquier tipo de hombres. No. De hombres muy hombres. De jugadores de rugby. Los hombres más hombres de todos los deportes de hombres.
Reconozco que lo mío con este deporte viene de muy lejos. Cuando era pequeña, mis abuelos tenían el canal plus en casa y ya algunas tardes que me quedaba con ellos veía el rugby con mi abuela. Mi yaya es así de chula, le gusta el rugby y el fútbol inglés. Así que lo veía con ella y me parecía una cosa muy divertida y muy graciosa, aunque no entendía nada de lo que pasaba.
Luego, con los años, empecé a salir con el Ross. Casualmente, él jugaba por aquel entonces con el equipo de su facultad. Y reconozco que con cierta desgana, acepté a ir a verle jugar cuando me invitó por primera vez. Cinco minutos después no había rastro de la desgana. Aquello era el mejor espectáculo en vivo que había visto nunca. Primero, porque el Ross sin gafas es un espectáculo en sí mismo. Y había que verle corretear por el campo con cara de perdido, los ojos chinos y el mordedor de color fuxia. Por suerte, la camiseta de su equipo también era fucsia y así no le costaba demasiado distinguir a sus compañeros a pesar de la miopía.
Luego pasaban otras cosas fascinantes en el campo. Todos corrían aparentemente sin orden ni concierto detrás de un melón de cuero. Y de repente, alguien placaba al portador del melón. Y entonces, empezaban a caer gordos, unos encima de otros hasta formar una montaña humana de la que parecía imposible salir con vida. Otras veces, (vete a saber a cuento de qué) los de cada equipo hacían varias filas se cogían por los hombros, metían la cabeza entre los culos de los de delante y empujaban como arietes a los del otro equipo, a su vez con las cabezas en los culos ajenos. A mí esto era lo que más me gustaba. Porque empujaban y empujaban y yo nunca supe si tenían que avanzar o girar o qué, pero me preguntaba cómo olería ahí abajo.
Y cuando sacaban desde la banda. Eso sí era divertido. Cogían por los pantalones a un tipo alto y lo levantaban por encima de sus cabezas para que atrapara el balón. Eso sí molaba. A mí me lo hacían muchas veces mis amigos. De hecho, así me rompieron unos vaqueros con la tontería.
Pero lo que más me gustaba, desde luego, eran los terceros tiempos. Dios, qué juergas de terceros tiempos. Las mejores de mi vida. Cuando terminaba el partido y se cantaba aquello de “esta noche hay una fiesta… vamos todos a la fiesta…” empezaba el despiporre.
Y después del partido y la cancioncita, un Ross sudoroso, lleno de barro y aún con cara de topo se me acercaba, escupía el mordedor y me lloriqueaba un poco. Muy sensual él con su “tengo una herida aquí. Me han roto una ceja. Me han pisado la mano. Me han tirado del pelo. Me he estirado una oreja en la melé y me duele mucho.” Y yo, con toda mi santa paciencia, le limpiaba las pupitas antes de que se pusiera las gafas porque al Ross le da pánico la sangre. Y le sacaba los pegotes de barro de los oídos. Y le daba un besito que sabía a barro y a sudor (muy rico) y le mandaba a la ducha con el resto de compañeros en estados aún más lamentables que él.
Guardo muy, muy buenos recuerdos de aquellos años y aquellos partidos. Era muy feliz sentada en las gradas de Cantarranas, a ratos mirando a mi novio-topo persiguiendo bultos rosas y a ratos perdiendo la vista en el horizonte, más allá de árboles y pájaros, por encima de gritos, insultos y conversaciones universitarias. Era muy feliz viendo a los compañeros pegarse las orejas con cinta aislante antes de salir a jugar, poniéndose chichoneras y con los mordedores haciéndoles babear y hablar como si fueran retarded. Y pegando gritos y blasfemando como si les fuera la vida en ello. Era feliz, viendo a mis hombres de rosa fucsia.
A veces ganaban, a veces perdían. A veces eran partidos aburridos, a veces eran increíblemente divertidos. A veces se montaban tanganas y los puñetazos volaban como en una viñeta de Asterix. Pero luego siempre terminábamos juntos de cañas. Es lo grande, grandísimo, del rugby. Que es un deporte de hombres. No de putas nenas como el fútbol. En el rugby nadie se queja, nadie se tira al suelo lloriqueando por una patadita. Nadie le replica jamás al árbitro. Se hace pasillo y se aplaude a los que pierden. Y cuando se acaba, se dan la mano y tan amigos, a beber cerveza.
Es hablar de todo esto y me da una morriña que me quiero morir.
Y para quitarla, pienso en los jugadores profesionales. En estos. En los Old Blacks. En sus hakas.



Y  luego a la gente se le caen las bragas con los cuerpos de los jugadores de fútbol. A mí que no me fastidien y que me perdone el Beckham de mis amores, pero no hay punto de comparación.




sábado, 27 de abril de 2013

Viajando en el tiempo


¿No os ha pasado a veces que estáis soñando algo y vosotros mismos os preguntáis si es un sueño o es real? ¿Y al revés? ¿Estar despiertos y conscientes y preguntaros si lo que está sucediendo será sólo un sueño absurdo?
Si la respuesta es no, quizás no entendáis nada de este post. Si todos respondéis que no, quizás necesito una camisa de fuerzas. Y no sé por qué, intuyo que si hubiera visto Matrix, quizás hasta podría explicarlo todo mejor. O hacer unos símiles chulos que te cagas. Pero no. Así que podéis ahorrároslos porque no los voy a entender. Y NO, no voy a ver Matrix, ya me la he dormido tres veces y cada vez más profundamente que la anterior. Es infumable. Y podéis tirarme piedras, me la pela.
El caso es que desde el accidente de Roncito y tal estoy un poco cansada. Eso, unido al comienzo de la alergia y a los dulces efectos de los antihistamínicos. Así que digamos que voy un poco en mi propio globo y me entero de las cosas un poco a medias. Porque niños, las drogas son malas. Pero sus efectos inmediatos son cojonudos.
El caso es que ayer me levanté un poco aturdida y confusa. Había tenido unos sueños raros y dormir de nuevo en la cama tras una semana en el sofá me tiene un poco desorientada. Pero hice como si nada y seguí con mi rutina: desayuno de Ron, desayuno de mami de Ron, llamar a mamá de la mami de Ron, vestirme y salir a la calle.
Cuando salí, vestida con unos vaqueros, una camiseta, un jersey, un pañuelo al cuello y una chaqueta y miré al cielo, me dije “joder, parece noviembre en vez de finales de abril”. Y seguí caminando calle abajo. Entonces me crucé con una madre y sus dos hijos que salían del cole. Uno de ellos le dijo al otro “… ¿y te sabes esta? Mira, campana sobre campa-aaa-ana y sobre campana uuu-una…”
Demonios. Igual es noviembre de verdad. Igual lo he soñado todo y no han pasado aún las navidades, ni la operación de mi yaya ni nada. Igual he retrocedido en el tiempo. No, qué absurdo, no puede ser. Seguro que el niño ese está confundido. Así que seguí andando. Y me crucé con dos abuelos. Uno le dijo al otro “vaya tiempo que está haciendo este otoño, ¿eh?”. Mierda. ¿Ha dicho otoño? ¿Será una ironía? ¿ Estaré soñando? Igual he conseguido viajar en el tiempo de verdad  y puedo arreglar las cosas que he hecho mal. No, no seas estupida, Naar, sigue caminando, sigue como si nada, que son sólo casualidades.
Pero llegando a la panadería me crucé con un señor que llevaba una bolsa con un Papá Noel dibujado. Típica bolsa que te dan en las tiendas en el periodo navideño. Así que llegué a la conclusión de que era verdad. Había viajado en el tiempo. Había retrocedido cinco meses como si nada. Y me puse a pensar a toda prisa. Rápido, Naar, piensa. Tienes una segunda oportunidad… puedes arreglar todo lo que has liado en estos últimos meses. Rápido, qué hay que hacer. Primero, ojo con Ron y las ventanas. Vale. Más, más cosas Naar, corre, piensa. Es noviembre luego aún no te has liado con el Ross. No, espera, aún sales con el chaval de Sevilla. Vale, cuando llegue a casa le llamo y le dejo, total, me va a dejar él en un par de semanas y así nos ahorramos el berrinche y el mal trago. Más cosas, rápido. No preocuparse por lo de la yaya, va a salir bien. No agobiarse con la boda de Gordito, tengo unos zapatos que valen, no gastar dinero en otros. Y… y… espera, he dicho que aún no me he liado con el Ross. ¿Qué hago? ¿Vuelvo a liarme con él y a complicarme la vida o le doy una oportunidad al guapérrimo? Ay, dios, qué estresante es esto de viajar en el tiempo. ¡¡NO, espera!! Mejor, mucho mejor. ¿Qué coño de número tocó el gordo de la lotería? ¡¡Compra, Naar, compra!! ¿Pero qué número era? Ay, señor, que no recuerdo ni la terminación. Así no me voy a hacer rica en la vida. Ni viajando en el tiempo haces negocio, so pava. Piensa, Naar, piensa… compras la lotería y te vas a vivir al Caribe. Y que le pelen al Ross y al mundo.
Compré el pan tan contenta. Como consiguiera recordar el número de la lotería me iba a forrar. Y le iban a dar mucho por culo a todo. Ja. A la mierda el Ross, el guapérrimo y la puñetera madre de todos. ¡Iba a ser rica!
Me fui a casa de mi madre con mi pan debajo del brazo mientras el viento de noviembre me pegaba en la cara. Y es curioso esto del cambio climático, porque los árboles estaban empezando a tener unos brotes verdes como anuncio de futuras hojas. Entonces caí en la cuenta. Yo me había despertado en noviembre, pero el tiempo se estaba acelerando rápidamente. Iba sufriendo una aceleración constante que pronto me iba a traer al presente en el mejor de los casos. O al futuro de la señora de la lejía en el peor.
Aceleré el paso. No fuera a ser que llegara a casa de mi madre y me abriera una anciana. Mientras subía las escaleras, me llegó un wasap de Flumi. “Preciosa, ¿te animas a celebrar tu cumple el sábado que viene conmigo?” ¿Veis? Lo dicho. Aceleración rápida del tiempo. Ya estaba casi en el presente, obviamente. Si Flumi quería celebrar mi cumple es que era… ¿finales de marzo, principios de abril? Mierda, ya no había tiempo para comprar lotería. Espera, aún tenía 29 años. Eso es una maravillosa noticia. Igual se detenía el tiempo en ese momento y no me llevaba el sofoco anual del día gafe del año conocido como el aniversario de mi nacimiento. Igual me ahorraba ir a la boda del Gordo. Igual no llegaba a cumplir los 30. Era casi como lo de la lotería.
Subí tan contenta a casa de mi madre.

-         Mamá, adivina qué me ha pasado hoy.
-         ¿Hoy? ¿qué día es hoy?

Mierda. Qué te juegas a que no he viajado en el tiempo y sólo es una deficiencia neurológica familiar que nos impide saber en qué día vivimos.

-         Pues… pues… no sé qué día es pero escucha, me ha dicho Flumi que si celebro mi cumple con él la semana que viene, luego eso significa que…
-         Que para tus amigos cualquier excusa es buena para montar juerga. ¿a qué viene tu cumpleaños un mes después?

Mierda de nuevo. Ya sé a qué viene. A que Flumi cumple los años justo un mes después de mí. Y antes de la boda del Gordito y del disgusto de mi cumple, me dijo como un millón de veces que lo celebrásemos juntos en mayo y punto. Que poníamos los dos algo de dinero y nos tomábamos unas cañas en Casapaco.

Resumiendo, el niño era tonto o hacía cosas inexplicables de esas que hacen la mayor parte de los niños y que a mí me funden los plomos. El abuelo bromeaba con el mal tiempo. El señor de la bolsa del papá Noel era un rácano que usaba las bolsas hasta que se caen a cachos y aún estaba amortizando una de unas navidades pasadas, posiblemente las de 1998. Los brotes de los árboles no se deben al cambio climático y simplemente es que ha hecho frío y van un poco retrasados.
Odio las explicaciones racionales. Son un rollo repollo. Lo único bueno es que no he perdido la oportunidad de hacerme rica por no recordar el número premiado de la lotería. Lo malo es que el estúpido tiempo sólo avanza hacia delante y sí tengo 30 años, sí me lié con el Ross y Ron aún lleva las patitas vendadas aunque ya esté como siempre.
Mierda. Mierda y mil veces mierda. 

miércoles, 24 de abril de 2013

el secuestro del calcetín


Me quiero cambiar de edificio. No lo pensé detenidamente cuando compré esta casa. No hice un estudio exhaustivo sobre mis vecinos. Eso sí, ya he aprendido. Cuando me mude de nuevo será a:
a)      una casa con terreno alrededor para no tener vecinos.
b)      Una isla desierta.
c)      Una cueva en mitad del monte.

En caso de no poder acceder a ninguna de las anteriores, seré mucho más cuidadosa a la hora de elegir vecinos. Porque uno cree que compra su piso y que los que te rodean son seres casi invisibles que apenas cohabitan en el mismo espacio vital. Pero no. Son molestos, hacen ruido, tienen hijos y dan por culo todo lo que pueden.
Cuando yo me mudé aquí todo parecía normal. Parejas que iban a su bola y punto. Pero han pasado tres años y todo se ha dado la vuelta. Mis estupidísimos vecinos de enfrente han tenido una niña que berrea a las cuatro y media de la mañana. Y no llora o llama a sus padres, no… ella grita y se coge unos berrinches descomunales cuyo único fin es dejarnos sordos a todos para no escuchar roncar a su puñetero padre cuando ella por fin se calla. A ver si se mudan, que este piso es muy pequeño para tener hijos.
El vecino del primero era un tipo simpático que vivía con su novia, un gato y un perrito patada de pelos esponjosos. Pero se separó. Y la novia se llevó al chucho. Y él llevó al gato a casa de sus padres. Así que ahora es un soltero despreocupado que me acosa siempre que puede. Tras varios rechazos educados, pensé que había aceptado la derrota y por fin me estaba dejando den paz. Y es que no puedo ponerme en plan brusco porque es el vecino, tengo que encontrármelo en la escalera y nunca sabe una cuando va a necesitar un poco de azúcar o algo. Pero vamos, que he sido lo bastante clara. Y llevaba como tres o cuatro semanas sin saber de él. Feliz de la vida, me había olvidado de que tenía vecino.
Hasta el otro día que a las doce de la noche me llega un wasap. “vecina, se te ha caído un calcetín de rayas naranjas??”. Su puta madre. Pues sí, se me ha caído. Pero puedes dejarlo en la escalera para que lo coja a la que paso. No hace falta que te lo lleves a tu casa, secuestrador de ropa. Que no hay que darle de comer ni nada, coño, que es un calcetín. Y es que me cabrea el síndrome de trapero que tiene este vecino. Que ve unas bragas, una camiseta, una bayeta o lo que sea que se ha caído y se lo lleva a casa. Y ahí lo tiene durante vete a saber el tiempo. Un día voy a tirar los recibos por la ventana, a ver si me los paga mientras tanto.
Además, sospecho que lo recoge todo con el único fin de hacer que vayamos a su casa y así darnos charla durante un rato. Y hablo en plural para evitar un poco mi rollo paranoico, pero juraría que tiene una querencia especial por mis cosas. Todo lo que ve que puede parecer mío, se lo lleva este hombre a su casa riendo como Gollum “mi tesoro… un calcetín vieeeejo, ahora vendrá la vecina y la retendré en Mordor”. Y como yo paso de ir a su casa porque bastante tengo con lo mío, pues me extorsiona por wasap.
“Tengo tu calcetín. Baja a por él si lo quieres. Si no bajas en dos días, empezaré a arrancarle hilos poco a poco”. Tío, no mola. No es una buena técnica para ligar.  
El caso es que le contesté al wasap diciendo que sí, que el puto calcetín de rayas naranjas era mío y que me lo metiera en el buzón, que ando muy liada. Y venga charla, que si estoy liada porque he encontrado curro, que si me va todo bien, que si esto y que si aquello. Que estaría al día siguiente en casa por la tarde si quería bajar a por él. A ver, no tengo curro, estoy cuidando de un gato pachucho y mimoso que me retiene 24 horas al día pegada al sofá, así que te pido que me pongas el puto calcetín en el buzón y me dejes en paz. Cansino. Que eres muy cansino. Y eso por no decirle que por mí se puede meter el calcetín por el culo. Así, de buen rollito vecinal.
Por fin el otro día, mientras rascaba las orejitas a Ron y le cantaba lo de los balleneros, me llegó un wasap diciéndome que ya tenía el calcetín el en buzón. Le di las gracias y me respondió “las que a vos le adornan, preciosa”. Me cago en mi vida.
Me voy a comprar una caña de pescar para rescatar las cosas del patio antes de que Gollum las encuentre. Y eso mientras sigo estudiando lo de la mudanza a la isla desierta. Que estoy mu jarta ya. 

lunes, 22 de abril de 2013

El accidente de Ron


Me he llevado un susto grandísimo. Y como soy incapaz de exteriorizar las cosas hasta que no se me pasan un poco, lo cuento ahora, aunque hay algunos os hayáis enterado un poco antes por twitter.
El caso es que Ron el jueves hizo un poco el cafre y se hizo mucho daño en las patitas. Trató de meterse por un hueco de la ventana por la que no cabía y al final se rompió unas uñas de los pies y se hizo una fisura en el hueso de la pata izquierda. Cuando me di cuenta y le vi la sangre me faltó tiempo para cogerle y salir corriendo. Por suerte, estaba vestida para irme a trabajar con mi madre, pero la llamé y le dije que salía disparada al veterinario.
Llegué a la puerta de mi querido veterinario con Ron muy asustado en el transportín y yo temblando como una hoja. Apenas me había dado cuenta de que llevaba la ropa manchada de sangre y que yo misma tenía un desgarro horrible en la muñeca que me había hecho Ron sin querer al cogerle en brazos.
Hubo que sedarle para hacer una radiografía y curarle bien. Así que salí a la calle mientras curaban a mi amorcito, llorando sin parar. Llamé a Pa, que sabía que estaba de camino a Valencia y me calmó un poco. Luego el vete me dijo que no era nada grave, que la fisura se curaría sola en un par de semanas porque era pequeña y muy estable, y que las uñitas las tendría como nuevas en unos pocos días. Así que me volví a casa con el pobre Ron medio grogui y con las patitas vendadas.
Ahora el susto va pasando. Él sigue vendado, sigue un poco tristón y apagado y yo sigo sin quitarle el ojo de encima en todo el día y toda la noche. Así que estoy cansada y dolorida de dormir en el sofá con él entre los brazos. Pero vamos estando bien. Ha sido más el susto que la gravedad del asunto.
Mi muñeca parece la de una suicida, me tenían que haber dado puntos, pero no podía irme a perder mil horas en urgencias mientras el pobre gato estaba solo en casa, asustado y desorientado. Ni de coña, vamos. Así que el propio veterinario me curó un poco en el momento, me vendó y el resto de los días me hago yo el apaño como puedo.
En fin, son cosas que pasan. Yo no puedo tener más cuidado con Ron, y aunque me siento culpable por el descuido, sé que estas cosas suceden a veces. Igual que cuando se tienen hijos. Aunque tengas mil ojos a veces se caen, o tienen accidentes. Supongo que es bastante inevitable. Y no queda otra que ir aprendiendo sobre la marcha, ir espabilando poco a poco, ir haciendo de tripas corazón e ir aprendiendo y enseñándose uno solo a ser adulto, a ser responsable, a ser madre. Aunque sea de un gato. Nadie nace sabiendo. O con eso nos consolamos los torpes y los idiotas como yo.
Os iré informando. Roncete os agradece de antemano los ánimos y los mimos que le enviáis.

P.D. cuando está malito o le pasa algo, a Ron le calma mucho que le hable y le cante bajito. Dice el veterinario que le pasa a todos los gatos. problema, ya no sé qué contarle y yo canto fatal... sin contar con que la música que yo escucho no creo que sea apta para cantarle a un enfermito, así que me paso las tardes canturreando esto. Lo sé, soy ridícula y es obvio que me quedaré solterona, recogeré basura de la calle y los niños me tendrán miedo. 

sábado, 20 de abril de 2013

Premios atrasados




Alterego me pasa un premio que viene con preguntitas y luego se supone que hay que pasar a veinte blogs con menos de 200 seguidores. Yo voy a contestar a las preguntas y a olvidarme casualmente de lo de pasarlo a medio universo. Todos los que me leéis sois estupendos, así que hala, lo cogéis y os lo lleváis, que no hay ganas de poner tanto enlace y tanto rollo. Bueno, al asunto:

1. ¿Qué te gusta más, cocinar postres o platos de cuchara?
Pues me gusta bastante cocinar y no le pongo pegas a nada. Lo cierto es que sólo hay dos o tres cosas que me da pereza cocinar (así que recuerde, bechamel y tortilla de patatas). La repostería me encanta pero es más entretenida, las cosas de olla son más “sufridas”, hay días que pongo a cocer las judías a fuego lento, me voy a hacer cosas y luego vuelvo a comerlas. Los dulces requieren tiempo y atención.
2. ¿Qué es lo más importante para ti en una persona: la personalidad, o el físico?
La personalidad, claro. A mí de qué me sirve un tipo muy guapo si es un lerdo.
3. ¿Cuándo empezaste con el blog?
Este, creo que el 10 de diciembre de 2011. El anterior fue como por marzo o abril de 2008.
4. ¿Quién fue la persona que te inspiro para empezar en este mundo?
Mi amiga Dudo, que escribía un blog delicioso que se llamaba “manual de supervivencia para torpes.” Lo echo mucho de menos aún aunque hace ya tiempo que lo cerró. Por suerte aún ella está en mi vida y aunque vivimos lejos, sé (y ella y su familia saben también) que les siento muy cerquita del corazón. Cada vez que paso por la mujer que lee de Aluche,  Dudo está a mi lado.
5. ¿Sueles seguir muchos blogs o te llegan los seguidores por otras personas que te han conocido?
Pues sigo un montón y cada vez más. Esto es una droga chunga y engancha que no veas. Me encanta leeros y tener interacción con la gente. También me llegan seguidores de otros blogs y otros que no sé ni de dónde salen, pero lo agradezco igual. Aquí todo el mundo es bienvenido.
6. ¿Qué te gusta más cocinar o qué te cocinen?
Cocinar yo. De hecho, es muy raro que yo coma cosas que ha cocinado otra gente, soy una asquerosa. Sólo me fío de mi madre, mi yaya, de Anita y poco más.
7. ¿Cuál es tu mejor receta?
Cocino bien en general, no es por echarme flores. Una de las cosas que tienen éxito asegurado es la empanada de carne y los hojaldres rellenos.
8. ¿Qué le pides a una persona para que sea tu amiga?
Lealtad y sinceridad. No pido cosas raras, creo yo.
9. ¿Cuál es la mejor película que has visto?
Ains, es que sólo una no puedo. Creo que una de mis favoritas es “Lo que el viento se llevó”, lo he dicho muchas veces. Me la veo todos los años y nunca me cansa. Pero hay muchas más, porque además yo soy una absurda y me gustan las pelis más raras, me encantan Los puentes de Madison, pero me embobo siempre viendo Dirty Dancing o Grease. Soy bastante cinéfila y casi todo me gusta menos la ciencia ficción.


Ea, pues ya está. Ahora repito que todo el que me lea y tenga menos de 200 seguidores está premiado, que se lo coja y se lo lleve y lo haga.

También Opiniones Incorrectas me pasa el Premio Ferny, que recojo y contesto encantada de la vida. Este se lo paso a todos los lectores que tienen gato, que sois unos cuantos (por favor, no me hagáis poner los enlaces, que sabéis de sobra quien sois!!)





Reglas:

Ferny, un angora turco nacido el 1 de julio de 2010 en Santo Domingo y asturiano de corazón, ha creado este galardón con su nombre que va con la penitencia de responder 20 preguntas y otorgárselo a 10 blogs.

Preguntas:

1.- ¿Qué es lo que más te gusta de Ferny?
Que es guapísimo y se lame igual que mi Ron. Me parte de risa esa postura que cogen, como si estuvieran sentaditos como personas y se lamen la panza.

2.- ¿Qué es lo que menos te gusta de Ferny?
Que a veces tiene mal humor y que el otro día trató de montar a Perfidita. Ya ves tú, el quiero y no puedo de un gato. (espero que no se enfade, jejeje)

3.- ¿Sigues el blog Turkish Angora World?
¿El de Hola? Sí, lo leo casi siempre a través del enlace de twitter que pone la mami de Ferny.

4.- ¿Gato ó perro?
Sí, y ratas y hámster y lo que haga falta. Todo me gusta. Tuve perro de pequeña y le quería muchísimo. Y ahora tengo gato y es el amor de mi vida.

5.- ¿Cuál es el viaje más largo que has realizado con un gato?
Pues con Ron no he ido muy lejos, porque cuando le trajo el desequilibrado de Guadalajara iba él solo, yo esperaba en casa. Y no hemos viajado más, sólo al veterinario, a casa de mis padres, cosas así. Sin embargo con Maggie, la gata maligna del Ross sí fuimos alguna vez al pueblo del Ross en el sur. Y menudo viajes nos daba la jodía.

6.- ¿De qué color es tu habitación?
Roja y color indefinido (taupé, para los pijos) entre gris y crema.

7.- ¿Prefieres los sanitarios blancos ó de colores?
Blancos, los otros son una horterada.

8.- ¿Has gastado bromas telefónicas?
Coño, claro. Miles. Y si alguien no las ha gastado es que no ha tenido infancia. Llamar y decir “¿Ahí lavan la ropa?” que te digan “No” y contestar “joder, pues qué guarros” es de las cosas más divertidas que he hecho en mi vida. Lo peor es la última vez ya no era tan pequeña, que tendría mis 17 años tranquilamente.

9.- ¿De qué nunca trabajarías?
Tal y como va el mundo no está la cosa para hacer ascos. Y a mí no se me caen los anillos.
Si es en plan profesiones que no elegirías, no sería médico, ni enfermera ni cosas de esas. Me da asco casi todo y soy un tanto hipocondríaca. Tampoco me molan los laboratorios y no podría trabajar en algo que implicara experimentar con animales.

10.- ¿Comerías carne de caballo?
Supongo. Si está bien tratada y tal, sé lo que es, ha pasado sus test y sus controles y eso, por qué no. No hay tanta diferencia con una vaca o un cerdo o un cordero.

11.- ¿Crees que la Seguridad Social debe cubrir las operaciones de reasignación de sexo?
No.

12.- ¿Debería aprobarse en España la subrogación (vientres de alquiler)?
No es una práctica que me motive mucho, pero bueno, podrían aprobarlo, que cada uno haga lo que considere oportuno y le dicte su conciencia. No me agradan las prohibiciones porque sí. Cada uno que haga lo que quiera si es libremente.

13.- ¿Quién es el famoso que peor te cae del panorama nacional?
Pues es que no sigo rollos de famoseo para nada. Así que no sé. Me caen un poco mal los “famosos” en general.

14.- ¿Cuál es el viaje de tus sueños?
Con la compañía adecuada, cualquiera. Muero de ganas de ir a Escocia, pero hay miles de sitios que me apetecen mucho. Terminaría antes diciendo los sitios a los que no iría.

15.- ¿Llevas tatuajes? (Explica por qué sí ó por qué no)
Sí, un par de ellos. Uno me encanta, el otro me lo quiero borrar porque no me lo hicieron bien. Y me gustan, no exagerados, ni enormes, ni que se vean mucho, pero me parecen una forma más de expresarte, como los pendientes o los complementos. Curiosamente, los tíos tatuados me echan un poco para atrás.

16.- ¿Has sufrido algún robo ó atraco?
Sí, me robaron una vez siendo jovencita, tendría 18 o así y me quitaron el bolso de la silla en un bar. Menudo sofoco me llevé. También atracaron a mi madre una vez cuando yo era muy pequeña y me llevaba al colegio. Me di un susto muy grande. Íbamos las dos andando tranquilamente y dos putos gitanos yonkis que por suerte ya estarán muertos, salieron y atracaron a mi madre a punta de navaja mientras otro me sujetaba. No le quitaron mucho porque llevaba poco dinero, pero a mí me aterrorizó la idea durante años.

17.- ¿A qué edad te sacaste el carné de conducir?
A los 21 recién cumplidos. Me apunté a la autoescuela a los 18, pero me aburría tanto el teórico que pasé tres años haciendo el vago hasta que me puse en serio al asunto.

18.- ¿Por qué hay tantos siameses bizcos?
¿Hablamos de gatos? Sería una cuestión genética hereditaria en ese caso. Si hablamos de personas de esas que están pegadas, no lo sé, aunque supongo que también sería un tema anómalo por malformación.

19.- ¿Convivirías con una serpiente?
No. Menuda convivencia estúpida. Vivir con un bicho que te quiere matar y al que estás sacando de su hábitat para meterlo en una especie de tupper grande. Lo veo una idiotez.

20.- ¿En qué programa de televisión te gustaría concursar?
En “Ahora caigo”. Soy cojonuda. Lo petaría. Y si la cagase, caída libre con adrenalina gratis. Mola.